Prólogo
Los últimos once días de hospital tuve la suerte de estar en esa sala contigo. Cogiéndote la mano. Cantando nuestra canción favorita: «El sol brillará mañana». Prometiéndote que nos cuidaríamos los unos a los otros mientras tú dejabas poco a poco de respirar.
Tres semanas de coma profundo me prepararon para ese domingo. Y mirándote a los ojos entre tubos y lágrimas, te dije: «Vete en paz, mamá. Ya es la hora. Vete en paz». Y unas horas después de mis palabras, eso hiciste. ¿Y sabes qué, mamá? Durante un tiempo en Madrid, pensé que me hubiera gustado morir contigo, en esa misma camilla, en ese mismo instante, y no a la mañana siguiente, cuando vi tu ataúd enorme y marrón en el tanatorio. Cuando fui consciente de que nunca más te volvería a ver, ni siquiera de esa forma tan rara en el hospital. Durante días sentí que paseaba por el terreno de los vivos, más o menos ida, más o menos sola, pero siempre con un pie pisando muy fuerte donde tú estabas. Hasta que un día llegué aquí, mamá. A la Baja.
Ese día el mar era cristalino y el cielo estaba lleno de nubes con miles de formas. Todas muy blancas. Y, de repente, saltaste con gracia por encima de las olas. Una ballena jorobada con su cría me deleitaron durante horas con el espectáculo más sensacional que la naturaleza me ha regalado jamás. Buceé contigo. Nos miramos. Un ojo profundo y gigantesco que me cambió para siempre. Que me dio fuerzas. Reviví. Me sanaste. Me sané. A veces hasta creo que me sanó el mar. Nuestro mar, mamá.
Así que, pase lo que pase y vea los océanos que vea, el mar de Cortés tendrá un lugar muy especial en mi corazón siempre. Aquí vine a curarme y aquí comprendí eso que siempre me decías: que la vida es muy bonita y que no debemos perder nunca las ganas de vivir.
Ni de soñar.
Introducción
La Baja California
Cuando pienso en la Baja California, no solamente me vienen a la cabeza orcas, mobulas y ballenas. Cuando pienso en esa costa, lo primero que me viene a la mente es Clara. Mi @ClaraMarinne y todos sus proyectos de conservación. Para mí la Baja es ella. Cierro los ojos y la veo en las pangas hablando con pasión de los tiburones, de todo lo que sabe sobre las ballenas y las mobulas. Recuerdo el brillo de sus ojos, que ha logrado gracias a dedicarse a lo que más ama. Gracias a haber dado su vida por los océanos. Por sus criaturas. Clara ha sido mi máxima inspiración y se lo digo siempre: Que nunca he conocido a nadie que sepa tanto sobre el mar. Esta novela no hubiera sido posible sin su sabiduría. Sin su sentido del humor hasta en los momentos más difíciles. Sin su gran corazón hablando siempre de su hermana Laura. Para mí la Baja es Clara, y Clara es la Baja. Y, si vienes a esta costa y haces cualquier actividad de mar, no te olvides nunca de preguntar por ella. Todo el mundo la conoce y todo el mundo tiene palabras buenas sobre mi amiga. Qué orgullo poder decir que eres una de mis grandes aliadas. Gracias, Clara.
Si sigo con los ojos cerrados, también pienso en David Serradell y su cámara enorme el día que lo conocí enfrente de un cachalote varado en una orilla de La Paz. Pienso también en los ojos grandes, relucientes y verdes de Nina Moysi fotografiando a sus ballenas jorobadas. O en Alex Sharks redirigiendo a tiburones gigantescos con respeto y gran devoción.
La Baja California no sería lo mismo sin todos ellos. Es un lugar mágico en el mundo que se ha consolidado gracias a grandes personajes que han admirado con verdadera pasión sus océanos. Ellos hacen de los mares algo aún si cabe más especial. Jamás había visto tantos ojos enamorados del mar como en la Baja.
Para conocer los encantos de este peculiar destino tienes que conocerlos a ellos. Tienes que ver a Jacob Brunetti y a Miguelito, los pioneros tiburoneros en su Róbalo. Tienes que escuchar a Melecio Zarabia hablar sobre las ballenas grises en su pequeña panga Rocío del mar. Tienes que ver a Dan Taylor editando sus fotografías. Y el vídeo de Luis Orozco danzando entre un grupo de orcas gigantescas con las que seguro sigue bailando en lo más alto del cielo. Para entender la Baja California tienes que haber escuchado las historias de Fernanda Nieto, Katy Aires o Marta Palace, las mujeres fuertes y valientes que se abrieron negocios en este mundo tan difícil que es el mar.
El mar de Cortés es especial gracias a ellos. Y su magia no pasa desapercibida. Es uno de esos lugares en el mundo que los viajeros reconocemos al instante. Y cuando llegas allí cargado de emociones, de pronto sus playas salvajes te reciben, cautivándote. Verás el arco a lo lejos y en Magdalena, los famosos manglares. Y vayas donde vayas, un mar profundo y azul de espumas como encajes, que te llama y te atrae. Los cactus verdes desbordan las arenas y las pangas azules y blancas te invitan a comenzar una nueva aventura. Las ballenas jorobadas saltando por todas partes, las congregaciones de mobulas te dejan sin aliento y un montón de cotilleos absurdos que traspasan las barreras de todas estas personas que un día renunciaron a sus vidas por un amor en común: el mar.
La Baja California será siempre ellos. Las fotografías de Rafael Fernández, Luis Bringas gritando «carnalito» entre un montón de delfines y mi Sylvia Falomir, con su belleza perfecta, ofreciéndome esa sensación de hogar que ahora siempre tendré en su casa, en ese pequeño Cabo de San Lucas.
Qué suerte haber tenido la oportunidad de conoceros a todos. Grandes personalidades que han inspirado parte de este manuscrito y que me han enseñado demasiadas cosas de lo que ahora sé sobre el mar.
Gracias por inspirar a tantísimas personas a diario.
Esta novela está inspirada en todos vosotros.
Mis personajes.
1
Nunca había ido a un tanatorio. Siempre había tenido buenas excusas para no ir. Tú sabías que estos sitios no me gustaban y me ayudabas a inventar disculpas. Pero, claro, a tu tanatorio, mamá, ¡pues no me ha quedado otra que venir! Reconozco que estoy un poco enfadada contigo. No puedo evitarlo. Pero es que no lo entiendo, ¿por qué has tenido que morirte ahora? ¡Justo ahora! ¡En pleno invierno! Con los árboles desnudos y el frío de febrero. ¿No ves que no es un buen momento para morirse? ¿Cómo voy a prepararme ahora los exámenes de marzo? ¡A la mierda otro año de Periodismo! Y encima no vamos a Praga. Era nuestro viaje, joder. Teníamos planes, mamá. Teníamos planes…
Me siento enfrente de esa vitrina de cristal redonda que da a la salita donde han puesto tu ataúd. Estoy mareada, huele demasiado a limpio y tengo ganas de vomitar. Un señor alto con un traje que le queda grande entra en la habitación y va colocando centros de flores a tu alrededor. Me parece tan horrible que haya flores específicas para los muertos. Nadie ha traído un ramo de margaritas. O un ramo de rosas amarillas. No hay violetas que tanto te gustaban. Ni jazmines. Ninguna de estas flores es bonita. ¡Qué tétrico es todo esto! En cuanto se vaya todo el mundo, cogeré todos los centros y los tiraré a la basura. Le diré a papá que compremos margaritas y que las pongamos en el cementerio junto a ti. Joder. No me puedo creer que estés ahí, mamá. Pero si estabas perfecta. Hace unos días estabas perfecta. Yo…
Miro hacia la puerta y veo a Amparo, mi hermana mayor, tan guapa como siempre, saludando a los invitados. Va vestida muy elegante, con una falda gris larga de lana y unas botas negras. Llueve muchísimo. Hace frío dentro y fuera del tanatorio. Ella siempre se pinta los labios de burdeos cuando llueve. Pero hoy no. Hoy no los lleva pintados. Lleva el pelo negro recogido en una trenza y muy poco maquillaje en los ojos. Los tiene muy hinchados. Le da besos a una familia que no he visto en mi vida. No reconozco a casi ninguna de las personas que hay en la entrada. Van todos vestidos de colores oscuros. Yo también voy vestida de negro, pero no voy elegante, ni llevo el pelo en una trenza. Voy con unas zapatillas de colores y me he puesto una de tus camisas, que también tiraré a la basura en cuanto lleguemos a casa. No quiero tener nada que me recuerde a este día. Tiraría todo a la basura. Incluso a los invitados. ¡Ah! Y también tendremos que tirar toda tu ropa. Qué gran mierda, joder, mamá. Qué gran mierda.
El señor del traje sigue colocando los centros de flores al lado de tu ataúd. «Jamás te olvidaremos», pone en la banda de tela del último que han colocado, adornado por unos lirios bastante feos y unas rosas mustias. Claro que te olvidarán. ¿Sabes quién no te va a olvidar nunca, mamá? Yo. Que no sé cómo narices voy a vivir sin ti. Vuelvo a mirar hacia fuera. Han llegado todas tus amigas del cole. «Tus chicas de oro». Lloran desconsoladamente. Te querían muchísimo. Se abrazan entre ellas, y Amparo las consuela entre abrazos y más lágrimas. Qué escena tan exageradamente triste. No sé cómo la gente puede sobrevivir a cosas así.
Sigo observando a Ampi. Tan distinguida y manteniendo la compostura. Pasen los años que pasen nunca dejará de sorprenderme su fuerza. Su entereza. Menos mal que por lo menos me has dejado que se quede ella. Aunque ahora todas las broncas irán para mí. Sonrío y me acuerdo de cuando compramos los billetes a Praga. «Tu hermana nos va a matar», dijiste. Y es que siempre ha sido la figura responsable de la familia. Si la vieras, mamá, saludando a todos esos desconocidos que han venido a hacer su papel. Hacía años que no hablaban contigo y aquí están, con caras de pena y mirándonos con lástima. No me los creo. Si no fuera por Ampi, te aseguro que no estarían aquí. Ya me habría encargado yo de mandarlos a la mierda. Menuda pandilla de falsos. De pronto, me enfado. Me levanto y cierro la puerta de golpe. Pongo el pestillo. No quiero que entren. No quiero que nadie esté aquí hoy. El tanatorio debería ser solamente para ti y para mí, mamá. Puede que sea la última vez que vayamos a estar juntas en una sala. Bueno, puede no. Lo es. Es la última vez que voy a estar sentada enfrente de ti. Y ni siquiera puedo verte ni escuchar tu voz. No puedo ver tu sonrisa y enfadarme cuando pides más comida de la que necesito. Qué injusto, ¿no crees? Tengo tantas cosas que decirte. No sé cómo voy a sobrevivir sin ti. ¿Qué voy a hacer sin ti, mamá? ¿Me lo explicas?
Cierro los ojos por un momento e intento pensar que no estoy aquí. Intento pensar que no ha pasado. Que las últimas semanas de hospital han sido un mal sueño. Que en realidad no has estado en coma por el covid, y que yo no he estado viendo cómo te apagabas lentamente mientras las enfermeras me colaban en esa UCI asquerosa que no olvidaré jamás. Respiro costosamente y me doy cuenta de que somos una de esas familias que saldrán en las noticias durante las próximas semanas. Ya me lo imagino: «Febrero 2021: La segunda oleada de covid que arrasa con miles de personas en la capital. Jóvenes desesperados saltándose las medidas de seguridad para estar en las últimas horas de sus padres». Soy yo. Soy yo estos días rogando compasión a los médicos y ayudantes. No me lo creo. Qué horror. El virus ha arrasado con nosotros. Ha podido con nosotros.
Cierro los ojos con todas mis fuerzas. Aun así, no consigo tranquilizarme; el corazón me late fuerte. Tengo el pecho encogido y siento que me cuesta respirar. El sonido del iPhone me saca del mal viaje. Es mi hermana.
—¿Qué quieres, Ampi?
—No puedes cerrar la puerta del tanatorio, Clara. Hay muchos invitados que quieren entrar. Abre, por favor. Tu hermano acaba de llegar.
Cuelgo sin responderle y entonces por fin lloro. Lloro de rabia. Me acerco a la vitrina y le doy un golpe. Después, le doy una patada. El cristal retumba y suena. Me apoyo en la cristalera y miro el ataúd de madera clara. ¿Por qué has tenido que irte, mamá? ¿Por qué? No era el momento, joder. No te tocaba. No nos tocaba.
Justo cuando voy a derrumbarme, escucho que una llave entra despacito en la cerradura. Me retiro las lágrimas con la camisa y finjo que me recompongo. Asoma la cabeza mi hermano Miguel. Veo sus ojos azules y brillantes. Entra sigilosamente y cierra otra vez con pestillo. Se acerca y me pasa el brazo por el hombro. Lo miro y me sonríe. Tiene la sonrisa más poderosa del mundo. Blanca, muy amplia. De las que no pasan desapercibidas. Vuelve a sonar la puerta.
—No te preocupes, enana, no tenemos que abrir todavía.
Me abraza. Me derrumbo. Lloro. Lloro sin consuelo, porque de verdad que no sé qué voy a hacer sin mamá. Lloro y le digo a Miguel que es injusto. Que solo tengo veinte años. Que con veinte años no se te mueren las madres. Se te mueren con sesenta o con setenta. Se te mueren cuando tienes hijos. Cuando ya eres madre. Pero ahora no. Ahora no me toca. Tengo miedo. Me da miedo la vida sin ella. Yo nunca había tenido miedo. Miguel no dice nada. Me abraza fuerte y, entonces, extraño sus palabras. ¿Por qué no dice nada? Él siempre tiene palabras para todo. Me separo de sus brazos y lo miro. Está llorando también. Me sorprendo. Nunca había visto llorar a mi hermano mayor.
Nos abrazamos de nuevo y lloramos juntos. Por un momento pierdo el sentido del tiempo. Creo que es el cansancio. Llevo días sin dormir. Mamá, has estado once días en coma y nosotros hemos estado once días sin dormir. Nunca pensé que once días tuviesen tantas horas. Echando cálculos he contado doscientas sesenta y cuatro horas. Pero es mentira. Yo te juro, mamá, que he estado esperando a que te murieras trescientas setenta y seis mil quinientas horas y un millón y medio de minutos. Y aun así, he perdido la cuenta de algunas. Había veces que las pastillas esas que me daban para relajarme me dejaban dormida. Pero era momentáneo, porque a los pocos minutos estaba despierta en la puerta del hospital de nuevo, intentando que me dieran algo más de información de la que nos daban en una mísera llamada diaria al teléfono.
—Ven, vamos a sentarnos, pequeña.
Mi hermano me lleva a las sillas y sonríe. La puerta sigue sonando. Quizá deberíamos abrirla. Quizá sea papá, que quiere entrar también. Pero Miguel ni se inmuta. Mira a la vitrina y de repente se ríe.
—Joder, macho, qué fea que es la tumba. Y ¿cómo han conseguido meter a mamá ahí? —Suelta una carcajada y me contagia la risa. Nuestra madre estaba gordita y el ataúd es muy fino. Nos miramos y nos reímos juntos entre lágrimas.
—Deberías estar orgullosa, mamá. Por fin has perdido los kilos que tanto te habías propuesto.
—Esa es mamá, joder.
La presencia de mi hermano me calma. Él no lo sabe, pero me ha calmado siempre. Mis dos hermanos mayores son todo lo que tengo. Y para mí, han sido casi igual de importantes que mis padres. Ampi tiene treinta y cinco años y siempre ha cuidado de todos. Se llama Amparo, pero odia que la llamemos así. Es la más lista y comprometida de la familia. Abogada del Estado, no recuerdo un mal comportamiento suyo. Desde que soy una niña la recuerdo como alguien ejemplar. Tenía las mejores notas del colegio. Y, por supuesto, de la universidad. Se sacó la oposición en tres años. Se casó y tuvo dos hijos. Siempre viste impecable. Su armario es más grande que cualquier centro comercial. Mamá siempre decía que se había llevado toda la elegancia y el buen porte de la familia. Miguel es el mediano, tiene treinta años y trabaja en México, en Los Cabos, Baja California, de fotógrafo submarino. Creo que es la persona más guapa que conozco. Y no lo digo yo, lo dicen todas mis amigas, que llevan enamoradas de él desde la adolescencia. Tiene los ojos azules y el pelo castaño. En los brazos lleva tatuados todos los animales marinos a los que ha fotografiado. Sus rasgos no son perfectos, pero tiene ese brillo en los ojos que solamente tienen las personas libres, las que viven cumpliendo sus sueños. Las que se han agarrado siempre fuerte a la vida y han huido de la rutina. Mike, así le llamamos también, representa la palabra libertad. Su moreno deslumbrante y su cuerpo fibrado hacen que no pase inadvertido. Mamá decía que el exponente de su belleza era su carisma, su risa y el don tan grande que tiene para sacar siempre el lado positivo de las cosas.
—Te voy a decir una cosa, Clara. Se habrá ido pronto, pero lo ha llenado todo tanto… Ha sido una madre tan maravillosa que deberíamos estar agradecidos.
—Hombre, tanto como agradecidos… No te pases, Mike.
—Lo digo en serio. ¿Tú sabes cuánta gente no tiene madre? O cuánta gente tiene padres con los que casi ni se habla… Hay familias que pierden hijos. Y hay familias que abandonan a sus hijos. Y míranos a nosotros, Clara, somos una jodida familia ejemplar. Tenemos a Ampi, que ha sido una segunda madre para todos, y a papá, que tiene el corazón más grande que habita en la tierra. Mamá nos ha dejado pronto, pero nos ha regalado los mejores valores que se pueden inculcar a los hijos. Y nos queremos, Clara. Todos nos queremos muchísimo. Y eso es solo y únicamente por mamá. —No puedo evitar soltar alguna lágrima mientras me habla. Y él sigue. Ya no para—. Vamos a estar bien, pequeña. Mírame a los ojos y confía en lo que te voy a decir. Vamos a estar bien. La vida es muy bonita. Mamá nos lo enseñó a todos. Ella era alegría pura. Alegría eterna. Y la veremos ahí. En la alegría. En los momentos bonitos. En nuestras risas. En la de los hijos de Ampi. Sus nietos. Mamá nos ha dejado de alguna manera, pero, que te quede claro, no se ha ido del todo. Estará en ti y en mí. En todos. En las carcajadas que soltemos cada vez que nos acordemos de la gran madre que hemos tenido. Estará en papá y en Ampi. Y en las decisiones que ahora tomes, porque ya eres toda una mujer. Una mujer pequeña, pero mira lo fuerte que has sido estos días.
—No he sido fuerte, Mike. Yo solo quiero que vuelva… No puedo… Yo… —Me tiembla la voz.
Y aunque quiero ser fuerte de verdad, no puedo. Lo intento de verdad, pero no puedo.
—Sí que puedes, Clara. Y yo voy a estar aquí contigo acompañándote en este camino. Te voy a demostrar que la vida es bonita y que no podemos perder nunca las ganas de vivir. Se lo prometimos a ella, ¿recuerdas?
Sí. Antes de que durmieran a mamá en el hospital, nos dejaron hablar por teléfono con ella. Jamás olvidaré esa llamada. Y su tono de voz sereno y tranquilo. «Sobre todo y pase lo que pase, nunca perdáis las ganas de vivir. La vida es bonita, Clara. Así que prometedme que nunca perderéis las ganas de vivir». Colgamos y nunca más volvimos a escuchar su voz. A partir de ahí, gracias a la cooperación de mis ángeles de la guarda, las enfermeras, solamente pudimos verla dormida.
—Te prometo que no voy a perder las ganas de vivir. Que voy a esforzarme cada día en valorar lo bonita que es la vida.
Después de esa promesa, Mike hurga en su bolsillo y me regala una caracola blanca. Muy blanca. La guardo sin darle mucha más importancia y, entonces, abrimos las puertas del tanatorio. Saludamos a todo el mundo. Descubro que no solo he tenido a la mejor madre del mundo, sino que ha sido la mejor amiga, hermana y un millón de cosas más.
Cuando todos los invitados se van, nos quedamos los tres solos con papá en esa sala fría que no voy a olvidar jamás. Ampi recoge el cáterin que nadie ha probado y apaga las luces. Volvemos a la vitrina redonda todos juntos.
—Adiós —dice papá en tono solemne.
Y el comentario nos parece tan tétrico que nos reímos.
—No digas adiós, papá —le pide Ampi—. Di hasta siempre.
Miguel suelta una carcajada y dice:
—Menuda tarde que nos has hecho pasar, guapa.
Y, entonces, nos reímos todos. Y, por un momento, me siento a salvo. Estamos los cuatro juntos y, por un instante, creo que ya nada más podrá pasarme. Porque, si lo piensas, ¿qué más podría pasarme?
2
Nunca me fui del todo. Hay vida después de la muerte. Y hay gozo en esta segunda existencia. En esta vida del más allá a la que me trajo el virus y por la que me convertí en narradora de la historia de mi familia. Yo nunca había creído en la supervivencia del alma. La humanidad siempre ha tenido la esperanza de que haya vida después de la muerte. Pero yo no pensaba en nada así. Ahora creo y confirmo que mi existencia continúa en un ámbito espiritual porque necesito guiar a mi familia. Llevo haciéndolo ya seis meses. Desde febrero que me marché y nos pasó la segunda desgracia de golpe. Necesito que se recuperen, que Clara resuelva el enigma del accidente de Miguel. Solo así podré volver a nacer en este mundo y comenzar el ciclo de vida nuevamente. Probablemente en forma de ballena, en forma de libertad, de pez o de mar.
Vuelo alto un día más y caigo en picado desde las nubes. Observo cómo sale el sol y sopla el viento en el mes de septiembre en el cementerio de la Almudena. El 2021 está siendo un año de temperaturas altas y cambios en la humanidad. Observo a mi niña, a mi Clara, camina nerviosa entre los columbarios. Va vestida con una camisa blanca muy amplia, unos vaqueros y unas Converse desgastadas. Lleva el pelo liso y castaño recogido en un moño desordenado. El color moreno de la piel resalta una preciosa mirada verde. Su belleza no pasa desapercibida. Es la niña de mis ojos. La pequeña de la casa. La inocencia bonita de mi familia. En las manos, de uñas color azul mar, un ramo de margaritas blancas y una carta de colores vivos en la que se lee perfectamente la palabra «mamá». Camina como si tuviera mucha prisa, lo hace siempre que está nerviosa. Sin embargo, todo a su alrededor se encuentra en pausa. La arboleda se mueve despacito, y el sol va asomando tímidamente entre las nubes y los edificios altos del fondo de la capital. De repente, se para. Frena en seco, mira hacia los lados y se asegura de que nadie la está mirando. Aprecio su inquietud y recuerdo cuando hacía perrerías en el colegio y tenía exactamente esa misma mirada. Traviesa, juguetona y sin ninguna maldad. Se aproxima a una de las tumbas más cercanas y levanta dos piedras grandes al lado de mi huequito del columbario que ha ido a visitar, un lugar mágico. Coloca las piedras en el suelo y así llega para dejar las flores encima de esas letras en dorado: «Marieta, alegría eterna».
Se baja de las piedras y las deja en el mismo sitio donde las ha encontrado. Se sienta en la acera de enfrente y apoya la barbilla en las rodillas. Está triste. Mi niña. Tiene las uñas mordidas y mira hacia arriba, con sus ojos esperanza claros, hacia las nubes, hacia mi nuevo hogar, el reino espiritual, el otro mundo. Poco a poco los nervios se apoderan de ella. Se muerde el labio de abajo y mueve frenéticamente los pies. Apoya la frente en las rodillas y llora por un momento. Parece asustada. Llora y escribe esas cartas en las que me redacta todos los secretos que ha estado guardando durante los últimos meses. Los sentimientos que nadie sabe, los errores que ha tenido que cometer en un intento suicida de descifrar la verdad sobre su hermano Miguel. «Mamá, todo esto lo he hecho por ti. Y, bueno, por él. Por nosotros». Se le quiebra la voz. Intenta dar explicaciones mirando al cielo y se pregunta si todo lo que ha estado haciendo es lo correcto. Si tiene sentido. Quizá se ha metido en demasiados líos. Pero ahora ya es demasiado tarde. «¿Tú crees que es demasiado tarde, mamá? Estoy haciendo bien, ¿verdad? Dime algo. Dame una señal. O vuelve. Mejor vuelve y tráenos de nuevo esa paz que te llevaste. La calma que se fue contigo y que ya no hemos vuelto a recuperar».
Sus nervios iniciales dan paso a una tormenta de miedos y rompe a llorar desconsoladamente en ese espacio lleno de flores de colores. Apoya la cara en las rodillas y los pies le dejan de temblar. Se queda bloqueada durante un instante hasta que, de repente, escucha un ruido y se seca las lágrimas. Disimula. ¿Qué ha sido eso? Mi pequeña jamás ha dejado que nadie la vea llorar. No le gusta sentirse débil. Siempre ha querido ser «la chica fuerte». Es y será siempre una mujer muy valiente. Mira hacia los lados y no ve nada. Sigue hablándome al cielo mientras su padre intenta no volver a hacer ruido escondido entre la arboleda. Ella no lo sabe, pero la ha seguido sigiloso hasta el cementerio. No es la primera vez que lo hace. Hoy ha seguido en su coche a ese autobús, el número 106. Ha aparcado sin que Clara lo viera y la observa a lo lejos pendiente de cada movimiento.
Está preocupado por nuestra pequeña. Desde que volvieron de México ya no es la misma. Algo en ella está cambiado, como distorsionado. Y se pregunta cómo va a hacer para ayudarla. Desde que no tuvo otra opción que tomar las riendas de la familia, se siente cansado. Débil y abrumado. Siente que su familia está desestructurada. Y que no va a conseguir sobrevivir. «¿Cómo lo voy a conseguir sin ti? Te echo tanto de menos». El cielo escucha y recuerdo esos primeros besos de cuando unos padres jóvenes se enamoraron. La ilusión de nuestro matrimonio sencillo. Mi primer embarazo y el olor a bebé. El rozar de sus manos en mi tripa. El cariño de mi gran amor. Los paseos por Segovia y por Madrid. La felicidad que fue nuestra, que fue eterna y a la vez efímera. La felicidad que ya nunca más volveremos a sentir. «Ojalá me pudiera haber ido contigo». Y cierra los ojos escondidos ahora detrás de un nuevo columbario. Yo también te echo de menos, amor mío.
Al cabo de veinte minutos Clara se levanta de la acera y camina hacia el otro lado de la puerta principal. El cielo está aún más azul que al principio, y el sol brillante ha comenzado a asomar entre las nubes. Nuestra niña se aleja caminando en ese oasis frondoso y mágico que aúna historia, naturaleza y arte. Cuando por fin sale del plano, él se acerca al columbario, camina mucho más despacio. No utiliza ninguna piedra para alzarse y coloca con dulzura las margaritas que acaba de dejar su pequeña. Las huele y mira de nuevo arriba, al azul del cielo. Respira profundamente disfrutando de ese remanso de sosiego en plena capital. «Te echo de menos. Qué hago para ayudar a nuestra pequeña… La estamos perdiendo y yo…, no sé… Sin ti, no sé». Se le cae una lágrima y me pide fuerzas. Se queda toda la mañana allí, tranquilo. Recuperando momentáneamente la paz y disfrutando de la calma que genera ese espacio donde el sonido de los pájaros lo llena todo. Un asueto sosegado y libre de soniquetes telefónicos y otras estridencias urbanas.
«Dime qué hago con ella. Dímelo tú», repite. Y se sienta en la misma acera en la que ha estado su hija hace escasos minutos. Intenta relajarse. Esa sensación de paz, de redención anticipada, es lo que lleva simbolizando desde hace meses para él el cementerio de la Almudena.
Después de varios minutos pensativo, mira de nuevo al columbario. Lleva mucho tiempo pensando si hacerlo o no hacerlo. Él siempre ha respetado la intimidad de Clara. Pero esta vez, no puede. No sabe. O no quiere. Se acerca al ramo de margaritas y justo debajo coge la carta que acaba de dejar nuestra pequeña. Mira muy bien a los lados antes de encontrarla. Sus ojos grises brillan. Sus manos arrugadas tiemblan. Se quita las gafas, se pasa la mano por el pelo negro, abundante y canoso que me volvió loca de amor durante años. Con las gafas puestas de nuevo corrobora que no hay nadie. El sosiego se convierte en conmoción. Se mete el manuscrito en el bolsillo del pantalón en un movimiento rápido y sale caminando nervioso del cementerio. La abrirá esa noche en casa. Sin que nadie lo vea. Descubrirá los secretos de Clara y en qué líos anda otra vez metida. La abrirá o no la abrirá. No lo tiene claro. Si Clara se entera, podría perderla para siempre. Bastantes pérdidas ha tenido ya. La abrirá o no la abrirá.
Intimidades ocultas que se empiezan a desvelar y que formarán parte de la aventura de su vida. De la de nuestra niña. La de nuestra familia.
3
Mi hermano mayor estudió medicina veterinaria en la Universidad de Zaragoza. Pero desde que tengo uso de razón, le recuerdo en el agua. Se pasaba el día viajando a sitios con mar. Pasaba más tiempo sumergido que fuera. Mamá siempre decía que cualquier día le iban a salir escamas.
Cuando entró en la universidad aprovechó para sacarse todos los títulos necesarios de buceo y de apnea. Recuerdo los veranos en Galicia, y cómo Miguel bajaba con las aletas largas a varios metros de profundidad y subía con la cámara después para enseñarme fotos de pulpos, sepias e incluso caballitos de mar. Le fascinaba la fotografía desde niño. Muchas veces pasaba más de cuatro horas en el agua. Volvía tiritando, contándome que había visto unos tiburones pequeñitos que se llamaban pintarroja. Mi padre le regañaba porque no sabían si esos tiburones podían atacarle. En las fotos estaba demasiado cerca de ellos. Pero a él nada le asustaba. Se sentía más seguro allí dentro que fuera. «¡Eres un inconsciente!», decía mamá, y él se moría de la risa. Ella fingía que quería darle un azote y le perseguía por la playa con una zapatilla. Renunciaría a todos los recuerdos de mi vida por quedarme con los de esos veranos en las Rías Baixas.
Fue por esos primeros encuentros con los tiburones pintarroja por los que Miguel decidió dejarlo todo e irse a vivir cerca del mar. Era bien joven cuando se fue. Tenía solamente diecinueve años. Un año menos que yo ahora. Les explicó a mis padres que su mente siempre estaba divagando en los océanos. Y que quería terminar veterinaria a distancia para poder dedicarse a lo que realmente le apasionaba: el mar. Mis padres le apoyaron por completo, respetaron su decisión y le animaron a perseguir sus sueños. Así que un día, justo después de que yo acabara de cumplir los nueve años, mi gran héroe se marchó a vivir a México, a la Baja California, donde me explicaba que el mar de Cortés era el acuario del mundo.
A partir de entonces, no ha habido ni un solo animal del que mi hermano no me haya contado historias. Ha fotografiado literalmente a todos los bichos que salen en sus libros de biología marina. Ballenas azules, peces espada, mantas gigantescas, delfines y tortugas. Siempre he presumido de su Instagram. Tiene fotos de orcas que están comiéndose a ballenas jorobadas, tiburones martillo que nadan entre miles de peces de colores, ballenas grises o peces diminutos de tonalidades rosas brillantes, amarillos hipnóticos y naranjas flúor. Gracias a sus trabajos de fotógrafo ha estado en todos los paraísos del mundo que uno se pueda imaginar: Bahamas, Maldivas, el mar Rojo, Raja Ampat, Australia. Es el espíritu más libre que conozco. Y cada vez que volvía a casa después de cada uno de sus viajes y me contaba sus aventuras, parecía que el tiempo se paraba, que el ruido de las calles de Madrid se convertía en un decorado que adornaba sus palabras. Me quedaba como embobada, incapaz de hacer otra cosa que no fuese escuchar y emocionarme.
Abro nuestro WhatsApp y veo la última conversación que tuve con él. Habían pasado dos semanas desde el fallecimiento de mamá, y se tuvo que marchar a la Baja para terminar un documental que estaba grabando. O al menos eso es lo que nos había contado, porque cuando se metía en barcos de esos de expediciones solo Dios sabía lo que estaba haciendo. Eso decía siempre mi madre: «Yo solo espero que tu hermano no se meta en líos. El mar es peligroso y en los océanos es en el único sitio donde no hay leyes, ni reglas. No quiero que se meta en problemas con tanto proteger a las especies de los pescadores furtivos». Y qué razón tenías, mamá. Vuelvo a desbloquear mi iPhone y observo el vídeo del accidente que ha tenido en el agua. Por Dios, solo han pasado dos semanas desde que te fuiste, mamá. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué?
En el vídeo, el azul es cristalino y un banco de mobulas gigantesco nada de manera intermitente. Las mobulas son una especie de mantarrayas que nadan en grupos de cienes para protegerse de los depredadores. Es un espectáculo de la naturaleza que muy poca gente tiene la suerte de visualizar. El Instagram de Miguel está lleno de vídeos de estos animales. Los había visto muchas veces. Miles de mantas forman una bola mientras nadan, así parecen un animal gigante en medio del océano. Se mueven en armonía, acompasadas, creando ese gran círculo perfecto y vertiginoso. Poco a poco, en movimientos lentos pero eficaces, lo disuelven y vuelven a nadar juntas, coordinadas pero de otra manera. Como si fueran una bandada de aves migrando. Despacito, con un vuelo intermitente. Cambiando de forma como si fuera un baile de suntuosas sombras en armonía. Qué bonita la naturaleza y cuántas veces había observado imágenes así. Pero no he contemplado ninguna grabación tan en bucle como esta.
Después de diez segundos filmando las mantas, el cuerpo fuerte y robusto de Miguel entra en escena. Lleva las aletas largas y alguien le filma nadando en fraternidad entre ellas. Se ven los tatuajes de tiburones y sus brazos fuertes moviendo el agua con eficiencia. Se desplaza con tal soltura en el mar que parece que las mantas han empezado a bailar con él. Suben, bajan, le rodean saltarinas cambiando sus formas. Por un momento parece de verdad que el azul del mar es el cielo y que todos están volando en el infinito como acompasados. Es realmente hipnótico. Precioso. Justo cuando mi hermano comienza a subir hacia la superficie, se escucha un ruido fulminante. Rápido, solemne. Las mantas desaparecen de la escena en un segundo, en un solo movimiento. Y un arpón de pesca submarino entra de manera drástica, galopante, y se clava directamente en la espalda de mi hermano. La cámara se mueve. Y alguien grita entre burbujas. Quien sea que está grabando a Miguel desenfoca la imagen. Y lo último que se ve en el vídeo es el cuerpo de mi hermano flotando y un mar manchado de sangre entre la espuma.
Ampi entra en mi cuarto. Está más pálida que nunca. El cansancio le está pasando factura. Se ha quedado más delgada que de costumbre. Desde que se fue mamá, no solo cuida de sus hijos, sino que, además, le ha tocado cuidarnos a nosotros. Y ahora, esto. Entra con mi ropa limpia y doblada. Se da cuenta de que estoy viendo el vídeo otra vez.
—Clara, ¿qué haces otra vez viendo el vídeo? Te vas a volver loca. Tienes que dejarlo ya. Dame el móvil. Lo digo en serio.
—Toma. Tienes razón. —Se lo entrego sin rechistar.
Tengo hasta la vista cansada de verlo.
—Bueno, acabo de hablar con el seguro. Han traslado a Miguel al Hospital General Dr. A. Carrillo, en San José del Cabo. Todavía no saben lo grave que es su situación. Ha perdido muchísima sangre. El shock hemorrágico ha podido causar algún daño cerebral. Papá cogerá el primer vuelo a México mañana. Yo me tengo que quedar aquí cuidando a los niños.
Ampi sigue hablando, pero yo no me muevo de la cama. Estoy paralizada. Ni siquiera estoy segura de que esté escuchándola bien. He tomado tantos antidepresivos que soy incapaz de sentir. Ella me mira preocupada.
—Vamos a salir de esta, Clara. Miguel se va a poner bien. Ya nada más nos puede pasar.
Lo dice seria, pero no suena muy convincente. Eso mismo me dijo cuando ingresaron a mamá. Me levanto de la cama. Solo me sale lanzarme hacia ella y darle un abrazo.
—Claro que sí, ya nada nos puede pasar.
Miento. Pero ¿qué le voy a decir?
—¿Me ayudas con la lavadora?
—Claro.
Nos arrastramos las dos al baño en modo zombi y doblamos las cosas. Ampi ha lavado un montón de ropa de mamá. Aunque le queda gigante, dice que prefiere guardarla. Lleva viviendo en casa ya varias semanas. Se vino aquí para ayudar a papá con toda la hospitalización. Se instaló para asegurarse de que estuviéramos bien. Ampi es así, con ese instinto maternal tan característico. Siempre con el deseo innato de cuidarnos a todos. Menos mal que está. No hubiéramos sabido gestionar nada de esto sin ella.
Sus hijos, los pequeños de la familia, tienen ocho y seis años. Se llaman Daniela y Álex. Cuando su abuela entró en coma, los mandamos a Galicia, a casa de su padre. Los echo mucho de menos. Fueron la única alegría de la casa durante los primeros días. Pero, bueno, allí están bien. Con este último acontecimiento están mejor allí. Adolfo es un hombre maravilloso que adora y quiere muchísimo a mi hermana. Se divorciaron hace unos años cuando vieron que la vida en pareja no les funcionaba, pero se han llevado siempre de maravilla. Para mi gusto, se siguen queriendo. Pero esto no se lo digo a Ampi, porque siempre se enfada. Él es marino mercante, uno de los oficiales que van en los barcos de empresas privadas. Se conocieron en uno de nuestros veranos en Galicia. Mi hermano Miguel se lleva fenomenal con él. Comparten la pasión por el mar y hablan durante horas al teléfono de animales, expediciones y chaladuras de esas que solo la gente del océano comparte: que si la buena energía atrae a las ballenas, que si a las buenas personas se les acercan más delfines. Mi hermana siempre se burla de ellos. Adolfo ha pasado temporadas eternas en el océano y asegura que ha visto hasta sirenas. Ampi, como buena abogada del Estado, no cree en energías, reikis ni ninguna de esas «gilipolleces». Me hace gracia lo distintos que somos todos. Desde el color de los ojos hasta la personalidad.
—La verdad es que si mamá te viera recogiendo una lavadora le daría un infarto. No sabes ni doblar los calcetines, Clara. —Se ríe.
—Los calcetines no se doblan, guapa. Y no te quejes, que ayer hice hasta la cena —respondo riéndome también.
—Hiciste sándwiches de jamón y queso.
—¿Y qué pasa? ¿Eso no es una cena? —Sonreímos.
—¿Qué te apetece cenar hoy?
—Me da igual. No tengo mucha hambre.
—Yo tampoco, pero algo habrá que hacer a papá.
—Sí.
Seguimos doblando en silencio. Intentamos mantenernos a flote los unos a los otros. Ella termina su montaña de ropa y la sujeta con una mano encima y otra debajo. Las camisetas forman un cuadrado perfecto. Mi montaña es un absoluto desastre. Me mira y me insiste antes de salir del baño:
—Clara, Miguel se va a poner bien. ¿Lo sabes, no? Esto no es la típica estupidez que te digo para consolarte. Esto te lo digo porque lo sé. Lo sé con certeza. ¿Me estás escuchando?
—Sí.
La miro fijamente porque, la verdad, suena más convincente que la vez anterior. Y cuando mi hermana suena convincente es porque lo que dice es convincente.
—Los médicos ya nos lo han dicho. Ya es un milagro que el shock hemorrágico no le haya provocado un infarto cerebral. Han conseguido estabilizarle aun con toda la pérdida de sangre que ha tenido. Estoy segura de que vamos a salir de esta. Parece que no conoces a Miguel. Es la persona que más se agarra a la vida que conozco. Y no la va a soltar así a la primera. Le quedan mil aventuras por vivir. Va a volver. Estoy cien por cien segura de que el gilipollas de tu hermano va a volver. Y cuando regrese, le voy a coger de los pelos y le voy a sacar de todas esas cosas ilegales que hace. De lo de los barcos de Sea Shepherd y todos los líos en los que anda metido. ¡Vale ya de darnos sustos, hombre, que ya hemos tenido suficiente!
—¿Tú también piensas que no ha sido un accidente de pesca submarina?
Suspira. Recoge su montaña de ropa perfecta y antes de girar por el pasillo me mira. Me fijo en lo bella que es, en el pelo negro recogido en un moño y en la manicura roja perfecta. Y aún más tajante que en su speech anterior, me dice:
—Claro que no ha sido un accidente de pesca submarina, Clara. Pero ni tú ni yo vamos a meternos en ese embolado hasta que se despierte. Y una vez lo haga, ya me encargaré yo. Tú de eso no te preocupes.
4
Amparo se mete en la cama y cierra los ojos por un momento. Está agotada. Ha perdido la cuenta de los días que lleva sin dormir. Repasa en su cabeza la cantidad de cosas que tiene que hacer mañana por la mañana. Ayudará a papá a hacer la maleta para el viaje a México. Terminará de poner lavadoras. Hará la compra. Comidas. Clarita no está comiendo nada. Tiene que volver a llamar al seguro para que le asignen un apartamento a papá durante los días que dure allí la hospitalización de Miguel. Álex, su hijo pequeño, tiene que vacunarse; hay que recordarle a Adolfo dónde tiene la cartilla de vacunación. Y Daniela, su pequeñita, lleva días sin hablar con ella. Siente que la tiene abandonada. También tiene que llamar al marmolista de la funeraria, alguien tiene que darle los detalles de las letras que irán finalmente en el columbario. Lleva días sin contestarle al teléfono.
A Amparo se le acelera el corazón y la ansiedad se apodera de ella por un momento. Es una mujer fuerte y siempre ha podido con todo. Pero esto ha sobrepasado sus límites. Sus fronteras. Su hermano pequeño no. Es lo que más quiere en el mundo. No se puede creer el incidente. Está segura de que no ha sido un accidente de pesca submarina; ella conoce a Miguel mejor que nadie de la familia, se han criado juntos. Sabe todas las cosas ilegales en las que ha andado siempre metido y tenía conocimiento de que estaba realizando acciones suicidas en esos barcos protectores de los océanos. Incluso habían colisionado con balleneros y otras locuras en altamar.
Se incorpora en la cama y saca del bolso dos pastillas: una dormidina y un lexatin. Necesita desconectar, dormir y descansar. Se las mete en la boca y las traga sin necesidad de agua. Y mientras se relaja, pasan por su cabeza, en una sucesión vertiginosa, los recuerdos de los últimos días. La enfermedad de su madre, las mil llamadas desde el hospital, el coma, la esperanza, la desesperación de Clara colándose en la UCI y la soledad de papá.
Ella ha pensado como siempre en todos. Ha dejado mientras tanto a sus pequeños en Galicia, cancelando clases y colegios. Se siente mala madre por haber tomado esa decisión que no tiene claro si ha sido precipitada. Quizá podría haberlos dejado aquí. «También puedo cuidar de ellos». Pero, entonces, recuerda las palabras de Adolfo, su exmarido: «Me los traes a Galicia y yo cuido de ellos mientras la situación se calma. Así puedes prestar atención a tu padre y a tus hermanos. Te necesitan, Ampi, mi amor. Te necesitan y yo estoy aquí para ayudarte». Aunque están divorciados la sigue llamando amor. Y solamente con pensar en la voz de ese hombre, ella se contagia de una paz que recorre todos los recovecos de su alma. Con los ojos cerrados siente que respira por un momento. Le echa de menos. Pero no como marido ni en el terreno sexual, sino como amigo, como confidente. La única persona en el mundo que la ha visto como una mujer normal, con sus miedos e inseguridades. No como una superwoman. Nadie conoce tan bien como él las debilidades de Amparo. Y aunque le echa de menos, no se atreve a dar el paso y decirle que cree que quiere volver a intentar algo con él. Pero ¿quiere o no quiere? Quizá la nostalgia por mi muerte es la que debilita sus emociones. Pero es que es todo tan trágico, tan brutal. Y ella está tan cansada.
«No sé si podré ser buena madre sin mi madre». Es lo último que pasa por su cabeza antes de quedarse dormida. Y ya en trance, los ruidos de las calles entran distorsionados por la ventana. Ambulancias y un Madrid acelerado por el toque de queda de la pandemia. Amparo se da una tregua esa noche y sueña con su adolescencia. Con las oposiciones para abogada. Con ese verano en Galicia cuando una familia unida celebraba que había llamado el preparador para informarles de que ¡había aprobado la oposición en un tiempo récord de tres años! Todo el mundo estaba tan orgulloso de ella… El ojito derecho de su padre que, en secreto, le dio cinco mil euros como regalo por la opo. Le dijo que ninguno de los tres hijos se los merecía tanto como ella. Y que podría utilizarlos para lo que quisiera, que no se lo contara a nadie, «ni siquiera a mamá». Además, llevaba ahorrando mucho tiempo para dárselos. Y acordándose de ese verano gallego con olor a mar y eucalipto, se queda profundamente dormida. En un vaivén de emociones y responsabilidad.
Ni el sonido de la puerta de su cuarto logra sacarla de ese trance. Es su hermana pequeña. Clara. No puede dormir, una vez más la necesita. Espera encontrar en Amparo el cobijo de siempre. La había cuidado más que su propia madre, desde que era una niña.
—Ampi, ¿estás dormida?
Pero por primera vez en la vida Ampi no responde. Está sumida en un sueño profundo. Lo necesita. A ella la necesitan todos, pero esa noche se ha necesitado ella. A sí misma.
5
No tenía ni idea de que mi hermano formase parte de Sea Shepherd. Es más, me doy cuenta de que no sabía mil cosas de mi hermano y ahora que no está o, bueno, que todavía está, pero que no puedo hablar con él, estoy descubriendo muchas de ellas. Si buscas en internet qué es The Sea Shepherd Conservation Society, encuentras que se trata de una organización ecologista internacional sin ánimo de lucro que lucha por la conservación de la fauna marina y cuya misión principal es acabar con la destrucción del hábitat y la matanza de las especies en los océanos del mundo. Si, por el contrario, se lo preguntas a mi hermana, te lo cuenta de otra forma, como me lo está explicando ahora mismo:
—Sea Shepherd son los culpables de que tu hermano esté donde está ahora mismo. Son una panda de pirados que se dedican a meterse en líos en los mares con intención de salvar a los animales. Ellos dicen que son una ONG, pero literalmente los llaman los piratas del océano. Tienen una flota de barcos y hacen barbaridades con ellos. Por ejemplo, recuerdo que hace unos años colisionaron contra un ballenero japonés. Lo hundieron y murieron miles de pescadores.
—Bueno miles…, no seamos exageradas, Ampi… ¿Y un ballenero? ¿Los balleneros son legales? Me refiero, ¿hay sitios en el mundo donde se pescan ballenas? ¿Para qué? —No me contesta. Me dice que con ese tip
