1
La mujer apareció con el agua. Luis la vio doblar la esquina de la calle en el mismo momento en que empezó a llover, cuando las gotas resultaron visibles en el halo brillante de las farolas. Enseguida formaron charcos en los que se reflejó la luz de esas mismas farolas, la del semáforo en verde, la de un rótulo de neón que dibujaba una hamburguesa. La mujer caminaba por la acera opuesta, por el lateral de una gran manzana que alojaba varios edificios de apartamentos. A estas horas de la madrugada, la luz estaba apagada en casi todas las ventanas, los bares que ocupaban los locales habían cerrado hacía un rato. El paso de ella era lento. No se resguardó de la lluvia bajo algún techado ni se protegió con ningún paraguas.
—¡Que te mojas! —gritó Luis desde el mostrador bajo el neón luminoso de la hamburguesa.
A su lado, con una espátula en la mano, Ray rio al ver el susto que el grito provocó a la mujer. Ella, como si hubiera recordado entonces que la sudadera que vestía llevaba capucha, se la puso. El gris claro del algodón se oscureció al empaparse. La mujer los miró desde el otro lado de la calle. Dibujaba una silueta encorvada, las manos metidas en los bolsillos de la sudadera como si se agarrara a ellos para no caer. No se adivinaba su rostro entre las sombras bajo la capucha, tan solo un punto brillante que emergía de ellas podía ser la nariz.
—¿Borracha o drogada? —preguntó Luis en voz baja.
—Borracha —apostó Ray con los codos sobre el mostrador—. Y un poco loca. Pero follable de todas formas, que es lo que importa.
El neón, o quizá el olor de la cebolla en la plancha que seducía a los borrachos que salían hambrientos de los bares cercanos, debió de atraer la atención de la mujer, que se dispuso a cruzar la calle. Lo hizo sin mirar a los lados. Un coche la esquivó con un rabioso toque de claxon. El conductor la insultó desde la ventanilla del vehículo, detenido bajo el semáforo cuyo reflejo en un charco se disolvió cuando la mujer lo pisó con una Converse negra.
Al verla acercarse, Ray se incorporó.
—Que tengas suerte —susurró a Luis antes de escapar a la plancha.
Desde allí el cocinero solía increpar a los clientes sin que lo vieran ni oyeran. El ralentí del generador, el zumbido del neón y la música del aparato de radio en el mostrador aislaba a los comensales, que no podían oír ninguno de los comentarios ofensivos que Ray hacía sobre ellos para el supuesto disfrute de Luis, aunque a Luis los desaires machistas, racistas y homófobos del cocinero no le hacían mucha gracia. A su compañero a veces se le olvidaba que él era hijo de mexicanos. Tampoco podía llevarle la contraria porque Ray era el hijo del dueño del food truck, así que no convenía. Antes de que la mujer los alcanzara, Luis giró una manivela mojada para desplegar el toldo que cubría la barra y los dos taburetes de la calle. Un reguero de agua que se habría acumulado en la lona cayó sobre un ladrón en el mostrador, al que estaban enchufados el neón y la radio. Saltaron chispas amarillas y azules que crepitaron con un olor a quemado diferente del que salía de la plancha.
—Bienvenida al mejor food truck de Seattle. Eso eran fuegos artificiales para celebrar tu llegada —bromeó Luis para quitar importancia al peligroso cableado—. Te has mojado, ¿eh?
La mujer no respondió, se sentó en uno de los taburetes sin secarlo. Luis pasó un trapo por el mostrador, la barra, por los menús plastificados, por los botes de kétchup y mostaza. Ella permaneció sentada, mirando al suelo con las manos entre las rodillas. Apresaba los puños de la sudadera con los dedos, escondiendo las manos como si tuviera frío.
—¿Estás bien? —preguntó Luis.
La luz del interior del camión difuminó las sombras bajo la capucha de ella, descubriendo su rostro. Resultó ser mucho más guapa de lo que había esperado. Sobre su pálida piel, el brillo del neón creó la ilusión óptica de un maquillaje que definió sus pómulos en naranja y perfiló en rosa la curvatura de su labio superior, el volumen del inferior. La nariz pronunciada no la afeaba en absoluto, sino que la dotaba de carácter. Luis le adjudicó una edad parecida a la suya, unos veinticinco años.
—Te dije que estaría follable —opinó Ray desde la privacidad de su plancha, al fondo del camión.
Había comenzado la retahíla de improperios. El ruido de la lluvia los disimularía aún más, pero para asegurarse de que la chica no los oyera, Luis subió el volumen de la radio. De madrugada la tenían sintonizada en una emisora de clásicos melódicos que ayudaban a relajar el ambiente y calmar los ánimos de quienes pasaban por ahí con ganas de seguir la fiesta. Ahora sonaba algo de The Carpenters. De puntillas para alcanzar el aparato, a Luis los ojos se le escaparon a la cremallera desabrochada de la sudadera de la joven. Descubrió que no llevaba nada debajo. Su cabello, dividido en dos partes, una a cada lado del cuello, chorreaba sobre el tejido a la altura de los pechos. La forma en que el algodón húmedo se adhería a sus pezones confirmó su desnudez. El pelo parecía más mojado de lo que correspondía a la lluvia, tampoco había dado tiempo de que se empapara tanto.
—Oye, en serio, ¿estás bien? —insistió.
—Amigo —dijo Ray en español, demostrando que sí se acordaba de su ascendencia mexicana—, no te preocupes tanto por los demás.
A Luis le resultó fácil imaginar al grupo de amigas de la joven mojándole el pelo en el lavabo de uno de los bares que había cerrado hacía una hora, para bajarle la borrachera. Se lo habrían secado luego con su propia camiseta y la habrían abrigado con la sudadera para no ponerle una prenda mojada. Claro que si tan buenas amigas eran ya podrían haberla acompañado a casa y no haber permitido que regresara sola a merced de los antojos de su hambriento estómago alcoholizado.
—Hambrienta —fue la primera palabra que dijo ella, casi confirmando los pensamientos de Luis—. Tengo hambre.
La chica lo miró con unos ojos de un azul tan claro que parecía gris, el mismo color del que vería ella el mundo en ese mismo instante, sumida en algún hondo pesar. En el aliento de sus palabras Luis pudo oler varias cervezas. Quizá algunas copas. Unos chupitos de tequila. Un año sirviendo hamburguesas de madrugada, en la calle, hacía que uno desarrollara esa capacidad de detección alcohólica. Y una borrachera del calibre de la que llevaba la chica era explicación suficiente para su extraño comportamiento.
—Pregúntale si tiene hambre de esto —soltó Ray estrujando su entrepierna—, que entonces tengo el plato ya preparado y no hace falta que cocine.
Luis sintió la habitual vergüenza rabiosa que le provocaban los comentarios groseros de su compañero y que tan bien había aprendido a disimular frente a los clientes.
—Entonces has venido al lugar perfecto —le dijo a la chica.
Le ofreció dos menús plastificados, uno con imágenes de hamburguesas y otro con batidos. Ella señaló el primero sin soltar el puño de la sudadera. Tampoco lo hizo para coger la carta, prefirió que Luis la dejara apoyada sobre la barra. Tras echar un rápido vistazo a las opciones, eligió la hamburguesa normal.
—Los clásicos nunca fallan —dijo él.
Le comunicó la elección a Ray, que ya había lanzado un disco de carne a la plancha.
—Siempre por delante de ti —le vaciló con una sonrisa—. Te dije que estaba borracha, y lo está, porque si estuviera colocada habría preferido dulce. También te dije que estaba loca y ya ves que no me equivoco.
Señaló a la chica, que en ese momento exprimía sin soltarlo el puño de su sudadera sobre el ladrón de enchufes, observando el crepitar de nuevas chispas.
—Eh, eh, para. —Luis detuvo su acción cogiéndola de las muñecas, de puntillas tras el mostrador—. Pórtate bien, que como se funda el neón, el jefe me mata.
Ella se liberó del agarre como si le molestara mucho que la tocaran. En la plancha, Ray dio la vuelta a la hamburguesa. La aplastó con la espátula haciendo que silbara en su propio jugo. El olor de la carne cocinándose inundó el camión aparcado.
La joven posó en Luis su triste mirada.
—¿Eres una buena persona?
—¿Cómo?
—Que si eres buena persona.
Ningún cliente le había hecho una pregunta así. Quizá ni su madre, o su novia, se lo habían preguntado nunca.
—Eh, bueno, creo que... diría que sí.
—¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?
Luis mostró su ropa manchada de grasa, señaló el reloj que marcaba las tres de la madrugada, el interior del camión, a Ray en la plancha. El resumen en negativo del único empleo al que había podido acceder en los últimos tres años.
—Probablemente, dejar de estudiar —respondió.
—¿Has hecho daño a alguien?
Ray rascó el paladar conteniendo una risa. Cuando Luis lo miró, el cocinero giró un dedo junto a su sien. Después dirigió a la chica un gesto lascivo que ella no podía ver, chupando una V que formó con los dedos.
—Sí, supongo —contestó Luis—. He dejado a alguna chica tirada, sí.
La mínima expresión de una sonrisa apareció bajo la capucha, como si aquél fuera exactamente el daño al que ella se estaba refiriendo. En la historia que Luis iba inventando sobre la vida de la extraña imaginó que la causa de su borrachera habría sido ésa, una ruptura. El dolor que más duele a todos, el del abandono. Un dolor tan clásico como la hamburguesa normal que había pedido.
—¿Y lo peor que te han hecho? —preguntó ella.
Ray emergió de su escondite para interrumpir la conversación.
—A ver, tú, tengo una pregunta más sencilla para ti: ¿quieres queso en la hamburguesa o no?
Ella lo miró como sorprendida de descubrir que había alguien más en el camión. Sus ojos repasaron la oronda anatomía del cocinero, pero no contestó a su pregunta. Se secó la cara con las mangas de la sudadera, cerrando los ojos. Ray aprovechó el momento para mostrarle el dedo mayor. Luis empujó a su compañero hacia la plancha.
—Ponle queso —susurró—, que coma bien.
Ray mostró su desaprobación con un bufido. Extendió de mala gana el queso sobre la carne.
—¿Eres sincero? —preguntó ella cuando terminó de secarse el cuello, también escurrió su cabello—. ¿Realmente honesto?
—Vaya pedal filosófico te ha dado, ¿eh? —dijo Luis—. Que aquí mi compañero es un poco bruto pero tiene razón, nosotros estamos para servir hamburguesas, no para estas charlas tan profundas. ¿Te has pasado con los chupitos de tequila o qué?
La mujer bajó la cabeza, frotó las manos entre sus rodillas. Una lágrima o gota de lluvia descendió por su mejilla, la secó con un dedo. Luis se arrepintió enseguida.
—Vale, vale, perdona. Perdóname. Pero aquí lo que creo que pasa es que te está dando el bajón después de una noche de mucha juerga, ¿no? ¿Has hecho algo de lo que te arrepientes? No te preocupes, nos ha pasado a todos. Mandar un mensaje a tu ex, pelearte con una amiga, liarte con un desconocido en un baño... Algo de eso, ¿no? Pues no te preocupes que en dos días solo te acordarás de lo bien que lo pasaste. Y no hay mejor medicina para la depresión del alcohol que una buena hamburguesa.
—Si es que las tías no saben beber —fue la aportación de Ray.
Luis posó una mano en el hombro de la mujer.
—De verdad, no pasa nada, está todo bien. —Masajeó el algodón húmedo de su sudadera—. Todo tiene solución menos la muerte.
Otra de esas exiguas sonrisas visitó el rostro de ella, fijó sus ojos en los de Luis.
—Si es que en realidad yo ya estoy muerta —dijo sin pestañear—. Debería estarlo.
Un frío temblor recorrió la espalda de Luis, que durante un instante creyó de verdad posible estar hablando con un fantasma, estar apretando el hueso del hombro de una mujer que ahora se desintegraría para dejar tan solo un charco de ropa húmeda en el suelo y en su alma el recuerdo sobrenatural de la chica que apareció con la lluvia.
—Anda la hostia —oyó decir a Ray—, ahora esto también es The Walking Dead.
El comentario desterró a Luis de su ensoñación fantasmal. Soltó el hombro de la mujer que seguía frente a él. Un hombro normal, de músculo y hueso.
—Sí, claro. —La señaló de arriba abajo—. Pues yo diría que estás bastante viva.
—Aunque ahora que lo dice —intervino Ray—, sí parece la típica que se corta las venas en la bañera porque la ha dejado algún tío...
Luis iba a desacreditar la opinión de Ray pero se dio cuenta de que era una explicación bastante razonable para todo lo raro que había en la chica. Lo de que su pelo estuviera tan mojado. Lo de ir desnuda bajo la sudadera. Lo de no soltar en ningún momento los puños para tapar los cortes que se habría hecho en las muñecas. Esa noche de juerga y borrachera con amigas que Luis había imaginado quizá había sido en realidad una solitaria ingesta de alcohol para atreverse a usar la cuchilla que habría dejado preparada en el filo de la bañera.
—... aunque seguro que es de las que lo intentan mucho pero nunca lo consiguen. Niñatas suicidas que solo quieren llamar la atención —continuaba Ray—. Si de verdad hubiera querido desangrarse en la bañera no estaría aquí pidiendo una hamburguesa. Pobre del tío que esté con ella.
—¿Quieres que llamemos a alguien? —preguntó Luis a la chica, mirándola fijamente para que supiera que hablaba en serio—. Sé que hay teléfonos para eso. O puedes quedarte con nosotros toda la noche si lo que necesitas es compañía.
—Estupendo, que vengan todos los locos del barrio.
—¿Tienes teléfono? —Luis no vio que lo llevara—. Toma el mío.
Lo sacó del bolsillo y se lo ofreció.
—Te lo va a robar —alertó Ray.
Pero la chica ni siquiera lo cogió, negó con la cabeza.
—Solo quiero comer, de verdad.
Luis vio la manera en que mecía ambos pies en el reposapiés del taburete, percibió su intranquilidad. No debía de gustarle que le dieran instrucciones sobre cómo comportarse, ni el tono paternalista que había adquirido la voz de Luis, un tono que le desagradó incluso a él mismo. Se guardó el móvil en el bolsillo, cogió la hamburguesa que Ray terminaba de preparar en ese momento y se la sirvió en la barra.
—Y comer es lo que vas a hacer. —Le acercó los botes de salsa y un montón de servilletas—. Además, invita la casa, para que veas que el mundo es un lugar feliz en el que merece la pena estar, con chicos simpáticos que te invitan a la cena.
—Eh, cabrón, se la pagarás tú, que yo paso de trabajar gratis.
La chica no sonrió ni agradeció las buenas intenciones de Luis. Se limitó a coger la hamburguesa, usando los meñiques para mantener los panes en su sitio. Dio un mordisco con la boca muy abierta. Volvió a morder antes de tragar el bocado anterior. Luis iba a decirle que comiera con calma, pero se abstuvo. La lluvia creció en intensidad, las imágenes reflejadas en los charcos asemejaban cuadros puntillistas, el repiqueteo de las gotas sobre el toldo competía en volumen con el ruido del generador.
En la radio sonaba Jolene, de Dolly Parton.
La chica siguió comiendo, cada vez más lento. Realizó pausas para tomar aire y sorber mocos. Luis no supo si lo hacía por frío, o porque de verdad estaba llorando. Tampoco resultaba fácil discernir si las gotas que resbalaban hacia las comisuras de sus labios eran lágrimas o agua de lluvia. Y la irritación en sus ojos, que teñía de rojo los extremos, podía deberse tanto a un llanto silencioso como a una adelantada resaca que empezaba a hacer mella ahora que iba llenando el estómago.
Luis se volvió hacia la plancha.
—¿Qué hacemos? —susurró—. No podemos dejarla irse así.
—¿Cómo que qué hacemos? —Ray arqueó las cejas—. Hamburguesas, compadre, eso es lo que hacemos. Y en cuanto esa tía se acabe la suya, que se vaya por donde ha venido. Seguro que vive en un apartamento de los de enfrente si ha bajado tan rápido después de... —Fingió cortarse las muñecas con la espátula.
Luis le cogió la mano para detener el teatro, un atrevimiento que sorprendió a ambos, acostumbrados como estaban a que Luis aceptara cualquier barbaridad de Ray. Pero burlarse de una chica que podría haber intentado quitarse la vida era demasiado.
—Eres muy inocente, chaval, no hay que fiarse nunca de la gente. —Ray usó ahora la espátula para rascar queso quemado en la plancha—. Que somos todos unos cerdos mentirosos en el fondo.
La chica terminó la hamburguesa. Dobló el papel encerado con gotas de kétchup y los restos de un pepinillo y lo dejó en la canasta de plástico donde se la había servido.
—¿Te ha gustado? —preguntó Luis.
—Sabía a jabón. —Chasqueó la lengua como para despegar un sabor desagradable de su paladar—. Todo me sabe a jabón.
—Venga, hombre —la espátula de Ray raspó más fuerte contra la plancha—, que se pire ya.
Una gota del toldo se precipitó sobre el ladrón, provocando una chispa que flotó en el aire hasta desaparecer. La chica la siguió con los ojos.
—¿Has estado alguna vez tan triste como para no tenerle miedo al dolor ni a la muerte? —preguntó sin dejar de mirar al cableado.
—Mmm... No.
Ella sonrió con los labios perfilados en rosa de neón.
Y cogió el ladrón de enchufes con las dos manos.
Se sacudió presa de una violenta descarga eléctrica. Tan violenta que pareció que iba a desplomarse al suelo desde el taburete, pero la corriente mantuvo sus manos adheridas al ladrón. El rótulo de neón se fundió con una detonación como de bombilla rota. La música en la radio se convirtió en humo. Cuando la chica logró despegar una mano, la dirigió hacia Luis. Él la agarró sin pensarlo. La electricidad atravesó su cuerpo en un brutal espasmo. Con sus ojos perdidos en la desconsolada mirada de la chica, Luis fue incapaz de discernir si ella había extendido el brazo en busca de socorro o con la perversa intención de que compartieran el dolor que ella sentía. Traspasárselo de alguna manera, aunque fuera convertido en electricidad.
—Pero ¡¿qué haces, hija de la gran puta?! —oyó gritar a Ray.
Las manos se separaron.
Luis cayó al suelo. Tiritó, incapaz de dominar su cuerpo. Estaba todo más oscuro. Tenía los pies del cocinero frente a su nariz. Trató de mantener los ojos abiertos centrando la atención en un punto, que resultó ser un agujero en un calcetín de Ray, sus Crocs de goma dejaban el talón al aire.
—¡Luis! —Ray se arrodilló, le propinó varias bofetadas—. ¿Ves lo que te pasa cuando eres bueno con la gente? ¿Me oyes? ¡Luis! ¡Luis! ¡Luis!
2
El agua al fuego estaba a punto de ebullición, una tenue cortina de vapor emanaba del cazo. El hervidor lo habían guardado ya en una de las cajas. Grace vio a su marido meter el pulgar.
—¡Dios! —Recogió el brazo al pecho con un espasmo, después se llevó el dedo a la boca y lo chupó—. Está ardiendo.
Grace contuvo la risa.
—Es que hay formas mejores de probar la temperatura del agua. ¿Ves esas burbujitas? —las señaló en el fondo del cazo—, eso significa que está a punto de hervir.
Instantes después, un sonoro burbujeo estalló en el agua.
—¿Lo ves? Ya está.
Grace apartó a Frank con un golpe de cadera, apagó los fogones. El naranja fluorescente de la vitrocerámica se desvaneció.
—Ya lo sabía —se defendió él—. Solo estaba entrenando mi piel para las aguas termales.
Frank puso entonces su mejor cara de niño travieso y Grace tuvo que besarlo. Sentía el impulso de hacerlo cada vez que veía esa réplica de inocente malicia infantil reproducida en el rostro del cuarentón atractivo en quien se había convertido su marido. Dieciséis años casada con él y aún le funcionaba el truco.
—Espero que esas aguas termales no estén tan calientes —murmuró Grace contra los labios de él—, que yo quiero relajarme, no quemarme.
Frank entrelazó las manos en el final de su espalda, convirtió el beso rápido que ella quería darle en uno más largo. En esta misma posición, hacía unos años, él hubiera metido la rodilla entre sus piernas para subirla de un impulso a la isla de la cocina y hacerle el amor allí mismo, los dos con la ropa aún puesta, arrebujada en los talones y en los hombros, las lenguas perdidas en la boca del otro. Ahora la lengua de él se quedó a las puertas de sus labios. Era así como se besaban desde hacía años, quizá desde que tuvieron a Audrey, o más bien desde que nació Simon. Era así, probablemente, como acababan besándose todas las parejas que se convertían en padres. O a lo mejor todos los matrimonios a partir del séptimo u octavo aniversario.
—Venga déjame, que tengo que acabar, me falta cerrar las cajas del estudio.
Grace se separó de él, pensando que quizá sería interesante grabar un vídeo sobre el tema, el de la pasión menguante en parejas de larga duración. Generaría seguro un debate entre los ochocientos mil suscriptores, en su mayoría suscriptoras, de Gracefully, su canal de YouTube, y eso siempre animaba la sección de comentarios. Mientras oía a Frank verter el agua hirviendo en dos tazas, valoró algunos argumentos que podría esgrimir en el vídeo. Por ejemplo, que por mucho que se empeñaran la literatura y el cine, ella tenía muy claro que no es la pasión la que mantiene unido a un matrimonio más allá de los primeros años, sino el verdadero afecto diario. El compromiso. La honestidad. Besar a Frank cada vez que él le dedicaba su cara de niño travieso y a ella se le derretía el corazón, eso era amor. A sus seguidoras les gustaría oír eso. Parecía que solo los millennials habían aprendido a ganarse la vida compartiendo vídeos, pero ahí estaba ella, integrante de la Generación X y aportando un sueldo más que digno a la familia grabando con una cámara su vida en pareja y compartiendo consejos sentimentales para que sus suscriptoras alcanzaran una felicidad parecida a la suya.
—Ya está el café —gritó Frank desde la cocina.
Ella, en el vestíbulo de entrada, metió dos trípodes y el anillo de luz en la última de las cajas de cartón donde había guardado los artilugios que conformaban su estudio de grabación. La cerró con el dispensador de cinta adhesiva de la empresa de mudanza y la apiló sobre otras tres. Con rotulador, escribió su nombre en el lateral de las cajas. Revisó si Audrey había hecho lo mismo con las suyas, erigidas en varias columnas junto a dos jaulas vacías.
—Sí, he puesto mi nombre, sí. —Oyó la voz de su hija, que bajaba la escalera tecleando en su móvil con un tamborileo frenético de los dedos.
—¿Y lo llevas todo? ¿Seguro?
—Menos mi alma y mi vida social. Ésas se quedan aquí aunque a vosotros no os importe.
En general Audrey era madura para su edad y solía sorprender a Grace con un discurso y unos valores casi de adulta, pero aún dejaba ver a menudo a la chica de dieciséis años, recién cumplidos, que era en realidad.
—¿No eres tú la que dice que es bueno evolucionar, que el cambio alimenta y reactiva el espíritu?
Eso le había dicho la propia Audrey cuando cortó su pelo moreno al estilo garçon, una muestra de carácter que la diferenció de tantas compañeras de clase que competían por tener la melena más rubia, más larga y más lisa.
—Si he dicho eso alguna vez, que ahora mismo no me acuerdo pero puede ser, me refería a cambios que parten de uno mismo, no a que tus padres te digan que nos vamos a vivir a la otra punta del país de un día para otro.
Antes de que Grace pudiera responder, uno de los operarios de mudanza apareció para llevarse más cajas al camión. Señaló las dos jaulas.
—¿Qué es esto, como una mansión para hámsters? —Las jaulas tenían varios pisos, rampas y escaleras que los comunicaban, incluso pequeñas hamacas colgadas de los barrotes—. Estos tíos viven mejor que yo.
El muchacho giró la visera de su gorra corporativa hacia la nuca, preparado para agacharse.
—¿Me las llevo así, tal cual?
Grace cogió la mano de su hija. Le concedió unos segundos para que fuera ella quien decidiera qué hacer. Si quería conservar las jaulas, se las llevarían, aunque ocuparan mucho espacio en el camión. Audrey encogió los hombros apenada.
—No, ponlas donde la basura —indicó al operario—. Están vacías.
El joven en cuclillas dedicó a Grace una mirada de disculpa al entender que había tocado algún tema delicado para su hija.
—Vaya, lo siento. De verdad. Si es que los hámsters no duran mucho, ¿no? —dijo para intentar arreglarlo—. Ni viviendo en casas tan chulas.
—Eran hurones —corrigió Audrey—. Por eso las jaulas son así de grandes. Vamos, yo te ayudo.
Audrey cogió una de las jaulas, el operario se llevó la otra. Las desecharon junto a una pared del salón, donde iban acumulando aquello que no superaba la criba de la mudanza.
Grace regresó a la cocina, que olía a café. Se apostó junto a Frank aceptando la taza que él le tendía. Sorbieron a la vez, apoyados en la encimera, observando la cocina vacía. Grace sintió una honda melancolía al pensar que era la cocina en la que habían desayunado sus hijos toda la vida. Para los niños había sido su primer hogar, el único que de verdad lo es para siempre.
—¿La descolgamos a la vez? —preguntó Frank.
Sumida en su añoranza, Grace no entendió a qué se refería su marido hasta que se acercó a la foto clavada junto al reloj de pared.
—Es lo único que falta por quitar —dijo él.
La invitó a acercarse. La descolgaron cogiendo uno cada esquina del marco, como bajarían dos restauradores de arte el cuadro de un museo. La fotografía los había acompañado en todas las casas que habían compartido a lo largo del tiempo: el pequeño estudio del centro de Seattle en el que vivieron juntos por primera vez, el apartamento de dos habitaciones al que se mudaron en cuanto Frank consiguió su primer ascenso en el hotel y este chalet independiente que les cedió la compañía tras el tercer ascenso y en el que se habían hecho realidad los sueños suburbanos de idealizada domesticidad familiar que ambos compartían.
—Qué guapos éramos —dijo Grace.
—Y somos —añadió él.
En la fotografía aparecían sentados en la parte de atrás de un coche, la había tomado un amigo desde el asiento del copiloto. Reían frente con frente, mirando una cinta de casete que Frank rebobinaba con un bolígrafo ensartado en uno de los orificios. Aunque los dos recordaban esa cinta, y la relevancia que tenía en su relación, ninguno se acordaba de por qué se habían reído tanto en aquel momento. El amigo reveló la foto con alguna técnica que la dejó en blanco y negro a excepción de los pantalones vaqueros de ambos, que relucían en azul intenso. Era un efecto que la hija de ambos calificaba de hortera veinte años después pero que aún resultaba sorprendente en aquel momento de finales de los noventa en que ellos comenzaron su relación.
—Ésta la llevamos con nosotros en la caravana, que no quiero que se pierda en la mudanza —dijo Grace.
Frank elevó una ceja.
—¿Acabas de meter en cajas tu estudio de YouTube por valor de seis mil dólares y no vas a meter una foto antigua?
—Esta foto vale mucho más que todo ese dinero.
Él sonrió ante el comentario.
—El hotel nos ha pagado la mejor compañía de mudanzas, no va a pasar nada.
Pero Grace dejó la foto sobre la encimera, quería que viajara con ellos.
—Vuestra foto hortera —dijo Audrey, que entraba en la cocina.
Con su iPhone, le hizo una foto a la imagen enmarcada. Sus dedos repiquetearon en la pantalla de vuelta al vestíbulo. Estaría mandando la imagen a alguna amiga, riéndose de lo mayores que eran sus padres, con sus fotos en papel y sus artilugios anticuados para escuchar música. Un hondo suspiro sobrevino a Grace.
—¿Estamos haciendo bien? Estoy más triste de lo que pensé que estaría. Me da pena dejar la ciudad donde comenzamos nuestra familia, donde nacieron los niños.
Se acordó de la noche que encontraron a Simon, de pequeño, durmiendo frente a la nevera abierta. Tenía miedo a la oscuridad pero aún no alcanzaba los interruptores en la pared, la de la nevera fue la única luz que supo encender. En ninguna otra casa Grace volvería a vivir ese momento que la hizo llorar de ternura. Notó que se le humedecían los ojos.
—Vamos, mi amor. —Frank le pellizcó la barbilla.
—No me hagas caso, que estoy tonta. —Se abanicó los ojos para secarse.
—No eres tonta, eres preciosa. —Besó su mejilla—. Pero esta ciudad ha dejado de tratarnos bien.
—Hemos pasado una mala racha, nada más. Eso le ocurre a todo el mundo, en todas partes. Y no todo el mundo se va así, de repente. La gente no puede moverse así de fácil.
—Bueno, pero es que nosotros sí hemos tenido la oportunidad.
—Rogaste a tu jefe por la oportunidad, tampoco es que llegara sola.
—Da igual cómo llegara, lo importante es que la tenemos. Y la estamos aprovechando, que es lo que haría cualquier familia lista en nuestra situación. Tú puedes trabajar en cualquier lado y para mí es una gran oportunidad, no creas que hay tantos puestos disponibles de director de hotel por ahí.
—Ya, ya lo sé...
Grace no sabía ni por qué debatía con Frank a estas alturas. La decisión estaba más que tomada, los dos estaban de acuerdo. Apresó la taza entre las manos, dio un sorbo al café.
—A los niños les va a venir muy bien el cambio, les va a abrir la mente —continuó Frank—. Ojalá a mí me hubieran sacado de mi pueblo mucho antes.
—Primero, Seattle no es un pequeño pueblo como lo era el tuyo. —Audrey había reaparecido de repente, mecía el móvil en el aire al ritmo de su gesticulación—. Segundo, yo la mente la tengo ya muy abierta porque he visto Girls aunque creáis que no. Y, tercero, por favor dejad de incluirme en la palabra niños, que yo ya no me identifico con el término niña, ahora soy una joven adulta. ¿No veis que leo a John Green?
Abandonó la cocina sin darles opción a réplica.
Frank se rio buscando la complicidad de Grace, pero a ella le estaba costando deshacerse de la tristeza. Apenas sonrió con la boca en el filo de la taza, notó en la punta de la nariz el calor de la bebida.
—Mi amor —Frank se puso serio, su mirada se hizo profunda—, necesitamos el cambio. Necesito el cambio.
Grace pudo entrever los malos recuerdos que se alojaban tras los ojos de su marido, los mismos que se alojaban tras los de ella y que poblarían para siempre el interior de esta casa. El rostro de Frank se ensombreció como si acabara de oír la explosión de nuevo, se le arrugó la nariz como si aún pudiera oler la pólvora. Ella revivió la vibración del techo, cómo retumbaron las paredes.
—Hemos esperado las tres semanas que el doctor recomendó para Simon, pero no podemos retrasarlo más —continuó él—. Ni el trabajo ni la casa en Boston van a estar esperándonos siempre. Tenemos que dar gracias y pensar que hemos tenido mucha suerte. —Debió de darse cuenta de lo incorrecta que era esa frase para definir lo que había ocurrido últimamente, porque se corrigió enseguida—: Con lo de mi traslado. Hemos tenido suerte con eso al menos.
—Sí, nos va a venir bien —concedió Grace.
El trago final que dio al café supo más amargo.
—Vale, pero una cosa. —Audrey estaba ahí otra vez—. ¿Era necesario levantarse tan pronto? ¿Qué soy, Ariana Grande actuando en Good Morning America?
Se rio de su propia ocurrencia y tecleó a toda prisa en su teléfono, seguro que retransmitiéndosela a alguna de sus amigas. Grace pensó que la distancia física ya no dificultaba la comunicación, su hija podría seguir mensajeándose con sus amigas de costa a costa, la mudanza no tenía por qué ser tan traumática. La idea la hizo sentir mejor.
—Venga, vamos.
De pronto se sintió llena de energía para afrontar el cambio. Depositó la taza en el fregadero junto a los restos del que había sido el último desayuno en esa casa.
—A ver, los platos, ¿quién los limpia? —Eran solo un par, algunos cubiertos, unas tazas—. ¿Te toca a ti o a Simon?
—A mí —respondió Audrey enseguida.
Ni por un instante intentó colarle la labor a su hermano. Su hija podía tener arrebatos típicos de adolescente, pero también gestos sensatos como aquél.
—Déjalos ahí —dijo Frank con un guiño pícaro—. No vamos a usarlos más. ¿O vas a secarlos y meterlos en una caja a estas alturas?
—Por fin, algo bueno tenía que tener mudarse.
Audrey soltó el estropajo antes de que Grace pudiera rebatir la idea.
—Además, no hay tiempo, que son más de las siete ya. —Frank comprobó el reloj de pared que tampoco se llevaban—. Deberíamos haber salido hace cinco minutos, tenemos mucha carretera por delante.
Grace fue en busca de Simon, que había subido a despedirse de su habitación después del desayuno. Lo vio desde el pasillo, con una rodilla apoyada en el suelo, rebuscando el contenido de una caja. Al acercarse distinguió las diferentes telas, los diferentes estampados que bailaban entre sus manos, saliendo del interior de la caja y volviendo a ella ante la indecisión del niño. Como hacía Frank cuando seleccionaba una corbata para alguna reunión importante. Ojalá su hijo también estuviera seleccionando corbatas.
—¿Qué? ¿No te decides? —preguntó dentro de la habitación.
—¿Cuál le pega más a una mudanza? —Simon le mostró dos parches que había apartado—. ¿Este de una mariposa monarca porque emigramos como ellas? ¿O este de los Red Sox porque vamos a Boston?
A Grace le conmovió que enfrentara la decisión con la misma alegría que cualquier otro niño elegiría el que más le gusta de entre sus pares de calcetines.
—A Boston vamos a tardar diez días en llegar —dijo ella mientras revolvía el interior de la caja buscando un motivo concreto—. Y no es solo una mudanza. Es un gran viaje. Ponte éste.
Sacó el parche estampado con un mapa de carreteras. Ella misma había seleccionado veinte telas diferentes y personalizado con ellas los veinte parches, quería que la experiencia de llevarlo fuera lo menos traumática posible para Simon.
—Gran elección —dijo él.
—Llévate los tres de todas formas —dijo Grace—, así los vamos lavando y cambiando.
Simon sonrió con toda la cara, como hacía desde siempre. El ojo izquierdo se entornó con normalidad, los párpados reaccionando armónicamente a la extensión de los labios, el brillo del iris intensificándose en respuesta a su alegría. Los gestos no se reprodujeron en el ojo derecho como habría ocurrido hace un mes, porque el ojo derecho ya no estaba ahí. Tras esos párpados, que habían curado pero aún no se comportaban como antes, había solo vacío y una pared de carne rosa, cicatrizada casi del todo. Las pestañas y las cejas volverían a crecer. Simon extendió la cinta elástica del parche, la ajustó a su cabeza y tapó el ojo que ya no estaba con el disco de tela. Grace olió la pomada que se aplicaba en la herida.
—¿Bien? —preguntó a su hijo, ahogando en la garganta un gemido de sufrimiento, todas las heridas y el proceso de curación le habían dolido más a ella que al propio Simon.
—Perfecto —contestó el niño.
El mismo operario de las jaulas entró en la habitación. Giró la gorra sobre su cabeza, devolviendo la visera de la nuca a la frente. De una caja sacó una bola de béisbol.
—Eh, chico, ¿un último lanzamiento?
Antes de que Grace pudiera decir nada, su hijo se volteó y el operario le lanzó la pelota. La mano de Simon quedó muy lejos de alcanzarla, la bola rodó por el suelo entre los pies de ambos.
—Es la visión en profundidad —explicó él mismo—. Aún me estoy acostumbrando a ver el mundo con un ojo, lo veo todo en dos dimensiones.
El operario dirigió otra mirada de disculpa a Grace, apurado por haber metido la pata también con el niño. Primero los hurones de la hermana mayor y ahora esto.
—Bueno, colega, las dos dimensiones molan m
