Empuña las tijeras y sujeta con decisión el primer haz de cabellos, que cae sobre el pavimento. Acomete la tarea en una especie de frenesí, mechón tras mechón. Corta cada vez más rápido y da rienda suelta a la rabia tanto tiempo contenida, hasta que su abundante cabellera rubia yace diseminada en torno a los pies descalzos y ella, emocionalmente exhausta, recupera una serenidad mansa. Se busca en el espejo para comprobar el resultado.
¿Reconoce la imagen que le devuelve? No. Hace tiempo que no se reconoce, ni por dentro ni por fuera. Demasiadas cosas han ocurrido desde que se marchó de Bosnia, desde que sintió por última vez el cariño de sus personas más queridas. Y demasiado terribles.
Ya no es la chica coqueta que se desvivía cuidando su preciosa melena, ya no está pendiente de la última moda para vestir con ropas que resalten sus atributos. No quiere que ningún hombre vuelva a mirarla, que su figura constituya un reclamo para nadie. Por eso ha cambiado su vestimenta y su aspecto físico en consonancia con el abandono y la frialdad que se han apoderado de su mundo interior. Por eso y porque no se puede permitir el riesgo de que la encuentren.
Sin embargo, hay algo que la pesadilla no ha logrado vencer, pese a hacerla tambalearse en algún momento. Su determinación. Saldrá adelante, lo sabe. Recoge los cabellos con indiferencia y los arroja a la basura. Es hora de ponerse en marcha. Su melena ha sido el último paso hacia la nueva vida que se dispone a comenzar. No se despide de Mariana ni del resto de las mujeres que, resignadas a un destino adverso, cumplen con disciplina su cometido. Agarra el pomo de la puerta y sale para no regresar.
VIERNES, 6 DE SEPTIEMBRE
1.
—Aquí es, lo encontramos.
Marta sonríe al ver el cartel que anuncia el alojamiento rural.
—Y sin GPS ni nada.
Hugo le guiña un ojo. Luego acciona el intermitente y maniobra para aparcar el coche en la callejuela.
Sacan el equipaje del maletero y se dirigen a la vivienda. Están cansados, pues han llegado directos desde Madrid para pasar el fin de semana. Un hotelito rural en una de las poblaciones cercanas a Mérida, la antigua capital romana, cuyo propietario ha reconvertido al más puro estilo de la época. Termas, masajes, restaurante con comida tradicional romana... Vienen de la gran urbe anhelantes por desconectar de sus ajetreadas vidas del presente para sumergirse en un pasado lejano rodeados de lujo.
Se sonríen al comprobar que, en lugar del timbre, la puerta tiene una aldaba desgastada con forma de cabeza del dios Mercurio, de la que sale una argolla que hace las veces de llamador.
Tras golpear varias veces y esperar unos minutos que se les antojan eternos, se miran el uno al otro vacilantes.
—Parece que no funciona tan bien como un interruptor del siglo XXI —dice Hugo con sorna.
Marta se impacienta y empuja la puerta entornada.
—¿Pasamos?
—Buf, cómo pega el sol. Sí, esperemos dentro. Aquí pega bien el sol, y después de las horas que llevamos de viaje no pienso volver a meterme en el coche.
Aguardan unos minutos más en el recibidor. Marta, curiosa por naturaleza, suelta la maleta y se dispone a inspeccionar el terreno.
—Pero ¿qué haces? —se queja Hugo.
—¿A ti qué te parece? No voy a quedarme ahí plantada todo el día. Mira, ¡ven!, esto es precioso —le grita con entusiasmo ya desde la otra punta del pasillo, asomada al patio interior de la casa romana—. Es el peristilo, donde comeremos todos esos manjares que anunciaban en los folletos... ¡y ahí está la piscina!
Es una ocasión muy especial, y Marta se siente eufórica. Hasta hace poco no han podido permitirse ese tipo de lujos. Primero porque tras acabar sus carreras universitarias pasaron por un periodo de incertidumbre y dificultades, intercalando trabajos precarios con las visitas a la oficina de empleo. Y cuando al fin ambos lograron establecerse en puestos que les daban una relativa seguridad, la madre de Marta enfermó y sus vidas comenzaron a girar en torno a ella. Fines de semana de hospitales, de cuidados familiares... No quiere ni recordarlo. Pero la pesadilla ha tenido un final feliz tras varios penosos años, y en la última revisión los médicos confirmaron que ha superado todo rastro de la enfermedad. De modo que al fin pueden pensar en ellos. Ha llegado su momento, y Hugo ha querido celebrarlo sorprendiéndola con ese fin de semana que les ayudará a olvidar las malas rachas y a disfrutar del presente que por fin les pertenece. Guardó el secreto hasta el día anterior, cuando le hizo entrega de un sobre que contenía el folleto con la descripción de los placeres que les aguardaban. A ella casi se le saltaron las lágrimas, consciente como él de lo que aquello significaba. Es el mejor regalo que podía haberle hecho. Y ambos piensan disfrutar al máximo de cada uno de esos placeres.
—Venga, deja de husmear —le pide él, inquieto ante la posibilidad de que les llamen la atención.
Pero Marta no tiene ninguna intención de esperar aburrida a que llegue alguien y sigue adentrándose por los recovecos de la casa. Tras atravesar el patio columnado, avanza por un frondoso hortus, un jardín cultivado al más puro estilo romano, dejando a ambos lados limoneros, higueras y granados. Al llegar a una de las esquinas observa que de ella emerge otro pasillo, al fondo del cual un letrero indica la entrada a las termas. Sin pensárselo, orienta hacia allí sus pasos.
—¿Hola?
Al comprobar que tampoco contesta nadie, entra con decisión. Al principio el vaho y la oscuridad, solo atenuada por la luz de una minúscula buhardilla, le impiden ver dónde se encuentra. Cuando sus ojos se adaptan, aprecia una gran terma y dos pequeñas algo más alejadas. Supone por su tamaño que la mayor es la destinada al agua fría, mientras que las otras contendrán la tibia y la caliente. Le fascina el arte romano y sabe cómo funcionaban los spas de aquella época, aunque hasta ahora solo a través de los libros. Frunce el ceño al escudriñar la estancia. Quiere aventurarse más, pero hay un olor extraño que le quita las ganas de permanecer allí por más tiempo. Es una combinación de cloro con algo más que no sabe descifrar. Eso y el hecho de que comienza a sudar como un pollo asado la deciden a regresar junto a Hugo.
Está a punto de darse la vuelta cuando un detalle capta su atención. En una de las termas más pequeñas flota algo. ¿Hay alguien bañándose? Alza la voz de nuevo, pero solo obtiene por respuesta un insondable silencio. Camina con cuidado de no resbalar en el pavimento mojado hasta llegar a la altura de la bañera, semioculta tras una esquina. Estira la cabeza y sus ojos por fin perciben con toda intensidad lo que la ha llevado hasta ahí. El cerebro tarda aún unos segundos en comprender. Entonces, pese a la temperatura, nota cómo se le hiela la sangre. Chilla con todas sus fuerzas.
2.
Bruno se estira como un gato.
Le está costando concentrarse, y lo poco que ha escrito no le convence. Desde que publicó su último reportaje ha entrado en una fase yerma en la que la inspiración, esa irremplazable compañera de viaje de cualquier escritor, parece haberle abandonado. Su faceta de autor comenzó cuando comprendió que necesitaba compartir su visión del mundo. Plasmarla para que otros pudieran ver a través de sus letras realidades a las cuales no abrirían los ojos de otra forma. Todo se originó con unos sucesos de los que él mismo no fue consciente hasta que alguien se los hizo ver. Pero ahora es eso lo que le falta: una historia capaz de atravesarle y alcanzar el centro mismo de su ser, poniéndole en movimiento para impulsar a su vez la acción de otros. Piensa con pánico en la pesadilla de algunos escritores, el bloqueo creativo con la consecuente condena a un silencio sepulcral... pero no, a él no le ocurrirá. Eso queda para quienes crean ficción. Él se dedica a documentarse sobre el mundo real, y por desgracia hay tantas injusticias que alguna acabará motivándolo lo suficiente para ponerle en marcha. Solo tiene que sentir cuál es.
Va a la cocina a preparar un café para despejarse y se sienta en el sofá del salón cuaderno en mano, dispuesto a tomárselo con calma. El dique seco ha afectado hasta a su afición de componer haikus. Hace meses que no publica ninguno nuevo en su blog. Y tampoco ahora consigue nada. A su alrededor, la casa pide a gritos un poco de orden. Se da por vencido y decide ponerse a la tarea. Que al menos haga algo productivo.
Convivir con una perra y una niña pequeña supone aceptar el caos como forma de supervivencia. Juguetes de Celia, zapatos, ropa y libros de cuentos aparecen desperdigados sin orden ni concierto.
Pero no será él quien se queje. Después de que Julio, su compañero de piso, se fue a vivir a Cáceres con el chico con quien parece por fin haberse estabilizado e iniciado una relación seria, él y Annika pensaron que no tenía sentido que buscara otro piso o a un desconocido con quien compartirlo, cuando pasaban juntos todo el tiempo libre del que disponían. De modo que se embarcaron en la gran aventura, y en la gran mudanza. El apartamento de Annika ya se había quedado pequeño con Celia y Tabita, y era el momento de buscar un hogar que pudiera acogerles a todos.
La bajada del precio de la vivienda les permitió alquilar una casa baja en una de las travesías del centro de Mérida con espacio suficiente para los tres y para Tabita, que ha pasado a ser la feliz propietaria de una caseta de madera en el patio trasero. La única pega es la antigüedad del inmueble, de mediados del siglo XX, y que la propietaria los había advertido de la imposibilidad de acometer reformas, pues en esa zona de la ciudad lo más probable es encontrarse con restos romanos que les obliguen a paralizarla.
Aun así, la casa les encanta. Llevan en ella cerca de un año a lo largo del cual se han convertido en una singular familia, conformada por Annika, la policía de origen africano cuyo tono de piel la hace ser más conocida en la pequeña ciudad de lo que quisiera; Celia, la pequeña de cinco años que ella adoptó cuando sus padres murieron a consecuencia de un accidente de tráfico, y él mismo, un periodista con orígenes italianos afincado en Extremadura. Toda una mescolanza de nacionalidades y culturas en una ciudad que, a pesar de ser la capital autonómica, es aún por población, estructura y mentalidades bastante más provinciana de lo que a sus habitantes les gusta reconocer.
Evoca sus comienzos con Annika, esa chica que le atrajo desde la primera vez que la vio y que le conquistó de forma definitiva con su mente despierta, siempre puesta al servicio de un gran corazón. No había sido fácil. Rechazo tras rechazo, habría tirado la toalla si no hubiera sido por una investigación conjunta que les dio la oportunidad de conocerse mejor y acabó derribando el muro con el que Annika trataba de protegerse. Piensa en cómo la rutina de ese último año ha consolidado su relación y los ha colmado de momentos felices. Eso le lleva a recapacitar que la inercia de las tareas de ambos no les regala un momento de asueto desde hace tiempo, y se dispone a idear una celebración de ese primer aniversario de convivencia mientras finaliza las labores de la casa.
3.
Annika se ha propuesto terminar hoy ese expediente.
Sin embargo, un revuelo al otro lado de la comisaría le hace perder la concentración. Alza la vista de los documentos y ve al inspector dando órdenes.
—Vamos, vente a la sala de reuniones. —Su compañero Raúl se acerca un momento después—. Jiménez quiere vernos a todos allí.
Se levanta con desgana, aunque en parte le ha picado la curiosidad. ¿Qué habrá ocurrido? Probablemente alguno de los superiores le ha puesto las pilas. Pocas veces ve tan alterado a su jefe, excepto cuando «los de arriba» demandan algo. Entonces todos tienen que perder el culo para conseguirlo y que Jiménez pueda volver a congraciarse con ellos.
Llega casi la última, solo seguida por Sonia, que cierra la puerta tras de sí.
—Venga, holgazanes —gruñe el inspector—. No tenemos todo el día.
—¿Qué sucede? —pregunta Mati.
—Ha aparecido muerto un hombre en Calamonte. Estaba dentro de una terma romana.
—¿En una terma romana? Pero ¿allí también hay? ¿Como las que están junto al acueducto?
—No, atontado. En una terma privada, una especie de balneario de un alojamiento rural.
—¿Se ha ahogado en una terma? —pregunta ahora Sonia, extrañada.
—Parece algo más complicado. La terma estaba inundada de sangre.
4.
—¿Lo de siempre, doña María?
Alma se retira un mechón de la melena pelirroja que cae rebelde sobre su frente y alcanza dos chapatas del estante, introduciéndolas en la bolsa de tela que le ofrece la señora.
—Ponme también unas perrunillas, que vienen mis nietos el fin de semana y les gustan mucho.
Doña María es la última clienta del día. Tras escuchar algunas de las peripecias de su última nieta, Alma la acompaña hasta la puerta y cierra tras ella. Son más de las dos y Paquita la estará esperando para comer. No quiere retrasarse, pues sabe que le agrada ver las noticias regionales mientras almuerza, para dar una cabezada justo después escuchando el programa del corazón, ese que la buena señora nunca reconocerá hasta qué punto le gusta.
Recoge la tienda y se encamina hacia la que ya es también su casa.
Tras escapar de la pesadilla que le tocó vivir cuando llegó a España, hace ahora dos años, le costó mucho decidir qué hacer con su vida. Sus amigas Azra y Sanela regresaron a Bosnia y ella estuvo a punto de acompañarlas, pero sabía que nada le esperaba allí. Sanela tenía a su familia, una familia que se había volcado con ella al comprender la terrible realidad que había vivido, tras meses de absoluta ignorancia en que la creían bien colocada en la hostelería, mientras que Azra, cuyo principal objetivo ante la idea de emigrar había sido ayudar con sus ingresos a criar a sus hermanos pequeños, ahora tenía claro que no quería volver a separarse de ellos. Pero Alma no tenía a nadie en Bosnia. Nunca conoció a su padre, y su madre se había casado con un hombre con quien ahora compartía su existencia y hacía mucho que no había vuelto a preocuparse por ella. Azra y Sanela continuarían con sus vidas, y ella no pintaría demasiado a su lado. Así que se fue dejando llevar cuando Paquita le aseguraba que podía permanecer con ella el tiempo que hiciera falta y poco a poco, a medida que iba consolidando el vínculo entre ellas, fue sintiendo que no quería moverse de allí. Un día se decidió a compartir sus sentimientos con su benefactora, y ella, con la colaboración de sus amigas del pueblo, la ayudó a establecerse.
Cuando a Sole, la dueña de la panadería más antigua de Montijo, le llegó la hora de jubilarse, vieron clara la oportunidad y Alma le tomó el relevo.
El trabajo le gusta. Es sencillo y, lo más importante, siempre sabe lo que le espera en él. Al igual que con Paquita. La vida rutinaria de esa señora de ochenta y muchos años encaja a la perfección con lo que Alma necesita, y ambas lo saben. Las dos han pasado por momentos tan duros en su vida que no pretenden más que la seguridad de saber cómo será el día siguiente, y el siguiente.
Pero en la vida de Alma hay algo más. Algo que la sigue desvelando por las noches, y una de las razones por las que ha decidido seguir en España. Sabe que Sabina sigue viva. Y tiene que encontrarla.
5.
El pueblo entero les ha tomado la delantera.
Lo comprueban Annika y Mati al llegar al lugar de los hechos. En torno a la puerta del hotel rural se amontonan los vecinos, que enseguida se centran en ellos con la intención de averiguar algo más sobre el suceso. ¿Cómo ha ocurrido? ¿Cuándo? ¿Quién es el hombre de la terma? ¿Dónde está el dueño del balneario? Los lugareños exigen respuestas a todos los interrogantes planteados.
Intentan calmar los ánimos y preguntan a su vez hasta localizar entre la multitud a la pareja que ha dado la alarma. Los llevan a un bar cercano, alejados de las miradas, y les ofrecen sendas infusiones. Mati aprovecha para tomarse su tercer capuchino del día.
Annika mira alternativamente a Marta y Hugo. No pasarán de los veintitantos, y se los ve asustados como a dos pajarillos indefensos.
—Oficial Kaunda, de la Policía Judicial —se presenta—. Este es mi compañero Matías Pino.
Aguardan unos minutos a que la tila surta su efecto tranquilizante. Ya algo más calmado, el chico recupera el habla.
—Me asusté mucho cuando la oí gritar. Creí que le había pasado algo.
—Yo... Solo quería echar un vistazo. Ha sido horrible.
—Contadnos desde el principio.
Hugo toma la iniciativa en esta ocasión. Relata que acudió angustiado para comprobar qué sucedía y fue así como él mismo se encontró de cara a la víctima. Salieron de allí frenéticos y llamaron a los servicios de emergencia, que a su vez dieron el aviso a la Policía Nacional. Con el jaleo comenzó a pararse gente a su alrededor y a hacerles preguntas, pero no habían contestado nada hasta entonces.
—Bien hecho —concede Annika. Tanto documental true crime y tanta serie tipo CSI al final valen para algo, al menos para saber que tenían que mantener el pico cerrado.
Terminan la toma de declaración y les permiten retirarse a descansar, siempre que estén localizables, les recuerda ella. Mati les recomienda un lugar donde alojarse en Mérida y ambos se preparan para afrontar a su vez la escena que tanto ha perturbado a la pareja.
Desde que Annika ascendiera a oficial de policía, es el primer caso de asesinato con el que se enfrenta. Ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria profesional en Mérida, ciudad que se caracteriza por su tranquilidad y escaso índice de delincuencia. No en vano es la capital de la región con la tasa de criminalidad más baja de España. A pesar de su espíritu luchador que la lleva a menudo a investigar posibles delitos en su especialidad, la violencia contra las mujeres, y que le ha arrastrado a situaciones complicadas en alguna ocasión, lo cierto es que las emociones fuertes no son la tónica habitual de la comisaría. Salvo contadas excepciones, la vida laboral transcurre de forma apacible en las dependencias policiales, más allá de algún trágico accidente y de los cambios de humor de su superior.
De entre los casos de homicidio en los que se ha visto inmersa, solo una vez ha tenido que afrontar una visión tan dura como esa, una visión que muy a su pesar permanece indeleble en su memoria. Cuando entra junto a Mati en la zona de balneario y se halla frente al cadáver, la sacude la misma emoción de aquella vez. La escena que tiene ante sí es terrible, pero hay algo más, algo que también notó en esa otra ocasión. Aun antes de analizarlo de forma racional, sabe que la misma maldad de entonces ha estado presente en ese lugar. Algo en la atmósfera rezuma crueldad.
6.
Las mañanas ya no son lo mismo para Víctor.
Antes, este habría sido un día cualquiera. Se habría levantado tarde, pues su turno no comienza hasta el mediodía. Habría llegado al bar paseando perezosamente, desayunado en la barra un café con una tostada y entrado a trabajar. Pasaría el rato conversando, bromeando con algunos asiduos sobre el partido de la noche anterior, o el de la siguiente, o sobre la última noticia de algún político corrupto, según estuvieran los ánimos. Hasta que empezara el movimiento de las cañas y ya no levantara cabeza, seguido del de los cafés, y cuando se diera cuenta un día más habría pasado veloz ante sus ojos.
Pero desde que ella apareció un día frente al bar, el reloj ha cambiado el ritmo de sus agujas. Ahora se desplazan con una desesperante parsimonia hasta que hace su aparición. Entonces, esos escasos minutos en los que entra, le pide su café doble solo, se sienta a bebérselo sin cruzar mirada ni palabra alguna, siempre en la misma mesa del fondo, y se marcha tras finalizarlo, esos minutos las agujas corren frenéticas. Para volver a sosegarse hasta el día siguiente.
Al principio ni tan siquiera entraba. Tiene grabada en la memoria la primera vez que la vio. Pasaba la bayeta por la barra sin otra cosa mejor que hacer. Alzó la vista y allí estaba ella. Le miraba a través de la cristalera con sus ojos de un intenso color avellana y aquella indescifrable expresión en un rostro tan infantil como impenetrable. Cuando se supo descubierta, se dio la vuelta para alejarse.
Así transcurrieron varios días. Ella pasaba de camino hacia alguna parte, se paraba, observaba durante unos momentos y continuaba su trayecto. Y él, hechizado, seguía con la vista su cuerpo disimulado en dos tallas más de lo que le correspondía, su pelo corto despeinado como el de un niño que se acabara de levantar, con los mechones rubios que se descolocaban indomables mientras a ella parecía no importarle lo más mínimo.
Hasta que un lunes se decidió a entrar y pidió su primer café con ese acento que no logra desentrañar. Él ha hecho algunos intentos por entablar conversación, pero ella los rechaza de forma sistemática. Sin desprecio ni arrogancia, ni siquiera indiferencia. Simplemente, como si no fuera el momento. De modo que él espera con paciencia a que ese momento llegue.
7.
Están de regreso en las dependencias policiales.
La jueza, la forense y el secretario judicial ya han hecho su labor y han dado autorización para el levantamiento del cadáver, que viaja ya hacia el lugar donde se le practicará la autopsia.
Annika y Mati se reúnen con el inspector para ponerle al día de todos los pormenores.
—Entonces no ha podido ser un suicidio. Alguien le ha asesinado —sentencia Jiménez.
—Todo apunta en ese sentido —confirma Mati.
Aunque oficialmente Annika es ahora su superior y por tanto quien tendría que dar parte al inspector, nunca han seguido el protocolo. Para ella, Mati sigue siendo su compañero y como tal le trata, incapaz de dar órdenes a quien tanto la ha ayudado a integrarse en esa comisaría.
—El número de incisiones y la forma en que han sido provocadas descarta que hubiera podido infligírselas él mismo —continúa Mati—. Pero esperemos a tener el informe de la forense.
—De eso nada. —Jiménez no soporta que un subordinado le indique lo que hay que hacer. Con frecuencia basta un comentario como ese para decidirle a establecer el criterio opuesto—. No vamos a estar aquí parados mientras un asesino anda suelto. ¿Qué más tienen? ¿Desde cuándo está allí el cuerpo? ¿Ha sido identificado ya?
—Probablemente desde ayer —dice Annika, tratando de contestar a su batería de preguntas—. Era el propietario de las termas, Manuel Barrena.
—Pues no parece tan difícil. Comiencen por obtener el listado de clientes. Localicen a todos los que hayan pasado allí la noche y me los traen. A ver qué tienen que contarnos.
Al comprobar que Mati y Annika no se mueven, Jiménez vuelve a impacientarse.
—Están tardando.
—Es que... —tantea Mati.
—¿Es que qué? ¿Se puede saber a qué esperan?
—Ya tenemos la lista, jefe. En realidad no es muy larga. —Annika le echa un cable—. Ayer no se alojó nadie en la casa rural, era hoy viernes cuando estaba previsto que llegaran varios huéspedes.
—¿Entonces oficialmente nadie estuvo allí?
—No en el hotel, aunque sí en el balneario. El propietario lo alquilaba por horas con independencia de los dormitorios.
—¿Y bien? —La vena en la frente del inspector está adquiriendo unas proporciones nada halagüeñas.
—Solo hubo un grupo de cuatro chicos que reservaron las termas, y se fueron a última hora de la tarde.
—¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué no están ya aquí? ¡Parece que les hubieran clavado los pies al suelo, joder!
—Hay una cosa que debería saber antes —previene Mati con voz trémula.
—¿Sí? —El aguante del inspector parece estar llegando a su límite.
—Uno de ellos es su sobrino, jefe —completa Annika.
8.
Es la tercera vez que Bruno lee el correo que acaba de llegarle.
Cual vagón de montaña rusa, le ha transportado del desánimo de un rato antes a un estado de pura exaltación.
—¡Sí, sí, sí! —grita ahora con los puños en alto.
La editorial que publicó la biografía de doña Paquita le informa de que se han agotado los ejemplares y van a lanzar una segunda edición.
Aquel era su primer libro, gracias al cual había conocido a aquella señora que le ayudó a resolver el misterio de la que más tarde se conocería en los medios como «la banda de las pastillas milagro», una red mafiosa que hacía mucho más que traficar con medicamentos poco fiables. Después llegaron otro par de publicaciones más orientadas a reportajes de investigación, y podría decirse que tras solo dos años ha comenzado a consagrar su trayectoria. Pero últimamente el hecho de no dar con una buena historia le tiene desmotivado. Annika trata de animarle diciéndole que es una pequeña crisis de escritor, que se relaje y todo llegará, pero a él no le gusta esa situación. Y, menos aún, depender económicamente de ella. Ya pasó mucho tiempo mirando el bolsillo en la época en que iba dando tumbos como periodista freelance, y no le apetece revivir aquello.
Por eso que se hayan vendido todos los ejemplares es una gran noticia. La liquidación le proporcionará unos ingresos inesperados, y la nueva edición le augura a su vez futuros beneficios.
Llama a su madre para contarle la buena nueva, pero tras referirle los detalles se da cuenta de que algo no marcha bien.
—¿Qué pasa, mamma? ¿No te alegras?
—Sí, claro que me alegro. Y ya verás cuando vaya esta tarde a contárselo a doña Paquita.
—Pues no lo parece —se queja.
—No, hijo, no es eso. Es mi prima. Hacía tiempo que no se conectaba y empezaba a preocuparme, así que hace un rato la llamé a Nápoles y me enteré. Le han detectado un cáncer galopante.
9.
Los cuatro chicos llegan juntos a comisaría.
Jiménez ha decidido encargarse él mismo de tomarles testimonio, por lo que a Mati y Annika les toca quedarse fuera de la sala esperando.
—Esto es totalmente irregular —dice ella, indignada—. Habría que interrogarlos uno a uno. Así no podremos saber si están mintiendo.
Mati, menos impetuoso que su compañera, intenta calmarla.
—Es el sobrino del jefe, entiéndelo. Que lo haga a su manera. Acabaremos descubriendo lo que sea que haya ocurrido.
—No lo tengo yo tan claro —sigue refunfuñando—. ¿Los has visto? Llevan la culpabilidad escrita en la frente. Esos chicos tienen algo que ver, y estamos perdiendo la oportunidad de saberlo.
Entretanto, en la sala habilitada para interrogatorios, los muchachos se mueven agitados en sus sillas mientras Jiménez los mira con cara de pocos amigos. Uno de ellos murmura algo y el que parece más joven suelta una risilla nerviosa. El inspector se dirige a él con tono cortante:
—Alberto, esto no es ningún juego. Vaya disgusto le vamos a dar a tu madre.
