Abrázame, oscuridad (Kenzie y Gennaro 2)

Dennis Lehane

Fragmento

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De niño subí con mi padre a la azotea de un edificio que acababa de quemarse.

El aviso llegó justo cuando él me estaba enseñando el cuartel de bomberos, y tuve la oportunidad de ir con él en el asiento delantero del camión, alucinando con la sensación de estar a punto de volcar al girar bruscamente en las esquinas, y con las sirenas sonando, y con el humo espeso, azul y negro, que crecía delante de nosotros.

Cuando el fuego llevaba una hora sofocado, después de que sus compañeros me alborotaran el pelo una docena de veces, y de haberme hartado de salchichas del puesto callejero mientras los veía trabajar sentado en el bordillo, mi padre se acercó, me cogió de la mano y me llevó a la escalera de incendios.

Subimos entre volutas de humo que se nos enredaban en el pelo y acariciaban los ladrillos. Al mirar por las ventanas rotas vi suelos chamuscados, reventados. De los boquetes abiertos en los techos llovía agua sucia.

El edificio me daba tanto miedo que al salir a la azotea mi padre tuvo que llevarme en brazos.

Patrick —dijo en voz baja, caminando por la tela asfáltica—, no pasa nada. ¿No te das cuenta?

Al asomarme vi extenderse la ciudad, azul acero y amarilla, más allá de los límites del barrio. Me llegaba de abajo el olor del fuego y los destrozos.

¿No te das cuenta? —repitió mi padre—. Aquí estamos a salvo. Hemos apagado el incendio en los primeros pisos, y no puede llegar hasta aquí arriba. Si lo paras en la base no puede subir.

Me alisó el pelo y me dio un beso en la mejilla.

Y yo me puse a temblar.

Nochebuena
18.15 h

Hace tres días, la primera noche oficial del invierno, hubo un tiroteo en una tienda de veinticuatro horas, y una de las cuatro víctimas fue un conocido de la infancia, Eddie Brewer. El pistolero, James Fahey, había roto poco antes con su novia, Laura Stiles, cajera en el turno de cuatro a doce. A las once y cuarto, mientras Eddie Brewer estaba llenándose un vaso de poliestireno con hielo y Sprite, James Fahey entró por la puerta y le pegó tres tiros a Laura Stiles, uno en la cara y dos en el corazón.

Luego le disparó a Eddie Brewer en la cabeza. Al meterse en el pasillo de los congelados, encontró a una pareja mayor de vietnamitas escondida en la sección de lácteos. Tras descerrajarles sendos tiros dio por concluido su trabajo.

Salió, se sentó al volante de su coche y pegó con cinta adhesiva en el retrovisor la orden de alejamiento que Laura Stiles y su familia habían conseguido que dictasen contra él. Luego se ató un sostén de Laura alrededor de la cabeza, bebió un trago de una botella de Jack Daniel’s y se pegó un tiro en la boca.

Se dictaminó que James Fahey y Laura Stiles habían muerto en el acto. El anciano vietnamita falleció de camino al Carney Hospital, y su mujer unas horas después. En cambio, Eddie Brewer permanece en coma, y, aunque los médicos dicen que no tiene buen pronóstico, también consideran que es casi un milagro que siga con vida.

Esta situación le da mucho juego a la prensa, pues Eddie Brewer, que no tenía nada de santo en nuestros años mozos, es cura. Como la noche del tiroteo había ido a correr y vestía camiseta y chándal, Fahey no pudo saber nada de su vocación, aunque dudo que eso hubiera importado lo más mínimo. En cambio la prensa, intuyendo la nostalgia de la religión ante la proximidad de las fiestas e imaginando un nuevo giro a una vieja historia, ha explotado su condición de sacerdote todo lo que ha podido.

Los comentaristas de la tele, y los columnistas de la prensa, han presentado el caso de Eddie Brewer, víctima casual de un tiroteo, como un anuncio del apocalipsis, y se han organizado vigilias de veinticuatro horas tanto en su parroquia de Lower Mills como a las puertas del Carney Hospital. Eddie Brewer, un oscuro sacerdote y un hombre sin pretensiones, se convertirá en un mártir, tanto si sobrevive como si no.

Nada de esto tiene que ver con la pesadilla que hace dos meses se abatió sobre mi vida y la de mucha más gente de la ciudad, dejándome heridas que, según los médicos, se han curado todo lo bien que cabía esperar, aunque apenas he recuperado la sensibilidad de la mano derecha, y a veces, por debajo de la barba que me he dejado crecer, me duelen las cicatrices. No, no hay ninguna relación entre que le hayan pegado un tiro a un cura, el asesino en serie que entró en mi vida y la última «limpieza étnica» que se está perpetrando en una antigua república soviética, o el hombre que se puso a pegar tiros en una clínica de abortos de aquí cerca, o el otro asesino en serie que todavía anda suelto después de matar a diez personas en Utah.

Pero a veces da la sensación de que sí están relacionadas, como si en alguna parte hubiera un hilo conductor entre todos estos hechos, todas estas agresiones aleatorias y arbitrarias, y de que bastaría averiguar dónde empieza ese hilo para dar un estirón, desenredarlo y encontrar el sentido.

El día de Acción de Gracias empecé a dejarme barba por primera vez en mi vida y, aunque voy recortándomela, no hay mañana en que no me sorprenda al mirarme al espejo, como si todas las noches soñara con que tengo la cara tersa y sin cicatrices, como la piel intacta de un bebé que sólo ha recibido el roce del aire y las tiernas caricias de su madre.

El despacho, Investigaciones Kenzie/Gennaro, está cerrado, supongo que acumulando polvo. Es muy posible que en algún rincón detrás de mi escritorio ya haya aparecido la primera telaraña, y detrás del de Angie también. Angie se fue a finales de noviembre. Procuro no pensar en ella, ni en Grace Cole, ni en la hija de Grace, Mae. No quiero pensar en nada.

La misa al otro lado de la calle ya ha terminado y, como hace más calor de lo normal para estas fechas —sobre los cinco grados, a pesar de que el sol lleva oculto una hora y media—, la mayoría de los fieles se arremolinan fuera y sus voces agudas resuenan en el aire nocturno mientras se saludan y se felicitan las fiestas. Comentan que hace un tiempo muy raro, que todo el año ha sido imprevisible, que en verano hizo frío y en otoño calor, y que luego las temperaturas bajaron de golpe, pero que no sería de extrañar que en la mañana de Navidad soplara el viento de Santa Ana y el termómetro registrara temperaturas superiores a los veinte grados.

Alguien saca el tema de Eddie Brewer, y hablan sobre él un rato, pero no demasiado; imagino que no quieren que les corte el rollo. Aun así, dicen: «Oh, qué mundo más enfermo, qué locura.» La palabra es ésa, dicen, «locura»: es un mundo loco, loco, loco.

Últimamente me paso casi todo el día sentado aquí fuera. Desde el porche puedo ver a la gente y, aunque a menudo me quedo helado, no me voy para poder oír sus voces, mientras la mano mala se me agarrota por el frío y los dientes empiezan a castañetearme.

Por la mañana salgo con el café, me siento al fresco y miro el patio del colegio que hay al otro lado de la avenida. Observo a los niños con sus corbatas azules y los pantalones a juego, y a las niñas, con sus faldas plisadas y pasadores brillantes en el pelo. Sus gritos repentinos, sus movimientos rápidos, su energía aparentemente inagotable, a veces me cansan y otras me estimulan, siempre dependiendo del pie con el que me haya levantado. Cuando tengo un mal día, los gritos se me clavan en la columna como esquirlas de cristal, pero en los días buenos me asalta el recuerdo de lo que era sentirse completo, cuando el simple acto de respirar no me dolía.

La cuestión es el dolor, escribió él. Cuánto dolor siento y cuánto reparto.

Él llegó en el otoño más caluroso e imprevisible desde que hay registros. Era como si el tiempo se hubiera desviado totalmente de su curso habitual, y todo estuviera al revés; como si mirases por un agujero en el suelo y vieras estrellas y constelaciones flotando, y luego, al volverte hacia el cielo, vieras tierra y árboles colgando; como si él hubiera golpeado el globo con los dedos y el mundo (al menos mi parte del mundo) hubiera empezado a girar.

A veces se pasan por casa Bubba, o Richie, o Devin y Oscar, y se sientan en el porche a hablar conmigo de las finales de la NFL, o de los campeonatos de la NCAA, o de las películas que se pueden ver. Nunca hablamos del último otoño, ni de Grace y Mae. De Angie tampoco. Y de él menos. Bastante daño ha hecho ya. No hay nada que decir.

La cuestión es el dolor, escribió.

Me obsesionan estas palabras, escritas en un folio blanco de ocho por once pulgadas. Mira que son simples, pero a veces parecen cinceladas en piedra.

1

Angie y yo estábamos en nuestro despacho del campanario, intentando arreglar el aire acondicionado, cuando llamó Eric Gault.

En Nueva Inglaterra, si se te estropea el aire acondicionado a mediados de octubre no te preocupas; en cambio, si se te estropea la calefacción tienes un verdadero problema. Pero aquél no era un otoño normal: a las dos del mediodía estábamos a veinticinco grados, y en las mosquiteras persistía el olor húmedo y recalentado del verano.

—Quizá deberíamos llamar a alguien —sugirió Angie.

Golpeé el aparato de la ventana con la mano abierta y volví a encenderlo, pero nada.

—Será la correa —dije.

—Dices lo mismo cuando se avería el coche.

—Mmm.

Estuve unos veinte segundos mirando con cara de pocos amigos el aparato, que siguió en silencio.

—Insúltalo, quizá funcione —comentó Angie.

Ahora la miré con odio, pero reaccionó igual que el aire acondicionado. Tendría que ensayar miradas delante del espejo.

Sonó el teléfono. Lo descolgué con la esperanza de que fuera alguien con conocimientos de mecánica, pero en cambio oí la voz de Eric Gault.

Enseñaba criminología en la Universidad de Bryce. Yo había ido a algunas de sus clases cuando aún era profesor en la Universidad de Massachusetts.

—¿Sabes arreglar aparatos de aire acondicionado?

—¿Has probado a apagarlo y volver a encenderlo un par de veces? —contestó.

—Sí.

—¿Y no ha pasado nada?

—No.

—Pues dale un par de golpes.

—Ya se los he dado.

—Pues entonces llama a un técnico.

—Hay que ver cuánto me ayudas.

—¿Aún tienes el despacho en un campanario, Patrick?

—Sí, ¿por qué?

—Quizá tenga una posible clienta para ti.

—¿Y?

—Me gustaría que te contratase.

—Vale, pues tráela.

—¿Al campanario?

—Claro.

—He dicho que me gustaría que te contratase.

Miré el diminuto despacho.

—No te pases, Eric.

—¿Podrías estar sobre las nueve de la mañana en Lewis Wharf?

—Creo que sí. ¿Cómo se llama tu amiga?

—Diandra Warren.

—¿Y qué le pasa?

—Prefiero que te lo explique ella.

—Vale.

—Pues nada, mañana nos vemos.

—Hasta mañana.

Me dispuse a colgar.

—Patrick...

—¿Qué?

—¿Tienes una hermana pequeña que se llame Moira?

—No, una hermana mayor, y se llama Erin.

—Ah.

—¿Por qué?

—No, por nada. Ya hablaremos mañana.

—Vale, pues hasta entonces.

Colgué y miré el aire acondicionado y luego a Angie, y, después de echar otro vistazo al aparato, marqué el número de un técnico.

Diandra Warren vivía en un loft de Lewis Wharf, un quinto piso con vistas panorámicas al puerto y enormes ventanales que dejaban entrar la suave luz de la mañana. Tenía el aspecto de la típica mujer a la que nunca le había faltado nada.

Vestía una blusa de seda oscura y unos tejanos claros que parecían acabados de estrenar. Tenía el pelo color melocotón peinado a lo paje y un rostro de facciones perfectas con una piel tan intacta y dorada que me hizo pensar en agua bendita.

—Señor Kenzie, señora Gennaro... —dijo en voz baja y con aplomo cuando abrió la puerta, como si supiera que en caso necesario sus oyentes se aproximarían para oírla bien—. Adelante, por favor.

El loft estaba amueblado con esmero. El crema del sofá y los sillones de la zona de estar armonizaba con la madera clara y escandinava de los muebles de la cocina y los discretos rojos y marrones de las alfombras persas e indoamericanas estratégicamente colocadas por el suelo de madera noble. Todo aquel colorido aportaba calidez a la vivienda, pero el aire casi espartano y funcional sugería que su dueña era poco propensa a las improvisaciones y al abigarramiento sentimental.

En la pared de ladrillo visto contigua a los ventanales había una cama de metal dorado, una cómoda de nogal, tres archivadores de abedul y un secreter antiguo. No vi un solo armario en todo el loft, ni tampoco perchas con ropa. Imaginé que la ropa limpia aparecía cada mañana por arte de magia y al salir de la ducha Diandra se la encontraba lista y planchada.

Nos llevó a la zona de estar, donde ocupamos los sillones mientras ella, tras un titubeo, se sentaba en el sofá. Entre los tres había una mesa de centro de cristal ahumado, con un sobre amarillo en medio, y a la izquierda del sobre un cenicero macizo y un mechero antiguo.

Diandra Warren nos sonrió.

Nosotros sonreímos también. En este negocio hay que saber improvisar deprisa.

Abrió un poco más los ojos, sin dejar de sonreír. Quizá estaba esperando que le recitáramos nuestro currículum, le enseñáramos las pistolas y le contáramos a cuántos malos habíamos derrotado aquel día.

Mientras a Angie se le disipaba la sonrisa, yo conservé la mía unos segundos más. Yo era la viva imagen del detective despreocupado que se lo pone fácil a su posible cliente. Patrick Kenzie, el espabilado, para servirla.

—No sé muy bien cómo empezar —reconoció Diandra Warren.

—Eric nos ha dicho que tiene un problema y que quizá podamos ayudarla —dijo Angie.

Diandra Warren asintió y por un instante el iris de sus ojos color miel pareció fragmentarse, como si algo se hubiera desprendido por detrás. Apretó los labios y se miró las finas manos y, cuando empezaba a levantar la cabeza, se abrió la puerta y entró Eric. Llevaba coleta y, a pesar de sus canas y su coronilla calva, aparentaba diez años menos de los cuarenta y seis o cuarenta y siete que me constaba que tenía. Vestía unos pantalones caquis y una camisa vaquera, y encima llevaba un abrigo gris oscuro con el último botón abrochado. Le quedaba un poco raro, como si el sastre no hubiera previsto que llevaría una pistola en la cadera.

—Hola, Eric.

Le tendí la mano, y él me la estrechó.

—Me alegro de que hayáis podido venir, Patrick.

—Hola, Eric.

Angie también alargó la mano. Al acercarse para saludarla, Eric se dio cuenta de que se le veía la pistola; cerró los ojos y se sonrojó.

—Me quedaría mucho más tranquila si dejaras la pistola en la mesa de centro hasta que nos vayamos, Eric —sugirió Angie.

—Qué tonto soy —reconoció con una sonrisa forzada.

—Por favor —le dijo Diandra—, ponla en la mesa, Eric.

Desabrochó la funda como si pudiera morderle y dejó una Ruger del 38 encima del sobre.

Lo miré a los ojos, confundido. Eric Gault y una pistola pegaban tan poco como el caviar y los perritos calientes.

Se sentó al lado de Diandra.

—Hay cierta crispación en el ambiente.

—¿Por qué?

Ella suspiró.

—Señor Kenzie, señora Gennaro, soy psiquiatra. Doy clases dos veces por semana en Bryce, y proporciono asesoramiento al personal y a los alumnos. Además tengo consulta privada fuera de la universidad. En mi trabajo te esperas de todo: clientes peligrosos, pacientes que sufren episodios psicóticos en un despacho muy pequeño estando solos contigo, enfermos de esquizofrenia paranoide con personalidad disociativa que averiguan dónde vives... Vives con estos miedos. Supongo que esperas que se hagan realidad algún día. Pero esto. —Miró el sobre de la mesa—. Esto es...

—Trate de explicarnos cómo empezó «esto» —dije.

Cerró los ojos y se apoyó en el respaldo del sofá. Eric le puso una mano en el hombro, sin apenas tocarla. Ella negó con la cabeza con los ojos aún cerrados, y él apartó la mano y se la puso en la rodilla; a continuación se la quedó mirando como si no entendiera cómo había llegado allí.

—Una mañana, en Bryce, vino a verme una alumna. Al menos dijo que era estudiante.

—¿Tenía algún motivo para dudarlo? —preguntó Angie.

—En aquel momento no. Llevaba el carné de estudiante. —Diandra abrió los ojos—. Aunque tras hacer algunas comprobaciones descubrí que su nombre no estaba registrado en ningún sitio.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté.

—Moira Kenzie.

Miré a Angie, que arqueó una ceja.

—Verá, cuando Eric me dijo su apellido, me aferré a la esperanza de que fuera pariente de esa chica.

Me quedé pensativo. Kenzie no es un apellido muy común. Hasta en Irlanda somos pocos; la mayoría están en la zona de Dublín y algunos cerca del Ulster. Teniendo en cuenta la crueldad y violencia que anidaban en el corazón de mi padre y sus hermanos, la idea de que la estirpe estuviera al borde de la extinción no me parecía tan mala.

—La ha llamado «chica», ¿no?

—Sí, ¿por qué?

—O sea, ¿que era joven?

—Unos diecinueve o veinte años.

Sacudí la cabeza.

—No, entonces no sé quién es, doctora Warren. La única Moira Kenzie a la que conozco es una prima de mi difunto padre. Andará por los sesenta y cinco años, y hace veinte años que no sale de Vancouver.

Diandra asintió con un gesto seco y amargo, y pareció que se le oscurecía la mirada.

—Pues entonces...

—Doctora Warren —dije—, ¿qué pasó cuando fue a verla Moira Kenzie?

Apretando los labios, miró primero a Eric y luego al gran ventilador del techo. Exhaló lentamente por la boca y supe que había decidido confiar en nosotros.

—Moira dijo que era novia de un tal Hurlihy.

—¿Kevin Hurlihy? —preguntó Angie.

Diandra Warren palideció y su piel dorada adquirió el color de la cáscara de huevo. Asintió con la cabeza.

Angie me miró en ese momento, levantando las cejas por segunda vez.

—¿Lo conoces? —me preguntó Eric.

—Sí, por desgracia —le contesté—, conocemos a Kevin.

Kevin Hurlihy creció con nosotros. Tiene pinta de tonto. Es alto, desgarbado, con unas caderas como pomos de puerta, y un pelo tan rebelde y quebradizo que parece que se peine metiendo la cabeza en la taza del váter y tirando de la cadena. A los doce años le extirparon un tumor canceroso de la laringe, pero las cicatrices de la operación le dejaron una voz espantosa, tan rota y aguda que suena como el lloriqueo de rabia de una adolescente. Usa unas gafas de culo de botella de Coca-Cola que le dan el aspecto de una rana, y sabe de moda lo mismo que un acordeonista de una banda de polka. Es la mano derecha de Jack Rouse, el capo de la mafia irlandesa de esta ciudad. La verdad es que Kevin no tiene nada de cómico, a pesar de su aspecto y su voz.

—¿Qué pasó? —dijo Angie.

Diandra miró el techo y cuando habló pareció que le temblaba un poco la voz.

—Moira me contó que Kevin le daba miedo, que la hacía seguir a todas horas, que la obligaba a mirar cómo se acostaba con otras, que la forzaba a mantener relaciones con los socios de él, que si alguien la miraba, aunque fuera de pasada, Kevin le pegaba una paliza, y que... —Tragó saliva. Eric le rozó la mano sin mucha convicción—. Luego me explicó que había tenido una aventura con un hombre, y que Kevin, al enterarse... lo había matado y enterrado en Somerville. Me suplicó que la ayudase y...

—¿Quién se puso en contacto con usted? —le pregunté.

Se pasó una mano por el ojo izquierdo y encendió un cigarrillo largo y blanco con el mechero antiguo. A pesar del miedo, apenas le temblaba la mano.

—Kevin. —La palabra salió de su boca como si fuera amarga—. Me llamó a las cuatro de la madrugada. ¿Cómo se siente cuando oye sonar el teléfono a las cuatro, señor Kenzie?

Desorientado, confuso, solo, asustado: exactamente como quiere que te sientas un tipo como Kevin Hurlihy.

—Me dijo toda clase de barbaridades, incluido esto, palabra por palabra: «¿Cómo te sientes al estar viviendo tu última semana en la tierra, zorra?»

Sí, sonaba a Kevin: pura clase.

Al inhalar emitió un silbido.

—¿Cuándo fue la llamada? —pregunté.

—Hace tres semanas.

—¿Tres semanas? —dijo Angie.

—Sí. Intenté no hacerle caso. Llamé a la policía, pero me dijeron que no podían hacer nada, porque no había pruebas de que fuera Kevin el que me había llamado.

Se pasó una mano por el pelo y nos miró, acurrucándose un poco más en el sofá.

—Cuando habló con la policía, ¿les mencionó lo del cadáver enterrado en Somerville? —preguntó.

—No.

—Mejor —dijo Angie.

—¿Por qué ha tardado tanto en pedir ayuda?

Diandra se inclinó y retiró la pistola de encima del sobre para dárselo a Angie, que lo abrió y sacó una foto en blanco y negro. La miró y me la pasó.

El joven de la foto aparentaba unos veinte años, y era guapo, con el pelo largo, rubio oscuro, y barba de dos días. Llevaba unos tejanos agujereados en las rodillas, una camiseta, una camisa de franela desabrochada y una chupa negra de cuero: el uniforme de los estudiantes grunge. Tenía un cuaderno bajo el brazo, y estaba pasando al lado de un muro de ladrillos. No parecía consciente de que le estuvieran haciendo una foto.

—Mi hijo, Jason —dijo Diandra—. Estudia en Bryce, en segundo. El edificio de la foto es la biblioteca. La foto llegó ayer por correo ordinario.

—¿Alguna nota?

Negó con la cabeza.

—Sólo el nombre y la dirección de Diandra escritos a máquina en la parte delantera del sobre —dijo Eric.

—Hace dos días —dijo Diandra—, cuando Jason vino a casa para el fin de semana, oí que hablaba por teléfono con un amigo y le decía que tenía la sensación de que lo estaban espiando. Ése fue el verbo que usó, «espiar». —Señaló la foto con el cigarrillo. Ahora se le notaba más el temblor de la mano—. Al día siguiente llegó esto.

Volví a mirar la foto. Era la típica advertencia de la mafia: igual crees que sabes algo de nosotros, pero nosotros lo sabemos todo sobre ti.

—A Moira Kenzie no la he vuelto a ver desde ese día. No está matriculada en Bryce. El número de teléfono que me dio es de un restaurante chino, y no sale en ningún listín de la zona. Lo único que sé es que vino a verme, y ahora tengo este problema, y no sé qué hacer. Dios mío...

Se palmeó los muslos y cerró los ojos. Cuando los abrió, el escaso valor que le quedaba después de tres semanas de angustia se había evaporado. Parecía aterrada y súbitamente consciente de lo frágiles que son en realidad los muros con los que protegemos nuestras vidas.

Miré a Eric, que le cogía la mano a Diandra, y me pregunté qué relación tendrían. No me constaba que Eric hubiera salido nunca con ninguna mujer, y siempre había supuesto que era gay. En todo caso, nunca había mencionado a ningún hijo, y nos conocíamos desde hacía diez años.

—¿Quién es el padre de Jason? —pregunté.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Siempre que hay una amenaza relacionada con un hijo —dijo Angie— tenemos que plantearnos el tema de la custodia.

Diandra y Eric negaron con la cabeza a la vez.

—Diandra se divorció hace casi veinte años —dijo él—. Mantiene buenas relaciones con su ex marido, pero éste apenas tiene contacto con Jason.

—Necesito saber cómo se llama —dije.

—Stanley Timpson —contestó Diandra.

—¿Stan Timpson, el fiscal del distrito del condado de Suffolk?

Diandra asintió.

—Doctora Warren —dijo Angie—, dado que su ex marido es el mayor representante del sistema judicial de Massachusetts, habría que partir de la premisa de que...

—No. —Diandra sacudió la cabeza—. La mayoría de la gente ni siquiera sabe que estuvimos casados. Se ha casado por segunda vez, tiene tres hijos y su contacto con Jason y conmigo es mínimo. Le aseguro que esto no tiene nada que ver con Stan.

Miré a Eric.

—Creo que tiene razón —convino él—. Jason lleva el apellido de Diandra, no el de Stan, y el contacto que tiene con su padre se limita a alguna que otra llamada el día de su cumpleaños o un christmas por Navidad.

—¿Me ayudarán? —preguntó Diandra.

Angie y yo nos miramos. A ninguno de los dos nos parecía saludable movernos por el mismo código postal que elementos como Kevin Hurlihy y su jefe, Jack Rouse. Y ahora nos pedían que nos acercáramos a ellos para pedirles que no siguieran molestando a nuestra clienta. Para morirse de risa. Si aceptábamos el caso de Diandra Warren tomaríamos una de las decisiones más claramente suicidas de nuestra vida.

Angie me leyó el pensamiento.

—¿Qué te pasa? —dijo—. No querrás vivir eternamente, ¿verdad?

2

Cuando salimos de Lewis Wharf y subimos caminando por Commercial Street, el esquizofrénico otoño de Nueva Inglaterra había convertido una mañana gris en una tarde espléndida. Al despertarme me había parecido que un dios puritano estaba exhalando su gélido y maléfico aliento por las rendijas de mis ventanas; el cielo estaba pálido como la piel de un guante de béisbol, y los transeúntes que caminaban hacia sus coches iban encorvados, con chaquetas y jerséis enormes, echando vaho por la boca.

Al salir de casa la temperatura ya había subido a diez grados, y el tenue sol, que intentaba atravesar la dura lámina del cielo, parecía una naranja atrapada bajo la superficie de un estanque helado.

Un rato antes, mientras subíamos por Lewis Wharf en dirección al apartamento de Diandra Warren, me había quitado la chaqueta, pues el sol ya se había abierto paso entre las nubes. Ahora que volvíamos en coche a nuestro barrio, los termómetros no bajaban de los veinte grados.

Cuando pasamos Copp’s Hill, la cálida brisa que soplaba desde el puerto agitó los árboles que dominaban la colina y varios puñados de hojas rojas cubrieron las lápidas de pizarra y se esparcieron por la hierba. A la derecha, las dársenas y muelles brillaban al sol, y a la izquierda, los ladrillos de North End, marrones, rojos y de un blanco crudo, sugerían suelos de baldosas, viejos portales abiertos y olor de salsas espesas, ajo y pan recién horneado.

—Con un día así no se puede odiar esta ciudad —dijo Angie.

—Imposible.

Se sujetó la melena en una cola de caballo y sacó la cabeza por la ventanilla para que le diera el sol en la cara y el cuello. Viéndola con los ojos cerrados y sonriendo, casi estuve dispuesto a creer que se había curado del todo.

Pero no era verdad. Después de poner de patitas en la calle a su marido, Phil, ensangrentado y con arcadas por haber intentado darle otra de sus palizas, Angie había pasado el invierno sin apenas concentrarse en nada, y dedicada a un ritual de citas con hombres a los que abandonaba sin previo aviso, hombres que se quedaban rascándose la cabeza perplejos cuando otro ocupaba su lugar.

Como nunca he sido un dechado de virtud, yo no podía decirle gran cosa sin quedar como un auténtico hipócrita. A principios de la primavera dio la impresión de que había tocado fondo. Dejó de llevar cuerpos calientes a casa, y volvió a meterse de lleno en las investigaciones. Hasta puso un poco de orden en su piso, lo cual, en su caso, consistía en limpiar el horno y comprarse una escoba. Pero no estaba entera, al menos no como antes.

Hablaba menos, y con menos chulería. Me llamaba, o pasaba por mi casa a las horas más intempestivas para comentar cómo nos había ido el día. Según ella hacía meses que no veía a Phil, pero por alguna razón que no podía explicarme, no acababa de creérmelo.

Para colmo de males, por segunda vez en todos los años que hace que nos conocemos, yo no estaba disponible siempre que me necesitaba. En julio había empezado a salir con Grace Cole, y desde entonces aprovechábamos cualquier oportunidad para estar juntos: días, noches y hasta fines de semana enteros. Y de vez en cuando Grace me pedía que le hiciese de canguro a su hija, Mae, de modo que mi socia no siempre podía contar conmigo si no era por algo de la máxima urgencia. La verdad es que no estábamos preparados para algo así, porque, como dijo una vez Angie, «hay más probabilidades de ver a un negro en una película de Woody Allen que a Patrick en una relación seria».

En un semáforo me sorprendió mirándola, abrió mucho los ojos y sonrió.

—¿Qué, preocupándote otra vez por mí, Kenzie?

Mi socia, la vidente.

—Sólo te miraba, Gennaro. Puro sexismo.

—Te conozco, Patrick. —Se apartó de la ventanilla—. Sigues representando el papel de hermano mayor.

—¿Y qué?

—Pues que ya va siendo hora de que lo dejes —contestó, pasándome el dorso de los dedos por la mejilla.

Le aparté un mechón del ojo antes de que el semáforo se pusiera en verde.

—No.

Entramos en su casa un momento para que ella se pusiera unos tejanos recortados y yo sacara de la nevera dos botellas de Rolling Rock. Luego nos sentamos en el porche trasero a disfrutar del día mientras las camisas tendidas del vecino crujían por exceso de almidón en el jardín contiguo.

Se apoyó en los codos y estiró las piernas.

—Pues ya ves, de repente tenemos un caso.

—Es verdad —contesté mirándole las piernas morenas y los tejanos cortados y descoloridos.

Puede que este mundo tenga poco de bueno, pero si alguien se atreve a criticar unos tejanos recortados es que está mal de la cabeza.

—¿Se te ocurre cómo enfocarlo? —preguntó ella—. Para de mirarme las piernas, pervertido, que casi eres un hombre casado.

Me encogí de hombros y me eché hacia atrás para mirar el cielo, luminoso y cristalino.

—La verdad es que no. ¿Sabes lo que me molesta?

—¿Aparte del hilo musical, los publirreportajes y el acento de Nueva Jersey?

—Me refiero a la investigación.

—Soy toda oídos.

—¿Por qué se llama Moira Kenzie? O sea, si es falso, que es lo más probable, ¿por qué razón lleva mi apellido?

—Hay una cosa que se llama «coincidencia», no sé si te suena. Es cuando...

—Vale, vale. Y otra cosa.

—¿Cuál?

—¿A ti te parece que Kevin Hurlihy es de los que tienen novia?

—Pues no, pero la verdad es que han pasado muchos años desde que lo conocimos.

—Ya, pero...

—No sé qué decirte. He visto a muchos tíos raros y feos con chicas guapas, y viceversa.

—Ya, pero Kevin no es sólo raro, sino también un sádico.

—Como muchos boxeadores profesionales, y siempre los ves con mujeres.

Me encogí de hombros.

—Supongo. Bueno, vale, pues ¿cómo enfocamos lo de Kevin?

—Y lo de Jack Rouse —añadió ella.

—Son tíos peligrosos.

—Mucho.

—¿Y quién trata a diario con tíos peligrosos?

—Nosotros no, te lo aseguro —dijo.

—No, nosotros somos unos gallinas.

—Y a mucha honra —contestó—. Pues entonces solamente queda... —Volvió la cabeza y me miró, entornando los ojos por el sol—. No estarás pensando en...

—Sí.

—Pero, Patrick...

—Tenemos que ir a ver a Bubba —dije.

—¿En serio?

Suspiré, porque tampoco me hacía mucha gracia.

—En serio.

—Mierda —dijo Angie.

3

—A la izquierda —dijo Bubba—. Unos veinte centímetros más a la derecha. Eso. Venga, que casi ya estáis.

Caminaba de espaldas unos metros por delante de nosotros, con las manos a la altura del pecho, gesticulando como si diera indicaciones a un camión que fuera marcha atrás.

—Vale —dijo—. Ahora el pie izquierdo unos veintidós centímetros hacia tu izquierda. Eso.

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