ELIJAH
Día 6
I
Cuando regresan a la habitación en fila india, ya no estoy en la silla. Me he sentado sobre la mesa y hago oscilar las piernas desnudas. Llevo una tirita de color rosa pegada en la rodilla. Es muy raro que no recuerde haberme hecho daño.
Levantan las cejas cuando ven que me he movido, pero nadie hace ningún comentario. La mesa está atornillada al suelo, así que no puede volcarse y caerme encima. Cuando tenía diez, me rompí la pierna corriendo por el Bosque de la Memoria y estuve a punto de morir, pero ya han pasado dos años. Ahora voy con mucho más cuidado.
—Parece que hemos terminado, Elijah —dice uno de ellos—. ¿Tienes ganas de volver a casa?
Paseo la mirada por la habitación. Por primera vez, me doy cuenta de que no tiene ventanas. Tal vez sea por la clase de personas que suele haber aquí: mala gente, no como la que está aquí dentro conmigo.
Son policías, aunque no lleven uniforme. El que me ha traído una Coca-Cola me ha dicho antes que iban de paisano. A lo mejor lo decía en broma. Tengo un cociente intelectual muy alto para mis doce años, pero la verdad es que nunca pillo las bromas.
Por un momento, se me olvida que siguen mirándome, que esperan una respuesta. Alzo la vista y asiento con la cabeza, haciendo oscilar las piernas con más fuerza. ¿Por qué no iba a tener ganas de volver a casa?
Noto que mi cara cambia. Creo que estoy sonriendo.
II
Vamos en el coche. Conduce padre. Annie la Maga, que vive en el otro extremo del Bosque de la Memoria, dice que hoy en día casi todos los niños llaman a sus padres «mamá» y «papá». Me parece que yo también lo hacía. No sé muy bien por qué empecé a decir «madre» y «padre». Leo muchos libros viejos, sobre todo porque no tenemos dinero para derrochar en novedades. Puede que sea por eso.
—¿Te han interrogado? —pregunta padre.
—¿Sobre qué?
—Bueno, sobre cualquier cosa.
Reduce la velocidad en los cruces, aunque tenga prioridad. Padre siempre es así de prudente. Le preocupa atropellar a un ciclista, a alguien que pasee un perro o a un erizo que cruce despacio.
—Me han preguntado por ti —digo.
En el asiento delantero, madre se vuelve a mirarle. La atención de padre sigue concentrada en la calzada. Sostiene el volante con delicadeza, con las muñecas más altas que los nudillos. Parece un perrito suplicante. De pronto, pienso en la reproducción de Arthur Sarnoff colgada en la pared de la salita de casa, donde se ve a un beagle jugando al billar contra un par de chuchos con pinta de sinvergüenzas que fuman puros. El cuadro se llama ¡Eh! ¡Una pata en el suelo! porque el beagle está encima de una escalera de mano, y eso es hacer trampa. Madre no lo soporta, pero a mí me gusta. Es el único cuadro que tenemos.
—¿Qué te han preguntado?
—Ya sabes, padre, un poco de todo. De qué trabajas, qué clase de aficiones tienes, ese tipo de cosas.
Decido no mencionar aún sus otras preguntas, ni mis respuestas. Antes necesito un poco más de tiempo para pensar. Han pasado muchas cosas en los últimos días y tengo que aclararme. A veces, la vida puede ser muy confusa hasta para un niño con un buen cociente intelectual.
—¿Qué les has dicho?
—He dicho que eres jardinero y que arreglas cosas. —Clavo la punta del dedo en la tirita y hago una mueca de dolor—. Les he contado que salvaste a un cuervo.
Encontramos al cuervo delante de la puerta trasera una mañana, agitando un ala rota. Padre lo alimentó durante tres días seguidos, dándole pan mojado en leche. Al bajar el cuarto día, vimos que se había ido. Padre dijo que los huesos de los cuervos se sueldan mucho más rápido que los de las personas.
III
Estamos llegando al extrarradio. Menos edificios, menos gente. En la acera, veo a dos niños con uniforme: pantalón gris, chaqueta marrón, zapatos negros rozados. Deben de tener más o menos mi edad. Me pregunto cómo será ir a clase en el colegio y no en casa. No hay un solo libro en nuestra biblioteca que no haya leído diez veces, así que creo que me iría bien. Annie la Maga dice que tengo el vocabulario de una persona mucho mayor. Hubo un escritor antiguo que sabía sesenta mil palabras. Me gustaría ganarle si pudiera.
Mientras pasamos junto a los niños, apoyo la palma de la mano contra la ventanilla. Me los imagino dándose la vuelta para saludarme. Pero no lo hacen y, de repente, ya no están.
—¿Has hablado de mí? —pregunta madre.
Todavía tiene la cabeza de lado. Me sorprende lo guapa que está hoy. Cuando el sol bajo atraviesa las nubes, le brilla el pelo como si fuera de oro. Parece un ángel, o una de esas reinas guerreras de los libros: Boudica, tal vez. O Artemisa. Me entran ganas de ir hasta el asiento delantero y acurrucarme en su regazo. En cambio, pongo los ojos en blanco fingiéndome exasperado.
—Que me haya perdido esta vez no quiere decir que sea un mentecato.
«Mentecato» es mi nueva palabra favorita. La semana pasada era «lenguaraz», que se usaba hace mucho tiempo para referirse a alguien demasiado hablador. La vida de cada persona debería contener a un par de lenguaraces, a ser posible con unos cuantos mentecatos que les hicieran compañía.
Una vez más, miro por la ventanilla. Esta vez solo veo campos.
—Espero que Gretel esté bien.
—¿Gretel? —pregunta padre.
Al instante, noto en la tripa una sensación extraña, deslizante y grasienta, como si una serpiente se enroscara y desenroscara dentro de mí. Caigo en la cuenta de que Gretel es un secreto. Levanto la vista y veo que padre me mira a través del retrovisor. Tiene el ceño fruncido. Me tiemblan las manos.
Miro a madre. Le late el pulso en la garganta.
—No hay ninguna Gretel, Elijah —dice—. Pensaba que te había quedado claro.
La serpiente sigue extendiéndose por mi tripa.
—Me... me refería a Annie la Maga —balbuceo, y añado a toda prisa—: La llamo así en broma. Es un nombre inventado. Solo es una tontería.
Los ojos de padre flotan en el espejo.
—Creo que Annie la Maga le pega más que Gretel. ¿No te parece, colega?
Tengo un sabor amargo en la boca, como si hubiese mordido un escarabajo o un sapo. Me paso la lengua por los dientes y trago saliva.
—Sí, padre.
IV
La zona en la que vivimos no es como las que he visto en la tele de Annie la Maga. No hay rascacielos ni hileras de edificios modernos; solo bosques, campos, graneros, establos y la mansión llamada Rufus Hall. También hay unas cuantas casas de piedra, incluida la nuestra. Las llaman «casas cedidas».
Al otro lado del Bosque de la Memoria se halla el lago Falanges. En realidad no se llama así; creo que no tiene nombre. Lo que pasa es que una vez, entre los juncos de la orilla, encontré un minúsculo trío de huesos unidos por ligamentos medio podridos. Se parecían al dedo índice de un niño pequeño. Los puse en mi Colección de Recuerdos y Hallazgos Extraños, un nombre pretencioso para lo que en realidad es un táper escondido debajo de una tabla suelta del suelo de mi cuarto.
No muy lejos del lago está el lugar que llamo Ciudad de las Ruedas. Es más un campamento que otra cosa, un conjunto variopinto de furgonetas y caravanas que alguien llevó allí hace mucho tiempo y que en su mayoría están demasiado oxidadas para circular. Nunca he entendido por qué los Meunier toleran la presencia de los habitantes de la Ciudad de las Ruedas en sus tierras, pero así es.
Los Meunier viven en Rufus Hall. Dos personas solas ocupando un espacio tan inmenso. Leon Meunier está casi siempre en Londres. Cuando se encuentra aquí, lo veo pasar en su Defender negro como si temiera que el cielo le cayese encima. Sería guay explorar la casa y los jardines, pero padre nunca me dejará.
El coche se detiene de golpe: me doy cuenta de que estamos en casa. En el asiento delantero, madre baja la cabeza. Me pregunto si estará rezando. Bajo la vista y veo que mis manos han dejado de temblar. Me quito el cinturón de seguridad y voy a abrir la puerta, pero, naturalmente, no puedo salir. Mis padres siguen usando el seguro para niños, aunque ya tengo doce años.
Espero a que padre abra la puerta. Luego abandono mi asiento. Echa a andar pesadamente por el sendero del jardín, cuadrando los hombros como si cargara con todos los problemas del mundo. Madre y yo le seguimos.
Las oscuras ventanas de nuestra casa no dan ninguna pista acerca de lo que hay en su interior. La puerta principal es una sola tabla de roble. No hay buzón. Padre apenas recibe correo y, cuando eso ocurre, se lo entregan directamente a Meunier. Madre no recibe nada de nada. Nuestra puerta no tiene número, porque no vivimos en una calle. Si alguien me escribiera alguna vez, tendría que poner esto en el sobre: «Elijah North, Casa del Guarda, en el domicilio de Lord Meunier de Famerhythe, Rufus Hall, Meunierfields». Son muchas palabras, lo que explica por qué madre no es la única de la que nunca se acuerda el cartero.
En el dintel hay una herradura clavada al revés que está ahí para traernos suerte. Paso por debajo y entro.
V
Estoy en mi cuarto, de pie junto a la ventana. Llevamos en casa veinte minutos. Me muero de ganas de escapar, pero no me atrevo. Aún no.
Cuando oigo que la puerta trasera se abre con estrépito, me acerco más al cristal. Abajo, en el jardín, veo aparecer a padre. Se saca un paquete de tabaco del bolsillo de la camisa y enciende un cigarrillo. Apoyado contra la carbonera, proyecta una bruma de humo hacia el cielo. Salgo al pasillo, bajo las escaleras con sigilo y cruzo la puerta delantera.
El Bosque de la Memoria está a solo cinco minutos de casa. Si echo a correr por el camino que bordea el Campo Baldío, llegaré en la mitad de ese tiempo. El cielo parece una pesada plancha de acero sobre mi cabeza, como si fuese a derrumbarse bajo su propio peso.
En mitad del camino oigo los graznidos. Me vuelvo y veo a una familia de cuervos alborotando en el Campo Baldío. Algo atrae su interés; lo más probable es que un zorro haya dejado los restos de algún conejo o faisán. Una vez leí que los cuervos son de mal agüero.
No me extraña.
VI
Dentro del Bosque de la Memoria hace mucho fresco. Es raro, porque apenas sopla el viento. Caen gotas de las hojas, la lluvia de esta mañana. Bajo las zapatillas deportivas noto el suelo blando y húmedo.
Ahora que el Campo Baldío queda al otro lado de los árboles, casi no oigo los graznidos. Percibo un leve movimiento delante de mí. Puede deberse a muchas cosas, pero solo hay una que me da miedo. Mis padres no han hablado de él de camino a casa, y yo he preferido no preguntar. Me preocupa que, si pronuncio su nombre demasiado a menudo, aumente su poder sobre mí. Y con él, su crueldad.
Puede que «crueldad» no sea la mejor palabra. Una vez, en la tele de la caravana de Annie la Maga, vi a un tiburón blanco salir del mar de repente y partir por la mitad de un mordisco a una cría de foca. Parecía cruel, pero en realidad no lo era: así es la naturaleza. El tiburón tenía hambre y la cría de foca era una presa. Las demás foquitas permanecieron alejadas del agua cuando vieron la aleta del tiburón cortando la superficie, lo que demuestra la importancia de un buen instinto. El buen instinto es algo que me preocupa mucho.
Ahora, en el Bosque de la Memoria, aminoro el paso. He visto ciervos entre estos árboles, pero el color de su pelaje se confunde de tal modo con el del fondo que muchas veces solo les veo los ojos. El leve movimiento que he notado hace un momento no correspondía a ningún ciervo.
Me planteo la posibilidad de volver corriendo al Campo Baldío y, desde allí, regresar a casa. Pero el motivo que me ha traído hasta aquí es demasiado importante.
Mal instinto.
Aunque el corazón me late más rápido de lo normal, me permito poner los ojos en blanco. Hace tres semanas, mi palabra favorita era «melodramático». Ahora mismo, resulta muy adecuada. La verdad es que no sé si tengo mal instinto, pero, al crecer junto a estos bosques, he aprendido a no confiar en lo que ven mis ojos.
Me armo de valor y doy un paso adelante. Ningún cervatillo o tejón asustado sale de la maleza. Ningún búho o halcón alza el vuelo desde las copas de los árboles. Doy un segundo paso, y luego un tercero, volviendo la cabeza para comprobar que no se me acerque nada por detrás sin hacer ruido.
Llego al claro en pocos minutos. De pronto, la boca se me queda tan seca como las falanges de mi Colección de Recuerdos y Hallazgos Extraños.
VII
Es un lugar de aspecto deprimente. No parece el mejor sitio para construir una cabaña, y supongo que por eso la abandonaron. Padre me contó una vez que, en tiempos de los antepasados de Meunier, vivía en ella el jefe de jardineros. La casa me resulta espeluznante, porque es una réplica exacta de la nuestra y hasta tiene una herradura clavada sobre el dintel, si bien esta está oxidada y, desde luego, no puede decirse que le haya traído mucha suerte.
No queda en las ventanas ni un pedacito de cristal. Por la de la salita, asoman las ramas de un fresno. Han desaparecido algunas tejas, arrancadas para reparar otras construcciones de la finca. Sin duda esto es obra de padre: no soporta ver cómo se desperdician cosas útiles. Las que quedan están manchadas de caca de pájaro y cubiertas de musgo, por lo que la casa no parece construida por manos humanas, sino alzada del suelo por el hechizo de un brujo malo. Este sitio desprende olor a váter, mezclado con la peste de algo aún más repugnante.
Ojalá me hubiera traído el abrigo. Hace mucho fresco en el Bosque de la Memoria, pero el sitio al que voy estará muy sucio, frío y oscuro. Entorno los ojos y observo el claro por última vez. Veo árboles que gotean, helechos enredados, un cielo metálico que cuelga como la hoja de una guillotina.
Cerca de la puerta principal de la casa hay una zona más clara, como si hubieran removido recientemente las hojas muertas. La última vez que estuve aquí, estoy casi seguro de que vi junto a la entrada una caja de madera llena de herramientas viejas. Ya no está, pero no hay ninguna marca en el suelo que indique dónde estaba. Puede que no me acuerde bien. Puede que no dejara huella.
Un grito rompe el silencio. Desde la rama de un árbol situado al otro lado del claro me mira una urraca con sus ojos brillantes. Recuerdo la vieja canción infantil: Una para la tristeza. Doy una palmada y la urraca agita las alas, aunque no levanta el vuelo. Instantes después, suena un chillido a modo de respuesta. Alzo la vista al tejado hundido y veo otras dos aves.
Una para la tristeza, dos para la alegría, tres para una chica.
Unas garras de hielo trepan por mi espina dorsal. Nunca me han gustado las urracas. Una vez vi a un ejemplar adulto sacar a rastras a tres crías de herrerillo de su nido. Las mató a todas antes de que pudiera espantarla. Enterré a los polluelos junto a nuestro arbusto de laurel y fabriqué una cruz con dos palitos de piruleta y un trozo de alambre. Lo peor no fue presenciar la muerte de los polluelos ni tener que recoger sus cadáveres de la hierba: fue ver a los padres regresar a un nido vacío y dar saltitos de un lado a otro, confusos, buscando a sus crías. Uno de ellos bajó incluso hasta posarse sobre la cruz. Lloré y lloré. Cuando llegó padre y quiso saber qué me pasaba, ni siquiera fui capaz de mirarle.
Hay cosas que es mejor no compartir.
Además, padre jamás entendería algo así.
Aparto el recuerdo de mi mente y me acerco despacio a la casa, esquivando su mirada vacía. No tardo en alcanzar la zona de tierra revuelta, a pocos metros de la entrada. Las hojas removidas brillan como el vientre blanquecino de una babosa. Me pregunto si alguien habrá cavado un hoyo para atrapar a fisgones como yo. Puede que, bajo esa alfombra poco profunda de residuos, un trozo de arpillera clavado al suelo disimule un foso de paredes verticales. «Trampas», las llaman en los libros de supervivencia que he leído. Algunas tienen el suelo cubierto de estacas afiladas para ensartar a todo lo que caiga dentro; otras están vacías, y lo que cae en su interior tiene que aguardar el regreso del trampero para saber qué es lo que le espera. Siempre pienso que la peor opción es que el trampero no regrese jamás y que la víctima muera de hambre o de sed sabiendo lo cerca que está la salvación.
Una vez, Annie la Maga me contó un cuento horrible sobre un papá zorro que salió a cazar la cena de su familia y cayó en una trampa. La mamá zorra trató de rescatarlo arrojándole una cuerda, pero, mientras tiraba de él, sus pies resbalaron y también se precipitó dentro. Al enterarse de lo ocurrido, los cinco hijos formaron una cadena zorruna para rescatar a sus padres. El hijo mayor abrió la boca y clavó los dientes en el tronco de un árbol mientras sus hermanos bajaban al agujero. La mamá zorra empezó a subir, y estaba a medio camino cuando el papá zorro comenzó a seguirla. Todo ese peso fue demasiado para el hijo mayor. Sus dientes se soltaron del árbol y su familia entera cayó en el agujero. Esperó al borde del foso durante cinco días, viendo morir a sus padres y hermanos, y luego murió también; no de hambre ni de sed, sino de pena.
Nunca he encontrado esa historia en un libro, así que me pregunto si Annie la Maga se la inventó. Muchas veces he intentado imaginar lo que ocurriría si yo me cayese en una trampa así. Padre podría sujetarse al árbol, pero, con madre como única ayuda, ¿cómo bajarían lo suficiente para rescatarme?
No vale la pena darle vueltas ahora. No hay ninguna trampa debajo de esas hojas. Me estoy perdiendo en dilaciones, o sea, aplazando algo que no quiero hacer pero debo hacer sin falta. Con los ojos cerrados para calmarme, cuento hasta diez y luego hacia atrás, hasta llegar a uno. Vacío los pulmones y respiro hondo. Luego abro los párpados de golpe.
Curiosamente, la casa parece estar más cerca, como si se hubiera movido con cautela para acercarse un poquito mientras tenía los ojos cerrados.
Meneo la cabeza, disgustado.
—Mentecato —murmuro—. Mentecato melodramático.
En el tejado, una de las urracas grazna y agita las alas.
Me deslizo hacia la entrada. La puerta, hinchada en su marco, se ha atascado a medio abrir, revelando un estrecho rectángulo de oscuridad. Espero unos momentos en el exterior, haciendo acopio de valor. Después entro.
VIII
Aquí dentro utilizo el olfato más que la vista, como si al cruzar el umbral me hubiese transformado en una especie de sabueso. La casa se revela en una amalgama de olores distintos: moho y óxido, yeso húmedo y cenizas mojadas, cortinas podridas, yeso supurante, madera picada. Por encima de ellos están las fragancias imaginarias de una época anterior: humo de leña, beicon colgado, pan recién horneado con aroma de levadura.
Tan dentro del bosque nunca existió posibilidad alguna de contar con electricidad o gas. Los ocupantes recogían el agua del pozo que está cerca del lago Falanges. Se alumbraban con velas de sebo y lámparas de aceite refinado a partir de pescado, queroseno o mostaza. Al menos eso dice padre.
Ahora, mientras viejos fantasmas me hacen cosquillas en la nariz, me adentro en la ruina. La distribución, idéntica a la de la casa de mis padres, resulta perturbadora. Tengo la sensación de haberme catapultado hacia alguna fecha futura y de estar viendo nuestra casa con el aspecto que tendrá después de un cataclismo: una invasión alienígena, una plaga de zombis o una guerra nuclear.
El papel se ha desprendido de las paredes como piel vieja, dejando al descubierto un yeso manchado de hongos negros. Junto a las escaleras hay una cómoda de madera noble cubierta de marcas, flanqueada por una hilera de latas de gasolina oxidadas. En uno de sus huecos veo un montón de palos que me recuerda a una muñeca de mimbre rota, pero que debe de ser el nido vacío de algún pájaro.
A mi izquierda se encuentra la salita. Dentro veo el fresno, tan extraño y fuera de lugar que apenas parece real. Las ramas superiores ejercen presión contra el techo. Solo es cuestión de tiempo que lo atraviesen.
Mientras recorro el pasillo hacia la cocina, mis pisadas suenan desconectadas, como si estuvieran proyectando mis movimientos en una vieja pantalla de cine y hubiese un desfase entre las imágenes y el sonido. Por un momento me pregunto si realmente estoy aquí, pero tendría que estar muy loco para inventarme una situación así y situarme en su centro.
«¿Tienes ganas de volver a casa, Elijah?»
Eso me ha preguntado uno de los policías en la sala de interrogatorios. Pero esta no es mi casa, sino un sucio reflejo de ella. Entro en la cocina y me repito esas palabras a mí mismo.
Esta no es mi casa.
IX
Esta no es mi cocina. No oigo el ruido del frigorífico ni el tictac del reloj de pared. La hiedra la ha invadido desde fuera, deslizándose por el techo como un sarpullido.
A pesar de las ventanas rotas y del aire que se mueve con libertad, noto un olorcillo que no estaba antes. No es desagradable, pero me pone muy nervioso. La brisa agita las hojas de hiedra con un susurro y el olor desaparece.
Veo a la derecha la puerta de la despensa. Cuando giro el pomo, no suena un chirrido de película de terror. Tampoco rechinan las bisagras cuando la abro. La oscuridad de una cueva reina en el interior.
Me saco la linterna del bolsillo y la enciendo. El débil y amarillo haz de luz, que parpadea al más leve movimiento, ilumina un suelo de baldosas rotas y unas telarañas que cuelgan como trapos. Hacia el fondo, más allá de unos estantes que contienen varios frascos olvidados de conservas, se halla un cuadrado de un negro puro que devora toda la claridad. Es la entrada del sótano donde la encontré y donde espero que siga estando.
X
Es ahora cuando de verdad necesito ser valiente. Las comisarías de policía y las trampas no son nada en comparación con esto. Siempre me han dado miedo los espacios reducidos, y a menudo sueño que me quedo atrapado bajo tierra. Aunque estas paredes son bastante sólidas, el fresno de la salita ha deformado el techo. Si se derrumba la casa mientras estoy en el sótano, ¿quién sabe si sobreviviré el tiempo suficiente para que puedan sacarme? Padre vendría a buscarme, así que no me preocupa morir de hambre o de sed, pero ¿cuánto aire necesitaría? ¿Y cómo aguantaría una vez que se agotaran las pilas de la linterna?
Voy hasta la entrada del sótano arrastrando los pies y comienzo a bajar los peldaños, unos bloques de piedra resbaladizos por la humedad. A medio descenso, la escalera cambia de sentido. Percibo con más fuerza un olor algo más limpio entre tanta descomposición.
Pronto llego al fondo. El suelo aquí es desigual, en parte tierra y en parte roca sólida. En un rincón se halla un barril metálico tan anaranjado por el óxido que ha empezado a desmoronarse. Lo dejo atrás y llego de pronto a la barrera que separa esta mitad del sótano de lo que se encuentra al otro lado.
XI
Está construida con las mismas tablas que se ven en los escaparates de las tiendas abandonadas: lisas y amarillentas, salpicadas de virutas de madera blanda. Desde aquí, no veo el marco al que está clavada.
En el centro hay una puerta. Dos bisagras resistentes se extienden en finos triángulos a través de ella. El metal reluce frío. Alrededor de la jamba hay una junta de goma negra. Tres grandes cerrojos proporcionan seguridad. El que me llega a la altura del pecho acostumbra a estar asegurado mediante un candado. En el bolsillo tengo la llave. Sin embargo, hoy no voy a necesitarla porque el candado ha desaparecido.
Me siento tan consternado que la linterna casi se me escapa de las manos. Durante un instante de locura, la luz rebota a mi alrededor. Unas sombras revolotean por las paredes como si fueran murciélagos. Me entran ganas de subir corriendo los escalones y volver al Bosque de la Memoria, pero tengo una responsabilidad aquí. Formo parte de esto. Lo que ocurrió en este sótano ocurrió por mi culpa.
Noto un sabor repugnante en el fondo de la garganta. Alargo el brazo hasta el cerrojo superior y lo deslizo hacia atrás. Me detengo un momento e inclino la cabeza. ¿Acabo de oír un ruido? ¿Aquí abajo, en la penumbra, o procedente de arriba? Pienso en las ramas del fresno, presionando el techo de la salita, y abro el segundo cerrojo antes de cambiar de opinión.
XII
No tiene sentido perder el tiempo. Nada de lo que hay tras esa puerta puede dañarme físicamente, de eso estoy seguro. En cambio, me preocupa ver algo tan horrible que nunca pueda apartarlo de mi memoria.
Apoyo la mano en el último cerrojo y lo descorro.
Me detengo.
Escucho.
Ningún sonido rompe el silencio. Ni un susurro de brisa.
Agarro el pomo, lo hago girar en el sentido de las agujas del reloj y tiro. La goma chirría cuando la puerta se libera de su marco. Doy un paso atrás y miro parpadeando la oscuridad.
El olor que se desliza fuera de la cámara es el mismo que he percibido arriba, pero mucho más intenso; tanto, que me lloran los ojos. Lo reconozco: es lejía doméstica. No esa que venden con aroma a cítricos, sino la normal, la que se te mete en la nariz y parece arrancarte el vello.
Antes no olía así. Temo que durante mi ausencia haya sucedido algo monstruoso. Cuando entro y paseo la luz de la linterna por el interior, sé que así ha sido.
XIII
Igual que el resto del sótano, el suelo de esta zona está cubierto de protuberancias de aguda roca. Las noto a través de las suelas de las zapatillas. Me hacen daño en los pies. Tres muros de piedra toscamente tallada componen los cimientos de la casa. La cuarta pared, situada a mi espalda, está hecha del mismo tablero que he visto al entrar.
La construcción se ha llevado a cabo con sumo cuidado. La puerta abierta revela que el falso muro tiene un grosor de unos treinta centímetros. El hueco está repleto de bolsas de PVC llenas de material de aislamiento acústico. Alguien, en algún momento, ha intentado romper la puerta desde dentro. Profundos arañazos marcan la madera.
Apenas puedo respirar, pero me las arreglo para decir:
—¿Gretel?
El nombre rebota contra las paredes. Aquí dentro mi voz suena más profunda, más grave, como si el sótano me hubiera hecho envejecer cincuenta años.
—Gretel —repito, y ahora mi voz suena más rara que nunca.
La linterna parpadea furiosamente. Trato de estabilizarla, dirigiendo el haz hacia el centro mismo de la cámara.
En el suelo de roca han clavado un pasador en forma de U que atrapa una anilla de hierro. Antes, la cadena de Gretel estaba sujeta a esa anilla. Ahora, cadena y niña han desaparecido.
Los vapores de lejía me invaden la garganta. Se me revuelve el estómago y me entran arcadas. Ilumino las paredes de la cámara con la linterna y veo que también han desaparecido la almohada, el cubo para lavarse y el precario retrete. Da la impresión de que han limpiado el suelo. No quiero pensar en lo que han retirado ni en lo que significa este olor a antiséptico.
Todo esto es culpa mía.
Es demasiado. La linterna cae al suelo y se apaga. La negrura lo invade todo. Pierdo todo sentido de mí mismo, de lo que es real y lo que no. Oigo gritos ahogados y no puedo creer que sean míos, convencido, de pronto, de compartir este espacio con algo hostil, algo con garras y dientes. Me vuelvo, corro a ciegas hacia la puerta, calculo mal su ubicación y me golpeo en el hombro con la jamba, tirándome al suelo. Una afilada arista de roca me hace un corte en la rodilla. El dolor es un rayo de electricidad que asciende por mi pierna a toda velocidad y me explota dentro del cráneo. Como un cangrejo, huyo rápidamente de la cámara y sigo hasta que mis brazos chocan contra el primer peldaño del sótano. La negrura se vuelve gris. La sombra se vuelve luz. Veo un techo cubierto de hiedra, una pared manchada de hongos. Estoy de rodillas de nuevo, ahora en el exterior, otra vez en el Bosque de la Memoria, jadeando con fuerza. Los árboles se arremolinan a mi alrededor como lobos reunidos para matar. Unos chillidos invaden mis oídos. Las urracas han regresado: tres en una rama cercana, cuatro sobre el tejado hundido de la casa. Recuerdo la vieja canción infantil y se me hiela la sangre: «Siete para un secreto que nunca debe contarse».
No sé qué pensar.
No sé qué hacer.
Gretel ha desaparecido. Y todo es por culpa mía.
ELISSA
Día 1
I
Es sábado, lo que significa que es día de ajedrez, aunque en realidad cada día es día de ajedrez porque ella no piensa en otra cosa. Aun así, este es particularmente especial. Excepcional, de hecho. Porque hoy se celebra un evento del Gran Premio Juvenil para el que parece que ha estado practicando toda su vida.
El premio de 100 libras esterlinas para el máximo ganador no es gran cosa, pero el dinero nunca le ha interesado. Ya posee un juego de piezas de ajedrez Staunton talladas a mano en madera de palo de rosa brasileño, el único regalo de su padre que le merece la pena conservar. Tienen triple peso y se deslizan sobre una base de suave cuero. Aparte de las piezas, lo único que le hace falta es un tablero, y también lo tiene: una plancha de madera maciza decorada con marquetería de arce y anigre. Su madre se lo compró en una tienda online poco después de que su padre dejara de llamarla, comiendo judías en conserva durante quince días para poder pagarlo. Lo único en el mundo que Elissa quiere y no tiene es una cita con su compañero de clase Ethan Bandercroft, y eso es algo que no va a conseguir aunque gane el dinero del premio.
No, está emocionada con el Gran Premio; tan emocionada que cada vez que respira parece ir a alzarse del suelo y salir volando. Invitarán al ganador a formar parte del equipo nacional inglés para competir en el Campeonato Juvenil Mundial o el World Cadets. Conseguir una plaza sería la culminación de años de duro trabajo.
—Lissy, cariño, ¿todo bien ahí arriba? ¡Es hora de salir!
—¡Estoy bien, mamá! —chilla—. ¡Ahora bajo!
Coge la bolsa de terciopelo verde que contiene sus Staunton. Hoy no va a necesitarlas: en el evento usarán tableros y piezas de competición. Sin embargo, quiere tenerlas cerca y las mete en la mochila con todo lo demás. Hay dos libros de ajedrez, el primero de Jeremy Silman y el segundo de Jennifer Shahade. Además de los libros, lleva una fiambrera con agua mineral, un sándwich de atún envuelto en film transparente, dos ciruelas, un paquete de chuches y un brownie de chocolate de Marks and Spencer. También hay un tablero de ajedrez enrollable, un cuaderno donde apuntar los movimientos y tres rotuladores de gel sujetos con una goma elástica. Encima de todo pone un mono de trapo vestido con una minúscula camiseta blanca. Vino en una caja de té PG Tips, y ella finge que es su mascota. En torneos anteriores ha visto talismanes parecidos: figuras de Lego, personajes de Pokémon, patas de conejo... Todo parece un poco inútil, pero no desea distanciarse de los compañeros que pueda conocer en la gira. Por eso ha reclutado al monito.
—Pero si me despistas —susurra, dedicándole lo que espera que sea una mirada asesina—, si haces algo que traiga la deshonra al buen nombre de mi familia, cuando volvamos a casa te sacaré al jardín, te ataré a la barbacoa y luego te quemaré.
Mira fijamente los brillantes ojos negros del monito. Si su advertencia le desconcierta, no se le nota. Tal vez sospeche como ella que sus palabras son vanas amenazas. Lo vuelve a guardar en la mochila, cierra la cremallera y pasa un brazo por una de las correas. De camino hacia la puerta, ve su propia imagen en el espejo y se acerca.
Su madre compró el vestido. Es verde botella, el color del océano en un día de verano. No es una prenda que Elissa hubiera escogido, pero le gusta bastante a pesar del aire aniñado que le da. Podría haberse puesto su ropa normal: vaqueros, camiseta y sudadera. Sin embargo, hoy no había querido distraerse eligiendo ropa, así que le había pedido a su madre que interviniera.
El vestido es sin mangas. Aunque lleva debajo una camiseta de algodón, tiene frío en los brazos. Va hasta el armario y se queda mirando las chaquetas de punto colgadas. Las hay de varios colores. Para decidir con más facilidad, limita sus opciones al blanco o al negro.
Elissa se percata de su error al instante. Blanco y negro son los colores tradicionales de los tableros de ajedrez, así como de las piezas que se mueven sobre ellos. ¿Influirá la chaqueta que elija en su forma de jugar? Su corazón empieza a dar saltitos.
«Cálmate. No importa.»
No obstante, la decisión la ha dejado paralizada. Le entran ganas de llamar a su madre, pero, de pronto, le parece que no puede abrir la mandíbula.
«¿Blanco o negro? ¿Blanco o negro?»
«¿Blanconegro, blanconegro, blanconegro?»
Tiene la sensación de que un complicado juego de engranajes se ha atascado en su cerebro. Le ocurre a veces. Una decisión aparentemente rutinaria hace que se sienta perdida. Se le bloquean los músculos y permanece en la misma posición, oscilando con suavidad, hasta que algo vuelve a ponerla en movimiento.
«¿Blanco o negro? ¿Negro o blanco?»
Parpadea. El gesto es involuntario, una reacción ante la sequedad de sus ojos.
—¿Lissy?
La voz de su madre, procedente de abajo.
Es curioso que en el ajedrez, un juego que se basa en la toma de decisiones difíciles, nunca experimente eso. Tal vez sea una de las razones por las que le encanta.
—¡Lissy!
Y entonces, de repente, vuelve a la realidad. Se le afloja la mandíbula. Da un brinco y a punto está de chocar contra el armario.
—Blanco —dice, casi sin aliento, sacando la chaqueta de su percha antes de que la parálisis pueda asaltarla de nuevo.
Se permite un último vistazo ante el espejo. Lleva el pelo negro bien cepillado, sujeto con una diadema de plástico del mismo color que sus ojos. Siempre ha deseado que sus ojos fuesen castaños y no verdes. Muchas personas hacen comentarios sobre ellos. Nunca se ha sentido cómoda llamando la atención.
Abajo, su madre se encuentra en el recibidor, con las llaves del coche en la mano.
—¿Todo bien?
Elissa asiente con la cabeza.
—¿Seguro que lo llevas todo?
—¡Sí!
—¿Cuaderno? ¿Rotuladores? ¿Fiambrera?
—¡Sí, sí, sí!
—¿Monito?
La niña hace una mueca.
Su madre se echa a reír y se inclina para darle un beso.
—Vas a hacerlo muy bien. Lo importante es que te diviertas.
—Lo importante es que gane.
Su madre ladea la cabeza, como si estuviese en una galería de arte evaluando una pieza especialmente singular.
—Me siento muy orgullosa de ti, Lissy —dice—. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero a ti —murmura Elissa.
Y es verdad. La quiere muchísimo.
Lena Mirzoyan se sube la manga del abrigo y mira el reloj de pulsera.
—Más vale que nos vayamos. ¿Tienes que hacer pipí?
—¡Mamá!
—Vale, perdona. Es una mala costumbre. Larguémonos.
II
Van en el coche, circulando por la carretera de doble vía. Suena una canción de Adele: «Rolling in the Deep». Elissa no sabe mucho de música, pero conoce a Adele porque su madre tiene el CD y lo escucha constantemente.
El torneo se celebra en Bournemouth, a una hora de distancia. La inscripción es a las diez, pero han salido de casa a las siete. El riesgo de encontrarse con un atasco de dos horas un sábado por la mañana es casi nulo, pero Lena Mirzoyan vive obsesionada por el miedo a fallarle a su hija. Por eso, llegan a las afueras de Bournemouth exactamente dos horas antes de que abran la sala.
Lena examina el reloj del salpicadero del Fiesta y hace una mueca.
—Llegamos un poco pronto.
—¿Un poco?
—Oh, Lissy, lo siento. Es que no quería arriesgarme. Es que...
—Es broma, mamá. De verdad que no me importa. A lo mejor podemos ir a desayunar a algún sitio.
Lena asiente con expresión de alivio.
—Me vendría bien tomar algo. No he comido nada antes de salir.
—¿Por qué no?
Se encoge de hombros.
—Nervios, supongo.
Elissa se echa a reír.
—¿Por qué estás nerviosa tú?
—Porque sé cuánto significa esto para ti. Quiero que te vaya bien.
—¿Crees que no me irá bien?
—Lo que creo es que vas a arrasar.
—Entonces, no hay motivo para que estés nerviosa.
Ahora su madre se ríe también. Pasan junto a un cartel: ¡RESTAURANTE WIDE BOYS! !ABIERTO DE SOL A SOL LOS 7 DÍAS DE LA SEMANA!
—¿Quieres que probemos ahí? ¿Qué te parece?
No es la clase de sitio a la que suelen ir. Elissa se apresura a decir que sí antes de que Lena pueda cambiar de opinión. Mientras se dirigen hacia el carril de salida, mira por la ventanilla y ve un BMW plateado que se acerca a todo correr. Su madre se percata justo a tiempo y evita un choque dando un volantazo a la derecha.
El BMW pasa como una flecha por su lado, haciendo sonar el claxon. Por un instante, Elissa ve un rostro desfigurado por la rabia. El coche les corta el paso. Sus luces de freno lanzan un destello. Con un grito ahogado, Lena pisa a fondo sus propios frenos. Elissa se clava en el pecho el cinturón de seguridad. El BMW oscila a izquierda y derecha, jugando con ellas. Luego da un acelerón y se aleja. Elissa se queda mirando la matrícula, cada vez más pequeña: SNP 12.
—Subnormal Negado Pocasluces —susurra entre dientes.
Respirando con fuerza, Lena comprueba el retrovisor antes de tomar la salida del Wide Boys. En el aparcamiento, se vuelve hacia Elissa.
—¿Estás bien?
—Claro. Solo es un fracasado. No dejes que te estropee el día.
—¿Este día? —pregunta su madre—. Imposible.
III
Dentro del Wide Boys, suena otra canción de Adele. Cuando Elissa pone los ojos en blanco, su madre imita su expresión y sonríe.
El local está decorado como un sencillo restaurante estadounidense de los años sesenta: suelo de baldosas blancas y negras, asientos de vinilo rojo, fotos enmarcadas de Elvis y Marilyn Monroe. Huele a friegasuelos de limón, pastas recién hechas y beicon frito.
Lena Mirzoyan se apropia de una mesa vacía.
—¿Qué te...?
—Elige tú —se apresura a decir Elissa.
Lena saca sus gafas y estudia la carta.
Una pareja de mediana edad se sienta a una mesa cercana. Elissa empieza a observarles con disimulo. Le encanta mirar a otras personas y observar todas las pequeñas decisiones que han tomado durante el día.
Esta mañana, la mujer de al lado ha optado por ponerse un collar de jade. También ha optado por maquillarse, y seguramente habrá escogido el pintalabios violeta entre varios tonos distintos. Ha decidido ponerse unos vaqueros y no otro tipo de pantalón o una falda, y unas botas en lugar de sandalias o zapatillas deportivas. El hombre ha optado por afeitarse antes de salir. Elissa lo sabe porque lleva un poco de espuma detrás de la oreja derecha. También se ha peinado con algún producto, porque el pelo parece húmedo y un poco pegajoso. Las uñas de sus dedos rechonchos están sucias. Mientras estudia la carta se pasa una mano por la garganta, como si buscase zonas sin afeitar.
—Para ya —dice la mujer entre dientes—. Siempre te estás toqueteando.
El hombre endereza la espalda y deja caer la mano junto al costado. Elissa oculta su sonrisa volviéndose hacia el otro lado.
En la mesa pequeña que está a su derecha hay un hombre mayor. Lleva un jersey de color turquesa, pantalón de pana amarillo mostaza y zapatos rojos. Su dedo meñique luce un sello. Tiene un viejo libro de tapa blanda apoyado en la tetera: Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides. Abre un poco la boca mientras lee, revelando una hilera de dientes amarillos y puntiagudos.
Aparece una camarera. Tiene unos cincuenta años, y un pelo rubio tan glamuroso que debe de pasarse horas peinándoselo. Lleva una chapita fijada a la camiseta: andrea. Le sobran por lo menos veinticinco kilos, es toda tetas y culo, pero lo lleva con tanta dignidad que es imposible imaginarla distinta.
—¡Qué ojos tan bonitos! —cacarea Andrea, sonriendo con sus labios rojos—. Me habría gustado que los míos fuesen también de color verde, pero no se puede tener todo.
—Pero si tiene los ojos verdes —dice Elissa.
—Oh, no vayas a creerte todo lo que veas y oigas. Llevo lentillas.
Elissa parpadea y lanza una rápida ojeada a su madre.
—¿Se puede cambiar el color de los ojos?
—Cariño, si una se empeña, puede cambiar cualquier cosa. Con estas lentillas de mierda no veo tres en un burro, pero por lo menos tengo los ojos verdes. Aunque igual te traigo un batido de otro sabor. —Le hace un guiño—. Tendrías que verme en Halloween. Me pongo unos ojos de color naranja, como los de un gato. La gente se muere de miedo.
Mueve la mano como si fuese una garra y maúlla. Las dos se echan a reír.
—Bueno —continúa diciendo Andrea—. Me imagino que no has heredado esos preciosos ojos verdes de tu madre. ¿Hay que agradecérs
