STEPHEN KING
HABLA SOBRE LAS NOVELAS QUE PUBLICÓ
CON EL SEUDÓNIMO DE
RICHARD BACHMAN
«Entre 1977 y 1984 publiqué cinco novelas con el seudónimo de Richard Bachman –acaba de confesar Stephen King–. Hubo dos razones por las cuales al fin me relacionaron con Bachman: en primer lugar, porque los cuatro libros iniciales estaban dedicados a personas próximas a mí, y en segundo lugar, porque mi nombre apareció en los formularios del registro de propiedad de uno de los libros. Ahora la gente me pregunta por qué lo hice, y aparentemente no tengo respuestas muy satisfactorias. Por suerte, no he matado a nadie, ¿verdad?»
Mientras King firmaba unas novelas con su nombre auténtico, y otras con un seudónimo, también tenía conciencia de que su promedio de obras publicadas superaba los límites de lo normal. En el prólogo que escribió para una edición conjunta de cuatro novelas de «Richard Bachman», Stephen King explicó: «Las cifras habían llegado a una cota muy elevada. Eso influyó. A veces me siento como si hubiera plantado un modesto paquete de palabras y hubiese visto crecer una especie de planta mágica… o un jardín descontrolado de libros (¡MÁS DE CUARENTA MILLONES DE EJEMPLARES EN CIRCULACIÓN!, como se complace en proclamar mi editor).»
King ha adjudicado precisamente a su editor el nacimiento de «Richard Bachman», y lo ha hecho con una alegoría típicamente hilarante y desenfadada: «Yo no creía estar saturando el mercado como Stephen King… pero mis editores sí lo pensaban. Bachman se convirtió en un elemento de transacción, para ellos y para mí. Mis “editores de Stephen King” se comportaron como una esposa frígida que sólo desea entregarse una o dos veces al año, y que le pide a su marido permanentemente cachondo que se busque una prostituta de lujo. Era a Bachman a quien yo recurría cuando necesitaba desahogarme. Sin embargo, eso no explica por qué experimentaba la incesante necesidad de publicar lo que escribía aunque no precisara dinero.»
Stephen King considera que sus novelas firmadas con seudónimo son sinceras: «Por lo menos, las escribí con el corazón, y con una energía que ahora sólo puedo imaginar en sueños.» Y añade, para terminar, que quizá habría publicado las cinco novelas con su propio nombre «si hubiera conocido un poco mejor el mundo editorial… Sólo las publiqué entonces (y permito que se reediten ahora) porque siguen siendo mis amigas».
PRIMERA PARTE
LA SALIDA
1
Diga la palabra secreta y ganará cien dólares. George, ¿quiénes son nuestros primeros concursantes? ¿George…? ¿Estás ahí, George?
GROUCHO MARX
Apueste su vida
Un viejo Ford azul se detuvo esa mañana en el aparcamiento vigilado, con el aspecto de un perrillo cansado tras una larga carrera. Uno de los vigilantes, un joven inexpresivo con un uniforme caqui y los correspondientes correajes, pidió que le mostraran la tarjeta azul de identidad. El muchacho que iba sentado en el asiento trasero entregó la tarjeta de plástico a su madre, que se la dio al vigilante. Éste la introdujo en una terminal de ordenador que parecía fuera de lugar en aquel apacible paisaje rural. La terminal engulló el plástico y la pantalla se iluminó:
GARRATY, RAYMOND DAVIS
RD. 1 POWNAL MAINE
ANDROSGOGGIN COUNTY
NÚMERO ID. 49-801-89
OK-OK-OK
El vigilante pulsó otra tecla y todo desapareció de la pantalla, quedando de nuevo limpia y vacía, con su color verdusco. Después hizo un gesto de que el coche podía pasar.
–¿No nos devuelven la tarjeta? –preguntó la madre–. ¿No…?
–No, mamá –respondió Garraty con tono paciente.
–Pues no me gusta –añadió la mujer, mientras detenía el coche en un sitio libre.
Llevaba repitiendo esa frase desde que habían emprendido el camino en la oscuridad, a las dos de la madrugada. En realidad, la había murmurado por lo bajo durante todo el trayecto.
–No te preocupes –dijo el muchacho, mirando alrededor con una confusa mezcla de expectación y temor. Bajó del coche antes casi de que el motor lanzara su último jadeo asmático.
Garraty era un joven alto, de buena complexión, y llevaba una descolorida chaqueta militar para protegerse del frío en aquella mañana primaveral. Su reloj marcaba las ocho en punto.
La madre también era alta, pero demasiado delgada. Sus pechos eran apenas unas leves protuberancias. Su mirada era insegura y errática, como afectada por una profunda conmoción, y su expresión era la de un inválido. Su cabello pelirrojo se había despeinado bajo el puñado de horquillas que supuestamente debía mantenerlo en su sitio. Sus ropas colgaban desmañadamente de su cuerpo, como si acabase de perder varios kilos.
–Ray –murmuró con aquel susurro de conspiración que él había llegado a temer–. Ray, escucha…
El muchacho bajó la cabeza y fingió arreglarse la camisa. Uno de los vigilantes estaba comiendo una ración militar de alimentos concentrados directamente de la lata, mientras leía un cómic. Unas gotas de salsa de judías le bajaban por la comisura de los labios. Garraty contempló al vigilante y pensó por enésima vez: Esto es real. Y ahora, por fin, la idea empezó a cobrar una forma concreta.
–Todavía estás a tiempo de cambiar de idea…
El miedo y la expectación le formaron un nudo en el estómago.
–No, ya no queda tiempo –replicó–. La fecha límite de retirada era ayer.
Todavía con voz de conspiradora, la madre insistió:
–Ellos lo comprenderán. Sé que lo harán. El Comandante…
–El Comandante… –le interrumpió Garraty, mientras observaba el gesto desesperado de su madre–. Ya sabes lo que haría el Comandante, mamá.
Otro coche había terminado el breve ritual a la entrada y estaba aparcando. Descendió de él un muchacho de cabello castaño. Sus padres bajaron a continuación y, por un instante, el trío formó un corro, conferenciando como jugadores de béisbol preocupados por la marcha del partido. El recién llegado llevaba, como algunos de los demás muchachos, una bolsa de viaje ligera. Garraty se preguntó si habría sido una tontería no llevar una también.
–¿No vas a cambiar de idea?
En la pregunta, bajo el tono de nerviosismo, asomaba un sentimiento de culpabilidad. Ray Garraty, pese a contar sólo dieciséis años, tenía una idea bastante precisa de la naturaleza de tal sentimiento. Su madre creía haber sido demasiado adusta con él, haber estado demasiado cansada o absorta en sus achaques de adulta para detener la locura de su hijo en su etapa inicial, antes de que la pesada maquinaria del Estado se adueñara de la situación con sus vigilantes de caqui y sus terminales de ordenador; desde tiempo atrás, el muchacho se había encerrado cada vez más en su insensatez hasta que, el día anterior, la trampa había caído sobre él definitivamente.
Él posó una mano en el hombro de su madre.
–La idea ha sido siempre mía, mamá. Sé muy bien que no la compartes, pero… –Echó un vistazo alrededor. Nadie les prestaba atención–. Te quiero, mamá, pero esto es lo mejor, de todos modos.
–No lo es –replicó ella, a punto de que le saltaran las lágrimas–. No lo es, Ray. Si tu padre estuviera aquí lo impediría.
–Pero no está, ¿verdad?
Garraty se mostraba desconsiderado con ella, esperando impedir que se pusiera a llorar… ¿Qué sucedería si, al final, tenían que llevársela a rastras? Garraty había oído decir que tal cosa sucedía en ocasiones, y la idea le provocó un escalofrío. Con un tono más bajo, añadió:
–Déjalo ya, mamá. ¿De acuerdo? –Sonrió con una mueca forzada, y él mismo se respondió–: De acuerdo…
A la mujer todavía le temblaba el mentón, pero asintió. No estaba de acuerdo, pero ya era demasiado tarde. Nadie podía hacer nada a esas alturas.
Una leve brisa soplaba entre los pinos. El cielo presentaba un azul intenso. La carretera quedaba justo delante de ellos, con el sencillo mojón que señalaba la frontera entre Estados Unidos y Canadá. De pronto, la expectación superó el miedo y Garraty deseó estar ya en marcha, avanzando por aquella carretera.
–Te he preparado esto. Puedes llevarlo, ¿no? No pesa demasiado –musitó la madre, mientras le entregaba un paquete de galletas envueltas en papel de aluminio.
–Está bien –respondió el muchacho.
Tomó el paquete y abrazó seguidamente a la mujer con gesto torpe, intentando darle lo que ella parecía necesitar. La besó en la mejilla y notó que su piel era como seda gastada. Por un instante estuvo a punto de llorar él también. Después pensó en el rostro del Comandante, con su sonrisa y su mostacho, y dio un paso atrás guardando las galletas en el bolsillo de su chaqueta militar.
–Adiós, mamá.
–Adiós, Ray. Pórtate bien.
La mujer se quedó inmóvil unos instantes y Garraty tuvo la sensación de que era muy ligera, como si incluso las suaves ráfagas de brisa que soplaban esa mañana pudieran levantarla del suelo y arrastrarla por el aire como una semilla de diente de león. Luego volvió al coche y puso en marcha el motor. Garraty permaneció donde estaba. La madre levantó la mano y se despidió. El muchacho pudo ver ahora lágrimas en sus ojos. Respondió agitando la mano y, cuando el coche se alejó, permaneció inmóvil unos instantes más, con los brazos a los costados, consciente de lo valiente y solitario que debía de parecer. Pero cuando el coche hubo cruzado la entrada, la sensación de desamparo le embargó de nuevo, y volvió a ser únicamente un muchacho de dieciséis años, solo en un lugar extraño.
Se volvió hacia la carretera. El otro muchacho, el de cabello castaño, estaba contemplando a su familia, que se marchaba. En el rostro tenía una cicatriz muy visible. Garraty se acercó y le saludó. El otro le dedicó una mirada.
–Hola.
–Hola. Me llamo Ray Garraty –se presentó, sintiéndose ligeramente estúpido.
–Yo soy Peter McVries.
–¿Estás preparado? –preguntó Garraty.
McVries se encogió de hombros.
–Me siento ansioso. Eso es lo peor.
Garraty asintió.
Los dos se encaminaron hacia la carretera y el mojón fronterizo. Detrás de ellos, otros coches empezaban a marcharse. Una mujer se echó a llorar con desconsuelo. Garraty y McVries se acercaron más el uno al otro. Ninguno de los dos volvió la vista atrás. Delante tenían la carretera, ancha y negra.
–Ese asfalto estará caliente al mediodía –dijo McVries–. Voy a hundirme en él hasta los hombros.
Garraty asintió. McVries le contempló con aire pensativo.
–¿Cuánto pesas? –preguntó.
–Setenta y tres kilos.
–Yo setenta y seis. Dicen que cuanto más pesas, antes te cansas, pero yo creo que estoy en muy buena forma.
A los ojos de Garraty, Peter McVries parecía más que en buena forma: parecía tener una potencia física asombrosa. Se preguntó quién habría dicho que a más peso, antes llegaba el cansancio. Estuvo a punto de preguntarlo, pero decidió abstenerse. La Larga Marcha era una de esas cosas que estaban rodeadas de afirmaciones apócrifas, talismanes y leyendas.
McVries se sentó a la sombra junto a un par de chicos y, al cabo de unos instantes, Garraty le imitó. McVries parecía haberse olvidado de él por completo. Garraty echó un vistazo a su reloj. Eran las ocho y cinco. Cincuenta y cinco minutos para la salida. La impaciencia y la expectación volvieron a acuciarle, e hizo lo posible para sosegarse, diciéndose que debía aprovechar el rato permaneciendo sentado.
Todos los muchachos estaban sentados, unos en grupo y otros en solitario; uno de ellos se había encaramado a la rama inferior de un pino situado junto a la carretera, y estaba comiendo un emparedado de jalea. Era un muchacho flaco y rubio que llevaba unos pantalones púrpura y una camiseta azul bajo un viejo suéter verde de cremallera, con agujeros en los codos. Garraty se preguntó si el enjuto muchacho aguantaría, o si se agotaría rápidamente.
Los chicos junto a los cuales habían tomado asiento él y McVries estaban conversando.
–Yo no pienso apresurarme –dijo uno de ellos–. ¿Para qué? Y si me señalan un aviso, ¿qué más da? Me adapto, y ya está. Aquí la palabra clave es adaptarse. Recordad dónde habéis oído esto por primera vez.
El muchacho que estaba hablando miró alrededor y reparó en Garraty y McVries.
–Más ovejitas para el matadero. Me llamo Hank Olson, y lo mío es la marcha –dijo, sin el menor asomo de sonrisa.
Garraty se presentó. McVries también lo hizo, con aire ausente y la mirada fija en la carretera.
–Yo soy Art Baker –dijo el cuarto muchacho, con un ligero acento sureño.
Los cuatro se estrecharon las manos. Hubo un momento de silencio, que rompió McVries.
–Impone un poco de respeto, ¿verdad?
Todos asintieron salvo Hank Olson, que se encogió de hombros y sonrió. Garraty observó al chico sentado en la rama del árbol, que terminó el emparedado, hizo una pelota con el papel y lo lanzó hacia el arcén. Garraty llegó a la conclusión de que no duraría mucho. Eso le hizo sentirse un poco mejor.
–¿Veis esa señal junto al mojón? –dijo Olson de repente.
Todos volvieron la mirada. La brisa impulsaba las nubes, formando zonas de sombra que corrían velozmente cruzando la cinta de asfalto. Garraty no estaba seguro de ver nada concreto.
–Es de la Larga Marcha de hace dos años –continuó Olson con siniestra satisfacción–. El chico estaba tan asustado que se quedó helado ahí mismo al sonar las nueve en punto.
El resto del grupo visualizó en silencio aquel horror.
–Simplemente, no consiguió moverse. Le cayeron los tres avisos y, a las nueve y dos minutos, le dieron el pasaporte. Justo ahí, al lado del poste de salida.
Garraty se preguntó si también a él se le entumecerían las piernas. No lo creía, pero era algo que sólo sabría cuando llegara el momento, y era un pensamiento terrible. Se preguntó por qué Hank Olson había decidido sacar a colación un tema tan horrible.
De pronto, Art Baker se enderezó, sin ponerse en pie.
–Ahí viene.
Un jeep pardo grisáceo llegó junto al mojón fronterizo y se detuvo, seguido de un extraño vehículo oruga que avanzaba lentamente. En la parte delantera y trasera del vehículo sobresalían dos pequeñas antenas de radar con forma de plato; dos soldados haraganeaban en la cubierta superior del vehículo. Garraty sintió un vacío en el estómago al verlos. Los soldados llevaban fusiles de precisión de grueso calibre.
Algunos muchachos se pusieron en pie, pero Garraty no les imitó. Tampoco lo hicieron Olson ni Baker y, tras la mirada inicial, McVries pareció ensimismarse de nuevo. El muchacho sentado en la rama del pino balanceaba los pies ociosamente.
El Comandante descendió del jeep. Era un hombre alto y erguido, con un intenso bronceado de desierto a juego con su sencillo traje caqui. Llevaba una pistola enfundada en el cinturón y gafas de sol reflectantes. Corría el rumor de que la vista del Comandante era extremadamente sensible a la luz, y nunca se le había visto en público sin sus gafas.
–Sentaos, muchachos –dijo, una vez en tierra–. Tened en cuenta el consejo número 13.
El consejo número 13 rezaba: «Conservar las energías siempre que sea posible.»
Los que se habían puesto en pie volvieron a sentarse. Garraty consultó de nuevo su reloj: las 8.16. Decidió que iba un minuto adelantado. El Comandante siempre aparecía a la hora prevista. El muchacho pensó en atrasar el reloj un minuto, pero pronto lo olvidó.
–No voy a hacer un discurso –continuó el Comandante, escudriñándoles con las gafas que le ocultaban los ojos–. Quiero felicitar al que resulte vencedor, y expresar mi reconocimiento a los perdedores por su valor.
A continuación, volvió a la parte trasera del jeep. Se produjo un intenso silencio. Garraty inspiró profundamente el aire primaveral. Iba a ser un día de calor moderado, perfecto para la marcha.
El Comandante regresó junto al grupo llevando en la mano una tablilla con sujetapapeles.
–Cuando diga vuestros nombres, adelantaos y recoged vuestros dorsales. Después, volved a vuestro sitio hasta que sea la hora de empezar. Por favor, que no haya desorden.
–Ya estamos como en el ejército –musitó Olson con una sonrisa.
Garraty no hizo caso. No podía evitar un sentimiento de admiración hacia el Comandante. Antes de que los Escuadrones se lo llevaran, el padre de Garraty solía llamar al Comandante el monstruo más peligroso y raro que podía producir cualquier nación, un sociópata apoyado por la sociedad. Sin embargo, el padre de Garraty nunca había visto en persona al Comandante.
–Aaronson.
Un muchacho campesino, bajo, robusto y con el cuello tostado por el sol, se adelantó titubeando, obviamente amedrentado por la presencia del Comandante, y recogió su gran dorsal de plástico con el número 1. Lo fijó a su camisa con tiras autoadhesivas y el Comandante le dio una palmada en el hombro.
–Abraham.
Un alto chico, pelirrojo con tejanos y camiseta de manga corta se puso en pie. Llevaba la chaqueta atada a la cintura al estilo de los colegiales, y la tela le bailaba sobre las rodillas al caminar. Olson emitió una risita disimulada.
–Baker, Arthur.
–Ése soy yo –dijo mientras se incorporaba.
Avanzó con engañosa parsimonia, poniendo nervioso a Garraty. Baker iba a ser un duro adversario. Iba a resistir mucho.
Cuando regresó a su lugar, Baker ya había adherido su dorsal, el 3, a la parte superior derecha de su camiseta.
–¿Te ha dicho algo? –inquirió Garraty.
–Me ha preguntado si empezaba a hacer calor por mi tierra –respondió estupefacto Baker–. Sí… el Comandante me ha hablado.
–No debe de hacer tanto calor allí como el que empezará a hacer pronto por aquí –se mofó Olson.
–Baker, James –continuó el Comandante.
Así continuó hasta las 8.40, sin ningún tropiezo. Nadie había faltado a la cita. Detrás del grupo, en el aparcamiento, varios motores se pusieron en marcha y otros tanto coches empezaron a alejarse. Eran los chicos de la lista de reservas, que ahora regresarían a sus casas y verían la Larga Marcha por la televisión.
Ya estamos en marcha, pensó Garraty. Lo estamos de verdad.
Cuando llegó su turno, el Comandante le entregó el número 47 y le dijo «Buena suerte». Garraty apreció el olor viril y casi irresistible que el Comandante despedía, y sintió la necesidad casi irrefrenable de tocarlo para asegurarse de que era de carne y hueso.
Peter McVries era el 61. Hank Olson, el 70. Olson estuvo con el Comandante más tiempo que los demás. El Comandante rió de algo que le había dicho el muchacho y le dio unas palmaditas en la espalda.
–Le he dicho que tenga a mano una buena suma de dinero –explicó Olson cuando regresó con el grupo–. Y él me ha dicho que los aplaste a todos. Dice que le gusta ver a alguien con ganas de luchar. «Aplástalos a todos», me ha dicho.
–Magnífico –murmuró McVries.
Después le hizo un guiño a Garraty. Éste se preguntó qué había pretendido McVries con el guiño. ¿Estaría burlándose de Olson?
El chico del árbol se llamaba Stebbins. Recogió su dorsal con la cabeza baja, sin intercambiar palabra alguna con el Comandante. Al volver, tomó asiento bajo el mismo árbol al que antes se había encaramado. Por alguna razón, Garraty estaba fascinado con el muchacho.
El número 100 era un chico pelirrojo con acné, apellidado Zuck. Tras recoger su dorsal, volvió a sentarse con el resto y todos esperaron lo que venía a continuación.
Momentos después, tres soldados del vehículo oruga distribuyeron unos anchos cinturones con bolsas cerradas a presión. Las bolsas iban llenas de tubos con alimentos concentrados de alto contenido energético. Otros soldados se acercaron con cantimploras. Los muchachos se ajustaron las hebillas de los cinturones y sujetaron a ellas las cantimploras. Olson se colocó el cinto en la cadera, como un pistolero; encontró una barra de chocolate y empezó a comérsela.
–No está mal –dijo con una sonrisa.
Bebió un trago de la cantimplora para hacer bajar el chocolate y Garraty se preguntó si Olson estaba simplemente marcándose un farol, o si sabía algo que él desconocía.
El Comandante les dedicó una sobria mirada general. El reloj de Garraty señalaba las 8.56. ¿Cómo podía haber transcurrido tan rápido el tiempo? Tenía un doloroso espasmo en el estómago.
–Está bien, muchachos. Colocaos en filas de diez. No es preciso ningún orden concreto. Quedaos con vuestros amigos si lo preferís.
Garraty se puso en pie. Se sentía aturdido, fuera de la realidad. Era como si su cuerpo perteneciera a otra persona.
–Bueno, allá vamos –murmuró McVries a su lado–. Buena suerte a todos.
–Buena suerte a ti –contestó Garraty, sorprendido.
–Necesitaría que me examinaran mi maldita cabeza –añadió McVries.
De pronto se había puesto pálido y sudoroso, perdiendo aquel buen aspecto que había mostrado antes. Intentaba sonreír sin conseguirlo, y la cicatriz de su mejilla sobresalía como un extravagante signo de puntuación.
Stebbins se puso en pie y se encaminó a la parte posterior de los participantes, dispuestos en diez filas de diez en fondo. Olson, Baker, McVries y Garraty estaban en la tercera fila. Se preguntó si era conveniente beber un poco, pero decidió que no. En toda su vida no había estado más atento a sus pies. Se preguntó si también él se quedaría paralizado y recibiría el pasaporte definitivo en la misma línea de salida. Se preguntó si Stebbins quedaría eliminado pronto. Stebbins, con sus emparedados de jalea y sus pantalones púrpura. Se preguntó si él mismo quedaría eliminado a las primeras de cambio. Se preguntó qué sentiría si…
Su reloj marcaba las 8.59.
El Comandante tenía la vista puesta en su cronómetro de acero inoxidable. Levantó lentamente los dedos y todo quedó en suspenso, pendiente de su mano. El centenar de muchachos observaba ésta atentamente, y el silencio era sobrecogedor. El silencio lo llenaba todo.
El reloj de Garraty indicaba las 9.00, pero la mano levantada no descendió.
Garraty estuvo a punto de gritar «¡Vamos! ¿Por qué no la baja?» Entonces recordó que su reloj iba un minuto adelantado. Todos debían de haber puesto sus relojes en hora con el del Comandante. Pero él lo había olvidado.
El Comandante dejó caer la mano.
–Buena suerte a todos –dijo.
Su rostro seguía inexpresivo, y las gafas le ocultaban los ojos. Todos echaron a caminar.
Garraty avanzó con ellos. No se había quedado paralizado. A nadie le había ocurrido. Sus pies cruzaron el mojón que señalaba la salida, a paso de desfile, con McVries a su izquierda y Olson a su derecha. El ruido de las pisadas era estruendoso.
¡Ya está, ya está!, se dijo.
Le embargó el loco y repentino impulso de detenerse, sólo para ver si realmente sucedía lo que decían.
Salieron de la sombra y quedaron bajo el cálido sol de primavera. Resultaba agradable. Garraty se relajó, metió las manos en los bolsillos y se mantuvo junto a McVries. El grupo empezó a disgregarse y cada Marchador buscó el paso y el ritmo que mejor le iban. El vehículo oruga se puso en movimiento tras ellos, levantando una ligera nube de polvo en el arcén. Las pequeñas antenas de radar empezaron a moverse, controlando la velocidad de cada Marchador mediante el sofisticado ordenador instalado a bordo. El mínimo de velocidad era de 6,5 kilómetros por hora, exactamente.
–¡Aviso! ¡Aviso al número 88!
Garraty levantó la cabeza y miró alrededor. El 88 era Stebbins. De pronto, Garraty tuvo la certeza de que a Stebbins iban a darle el pasaporte allí mismo, todavía a la vista del poste de salida.
–Muy listo –murmuró Olson.
–¿Qué? –preguntó Garraty, que tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mover la lengua.
–Ese tipo recibe un aviso mientras todavía está fresco y se hace una idea de dónde está el límite. Ahora resulta bastante fácil borrar ese aviso. Ya sabes, si se camina una hora sin recibir un nuevo aviso, queda anulado el anterior.
–Ya –respondió Garraty.
Estaba escrito en el reglamento. Se podían recibir hasta tres avisos. La cuarta vez que uno bajaba del ritmo mínimo de 6,5 kilómetros por hora, uno quedaba… bueno, quedaba fuera de la Marcha. Pero si uno tenía tres avisos y conseguía seguir el ritmo mínimo durante tres horas, volvía a quedar sin penalizaciones.
–Pues ese muchacho ya sabe dónde está el límite –añadió Olson–, y a las diez y dos volverá a estar limpio.
Garraty siguió caminando a buen paso. Se sentía bien. El poste de salida desapareció de la vista cuando terminaron de ascender una colina y la carretera empezó a bajar hacia un gran valle salpicado de pinos. Aquí y allá aparecían campos de labor con la tierra recién roturada.
–Me han dicho que son patatales –dijo McVries.
–Los mejores del mundo –respondió Garraty.
–¿Tú eres de Maine? –inquirió Baker.
–Sí, del sur de Maine.
Miró al frente. Varios muchachos se habían distanciado del grupo principal, a una velocidad de 9 o 9,5 kilómetros por hora. Dos de ello llevaban chaquetas de cuero idénticas, con algo que parecían águilas en la espalda. Garraty sintió la tentación de apresurar la marcha, pero no quería correr demasiado. Consejo número 13: «Conservar las energías siempre que sea posible.»
–¿La carretera pasa cerca de tu pueblo? –preguntó McVries.
–A unos once kilómetros. Supongo que mi madre y mi novia vendrán a verme. –Hizo una pausa y añadió–: Si todavía sigo marchando, claro.
–Vamos, vamos –dijo Olson–. Cuando lleguemos al sur del estado no estarán fuera de competición ni siquiera veinticinco de los que hemos empezado.
Un profundo silencio se abatió sobre ellos tras estas palabras. Garraty sabía que no sería así, y pensó que también Olson lo sabía.
Otros dos chicos recibieron avisos y, pese a la explicación de Olson, el corazón de Garraty le dio un vuelco en cada ocasión. Volvió a observar a Stebbins. Seguía en la cola del grupo, y estaba dando cuenta de otro emparedado de jalea. Un tercer emparedado asomaba por el bolsillo de su raído suéter verde. Garraty se preguntó si se los habría hecho su madre, e inmediatamente recordó las galletas que le había dado la suya. Se las había entregado con gesto apremiante, como si fueran a protegerle de los malos espíritus.
–¿Por qué no dejan que la gente acuda a ver la salida de la Larga Marcha? –preguntó Garraty.
–Porque perjudica a la concentración de los Marchadores –respondió una voz aguda.
Garraty volvió la cabeza. Era un chico bajo, moreno, de aspecto fuerte, con el dorsal 5 adherido al cuello de la chaqueta. Garraty no recordaba su nombre.
–¿Concentración? –exclamó.
–Sí. –El muchacho se colocó al lado de Garraty–. El Comandante ha dicho que es muy importante concentrarse en conservar la calma al principio de una Larga Marcha. –Hizo un gesto meditabundo–. Y yo estoy de acuerdo con eso. La expectación, las multitudes y la televisión, más adelante. De momento, lo que necesitamos es concentrarnos. –Observó a Garraty con sus hundidos ojos castaño oscuro, y repitió la palabra–: Concentrarnos.
–Yo sólo me concentro en alcanzar a ésos y dejarles atrás –repl
