El legado de las runas

Michael Peinkofer

Fragmento

cap-1

PERSONAJES

Quentin Hay

Periodista, sobrino de Walter Scott

Mary Hay

Su esposa

James Ballantyne

Editor, amigo de sir Walter

Lady Charlotte

Esposa de sir Walter

Brighid

Una polizón

Duque de Albany

Un hombre con un pasado oscuro

Carlota, duquesa de Albany

Su hija

Winston McCauley

Médico de Boston

Milton Chamberlain

Abogado de Londres

Cranston McCabe

Capitán del Fairy Fay

Jeffrey Pine

Primer oficial del Fairy Fay

Sean O’Leary

Contramaestre del Fairy Fay

Andrew Frowley

Oficial de la comandancia del puerto de Leith

Desmond Filby

Notario de Edimburgo

Horatio Bloomfield

Redactor jefe del Edinburgh Weekly Journal

Mortimer Kerr

Administrador de Abbotsford

Trevor

Cochero

John Slocombe

Sheriff de Kelso

Malcolm Graham

Joven de Kelso

Red Molly

Una alcahueta

Natty

Una prostituta

Capitán Fulton

Capitán del regimiento de caballería de los Grey Dragoons

Jacques Ferrand

Capitán del Espérance

Tristan Luriel

Su primer oficial

Serena

Una criada

Ginesepina

La cocinera

Manus

Un criado muy solícito

y

Sir Walter Scott

Empresario, abogado y novelista

cap-2

PRÓLOGO

 

 

Escocia, costa este

Diciembre de 1745

Sacré brouillard.

Inquieto, el capitán Jacques Ferrand movía los pies sin parar mientras se ceñía la capa a los hombros y los tablones crujían bajo sus botas. Tenía la sensación de que el frío y la niebla no solo le atravesaban la ropa, sino también la piel, y se le metían en los huesos doloridos.

¡No soportaba el Norte!

Empezó a divagar y huyó en pensamientos del frío monótono de la noche hacia la cálida luz del Luberón, el valle donde nació y donde pasó la infancia y parte de la juventud antes de seguir la llamada de la aventura y enrolarse en la Marina Real. En noches como esas habría dado cualquier cosa por volver a su hogar, a la pequeña casa en la que lo esperaban su mujer y sus cuatro hijos, y sentarse en el jardín, oler el aroma de los campos de lavanda cercanos y contemplar las rocas de tonos ocres que, cuando se ponía el sol...

Mon capitaine!

El teniente Luriel, su primer oficial, se le acercó. El joven parecía tenso, casi preocupado.

Ferrand asintió con un movimiento de cabeza. Era la hora.

Hizo un gesto con la mano para indicarle que ordenara arriar la bandera. Camuflar el barco de ese modo y acercarse a la costa como un ladrón en una noche oscura, sin emblemas nacionales y con todas las luces apagadas, iba en contra de sus principios. Pero la misión lo exigía: la carga que el Espérance llevaba a bordo lo requería.

Levantó la vista hacia el palo mayor, que se perdía en la oscuridad y la niebla, y vio las siluetas de dos marineros arriando, y luego plegando, el estandarte con las flores de lis. Había que impedir que alguien se percatara de que la nave que se acercaba a la costa era un buque francés. Les habían ordenado que, para completar el camuflaje, él y la tripulación se quitaran el uniforme y se vistieran de marinos mercantes, otro truco que no era del agrado del capitán. A lo largo de su dilatada carrera como oficial de la Marina se había enfrentado a incontables tempestades y había luchado en muchos combates, pero ese proceder clandestino le repugnaba casi tanto como la niebla y el frío.

Como si quisieran burlarse de ellos, del cielo nocturno empezaron a caer copos de nieve que se posaban sin hacer ruido en la cubierta. Ferrand soltó una maldición y, casi en el mismo tiempo, vio que las nubes y la niebla se desgarraban un instante y permitían divisar una franja negra irregular que se extendía por el horizonte cercano.

La costa escocesa.

Dio la orden en voz baja de empañicar las velas. Después le pidió un fanal al segundo de a bordo. Lo encendió, se acercó a la borda y, tapándolo con el pliegue de la capa a intervalos muy seguidos, envió señales luminosas hacia la costa, tal como le habían indicado.

El capitán notó que se le aceleraba el pulso mientras enviaba señales en la oscuridad, no solo porque con ello revelaba la posición del barco, sino también porque no estaba seguro de haber navegado hacia la bahía indicada. Con tantas nubes y niebla, al final solo había podido intuir el rumbo y confiaba en que las corrientes litorales, muy fuertes en esa época del año, no hubieran arrastrado el Espérance demasiado al norte. Además, aunque realmente hubiera llegado al punto de encuentro acordado, ¿lo estarían esperando las personas de contacto a las que tenía que entregar la carga?

Ferrand observó con los ojos entornados la franja de costa escabrosa.

Todo seguía a oscuras y repitió las señales. Justo en el momento en que el capitán del Espérance volvía a ceñirse la capa y se disponía a lanzar una maldición contra la crudeza del clima, vio un destello en medio de la negrura.

Tan solo fue un débil resplandor y tan breve que, un instante después, habría sido incapaz de decir si había sido real o una mera ilusión. Después se repitió y no le cupo ninguna duda.

Contestaban del otro lado.

Jacques Ferrand no era vanidoso y no se felicitó por la proeza náutica que acababa de realizar. Ni siquiera se permitió un suspiro de alivio. Su único propósito era deshacerse de la carga secreta y volver a alta mar lo antes posible.

Le indicó a Luriel que prepararan el bote y subieran la carga a cubierta. Los marineros del Espérance, algunos a las órdenes de Ferrand desde hacía años, eran hombres fuertes. No obstante, hicieron falta cuatro para subir el cofre desde la bodega, sellado con cera y provisto de cerraduras de hierro, y cargarlo en el bote. Dos marineros vestidos de civil, igual que Ferrand y el resto de la tripulación, saltaron a la pequeña embarcación para vigilar la carga. Cuando el capitán se disponía a seguirlos, Luriel lo detuvo.

Mon capitaine, ¿no sería mejor que fuera yo?

—No —contestó Ferrand, reforzando la negativa con un gesto de la cabeza—. Las órdenes eran muy claras. Tengo que encargarme personalmente de que se entregue la carga. Si las cosas no salen como está previsto, ya sabe lo que hay que hacer.

—Pero... —Ferrand notó que a Luriel se le hacía un nudo en la garganta mientras buscaba las palabras adecuadas—. No sé si...

Tantos años en el mar le habían enseñado a conocer a las personas. Sabía cuándo sus hombres necesitaban consuelo, cuándo hacía falta amonestarlos y cuándo había que emplear una mezcla de ambas cosas. Apoyó la mano derecha en el hombro del joven oficial y lo miró a los ojos.

—Tristan —le dijo en voz baja—, no es momento de dudas. Si no vuelvo, zarpe de inmediato y ponga rumbo a Brest. ¿Entendido?

Luriel lo miraba fijamente.

Y al final asintió.

—Cuento con usted, Tristan. ¿Entendido?

Luriel asintió de nuevo.

Oui, capitaine.

Ferrand hizo un gesto de conformidad y le dio a su segundo de a bordo una palmada amistosa, casi paternal, en el hombro. Luego dio media vuelta y subió al bote, que soltaron de inmediato al agua. Seis marineros bajaron por las escalas de cuerda y se pusieron a los remos. Poco después, la embarcación se acercaba a la costa con mar de fondo.

A medida que arreciaba la nevada, la niebla se fue disipando y la silueta del litoral se hizo cada vez más nítida a la pálida luz de la luna que atravesaba la capa de nubes: rocas escabrosas y escarpadas, tan frías y poco hospitalarias como la tierra que se alzaba tras ellas. Pensar que se había presentado voluntario para la misión le causó al capitán una repentina extrañeza. Aunque había servido en las colonias de ultramar y había estado muchas veces en las Indias orientales, de repente tuvo la impresión de que nunca había estado tan lejos de casa.

Era una sensación absurda, infundada, pero tan fuerte que tuvo que poner en juego toda la disciplina de que era capaz para reprimirla. Miró el cofre, que iba amarrado en la popa del bote. No le habían dicho lo que había dentro, solo que su contenido podía poner fin a la nefasta guerra de Sucesión Austríaca que había estallado cinco años antes, y terminar con el conflicto para mayor gloria de Francia y la perdición de Inglaterra y Austria. La esperanza de que así fuera lo había movido a poner su barco al servicio de la misión secreta, y a esa esperanza seguía aferrado en esos momentos, cuando las gélidas ráfagas de viento soplaban sobre el mar y el bote cabeceaba con fuerza, encaramándose tan pronto a las olas como hundiéndose entre las crestas.

Estaban muy cerca de la costa. Delante de ellos se perfilaba una playa de guijarros gruesos y, más allá, una pared de roca escarpada en la que de repente volvió a centellear una luz.

Tres señales largas y tres cortas.

Ferrand cogió el fanal y contestó a las señales en orden inverso.

La contraseña pactada.

—Vamos —musitó a sus hombres—, remad con fuerza. Al alba estaremos de camino a casa.

Esa perspectiva pareció animar a los hombres. Aquella travesía no había tenido buena estrella. Un mar agitado, vientos poco favorables, una fragata británica y, finalmente, la espesa niebla habían obligado al Espérance a dar rodeos y avanzar con más lentitud de la que exigía la urgencia de la misión. El hecho de que Ferrand hubiera conseguido llegar al punto de encuentro en el plazo acordado rayaba el milagro. Una vez más, el barco había hecho honor a su nombre.

Las olas se encrespaban cada vez más a medida que el agua era menos profunda, se agolpaban y arremetían con tanta fuerza hacia la playa que arrastraron el bote en el último trecho. Aunque el agua estaba helada, tan pronto como la quilla tocó el fondo de arena los marineros saltaron de la embarcación y la empujaron a tierra. Por último, Ferrand también desembarcó, seguido por dos de sus hombres, que empuñaban sendos mosquetones y vigilaban atentamente en la oscuridad.

El capitán fue consciente en ese momento de que era la primera vez en la vida que ponía los pies en la tierra del enemigo. No obstante, si los planes salían como estaba previsto, el enemigo pronto se convertiría en aliado.

Uno de los dos hombres armados dio la voz de alerta y señaló hacia las rocas. Ferrand vio enseguida las siluetas que se acercaban desde allí.

No sabía cuántos eran. En medio de aquella oscuridad y de la ventisca era imposible distinguir a las personas de las rocas y los árboles retorcidos. No pudo apreciar ningún detalle hasta que se aproximaron haciendo crujir la grava. No les veía la cara, solo siluetas, y estas indicaban que iban armados. Aunque probablemente solo con palos y sables.

Uno de los escoceses le gritó algo. Por culpa del aullido del viento y del fragor de las olas, el capitán no entendió lo que le decía, pero supuso que le pedía la contraseña.

Fhìor rig —contestó Ferrand, torpemente y con mucho esfuerzo. Pronunciar esas palabras en gaélico suponía un problema para su lengua, acostumbrada a hablar en francés. Solo le cabía esperar que, a pesar de todo, las hubieran entendido.

Después de unos instantes de temor, Ferrand observó con alivio que los escoceses bajaban las armas.

—Acercaos —le indicó el portavoz del grupo, que hablaba un francés medianamente aceptable.

Ferrand se volvió hacia sus hombres y les ordenó descargar el cofre.

Los marineros obedecieron sin decir palabra y bajaron a tierra el pesado arcón. Les costó cargarlo por la playa hasta el punto en que el capitán les ordenó que lo dejaran sobre la grava.

—Nosotros no hemos estado aquí nunca —puntualizó Ferrand—. Y ustedes nunca han recibido esta carga.

—Entendido —le respondieron en un francés pobre.

El escocés y algunos de sus hombres se habían acercado y ahora estaban a pocos pasos de ellos. Ferrand creyó ver unas caras barbudas y unos ojos que lanzaban chispas en la oscuridad, y lo embargó el impulso de abandonar aquel lugar lo antes posible. Había cumplido su misión y había entregado el cargamento, lo que ocurriera a partir de entonces no era de su...

Volvió la cabeza al oír un ruido macabro.

Un destello luminoso seguido de un grito ahogado, y Ferrand vio que uno de sus hombres se desplomaba con la boca abierta y sujetándose el cuello con las dos manos. Lo habían degollado.

Todo fue tan rápido que tardó unos instantes en comprender. Para entonces ya se oían disparos.

Un fogonazo en la oscuridad iluminó unas caras desencajadas por la sed de sangre. Ferrand oyó los gritos que proferían sus hombres agonizando.

Los dos marineros armados mordieron el polvo antes de haber disparado una sola vez, y a otro lo atravesaron con un sable. La indignación, el espanto y la ira embargaron de golpe a Ferrand. Con un grito estremecedor en los labios, desenvainó el sable que llevaba bajo la capa. El capitán del Espérance blandió el arma y se abalanzó contra el enemigo, que había atacado sin previo aviso y por la espalda. De repente tuvo la sensación de chocar contra un obstáculo invisible.

Retrocedió con tanto ímpetu que le costó mantenerse en pie. Empuñando todavía el sable con la mano derecha, bajó la mirada y vio el orificio que se le abría en el pecho. Entonces recordó el disparo que acababa de oír.

Jacques Ferrand se tambaleó, cayó de rodillas y se desplomó boca abajo en la grava, que se tiñó de rojo.

El capitán del Espérance vivió aún lo suficiente para comprender que nunca volvería a ver el Luberón ni su hogar, ni a su mujer y a sus hijos.

Entonces se oyó el siguiente disparo.

Marais, París

Agosto de 1794

El bullicio que armaba la plebe en las calles, y que no cesaba desde que Robespierre se había hecho con el poder y las ejecuciones sangrientas estaban a la orden del día, llegaba hasta el piso más alto de un edificio de viviendas de alquiler de la rue Saint-Antoine. Sin embargo, la mujer que se encogía hecha un ovillo en un rincón de la pequeña buhardilla no le prestaba atención.

Con el cuerpo tembloroso y los ojos muy abiertos por el espanto, miraba a un hombre tan alto que no cabía erguido debajo del techo inclinado. El coloso avanzaba a paso de buey hacia ella, sin expresión alguna en su cara angulosa y levantando en un gesto de amenaza sus manos callosas de carnicero.

—No —dijo en tono apagado mientras sacudía convulsivamente la cabeza—. ¡No lo hagas!

—Hace mucho que te busco —contestó con voz gutural el gigante—. Muchísimo tiempo...

—Ya... lo sé —aseguró la mujer.

Tuvo la impresión de que había pasado una eternidad desde la última vez que habló en esa lengua, pero encontró las palabras incluso entonces. Encogió las piernas y se arrimó aún más a la pared, como si esperara que se abriera un agujero que la engullera.

—¿En serio creías que podrías escapar? —preguntó el coloso—. ¿Pensabas que iban a olvidarse de ti? ¿De ti y de tu hijo?

—¿Lo... sabes?

Se oyó un griterío en la calle. La plebe habría descubierto de nuevo a alguien que continuaba viviendo en una de las casas del barrio de Marais. La mayoría de los ciudadanos pudientes lo habían abandonado hacía años y habían huido de la ciudad. Los pocos que se quedaron lo pagaban caro, puesto que el Tribunal actuaba sin compasión. En esa época, la vida de una persona no valía mucho. Un muerto más en el patíbulo preocupaba tan poco al pueblo como el cadáver de una joven en una buhardilla...

—No... por favor —murmuró. Las lágrimas le asomaron a los ojos y le rodaron por las mejillas, mientras en su cara se reflejaba una expresión de súplica—. Yo no tengo la culpa de lo que pasó.

—Seguramente, no —admitió el gigante—. Pero eso no importa. No tendría que haber ocurrido nunca.

—No he dicho una palabra jamás —aseguró la joven—. Y te juro que...

—Juramentos y promesas. —El gigante resopló con desprecio—. He oído muchos... y nunca se cumplieron.

Se acercó a ella con las manos aún levantadas. La joven gritó, despavorida.

—Grita cuanto quieras —gruñó el hombre—. Nadie te oirá. La gente de la calle tiene otras cosas que hacer.

—¡No quiero morir! —suplicó la joven, mirándolo insistentemente con los ojos enrojecidos por las lágrimas.

—Ya estás muerta, Serena —le aseguró el hombre—. Desde hace diez años...

—Pero, tú... ¡no lo entiendes! Yo soy... Yo he...

—Si hubiera sido por mí, ni siquiera habrías salido de la casa. Pero eso tampoco importa ahora.

Se inclinó lentamente hacia ella y estiró las manos para agarrarle el cuello. La manga del abrigo cayó hacia atrás y dejó ver la espantosa cicatriz que el coloso tenía en el brazo izquierdo y que se extendía desde la muñeca hasta el codo.

La joven lo golpeó con los puños, pero los golpes no hicieron mella en el gigante, que le rodeó el cuello con sus garras. Al principio, la joven intentó defenderse, se tensó y pataleó, pero le resultó imposible enfrentarse a la superioridad física del atacante. El gigante apretó cada vez con más fuerza, arrebatándole la vida.

La resistencia de la joven decayó rápidamente, sus movimientos se volvieron débiles y torpes. En plena agonía, sus puños golpearon el suelo, las piernas le resbalaron por el entablado sucio y se le amorató la cara. La mirada de sus ojos, clavados en el gigante con una expresión de espanto infinito, se volvió vacía e inerte... y al final cayó sobre ella el manto de la muerte.

El gigante la soltó y se levantó gimiendo levemente, como si con ello expresara el cansancio de un sirviente que llevaba mucho tiempo a las órdenes de su amo.

Contempló a la joven, que yacía en su rincón, con los ojos sin vida dirigidos hacia él y una mirada llena de acusaciones mudas. Después se volvió y echó un vistazo a la buhardilla.

—¿Dónde estás? —preguntó en voz baja—. ¿Estás aquí?

No ocurrió nada.

Luego se abrió la puerta de un armario de madera y dos vocecitas preguntaron:

—¿Mamá...?

Soho, Londres

Mayo de 1825

Miró atrás disimuladamente por encima del hombro. La dirección que le habían dado estaba en el corazón del Soho, un barrio en el que la abundancia y la escasez, la virtud y el vicio, la luz y la oscuridad se congregaban, y no pocas veces se mezclaban. Y en el que era costumbre no hacer preguntas que no había que hacer.

El hombre llamó a la puerta.

Tres veces.

Después, una pausa.

Después, cuatro veces más.

La señal pactada.

Oyó pasos al otro lado de la puerta maciza de roble y con flejes de hierro, y enseguida abrieron la mirilla. Un par de ojos lo escudriñaron. Dio el santo y seña que le habían indicado y se enfadó consigo mismo por tartamudear como un colegial recitando un poema en voz alta. Notó con desconcierto que el corazón se le helaba cuando descorrieron el cerrojo y se abrió la puerta. En ese momento fue realmente consciente de lo mucho que se jugaba.

Entró y le entregó el bastón y la chistera al criado de cara cenicienta que lo esperaba al otro lado de la puerta. Después lo siguió a través de un pasillo estrecho, iluminado con luz de gas. Le sorprendió que el criado no lo condujera arriba, a una de las plantas superiores del edificio, sino abajo, al sótano. Bajando unos peldaños altos se accedía a una bóveda lúgubre que antiguamente debía de ser un almacén, pero que ahora parecía servir para otras cosas.

A pesar de que todo lo empujaba a ello, se prohibió preguntarle nada al criado. Probablemente lo interpretarían como una muestra de inseguridad y no podía permitirse mostrar el menor síntoma de debilidad. No en esa fase temprana del plan.

Recorrieron un pasillo de paredes húmedas y techo cubierto de moho, que acababa delante de una puerta.

—¿Y bien? —preguntó el visitante—. ¿No va a abrirla?

—Por supuesto, sir —aseguró el criado, impasible—. En cuanto se ponga esto.

Le tendió una pieza de tela negra: una capucha parecida a la que usaban los verdugos en la Edad Media, pero sin orificios para los ojos.

El hombre arqueó las cejas, extrañado.

—¿Es necesaria esta mascarada?

—Si quiere que le abra la puerta, por descontado.

El hombre se mordió los labios y se esforzó por contener la ira. Dudó unos instantes, mientras pensaba cómo debía reaccionar a aquella afrenta. Súbitamente tomó una decisión, le arrebató la capucha de las manos al criado y se la puso en la cabeza. El mundo que lo rodeaba se sumergió en la oscuridad y los ruidos se volvieron sordos.

—¿Satisfecho? —preguntó. Su propia voz le sonó muy cerca y notó que le temblaba.

El criado no contestó, pero se oyó cómo se desbloqueaba la puerta y chirriaba al abrirse. Unos pasos sobre el suelo de piedra húmedo. Después, el hombre notó que lo agarraban y le ataban las manos a la espalda.

—¡Maldita sea! —exclamó, sin poder contenerse. De repente lo invadió el temor, la terrible sospecha de que había cometido un error—. ¿A qué viene esto? ¿Qué significa?

Esta vez, tampoco obtuvo respuesta. El criado lo empujó al interior de la sala que se extendía al otro lado de la puerta. Por el eco que provocaron sus pasos, debía de tratarse de una bóveda espaciosa, mucho más grande de lo que esperaba.

—Disculpe —dijo una voz sonora, que el visitante reconoció en el acto. Pertenecía al hombre con el que se había reunido dos días antes en Hyde Park. El hecho de conocer a su interlocutor lo tranquilizó un poco.

—¿A qué viene esto? —se rebeló de todos modos contra el trato recibido—. ¿Qué maneras son estas de tratar a un invitado?

—Lamento las medidas —aseguró el otro—, pero, como ya le dije en nuestra reunión, los caballeros aquí presentes valoran mucho el anonimato.

—¿Y por eso me tratan como a un delincuente?

—Nada más lejos de nuestra intención. Pero espero que comprenda el deseo de nuestros miembros por mantener el anonimato. Al fin y al cabo, usted aún no ha hecho nada para ganarse su confianza. Nosotros no le hemos pedido que viniera, sir. Usted ha venido porque ha querido.

—Y porque usted me prometió ciertos privilegios —replicó el visitante, hablando al grupo de interlocutores sin saber cuántos eran realmente.

—Eso no voy a negarlo —aseguró el otro—. Entonces, ¿qué le parece? ¿Quiere explicarnos con más detalle el plan al que aludió el otro día con palabras tan prometedoras?

El visitante respiró hondo. Hacía mucho que esperaba ese momento, pero estaba en una posición de desventaja para negociar que no le gustaba.

—¿Espera que desvele abiertamente mis planes sin ver sus caras?

—En efecto —fue la respuesta.

—¿Saben cuánto me arriesgo?

—¡No me venga con tantos humos! —masculló una voz con una acritud insólita—. Por mucho que usted se juegue, yo me juego muchísimo más. Por lo tanto, ¡exponga de una vez su plan o váyase al diablo!

El visitante no replicó.

Por un lado, porque la férrea determinación que percibió en la voz del hablante sin rostro lo impresionó. Por otro, porque lo desconcertó que la persona que había pronunciado esas palabras no fuera un hombre, sino una mujer. Al parecer, la venganza era de verdad una especialidad femenina...

—Tengo entendido —empezó a hablar— que ustedes persiguen ciertos... objetivos. Unos objetivos al servicio de sus intereses económicos, pero también muy personales.

—¿Y?

—Permítanme ser la clave de su venganza —se ofreció el visitante—. Denme lo que deseo y yo les proporcionaré lo que ustedes anhelan.

—¿Y eso sería...? —preguntó la mujer sin mostrar la más mínima emoción.

—La destrucción total e indefectible de sir Walter Scott —contestó el visitante.

El silencio que se produjo le reveló que había ganado.

cap-3

LIBRO I

TESTAMENTO

cap-4

1

 

 

Edimburgo

Principios de diciembre de 1825

 

Nieve.

Los copos caían del cielo en silencio; formas afiligranadas que centelleaban mientras se deslizaban por delante de la ventana y resplandecían en el reflejo del fuego de la chimenea antes de volver a perderse en la oscuridad y caer al suelo. En las calles y callejuelas, las farolas luchaban en vano contra la intensa nevada, que ya había cubierto gran parte de la ciudad con un manto blanco. Unas yardas más allá, la luz se desvanecía en el frío y en una oscuridad impenetrable, tan llena de incertidumbre como el futuro...

—¿Meditando, amigo mío?

Al oír la voz de James Ballantyne, su socio y camarada desde hacía años, sir Walter Scott fue consciente de hasta qué punto estaba absorto en sus pensamientos. Un poco avergonzado, se apartó de la ventana por la que miraba, ausente. Aún tenía en la mano el vaso de whisky escocés que Ballantyne le había servido y del que no había bebido más que un sorbo.

—Discúlpame, estimado James —le pidió.

La cara alargada y la nariz respingona de Ballantyne, que estaba sentado en uno de los dos sillones orejudos que había junto a la chimenea, se arrugaron cuando esbozó una sonrisa indulgente.

—No hace falta que te disculpes —dijo—. ¿Acaso no forma parte del abecé de un escritor abandonar de vez en cuando el presente y soñar despierto? Dios sabe que sería un mal editor si no lo comprendiera.

Sir Walter le correspondió con otra sonrisa, aunque un poco angustiada. Sí, cierto, era escritor (aunque prefería el término «novelista»), y el considerable patrimonio que les permitía vivir con holgura, a él y a su familia, y que había hecho posible la compra de la finca de Abbotsford no lo había conseguido gracias a su trabajo como jurista, sino gracias al enorme éxito que habían cosechado sus obras literarias. De la novela Quentin Durward, inspirada básicamente en sucesos reales1 y publicada dos años antes, se habían vendido miles de ejemplares. No obstante, también se avergonzaba un poco de esa actividad literaria, por la que se habían mofado de él alguna que otra vez y que no tenía nada que ver con el mundo formal de las leyes, y en cierto modo desconfiaba del éxito que le había reportado.

Sobre todo en épocas como esa.

Volvió a su sillón agitando el vaso de whisky escocés en la mano. En noches como aquellas se notaba la pierna que le había quedado anquilosada a consecuencia de una enfermedad infantil, y andar le costaba más que otros días. Agradecido por poder sentarse y calentarse junto al fuego, se dejó caer en el sillón orejudo. Los dos hombres canosos contemplaron unos instantes el fuego, que proyectaba sombras trémulas en sus caras.

—¿Todavía piensas de vez en cuando en el pasado? —preguntó Ballantyne al cabo de un rato.

—¿A qué pasado te refieres? Si hablas de la época en que íbamos juntos al colegio, apenas la recuerdo.

—No —dijo Ballantyne haciendo un gesto de negación con la mano—, me refiero a la época en que fundamos la editorial. Cuando mi hermano aún vivía. Y cuando el mundo nos parecía demasiado pequeño. —Una sonrisa melancólica se deslizó por su semblante—. Entonces todo parecía posible.

—¿Y acaso no lo era? —preguntó sir Walter sonriendo.

—Diría que sí —asintió Ballantyne—. El enorme éxito de tus libros, el repentino interés por nuestra herencia escocesa, la visita del rey a nuestra ciudad y, sobre todo, el hallazgo de la espada del rey.

—No me lo recuerdes —le pidió sir Walter, con voz quejumbrosa y guiñándole un ojo.

—¿No me negarás que fue una buena época?

—No —transigió sir Walter—, no lo haré.

Ballantyne levantó su vaso. El whisky escocés de color ambarino adoptó un brillo prometedor a la luz del fuego.

—Por los viejos tiempos —dijo—. Y por John.

—Por tu hermano —lo secundó sir Walter, y ambos bebieron.

El whisky tenía un sabor intenso, a tierra, tabaco y miel, y a roble viejo. Mientras les quemaba la garganta, los dos amigos se deleitaron con dulces recuerdos. Pero el presente se impuso en cuanto cesó el ardor.

—¿Quién habría imaginado que las cosas llegarían tan lejos? —preguntó Ballantyne, rompiendo el silencio.

—Vaya. —Sir Walter pasó el dedo por el borde del vaso, haciéndolo sonar levemente—. Ya veo que no me has hecho venir solo para hablar de los viejos tiempos.

—No —admitió Ballantyne y, como si lo necesitara para hacer acopio de valor, vació el vaso de un trago y miró fijamente a su amigo—. La situación es grave, Walter.

—¿Estás seguro?

—Ni siquiera a ti se te ha podido escapar que sobre Escocia se ciernen unos oscuros nubarrones. La crisis económica que empezó en Londres ha alcanzado a Escocia, ¡y no se detiene ante los hombres de letras!

Sir Walter sonrió, aparentemente tranquilo.

—Mi querido amigo, es posible que a veces me abstraiga y que me gane la vida imaginando historias de un pasado glorioso, pero eso no significa que esté en la inopia ni que sea un soñador. Sé muy bien lo que pasa en el mundo.

—Entonces también sabrás que debemos actuar.

—¿Actuar? —Sir Walter enarcó sus pobladas cejas—. ¿Y qué quieres? ¿Vender la editorial? ¿Con todos los derechos sobre mis obras? Eso destruiría todo lo que hemos construido en las dos últimas décadas.

—Lo sé —afirmó Ballantyne—, pero no hay más remedio que...

—¡No! —exclamó sir Walter, levantando la voz, cosa que hacía en contadísimas ocasiones. La frente, surcada de arrugas, se le enrojeció—. Entiendo lo que quieres decir, pero ¡ni hablar! Si necesitamos dinero, ya encontraremos otra solución.

—¿Qué piensas hacer? ¿Pedir más dinero prestado? ¿A quién? En los tiempos que corren, no vas a encontrar a nadie en Escocia que...

—¿Y Constable?

—¿Constable? —Ballantyne esbozó una sonrisa triste—. El viejo Archibald tiene tantos problemas como nosotros. Él también se vio obligado a conseguir dinero a través de entidades financieras privadas de Londres y los intereses están a punto de devorarlo. Dicen que debe más de medio millón de libras. No quiero que a nosotros nos pase lo mismo.

—No nos pasará.

—¿Y tú cómo lo sabes? Recibo cartas de Londres casi a diario. Nuestros prestamistas están perdiendo la paciencia. Amenazan con rescindir el crédito si no cumplimos con los pagos. Pero si estuvieras dispuesto a poner Abbotsford como garantía...

—Ya te lo dije una vez y te lo repito ahora —lo interrumpió sir Walter, obligándose a mantener la calma—: Abbotsford no está en venta. Es el hogar de mi familia, mi legado. ¡No pienso negociarlo con personas que lo único que valoran es un balance anual positivo y que solo se mueven por pura avaricia!

—Eso, amigo mío, tendrías que haberlo pensado antes de que nos comprometiéramos con esas personas, ¿no crees?

—No teníamos elección —puntualizó sir Walter—, y por eso no tiene sentido lamentarse. Conozco las obligaciones que hemos adquirido y mantendré mi palabra. Cumpliré con los pagos pactados y aportaré mi parte para saldar las deudas. Pero no tocaré ni Abbotsford ni mi obra, ¿está claro?

—Walter, por favor...

—¿Acaso no ves lo que ocurre, James? —Sir Walter miró suplicante a su amigo—. ¿No comprendes que esta crisis va mucho más allá de la subida de intereses y de la rescisión de créditos? Los ingleses llevan ocho siglos intentando robarnos la identidad. Primero lo intentaron por la fuerza de las armas y las tropas de ocupación; luego, mediante el comercio y las leyes, y ahora prueban con su dinero. Han refinado los medios, pero los objetivos son los mismos. Con lo que está ocurriendo, es importante que conservemos lo que de verdad nos importa: nuestras tradiciones, nuestro espíritu. He trabajado toda la vida para preservar el legado escocés y no pienso dejar de hacerlo ahora. Abbotsford pertenece a Escocia, igual que yo mismo y mi obra, y no está en venta.

—¿Es tu última palabra?

Sir Walter percibió el temor en los ojos de su viejo amigo y la ira se esfumó.

—Me temo que sí, James —dijo con voz queda, pero decidida.

—¿Y qué piensas hacer respecto al futuro?

Una leve sonrisa se deslizó por el semblante de sir Walter, que el fuego de la chimenea alumbraba, mientras se levantaba con parsimonia.

—Haré lo que hay que hacer cuando no se está en condiciones de controlar por entero la situación: esperar.

La mirada que le dirigió Ballantyne no era fácil de interpretar. En ella se reflejaba incredulidad y desconcierto, a la vez que temor y resignación.

—Esperar —repitió—. Confío en que sepas lo que haces.

Sir Walter se dispuso a irse. Ballantyne lo acompañó abajo personalmente y le ordenó al criado que le trajera el bastón, el sombrero y el abrigo.

—La nevada ha arreciado —dijo, echando un vistazo por el cristal de la puerta—. ¿Quieres que mi cochero te lleve a casa?

—No, gracias —contestó sir Walter—, me sentará bien dar un paseo. Buenas noches, amigo mío.

—Buenas noches, Walter.

Sir Walter saludó al criado que le abría la puerta. Soplaba un viento gélido nocturno y algunos copos de nieve entraron volando. Sir Walter se subió el cuello del abrigo. Cuando se disponía a salir, Ballantyne lo cogió del brazo.

—¿Walter?

—¿Sí?

—Tengo miedo —dijo con voz queda.

Sir Walter titubeó un instante antes de contestar.

—Lo sé —aseguró finalmente—. Pero tú sueles preocuparte en exceso. Siempre ha sido así, mi querido aldiborontiphoscophoría.

A Ballantyne, la mención de ese nombre le arrancó una sonrisa.

—Antes siempre me llamabas así. Por un libro de Henry Carey con un título que me sigue pareciendo impronunciable.

Chrononhotonthologos. —Una sonrisa juvenil se perfiló en el semblante de sir Walter—. Todo irá bien, James. Confía en mí.

—Si tú lo dices. —Era evidente que no estaba convencido, pero no dijo nada más. Por la armonía y por su amistad.

Sir Walter se dio la vuelta y se adentró en la noche, en la densa nevada. Oyó que el criado cerraba la puerta, cruzó el pequeño jardín y se plantó en la acera, donde la capa de nieve le llegaba al tobillo. Sopesó un momento la idea de volver y aceptar la propuesta de que lo acompañara el cochero, pero decidió que no. Con la cabeza agachada y apoyándose en el bastón, emprendió a pie el camino a casa por la calle desierta a causa del viento y el frío, y luego torció a la derecha, en dirección a Grassmarket.

Al principio, la luz de las farolas le iluminaba el camino, pero cuando dobló hacia una calle lateral para alcanzar la High Street, la oscuridad lo envolvió repentinamente.

Había unas cuantas farolas apagadas y la calle estaba inmersa en una lúgubre negrura, pero no se amedrentó.

Valeroso, se sumergió en la oscuridad alquitranada.

En ese preciso instante sonó el disparo.

cap-5

2

 

 

Nueva York

Al día siguiente

 

—¿Cómo te encuentras hoy? ¿Has dormido bien?

Quentin Hay estaba sentado a la pequeña mesa del comedor. Al lado de un plato de gachas que había preparado según la antigua tradición escocesa y del que de vez en cuando comía una cucharada, había una libreta en la que garabateaba con ansia: ideas para un nuevo artículo que quería presentarle al jefe de redacción.

—No mucho —dijo Mary, su esposa, negando con la cabeza—. ¿Por qué no me has despertado?

—No quería molestarte —contestó Quentin sin levantar la vista del trabajo.

Geoffrey Wanamaker, el redactor jefe del New York

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