1
Mary Miracle recordaría siempre con claridad el instante en que decidió matar a su marido. No fue una decisión repentina. En un momento dado, lo había amado con todo su corazón. Pero, a lo largo de su matrimonio, se habían ido acumulando las cosas que él hacía y, poco a poco, como un soplete que chamusca pintura sobre una placa de acero, se quemaron grandes trozos de su amor.
Cuando arde una cantidad suficiente de amor, por lo general, solo queda la indiferencia. Lo lógico, no obstante, habría sido que Mary se divorciase de él, no matarlo. Pero, en su caso, una última cosa que Johnny le hizo borró no solo el amor, sino también la indiferencia. Y, de los restos carbonizados de todo lo que había sentido por él, creció una repugnancia tan profunda que se negó a vivir en un mundo donde existiera.
Una vez Mary decidió que Johnny tenía que morir, pasó el resto de la semana pensando en la mejor manera de matarlo; «la mejor manera» en el sentido de aquella forma en la que hubiese menos probabilidades de que ella acabara en la cárcel o, teniendo en cuenta que vivían en Texas, en el corredor de la muerte.
«Como cónyuge, seré la principal sospechosa. El hecho de que estemos en proceso de divorcio lo empeora todavía más. Dios sabe que tengo muchas razones. Tiene que parecer un accidente. ¿Veneno? ¿Un atropello? ¿Un robo que se complica? Y… voy a necesitar una coartada de hierro».
A Mary le llevó unos días planear la parte del accidente. Lo más difícil iba a ser la coartada. Se le ocurrieron muchas ideas. Pero, al final, concluyó que para conseguir una buena necesitaba ayuda, un cómplice. Solo había una persona en el mundo a quien podía confiarle algo así. Abby Winehouse. Habían crecido juntas, compartido secretos… Se conocían como hermanas.
Además, Abby tenía las cualidades para dar los toques finales a su plan. La única desventaja era que probablemente intentaría disuadirla de matarlo; Mary estaba casi segura de ello.
Quedó ese viernes con ella en su casa para picar algo de queso y vino. La casa estaba en el centro de Austin, en la zona oeste, y había pertenecido a la familia de Abby desde finales del siglo xix. Las dos amigas se sentaron, como de costumbre, en un par de sillas en el porche trasero de madera que daba al pequeño jardín, rodeado de una cerca antihuracanes. El suelo estaba cubierto con una gruesa capa de césped de San Agustín.[1] En una esquina había unas rocas decorativas con un baño para pájaros en el centro, polvoriento y sin agua. Un par de tablas viejas de cornhole[2] se apoyaban contra la valla al lado de la puerta. Eran poco más de las siete. Una fresca tarde de otoño.
Abby repasaba las anécdotas de la semana. Estaba despotricando:
—Así que le dije: «No me dé lecciones masculinas sobre cómo hacer un stop. Puede que sea policía, pero yo ya conducía cuando usted todavía iba en triciclo».
Mary asentía y sonreía a su amiga, pero sin escucharla. Golpeaba rítmicamente la punta del dedo contra la base de su copa de vino para disimular el leve temblor de sus manos. Nervios. Había ensayado lo que quería decir. Y cómo decirlo. Con todo, sentía la tensión en el cuello. ¿Se daba cuenta Abby de que estaba distraída? Abby nunca la presionaba para hablar. Era el tipo de persona que siempre seguía hablando y contándole cosas, hasta que Mary se decidía a intervenir.
—Así que, al finaaaaaal —Abby arrastró la palabra—, dejó que me fuera con un apercibimiento. —Negó con la cabeza—. Pero tuve que enfadarme y decirle que era abogada. —Se rio—. Imagínate cómo tratan a la gente corriente…
Abby se interrumpió para servirse un poco más de rosado.
Mary decidió aprovechar aquella pausa. El rugido de los coches acelerando por la autopista les proporcionaba un ruido de fondo que protegía la conversación de oídos indiscretos. A pesar de eso, alargó la mano y subió un poco la música del altavoz bluetooth solo para estar segura. Sonaba una canción de las Dixie Chicks, esa que cuenta la historia de Earl.[3] La conocía bien, pero estaba tan concentrada en lo que tenía que decir que pasó por alto la ironía.
—Tengo que decirte algo, Abby —señaló Mary—. De hecho, tengo que pedirte un favor.
Abby terminó de rellenar su copa otra vez. Se dio la vuelta para mirar a su amiga con el rostro serio.
—¡Oh, mierda! ¿Qué pasa? No. No llores, chica —reaccionó instintivamente para después retractarse—. O, si lo prefieres, sigue llorando y suéltalo todo.
Mary no se había dado cuenta de que le lloraban los ojos. No contaba con las lágrimas. Inspiró, tratando de recoger confianza del entorno que la rodeaba. Se secó los ojos con el dorso de la mano.
—¿Qué pasa, Mare?
—Voy a necesitar tu ayuda con algo —dijo Mary. La tensión de su cuello disminuyó un poco cuando habló.
Abby levantó una ceja y Mary observó su mirada ir de un lado a otro, explorando un espectro de posibilidades. A pesar de lo mucho que lo había ensayado, Mary no pudo evitar dar un pequeño rodeo:
—Es algo gordo —añadió endureciendo la mirada y levantando un poco la barbilla.
El aire que rodeaba a las dos mujeres pareció llenarse de repente de electricidad. Mary se dio cuenta de que su amiga también lo notaba; el vello de sus brazos se erizó.
Se inclinó hacia Mary y colocó una mano sobre su rodilla.
—Sabes que puedes contar conmigo, guapa. —Inconscientemente bajó la voz hasta susurrar—: ¿Qué puedo hacer?
—Yo… Se trata de… él.
Abby inspiró hondo y se incorporó. Apretó los labios y bebió un trago de vino.
—Bueno, y ahora ¿qué ha hecho? —Inclinó la cabeza y sus labios formaron una dura línea—. Ya era hora de que te divorciaras de ese cabrón. Sé que ha sido un desastre. Pero, por supuesto, puedes contar conmigo.
—Ah, no. No se trata del divorcio. —Se recostó, más confiada tras haber puesto el tema sobre la mesa—. Quiero decir, gracias a Dios, me enteré por el divorcio. Pero…
Mary había leído en alguna parte que, cuando la policía comunica la muerte de un familiar, utiliza un lenguaje sencillo y directo para evitar confusiones. En mitad del shock, la asertividad descarnada funciona mejor. Había decidido seguir ese método. Lo había ensayado.
Tomó un sorbo de vino, con su mirada fija en la de Abby. Inspiró, luego espiró despacio y, por primera vez, dijo en voz alta lo que había estado pensando y planeando; lo que sabía que tenía que hacer.
—Voy a matar a Johnny.
Su tono dejó claro que no se trataba solo de una forma de hablar.
Abby se quedó sentada un buen rato mirando a su amiga. La escudriñó, con la esperanza de encontrar algún indicio de que estaba malinterpretando la situación, de que Mary en realidad no había expuesto su intención de cometer un asesinato.
Cuando quedó claro que Mary no tenía nada más que añadir, Abby estuvo a punto de decir algo varias veces. Mary observó que su boca formaba el comienzo de una palabra, abortando después el intento al surgir en su imaginación nuevos escenarios. Al final vio esa mirada en sus ojos: su mejor amiga estaba todavía ahí, pero su mente de abogada había tomado el control. Abby juntó las manos y las apoyó con suavidad en la rodilla, después habló, optando por la respuesta menos comprometedora:
—¿Por qué?
2
Seis años antes de que Mary
decidiera matar a Johnny.
Austin, Texas
Cada matrimonio fallido comienza a desmoronarse mucho antes de que se formulen los votos en la boda. Las semillas del fracaso siempre se mezclan a traición con las flores del amor. Esas flores preciosas e inocentes distraen con facilidad a los incautos, evitando así que luchen contra las malas hierbas, que crecen y estrangulan la relación. Incluso cuando esas malas hierbas han alcanzado un buen tamaño, nuestra tendencia natural es a centrarnos en lo bonito. Pero lo bonito no es eterno; siempre hay truco.
El camino de Mary hacia el asesinato comenzó en un lugar feliz. El suyo era como muchos otros matrimonios modernos. Estaba construido con palitos de helado y pegamento barato, sobre ese mito de Hollywood de encontrar al hombre ideal. Sin embargo, en su caso, no estaba maldecido por la ingenua creencia de que a partir de un enamoramiento infantil surgiría, como por arte de magia, el amor de verdad una vez él le hubiera puesto el anillo. No, Mary había trabajado duro por su matrimonio y, en honor a la verdad, este tuvo un comienzo espléndido.
En la Universidad de Texas, en Austin, Mary compartía un apartamento al sur del campus con otras chicas. Ese día, sus compañeras de piso tenían una clase tarde, así que Mary estaba sola en casa, tomando un vaso de vino blanco mientras se preparaba para una cita con Johnny. Era el primer aniversario del día que se habían conocido y, como él no dijo nada al respecto, estaba segura de que tendría una sorpresa pensada para esa noche.
Notaba mariposas en el estómago. Las había notado todo el día. Su intuición le decía que Johnny planeaba algo especial. Durante su relación había llegado a conocerlo muy bien. En muchos sentidos, era el típico universitario. Pero había algo excepcional en él. Algo diferente. Cuando hablaban, él la escuchaba y la miraba con sus dulces ojos marrones, como si Mary fuera la única persona en el mundo. Como si estuvieran compartiendo una burbuja en el tiempo, solo ellos dos, en la que nadie más pudiera entrar. La hacía sentirse querida y segura.
«¡No puedo creer que haya pasado un año!».
Aunque ambos iban a la Universidad de Texas, se conocieron en Cancún durante las vacaciones de Semana Santa. Mary fue con algunos de sus amigos, y Johnny, con algunos de los suyos. Todos se alojaban en el mismo megahotel, pero no coincidieron hasta el penúltimo día de las vacaciones. Mary lo recordaba bien.
Ese día Mary se levantó temprano para ver salir el sol sobre el Atlántico. Se puso un biquini y el albornoz y se dirigió a la piscina situada más al este, con vistas al océano, mientras dejaba a sus amigas durmiendo la mona.
Varios miembros del personal del hotel, todos ellos vestidos de blanco, daban vueltas en silencio, limpiaban vasos de plástico y quitaban las toallas usadas.
Mary retiró las toallas de una hamaca y se acurrucó a esperar el momento mágico.
Allí, en la oscuridad, parecía que los sonidos rítmicos del océano (las olas que rompían en la orilla para retroceder después) y el suave rumor de las hojas de palmera contra el viento acentuaban el volumen de los susurros en español del personal mientras llevaba a cabo sus tareas. El mundo se iluminaba poco a poco a medida que el sol pasaba por las diferentes fases del crepúsculo antes del amanecer. En el cielo no había nubes, y surgían diferentes tonos de púrpura, naranja y rojo que coloreaban el firmamento.
Se sentía muy pequeña ahí, junto a la piscina, frente a la inmensidad del agua. Sabía que más allá estaba Cuba y, más lejos aún, África. Estaba a más de tres mil kilómetros de su casa, al noroeste de Texas.
La Tierra era tan inmensa… Y, a continuación, estaba el vacío del espacio, a más de ciento cincuenta millones de kilómetros del Sol, una bola de fuego y gas sin la cual la vida en este planeta no existiría. Se incorporó, confiada en que la Tierra girase lo suficiente como para que esa estrella distante volviera a ser visible otra vez, igual que cada día, igual que había sucedido durante millones de años…
Y, de repente, ahí estaba…, aquella sensación que a veces tenía de aferrarse a esa gran esfera que es la Tierra, un pequeño trocito del universo. Mary cayó en una especie de trance y conectó fugazmente con la inmensidad. Se sintió diminuta e insignificante, pero, de alguna manera, parte de todo, conforme y en paz, ubicada justo donde debía en el devenir del mundo.
Y, entonces, justo con el sol a punto de aparecer en el horizonte, Mary percibió algo con su visión periférica que se movía a su izquierda. Algo que no debía estar ahí. Gritó. Su ensimismamiento se rompió cuando la pila de toallas de la hamaca de al lado se tambaleó y se reacomodó para después caerse, dejando ver a un joven en traje de baño.
—¡ME HAS DADO EL SUSTO… —comenzó a gritar Mary, y bajó después la voz, avergonzada— de mi vida!
—Lo siento. Me quedé dormido. —Se estiró.
Aún enfadada, Mary se percató de que el chico era de su edad y estaba muy en forma, delgado. Y muy bronceado, a diferencia de muchos de los jóvenes del resort, quemados por el sol durante las vacaciones.
Él miró hacia el horizonte y luego dijo:
—Ah, eres de las románticas. Te has levantado para ver amanecer. Qué bonito. ¿Cómo te gusta el café? —Johnny levantó la mano para llamar la atención de uno de los empleados y, con la mirada fija en Mary, esperó una respuesta.
—No, gracias —espetó Mary, y se levantó de la hamaca. El sol ya había salido del todo. Y el intruso había destruido su momento de paz. Conforme se iba, lo escuchó levantarse para seguirla.
—¡Espera! ¿Dónde vas?
Caminó rápido hacia la playa, con el flap, flap de sus chanclas resonando con furia.
—¿Seguro que no quieres nada? ¿Ni agua?
Siguió caminando y notó que continuaba detrás.
—No quería asustarte. Ha sido sin querer.
Ella lo ignoró, si bien aminoró un poco el paso. Una sonrisa iba tomando forma en su interior.
«Siempre me he sobresaltado con facilidad…».
—¿Y por qué estabas viendo el amanecer desde la piscina? —preguntó al alcanzarla—. ¿No es más bonito en la playa?
—¡Por precaución! —gritó ella—. La playa no es un sitio seguro por la noche…
Al acercarse a las escaleras que iban hacia la arena, vieron subir a tres músicos con lo que parecían guitarras de diferentes tamaños. A Mary le dio un vuelco el corazón. Se quedó helada al toparse con varias parejas sentadas en la playa que mantenían una prudente distancia entre sí. Según parecía, también habían ido a ver amanecer.
—Mira, ya te he dicho que lo siento. ¿Por qué no tomamos un café y desayunamos algo mientras esto todavía está tranquilo? Antes de que todos los bobalicones y las barbies se despierten y empiecen a beber otra vez.
Una sonrisa comenzó a asomar en el rostro de Mary, pero ella la escondió mirando al joven con los ojos entornados, fingiendo estar molesta.
—Me llamo Johnny —dijo él tendiéndole la mano—. Johnny Miracle.
Mary se rio a carcajadas.
—No es posible —dijo—. ¿Miracle?[4]
—Lo sé. ¿Qué puedo decir? Es la cruz que me ha tocado. —Johnny ladeó la cabeza y sonrió con timidez. A Mary le recordó vagamente a Matthew McConaughey; incluso tenía el mismo acento tejano. —¿Eso es un sí al desayuno? Vamos. Me muero de hambre. —Se dio unas palmadas en la tripa desnuda y plana con ambas manos y le guiñó un ojo. Mary notó mariposas en el estómago.
Desayunaron… y pasaron el día juntos… Y, a la mañana siguiente, vieron juntos amanecer desde la playa. Cuando salió el sol, los músicos, los mismos que Mary había visto salir de la playa el día anterior, tocaron una canción en español: «Solamente una vez».[5]
Era un recuerdo mágico.
«Ya ha pasado un año. El tiempo vuela».
Johnny llevaba más o menos una semana comportándose de manera extraña. Nada que Mary pudiera describir con precisión, pero sí percibió que algo ocurría. Los últimos meses no habían pasado tanto tiempo juntos como les habría gustado; Johnny estaba trabajando en Buda con su padre, y Mary, con su abuela, cerca de Fredericksburg, a unos ciento veinte kilómetros. En todo caso, hablaban casi a diario por teléfono, se veían la mayoría de los fines de semana y, últimamente, ya estaban juntos a menudo. Esa noche iba en línea con aquella rutina; viernes por la noche, hora de salir.
Sonó el timbre. Mary se miró en el espejo y abrió la puerta. Sonrió.
—Hola, preciosa —dijo. Johnny llevaba pantalones caqui, mocasines y una bonita camisa Oxford azul metida por dentro del pantalón y con las mangas arremangadas. Más formal de lo habitual en él.
Dos horas más tarde, estaba sentada con Johnny en un coche de caballos. La cena había sido increíble. Compartieron una botella de vino y se saltaron el postre. El paseo en coche de caballos había sido idea de Johnny. El tiempo empezaba a mejorar, todavía no había llegado el verano, pero el gélido invierno parecía haber quedado atrás.
Se acurrucó junto a Johnny. Él la rodeó con el brazo. Volvió a sentir un indicio, el recuerdo de la sensación que había tenido en Cancún, de estar justo donde debía en el devenir del mundo.
Al detenerse en la esquina de la calle 9, escuchó una música. No se trataba de los típicos sonidos de los bares del centro de Austin —country, rock, blues, jazz—; esta era diferente, más lírica, más nostálgica.
Mary se enderezó.
Allí en la esquina, al pie de una de las Torres Moonlight,[6] había un grupo de mariachis. Estaban tocando «Solamente una vez»,[7] la canción que Mary y Johnny habían oído en la playa aquella mañana después de su última noche en Cancún, que fue también la noche en que hicieron el amor por primera vez.
—Deténgase aquí, por favor —le dijo Johnny al conductor.
El coche se paró junto al grupo de música y Mary se recostó aún más en Johnny mientras observaba a los músicos a su izquierda. Él la rodeaba con sus brazos. Cuando el cantante entonó la nota aguda con la que acaba la canción, Mary sintió que su corazón estaba a punto de estallar.
Cuando se retrepó en el asiento y se dio la vuelta para mirarlo, las lágrimas asomaron a sus ojos.
—¡Es increíble! ¡Qué suerte hemos tenido! —le dijo.
—La suerte no existe, cariño… —respondió Johnny, y le hizo al cantante principal un gesto de aprobación con la mano.
El cantante se quitó el sombrero y, señalando a Mary, dijo:
—¡Es usted muy afortunado, señor Miracle!
Mary se volvió hacia Johnny con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Lo has organizado tú?
Él sonrió asintiendo y bajó la mirada. Ella la siguió y vio que sostenía algo en la mano. Era una pequeña caja azul pálido de la que sobresalía una brillante gota de cielo.
—¿Quieres casarte conmigo?
Todo alrededor de Mary se expandió; podía escuchar cada sonido en el centro de Austin: el tintineo de las tachuelas de los caballos, el rugido de una moto a varias manzanas de distancia, el viento que soplaba entre los robles de la plaza Wooldridge, al otro lado de la calle. De repente, todo aquello desapareció, y lo único que escuchó fue el ruido sordo de su corazón y el de Johnny junto a ella, latiendo al compás. Después, sintió que se derretía…
—Por supuesto, Johnny. Por supuesto que me casaré contigo.
Tres meses después, en una ceremonia íntima en el viñedo cercano a Fredericksburg que pertenecía a la abuela de Mary, ella y Johnny se convirtieron en marido y mujer.
Y, durante un tiempo, todo fue increíble.
Con el avance de los meses, Mary no pasó por alto las pequeñas malas hierbas que brotaban aquí y allá entre las preciosas flores de su matrimonio. Era demasiado inteligente como para eso. Su error fue mentirse a sí misma al respecto; se dijo que, en realidad, eran pocas hierbas, y no tan malas.
Del amor al odio hay solo un paso; así dice el refrán. Lo que no te cuenta es esto: en ese único paso del amor al odio está el autoengaño. Y el autoengaño es como el suicidio; uno hace simultáneamente de ejecutor y de víctima.
Mary salió de su autoengaño poco a poco. Fue un proceso cuyo inicio ella misma fijaba en un fin de semana de agosto, unos cinco años después de casarse con Johnny.
3
Cinco años después de la boda de Johnny y Mary
en un viñedo cercano a Fredericksburg, Texas.
Agosto de 2015
En Texas Hill Country, entre Fredericksburg y Austin, hay una tierra oscura de melocotoneros y abejas; de colinas onduladas, lupinos azules[8] y caudalosos ríos; de cielos azules e infinitos que se funden en puestas de sol de un naranja en llamas. El viñedo de Crabapple Creek se ubicaba justo en mitad de todo ese esplendor. Nellie había comprado unas doscientas hectáreas de tierra virgen a principios de la década de 1990, decidida a convertirla en el viñedo de sus sueños, a pesar de los escépticos que decían que sería imposible. Gracias a su esfuerzo incansable y a un inquebrantable espíritu, logró transformar el paisaje virgen. Hectárea tras hectárea de exuberantes vides con hojas que susurraban con suavidad por la brisa, se extendían ahora hasta donde alcanzaba la vista. Era un paisaje que hacía que Mary se sintiera orgullosa de su abuela, un testamento del poder de la determinación y el trabajo duro.
Y mucho de ese trabajo duro lo había compartido con Mary. Después de que su madre, la hija de Nellie, muriera en un accidente de coche, el padre de Mary resultó ser el desastre irresponsable que Nellie siempre había sospechado, por lo que la bendición de criar a su nieta recayó en ella. El viñedo era el único hogar que Mary había conocido. Vivía con Johnny en el dormitorio donde había crecido, una habitación grande con baño en suite.
Johnny había salido muy temprano por un viaje de trabajo. Mary se despertó sola en la habitación vacía y se levantó de la cama. Descalza, fue dando tumbos hacia la cocina en camiseta de tirantes y pantalón corto. Su mente aturdida luchó por encontrarle un sentido a cuanto veía. Al asimilar los detalles, una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo; la ansiedad hizo que se le encogiera el estómago y las plantas de sus pies resbalaran por el sudor.
—¡Deja ese cuchillo! —imploró.
Su abuela Nellie, ya vestida con pantalones vaqueros, camisa de algodón de manga larga y botas camperas, estaba encaramada sobre una escalera de metal, tambaleándose y estirando la mano hacia arriba. Había metido un cuchillo de carnicero en el casquillo de una de las lámparas que colgaban del techo a tres metros y medio de altura en la sala de estar.
Al ver a su abuela de sesenta y seis años menear la hoja del cuchillo dentro del casquillo, Mary sintió el latido de su corazón en los oídos. Los recuerdos de los infartos de Nellie inundaron su mente. Su garganta se contrajo al imaginar las consecuencias mortales de ciento veinte voltios recorriendo aquel frágil cuerpo.
—¡Para! ¡Te vas a matar! —dijo Mary al acercarse con tiento a la escalera.
—Anda, cállate… Ya casi lo tengo —contestó su abuela.
—Qué locura, abuela… —dijo Mary, quien se situó debajo para amortiguar la caída de la mujer en caso de resbalón—. Te vas a electrocutar…
—¡No seas tonta! He bajado el diferencial. —Nellie miró un momento a su nieta, después sacudió la cabeza y siguió concentrada en su tarea.
—Sabes que hay herramientas para estas cosas… —la regañó Mary con los brazos aún extendidos— mejores que un cuchillo.
Nellie giró la hoja despacio en sentido contrario a las agujas del reloj hasta que el extremo roto del casquillo de una bombilla se soltó y le cayó en la mano.
—Los destornilladores eran todos demasiado finos, y las tenazas, demasiado gruesas. Este cuchillo tiene el ancho justo para sacar el casquillo suelto. ¿Me pasas la bombilla que hay sobre la encimera?
—Johnny podría haberlo cambiado por ti —dijo Mary mientras cogía la bombilla sobre la isla de la cocina y se la entregaba.
Nellie se rio. Se inclinó con cautela y cambió el casquillo roto y puso la bombilla.
—Johnny… Ese marido tuyo… —Nellie se mordió la lengua. Hacía todo lo posible por no entrometerse en el matrimonio de su nieta, lo cual incluía guardarse su opinión sobre Johnny Miracle. Compartir su casa, por grande que fuera, con una pareja casada ya era lo bastante complejo como para echar más leña al fuego.
Últimamente, Nellie había intentado ser más cauta. Durante las dos semanas previas intuyó algo distinto en el ambiente. Johnny era el mismo de siempre, pero Mary parecía más distante de él. Y un poco preocupada.
Nellie siempre había albergado sospechas sobre su nieto político y por fin se decidió a actuar. Había contratado a un detective privado. Y, solo dos días antes, recibió una llamada telefónica con noticias desalentadoras que confirmaron sus sospechas. Estaba esperando el informe por escrito con todos los detalles.
En ese momento, sin embargo, decidió apartar su enfado.
—No voy a esperar a que nadie, y mucho menos un hombre, haga algo que yo misma soy perfectamente capaz de hacer. —Enroscó la bombilla en el casquillo y dijo—: Ya está. Listo. Ahora coge esto.
Nellie se inclinó para darle el cuchillo a Mary, con el mango por delante, y al hacerlo perdió el equilibrio. Cuando agitó los brazos para recuperarlo, el cubierto se le cayó de la mano. Mary trató de cogerlo, pero se le escapó. Saltó en el aire, tratando de mantener los pies fuera de la trayectoria de la hoja. El cuchillo giró un poco y cayó con la punta afilada hacia abajo hasta clavarse en el suelo de madera. Los pies de Mary aterrizaron unos quince centímetros a cada lado.
—¡Maldita sea, Mary! —exclamó la mujer—. ¡Ten cuidado! ¡No vayas descalza!
—¿Yo? ¡Se te ha caído a ti! ¡Y… vengo a la cocina, no a una maldita obra! —Mary miró a su abuela, quien le devolvió la mirada, posiblemente, escondiendo una sonrisa.
Mary contuvo la risa y chasqueó la lengua.
—Vamos. Dame la mano, vieja, antes de que te mates. —Al ayudar a su abuela a bajar de la escalera, agregó—: ¿Se marcharon sin problemas Johnny y Pedro? —Hizo la pregunta para cambiar de tema, pero, cuando las palabras salieron de su boca, notó el nudo en el estómago al recordar su «problema con Johnny». Apartó el pensamiento.
—Sí, querida —respondió su abuela—. Se fueron al aeropuerto a las cinco. Y, para ser justos, Johnny se ofreció a cambiar la bombilla, pero le dije que no se preocupara. —Nellie mintió para tener la fiesta en paz. Observó a su nieta, sin maquillaje, con ojos de sueño y el cabello despeinado. Extendió la mano y le apartó con suavidad el pelo de la cara. Se parecía tanto a su madre, su propia hija… Tragó saliva, sonrió, le dio una palmadita en la mejilla y preguntó—: ¿Has dormido bien?
—Sí, gracias —respondió Mary al plegar la escalera.
Ambas cruzaron el office hasta la cocina; era un espacio abierto donde una habitación desembocaba en otra sin solución de continuidad. Nellie eligió una cápsula roja de descafeinado para la máquina. Su tensión la obligaba al tope de una taza al día de café de verdad. Pulsó el interruptor del hervidor para calentar el agua de Mary, quien prefería té.
Mary apoyó la escalera en la isla de la cocina y se sentó en su taburete habitual.
—Johnny y Pedro al final se han llevado la furgoneta —dijo Nellie.
Pedro era el supervisor del viñedo, y él y Johnny habían ido a San Francisco a un congreso sobre nuevas tecnologías en la industria del vino. No estarían durante el fin de semana, y Nellie esperaba que, con su marido fuera, Mary se sincerase y le dijera qué iba mal. Si no lo hacía, Nellie tenía decidido contarle lo que había averiguado, una vez dispusiese del informe por escrito, claro. Albergaba la esperanza de arreglar las cosas ese fin de semana, de una forma u otra.
—Bueno —continuó Nellie—, tenemos toda la casa para nosotras solas. ¿Has pensado en qué hacer el fin de semana? ¿Vamos de compras a la ciudad? También podríamos ir en coche a Austin si quieres. ¿O vemos una película?
—¿Por qué no damos un paseo por el campo en coche primero y vemos cómo van los brotes? Después, tal vez podamos ir a la ciudad y comprar algo especial para cenar.
—Hecho. —Nellie sonrió.
Charlaron mientras bebían café y té. Mary terminó primero. Dejó su taza y dijo:
—Voy a ducharme.
Nellie se tomó su tercera taza de descafeinado y revisó las noticias en el iPad, al tiempo que Mary guardaba la escalera en el garaje. Aprovechó además para volver a subir el diferencial.
Cuando regresó a la cocina, Nellie seguía sentada a la isla, bebiendo café y leyendo. Detrás de su abuela, en el centro de la habitación, Mary vio el cuchillo, todavía plantado con la punta en el suelo y la hoja brillando siniestra a la luz del sol de la mañana.
Con un estremecimiento involuntario, Mary recuperó el cuchillo y lo puso en el fregadero.
Poco después, Nellie escuchó el zumbido distante del agua.
«Mary, que se está duchando».
Decidió ir al garaje para sacar un UTV;[9] estos vehículos eran los todoterreno perfectos para moverse por el viñedo, como un carrito de golf con esteroides. Los tres de Nellie tenían capacidad para seis personas.
Cuando iba a levantarse, escuchó en su iPad el sonido de notificación de un nuevo correo electrónico. Tras leer las líneas «De» y «Asunto», comprobó que se trataba del mensaje que había estado esperando con ansiedad. Fue hasta la isla, abrió el correo y, después, el informe. Al leer las observaciones y conclusiones del detective, se le encogió el estómago. Echó un vistazo a las fotos adjuntas. Una ola de conmoción la arrastró, haciendo que las lágrimas asomaran a sus ojos. Una furia ardiente se multiplicaba en su tripa, acrecentando sus ganas de actuar. Las imágenes ante ella eran un recordatorio evidente de la crueldad y la injusticia en el mundo, y Nellie sabía que no podía quedarse de brazos cruzados.
—¡Maldito hijo de puta de Johnny! —siseó.
4
Mary terminó de ducharse mientras Johnny volaba en un avión con destino a California. Se vistió con ropa de trabajo y botas camperas y se recogió el pelo en una cola de caballo, que pasó por la abertura trasera de una gorra de béisbol. Cuando salió de su dormitorio, gritó:
—¡Abuela!
Al no recibir respuesta, decidió, como era habitual, reunirse con Nellie en el garaje de servicio. Salió de la casa por la entrada principal; al cruzar el porche, oyó el zumbido de un vehículo que se acercaba y supuso que era Nellie en uno de los UTV. Pero, al aguzar el oído, reparó en que, en lugar de provenir del garaje, el sonido procedía del camino principal, más hueco que el de un UTV. Se trataba de un vehículo más grande.
Mary vio un todoterreno blanco que se dirigía hacia ella. Al observar la barra luminosa azul y roja sobre el techo indicativa de la policía, entornó los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho, a la defensiva.
Cuando el coche se detuvo, hizo crujir las llantas en la grava y levantó una ligera nube de polvo, y Mary vio que era del Departamento del Sheriff del Condado de Gillespie.
Se le formó un nudo en la boca del estómago. Tragó saliva, con la boca de repente seca.
El agente estacionó en la rotonda frente a la casa, salió del coche y caminó hacia el porche; se detuvo a unos tres metros del primer escalón. Llevaba la típica camisa de uniforme beis, pantalones verde caqui y botas negras, a lo cual había añadido un sombrero marrón de vaquero y un par de gafas de sol de aviador. Mary notó que cojeaba levemente.
—Buenos días, señora. —Se tocó el sombrero.
—Buenos días —respondió Mary—. ¿Puedo ayudarlo, agente…?
El hombre tenía los brazos en jarras, con los pulgares metidos en el cinturón de su pistola y las caderas un poco echadas hacia delante. Miró la fachada de la casa y a Mary, que se mordía el lateral del labio inferior. Le llevó unos segundos responder:
—Gripke… —Y terminar su frase—: Walter Gripke, señora.
—¿Es usted nuevo?
—Así es. Me marché del FBI de Dallas y empecé a trabajar para el departamento hace unos meses.
—Así que se ha jubilado de los federales y ahora trabaja para el condado. Doble sueldo. No está mal… —Sus palabras fluyeron con naturalidad—. ¿Cómo puedo ayudarlo en esta preciosa mañana de sábado? —añadió Mary sin entusiasmo.
—Bueno, verá, señora, me han asignado los casos sin resolver. Es un trabajo que suelo hacer. Al menos, en el FBI. Investigo una desaparición. Es probable que usted sepa a qué me refiero. —Hizo una pausa.
Mary no reaccionó. Se quedó ahí, esperando.
—Es usted Mary Miracle, ¿verdad?
Mary asintió despacio, pero no dijo nada.
—Bueno, señora Miracle. Estoy sobre la pista de algunos cabos sueltos —dijo. Después de una pausa, agregó—: ¿Se acuerda de Zeke Fulton?… —Era más una afirmación que una pregunta.
—Yo era una niña cuando eso pasó, agente. Hace ya muchos años…
—Trece —ofreció Gripke interrumpiéndola.
Mary apretó los labios y asintió.
—Es agua pasada…
—Era usted muy joven entonces, es cierto.
—Dieciséis años, señor. Ha pasado mucho tiempo, sí. —Decidida a abreviar con cortesía la conversación, Mary empezó a bajar los escalones hacia el agente—. No he pensado en ese asunto en años. Pero, como usted ha dicho, entonces yo era una niña. Oí que él, Zeke, había desaparecido, pero no lo conocía. Para mí, era solo un nombre. Y no sé nada más sobre el tema que lo que he escuchado por ahí, en las noticias; cosas así. Ojalá pudiera ayudarlo más. —Se encogió de hombros—. Ahora me temo que tengo cosas que hacer. —Pasó junto a él en dirección al garaje—. Que pase un buen día, señor.
—Me faltan un par de preguntas, señora. Será un minuto nada más. —El agente se giró al pasar ella junto a él y dijo con voz un poco más alta, con Mary dándole la espalda—: Si no es molestia, esperaba poder hablar con su abuela, Nellie…
Mary se detuvo y se dio la vuelta. La agradable sonrisa que había fingido para el policía se endureció.
Sin saber cómo reaccionar, Gripke esbozó una suya, lo cual, por alguna razón, molestó aún más a Mary.
Ella retrocedió un paso hacia él.
—¿Tiene una orden judicial, agente Gretsky?
—Gripke, señora. Y no, señora, no tengo una orden judicial —dijo ajustándose las gafas de sol con el dedo índice—. No busco nada. Solo quería…
—Y, no obstante, esto es propiedad privada. Y usted no ha sido invitado. ¿Y quiere molestar a una mujer mayor enferma con temas policiales… un sábado por la mañana? Repito, sin haber sido invitado. —Hizo una pausa y dio otro paso hacia el agente. Mirando el reflejo de su rostro en las gafas de sol, añadió—: ¿Va a arrestarme o detenerme?
—No, señora. Yo solo…
—Entonces, por favor, váyase; tengo cosas que hacer. Si quiere investigar cabos sueltos, llame con antelación y concierte una cita.
Mary dio media vuelta y se dirigió al garaje en busca de señales de Nellie, pendiente del ruido del UTV. Nada.
—Solo necesito unos minutos, nada más, señora.
—Pues llame… —dijo Mary haciendo el gesto de hablar por teléfono con los dedos meñique y pulgar de la mano extendidos en el lateral de la cara y sin dejar de caminar hacia atrás— y concierte una cita.
—¿Podría por lo menos decirme si su abuela está por aquí?
Mary se detuvo.
—¡No! No voy a dejar que la moleste por esa… esa vieja historia.
—¿Sabe, señora? —Gripke negó con la cabeza—. Entiendo que no quiera tratar con la autoridad. Nadie quiere. Pero la mayoría de la gente suele al menos fingir que desea cooperar. Estoy intentando hacer mi trabajo. Trato de resolver un asesinato, señora.
Mary sopesó si corregirlo y decir «desaparición, no asesinato».
—Lo de fingir no me va mucho —contestó, en cambio.
—¿Puedo, por lo menos, dejarle mi tarjeta? Por si acaso su abuela tuviera una opinión diferente —preguntó.
Mary le dio la espalda y siguió caminando.
—Puede dejarla en el porche si quiere —respondió saludando con la mano, y añadió—: Gracias por su trabajo, agente. ¡Que tenga un gran día!
5
Mary entró en el garaje de servicio, un gran edificio de metal ondulado que se comunicaba con las oficinas del viñedo. Nellie estaba dentro de un UTV, en la sombra de la parte trasera del inmueble; podía ver con claridad los escalones de la entrada y el todoterreno al que el agente Gripke se subía de vuelta.
—¿Lo has oído? —preguntó Mary.
Nellie asintió.
—Soy vieja, no sorda… De momento.
Mary entró al coche junto a su abuela. Las dos permanecieron sentadas en silencio e inmóviles, esperando a que el policía se marchara.
Cuando lo hizo, Mary habló:
—¿Qué debemos hacer?
—No hay que hacer nada, Mare. Ese capítulo se cerró hace años. Probablemente sean solo trámites. Trece años. Ya sabes…, desempolvar el expediente, hacer unas cuantas preguntas, intentar marcar algunas casillas y volver a colocarlo en la estantería. Así es como estos tipos del gobierno justifican su sueldo. Eso es todo. —Sonrió a Mary para tranquilizarla.
Nellie puso en marcha el vehículo y condujo hacia la carretera para comprobar, como habían acordado, el trabajo que se había hecho unos días antes en las vallas. Sin embargo, mientras conducía, en lo último que pensaba era en las vides. Tenía puesto el piloto automático. Estaba dándole vueltas…
«¡Zeke Fulton! ¡Mierda!».
Aunque pusiera su cara de estar feliz y en paz por el bien de Mary, su cabeza iba a cien por hora. Notaba el cuero cabelludo sudar bajo el gran sombrero que se había puesto para protegerse del sol.
«¿Quién es este hijo de puta de Gripke? ¿Cuándo lo han contratado? ¿Su visita formará parte de un seguimiento rutinario? ¿O habrá aparecido algún tipo de prueba?».
Los grandes pecados mueren despacio.
Condujeron por el camino de tierra que discurría entre las verjas. Casi habían llegado al bloque más oriental del viñedo cuando los pensamientos de Nellie regresaron a la realidad. Pasado el susto inicial, identificó rápidamente la situación como lo que era: una distracción bienvenida para ella y para Mary. Señaló hacia delante y le gritó a su nieta por encima del rugido del motor:
—¡Vaya! Mira eso…
Mary iba junto a Nellie, también callada y ensimismada. Se animó y respondió:
—Sí. Ya lo veo.
En el camino, una serpiente bastante grande se había quedado parada, quizá al percibir el peligro, y giró su cabeza hacia el vehículo que se aproximaba.
Nellie retiró el pie del acelerador, dejó rodar el todoterreno hasta que se paró y apagó el motor. Se sentaron un momento en silencio mientras observaban.
Nellie suspiró.
—¿Te importa hacerlo a ti? —Miró a Mary con la nariz arrugada—. La verdad es que hoy no me apetece.
—Claro —respondió Mary, quien asintió y dio una palmada a su abuela en el brazo. Como oriunda del condado de Texas Hill, Mary estaba acostumbrada a cazar. Sobre todo, palomas, codornices y ciervos, aunque también había disparado a algún que otro jabalí. Entendía de armas de fuego y podía cazar con arco. Matar serpientes era para ella una minucia.
Salió del coche y sacó del capó una escopeta Winchester de calibre doce y cañón corto. Cargó cuatro cartuchos de perdigones y puso uno en la recámara para luego volver a mirar en dirección al blanco.
En el camino, a unos diez metros, una serpiente de cascabel había captado el estruendo del UTV. Estaba quieta y enrollada a la defensiva en la linde izquierda. Mary se acercó poco a poco, vigilando a su alrededor para asegurarse de que estaba sola. La serpiente medía en torno a un metro y veinte centímetros, un tamaño adulto bastante grande. Por lo general, una serpiente de cascabel puede atacar en un radio de unos dos tercios la longitud de su cuerpo; en este caso, unos ochenta centímetros.
—No te acerques demasiado, Mare.
Mary asintió y, mientras caminaba hacia el animal, contestó:
—No te preocupes —dijo sin apartar los ojos de la serpiente.
—¿Es una espalda de diamante?[10] —preguntó Nellie.
—No… Estoy bastante segura de que es una cascabel de madera.[11]
Mary se detuvo a unos cuatro metros de distancia por precaución. Levantó la escopeta y apuntó con cuidado. La cabeza triangular de la víbora se encontraba a veinte centímetros del suelo. Tenía el cuerpo grueso y escamoso bien enrollado y listo para atacar; sus felinos ojos amarillos de pupilas verticales miraban fijamente a Mary y su delgada lengua negra y bífida rastreaba el aire, como buscando… Sin duda, la olía cerca.
Cuando Mary encañonó a la serpiente, sintió una mezcla de repugnancia y miedo irracional. Se le erizó el vello de los brazos. La parte primitiva de su cerebro empezó a disparar adrenalina y el pulso se le desbocó. Centró la serpiente en el punto de mira.
Respiró hondo, inspiró al contar hasta cuatro, aguantó la respiración otros cuatro y espiró durante cuatro más, un ejercicio que solía hacer para controlar el ritmo cardiaco. Desde el punto de vista racional, Mary sabía que, aunque el animal era mortífero, ella quedaba fuera de su rango de ataque. En todo caso, la realidad era que a su lado irracional, instintivo, no le gustaba la idea de estar ahí, incluso a una distancia segura de la muerte.
Se preparó para disparar y, por un instante, pensó en su marido. Ese pensamiento la desconcertó, así que lo apartó de su mente. Luego empujó con suavidad la culata de la escopeta contra su hombro, se fundió con su herramienta, soltó aire y apretó despacio el gatillo hasta que el extremo del cañón estalló en un rugido ensordecedor. Por un instante, cuando el perdigón levantó el polvo del camino y el animal saltó con violencia en el aire para caer después, Mary la perdió de vista.
—Buen disparo —gritó Nellie—. ¡Le has arrancado la cabeza!
El cuerpo sin cabeza de la serpiente se retorció en balde, con los nervios y músculos activados por la confusión, sin darse cuenta de que el cerebro que los dirigía se encontraba a varios metros de distancia. Mary dio un paso cauteloso hacia delante para mirar más de cerca. Su disparo había volado la mayor parte de la cabeza de la serpiente y cortado un trozo del extremo de la cola.
La rápida torsión de los restos del largo cuerpo de la serpiente, combinada con el olor a pólvora, le recordó a un cabello quemado.
Para quedarse tranquila, sacó una pequeña pala plegable del coche, cavó un hoyo en el lateral del camino y cogió los restos de la serpiente con el fin de enterrarla. La cabeza de una serpiente muerta sigue siendo muy venenosa.
Matar las serpientes de cascabel del viñedo se daba por sentado. Su abuela Nellie le había contado muchas veces a Mary cómo había aprendido esa lección por las malas.
La primera vez que Nellie había visto una serpiente de cascabel en sus tierras, estaba a la vista y tranquila, tomando el sol en una roca justo en la parte exterior de la valla blanca que separaba la casa principal del resto de la finca. En esa época acababa de llegar a Texas y era propietaria del viñedo desde hacía menos de un mes. En palabras de la propia Nellie, entonces era bastante ingenua, muy comprometida con muchas causas.
Miró con admiración a la pequeña, gruesa y fea serpiente de cascabel desde la distancia y la dejó en paz. «Vive y deja vivir», pensó.
Más o menos una semana después, la misma serpiente siguió la trayectoria del sol alrededor de la casa y decidió calentarse cerca de los cubos de basura, todavía por fuera de la valla blanca. Por desgracia, Nellie sacó la basura y no se percató de la presencia de aquella pequeña criatura. Tiró dos bolsas en el cubo y puso la tapa de plástico con un golpe fuerte. Al hacerlo, las vibraciones seguramente asustaron a la serpiente. Justo después de cerrar el cubo, Nellie escuchó cerca ese característico siseo que nadie quiere oír; demasiado cerca.
Allí estaba ella, de pie, en pantalones cortos y chanclas, a un metro de la serpiente. Durante un tiempo que a ella le pareció media hora, pero seguro que fueron cinco minutos, se quedó completamente quieta, lamentando no haberla matado la semana anterior. Por fin, el reptil decidió que no existía amenaza alguna y se desenrolló despacio y se alejó de ella.
Cuando la serpiente estuvo lo bastante lejos como para no ser un peligro, Nellie corrió de vuelta a casa. Regresó con botas camperas y armada con una pala de mango largo, con la cual golpeó y descuartizó al animal hasta matarlo. Este encuentro le enseñó una valiosa lección sobre las serpientes y la importancia de llevar un calzado adecuado en Texas. A partir de entonces, cada vez que salía de casa, Nellie siempre llevaba en la cadera un revólver Colt 45 cargado con las balas necesarias, por si la sorprendía una serpiente de cascabel.
Mary vació los cartuchos restantes de la escopeta y la colocó en su sitio. No había disfrutado matando a la serpiente; era cuestión de supervivencia. Al volver a subirse al UTV, su abuela dijo lo que decía siempre que mataban una.
—Odio que haya que hacerlo, Mare. Odio matar serpientes de cascabel. Pero…
—Lo sé, abuela —la interrumpió Mary, y terminó la frase por ella—: La serpiente que no matas hoy te puede matar mañana.
6
Esa misma tarde, ambas mujeres fueron a la ciudad a por algo especial para la cena. Como era agosto y hacía mucho calor, decidieron comprar los ingredientes para una ensalada con queso azul y carne desmenuzada de cerdo frita.
En la sección de frutas y verduras, Mary se fijó en un nuevo producto.
—Mira esto —dijo. Tenía en la mano una lata de dátiles secos procedentes de Israel—. Jingle bells, jingle bells, jingle all the way —cantó—. ¿Oyes las campanas?[12]
—¿Quieres que hagamos bolitas de nieve? —El rostro de Nellie se iluminó.
Mary asintió sonriendo de oreja a oreja.
Cada Navidad, Nellie hacía gran cantidad de dulces con forma de bolitas de nieve para regalar a clientes, amigos y vecinos. Era una receta familiar, heredada de su madre, Laura. El proceso comenzaba hirviendo a fuego lento en una sartén de hierro fundido gran cantidad de dátiles picados, nueces, azúcar y mantequilla hasta que la mezcla tuviera la consistencia adecuada. Cuando se enfriaba lo suficiente como para amasarla, añadía un ingr
