1
La calle principal de la urbanización de chalés se iluminó con el azul de las sirenas. Uno de los Zetas frenó en la rampa del garaje y el otro derrapó en el jardín de entrada, llevándose por delante un rosal y una pequeña palmera. Los cuatro agentes —tres hombres y una mujer— salieron de los coches y fueron a aporrear la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
Ante la ausencia de respuesta, el más veterano dio un par de pasos atrás.
—Apartaos.
—¿No deberíamos pedir una orden? —titubeó su compañero.
—No hay tiempo para eso —respondió la agente con determinación.
Después de varias patadas, la cerradura cedió y la puerta quedó abierta de par en par, con el pomo incrustado en la pared de escayola. La luz intermitente que llegaba del exterior inundó el vestíbulo.
—¡Policía! ¡¿Hay alguien en casa?!
Desenfundaron sus pistolas y entraron alumbrando con sus linternas. Nada más llegar al salón, se quedaron paralizados al descubrir una mancha de sangre en el techo. La observaron en silencio durante unos interminables segundos, presintiendo que sería una noche difícil.
—Es arriba —dijo uno de ellos, como si sus compañeros necesitasen esa información para atar cabos.
—Habría que avisar al Grupo Especial de Operaciones...
—La víctima todavía podría seguir viva —dijo el que había abierto la puerta negando con la cabeza.
Subieron por la escalera intentando recordar cuál era el protocolo en ese tipo de situaciones. Pero cuando de la teoría se pasa a la acción real, uno se olvida de todo.
Al entrar en el dormitorio, encontraron la explicación a los gritos pidiendo auxilio que había denunciado una vecina; en el suelo, boca abajo, en medio de un charco de sangre, yacía el cuerpo sin vida de Andrea Montero. Aunque todavía no había empezado a descomponerse y apenas desprendía un ligero olor metálico, bastó para que al agente más joven se le revolvieran las tripas.
—Informaré a la central —atinó a decir antes de salir a buscar un lugar donde echar la cena sin contaminar la escena del crimen.
La agente, con algo más de aguante que su compañero, le dio la vuelta al cadáver y descubrió una imagen que tardaría tiempo en borrar de su memoria: la cara era un coágulo de sangre y no se distinguían las facciones; bien podría ser una chica de veinte años o una mujer de cincuenta. Por una foto que había sobre la cómoda, dedujo que tendría unos cuarenta. Le tomó el pulso sin ninguna esperanza de encontrárselo y vio que, aparte de las al menos cinco cuchilladas en diferentes partes del cuerpo, tenía marcas defensivas en manos y brazos, y un corte en el cuello que le había seccionado la yugular y que sin duda fue lo que le causó la muerte.
—Hijos de puta —dijo apretando los dientes con rabia.
—¡Aquí! —gritó el joven agente que había salido unos segundos antes—. ¡No se mueva! ¡Las manos en la cabeza!
Sus compañeros corrieron hacia el lugar del que procedían los gritos. En medio de la habitación contigua había un hombre de mediana edad arrodillado, la típica persona que pasaría desapercibida en cualquier lugar, con rasgos demasiado comunes y cara de buena gente, alguien a quien los vecinos seguramente describirían como muy educado y agradable, incapaz de matar una mosca. Pero la primera impresión que los policías se llevaron de él decía todo lo contrario: tenía la ropa, la cara y las manos manchadas de sangre. Parecía en estado de shock, como si no comprendiera qué sucedía ni por qué habían tomado su casa. A su lado, en el suelo, había un cuchillo de trinchar ensangrentado. Uno de los agentes lo apartó de una patada al entrar en la habitación.
—¿Qué está pasando? —preguntó paseando la mirada por aquellos policías que le apuntaban con sus armas.
—¡Las manos en la cabeza, no se lo volveré a repetir!
El hombre consideró que era mejor obedecer y, en cuanto sus dedos se entrelazaron por detrás de la nuca, los agentes le cayeron encima y lo esposaron.
Al día siguiente, los informativos dirían que Andrea Montero había sido la trigésimo séptima mujer asesinada a manos de su pareja en lo que iba de año.
UN AÑO DESPUÉS
2
La inspectora de Homicidios Indira Ramos examina el vaso de zumo con detenimiento, buscando alguna marca que le haga sospechar que no está tan limpio como debería. La camarera se arma de paciencia ante una escena que se repite todos los domingos desde hace casi medio año.
—¿Qué? ¿Está a su gusto o no está a su gusto?
—El vaso lo has lavado a mano con jabón neutro, ¿verdad?
—Sí, señora... —responde harta—, igual que los cubiertos, el plato y la taza de café. ¿No cree que va siendo hora de que confíe en mí?
En lo relativo a la higiene, Indira no confía ni en la camarera ni en nadie, y eso que cuando su psicólogo le puso como ejercicio obligatorio salir a desayunar una vez a la semana, eligió esa cafetería porque es la más limpia que encontró, a pesar de que está en la otra punta de Madrid. Cuando a una le han diagnosticado un TOC (un trastorno obsesivo-compulsivo que le impide tener un comportamiento medianamente normal), cualquier precaución es poca.
—Gracias, Cristina —responde al fin.
La camarera fuerza una sonrisa y vuelve tras la barra. Indira limpia con una servilleta la tarrina de mantequilla y la abre para extenderla sobre el cruasán a la plancha. Es uno de los pocos caprichos que se permite en toda la semana y quizá no debería, pero ya le sobraban siete kilos antes de empezar con esa rutina. Debe de ser el aire lo que le engorda, porque si no, no se lo explica. Menos mal que, aparte de ese ligero sobrepeso, también tiene unas facciones lo suficientemente bonitas para permitirse ir con la cara lavada porque, como tantas otras cosas, el maquillaje le da alergia. Lo que empieza a preocuparle son las canas. A sus treinta y seis años, todavía son pocas y consigue mantenerlas a raya, aunque por si acaso, más por higiene que por moda, lleva el pelo corto. El problema llegará cuando tenga que teñirse: está convencida de que el tinte le producirá una terrible erupción cutánea.
Apenas se ha llevado el primer trozo de cruasán a la boca cuando suena su móvil. Lo ignora, pero la insistencia de su joven ayudante, Lucía Navarro, finalmente le obliga a contestar.
—¿Tú no sabes que hoy es domingo, Navarro?
—Los asesinos no entienden de festivos, jefa.
Antes de acercarse a hablar con el forense y con los de la Policía Científica, la inspectora Ramos se pasea por delante de los curiosos que se han congregado alrededor del Estanque Grande del Buen Retiro, convencida de que entre ellos está el asesino. En muchos de los libros de criminología que ha devorado a lo largo de su vida aseguran que es cierto que algunos homicidas acostumbran a volver al lugar de los hechos, que no es solo un recurso sin fundamento que utilizan con frecuencia escritores y guionistas. Hay asesinos que vuelven para comprobar que el cadáver es rescatado tal y como llevan fantaseando desde que lo depositaron en el sitio donde debe ser encontrado. A algunos les da morbo, otros simplemente quieren asegurarse de que no han cometido algún error por el que vayan a cogerlos. Lo malo es que un domingo por la mañana hay allí demasiada gente congregada y la inspectora no logra distinguir nada más incriminatorio que gestos de sorpresa, de repugnancia y de curiosidad.
Todavía está a diez metros de la cinta policial que mantiene a los domingueros alejados del cuerpo y ya siente el profundo rechazo de sus compañeros, miradas reprobatorias que la señalan como una traidora capaz de delatar a otro policía por colocar la prueba que llevaría a un hijo de puta a la cárcel. Siete meses después de aquello, el hijo de puta sigue en la calle y a la inspectora Ramos le cuesta un triunfo encontrar algo de comprensión y respeto.
Pero ¿qué le vamos a hacer? Ella ha sido así desde que nació, le viene de serie una impopular rectitud que siempre le ha causado problemas: cuando en el recreo pegaban a alguien, solo tenían que preguntarle a ella para que señalase a los culpables; cuando en el instituto un profesor se ausentaba durante un examen, solo necesitaba pedirle a Indira que vigilara. Quizá entonces se empezó a fraguar su vocación, pero nunca se sintió traidora ni chivata por denunciar a quien incumplía las reglas.
«Haber estudiado hasta las cinco de la mañana como hice yo anoche y no tendrías que copiar, gilipollas».
Esa integridad y sus numerosas manías la alejan de ser una policía querida en su comisaría. Cuando pasa junto al agente que custodia la zona, no puede evitar fijarse en que lleva un faldón de la camisa por fuera del pantalón. Intenta morderse la lengua, pero es superior a sus fuerzas.
—Perdona, ¿podrías colocarte bien la camisa, por favor?
El agente la mira con suficiencia y, en lugar de la camisa, opta por colocarse las gafas de sol empujando el puente con su dedo anular.
La inspectora está más que acostumbrada a ese tipo de reacciones y se limita a perdonarle la vida con la mirada y a sacar de su bolso unos guantes de silicona el doble de resistentes que los que le dan en comisaría y una mascarilla FFP3 con válvula de exhalación, por lo que pueda pasar.
El forense está agachado junto a una maleta abierta. Indira llega a su lado y no puede evitar apartar la mirada al descubrir que, en su interior y rodeado de discos de pesas como los de los gimnasios, se encuentra el cuerpo de una mujer de mediana edad en una posición imposible, desnudo e hinchado grotescamente. Aunque lleva ya más de diez años en Homicidios, hay cosas a las que no consigue habituarse.
—Inspectora. —El forense saluda con un gesto de cabeza y la rutina dibujada en sus ojos, como si esa misma mañana ya se hubiera enfrentado a tres policías chivatos y a otros tres cadáveres en condiciones similares.
—¿Qué tenemos?
—Mujer de unos cuarenta y cinco años. Por el estado del cadáver diría que lleva muerta alrededor de dos semanas. Murió a causa de un disparo. —Le retira el pelo y le muestra un agujero redondo con los bordes blancos, una herida sin sangre—. Después la tiraron al fondo del estanque, seguramente esperando que nadie la encontrase hasta que volvieran a vaciarlo, pero debido a los gases la maleta ha subido a la superficie.
—¿Es que la gente ya no ve series para saber que a los cadáveres en el agua hay que abrirlos en canal si no quieres que floten?
El forense se encoge de hombros y sigue con su trabajo. La joven agente Lucía Navarro se acerca, diligente.
—Buenos días, jefa.
—Eso según para quién.
La inspectora la mira de arriba abajo, examinándola. Navarro, acostumbrada a sus excentricidades, aguanta paciente mientras piensa que menos mal que su jefa no tiene rayos X en los ojos para darse cuenta de que el sujetador y las bragas son de conjuntos distintos. Finalmente, la inspectora Ramos le quita una mota de polvo de la chaqueta y ya puede centrarse en el caso.
—¿Qué has averiguado?
—El cadáver fue hallado a primera hora de la mañana por un grupo de corredores. Al ver una maleta en la orilla, la abrieron y se encontraron el percal. No hay rastro de su documentación y tampoco tenía pulseras, cadenas o tatuajes que puedan ayudarnos a identificarla.
—Y supongo que el estado del cadáver dificultará hacerlo a partir de las huellas dactilares. Hay que comprobar las denuncias por desaparición del último mes.
—El oficial Jimeno ya está con ello.
—¿Esto tiene mucha profundidad? —pregunta la inspectora oteando el contorno del estanque.
—Medio metro en la parte que menos cubre y casi dos en la que más.
—O sea, que el asesino quería que encontrásemos a la víctima.
—O vio la oportunidad para deshacerse del cadáver y la aprovechó.
—No... —La inspectora Ramos niega con la cabeza—. Nadie con dos dedos de frente tira un muerto en un estanque tan poco profundo pretendiendo que desaparezca para siempre.
—A lo mejor es idiota.
—Puede que sí... pero para traer esa maleta hasta aquí sin que nadie te vea se necesita algo de planificación. Sabía lo que hacía y sabía que al cabo de dos semanas subiría como una boya.
—¿Entraría por la noche?
—Seguro. Hay que pedir las grabaciones del ayuntamiento y de las tiendas de los alrededores. ¿Cuál es la calle más cercana?
—O’Donnell, Menéndez Pelayo y Alfonso XII quedan más o menos a la misma distancia.
—Probablemente ya hayan borrado los vídeos después de tanto tiempo, pero pasaos por todos los comercios con vigilancia y aseguraos.
—Como es domingo, la mitad estarán cerrados.
—Pues id a los que estén abiertos.
Navarro asiente, procurando no contrariar a su maniática jefa, y se marcha a hablar con los dueños de los comercios. Un estallido seco seguido de un olor nauseabundo que atraviesa su mascarilla hace que la inspectora se vuelva hacia la maleta. La visión no puede ser más repugnante: el cadáver está expulsando por el vientre un chorro de sangre mezclada con un líquido amarillento que el forense trata de contener con las manos.
—¿Qué ha pasado? —pregunta horrorizada.
—Que los gases ya han encontrado por dónde salir —responde el forense con cara de circunstancias.
—Qué asco, por favor. No voy a poder librarme de este olor en una semana.
—Cómprate gel de café.
El hedor no tarda más que unos pocos segundos en llegar a los curiosos, que empiezan a taparse la nariz y la boca con sus prendas de ropa y a abandonar el lugar entre arcadas y toses, como cuando los miembros de la secta japonesa Verdad Suprema liberaron gas sarín en el metro de Tokio. La inspectora los observa sin perder detalle, pensando que tal vez el culpable no tenga tantos escrúpulos y quiera aguantar hasta que termine el espectáculo, pero allí no queda nadie.
—Ya sabemos cómo ahuyentar a los curiosos de la escena de un crimen —comenta el forense una vez que ha logrado contener el pestilente géiser con un tapón de gasas.
—Que el juez levante el cadáver de una vez.
La inspectora Ramos abandona el lugar oliéndose la ropa, convencida de que no hay desinfectante en el mundo que pueda quitarle ese olor de encima, y se marcha a casa a ducharse, a cambiarse y a lavarse las manos por tercera vez esa mañana hasta casi desollárselas.
3
El abogado Juan Carlos Solozábal, recién cumplidos los cuarenta, lleva dos días secuestrado, o al menos eso cree él; la débil luz que emite la bombilla del techo las veinticuatro horas le ha hecho perder por completo la noción del tiempo.
Se levanta del camastro con los músculos entumecidos tras tantas horas de inactividad y abre una de las botellas de litro y medio de agua que hay apiladas junto a una pesada puerta de metal. Nada más despertar, después de darse cuenta de que le habían drogado y trasladado a una especie de búnker de cinco metros cuadrados, sin ventanas y aislado del exterior por unos gruesos muros de hormigón ante los que de nada sirve gritar, encontró cuatro paquetes con seis botellas de agua cada uno, varias cajas con alimentos enlatados y un papel con una única palabra escrita: «Adminístrate». En ese aspecto está tranquilo, sabe que tiene más que suficiente para sobrevivir mes y medio; Juan Carlos tuvo una novia médico que siempre le repetía que no se necesita beber tanto como se dice, que mear transparente es casi tan malo como hacerlo marrón. Coge una lata de atún, tira de la anilla que retira la tapa y se queda mirando su filo, valorando si cortarse las venas y acabar con todo de una maldita vez. Está seguro de que se ahorraría muchos sufrimientos, pero su instinto de supervivencia se lo impide.
Al volver en sí, aturdido por la anestesia, pasó las primeras horas aporreando la puerta y suplicando que le dejasen salir, pero al no obtener respuesta, empezó a desesperarse. Cuando al fin le venció el agotamiento y la voz se le rompió, se miró las manos tumefactas por tanto golpe y se sentó en el catre a esperar resignado a que llegasen sus captores para machacarle. Tiene claro que, si sus sospechas sobre el motivo de su encierro son ciertas, jamás saldrá de allí con vida. Solo reza para que sea algo rápido, que no lo dejen en manos de Adriano; según le han contado, disfruta inventando nuevos métodos de tortura y se cabrea cuando sus víctimas se le mueren demasiado pronto.
Pero si algo le extraña en todo esto es haber encontrado junto a la puerta los víveres. ¿Por qué tomarse tantas molestias para mantenerlo bien alimentado cuando su vida ya no vale una mierda? Eso le hace tener la esperanza de que quizá se equivoque y no esté allí por lo que cree. Además, tampoco es normal llevar encerrado tantas horas sin que nadie lo haya visitado. Tendría sentido si pretendieran que se ablandase y empezase a temer por su integridad, pero sus supuestos captores son cualquier cosa menos sutiles.
4
Mientras espera a que llegue su equipo, la inspectora Indira Ramos lee el informe preliminar que le ha enviado el forense. No hay en él demasiados datos, pero sí los suficientes para empezar a crear un perfil tanto de la víctima como de su asesino. Mientras piensa en el caso, coloca en un perfecto orden cuanto hay sobre la gran mesa de reuniones, casi sin darse cuenta. Al terminar, parece que por allí haya pasado un batallón de solícitas secretarias de una Cumbre del G-20; entre un bolígrafo y otro hay la misma separación, los papeles están alineados con las esquinas de la mesa, y los vasos llenos de agua hasta el mismo punto y colocados frente a los respaldos de las sillas, que han quedado a justo diez centímetros de la mesa. La primera en llegar es la agente Lucía Navarro, que aparece comiéndose un trozo de empanada que ha traído una mujer de la limpieza desde Galicia. Indira la mira con una mezcla de angustia por las miguitas que le caen sobre la camisa y de envidia porque, aunque Lucía se pasa el día comiendo, su juventud y su constitución le permiten mantenerse en plena forma.
—Dime que has encontrado algo, Navarro...
—Ninguna de las cámaras que hay en la zona enfoca hacia la valla del parque, jefa —responde Navarro negando con la cabeza—. Aun así, he pedido las grabaciones de dos bancos y dos tiendas de ropa por si viéramos a alguien paseando con la maleta.
—No lo creo, pero hay que intentarlo.
Enseguida llega el subinspector Iván Moreno con aspecto de no haber dormido más que un par de horas, a pesar de que es lunes y casi nadie trasnocha los domingos. Si fuera por la inspectora, le echaría de su equipo de una patada en el culo, pero sabe que no encontrará a un policía con más instinto que él. Y la verdad es que, debido a la animadversión que ella suele provocar, tampoco es que tenga mucho donde elegir. Moreno, por su parte, está allí como castigo por la cantidad de cagadas que ha cometido. A pesar de cumplir con los requisitos necesarios para presentarse al examen de ascenso a inspector, tiene causas disciplinarias abiertas por enfrentamientos con su jefa que le impiden progresar en el escalafón. Sabe que debería controlarse, pero le resulta imposible reprimir el desprecio que siente por ella después de que fuera precisamente a su mentor y mejor amigo a quien Indira delatase meses atrás. De momento, y hasta que pueda hacérselo pagar, le basta con tocarle los cojones siempre que tiene ocasión. La inspectora sabe que Moreno tiene éxito entre sus compañeras, pero ella no ve ningún atractivo en su pelo despeinado y su barba de tres días. Además, le horroriza cómo viste; por muy a la moda que pueda ir, le parece un hortera integral. La irregularidad y cantidad de rotos de sus vaqueros le ponen de los nervios.
—¿Te has enganchado en una valla cuando venías hacia aquí?
Moreno le dedica una mirada desafiante, se sienta en su sitio y, fingiendo no darse cuenta, descoloca tanto sus papeles y bolígrafos como los de sus vecinos. La inspectora aparta la mirada, como si hubiera sido testigo del atropello de un cachorro de labrador.
Más tarde llegan la subinspectora María Ortega y el oficial Óscar Jimeno. Indira y María compartieron habitación durante su formación en la Academia de Ávila y, aunque no puede decirse que sean íntimas, aprendieron a respetarse. Su pelo rojo natural hace que le resulte imposible pasar inadvertida, pero ella se niega a cambiárselo aunque los delincuentes la vean llegar desde un kilómetro de distancia. Jimeno, por su parte, es un joven abogado, psicólogo y criminólogo. Todo lo que le falta de arrojo lo suple con un cociente intelectual a la altura de Albert Einstein. Desde niño quiso ser policía, pero estaba capacitado para ser juez, neurocirujano o ingeniero espacial, lo que le hubiese dado la gana. Como buen genio que es, el cuidado de su aspecto físico ha quedado en un segundo plano.
—Ya tenemos el informe preliminar del cuerpo hallado en el estanque del Retiro —dice Indira—. La ejecutaron con un calibre nueve después de romperle todos los dedos de la mano izquierda hace más o menos dos semanas.
—¿Un ajuste de cuentas? —pregunta la subinspectora Ortega.
—Tiene toda la pinta.
—¿Sabemos ya quién es? —pregunta el subinspector Moreno.
—¿Óscar?
Todos se vuelven hacia el oficial Jimeno. A pesar de su inteligencia —o tal vez a causa de ella—, la mayoría de la gente lo describiría como una persona torpe. Se pasa más de un minuto rebuscando entre sus papeles, subiéndose las gafas a intervalos regulares y sonrojándose por momentos debido a su tardanza.
—Por Dios... —La inspectora resopla—. Como después de todo esto digas que no sabes quién es, te vas a enterar.
—Sí lo sé, jefa... —responde el oficial, aliviado al encontrar por fin lo que buscaba—. No podría certificarlo al cien por cien, pero he analizado las probabilidades a partir de los datos que tenemos y las denuncias de desaparición del último mes y yo apostaría por Alicia Sánchez Merino, de cuarenta y tres años. Su marido denunció su desaparición hace doce días. Aquí tengo la copia de la denuncia.
—Ahora vamos tú y yo a hablar con él, María —le dice Indira a la subinspectora Ortega, haciéndose con el papel.
—En veinte minutos tengo que ir al juzgado a declarar por lo del apuñalamiento de Usera —responde la policía.
—Yo te acompaño, jefa... no sea que al detenerle te rompas una uña y entres en crisis —dice el subinspector Moreno, incisivo.
La inspectora Ramos le fulmina con la mirada mientras los demás se ocultan detrás de sus papeles, procurando no reírse.
—¿Sabemos algo de la maleta? —pregunta finalmente, intentando obviar el comentario.
—Es un modelo de Loewe de hace seis o siete temporadas —responde Jimeno—. Es muy caro, pero por ahí no creo que lleguemos a nada. Podría haberse comprado en cualquier sitio. En cuanto a las pesas que había dentro, son del Decathlon.
5
La inspectora Indira Ramos y el subinspector Iván Moreno suben en el ascensor de un lujoso edificio de oficinas cerca del estadio Santiago Bernabéu, sede del Real Madrid Club de Fútbol. Durante el ascenso hasta la última planta pueden admirarse varios de los seis kilómetros y medio que mide el paseo de la Castellana, una de las principales arterias que vertebra la capital de norte a sur; hacia el norte se distingue el Palacio de Congresos, con su gran mural de azulejería basado en un diseño original de Joan Miró, el edificio del Ministerio de Defensa, con sus cientos de monótonas ventanas, y la plaza de Cuzco. Hacia el sur el Corte Inglés, el distrito financiero de Azca —centro neurálgico de negocios de Madrid— y los Nuevos Ministerios, un enorme complejo de edificios gubernamentales que ocupan el lugar en el que, hasta 1933, estaba ubicado el Hipódromo de la Castellana.
—Para trabajar aquí hay que haber estudiado mucho o tener muy pocos escrúpulos, una de dos —dice Indira—. ¿Qué sabemos del marido?
—Miguel Ángel Ricardos, empresario de cuarenta y ocho años —informa el subinspector consultando su libreta—. Toca todos los palos: hoteles, restaurantes, salas de fiesta, concesionarios de coches... Tiene a su nombre un piso en Serrano, un chalé en Zahara de los Atunes y una finca en Jaén. Hace unos años fue investigado por Hacienda y le pusieron una multa de tres millones de euros, pero ya la ha pagado y ahora está limpio.
—Un tío con tanta pasta nunca puede estar limpio. ¿Y la mujer?
—Alicia Sánchez, hija única de un banquero de los de toda la vida. Menos propiedades que el marido, pero tampoco iba mal servida. Lo más destacable es un chalé en Sotogrande. Igual el marido se lo quiso quedar para él solo.
—Un marido no le rompe los dedos de una mano a su mujer antes de asesinarla.
Al abrirse las puertas del ascensor, una mujer está esperándolos. Si no fuera porque ella misma se presenta amablemente como la secretaria de Miguel Ángel Ricardos, la habrían tomado por una modelo que ha ido allí a hacer algún casting. Mientras la siguen a través de un largo pasillo enmoquetado y plagado de cuadros con motivos cinegéticos, el subinspector Moreno no puede evitar mirarle el culo hipnotizado. Al volverse hacia su jefa en busca de su complicidad, se encuentra con una mirada de profundo desprecio.
Un par de guardaespaldas que aguardan junto a una puerta de cristal traslúcido se ponen en tensión al ver acercarse a los policías, pero vuelven a relajarse cuando el señor Ricardos, con el pelo engominado y un traje de más de cinco mil euros, les hace pasar a un despacho con una decoración minimalista, pero que rezuma dinero por los cuatro costados.
—Buenos días —saluda estrechándoles la mano—. ¿En qué puedo ayudarles?
«¿Cómo que en qué puedo ayudarles?», piensa la inspectora Ramos. Alguien que ha denunciado la desaparición de su esposa días atrás debería tener claro que, si recibe la visita de la policía, por fuerza tiene que estar relacionado con ello.
6
En la improvisada celda de la jueza Almudena García, de cincuenta y nueve años, han dejado las mismas botellas de agua y cajas con alimentos que en la del abogado Juan Carlos Solozábal. Y sobre ellas, también una nota sugiriéndole que se administre. Pero, a diferencia del lugar donde permanece encerrado el abogado, este más que un búnker parece el despacho de una fábrica abandonada, con las paredes cubiertas de grafitis y la puerta y las ventanas selladas con muros de ladrillos y cemento. El zumbido de la solitaria bombilla del techo y el silbido de la rejilla de ventilación que hay encima del catre son los únicos sonidos que evitan que se encuentre completamente aislada.
La incertidumbre de no saber por qué se está retenido es peor aún que la falta de libertad, aunque la jueza tiene la vaga sospecha de que la han secuestrado por alguna de las sentencias que ha dictado a lo largo de su carrera. Es lo que pasa cuando lo peor de la sociedad te odia visceralmente: en los últimos años le han avisado al menos en tres ocasiones de que planeaban atentados contra ella en alguna cárcel. Almudena sabe que no siempre ha sido todo lo justa que requería su cargo, que a veces la vida y la experiencia la han llevado a dictar sentencia obedeciendo más al corazón que a la razón. Pero cuando tienes ante ti a alguien que irradia culpabilidad, aunque no pueda demostrarse más allá de la famosa duda razonable, es inevitable ejercer el poder que te ha sido otorgado. Ella sospecha que ha enviado a más de un inocente a la cárcel, pero el sistema no es perfecto y en su fuero interno está convencida de que, aun siendo una desgracia, eso es mucho mejor que dejar a culpables en la calle.
Aunque lo que a ella le quita el sueño no es lo sucedido dentro de los juzgados, sino alrededor de una mesa de juego. La jueza Almudena García tiene un secreto que condiciona su vida desde la primera vez que echó el cambio del café en una máquina tragaperras y que, de conocerse, acabaría con su carrera fulminantemente. En aquel momento no estaba pasando por una buena racha: acababa de separarse de su marido debido a una infidelidad de este, no lograba controlar a su hijo adolescente y en el juzgado llevaban un retraso de meses, con decenas de acusados a punto de agotar la prisión preventiva. Almudena encontró una escapatoria a tanta presión en la repetitiva y estridente musiquita que salía de la máquina colocada junto a la puerta del bar donde desayunaba a diario. Al principio lo tomaba como un simple desahogo, algo inocente y hasta cierto punto excitante, aunque pronto se convirtió en una obsesión con la que soñaba día y noche y que la llevaba a conducir decenas de kilómetros para encontrar un bar donde nadie la conociera, donde le dieran exactamente igual las miradas condescendientes y los cuchicheos a sus espaldas. Pero aquello solo fue el principio.
7
Miguel Ángel Ricardos aguarda en la sala de interrogatorios mientras la inspectora Ramos y su equipo lo observan a través de las cámaras de vigilancia. Después de identificar positivamente el cadáver de su esposa, ha accedido a acudir a la comisaría para responder a unas preguntas rutinarias. Al principio le pareció una buena idea para disipar sospechas. Ahora, cuando ya lleva esperando media hora, empieza a pensar que no debería habérselo puesto tan fácil a esa inspectora. La forma de hablarle y de mirarle cuando lo visitó en su oficina enseguida le hizo comprender que ella no era de las que se dejan engañar, y mucho menos sobornar.
—No parece muy nervioso —apunta el oficial Óscar Jimeno—. Y un hombre que ha matado a su mujer y va a ser interrogado por la policía tendría que estarlo.
—Deberíamos empezar antes de que se arrepienta de no querer llamar a su abogado, ¿no? —comenta la agente Navarro.
La inspectora asiente pensativa y se dirige a la subinspectora María Ortega.
—Entra conmigo.
—Lo siento, pero si he ido yo a su oficina, también me toca interrogarlo —dice el subinspector Moreno, y se dirige a la sala de interrogatorios sin esperar la aprobación de su jefa.
A Indira cada vez le cuesta más contenerse ante los desplantes de Moreno y decide que tiene que cortarlos en seco. En cuanto cometa algún error, no dudará en redactar un informe negativo, otro más. Solo debe esperar.
El oficial Óscar Jimeno se ha equivocado en una cosa: el sospechoso sí está nervioso, pero sabe disimularlo. La inspectora se da cuenta porque, a pesar de que el aire acondicionado está a tope, una gota de sudor recorre el nacimiento de su pelo hasta perderse en su barba perfectamente cuidada.
—¿Debería llamar a mi abogado? —pregunta Ricardos en cuanto ve entrar a los policías, tratando de mostrarse tranquilo.
—Está en su derecho, pero depende de si es usted o no culpable —responde el subinspector Moreno—. Si no lo es, dentro de unos minutos podrá marcharse a casa.
—¿Mató usted a su mujer, señor Ricardos? —La inspectora empieza fuerte.
—¡Por supuesto que no! —responde indignado—. Yo la quería. Era la madre de mis hijos.
—¿Qué edad tienen sus hijos?
—Doce y ocho años. Y por cierto, debería estar con ellos en este momento. No sé cómo reaccionarán cuando se enteren de lo ocurrido.
—¿No había empezado a prepararlos?
—Tenía la esperanza de que Alicia regresara sana y salva.
—¿Sabe quién podría querer verla muerta?
La mirada de Miguel Ángel Ricardos se nubla durante una milésima de segundo, lo suficiente para que los policías sepan que van bien encaminados.
—¿Le repito la pregunta, señor Ricardos?
—No, no es necesario. En los ambientes en los que yo me muevo no es difícil crearse enemigos. Supongo que muchas personas querrían hacerme daño, y no me extrañaría que lo intentasen a través de mi esposa o mis hijos.
—¿A qué se dedica usted exactamente?
—Compro empresas, las desmantelo y las vendo después por partes.
—De todas las personas a las que ha jodido, ¿cuál sería capaz de matar a su esposa?
—No creo que deba acusar a nadie sin pruebas.
—Verá, señor Ricardos... —La inspectora le clava la mirada—. Si nos oculta información sobre un asesinato, como mínimo podríamos acusarle de encubrimiento, así que yo en su lugar empezaría a contar todo lo que sepa.
Las gotas de sudor dejan de ocultarse en el contorno del pelo y empiezan a bajarle directamente por la frente hasta la punta de la nariz. Cuando una de ellas cae sobre la mesa, para la inspectora Ramos ya no existe nada más.
—Ve a buscar un pañuelo —le dice muy nerviosa a Moreno.
—No creo que sea el momento, inspectora.
—Va a poner la mesa perdida, joder. —Ramos se bloquea al constatar que ya son tres las gotas que han caído sobre la mesa.
Moreno se baja la manga de la camisa y limpia el charco de sudor ante la mirada de asco de su jefa y la estupefacción del sospechoso, que no entiende nada.
—Entonces, ¿qué? —dice el subinspector Moreno retomando el interrogatorio—. ¿Va a contarnos lo que sabe o le acusamos formalmente?
—Será mejor que llame a mi abogado —responde finalmente Miguel Ángel Ricardos, entre la espada y la pared.
Que los abogados todo lo complican es una realidad, pero el del millonario es un auténtico grano en el culo. Interrumpe cada pocos segundos para protestar por la forma, el fondo o la intención de las preguntas, y cuando los policías por fin la formulan a su gusto, recomienda a su cliente que responda a medias, de la manera más neutra posible. Tras más de una hora de interrogatorio fallido, la inspectora Ramos se harta y da una fuerte palmada en la mesa.
—¡Basta ya, abogado! Si su cliente no contesta a nuestras preguntas, pasará a estar en condición de detenido, se le trasladará a una celda y mañana volveremos a intentarlo. Pero le aseguro que terminará hablando.
El abogado se dispone a protestar una vez más, pero el empresario lo detiene, dándose por vencido.
—Está bien, Felipe. Será mejor que les cuente lo que sé.
—¿Estás seguro, Miguel Ángel? —pregunta el letrado con gravedad, más preocupado por las posibles represalias que por las consecuencias legales.
—Ya han matado a Alicia y no creo que vayan a detenerse ahí.
—¿Quién ha matado a su esposa, señor Ricardos? —le presiona la inspectora.
El señor Ricardos se lleva el vaso de agua a los labios, tembloroso. Por primera vez desde que fueron a visitarle la inspectora Ramos y el subinspector Moreno, ha dejado de disimular. Cuando un culpable se ve descubierto, suele experimentar un profundo alivio al no tener que seguir mintiendo: o eres un psicópata de manual, o el haber matado a alguien pesa sobre la conciencia de cualquiera. Lo que ahora siente el viudo es un miedo profundo ante lo que se dispone a contar.
—Una de las empresas que compré el año pasado pertenecía a un colombiano llamado Walter Vargas. Lo que yo no sabía en aquel momento es que se trataba de una sociedad dedicada a blanquear dinero del narcotráfico. Cuando quise dar marcha atrás a la operación, ya era demasiado tarde y el señor Vargas consideró que debía indemnizarle por haberle arruinado el negocio.
—¿Cuánto dinero le reclamaba?
—Cinco millones de euros.
Los policías cruzan una mirada, impresionados.
—Como comprenderán —continúa Ricardos—, me negué a pagar. Le ofrecí un cuarto de millón por los inconvenientes que le había causado, pero el señor Vargas no se quedó conforme y me amenazó con hacerle daño a mi esposa y a mis hijos.
—Y sabiendo a qué se dedica ese tal Vargas, ¿no les puso protección?
—Claro que sí. Todos los miembros de mi familia tenemos seguridad las veinticuatro horas, pero mi esposa aprovechó una visita a un centro comercial para despistar a los dos guardaespaldas que siempre la acompañaban.
—Lo que no entiendo —interviene el subinspector Moreno— es por qué querría su esposa quedarse sola cuando sabía que podían hacerle daño.
El señor Ricardos mira a su abogado, que ya se ha rendido al pensar en lo que supone la declaración de su cliente y termina encogiéndose de hombros.
—Ya que has empezado, cuéntaselo todo.
—Mi esposa tenía un amante desde hacía más de un año, cuando descubrió que yo me acostaba con mi secretaria. Desde entonces hacíamos vidas separadas aunque siguiésemos viviendo juntos. Al empezar todo esto tuvo que dejar de verle y supongo que le resultó demasiado duro. Cuando ya no aguantó más, cometió una locura.
—¿Cómo se llama el amante de su mujer?
—Rodrigo Blanco. Es el profesor de natación de nuestros hijos, pero les aseguro que no tiene nada que ver con esto.
8
Noelia Sampedro, de veintidós años y con aspecto de modelo de Victoria’s Secret, golpea regularmente las tuberías con una lata de espárragos. No pierde la esperanza de que alguien en el exterior oiga el ruido y descubra que lleva encerrada en ese lugar desde el sábado por la noche. En su caso, se trata de una especie de duchas comunitarias con las paredes cubiertas de unas baldosas que algún día fueron blancas. Al igual que en la celda de la jueza Almudena García, la puerta de acceso está tapiada con un muro de ladrillos y cemento y del techo cuelga una bombilla que emite una débil luz. Por el zumbido constante procedente del exterior, parece estar conectada a un pequeño generador. Noelia reza para que no se detenga y se quede completamente a oscuras.
Cuando se pasó el efecto de la droga que le suministraron en el aparcamiento de un lujoso hotel del centro de Madrid, temió que la hubiesen secuestrado para abusar de ella, o incluso para venderla a alguna de las numerosas redes de tráfico de mujeres que aún hoy siguen activas en España. Pero en cuanto vio las cajas de alimentos enlatados y las botellas de agua junto a aquella nota, se dio cuenta de que eso tenía un significado muy distinto al que se había imaginado en un principio, que el secuestro nada tiene que ver con ninguna red de trata de blancas que surte de prostitutas a las decenas de miles de burdeles que hay repartidos por Europa.
Hace un esfuerzo para no seguir dándole vueltas a lo mismo, pero es inevitable preguntarse qué hace allí, y más cuando las horas se eternizan en un lugar donde no hay nada que hacer salvo enloquecer por momentos.
Al despertar después de cada cabezada, la falta de estímulos y la inestable intensidad de la bombilla del techo hacen que Noelia no sepa si han pasado quince minutos o tres horas, pero de manera rutinaria vuelve a golpear las tuberías. En algún momento serán las cuatro de la tarde o de la mañana y tal vez despierte a alguien que quiera averiguar el origen de un ruido tan molesto. Al cabo de un rato se da cuenta de que la cadencia de sus golpes puede hacer pensar a quien los oiga que se trata simplemente de un ruido mecánico sin ningún significado. Ahora lamenta no haber aprendido a comunicarse en código morse aquella tarde, cuando acababa de cumplir quince años y su primo Javi quiso enseñárselo.
Pero, a cambio, aprendió otras cosas.
9
El anciano Ramón Fonseca recorre la Gran Vía madrileña mirándolo todo con curiosidad. Es la primera vez que pasea por ella a pesar de que hace ya un año que se trasladó a Madrid desde Málaga, cuando detuvieron a su hijo Gonzalo por haber acuchillado a su nuera hasta matarla. Pero la mayor parte del tiempo lo ha pasado dejando que su carácter se agrie un poco más cada día en los alrededores de los juzgados de la plaza de Castilla, muy cerca de donde una vez por semana coge el autobús que le lleva al Centro Penitenciario Madrid II, en Alcalá de Henares. Todo le suena de haberlo visto por televisión, pero quería verlo en persona antes de quitarse de en medio para siempre. Lo que no se imaginaba es que en la famosa Gran Vía habría tanto trasiego de gente.
«¿Adónde coño irán?».
Se detiene a ver el espectáculo de unos chicos a los que rodean medio centenar de personas. Practican esa lucha brasileña tan extraña en la que no se tocan un pelo, la capoeira. Supone que, cuando haya que luchar de verdad, no se andarán con tantos remilgos. Dos chicos y una preciosa chica con sus mochilas de libros al hombro se colocan a su lado. El menos agraciado de los dos observa a uno de los luchadores, que da brincos y lanza patadas al aire a una velocidad endiablada.
—Ese sordomudo es un poco excesivo, ¿no?
La chica le mira sorprendida y estalla en carcajadas. El otro chico, el guapo, sonríe por compromiso, tratando infructuosamente de entender el chiste. Si ella es lista, no dudará sobre con cuál de los dos quedarse.
—Perdonad —les interrumpe el anciano—, ¿podríais decirme dónde queda el Congreso de los Diputados, por favor?
—Siga un poquito más por la Gran Vía hasta llegar al hotel de Las Letras —responde la chica con amabilidad, señalándole el camino—, ahí tire a la derecha hasta la calle Alcalá, la cruza, siga hasta la Carrera de San Jerónimo y a la izquierda lo encuentra. No tiene pérdida.
—Muchas gracias.
Ramón deja a los brasileños haciendo piruetas mitad en el aire y mitad en el suelo y sigue las indicaciones de la chica. El Congreso es algo menos imponente de lo que se imaginaba, pero los leones de la entrada, Daoiz y Velarde —llamados así en honor a los héroes del levantamiento del 2 de Mayo—, son verdaderamente majestuosos. A unos metros hay varias reporteras junto a sus respectivos cámaras, ellas memorizando el texto que dirán en la siguiente conexión en directo y ellos trasteando con el móvil. El anciano se acerca a una periodista que le suena de haberla visto en la tele y aguarda a que termine de ensayar. La reportera se incomoda ante la mirada de resentimiento del viejo y le hace una seña con disimulo a su cámara.
—¿Necesita algo, jefe?
—Las noticias empiezan a las tres, ¿verdad?
—De toda la vida... —El cámara mira su reloj—. Exactamente dentro de quince minutos.
—Gracias.
Ramón Fonseca toma un pincho de tortilla y un vaso de vino frente a la tele de un bar cercano al Congreso. El informativo arranca con las fotos de tres personas. Son un hombre y dos mujeres con sus respectivos nombres, ocupaciones y edades debajo de cada una de sus caras: Juan Carlos Solozábal, abogado, cuarenta años; Almudena García, jueza, cincuenta y nueve años; Noelia Sampedro, estudiante, veintidós años.
«La Policía sigue sin hallar pistas sobre los tres desaparecidos, aunque su documentación y sus teléfonos móviles se han encontrado en una bolsa en el aparcamiento del hotel donde fue raptada la más joven de los tres, lo que confirmaría que los secuestros son obra de una misma persona».
Ya en el plató, el presentador mira a su compañera.
«—¿Qué novedades tenemos?
»—Prácticamente ninguna, y eso es lo que tiene desconcertados a los investigadores. Se trata de una jueza, un abogado y una estudiante desaparecidos entre el sábado y el domingo por la noche en circunstancias similares. La policía está estudiando si los dos primeros trabajaron en algún caso en común, pero lo que es una incógnita es la chica.
»—Estaremos muy atentos en las próximas horas. Un nuevo caso de corrupción ha sacudido a la clase política...
Ramón Fonseca paga su consumición y vuelve a la calle. Pasa junto a la reportera y el cámara, que ya están recogiendo para marcharse, y se acerca a unos policías —un hombre y una mujer— que charlan junto a la entrada del Congreso.
—Disculpen que les interrumpa, agentes.
—Buenas tardes, caballero —dice ella con amabilidad—. ¿En qué podemos ayudarle?
—Quiero entregarme.
—¿Entregarse? —pregunta el policía sin tomárselo demasiado en serio—. ¿Y qué se supone que ha hecho?
—Esas tres personas de las que hablan en las noticias...
—¿Sí?
—... las he secuestrado yo.
—No debería bromear con eso, señor —dice la policía frunciendo el ceño.
—No bromeo. Aquí tienen las fotografías que prueban lo que digo.
Ramón Fonseca saca del bolsillo de su chaqueta tres fotos en las que aparecen los secuestrados drogados y tumbados en los catres de tres celdas diferentes. Los policías se miran, perplejos.
10
Mientras esperan a que el juez tramite la orden de detención contra el colombiano Walter Vargas como sospechoso del asesinato de la maleta en el parque del Retiro, la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega deciden ir a hablar con Rodrigo Blanco —el supuesto amante de la víctima, Alicia Sánchez— a la piscina municipal Huerta Vieja, en Majadahonda, a unos veinte kilómetros de Madrid. El encargado de mantenimiento, un hombre con barba de hípster que está concentrado en escribir a mano una obra de microteatro, mira a las policías de arriba abajo, más molesto porque le interrumpan en plena inspiración que impresionado por las placas que le enseñan.
—¿Van a detener a Rodri? Si es muy buen chaval...
—No vamos a detener a nadie, solo queremos hablar con él.
—Pues entonces vayan por las gradas, aunque ahora no sé si podrá atenderlas. Creo que está con bebés en la piscina pequeña.
Las dos policías atraviesan una puerta de cristal y llegan a las gradas, prácticamente vacías un lunes a la hora de comer. Por las tardes deben de estar llenas de los padres y, sobre todo, de los sufridos abuelos de los nadadores, que recargarán todavía más el ya de por sí caluroso ambiente. Detrás de un muro que separa una piscina de veinticinco metros y seis calles donde nadan una docena de personas guiadas por tres monitores, hay otra más pequeña, en la que está Rodrigo Blanco con cuatro bebés y sus madres. El chico, de uno ochenta de estatura, moreno, con dentadura blanca y un cuerpo definido sin un gramo de grasa, sonríe a las madres y a sus hijos por igual, aunque parece caerle mejor a ellas.
—Joder... —dice la subinspectora Ortega—. Alicia Sánchez no tenía mal gusto.
—Yo no me acostaría con ese en la puta vida —responde la inspectora—. ¿Tú sabes la cantidad de bacterias y hongos que llevará encima después de pasarse horas a remojo en una piscina llena de mocos, meados y alguna que otra cagada?
—Eres la hostia, jefa. —Ortega cabecea asqueada.
La inspectora le dice a una joven monitora que avise a su compañero. Al chico le cambia la cara al saber que la policía está allí y les pide que le esperen en la cafetería mientras se seca y se pone algo de ropa. Al cabo de diez minutos, aparece con un uniforme de monitor, chanclas y cara de susto.
—Tenemos entendido que te veías con ella —dice la inspectora después de anunciarle que han encontrado el cadáver de Alicia Sánchez dentro de una maleta.
—¿Muerta? —pregunta el monitor conmocionado, tratando de asimilar la noticia.
—Me temo que sí.
La sorpresa del chico da paso a un profundo sentimiento de culpa. Debió decirle a Alicia que esperasen a que todo se calmase para volver a quedar, pero deseaba con toda su alma hacerle el amor en la lujosa habitación de hotel donde solían verse e insistió en que despistase a los guardaespaldas. Él era consciente de que su historia no tenía futuro, pero ella hacía que se sintiera importante, y a eso cuesta renunciar. Las policías le dan unos segundos para que lo procese y retoman el interrogatorio.
—Ahora necesitamos que te centres y nos digas cuándo fue la última vez que la viste, Rodrigo.
—Hasta que desapareció hace dos semanas, venía con los niños los martes y los jueves, pero a solas, sin sus guardaespaldas, hará más o menos un mes.
—¿Te dijo por qué necesitaba llevar protección?
—Creo que su marido tenía problemas con un socio y les había amenazado, pero no sé mucho más.
Las preguntas que le formulan al monitor confirman punto por punto la declaración del viudo. Asegura que llevaba casi un año acostándose con Alicia y que ella jamás se refirió a su marido como alguien violento capaz de hacerle daño. La inspectora Ramos recibe un mensaje en su móvil.
—Ya tenemos la orden.
11
El chalé de Walter Vargas ocupa una parcela de aproximadamente diez mil metros cuadrados en la avenida principal de La Moraleja, una urbanización residencial de lujo situada al norte de Madrid. Dos furgones del Grupo Especial de Operaciones están aparcados en una calle aledaña. Junto a ellos se encuentran el subinspector Moreno y la agente Navarro. La inspectora Ramos y la subinspectora Ortega bajan del coche poniéndose el chaleco antibalas.
—¿Está en casa? —pregunta la inspectora.
—Hemos interceptado a una criada que había salido a comprar tabaco —responde la agente Navarro señalando con la cabeza a una muchacha colombiana que habla muy asustada con varios policías—. Según dice, en el interior de la vivienda están Vargas, su mujer, cuatro de sus hijos y diez personas más entre personal de seguridad y servicio.
—No se priva de nada.
—Debemos darnos prisa antes de que empiecen a echar de menos a la criada —señala el subinspector Moreno.
Media docena de geos se sitúan ante la puerta principal y otros tantos frente a la trasera. Cuando la inspectora Ramos lo autoriza, el capitán al mando da la señal y los doce entran en el recinto de la casa tirando abajo las puertas, sin contemplaciones.
Se ven trasladados inmediatamente a un jardín japonés, con bonsáis, estanques llenos de nenúfares y peces de colores, y fuentes de piedra rodeadas de flores de todo tipo. Para tener un jardín tan cuidado hacen falta como mínimo tres o cuatro jardineros, pero para su sorpresa, los policías no se encuentran con nadie hasta que llegan a la puerta de la vivienda, donde hay un chico mulato con una camiseta de los Dallas Mavericks escuchando música a través de unos cascos, con un fusil de asalto apoyado en la pared a metro y medio de él, y jugando al Candy Crush en su móvil. Todo un vigilante.
—¡Al suelo, policía!
El chico se sobresalta y, por un momento, se ve tentado de coger su arma, pero uno de los policías lo intuye y le da un culatazo en la frente que le hace caer de espaldas. Mientras dos de ellos lo inmovilizan, un tercero aporrea la puerta custodiado por sus compañeros y por el equipo de la inspectora Ramos, que entra justo detrás.
—¡Policía! ¡Abran!
Uno de los geos se adelanta con un ariete, dispuesto a reventar la puerta, pero esta se abre. Para desconcierto de los policías, ante ellos aparece un niño de unos seis años.
—¡Menor!
—¡Sácalo de aquí! —le ordena la inspectora Ramos a la agente Navarro.
Navarro se lleva en volandas al niño, que no ha tenido tiempo de darse cuenta de lo que está pasando y no empieza llorar hasta que está atravesando el jardín japonés en brazos de la agente. Los del Grupo Especial de Operaciones entran en tromba en la vivienda profiriendo todo tipo de voces y reduciendo a cuantas personas, armadas o no, salen a su paso. De camino al salón, los policías tumban boca abajo a cuatro vigilantes, tres muchachas de servicio y dos chicos de mantenimiento. Allí, Walter Vargas aguarda junto a su mujer y sus otros tres hijos, con la tranquilidad de quien ya ha sufrido más de una redada.
—¿Qué sucede, agentes?
—¡Las manos en la nuca!
El señor Vargas obedece mientras su esposa protege a sus hijos y llora asustada, preguntando a gritos por su hijo menor.
—Tranquilos, no vamos a resistirnos —dice Vargas—. Aunque me temo que están cometiendo un grave error. ¿Se puede saber de qué se me acusa?
—Del asesinato de Alicia Sánchez Merino.
Walter Vargas frunce el ceño, comprendiendo que Miguel Ángel Ricardos ha debido delatarle. Algo así en su país sería impensable; los hijos, padres, hermanos y hasta amigos del confidente aparecerían colgados de un puente en las semanas siguientes. Uno puede vengarse si lo desea, pero jamás denunciar a nadie, aunque haya matado a tu esposa. Son las reglas de los narcos.
—No conozco a esa señora, agentes.
—Eso dígaselo al juez —dice Ramos y después se dirige a Moreno—. Espósale.
El subinspector se acerca al sospechoso y, al ir a coger sus esposas del cinto, lo pierde de vista por un momento. Walter Vargas aprovecha para sacar una pequeña pistola plateada y apuntar a la cabeza del policía. Cuando está a punto de disparar, la mano le desaparece, literalmente. A unos metros, la inspectora Ramos sigue apuntándole con su pistola humeante.
—¡Tírese al suelo!
—¡Perra hijaeputa! —grita Vargas sujetándose el muñón ensangrentado.
Dos geos reducen al colombiano mientras el subinspector Moreno mira a su jefa aturdido, empezando a comprender que, por mucho que la desprecie, acaba de salvarle la vida.
12
Ramón Fonseca aguarda en la sala de interrogatorios de la comisaría a la que le han trasladado tras confesar que él es el secuestrador que están buscando. El comisario se acerca a hablar con los dos policías que lo observan a través del espejo de la sala contigua. Sobre la mesa están las tres fotografías que el anciano aportó como prueba de su delito.
—¿Son ellos? —pregunta el comisario señalando las fotos.
—Sí, señor —responde el mayor de los agentes—. La madre de la chica y el exmarido de la jueza lo han confirmado. De quien todavía no sabemos nada es del abogado, pero todo parece indicar que se trata de él.
—Joder —resopla el comisario—, lo mejor para empezar la semana es encontrarte con un chalado de este calibre.
—Yo no creo que esté chalado. Más bien desesperado y dispuesto a lo que sea para liberar a su hijo.
—¿Y quién cojones es su hijo?
—Gonzalo Fonseca, acusado de acuchillar a su mujer, Andrea Montero, y condenado a veinte años de prisión por ello. Según les dijo su padre a los agentes que lo detuvieron en el Congreso, está encarcelado injustamente.
—Los padres de la mitad de los presos de este país dirán lo mismo. ¿Las pruebas contra él eran sólidas?
—Lo encontraron en la misma casa que el cadáver de su mujer cosido a cuchilladas —responde el policía más joven—. Tenía las manos ensangrentadas y sus huellas estaban en el arma del crimen.
—Un inocente de manual, vamos —ironiza el comisario.
Ramón Fonseca levanta la mirada cuando los investigadores entran en la sala de interrogatorios.
—Buenas tardes, señor Fonseca.
—¿Dónde está la inspectora Ramos?
—¿Quién? —pregunta el mayor de los policías, desconcertado.
—La inspectora Indira Ramos. Les dije a los policías a los que me entregué que solo hablaría con ella.
—En esta comisaría no hay ninguna inspectora Ramos, así que tendrá que conformarse con nosotros.
—En ese caso, me acojo a mi derecho de no declarar.
El anciano baja la mirada y la fija de nuevo en la mesa de metal. Los policías, a pesar de la advertencia del detenido, se sientan frente a él y le muestran las fotografías de los tres secuestrados.
—Entendemos que esté usted enfadado y que solo quiera ayudar a su hijo, pero esta no es la manera. Una televisión grabó su detención y dentro de poco media España hablará de ello, así que lo mejor es que nos diga dónde tiene retenidas a estas personas y nos deje hacer nuestro trabajo.
El detenido se mantiene en silencio, impasible.
—Aún no ha pasado nada que no tenga remedio, señor Fonseca. Teniendo en cuenta su edad y los motivos que le han llevado a hacer esto, estamos seguros de que el juez será indulgente con usted. Solo tiene que decirnos dónde están esas personas y enviaremos una unidad a buscarlas.
Pero Ramón Fonseca sigue sin reaccionar. Los dos policías intercambian una mirada, empezando a perder la paciencia.
—¿Por qué narices quiere hablar con esa inspectora y no con nosotros?
—Seguí su caso en los periódicos —responde al fin el anciano.
—¿De qué coño de caso habla ahora? —pregunta el mayor de los policías a su compañero, irritado.
—De lo que pasó en casa de aquel camello, ya sabes. Lo de las pruebas falsas que colocó ese agente de la UDYCO.
La respuesta pone de peor humor al policía, que vuelve a dirigirse al detenido.
—Pues si leyó los periódicos, debería saber que esa inspectora dejó con el culo al aire a un compañero.
—Fue honesta. Su compañero cometió una ilegalidad y ella tuvo la decencia de denunciarlo, a pesar de las consecuencias.
—Las consecuencias fueron que un asesino quedó libre, señor Fonseca. ¿Quién le dice que no fue precisamente él quien mató a su nuera e inculpó a su hijo?
Fonseca titubea. El policía decide apretarle un poco más.
—Su actitud es un poco hipócrita, ¿no le parece?
—Solo quiero que encuentren al verdadero culpable de...
—Condena que un buen policía haga cualquier cosa para que un asesino pague por un crimen que cometió —le interrumpe— y en cambio le parece cojonudo secuestrar a tres inocentes para salirse con la suya.
—¡No son inocentes! ¡Les pagaron por condenar a mi hijo!
—¿Quiénes?
—Son ustedes los que tienen que averiguarlo. Por eso estamos aquí.
—¿Cómo sabe que fueron sobornados?
—Estoy seguro. Les aconsejo que no tarden en avisar a la inspectora Ramos, pierden un tiempo precioso y están en juego tres vidas.
—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta el policía más joven, temiéndose lo peor.
—Tengo secuestradas a esas personas en diferentes lugares y todo está programado para que mueran una cada semana, empezando a contar desde este mismo momento —responde Ramón Fonseca con frialdad—. Si antes del lunes que viene a las tres de la tarde no han detenido a los verdaderos asesinos de mi nuera y se ha tramitado la orden de puesta en libertad de mi hijo, les diré dónde encontrar el cadáver de uno de los secuestrados, y lo mismo sucederá cada siete días. Si pasadas tres semanas Gonzalo sigue en la cárcel, no quedará vivo ninguno de ellos.
II
13
La inspectora Indira Ramos observa los títulos, las fotografías, los diplomas y los recortes de periódico que plagan la pared de detrás del escritorio del juez. Sobre la mesa y a ambos lados de ella, hay pilas de papeles de más de un metro de altura: carpetas llenas de atestados, sentencias y denuncias que se acumulan desde hace bastante tiempo. Ella sabe que puede tener muchos problemas e intenta estar atenta a lo que le dice el juez, pero el desorden reinante en ese despacho no le deja pensar en nada más. Aparte de la mezcolanza de recuerdos personales y laborales colgados de la pared, los marcos no son del mismo tamaño ni del mismo modelo, por lo que el batiburrillo de volúmenes y colores le provoca una irritación incontenible que pronto dará paso a una especie de ataque de pánico que puede llevarla a hiperventilar, a sudar copiosamente e incluso a perder la conciencia. Y por si eso fuera poco, la corbata del juez está torcida y tiene una mancha de grasa a la que sabe Dios qué hay adherida.
La inspectora Ramos intenta apartar la mirada, pero se siente como Alex DeLarge, el protagonista de La naranja mecánica, cuando le inmovilizaron la cabeza y le abrieron los párpados a la fuerza. Si le dejasen media hora, un martillo y unas alcayatas, todo quedaría arreglado, pero a ver cómo se lo dice.
—¿Está usted escuchándome, inspectora? —pregunta el juez, molesto tras mirar a su espalda y no ver nada que pueda distraer a nadie de esa manera.
—Sí, claro que sí —responde Indira intentando centrarse.
—Entonces ¿por qué no me contesta?
—¿Podría repetirme la pregunta, por favor?
—¿Por qué disparó al señor Walter Vargas? —vuelve a preguntar, armándose de paciencia.
—Porque le vi sacar una pistola y apuntar a mi compañero.
—Según la declaración del detenido, sacó la pistola para entregarla y usted le disparó sin mediar palabra.
—Eso no es cierto, señoría. Empuñó la pistola y estaba dispuesto a usarla. Si no llego a volarle la mano, ahora mismo vendríamos de un funeral y usted estaría preguntándome por qué no hice uso de mi arma reglamentaria.
—La cuestión es joderles la vida, ¿no? —El juez la mira con la tirria que habitualmente provoca la inspectora.
—Eso lo ha dicho usted, señor.
—Ya sé que ustedes se creen por encima del bien y del mal y que los demás solo estamos aquí para tocarles los huevos —añade irritado—, pero yo tengo que hacer mi trabajo.
—Entonces hágalo. Archive el caso y déjeme volver a comisaría. Tengo muchas cosas de las que ocuparme.
—Lárguese de una vez.
La inspectora se lo agradece con un gesto y se levanta dispuesta a marcharse, pero en lugar de darse la vuelta, una fuerza invisible y terriblemente poderosa hace que se quede de nuevo obnubilada mirando el desastroso tapiz de la pared.
—¿Pasa algo, inspectora?
Indira lucha con todas sus fuerzas por morderse la lengua, negar con la cabeza y salir del despacho, pero el malestar toma el control.
—¿Cómo coño puede tener ese desastre en la pared y quedarse tan tranquilo?
—¿Cómo dice? —pregunta el juez desconcertado, volviendo a girarse.
La inspectora rodea la mesa y descuelga varios marcos, que procede a recolocar en el otro extremo de la pared ante la mirada estupefacta del magistrado.
—¿Por qué no se compra marcos iguales y trata de mantenerlos rectos? No creo que sea tan difícil.
—Haga el favor de salir de mi despacho.
—Lo mejor es que coloque los diplomas a un lado y...
El juez le arranca con firmeza los marcos de la mano y señala hacia la puerta, muy enfadado.
—¡Si dentro de tres segundos no está fuera de aquí, le meto un puro y le juro por mis hijos que termina de guarda jurado en un puto centro comercial!
Ya de regreso en la comisaría, la inspectora Ramos se lava una vez más las manos, eliminando por unas horas las bacterias imaginarias. Cuando va a secarse, ve una mancha blanquecina en el espejo y coge un trozo de papel para limpiarla, pero en el último momento se arrepiente y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, consigue dejarlo como está y salir del baño. En la puerta está esperándola el subinspector Iván Moreno.
—¿Podemos hablar?
—Ahora no es buen momento —responde ella encaminándose a su despacho.
—Quiero darte las gracias.
—No tienes por qué. Me limité a hacer mi trabajo.
—Aun así, me salvaste la vida. Si puedo hacer algo por ti, solo tienes que pedírmelo.
La inspectora al fin se detiene y le mira de arriba abajo.
—No vuelvas a ponerte esos vaqueros llenos de agujeros, por favor.
Antes de que el subinspector Moreno pueda responder, el móvil de su jefa empieza a sonar. Tuerce el gesto al ver quién llama.
—Joder, el que faltaba... —Se aclara la voz y contesta, falsamente amable—: Buenas tardes, comisario.
La inspectora Ramos intenta comprender lo que trata de decirle su interlocutor, pero por su expresión no parece estar lográndolo.
—Espere, jefe, espere un momento porque no sé de qué me habla. ¿A qué secuestrador se refiere?
La inspectora se sorprende al escuchar lo que le dice el comisario al otro lado del teléfono. Después de un par de asentimientos, se despide y cuelga.
—¿Va todo bien? —pregunta Moreno con cautela.
—Avisa a María. Salimos dentro de cinco minutos.
—¿Salimos adónde?
Pero la inspectora ya se ha encerrado en su despacho. En cualquier otro momento el subinspector Moreno le hubiera puesto alguna pega aludiendo a las horas extra o a una indisposición repentina, pero ahora no se siente con fuerzas.
14
Cuando las máquinas tragaperras dejaron de producirle la adrenalina que necesitaba, la jueza Almudena García pasó a drogas más duras como las carreras de caballos, la ruleta o las apuestas deportivas... hasta que encontró algo que conseguía saciar todas sus necesidades: el póquer. Nunca le habían gustado las cartas, ni siquiera había jugado al mus en la cafetería de la facultad, pero aquel juego la atrapó desde el primer momento. Probablemente se tratara de una estrategia de sus contrincantes, que se dejaban ganar las primeras manos para que ella fuese metiéndose poco a poco en la boca del lobo, pero con lo que no contaba ninguno era con que se le fuera a dar tan bien. Tal vez solo era la llamada «suerte del principiante» o quizá había nacido con un don que tardó medio siglo en encontrar, pero le bastaba con concentrarse para que le entrase la carta que necesitaba.
—¡Vamos, no me jodas! —protestó lanzando con rabia sus cartas sobre la mesa un joven futbolista que bebía como un cosaco, pero que al día siguiente seguía siendo el que más corría— ¿Otra vez full de ases?
—Hoy es mi día de suerte. —Almudena recogió con tranquilidad las fichas que se amontonaban en el centro del tapete.
—Hoy y todos, no te jode la abuela.
—Sigamos jugando —dijo uno de los organizadores de la partida, intentando atajar las protestas del futbolista—. Ya sabes que la suerte cambia de bando cuando menos te lo esperas.
—Es que no es normal que gane todas las manos, joder. Aquí algo huele muy mal.
—Si insinúas que hago trampas, demuéstralo. Si no, cállate la puta boca, niñato de mierda —respondió la jueza desafiándole con la mirada.
Almudena le dio una ficha de propina al crupier y salió a fumar un cigarrillo a la terraza de la suite del hotel de cinco estrellas donde se celebraba aquella noche la partida. Tiempo atrás se citaba a los participantes en reservados de restaurantes o en chalés privados, pero los organizadores pronto descubrieron que los jugadores se sentían más cómodos en un hotel y allí tenían cuanto necesitaban para atender a sus clientes: desde un completo servicio de habitaciones, pasando por una ducha cuando no entraban las cartas, hasta una cama donde descansar entre mano y mano, solos o acompañados por mujeres, hombres o ambos a la vez. A cambio de tantas atenciones, solo debían pagar mil euros de inscripción y fichas por valor de quince mil que podrían reponerse las veces que fueran necesarias mientras los jugadores demostrasen tener fondos. El negocio consistía en que la casa se llevaba un diez por ciento de comisión de todo el dinero que allí se moviese. Y dependiendo de la noche, eso podía significar muchos miles de euros.
—Yo al principio protesté por que dejasen jugar a gente tan joven, pero uno se queda como Dios desplumando al máximo goleador de la Liga, ¿verdad?
Sebastián Oller, un empresario que ese año había pisado más los juzgados que su despacho, se encendió un habano y miró el horizonte al lado de la jueza, que guardó un prudente silencio. A Almudena no le hacía gracia relacionarse con alguien habitual de los telediarios por tener tantas causas abiertas, pero no era ella quien elegía a sus compañeros de partida. Además, solo gente de ese tipo podía permitirse una velada como aquella. Había coincidido ya en cuatro o cinco ocasiones con él, y para ser honesta, debía decir que jamás la importunó ni le habló de otra cosa que no fuese el póquer.
—Me han dicho que el otro día puso en su sitio al nominado —comentó el empresario, aludiendo a un conocido actor que hacía unos años había sido candidato a un Óscar como mejor actor de reparto.
—Es demasiado impulsivo.
—Mejor para nosotros. Supongo que los años nos han enseñado a ambos a tener paciencia... aunque usted es mucho más joven que yo, por supuesto.
Almudena le devolvió una tibia sonrisa y regresó al interior para continuar la partida. En los meses que siguieron coincidió con Sebastián Oller unas cuantas veces más y su relación no fue más allá de intercambiar algunas palabras cuando se encontraban fumando en la terraza. El día que entró en la sala de juicios y vio que el acusado era el empresario, le dio un vuelco el corazón, pero él actuó como si no la conociera. No comentó absolutamente nada ni entonces ni cuando volvieron a verse después de que lo hubiera condenado a pagar una elevada indemnización a un trabajador que se había roto las dos piernas al caer por el hueco del ascensor de su edificio de oficinas. Lo único que le dijo al día siguiente de la sentencia fue que los ases estaban siendo esquivos. A partir de ese momento, aunque sabía que jugaba con fuego, empezó a confiar en él.
Con el resto de los jugadores pasaba lo mismo: si alguna vez se encontraban fuera de la habitación del hotel, ambos disimulaban y seguían su camino. Pero llevar una doble vida hace que a veces se vivan situaciones surrealistas, como cierto día en que, mientras comía con su hijo en un restaurante cerca de los juzgados, entró el nominado.
—Mira, mamá —dijo emocionado el hijo de la jueza al verlo—. ¿Ese no es el actor?
—No tengo ni idea, hijo —respondió Almudena con cara de aprieto—. No lo había visto en mi vida.
—Sí, joder. Es el que estuvo a punto de ganar un Óscar. Sácame una foto con él, porfa. Las tías de mi clase se van a morir de envidia.
La jueza intentó resistirse, pero ante la insistencia de su hijo, no tuvo más remedio que acompañarle a pedirle un autógrafo y una foto. El actor accedió con suma amabilidad y posó sonriente, pasándole al chico el brazo por los hombros sin contarle que la zorra de su madre hacía unos días le había ganado una mano de seis mil euros tirándose un farol como una catedral de grande.
Hasta aquel momento, Almudena había logrado compaginar perfectamente su vida pública con la privada, pero todo cambió la tarde en que se le acercó un hombre en el supermercado. Al principio le costó reconocerlo, pero cuando se fijó bien descubrió que se trataba de uno de los crupieres profesionales que solían contratar para las partidas. El hombre sacó un sobre de la chaqueta y se lo tendió.
—Esto es para usted.
—No le conozco de nada.
La jueza intentó seguir su camino, pero el crupier la sujetó del brazo.
—Claro que me conoce, jueza. Coja el sobre.
—¿Qué es?
—Algo que no le conviene que se haga público. Mírelo en casa con calma y yo la llamaré dentro de unos días.
15
Ramón Fonseca continúa en la sala de interrogatorios, en la misma postura en que dos horas antes le dejaron los policías que no lograron hacerle confesar el paradero de las tres personas secuestradas. Ahora, al otro lado del cristal, lo observan con curiosidad la inspectora Indira Ramos y los subinspectores Iván Moreno y María Ortega. Los policías a quienes el secuestrador ha rechazado les miran con inquina, confirmando sin palabras que colaborarán lo menos posible.
—¿No ha llegado su abogado? —pregunta la inspectora.
—Según sus palabras, por culpa de los abogados estamos en esta situación y, de momento, no quiere ninguno —responde el policía más joven.
—¿Le han dado de comer y le han ofrecido ir al baño?
—Ese hombre amenaza con asesinar a tres personas, inspectora. Si quiere también le ponemos un sofá y una tele de sesenta pulgadas para que se relaje —dice el policía mayor, arrancando una sonrisa a su compañero y a dos agentes de su equipo que tampoco ven con buenos ojos el intrusismo de la inspectora y sus ayudantes.
—No creo que vaya a asesinar a nadie cuando ya está detenido, inspector. —La inspectora mantiene la calma—. Si acaso, los dejará morir.
—¿Qué más da una cosa que otra? Es un asesino.
—Todavía no. Si no he entendido mal, en cuanto se demuestre la inocencia de su hijo nos dirá dónde están los secuestrados y nadie morirá.
—El tal Gonzalo Fonseca es culpable y ya está condenado. ¿Qué cojones de inocencia va a demostrarse?
—Él parece convencido de que no mató a su mujer.
—Es su padre, joder —responde el policía, irritado—. Hasta el suyo justificará que traicionase usted a un compañero.
La inspectora Ramos le fulmina con la mirada, dispuesta a bajarse al barro, pero el subinspector Moreno adivina sus intenciones y se interpone entre ellos.
—Será mejor que entremos ya a hablar con él.
Indira le mira desconcertada. El subinspector, que siempre ha disfrutado cuando la veía meterse en problemas, ahora parece querer evitárselos. Moreno es consciente de su cambio de actitud y se justifica, cargado de razón:
—No deberíamos perder el tiempo, inspectora.
Ella está a punto de decirle que no necesita que nadie la defienda y que casi prefería tenerlo como enemigo, pero lo deja para cuando estén a solas.
—María, tú quédate aquí —le dice a la subinspectora Ortega sin dejar de mirar al policía que lleva machacándola desde que han llegado a esa comisaría—. Si alguno de estos te hace algún comentario, dímelo, que tengo unas ganas locas de traicionar a otro soplapollas.
En cuanto se da la vuelta, el policía musita un «puta» lo bastante bajo para que no lo capte ningún micrófono, pero lo suficientemente alto para que la inspectora lo oiga. El subinspector Moreno está a punto de volverse a responderle, pero ahora es ella quien lo frena.
—No digas una palabra, joder.
Moreno se queda cortado viendo alejarse a la inspectora. Al seguirla, oye las risas de los policías a su espalda.
Ramón Fonseca, que empezaba a pensar que no atenderían sus peticiones, esboza una sonrisa de satisfacción al ver que por fin aparece la inspectora Ramos acompañada por el subinspector Moreno.
—Creía que no vendría, inspectora Ramos.
—¿Nos conocemos?
—Yo a usted, desde luego. Leí lo de la denuncia que interpuso contra su compañero por falsificar pruebas. Enhorabuena.
—Hay que joderse —masculla Moreno.
Indira lo fusila con la mirada y se centra en el anciano.
—Me han llamado de todo por aquello, pero es la primera vez que me felicitan.
—Demostró ser una policía íntegra, aunque la mayoría de las veces eso no esté bien visto por quienes no lo son tanto. —Se gira hacia el subinspector—. ¿Y usted es...?
—Mi ayudante, el subinspector Moreno —responde ella—. ¿Necesita comer algo o ir al baño?
—Estoy bien, gracias. Les aconsejo que no pierdan tiempo con formalidades. Tienen menos de una semana para evitar que muera uno de los secuestrados.
—Vayamos entonces al grano —dice Moreno interviniendo por primera vez—. ¿Dónde están, señor Fonseca?
—Supongo que no será tan ingenuo para pensar que voy a decírselo así de fácil. Antes deben cumplir la condición que he puesto.
—Demostrar la inocencia de su hijo, ¿no?
—Eso es.
La inspectora Ramos abre una carpeta y lee con semblante serio durante cinco minutos. Luego la cierra y mira al anciano.
—Será mejor que vayamos dándole el pésame a la familia de los secuestrados. Aunque su hijo no hubiera matado a su mujer, cosa que quedó más que demostrada en el juicio, jamás encontraremos al verdadero culpable en tan poco tiempo.
—El juicio estaba amañado. Colocaron pruebas falsas, igual que hizo su compañero.
—Su hijo estaba junto al cadáver y tenía la ropa y las manos ensangrentadas —Moreno interviene de nuevo—. Y eso por no hablar de que sus huellas estaban en el cuchillo con el que se cometió el crimen.
—Le digo que fue una trampa.
—¿Una trampa de quién?
—Eso es lo que deben hacer ustedes: averiguarlo. Lo que sí puedo decirles es que sospecho que Juan Carlos Solozábal, Noelia Sampedro y Almudena García recibieron una gran suma de dinero.
—¿Lo sospecha o tiene constancia de ello?
—Les he vigilado desde que terminó el juicio y he comprobado que los tres han multiplicado sus gastos en los últimos meses.
—Eso no prueba nada.
—Cuando secuestré a la chica, llevaba encima un sobre con veinte mil euros. ¿Cómo podría una simple estudiante tener tanto dinero? Y en cuanto a la jueza, me consta que compró una casa en Valencia, en efectivo. Y aunque no puedo probarlo, estoy seguro de que Juan Carlos Solozábal, el abogado, estaba preparándolo todo para marcharse de España.
Los policías se miran, sin poder disimular su sorpresa.
—¿Qué hizo con el dinero de la chica?
—Entregarlo en una iglesia, pero ahora no recuerdo en cuál. Deberán creer en mi palabra y no perder el tiempo con eso.
—Les ha dicho a mis compañeros que irían muriendo uno a uno, ¿es cierto?
—Así es, uno cada semana.
—¿En qué orden?
—Eso prefiero guardármelo para mí, inspectora. Si el lunes que viene no ha habido detenciones por la muerte de mi nuera, sabrán quién es el primero.
—Sabe que lo que hace es una salvajada, ¿verdad, señor Fonseca?
—No disfruto con ello, se lo aseguro, pero a lo sumo viviré tres o cuatro años más, mi esposa murió de pena hace unos meses al ver a nuestro único hijo encarcelado injustamente y a Gonzalo ya no le quedan más recursos. Si estuviera usted en mi lugar, ¿no haría lo que fuera para demostrar su inocencia?
16
El abogado Juan Carlos Solozábal había conocido por casualidad a su ahora secuestrador y a su mujer hacía unos cuatro o cinco años, durante un viaje con su pareja de entonces a Egipto. No es extraño que en esos viajes organizados uno haga amistad con gente de todo tipo; los españoles, que tan desunidos están en su propio país, suelen hacer piña en cuanto ponen un pie fuera de sus fronteras. Coincidieron en las excursiones a Abu Simbel, al Valle de los Reyes, a Luxor y, cuando se embarcaron en el clásico crucero por el Nilo, ya casi formaban una familia. Todas las noches cenaron juntos en el barco y no se separaron a su llegada a El Cairo. A la hora de despedirse, prometieron escribirse y verse en España, lo que, como sucede la mayoría de las veces, jamás ocurrió. Por eso le sorprendió tanto encontrárselos esperándole en el portal.
—Ramón, Nieves... qué sorpresa. ¿Qué hacen ustedes aquí?
—Nos dijiste que si algún día te necesitábamos viniésemos a buscarte, hijo —respondió Nieves con los ojos empañados.
Al ver que el asunto era serio, los hizo subir a su despacho. Leyó el informe policial de Gonzalo Fonseca con el ceño fruncido y los miró con gravedad.
—No voy a engañarles. Su hijo tiene todas las de perder, no solo porque las pruebas apuntan en su contra, sino porque la sociedad ahora está muy concienciada con este tipo de crímenes.
—Pero él no lo hizo —protestó la mujer.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Porque me miró a los ojos y me juró que era inocente. Él quería a Andrea con toda su alma.
—Entiendo que les cueste asumirlo, pero...
—No, por favor —lo interrumpió Ramón Fonseca—. No nos trates con condescendencia. Solo queremos que investigues qué ha pasado y que defiendas a nuestro hijo.
Juan Carlos se sintió en el compromiso moral de ayudarlos y pasó las siguientes semanas preparando una defensa que, aunque en principio parecía una pérdida de tiempo, pronto empezó a hacerle dudar. Pero transcurrieron los días y no consiguió encontrar nada que confirmase su corazonada. Y lo peor de todo es que Ramón Fonseca ya estaba quedándose sin fondos y él tenía demasiadas facturas que pagar.
La solución a sus problemas de liquidez entró en su despacho una fría mañana de febrero acompañado por un sobrino llamado Luca, de unos treinta años, con tantos músculos como tatuajes y vestido de marca de la cabeza a los pies, y por un tal Adriano, bastante más mayor y también más comedido tanto en la musculatura como en el vestir, pero con una mirada que helaba la sangre y que venía a decir que, si se te ocurría meterte con él, su cara sería el último recuerdo que te llevarías de esta vida.
Salvatore Fusco, que a sus casi setenta años exudaba poder y dinero por todos los poros de la piel, vestía un traje de color crema más apropiado para la primavera o el verano que aún tardaría unos meses en asomar, un sombrero a juego y zapatos marrones, todo de una calidad indiscutible.
—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó Juan Carlos con cautela.
—¿Es usted el abogado? —preguntó a su vez el viejo haciendo un meritorio esfuerzo por hablar en el español aprendido durante los dos años que llevaba afincado en Madrid tras llegar de su Calabria natal.
—Juan Carlos Solozábal. Abogado, sí.
—Soy Salvatore Fusco. —Le tendió la mano y se la estrechó con firmeza. Enseguida señaló a su sobrino y añadió—: Él es mi... ¿cómo se dice?
—Sobrino. —El chico salió en su ayuda.
—Sobrino, eso es. Luca es mi sobrino y Adriano mi... asistente.
El abogado saludó a ambos y despejó tres sillas de papeles y carpetas de casos antiguos que iban cogiendo polvo sin remedio.
—Siéntense, por favor.
Los roles de cada uno quedaron perfectamente definidos cuando solo el tío y el sobrino se sentaron frente a él. Adriano permaneció de pie junto a la puerta y Juan Carlos se fijó en un bulto sospechoso que se marcaba debajo de su chaqueta, a la altura del pecho. Estuvo a punto de pedirle que saliera de su despacho, que no lograba concentrarse sabiendo que tenía un arma tan cerca, pero toda la prudencia que más tarde le faltaría entonces le hizo callar.
—¿Necesitan un abogado?
—¿Quién no necesita un abogado en los tiempos que corren? —respondió Salvatore sonriente—. Es para mi... —buscó en vano la palabra— para el hermano de Gianna, mi esposa.
—Para su cuñado, entiendo. ¿Podría saber por qué motivo requiere mis servicios?
—Tiene mucho carácter.
Juan Carlos miró al sobrino en busca de ayuda y este le pidió permiso con un gesto a su tío. El señor Fusco se lo concedió resignado, comprendiendo que acabarían mucho antes si lo dejaba en manos de Luca.
—Lo que mi tío quiere decir —comenzó a explicar Luca en un castellano perfecto, aunque también con un marcado acento italiano— es que su cuñado tiene mucho carácter y se metió en una pelea con unos negros.
—¿Cuál fue el resultado de la pelea?
—Uno murió y el otro perdió un ojo.
—Supongo que se trata del incidente del que han hablado esta semana en las noticias —suspiró Juan Carlos, consciente de que la presión social lo había convertido en un caso muy difícil de ganar—. Lo lamento mucho, pero ahora mismo me resulta imposible hacerme cargo de...
Juan Carlos se interrumpió al ver que Adriano metía la mano en la chaqueta mientras se acercaba a él. Para su alivio, lo que sacó no fue una pistola, sino un fajo de billetes de cincuenta euros que colocó sobre la mesa con una sonrisa dibujada en la cara.
—Espero que sea suficiente... —volvió a intervenir el señor Fusco.
—¿Por qué yo? —preguntó el abogado intentando calcular cuánto dinero habría allí—. Para ser honesto, debo decirle que hasta la fecha he perdido más juicios de los que he ganado.
—Un cuñado no es un hermano —zanjó don Salvatore.
Si entonces Juan Carlos hubiera dicho que no podía defender a aquel hombre, seguramente meses después no estaría a punto de morir en un frío búnker. Pero Salvatore Fusco no parecía de esas personas que aceptaban un no por respuesta.
17
Cuando la inspectora Ramos llega a la sala de reuniones ya está todo su equipo esperándola. Nada más entrar se percata de que el subinspector Moreno ha captado el mensaje: los bolígrafos y papeles que tiene frente a él están desperdigados sobre la mesa y ha vuelto a ponerse los vaqueros agujereados. En esta ocasión, y para sorpresa de la propia inspectora, la irritación que le produce es menor que el alivio de saber que el haberle salvado la vida no lo ha convertido en un gilipollas que se cree con la obligación de protegerla.
—Aunque gilipollas ya era antes...
Todos la miran desconcertados. Indira se da cuenta de que lo ha dicho en voz alta y, disimulando, se sienta a la cabecera de la mesa.
—Tenemos seis días para averiguar si Gonzalo Fonseca mató o no a Andrea Montero.
—Nada indica que sea inocente, jefa —contesta la subinspectora María Ortega mostrando la extensa sentencia del caso—. Esto está lleno de pruebas que lo implican directamente.
—Me parece muy bien, pero si no encontramos algo de lo que tirar, dentro de tres semanas tendremos tres cadáveres más. —La inspectora mira al oficial Jimeno, que antes de que le pregunten ya se ha hecho un lío con los papeles—. Jimeno, céntrate y dinos qué has averiguado de Fonseca y de su mujer.
—Un segundo, jefa —responde él ya con su sonrojo habitual.
La inspectora aprovecha los segundos que les concede el oficial para mirar al subinspector Moreno y preguntarle sin palabras qué narices hace con esos pantalones rotos. Él le devuelve una media sonrisa como diciéndole que, aunque le deba una muy gorda, no va a dejarse comer el terreno.
—Gonzalo Fonseca —dice al fin Jimeno—, cuarenta y dos años cuando sucedieron los hechos hace un año, así que ahora tiene...
—Sabemos sumar, gracias —lo interrumpe Moreno.
—Cuarenta y tres —continúa el oficial como si no le hubiese oído—. Es hijo único y, hasta el momento de su detención, no tenía antecedentes penales. Ni siquiera una multa de tráfico.
—¿A qué se dedicaba? —pregunta la subinspectora Ortega.
—Director comercial de una marca de electrodomésticos. Según parece, ganaba una pasta, como tres veces más que yo... aunque eso tampoco es muy difícil.
—¿Y ella?
—Andrea Montero, treinta y siete años al morir. También sin antecedentes y también hija única de una familia bien de Zaragoza. Estudió una ingeniería, trabajaba desde hacía varios años como jefa de obra de una constructora y ganaba casi el doble que él. Vamos, que estaban forrados.
—¿Estaría celoso? —pregunta pensativa la subinspectora María Ortega.
—Seguro que sí —responde la agente Lucía Navarro—. A muchos hombres todavía les escuece que sus mujeres ganen más que ellos.
—Mi novia gana más que yo —dice Jimeno—, y eso que todavía está de pasante en un despacho de abogados.
—¿Tú tienes novia, Jimeno? —pregunta sorprendida Navarro.
—Desde hace seis meses —asiente el oficial orgulloso—. Nos conocimos en un concierto de...
—Enhorabuena —lo interrumpe la inspectora Ramos—, pero ahora dejémonos de gilipolleces y a lo que vamos. Tendremos que pedir refuerzos y dividirnos en tres equipos: María y yo reabriremos el caso de Andrea Montero...
—Eso no le sentará demasiado bien a la fiscalía —dice la subinspectora.
—Me da igual. Moreno y un par de agentes os dedicaréis a investigar al viejo y a buscar a los secuestrados. Necesito saber si tiene algún cómplice.
—No ha mencionado nada de eso.
—De alguna manera tendrá que matarlos justo en la fecha y la hora que ha marcado. Y Navarro, quiero que te cojas a otros dos de los refuerzos, destripes la vida de los secuestrados y averigües si hay algún indicio de que pudieron ser sobornados para ir en contra de Gonzalo Fonseca. Lo de la jueza y el abogado lo tengo claro, pero ¿por qué el viejo culpa a la chica?
—Tiró por tierra la imagen de matrimonio perfecto que quería dar Gonzalo Fonseca al declarar que lo vio agredir a su mujer en el ascensor de un hotel el mismo día en que la asesinaron.
Todos asienten, asimilando sus tareas.
—El problema que tenemos —dice la agente Navarro— es que a Ramón Fonseca solo podremos tenerlo retenido setenta y dos horas. El juez tendrá que mandarle a prisión preventiva y eso nos va a complicar la vida.
—Vosotros no os preocupéis por eso. Este es un caso muy especial y estoy segura de que el juez nos dará un poco más de margen. De momento ya he conseguido que podamos traerlo a nuestra comisaría. El traslado está previsto a última hora de la tarde.
Tras un instante, el oficial Jimeno carraspea.
—Esto... ¿y yo qué hago?
—Coordinarás los tres equipos desde aquí.
—Cuenta con ello, jefa —dice sin poder contener la sonrisa de satisfacción.
—Necesito que estéis disponibles las veinticuatro horas. Recordad que hay una cuenta atrás, así que no os entretengáis con cosas que no nos lleven a ningún lado. Mucha suerte a todos.
18
El primo de la estudiante Noelia Sampedro quiso enseñarle el código morse cuando entró en el ejército y ella acababa de cumplir quince años. Según decía, algún día podría salvarle la vida. Noelia estaba segura de que, al igual que las raíces cuadradas, era un conocimiento inútil para la vida cotidiana. Pero estar a solas con su primo no era algo que pudiera desperdiciar, llevaba deseándolo demasiado tiempo. La primera vez que se masturbó, hacía entonces tres años, lo hizo pensando en él. Sintió placer y culpa a partes iguales, ya que solo había pasado una semana desde que su padre pinchó la rueda de su camión a pocos kilómetros de Soria y un coche se lo llevó por delante. El conductor se dio a la fuga y jamás pudieron detenerlo.
—El código morse —dijo Javi nada más entrar en su habitación, mientras cogía un libro de la estantería y se sentaba en la cama— es un sistema que permite escribir un mensaje a alguien que perfectamente puede estar en la otra punta del mundo.
—O sea, como el WhatsApp.
—Sí, bueno... —Javi titubeó sintiéndose estúpido—, pero si estás encerrada en un lugar sin móvil, lo mejor es el morse. Cada letra del código...
—Javi —lo interrumpió Noelia, mirándolo a los ojos—, ¿yo te parezco guapa?
—Claro que sí.
Javi trató de continuar con su explicación, pero Noelia le quitó el libro de las manos, se le acercó e intentó besarle. Él se retiró, aturdido.
—¿Qué estás haciendo, Noe?
—Quiero acostarme contigo.
—¿Te has vuelto loca? —Javi se levantó de la cama de un salto—. Eres mi prima, joder. Y además solo tienes quince años.
—Muchas de mis amigas follan desde los catorce.
Javi la miró descolocado. Noelia era aparentemente la niña perfecta: guapa, con clase, buena estudiante y, sobre todo, muy educada. Hasta ese momento a su primo ni se le había pasado por la cabeza que conociera el verbo «follar».
—Déjate de tonterías. Como te decía, el morse...
—Entonces se lo pediré a tu amigo Pablo —volvió a interrumpirlo ella.
Eso le descolocó todavía más; una cosa es que él no estuviera dispuesto a tener nada con su prima y otra muy distinta empujarla a los brazos del mayor macarra de todo Cercedilla, un pequeño pueblo situado en la sierra de Guadarrama, a unos sesenta kilómetros de Madrid.
—¿Se puede saber a qué viene esto, tía?
—Prefiero perder la virginidad con alguien que me guste y al que quiero antes que con cualquier gilipollas del insti, nada más —respondió Noelia con tranquilidad.
Javi la miró de arriba abajo, probablemente por primera vez como a una chica y no como a un familiar. Ella advirtió las dudas de su primo y aprovechó su oportunidad. Se desabrochó lentamente la blusa y Javi no pudo evitar mirar con deseo los duros pezones que se marcaban debajo de un sujetador deportivo.
—Noelia... —dijo él, empezando a perder la batalla—, yo creo que lo mejor es que lo dejemos aquí y nos olvidemos.
Ella le cogió una mano y la llevó hacia uno de sus pechos. Él dejó de resistirse y una repentina e incontrolable erección surgió de entre sus piernas. Noelia le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones. Unos calzoncillos verdes, de los que se pone alguien que no espera que ese día se los vea nadie, aparecieron frente a ella con una mancha de humedad. Cuando se decidió a tocarla con la yema del dedo índice, descubrió que era un líquido suave y resbaladizo, de la misma textura que el que a ella le empapaba cuando pensaba en él.
—Eso es normal, no te creas que ya me he corrido —se justificó, como si el inexperto realmente fuese él.
—Espero que no. —Ella rio y llevó los dedos a la goma de la prenda, dispuesta a retirarla—. ¿Puedo?
Javi asintió. Noelia le bajó los calzoncillos y se encontró frente una polla mucho más grande y oscura de lo que había imaginado. La miró en silencio unos segundos, disfrutando de un momento con el que llevaba años fantaseando.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —preguntó Javi, inseguro.
—Al contrario —respondió Noelia.
La cogió con una mano y se la llevó directa a la boca, como había visto hacer a las actrices de los vídeos porno que mandaban sus amigas por WhatsApp. Después de intentar darle placer con más ganas que destreza, se quitó los pantalones y las bragas de una vez y se subió a horcajadas sobre su primo.
Entonces descubrió que, gracias a su cuerpo, podría conseguir cuanto deseara de los hombres. Y también de muchas mujeres.
Tras aquel primer encuentro, Noelia y su primo estuvieron viéndose en sesión de mañana y tarde hasta que Javi se incorporó al ejército. Fueron dos semanas en las que ambos aprendieron en un cursillo intensivo buena parte de lo que a esa edad puede saberse sobre sexo. El problema es que, cuando uno prueba algo así, está deseando repetirlo.
A la semana de abstinencia, y a pesar de que había prometido no acercarse al amigo de su primo, Noelia no encontró a nadie mejor con quien seguir practicando y se hizo la encontradiza con él a la salida del gimnasio municipal, donde Pablo pasaba las tardes convencido de que allí se preparaba mejor para la vida que en la biblioteca, que estaba a escasos cincuenta metros de distancia.
—Hola, Pablo.
Él la miró con indiferencia, intentando disimular lo que le impresionaba estar ante la que ya era la chica más guapa del pueblo. El vestido que había elegido Noelia aquella tarde, de elastán blanco y pegado al cuerpo, no dejaba demasiado a la imaginación. Todavía no había pasado un mes desde que había perdido la virginidad, pero ya nada quedaba en ella de la niña inocente que soñaba con que su príncipe azul se la llevaría por la ventana de su habitación a lomos de un helicóptero del ejército.
Dos chicos con unas palas de pádel pasaron por su lado y se dieron un codazo con complicidad mirando descaradamente a Noelia.
—¿Vosotros qué coño miráis? —les increpó Pablo.
—A tu amiga se le ha olvidado ponerse bragas —respondió divertido el más alto.
El otro ahogó una risa y Pablo tiró su mochila al suelo, dispuesto a partirse la cara con ellos. Pero Noelia, que aquella tarde tenía claro su objetivo y no era precisamente que tres paletos con las hormonas revolucionadas se peleasen por ella, lo detuvo en seco.
—Déjalos, Pablo. Son unos niñatos de mierda.
—¡Gilipollas!
Los chicos se alejaron haciéndoles una peineta y se metieron en un coche. Pablo continuó mirándolos como un perro de presa hasta que desaparecieron calle abajo. Al volverse, vio que Noelia lo miraba sonriente.
—¿Y tú de qué te ríes? —preguntó a la defensiva.
—Me gusta que me defiendas así.
—Lo hago por tu primo Javi, que somos colegas de toda la vida.
—¿Solo por él?
Cuando se miraron a los ojos, Pablo se dio cuenta de que estaba en desventaja. Por muy buena opinión que tuviera de sí mismo, sabía que Noelia muy pronto sería inalcanzable para alguien que no tenía más aspiraciones en la vida que trabajar en el taller mecánico de su padre.
—¿Tú no tienes bragas que ponerte o qué?
—Con este vestido se marcan y queda muy choni.
—Pero ¿cuántos años tienes, niña?
—El mes que viene cumplo dieciséis.
Pablo volvió a mirarla, aturdido. No parecía ni de lejos una niña de quince años; él tenía varias primas de esa edad y todavía eran unas crías. Ni siquiera su hermana, con diecisiete, estaba tan desarrollada como Noelia.
—Bueno, ¿qué? ¿No me invitas a una cerveza?
—A ti no te servirían una cerveza en ningún bar.
—¿Quién ha hablado de ir a un bar?
El despacho del padre de Pablo estaba situado sobre el taller y, en contra de lo que esperaba Noelia cuando le dijo que allí nadie les molestaría, estaba limpio como una patena y decorado con cierto gusto. Él tiró su mochila sobre un sofá de cuero negro y sacó dos cervezas de una neverita de Bridgestone. Después de una charla intrascendente en la que Noelia se hizo la experta en cerveza cuando en realidad era la primera vez que la probaba y además le pareció asquerosa, le puso la mano en el paquete, que enseguida cobró vida bajo los pantalones del chándal Kappa.
—¿No vas demasiado rápido?
—¿Para qué esperar?
Noelia se deshizo de las zapatillas, se quitó el vestido blanco por la cabeza y se quedó completamente desnuda frente a él. Pablo la miró de arriba abajo con deseo. Por un momento pensó en decirle que se vistiera y que le llamase cuando hubiera cumplido los dieciocho, pero las palabras desaparecieron en algún punto entre su cerebro y su boca.
—Cómemelo —dijo Noelia subiéndose en el sofá y poniéndole un pie sobre el hombro, mostrándole abierto su sexo ya húmedo.
Pablo dudó. Siempre llevaba la iniciativa en sus escarceos sexuales, pero tampoco logró materializar las protestas y hundió la cabeza entre las piernas de la chica.
19
El patio es un lugar peligroso para un recluso, y peor aún si se trata de alguien con pinta de jugar al pádel todos los fines de semana y de haber vivido desde niño en un chalé con piscina. Allí dentro, tener un origen acomodado es casi peor que ser pederasta.
Nada más sacar el paquete de tabaco, varios presos rodean a Gonzalo Fonseca. El primer día accedió a repartir cigarrillos para no tener problemas con ellos y ahora no consigue quitárselos de encima. Adonay, un gitano con más tatuajes que seso que cumple condena por haber matado accidentalmente a una anciana al darle un tirón desde una moto robada, le pasa un brazo por los hombros, protector.
—¡A tomar por culo todos, hombre ya! —dice para espantar a los demás gorrones—. ¿No veis que vais a dejar al puto payo sin tabaco, joder? ¡Venga, aire!
Los presos se dispersan entre protestas y Adonay sonríe a Gonzalo, mostrando un hueco enorme donde debería haber dos paletas.
—Ea, ya te dejan tranquilo, puto payo. A mí sí que me darás un par de cigarritos por el favor, ¿no?
—No deberías llamarme «puto payo» si después vas a pedirme tabaco, Adonay.
—Lo digo con cariño. Tírate el rollo y dame lo que te queda del paquete, anda. Hoy tengo un mono que me cago patas abajo.
—¿Y el paquete que te regalé ayer?
—Se ha convertido en humo, y nunca mejor dicho.
Adonay se ríe con su propio chiste. Gonzalo también sonreiría si no supiera que así aumentará todavía más la presión sobre él.
—Lo siento, pero tengo que utilizar el peculio en cosas que necesito y hoy no puedo comprar más tabaco.
—Venga, put... —corrige—: Payo. ¿Tú sabes lo que te harían todos estos desgraciados si yo no te protegiera?
—¿Me estás coaccionando?
—No tengo ni puta idea de lo que es eso, pero si me das el tabaco, vale.
—¿No me dijiste que tu familia te mandaba pasta todos los meses?
—Ya te digo, pero tengo otros vicios. Además, estoy ahorrando para ponerme los piños cuando me suelten.
Gonzalo sabe que no le va a dejar en paz hasta que consiga lo que quiere, así que, tras encenderse un cigarrillo, le regala el medio paquete que le queda.
—Cojonudo, puto payo.
Mientras pasean alrededor del campo de futbito, Gonzalo se fija en un hombre que lleva una venda cubriéndole un muñón donde debía haber una mano derecha. Está hablando con el grupo de colombianos que dominan la zona norte del patio y que parecen mostrarle un respeto reverencial.
—¿Quién es ese?
—Un tal Walter Vargas —responde el gitano a la vez que se enciende su tercer cigarrillo con la colilla del anterior—, un payo poni chungo que te cagas. Lo trajeron ayer.
—¿Qué le ha pasado en la mano?
—Si tienes huevos, ve y pregúntaselo tú.
En los casi doce meses que lleva encerrado, Gonzalo ha aprendido a evitar los conflictos. Pero por mucho que trate de mantener un perfil bajo, es difícil estar tranquilo cuando se vive rodeado de gente cuyo mayor don es causar problemas. Cuando entra del patio suele encerrarse en la biblioteca hasta la hora de la cena, alejado de las timbas que se forman en la galería y que por lo general terminan en pelea. Pero ni siquiera en el sitio menos frecuentado de la cárcel puede ocultarse durante demasiado tiempo. Gheorghe, el rumano que controla el tráfico de drogas allí dentro, se sienta frente a él y le cierra el libro de derecho que está leyendo.
—Te vas a quedar ciego con tanta letra.
Gonzalo le mira en tensión, guardando silencio. El rumano trata de mostrar su lado más amable con una amplia sonrisa, pero su boca salpicada de dientes de oro consigue cualquier cosa menos tranquilizar.
—Tengo que pedirte un favor, amigo.
—¿Qué clase de favor?
—Necesito que recojas algo y que lo lleves a mi celda.
—A mí esas cosas no me gustan. Mejor búscate a otro.
—Si hubiera otro no te lo pediría a ti, cretinule. —La simpatía de Gheorghe desaparece de un plumazo—. Tú trabajas en la cocina, ¿no?
Gonzalo aguanta callado. Gheorghe le agarra la cara con tal violencia que le deja marcados los dedos en las mejillas.
—Te he hecho una puta pregunta, joder.
—Sí, trabajo en la cocina —responde Gonzalo con esfuerzo.
—No tendrás ningún problema, amigo. —El rumano lo suelta y vuelve a relajar el gesto—. Uno de los repartidores te dará un paquete, te lo escondes en los calzoncillos y después me lo entregas.
—¿Qué contiene ese paquete?
—Lo único que necesitas saber es que, si trabajas para mí, aquí dentro nadie te molestará.
—¿Y si no?
—Si no... seré yo quien te moleste.
El rumano suelta una risotada y Gonzalo comprende que no tiene escapatoria. Antes de que pueda responder, un funcionario entra en la biblioteca.
—Fonseca, tienes visita.
—Te avisaré cuando esté listo —le dice Gheorghe sonriente, y luego le observa mientras sale de la biblioteca con el funcionario.
20
La jueza Almudena García entró en casa procurando mantener la calma. Se quitó los zapatos, que le estaban destrozando los pies, guardó tranquilamente la compra en la nevera y se sirvió una copa. Hasta que se sentó en el sofá, no abrió el sobre que le había entregado el crupier en el supermercado. En el interior había cinco fotografías en las que se la veía a ella: en dos estaba acompañada por el empresario Sebastián Oller en la terraza de la habitación de hotel, en otras dos se hallaba sentada a la mesa de juego junto con él y varios jugadores más, y en la última estaba comprando quince mil euros en fichas a los organizadores de las partidas de póquer. Sobre una de las imágenes había un pósit pegado: «¿Cree que le conviene a su carrera que se hagan públicas estas fotos?».
—Hijo de puta...
Hacía varios meses que había decidido pedir el traslado a los Juzgados de Violencia sobre la Mujer y se acababa de incorporar, pero no lograba concentrarse en el primer caso que tendría que juzgar: el asesinato de una mujer supuestamente a manos de su pareja. El acusado se llamaba Gonzalo Fonseca. Después del primer día de juicio en el que la fiscalía y el abogado defensor expusieron sus consideraciones iniciales, nada más subirse al coche para volver a casa, recibió la llamada que llevaba cinco días esperando.
—¿Qué le han parecido las fotos?
—¿Qué quiere?
—Cien mil euros en efectivo. Esta noche.
—Eso es una fortuna. No puedo disponer de tanto dinero en tan poco tiempo.
—No me tome por estúpido. Recuerde que llevo viéndola jugar y ganar desde hace mucho tiempo.
—No siempre he ganado, lo sabe mejor que nadie. Me ha ido bien, es cierto, pero también he perdido muchas noches.
—¡¿Quiere tocarme los cojones, o qué?! —estalló el crupier, irritado—. Si no tengo esta noche mis cien mil euros, mandaré las fotos a todos los periódicos.
—¿Dónde? —preguntó Almudena tras unos segundos de duda.
—Vaya a la estación de metro de Sol y súbase en el primer tren que pase en dirección a Moncloa a partir de las diez de la noche.
La comunicación se cortó y la jueza Almudena García tuvo claro que no podía sucumbir al chantaje. Conocía cómo funcionaba esa gente y sabía que después de los cien mil euros vendrían otros tantos, y se repetiría las veces que fueran necesarias hasta dejarla sin nada. Tenía que denunciarlo, pero no sabía ante quién.
El empresario Sebastián Oller acababa de almorzar en su despacho acompañado por varios de sus consejeros cuando su secretaria le dijo que tenía visita. Al saber quién había ido a verle, hizo salir a toda prisa a los empleados por una puerta lateral y fue a recibirla.
—Qué sorpresa más agradable.
—Siento no poder decir lo mismo, señor Oller.
—¿Qué sucede? —preguntó el empresario, desconcertado.
La jueza Almudena García le contó cómo había llegado a sus manos ese sobre con las fotos y el empresario fue mirándolas una a una con el ceño fruncido.
—¿Tiene usted algo que ver con esto? —preguntó ella escudriñándole.
—Le doy mi palabra de que no —respondió Sebastián Oller con solemnidad.
La jueza le miró a los ojos y decidió creerle.
—Creía que allí dentro estábamos seguros.
—Yo también. Deberíamos decirles a los organizadores que se ocupen ellos de ese crupier... ¿Cuánto le ha pedido?
—Cien mil.
—¿Y va a pagarlos?
—¿Qué haría usted en mi lugar?
—No creo que esté preparada para oír mi respuesta —contestó el empresario con frialdad.
La jueza comprendió muy bien lo que significaba eso y se estremeció.
—En su caso solo tiene dos opciones —continuó Oller—. O lo denuncia ante la policía y reza para que no salga a la luz, o paga. El problema es que a este tipo de gente le puede la codicia y no creo que vaya a detenerse ahí. Si se decide a pagar, sería justo que me hiciera cargo de la mitad, aunque solo por esta primera vez.
—Es usted muy generoso.
—Probablemente yo solo tendría un problema con mi mujer, pero tampoco querría salir en los periódicos por algo así. Cuente con el dinero... o con cualquier otra cosa que pueda necesitar.
La jueza se marchó de aquel despacho sin dejar de pensar en la oferta velada que le había hecho Sebastián Oller. Durante las horas que siguieron intentó no pensar en ello, pero seguía ahí, martilleándole. A las nueve de la noche abrió su caja fuerte, guardó en una bolsa cien de los ciento veinte mil euros que tenía y se encaminó a la estación de Sol. Se sentó en el andén indicado y dejó pasar cuatro trenes. A las diez y tres minutos, llegó el que tenía que coger. Se levantó y fue hacia la puerta, pero en el último segundo decidió no subirse. En cuanto el vagón de cola desapareció por el túnel en dirección a Moncloa, recibió la llamada de teléfono.
—¡¿Qué coño ha pasado?! —gritó el crupier, iracundo—. ¡¿Por qué no se ha subido al puto tren?!
—Porque no he logrado reunir todo el dinero —respondió ella con tranquilidad—. Le juro que mañana le pagaré.
—Es su última oportunidad. Le recomiendo que no la desaproveche.
La comunicación se cortó. La jueza tomó aire y marcó el número que aparecía en una tarjeta de visita que sacó de su bolso.
—¿Señor Oller? He decidido aceptar su oferta. —Escuchó impasible—. No, no me refiero al dinero. ¿Se ocupa usted del problema?
21
Gonzalo Fonseca llega a la sala de visitas, donde la inspectora Indira Ramos y la subinspectora María Ortega ya están esperándole. Las dos policías le observan en silencio mientras el guardia abre la puerta. La primera impresión que les causa es, como defiende su padre, la de un hombre inocente acusado injustamente.
—No tiene pinta de asesino —dice en voz baja la subinspectora.
—Tampoco Ted Bundy, y mira —replica la inspectora.
Lo que más le llama la atención a la inspectora es su pulcritud. Para alguien como ella, que ha estado a punto de sufrir un infarto siete veces desde que ha entrado en la cárcel hasta que ha llegado a la sala de visitas por el desorden y la suciedad con que se ha encontrado, supone un auténtico alivio.
—¿En qué puedo ayudarlas? —pregunta Gonzalo con desconfianza.
—Buenas tardes, señor Fonseca. Yo soy la inspectora Ramos y ella la subinspectora Ortega. Sentémonos, por favor.
Los tres toman asiento alrededor de la mesa metálica, todavía estudiándose.
—Reconozco que estoy intrigado —dice Gonzalo.
—Hemos venido a hablarle de su padre, Ramón Fonseca.
—¿Qué le ha pasado?
—Ayer confesó ser el autor del secuestro de tres personas.
Gonzalo se recuesta en la silla, asimilando la información. Por su reacción parece que de verdad no se lo esperaba.
—Entonces ¿ha sido él?
—¿No lo sabía?
—Lo sospeché cuando vi en televisión que habían desaparecido la jueza que me condenó, el abogado que me dejó tirado y la testigo que mintió en mi juicio. Pero me resistía a creer que fuera capaz de algo así. ¿Qué pide?
—Que se reabra su caso y detengamos al verdadero culpable de la muerte de su esposa —responde la subinspectora Ortega.
—¿O?
—O cada semana irá muriendo uno de los secuestrados.
—Vaya —dice Gonzalo todavía más impresionado.
—Vamos, señor Fonseca. —La inspectora le mira con suficiencia—. ¿Va a decirnos que no tenía ni idea de lo que pretendía hacer su padre?
—Desde que murió mi madre se volvió más radical con mi defensa y yo sabía que intentaría algo, pero me imaginaba que haría una huelga de hambre frente al palacio de la Moncloa o algo parecido. Le aseguro que esto me ha sorprendido tanto como a ustedes.
—¿Cree que de verdad puede convertirse en un asesino?
Gonzalo Fonseca reflexiona unos segundos antes de responder.
—Mi padre es un hombre desesperado, inspectora. Todo esto le ha afectado mucho, más incluso que a mí. Él cree en mi inocencia y la última vez que vino me juró que conseguiría sacarme de la cárcel aunque fuese lo último que hiciera en su vida.
—Debería hablar con él y decirle que termine con esta locura.
—Si ha hecho esto es porque ha sopesado todas las posibilidades, y le aseguro que yo no conseguiré que cambie de opinión.
—Si de verdad es usted buena persona, no permitirá que mueran tres inocentes —interviene de nuevo la subinspectora Ortega.
—Sobre la supuesta inocencia de esas personas habría mucho que discutir, subinspectora. Por lo pronto, han mentido sin preocuparles lo que me sucedería. Y en cuanto a dejar morir a alguien... en caso de que llegase a suceder, cosa que no deseo, sería solo culpa de la policía. En sus manos está encontrar al asesino de Andrea y acabar con todo esto.
—¿En menos de siete días?
—Han tenido más de un año y no han movido un dedo.
Las dos policías intercambian una mirada, conscientes de que por ese camino no conseguirán mucho más.
—De modo que usted no mató a su esposa, ¿no?
—No.
—¿Y cómo explica que le encontrasen en el escenario del crimen, manchado de sangre y que el arma estuviera repleta de sus huellas?
—No tengo una explicación, pero puesto que yo no lo hice, supongo que me tendieron una trampa. Debieron de drogarme con algo y prepararon el escenario para que yo pareciese culpable. El caso es que, cuando desperté, ya estaba rodeado de policías.
—¿Quién se tomaría tantas molestias, señor Fonseca?
—No lo sé.
—Échenos una mano para que podamos creerle, por favor. ¿Quién querría ver a su mujer muerta?
—No lo sé, joder. Andrea no tenía enemigos ni estaba metida en asuntos turbios. Se dedicaba a trabajar y a sus clases de cocina.
—Trabajaba en una constructora, ¿verdad?
—Acababa de empezar una nueva obra —responde él asintiendo—. Unos chalés en un campo de golf muy exclusivo cerca de Toledo. Decía que era su mejor proyecto y estaba muy ilusionada.
Las dos policías se sorprenden al ver que a Gonzalo Fonseca se le humedecen los ojos. O es un actor consumado, o el asunto no está tan claro como parecía inicialmente.
—¿Por qué deberíamos creerle, señor Fonseca? —pregunta al fin la inspectora.
—Porque la quería. ¿Cómo coño iba a acuchillarla de esa manera cuando Andrea y yo habíamos planeado ser padres este año, inspectora?
22
Aquel jueves se presentaba movido para el abogado Juan Carlos Solozábal. A primera hora fue a visitar a Gonzalo Fonseca a la cárcel de Alcalá de Henares, donde permanecía detenido a la espera de juicio por el asesinato de Andrea Montero. Y a media mañana ya estaba en la de Soto del Real con el cuñado de Salvatore Fusco, en prisión preventiva por haber matado a
