1
Le oigo bien y con claridad
Con toda puntualidad, el sol se puso a las seis por detrás de las Blue Mountains con un amarillento destello final; una oleada de sombras violáceas se abatió sobre Richmond Road, y los grillos y las ranas arbóreas de los floridos parques y jardines empezaron a chirriar y croar.
Aparte del ruido de fondo de los insectos, no se oía nada en la amplia y desierta calle. Los acaudalados propietarios de las grandes mansiones, separadas de las aceras por setos y tapias —directores de banco, empresarios y funcionarios públicos de alto rango—, se hallaban ya en sus casas desde las cinco, discutiendo los sucesos del día con sus esposas, tomando una ducha o cambiándose de ropa. Media hora más tarde, aquella calle volvería a animarse con el tráfico de los que iban a tomar el aperitivo, pero en aquel momento, a las seis, la media milla de la parte alta de «Rich Road», como la llamaban los industriales y comerciantes de Kingston, mostraba sólo el suspense de un escenario vacío y el fuerte aroma de los jazmines que perfuman la noche.
Richmond Road es la «mejor» calle de Jamaica. Es la Park Avenue, Kensington Palace Gardens, la Avenue d’Iéna de Jamaica. La «mejor» gente habita en sus mansiones inmensas y anticuadas, cada una de las cuales posee uno o dos acres de parque bellísimo, cuidado casi con exceso, poblados por magníficos árboles y maravillosas flores procedentes de los Jardines Botánicos de Hope. La calle, larga y recta, es fría, sosegada y se halla apartada del resto de Kingston, extenso, vulgar y caldeado, donde sus habitantes tienen que ganarse el sustento. Al otro lado del cruce en forma de T situado al final de dicha calle, se extienden los terrenos de la King’s House, donde vive con su familia el gobernador y comandante en jefe de la isla. En Jamaica, ninguna otra calle posee un final tan excelente.
En el ángulo oriental del cruce se alza el número 1 de Richmond Road, una residencia de dos plantas, con amplios ventanales y terrazas, que corren a lo largo de los dos pisos. Desde la calle, un sendero de gravilla conduce a la entrada, bordeada por blancos pilares, por entre grandes jardines punteados por pistas de tenis. Aquella noche, como todas las demás, las bocas mecánicas de riego por aspersión estaban funcionando. Aquella mansión es la Meca social de Kingston. Es el Queen’s Club, que durante cincuenta años se ha ufanado del poder y la frecuencia de ejercer el veto para nuevos miembros.
Esos lugares obstinados no sobrevivirán en la moderna Jamaica. Un día, la multitud romperá los ventanales del Queen’s Club y tal vez arrase sus jardines, pero por el momento es uno de los sitios más útiles de aquella isla subtropical, un local bien dirigido, con buen personal y la mejor cocina y despensa de todo el Caribe.
A aquella hora del día, como en casi todos los atardeceres del año, podían verse los cuatro mismos coches estacionados en la calle, delante del club. Dichos coches pertenecían a los cuatro mejores jugadores de bridge de la isla, que se reunían puntualmente todos los días a las cinco y jugaban hasta medianoche. Gracias a sus automóviles, la gente podía poner en hora los relojes. Pertenecían, por el orden en que se hallaban situados junto a la acera, al brigadier al mando de las Fuerzas Defensivas del Caribe, al mejor abogado criminalista de Kingston y al catedrático de matemáticas de la Universidad de Kingston. El último era un Sumbeam Alpine negro, propiedad del comandante John Strangways, oficial del Control Regional del Caribe..., o de modo menos discreto, representante local del Servicio Secreto británico.
Muy poco antes de las seis y cuarto, se vio interrumpido el silencio de Richmond Road. Tres mendigos ciegos doblaron la esquina del cruce y avanzaron lentamente por la acera, en dirección a los cuatro coches. Eran chigros —chinos negros—, unos tipos corpulentos, aunque iban encorvados y arrastraban los pies al caminar, mientras tanteaban el bordillo de la acera con sus bastones blancos. Andaban en fila. El primero, que llevaba gafas azules y, al parecer, veía un poco mejor que los otros, hacía tintinear un vaso de estaño colgado de la empuñadura del bastón en el que apoyaba su mano izquierda. La mano derecha del segundo ciego se apoyaba en el hombro del primero, y la del tercero en el hombro del anterior. Los dos últimos mendigos tenían los ojos cerrados. Los tres se cubrían con harapos y llevaban unas gorras de béisbol muy sucias, de jipi-japa, con largas viseras. No hablaban ni hacían el menor ruido al avanzar por la acera hacia la fila de coches, aparte del suave taconeo de sus bastones.
Los tres ciegos no constituían un terceto incongruente en Kingston, donde hay tantas personas enfermas por las calles; sin embargo, en aquella tan lujosa y tranquila producían un contraste sumamente ingrato. Y era raro que todos fuesen chinos negros. Esta mezcla de sangres no es demasiado común.
En el salón de juego, una mano tostada por el sol avanzó hacia el tapete verde de la mesa y reunió las cuatro cartas. Se produjo un suave chasquido cuando los naipes recogidos se unieron a los otros.
—Cien honores y noventa abajo —proclamó Strangways. Consultó su reloj y se puso en pie—. Volveré dentro de veinte minutos. Tú das, Bill. Pide más bebidas. Como de costumbre, corren de mi cuenta. Y no os molestéis en hacerme alguna trampa. Siempre las descubro.
Bill Templar, el brigadier, se echó a reír secamente. Luego, tocó el timbre que tenía al lado y recogió las cartas.
—Apresúrate, maldito seas —rezongó—. Siempre abandonas la partida en el momento en que tu compañero está en vena.
Strangways ya se había marchado. Los otros tres permanecieron sentados resignadamente en sus sillas. Apareció un camarero de color al que pidieron refrescos para todos y un whisky con agua para Strangways.
Todas las tardes a las seis tenía lugar la misma enloquecedora interrupción, a la mitad de la segunda partida. Precisamente a dicha hora, aunque estuviesen a la mitad de una mano, Strangways tenía que volver a su «despacho» para «hacer una llamada». Era un verdadero fastidio. Pero Strangways constituía una parte vital del cuarteto y todos se conformaban. Jamás les dijo a quién llamaba, ni nadie se lo preguntó. El trabajo de Strangways era un misterio que todos respetaban. Casi nunca tardaba más de veinte minutos en volver, y quedaba bien entendido que él hacía perdonar su ausencia convidando a una ronda.
Llegaron las bebidas y los tres compañeros empezaron a hablar de las carreras.
En realidad, aquél era el momento más importante del día para Strangways: la hora de su contacto por radio con el poderoso transmisor instalado en el tejado del edificio de Regent’s Park, donde se hallan las oficinas centrales del Servicio Secreto. Todos los días, a las seis y media, hora local, a menos que advirtiese previamente lo contrario cuando tenía que cuidarse de algún asunto en otra de las islas de su demarcación, o cuando se hallaba gravemente enfermo, transmitía su informe diario y recibía órdenes. Si no llamaba exactamente a las seis y media, había una segunda llamada, la Azul, a las siete, y por fin, la Roja a las siete y media. Después, si su transmisor permanecía mudo, la Sección de Emergencia y la Sección III, que controlaban a Strangways desde Londres, entraban en acción inmediatamente para descubrir qué le había ocurrido.
Una llamada Azul era una mala nota para cualquier agente, a menos que sus «razones por escrito» fuesen irrefutables. Los horarios de la radio de Londres están desesperadamente apretados para todo el mundo, y cualquier alteración, incluso debida a una llamada extra, es una peligrosa molestia. Strangways jamás había sufrido la ignominia de una llamada Azul, y menos Roja, y se hallaba muy seguro de que nunca sucedería tal cosa. Todas las tardes, exactamente a las seis y cuarto, salía del Queen’s Club, cogía su coche y efectuaba el recorrido de diez minutos de duración hasta la falda de las Blue Mountains, en dirección a su hermosa residencia con una fabulosa vista del puerto de Kingston. A las seis y veinticinco minutos atravesaba el vestíbulo, dirigiéndose hacia el despacho instalado al fondo de la casa. Abría la puerta y la cerraba a sus espaldas. La señorita Trueblood, que pasaba por ser su secretaria, y que era en realidad su número 2, y antiguo oficial jefe del WRNS,[1] estaba ya sentada delante de los mandos y las clavijas, en el interior del falso archivador. Tenía los auriculares puestos y trataba de efectuar el primer contacto, tecleando con la palanca su señal de llamada, WXN, en 14 megaciclos. Tenía un cuaderno de taquigrafía sobre sus elegantes rodillas. Strangways se dejaba caer en la silla de al lado, se ponía el otro par de auriculares y, exactamente a las seis y veintiocho minutos, relevaba a la joven y aguardaba el súbito vacío en el éter que significaba que WWW de Londres iba a dar su señal de respuesta.
Era una rutina férrea. Strangways era un hombre de rutinas férreas. Por desgracia, una norma estricta de conducta puede ser mortal si la aprende un enemigo.
Strangways, un individuo alto y delgado, con un parche negro en el ojo derecho, y la apariencia aquilina que se asocia con el puente de un destructor, cruzó a buen paso el corredor decorado con caoba del Queen’s Club, empujó la ligera portalada de mosquiteros y bajó los tres peldaños hasta el caminito de salida.
No pensaba ni sentía nada, aparte del goce sensual producido por la fresca brisa del atardecer y el recuento de la victoria conseguida. Naturalmente, en el fondo de su mente se agitaba el caso..., el caso en que estaba trabajando por el momento, un asunto curioso y complicado que M le había encargado más bien indolentemente un par de semanas antes. Pero todo iba por buen camino. Una pista casual que le llevó hasta la comunidad china había dado el resultado apetecido. Así habían salido a la luz ciertos aspectos del caso (por el momento, meros aspectos fugaces), que si se concretaban, le meterían en algo muy extraño. Eso pensaba Strangways cuando recorría el sendero de gravilla en dirección a Richmond Road.
Se encogió de hombros. Naturalmente, eso no ocurriría. Lo fantástico jamás se materializaba en sus misiones. Con toda seguridad, en ese caso también existiría alguna solución clara y sencilla, aun cuando ahora estuviese bordada y adornada por las imaginaciones calenturientas y la usual histeria de los chinos.
Automáticamente, otra parte del cerebro de Strangways registró la presencia de los tres ciegos. Venían por la acera hacia él, tanteando el suelo con sus bastones. Se hallaban a unas veinte yardas de distancia. Strangways calculó distraídamente que pasarían a su lado un segundo o dos antes de llegar él al coche. Avergonzado por gozar de tan buena salud, y agradecido a la misma, buscó una moneda en un bolsillo. Hizo correr su pulgar por el borde de aquélla para asegurarse de que se trataba de un florín y no de un penique. Luego, la sacó. Se hallaba ya en línea paralela con los mendigos. ¡Qué raro, todos eran chigros! ¡Qué raro! Strangways alargó la mano. La moneda tintineó en el vaso de estaño.
—¡Que Dios te bendiga, maestro! —exclamó el primer ciego.
—¡Que Dios te bendiga, maestro! —corearon los otros dos.
La llave del coche estaba ya en la mano de Strangways. Vagamente, se dio cuenta de que los tres bastones habían dejado de golpear el suelo. Ya era tarde.
Al pasar Strangways al lado del último chigro, los tres dieron media vuelta. Los dos últimos se abrieron en abanico, a un solo paso para tener un campo de tiro más despejado. Tres revólveres, provistos de silenciadores en forma de salchicha, salieron de unas fundas ocultas entre los pingajos de ropa. Con disciplinada precisión, los tres ciegos apuntaron a diferentes sitios del espinazo de Strangways: uno entre los omóplatos, otro en la base de la columna vertebral, y el tercero en la pelvis.
Las tres toses fueron casi una sola. El cuerpo de Strangways salió proyectado al frente como si le hubieran propinado un fuerte empellón. Quedó tendido, absolutamente inmóvil, sobre la levísima capa de polvo de la acera.
Eran las seis y diecisiete minutos. Con un chirriar de neumáticos, un coche fúnebre adornado con plumones negros en las cuatro esquinas del techo, torció por el cruce en T hacia Richmond Road y descendió a toda marcha hasta el lugar donde se hallaba el grupo de ciegos. Los tres hombres tuvieron justo el tiempo de levantar el cuerpo de Strangways al llegar el fúnebre vehículo, que se detuvo en seco. La doble puerta trasera estaba abierta. Lo mismo que el ataúd del interior. Los tres falsos ciegos metieron el cuerpo dentro de aquél. Luego, treparon al interior. Bajaron la tapa del féretro y cerraron la puerta del coche. Los tres hombres se acomodaron en tres de los cuatro pequeños asientos situados junto a las esquinas del ataúd, dejando sin prisas los bastones a un lado. De los respaldos de los asientos colgaban sendas chaquetas de alpaca negra. Se las pusieron encima de los harapos. Luego, se quitaron las gorras de béisbol, las dejaron en el suelo y en su lugar se pusieron unos sombreros de copa.
El conductor, que también era un chino negro, echó una nerviosa mirada por encima del hombro.
—¡Adelante, chico, adelante! —le gritó el mayor de los asesinos, mirando la esfera luminosa de su reloj de pulsera.
Eran las seis y veinte minutos. Sólo tres minutos para su tarea. Realizada con gran exactitud.
El coche fúnebre ejecutó una curva cerrada y enfiló hacia el cruce a marcha moderada. Allí torció a la derecha, y a treinta millas por hora cruzó la carretera asfaltada en dirección a la colina, con los pompones negros proclamando la dolorosa señal de su carga, y los tres plañideros sentados muy erguidos y con los brazos cruzados respetuosamente sobre el corazón.
—WXN llamando a WWW... WXN llamando a WWW... WXN... WXN... WXN...
El dedo cordial de la mano derecha de Mary Trueblood golpeaba suave y elegantemente la clavija. Miró el relojito de pulsera. Las seis y veintiocho minutos. Strangways llegaba ya con un minuto de retraso. Mary Trueblood sonrió ante la idea del Sunbeam descapotable atronando la carretera hacia ella. Dentro de un instante, oiría los rápidos pasos, luego la llave en la cerradura y él se sentaría a su lado. Le dedicaría una sonrisa de disculpa mientras buscaba los auriculares. «Lo siento, Mary. El maldito coche no quería arrancar.» O bien: «Cualquiera creería que la condenada policía ya conoce mi número. Me han detenido en Halfway Tree.» Mary Trueblood cogería el segundo par de auriculares y se los entregaría para ahorrarle tiempo.
—WXN llamando a WWW... WXN llamando a WWW...
Sintonizó el transmisor, girando el botón menos de un milímetro, y volvió a probar. Su reloj marcaba las seis y veintinueve minutos. Empezó a inquietarse. Dentro de unos segundos, Londres estaría en el aire. De repente pensó: «¡Dios mío! ¿Qué podría hacer si Strangways no llega a tiempo?» Sería inútil contestar a Londres y fingir que era él..., inútil y peligroso. Radio Seguridad supervisaría la llamada, como hacían con todas las de los agentes. Los instrumentos que medían las microscópicas peculiaridades del «puño» de cualquier operador detectarían al momento que no era Strangways quien movía la clavija. Mary Trueblood había visto el bosque de botones de mando de la sosegada estancia del último piso de la Central, había contemplado cómo las manillas temblorosas registraban el peso de cada pulso, la rapidez de cada grupo de cifras, la precisión de cada letra. El controlador se lo explicó todo cuando ella ingresó en la Estación del Caribe cinco años atrás: de qué modo sonaba un zumbador, y cómo quedaba instantáneamente interrumpido el contacto si se trataba de un falso operador. Era la protección básica contra un transmisor del Servicio Secreto cuando caía en manos del enemigo. Y si capturaban a un agente y le obligaban a entrar en contacto con Londres, bajo tortura, sólo tenía que añadir unas particularidades completamente nimias a su «puño» usual, y aquéllas contarían la historia de su captura con la misma claridad que si la pregonara abiertamente.
¡Allí estaba! Mary escuchó ya el zumbido que indicaba que Londres entraba en contacto. Mary Trueblood consultó su reloj. Las seis y media. ¡Pánico! Vaya, al fin resonaban los pasos en el corredor. ¡Gracias a Dios! Dentro de un segundo, él estaría allí. ¡Oh, ella, debía protegerle! Desesperadamente, decidió correr el riesgo y mantener el circuito abierto.
—WWW llamando a WXN... WWW llamando a WXN... ¿Puede oírme...? ¿Puede oírme?
Londres sonaba potente, buscando la estación de Jamaica.
Los pasos se habían detenido frente a la puerta.
—Le oigo bien y con claridad —respondió ella, manejando la clavija fría, confiadamente—. Le oigo...
A sus espaldas se produjo una explosión. Algo la hirió en el tobillo. La joven bajó la mirada. Era la cerradura de la puerta.
Mary Trueblood giró rápidamente en su asiento. Había un sujeto en el umbral. No era Strangways. Era un hombre negro corpulento, de tez amarillenta y ojos oblicuos. Tenía un revólver en la mano. El arma terminaba en un grueso cilindro negro.
Mary Trueblood abrió la boca para gritar.
El hombre sonrió ampliamente. Lenta, suavemente, levantó el revólver y envió tres balas en torno al pecho izquierdo de la muchacha.
Mary Trueblood cayó al suelo. Los auriculares rodaron por tierra. Durante un segundo, las señales de Londres resonaron en la habitación. Luego, cesaron. El zumbador de la mesa del controlador de Radio Seguridad acababa de indicar que algo pasaba en WXN.
El asesino desapareció. No tardó en regresar con una caja en la que se veía una etiqueta colorada que decía: ENCIENDEFUEGOS PRESTO y un gran saco de azúcar con la marca de Tate & Lyle. Dejó la caja en el suelo, fue hacia el cuerpo y encajó burdamente el saco por la cabeza, estirándolo hacia los tobillos. Los pies salían por debajo. Los metió hacia dentro. Arrastró el pesado bulto hasta el pasillo y volvió al cuartito. En un rincón se veía la caja de caudales abierta, tal como le habían dicho que estaría, y los libros con las cifras del código de señales se hallaban encima del escritorio, listos para ser consultados. El hombre los arrojó todos, junto con los papeles y documentos del interior de la caja de caudales, al centro de la habitación. Arrancó las cortinas y las añadió al montón. Encima, colocó un par de sillas. Abrió la caja de Enciendefuegos Presto, sacó un puñado, los dejó caer sobre la pila y los encendió. Luego, salió al pasillo y encendió otras hogueras en lugares apropiados. Los muebles, como yesca seca, ardieron al instante, y las llamas comenzaron a lamer el maderamen. El incendiario fue a la puerta principal y la abrió. A través del seto de hibisco distinguió el destello del coche fúnebre. No se oía ningún ruido, aparte del canto de los grillos y el suave zumbido del motor. Arriba y abajo de la calle no se veía otra señal de vida. El negro volvió al pasillo ya invadido por el humo, se cargó con facilidad el saco al hombro y salió, dejando la puerta abierta para provocar una corriente de aire. Descendió rápidamente por el caminito hacia la calle. El coche fúnebre tenía las puertas abiertas. Entregó el saco a sus dos acompañantes, y vio cómo ambos lo colocaban dentro del ataúd, encima del cuerpo de Strangways. Luego, subió al coche, cerró la puerta, se sentó y se caló el sombrero de copa.
Cuando las primeras llamas surgían por las ventanas superiores de la casita, el coche fúnebre se apartó suavemente de la acera y empezó a subir hacia el embalse Mona. Allí, dejaron caer el pesado ataúd dentro de su tumba de cincuenta brazas de profundidad y, en sólo cuarenta y cinco minutos, el personal y los archivos de la Estación del Servicio Secreto en el Caribe habían sido totalmente destruidos.
2
Elección de armas
Tres semanas más tarde, en Londres, marzo llegó como una serpiente de cascabel.
Desde las primeras luces del primero de marzo, el granizo y una cellisca helada, con una galerna de intensidad ocho, azotaron la ciudad y vapulearon a la gente que desdichadamente se dirigía a su trabajo, con las piernas golpeadas por los bordes mojados de sus impermeables y las caras enrojecidas por el frío.
Era un día triste y todo el mundo estuvo de acuerdo en ello.., hasta M, que raras veces admitía la existencia del tiempo ni aun en sus formas más extremas. Cuando el negro y viejo Silver Wraith Rolls de matrícula indescifrable se detuvo delante del alto edificio de Regent’s Park, y M saltó envaradamente a la acera, el granizo le hirió el rostro como una rociada de perdigones. En vez de apresurarse para entrar en el edificio, caminó deliberadamente en torno al coche, hasta llegar a la ventanilla del conductor.
—Hoy no volveré a necesitarle, Smith. Llévese el coche y váyase a casa. Esta tarde iré en Metro. No hace tiempo para conducir un coche. Le costaría más que llevar uno de aquellos trenes PQ.
El antiguo fogonero jefe Smith sonrió complacido.
—¡Oh!, sí, señor. Y gracias.
Contemplo cómo la erguida figura daba la vuelta por delante del Rolls, atravesaba la acera y penetraba en el edificio. El mismo de siempre. Ante todo, se preocupaba por sus servidores. Smith puso el coche en primera y arrancó, mirando al frente a través del empañado parabrisas. Ya no quedaban individuos de esa clase.
M se dirigió al ascensor y subió hasta el octavo piso, siguiendo luego por el alfombrado corredor hasta su despacho. Cerró la puerta al entrar, se quitó el abrigo y la bufanda, y lo colgó todo detrás de la puerta. Sacó un gran pañuelo de seda y se enjugó el rostro. Era extraño, pero no habría ejecutado tal gesto delante de los porteros ni del ascensorista. Fue a su mesa y se sentó, inclinándose acto seguido hacia el teléfono interior. Apretó un botón.
—Ya he llegado, señorita Moneypenny. Las señales, por favor, y todo lo que haya. Luego, póngame con sir James Molony. A esta hora debe estar haciendo su ronda por el St. Mary. Comunique al jefe de personal que dentro de media hora recibiré a 007. Y tráigame la carpeta de Strangways.
M esperó el metálico «Sí, señor» y cortó la comunicación.
Se retrepó en su asiento, sacó la pipa y empezó a llenarla pensativamente. No levantó la mirada cuando entró su secretaria con un montón de papeles, y hasta ignoró la media docena de hojas rosadas con el MUY URGENTE encima del archivo de señales. De haber sido sumamente importantes, le habrían avisado durante la noche.
Una lucecita amarilla parpadeó en el intercomunicador. M levantó el teléfono negro de la fila de cuatro.
—¿Es usted, sir James? ¿Puede concederme cinco minutos?
—A usted, seis. —Al otro extremo de la línea el famoso neurólogo soltó una risita—. ¿Desea un certificado para uno de los ministros de Su Majestad?
—Hoy, no —gruñó M con irritación. El viejo marino respetaba a los gobernantes—. Se trata de ese agente mío al que usted ha estado atendiendo. No pronunciemos su nombre. Ésta es una línea general. Creo que ayer le dio usted de alta. ¿Está en forma para volver al trabajo?
Al otro extremo del cable se produjo una pausa. La voz del médico sonó más profesional y pensativa.
—Físicamente, está templado como un violín. Con la pierna curada. No creo que se produzcan complicaciones. Sí, está en forma. —Hubo otra pausa—. Pero una cosa, M. Usted ya sabe que en su trabajo existen muchas tensiones. Usted obliga a sus muchachos a trabajar muy duro. ¿No podría darle algo fácil para empezar? Por lo que usted me contó, ese chico ha pasado por pruebas muy difíciles en los últimos años.
—Para eso le pago —refunfuñó M—. Si no está en forma para el trabajo, no tardará en demostrarlo. No sería el primero en derrumbarse. Por lo que usted dice, se halla en muy buena forma Además, no estuvo tan mal como algunos de los pacientes que le he enviado..., hombres que verdaderamente habían pasado por la muela de afilar.
—De acuerdo, si lo pone usted así. Pero el dolor es una cosa muy rara. Y sabemos muy poco al respecto. No es posible medirlo... No, no puede medirse la diferencia entre el dolor de una mujer al parir a su hijo y el que siente un hombre que sufre un cólico renal. Y, gracias a Dios, el cuerpo olvida rápidamente los dolores. Pero ese agente suyo ha padecido un dolor real, M. No piense que por el solo hecho de no haber tenido nada roto...
—Está bien, está bien...
Bond había cometido un error y lo había pagado. De todos modos, a M no le gustaban los sermones, aunque proviniesen de labios de uno de los más famosos médicos del mundo, respecto a la forma como debía tratar a sus agentes. Y en la voz de sir James se adivinaba una nota de crítica.
—¿Ha oído hablar alguna vez —preguntó M súbitamente— de un tal Steincrohn..., doctor Peter Steincrohn?
—No, ¿quién es?
—Un médico americano. Escribió un libro que mis corresponsales de Washington me enviaron para nuestra biblioteca. Ese médico habla del castigo que puede resistir el cuerpo humano. Da una lista de las partes del organismo de las que un hombre puede prescindir y seguir viviendo. En realidad, la copié para futuras referencias. ¿Quiere escucharla? —M hundió la mano en un bolsillo de la chaqueta y sacó unas cartas y unas cuartillas que dejó sobre el escritorio, delante suyo. Con la mano izquierda eligió una hoja que desdobló. No se dejó engañar por el silencio que reinaba en la línea—. ¡Eh, sir James! Aquí la tengo: vejiga de la hiel, bazo, amígdalas, apéndice, un riñón, un pulmón, dos de nuestros cuatro o cinco litros de sangre, dos quintas partes de hígado, casi todo el estómago, uno de los ocho metros de intestino y la mitad del cerebro. —M calló. Al ver que el silencio continuaba en el otro extremo, inquirió—: ¿Algún comentario, sir James?
Se oyó un gruñido de desagrado en el teléfono.
—No sé por qué ese tipo no añadió un brazo o una pierna, o las cuatro extremidades. Ni entiendo qué intenta usted demostrar.
M lanzó una breve carcajada.
—No intento demostrar nada, sir James. Pero me pareció una lista interesante. Sólo intento decir que mi agente salió relativamente bien librado en comparación con estos castigos. Pero —M se tornó más cauto— no discutamos sobre esto. En realidad —añadió con tono más blando—, he pensado concederle una especie de respiro. Ha ocurrido algo en Jamaica. —M dirigió la mirada a los empañados ventanales—. Será más bien una cura de reposo. Dos agentes míos, un hombre y una chica, se largaron juntos. O así parece. Y nuestro amigo podrá disfrutar de unas vacaciones sin dejar de ser un agente... gozando del sol. ¿Qué le parece?
—Muy acertado. Y en un día como éste, no me importaría marchar yo mismo a Jamaica. —Sin embargo, sir James Molony estaba decidido a convencer a M de la bondad de sus razonamientos—. No crea que deseo mezclarme en lo que no me incumbe, M —insistió suavemente—, pero el coraje humano tiene sus limites. Ya sé que usted trata a sus chicos como si fuesen víctimas propiciatorias, pero seguramente no querrá que fallen en el momento culminante. Este que he tenido aquí es muy duro. Diría que podrá extraerle aún muchas energías. Pero ya sabe qué dice Moran respecto al coraje en su libro.
—No me acuerdo.
—Afirma que el coraje es la suma de un capital reducida por el gasto. Y estoy completamente de acuerdo con él. Lo que intento decirle es que ese agente suyo ha gastado ya muchas energías desde antes de la guerra. No quiero decir que esté agotado o exhausto.., aún no, pero hay ciertos límites.
—Exacto. —M decidió que ya estaba bien de sermones. En la actualidad, todo el mundo era blando—. Por eso le envío al extranjero. Unas vacaciones en Jamaica. No tema, sir James. Me ocupare de él. A propósito, ¿averiguó qué fue lo que le dio aquella rusa?
—Ayer obtuve la respuesta. —Sir James Molony también se alegraba de cambiar de tema. El viejo era tan malo como el tiempo. ¿Cabía alguna posibilidad de que sus consejos penetrasen alguna vez en lo que él llamaba el espeso cráneo de M?—. Nos ha costado tres meses. Lo descubrió un chico muy inteligente de la Academia de Medicina Tropical. La droga era veneno fugu. Los japoneses la emplean para suicidarse. Procede de los órganos sexuales del pez globo japonés. Los rusos siempre emplean algo desconocido: Para el caso, podían haberse servido del curare, pues los efectos son similares e incluyen la parálisis del sistema nervioso central. El nombre científico del fugu es tetrodotoxín. Es un veneno terrible y muy rápido. Una inyección como la que le dieron a su agente, y en cuestión de segundos quedan paralizados los músculos motores y respiratorios. Al principio, el individuo ve doble, y luego no puede mantener los ojos abiertos. Después, no puede tragar. Se le cae la cabeza y no consigue enderezarla. Muere a causa de la parálisis respiratoria.
—Por suerte, mi agente superó la prueba.
—Un milagro. Gracias al francés que le acompañaba. Tendió a su agente en el suelo y le hizo la respiración artificial, como si estuviese ahogándose. Así logró que le funcionasen los pulmones hasta la llegada del médico. Afortunadamente también, el facultativo había trabajado en Sudamérica. Diagnosticó envenenamiento por curare y le trató de acuerdo con el diagnóstico. Pero existía una probabilidad de salvarle entre un millón. Y a propósito, ¿qué le ocurrió a la rusa?
—¡Oh!, murió —replicó M escuetamente—. Bien, muchas gracias, sir James. Y no tema por su paciente. Ya me cuidaré de que goce de unas buenas vacaciones. Adiós.
M colgó. Tenía el rostro frío e inexpresivo. Atrajo hacia sí la carpeta de señales y la hojeó rápidamente. Al lado de una de las señales garabateó u
