1
Mae
Chateau Marmont
Los Ángeles está que arde.
Algún tarado va por ahí prendiendo fuego a los campamentos donde malviven los indigentes. Anoche atacó una de las barriadas de tiendas de campaña de Los Feliz, cerca de la interestatal 5. El incendio se extendió hasta Griffith Park. Envuelta en humo, la puesta de sol es alucinante. Las partículas suspendidas en el aire acribillan la luz y la tiñen de rojo, convirtiendo el cielo en una herida fosforescente.
Mae espera frente a la entrada secreta del Chateau Marmont. Es sábado por la noche, y ve a los turistas deambular por Sunset Boulevard con los ojos inyectados en sangre por culpa de la humareda. Tosen e intercambian miradas de perplejidad. Nunca se les pasó por la cabeza que el Sunset Strip pudiera oler a quemado.
Mae da vueltas en la acera como un boxeador antes del combate. Tiene facciones angulosas que le prestan cierto aire intelectual y el rostro enmarcado por una melena corta a lo Louise Brooks. Luce un mono setentero con estampado floral. Tiene mirada de loba, que esconde detrás de unas enormes y aparatosas gafas de sol. Nadie la ve venir.
Apoya el peso ora en un pie, ora en el otro; esos tacones no están hechos para el trabajo de campo. Se los había puesto para una primera cita que ha cancelado veinte minutos atrás, en cuanto ha recibido el mensaje de Dan. Tampoco es que se haya perdido gran cosa: había quedado con un cómico al que conoció en Bumble. Los cómicos suelen tratar a las mujeres con las que salen como un público de prueba, o bien como la loquera de turno, o se creen que te tienen en el bote sin necesidad de mover un dedo por el mero hecho de dedicarse a la comedia.
El mensaje de Dan decía «hannah chateau ven cuanto antes», seguido del número de teléfono de la nueva ayudante de Hannah Heard. Tan críptico como de costumbre. Según las reglas, «siempre hay que decir lo menos posible».
Chateau Marmont, un castillo gótico de aire coqueto y ligeramente decadente, se alza al pie de las colinas de Hollywood y es el hotel preferido de los famosos por su discreción. El acceso principal es un sinuoso camino que queda a la izquierda de Mae. Esa entrada secreta desde Sunset Boulevard lleva directamente al umbrío patio ajardinado por el que se llega a los bungalós privados. La sencilla puerta empotrada en el muro de ladrillo blanco está hecha de tela verde, por lo que cualquiera podría abrirla de un tajo para colarse entre los ricos y famosos, pero nadie lo hace.
Cuando los envían al Chateau, es porque alguien la ha liado parda. Ha pasado algo grave. Habrá un escándalo de la hostia. El hecho de que Hannah Heard esté involucrada en lo sucedido aumenta de forma exponencial las posibilidades de que todo lo anterior sea cierto.
La puerta de tela verde se abre desde dentro. Al otro lado hay una chica de veintipocos años con el pelo azul y una camiseta de Alaska Thunderfuck que luce a modo de vestido, estilo manic pixie girl de la era digital. Tiene los ojos desorbitados, como un conejillo que hubiese caído en una trampa. Mae le augura una carrera efímera en ese mundo. No porque tenga miedo, sino porque deja que se le note.
Según las reglas, «no hay que bajar la guardia jamás».
—Soy Shira, la ayudante de Hannah —dice con voz ahogada, como si le costara trabajo respirar y hablar a la vez. Esa clase de fragilidad obvia saca de quicio a Mae, hace que se mordisquee la cara interna de las mejillas—. ¿Eres la asesora de comunicación?
—Algo así. Llévame con ella.
En el patio ajardinado reina una paz ansiolítica. Entre sus muros, el estrépito de la calle se desvanece como por arte de magia. Hasta el olor a humo de los incendios forestales queda disimulado. La vegetación se mece y susurra como en un sueño. Por todas partes hay buganvillas, matas de bambú y vidrieras de estilo art déco. Seis coquetas casitas se alzan a cada lado del umbrío patio, en cuyo centro hay un estanque de obra, plácido y sereno, repleto de nenúfares y piedras cubiertas de musgo.
Un elemento desbarata el sueño: el buda de hormigón que preside el estanque ha volcado y descansa sobre uno de sus costados. La caída lo ha decapitado, y la cabeza mira al cielo con gesto risueño. Mae da por sentado que acaba de suceder, porque al Chateau se le da de fábula esconder cadáveres.
Shira se da cuenta de que Mae observa al dios caído.
—Hannah acaba de llegar de un vuelo largo —dice.
Esta chica sabe cómo decir las cosas sin decirlas. Quién sabe, hasta puede que salga adelante.
El bungaló de Hannah huele como un vertedero industrial, y el penetrante olor a amoníaco que despide lo que sea que han estado fumando hace lagrimear a Mae. Se vuelve hacia la ayudante antes de que ésta cierre la puerta a su espalda.
—Déjala abierta.
—El olor...
—A nadie le importa.
La estancia que da a la fachada está hecha un desastre. Un amasijo de ropa —mezcla de alta costura y pantalones de chándal— desborda las maletas de Gucci. Entre las bandejas del servicio de habitaciones y las botellas vacías, no queda un palmo de superficie libre. Un plato de patatas fritas recubiertas de kétchup. Botellas de kombucha reconvertidas en ceniceros. Una bandeja de Dom Pérignon y Doritos. Sobre la mesa, un envase de comida para llevar alberga algo amarillento, quizá huesos chupeteados, junto a una cachimba de cristal ennegrecida por el uso. Mae mira hacia abajo: sus pies se topan con zurullos de perro duros como piedras. Se necesitan varias semanas para hacer semejante destrozo, pero la ayudante de Hannah ha dicho que acaba de llegar. Al parecer, no repara en gastos ni siquiera cuando se va de viaje, y los bungalós valen mil dólares la noche.
Hay dos hombres y una mujer repantigados como cojines en el sofá de estilo retro. Su tren de vida y las operaciones de relleno facial los han convertido en trillizos. Mae conoce de sobra a los de su calaña: rémoras, peces que se alimentan de los residuos adheridos a la piel del tiburón. La miden con sus inexpresivos ojos de pez.
Mochi, una perrita faldera de pelaje blanco y algodonoso cuando alguien se encarga de cepillárselo, pero que ahora se ve grisáceo y apelmazado, ladra desde la cocina como un diminuto y estridente heraldo que anunciara la llegada de la gran Hannah Heard.
Su rostro es inconfundible. Incluso con la capucha y las enormes gafas de sol, es inconfundible. La certidumbre flota en el aire como el humo de los incendios forestales. Aunque no hayas visto las seis temporadas de ¡Ya te gustaría! en las que participó, ni sus lamentables pelis de adolescentes, la reconocerías. Puede incluso que sepas que estaba llamada a ser una gran estrella. Que tenía gracia, don de la oportunidad, talento. La has visto poniendo morritos en la portada de Vanity Fair el mes que cumplió los dieciocho. Durante los últimos años has sido testigo de los papeles que dejó escapar y sus batacazos en taquilla, has seguido los escándalos que ha protagonizado en la prensa amarilla —aquello que Mae y Dan no han logrado sofocar— mientras Hannah caía en una lenta espiral de destrucción, una especie de siniestro total del alma.
Manchas de vino tinto en la sudadera naranja de Celine; otros mil dólares tirados a la basura. Pero son las enormes gafas de sol las que llaman la atención de Mae, porque las lleva en una habitación en penumbra. Su misión está debajo de esas gafas.
La voz de Hannah suena como una remezcla de rap, sincopada y ligeramente ralentizada.
—Hola, pibón. Estás que te sales.
—¿Por las costuras, quieres decir?
Hannah no pilla el chiste. Se saludan con un beso al aire. El sudor de Hannah tiene un vago olor a disolvente. Su cuerpo está expulsando toxinas a marchas forzadas. El abrazo se vuelve asfixiante, Hannah se deja caer como un peso muerto sobre Mae, suplicándole que la sostenga. Mae hace lo que puede.
—¿Tenéis naloxona? —pregunta a Shira sin soltar a Hannah.
La ayudante asiente en silencio. Hannah se aparta de Mae, deshaciendo el abrazo.
—Vete a tomar por culo, anda. Ya nadie se mete fentanilo desde lo de Brad.
Mae tiene la imagen de Brad Cherry grabada a fuego en su mente. El bello cadáver de un muchacho desmadejado sobre un colchón extragrande. No recordaba que Hannah había salido en ¡Ya te gustaría! con Brad cuando ambos eran chavales, antes de que se echaran a perder. Parpadea para conjurar la imagen del chico muerto.
—Os presento a Mae —dice Hannah dirigiéndose a los trillizos—. Ahí donde la veis, es una asesina implacable.
—Hannah... —repone Mae en el tono preciso para transmitir cariño y empatía en la medida justa para consolar a Hannah sin que se sienta infantilizada. Según las reglas, «hay que manejar al cliente»—. ¿Por qué no te quitas las gafas de sol y me explicas qué hago aquí?
Hannah se saca las gafas. Tiene el ojo izquierdo amoratado e hinchado como una ciruela cortada en dos.
Mae no se inmuta. Su rostro no delata emoción alguna. Según las reglas, «la procesión va por dentro». Se vuelve de nuevo hacia Shira.
—¿A qué hora tiene que estar en plató?
—La esperan en maquillaje a las cuatro de la mañana.
—Mierda.
Según el Relato —hilvanado por el equipo de comunicación de Hannah—, la actriz ha pasado los últimos seis meses en rehabilitación para volver a coger las riendas de su vida. Los asesores pactaron entrevistas sobre su historia de superación con periodistas afines en las principales revistas y suplementos. Se conchabaron con los paparazis para que le sacaran fotos supuestamente espontáneas comprando zumos orgánicos y bocadillos veganos en Erewhon. El Relato surtió efecto. Mañana Hannah empieza a rodar un drama de corte indie que ya huele a Óscar. No es la protagonista, pero ha conseguido un buen papel. Si todo va según lo previsto, pronto pasarán a la siguiente parte del Relato: «Estrella del pop demuestra tener madera de actriz.»
Ese ojo a la funerala amenaza con echar el plan por tierra.
Los de la película van a poner el grito en el cielo cuando la vean. Tal vez puedan rodar evitando que se le vea el ojo, o bien arreglarlo digitalmente. Los retoques generados por ordenador son el pan nuestro de cada día en el caso de las grandes estrellas, que exigen liftings de párpados digitales y chutes de bótox virtuales por contrato. Pero Hannah no pertenece a esa élite. Si la caga el primer día por culpa de ese ojo a la funerala, y si los productores lo ven como señal de que no va a levantar cabeza, la pondrán de patitas en la calle sin contemplaciones y llamarán a la siguiente modelo con ínfulas de actriz que sin duda tienen ya en la recámara.
Mae sabe que, en el mundillo, un hombre que se cae por un precipicio puede volver a escalar hasta la cima, y hasta habrá quien le tienda la mano para ponerlo a salvo. Pero como sea una mujer la que se despeña, no hay nada que hacer. Si se aferra con uñas y dientes al borde del acantilado, habrá quienes le pisoteen los dedos por puro gusto. Si echan a Hannah de esta película, caerá al vacío. Según las reglas, «hay que proteger al cliente, incluso de sí mismo».
La misión consiste en evitar que Hannah pierda ese papel.
—¿Dónde está Tonya? —pregunta, refiriéndose a la mánager de la actriz.
—A lo que se me alcanza, bien podría estar haciendo la calle en Santa Mónica —dice Hannah—. La cabrona no me devuelve las llamadas.
—¿Y Jonathan?
Se refiere a su abogado.
—No se pone al teléfono.
—¿Y qué hay de Enrique?
Su agente artístico.
—Ha dicho que os llame a vosotros.
Ese runrún que se oye de fondo es el sonido que hacen las ratas al abandonar el barco. El equipo asesor de Hannah ha dejado claro cómo cree que acabará toda esta movida. No van a intentar explicar lo del ojo a los productores, sino que les han pasado el marrón a los de comunicación. Y Dan, a su vez, se lo ha pasado a Mae.
—Hannah, necesito saber qué ha ocurrido. —Mae señala el pasillo que lleva al dormitorio como diciendo «hablemos a puerta cerrada». Hannah niega con la cabeza y, con un gesto de la mano, resta importancia a la presencia de los trillizos.
—No lo dirás por los muertos vivientes, ¿verdad? Si no pueden con su alma. Apuesto a que todo lo que decimos suena como cuando hablaba la maestra de Charlie Brown.
—Muy bien, pues deléitame.
Hannah le cuenta lo sucedido a grandes rasgos, callando muchas cosas. Mae se encarga de completar el rompecabezas.
Las malas lenguas lo llaman «entretenimiento a bordo». Aviones fletados para transportar a mujeres al extranjero, donde acuden a fiestas en yates propiedad de millonarios, hombres poseedores de fortunas tan grandes que el cerebro humano no alcanza a comprenderlas. Los yates navegan alrededor del mundo —siempre en aguas internacionales— en busca de climas propicios para el lucimiento del bikini, y lo hacen veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año, sin solución de continuidad. Esas mujeres son obsequios que los anfitriones usan para agasajar a sus invitados. Antes solían llenar aviones con aspirantes a actriz en Burbank, pero se rumorea que ahora la mayor parte de las chicas vienen de Europa del Este porque salen más a cuenta. Se rumorea que, ahora, los aviones procedentes de Los Ángeles tienen un pasaje más selecto. Se rumorea que sólo cogen a caras famosas, que se suben a un jet privado por cinco ceros la noche. Al parecer, los rumores son ciertos.
Mae sabe que los rumores siempre son ciertos. Incluso los falsos.
He aquí lo que pasó: un coche privado llevó a Hannah hasta el aeropuerto de Santa Mónica, donde voló en jet privado a Francia y aterrizó en un hangar también privado, sin pasar por el control de pasaportes; de hecho, ni siquiera lo llevaba encima. Desde allí recorrió a pie los quince metros que la separaban del helicóptero que la estaba esperando. Sus pies tocaron suelo francés durante un minuto, a lo sumo. El helicóptero la llevó hasta aguas internacionales, donde aterrizó sobre una embarcación de apoyo, un crucero de treinta metros de eslora, cargado con helicópteros, motos acuáticas y otros juguetes, que seguía a un yate de grandes proporciones. En la embarcación de apoyo viajaban el equipo de seguridad, el personal de a bordo y las chicas que no habían dado la talla. Una lancha de recreo antigua, con casco y cubierta de madera, la transportó hasta el megayate de tres plantas donde la esperaba el cliente. Había otras diez chicas a bordo, pero Hannah era la guinda del pastel.
No le dice a Mae cómo consiguió el bolo, quién lo organizó ni quién se encargó de ponerlo en marcha. Sólo le cuenta una parte de lo que pasó —la peor parte— en una cantinela infantil que parece dirigir a Mochi. Le quita hierro entre risas, como si no fuera nada del otro jueves. Puede incluso que así lo crea.
Mae siente que le hierve la sangre, no sólo por el horror de lo que cuenta Hannah, sino también por el morbo, el morbo de conocer ese mundo secreto reservado a unos pocos. De ver el mundo como realmente es.
Es repugnante.
Es electrizante.
—Se creía muy listo. Intentó grabarme... en plan, mientras lo hacíamos. Así que le tiré el móvil por la ventana, o como se llame.
—Ojo de buey —apunta Shira.
Hannah la fulmina con la mirada y la chica se encoge como si quisiera desaparecer de la faz de la Tierra. En ese instante, toda su relación se despliega ante Mae: las llamadas a horas intempestivas, los infinitos recados y caprichos gastronómicos, las broncas, los insultos y los incómodos momentos de afecto. Pocos puestos de trabajo hay que sean tan exigentes o impliquen un grado de intimidad tan profundo como el de asistente personal en Hollywood, y todos están mejor remunerados.
—Ojo de buey. El caso es que tiré a los delfines el móvil de ese gilipollas. —Hannah se toca el ojo. Un recuerdo la hace enmudecer. Las lágrimas le empañan el ojo bueno. Masca el aire, hace una mueca como si le supiera amargo. Por un instante, la realidad parece a punto de imponerse, pero entonces Hannah traga en seco para reprimir lo que quiera que estaba intentando salir a la superficie, y el instante se desvanece. Mira a Mae con esa sonrisa irresistible que le valió su papel en la serie.
—¿Es famoso? —pregunta Mae, previendo una posible dificultad adicional.
—Aquí no, en todo caso.
—¿Y dónde, entonces?
—No lo sé. En uno de esos países donde los carcamales gordos y peludos se pasean en tanga como si tal cosa.
Hannah introduce la mano en el bolsillo central de la sudadera, saca una bolsita de cordones y vuelca su contenido en la palma de la mano, donde un puñado de diamantes refulge, absurdamente bello.
—Supongo que le entraron remordimientos —dice, pero no parece tenerlas todas consigo—. Esto es una especie de indemnización. ¿Cuánto crees que pueden valer?
—No tengo ni idea. Podrías preguntárselo a tu mánager.
Hannah niega con la cabeza.
—No, que querrá cobrar comisión. —Vuelve a guardar los diamantes en el bolsillo de la sudadera—. Seguramente valen más de lo que voy a sacar con esta película.
Hannah gime como si cargara algo muy pesado. Mira hacia arriba y le habla al techo.
—Maldito seas, Eric. Mira lo que me has hecho.
—¿El del tanga se llama Eric?
—No, no estoy hablando de él —repone Hannah—. Olvídalo. No sabes de la misa la media.
El cerebro de Mae escupe un nombre: Eric Algar, creador y productor ejecutivo de ¡Ya te gustaría! El hombre que descubrió a Hannah y a la mayoría de las demás estrellas adolescentes del momento. Las malas lenguas lo describen como un baboso de tomo y lomo. Uno de tantos, cerca de cien, que Mae podría nombrar si se sentara a pensar en ello.
Como suele decir su amiga Sarah:
«Nadie habla, pero todo el mundo cuchichea.»
En el silencio que se instala entre ambas después de que Hannah cuente lo sucedido, Mae empieza a tamborilear con las uñas en la pantalla del móvil. Mochi rompe a ladrar con voz aguda desde el regazo de su dueña. Mae respira hondo, como recomienda internet en estos casos. Se centra en su cometido. El monstruo del yate se irá de rositas, eso está claro. Son las reglas del juego.
—Necesito un poco de aire —dice—. Cuando vuelva, se me ocurrirá algo.
Afuera, el jardín resplandece bajo la luz dorada del atardecer. Mae alcanza a oír gemidos ahogados de sexo en la cabaña de al lado, lo que no hace sino acentuar el ambiente hedonista del lugar. Tal como había previsto, no queda ni rastro del Buda decapitado. Esa gente es capaz de deshacerse de un dios muerto, y lo que les pongan por delante, en un abrir y cerrar de ojos.
Mae sopesa las alternativas de las que dispone. Salta a la vista que el resto del equipo da a Hannah por amortizada. Si decidiera dejarla tirada, la única persona que se lo tomaría mal sería la propia Hannah. Y, si Mae la dejara tirada, en dos días se vería reducida a la más absoluta insignificancia.
Cruza el patio ajardinado y sube los escalones que van a la piscina, donde se lleva a cabo una sesión fotográfica aprovechando la luz dorada de los últimos rayos de sol. El protagonista de la sesión es tan guapo que duele mirarlo. Hay técnicos sosteniendo cámaras y reflectores que hacen rebotar la luz. Mae se fija en la chica que sujeta la botella de plástico del batido energético del modelo. Cuando estás empezando en el mundillo, hay ocasiones en las que un objeto inanimado podría desempeñar tu trabajo, y así te lo hacen saber.
Ese pensamiento evoca fantasmas de trabajos pasados, trabajos de los que no quiere acordarse, que espolean su rabia. Mae decide usarla en su provecho y salvar a Hannah sólo por demostrar que puede hacerlo. Una oleada de placer recorre el centro de su cerebro. La euforia que nace de la rabia es su preferida. Hace que se sienta viva.
Se lo piensa un buen rato, repasando los principios básicos de toda maniobra de encubrimiento que aprendió de Dan.
«Olvídate de la verdad. No es que no sea importante; simplemente da igual.»
«Una mentira que nadie se cree puede seguir siendo útil, si da permiso a la gente para hacer lo que quiere de todos modos.»
«Ten a mano un guante sangriento, el correlato objetivo, el único elemento real que puedes señalar para dar verosimilitud a las mentiras.»
«Horrorízalos o tócales la fibra. De nada sirve todo lo demás.»
La idea se le ocurre de repente.
Vuelve al bungaló. Ni siquiera mira a los trillizos. Se dirige a Hannah en un tono que no admite réplica.
—Métete en la ducha, nena. Vamos a grabar un vídeo.
La primera vez que compartes habitación con una estrella —no sólo una persona famosa, sino toda una estrella—, lo notas enseguida. No puedes apartar los ojos de ella. Y, bajo una gruesa capa de barro y dolor, Hannah conserva su brillo.
Cuando acaban de rodar en el dormitorio —cuando Hannah clava cada frase del guión que ha escrito para ella—, Mae se instala en el salón. Los trillizos no se han movido. Uno de los hombres se ha quedado traspuesto, y un hilo de baba le cuelga de la boca. Mae llama a Shira por señas.
—Hannah está subiendo el vídeo a Instagram. Si tienes algo que la haga dormir, dáselo. Aún le quedan seis horas de sueño. Saca a estos tres de aquí, pero antes hazles firmar acuerdos de confidencialidad.
—¿De dónde quieres que los saque?
Mae coge su bolso de la encimera.
—Ten. Siempre llevo unos cuantos en blanco.
Mae decide quedarse cerca hasta que el vídeo empiece a circular. Deja atrás la piscina, donde la sesión fotográfica ha terminado, ahora que se ha hecho de noche. Deja atrás el bungaló número 3, donde John Belushi murió de sobredosis. Baja por los escalones donde Jim Morrison se cayó y se abrió la crisma porque iba borracho como una cuba. Cruza el camino de acceso donde Helmut Newton perdió el control de su Cadillac, se empotró contra un muro y se murió. Los fantasmas forman parte del ambiente extravagante del hotel.
Entra en el edificio principal, sube las escaleras que llevan al vestíbulo. Por el camino se cruza con Gary Oldman, que lleva un gran sombrero negro de ala ancha. Se dirige a la recepción, donde todas las empleadas visten del mismo tono caldera y poseen el mismo tipo de belleza deslumbrante. Mae deja caer el nombre de Hannah y ve el pánico en la mirada de la recepcionista. La estratagema funciona, hay un hueco en el diminuto bar de la esquina. Pide un cóctel, algo con yuzu y mezcal que sabe a cuero y está delicioso. Dakota Johnson pasa luciendo un enorme abrigo de pelo sintético. Un ambientador floral flota en el aire. A su espalda, Sam Rockwell y Walton Goggins están sentados a una concurrida mesa. Suena Grimes por los altavoces: una voz aniñada que canta la palabra «violencia» una y otra vez. Mae mira de reojo a esos rostros famosos que también la miran de reojo, intentando averiguar si es alguien. Le gusta que la vean como un misterio, sentirse algo así como la celebridad de Schrödinger. Deja que la magia del hotel la tranquilice. No piensa en hombres que hacen lo que quieren a bordo de yates.
Su móvil vibra en el bolso. Es Dan. No se permite el uso de móviles en el bar. Deja dos billetes sobre la barra, uno de veinte y otro de cinco. Contesta al teléfono sobre la marcha. Dan no se molesta en saludar.
—¿El puto chucho? —Su voz es puro júbilo.
—Horrorízalos o tócales la fibra. De nada sirve todo lo demás. Alguien me lo enseñó hace tiempo.
Dan se echa a reír.
—Supongo que Hannah lo ha subido a redes, ¿no? —pregunta.
El vídeo dura cerca de dos minutos. En él, Hannah aparece luciendo las gafas de sol y sosteniendo a Mochi en brazos mientras comparte una divertida anécdota sobre la perrita, que detesta tomar su medicación para la ansiedad y siempre intenta escabullirse. La anécdota llega a su punto álgido cuando Hannah cuenta que Mochi se retorció en su regazo y le propinó un cabezazo sin querer. En ese instante se quita las gafas de sol y enseña el ojo a la funerala, que es el remate perfecto a toda la secuencia. Por último, deja que Mochi le lama la cara: todo queda perdonado. El vídeo fluye como la seda. Hashtag mochi la lía parda. Hashtag viral a saco.
—El estudio ya lo ha retuiteado —dice Dan—. Reconocen un bombazo cuando lo ven.
—O sea, ¿que no la echan de la película? —pregunta Mae deteniéndose en el vestíbulo del hotel.
—Las cámaras empiezan a rodar a las seis de la mañana. Le arreglarán el ojo en posproducción. Su mánager me ha llamado. Te felicita. Dice que has sabido sortear los escollos y llevar la nave a buen puerto.
Mae sabe que la mánager no ha dicho eso. Es la forma de hablar de Dan. Lo conoce de sobra. Sabe que no preguntará qué pasó realmente, no por teléfono.
—¿Crees que aguantará hasta el final del rodaje?
—No podría importarme menos —contesta Dan entre risas. Hay algo raro en su tono de voz, algo que inquieta a Mae. Han aprendido a captar el estado de ánimo el uno del otro sin necesidad de palabras. Mae sabe que esta conversación podría haber esperado hasta el lunes, que es un pretexto para hablar de otra cosa. Sabe que se ha acabado la charla trivial y que Dan se dispone a abordar el verdadero motivo de su llamada.
—¿Tienes planes el lunes, después de trabajar? —pregunta.
—Clase de barre, quizá.
—Vámonos a tomar una copa. —Algo en su tono de voz le pone la piel de gallina.
Dan es el mejor jefe que ha tenido nunca. Jamás le ha levantado la voz, no la ha hecho sentir estúpida ni le ha arrojado ningún objeto.
Y nunca se le ha insinuado.
—¿Una copa? —pregunta, como si nunca hubiese oído hablar de semejante costumbre. Es una forma de ganar tiempo mientras intenta sacudirse la perplejidad.
—Nos vemos en el Polo Lounge —repone Dan—. Yo invito. Pero que no salga de aquí, ¿vale?
La cosa va de mal en peor. El Polo Lounge es el bar del hotel Beverly Hills. Han quedado para tomar copas en el bar de un hotel, a un breve trayecto en ascensor de camas extragrandes.
—¿Algún motivo?
—Sólo quiero compartir contigo mis planes para un futuro mejor. Concretamente, el tuyo.
Mae sabe lo bien que se le da mentir a Dan, ponerse una máscara. El hecho de que se le note, y más por teléfono, no augura nada bueno. Mae siente el impulso de mentir, de inventarse un compromiso previo, pero no puede hacerlo. Él sabría que miente, tal como ella sabe que él está mintiendo en ese instante. Y se enfadará. Según las reglas, «debes manejar a tu jefe tal como manejas a tus clientes».
—Trato hecho —dice Mae al cabo. Apenas recordará el resto de la conversación, porque su mente se dedica a barajar y descartar posibilidades. Después de colgar, Mae baja por el camino de acceso al hotel hasta el puesto de los aparcacoches. Le da su ticket al empleado de turno, que luce una camisa de esmoquin empapada en sudor. El hombre se va correteando en busca del coche mientras ella espera.
Un Mercedes Maybach se detiene frente al puesto del aparcacoches. El hombre que se apea del asiento trasero es mayor, un anciano en toda regla, a juzgar por las venas que le sobresalen en el dorso de la mano y la telaraña de cabello ralo que le cubre la cabeza. Su frágil pecho, que asoma bajo la camisa de seda negra, recuerda por su color al vientre de un pez. Una mujer a la que cuadruplica en edad se baja del coche con él; es la asistente, no la novia; Mae lo deduce por la vestimenta. Sin embargo, cuando él la coge por el antebrazo con un levísimo ademán posesivo, Mae advierte la reacción de la joven. Disimula bien, el estremecimiento se limita a la mirada. Mientras los ve subir hacia el hotel, se pregunta si los médicos, cuando visitan a un paciente, siguen viendo a la persona o sólo alcanzan a ver carne, tripas, venas y tumores. Y es que, cuando Mae mira a la gente, lo único que ve son secretos.
2
Chris
Mid-Wilshire
El piso del británico parece sacado de un catálogo, pero apesta a ropa sucia. Tarros de cristal repletos de canicas, juguetes antiguos minuciosamente colocados, toda una inútil parafernalia. Por todas partes hay carteles enmarcados con lemas cursis en grandes negritas: «VIVE, RÍE, REPITE», «CREA TU PROPIA MAGIA», «QUE LA INSPIRACIÓN TE PILLE TRABAJANDO». Aros de luz y trípodes por doquier. El mundo del británico es todo él un decorado.
Chris se planta en medio de ese mundo, donde es a todas luces un intruso. Tiene cuarenta y un años. Es un hombre corpulento, pero antes recordaba a un jugador de fútbol americano y de un tiempo a esta parte se parece cada vez más a un ogro. Lleva un chándal de la talla 3XL, no se ha peinado y bajo su barba rala se adivina un cutis pálido.
Es un sicario.
Inspecciona el piso mientras cierra la puerta a su espalda. Un par de platos y un mezclador sobre un soporte. La zona de la cocina, abierta al salón, está abarrotada de cajas de cartón: suplementos para desarrollar la musculatura, potenciadores naturales de la testosterona, bebidas energéticas sin azúcar. Contenido patrocinado. El británico cuelga fotos de sí mismo con toda esta mierda a cambio de pasta.
La puerta principal es cutre y hueca. En sus tiempos de madero, Chris la habría abierto de una patada, pero hoy se ha colado usando una tarjeta de crédito. He aquí lo que te enseña el hecho de haber sido poli: hay una serie de muros invisibles que nos mantienen a todos a raya y, si te niegas a verlos, desaparecen como por arte de magia. Una vez que cruzas esos muros, nunca más vuelven a aparecer.
Chris consulta el móvil. Hace diez minutos, Patrick le ha enviado un mensaje para decirle que el británico acababa de salir del bar de Little Tokyo donde estaba. Chris calcula que le quedan diez minutos antes de que llegue a casa. Registra el piso para matar el tiempo. Lo hace tal como le enseñaron en la academia de policía, trazando una cuadrícula en su mente y avanzando de arriba abajo. El hábito hace al madero.
Encuentra un cóctel de pastillas en un envoltorio para bocadillos. Encuentra una bolsita de cocaína «escama de pescado» escondida en el sofá. Encuentra un espejo escarchado en residuos de coca. Encuentra juguetes sexuales y aceite de coco en la mesilla de noche, y un coño de goma en el cajón de los calcetines. Encuentra un fajo de billetes de cien en un traje del armario. Se embolsa la pasta, la coca y las pastillas.
El hábito hace al madero.
Acaba de registrar el piso y se sienta en el sofá. Saca el móvil y vuelve a guardarlo. Se levanta. Su rodilla mala cruje como una radio con interferencias.
Oye ruido de pasos afuera. Oye una llave que rasca la puerta sin atinar con el ojo de la cerradura porque quien la sujeta ha bebido más de la cuenta.
La puerta se abre y hete aquí que entra un británico enclenque con ojos de cocainómano. Es un aspirante a famoso que no le suena de nada. El británico ve a Chris. Se queda petrificado. Chris se ve reflejado en las pupilas del chaval, que se estará preguntando qué hace ese armario humano en su casa.
—¿Quién coño eres tú, tío? —Intenta dárselas de chulo, pero la voz no lo acompaña. Al ver cómo se sonroja, Chris llega a la conclusión de que es un simple pringado.
Ante su presencia, los esfuerzos del británico por aparentar tranquilidad se desvanecen. No hace nada en absoluto. Su instinto de lucha o huida está totalmente bloqueado.
—A ver... —empieza Chris—. Deja que te diga dónde la has cagado.
Chris va hacia el británico, que no se molesta en intentar huir. Es lo bastante listo para saber que no tiene escapatoria, que si lo intentara no haría más que empeorar las cosas. Chris pasa por delante de él y cierra la puerta.
—La has cagado por el mismo motivo que todos los demás: la avaricia.
—Tú sí que la estás cagando, tío. Igual lo que pasa es que eres tan tonto como pareces. ¿Sabes quién soy?
—Sí. Seguramente podrías haberte tirado el resto de la vida mercadeando en las webs de cotilleos, pero te pudo la avaricia.
El británico tiene confianza con muchos famosillos de medio pelo, el tipo de gente que sale en los realities o se hace influencer en Instagram, y de un tiempo a esta parte se dedica a vender sus secretos de tapadillo. Se los vende al primero que pasa, ya sea TMZ, Verdad o Consecuencia y lo que queda de los tabloides impresos.
El mes pasado vendió la exclusiva de que el actor de segunda fila Patrick DePaulo se había hecho un boquete en el tabique nasal de tanto esnifar coca. Verdad o Consecuencia se encargó de publicarla: «PATRICK DEPAULO SE METE EN UN LÍO DE NARICES.» Puede que el británico no le diera más importancia. Tal vez no supiera hasta qué punto la estaba cagando. Tal vez no se le hubiese ocurrido preguntar a Patrick a qué se dedicaba su padre. Tal vez pensara que Patrick podía permitirse un Bugatti y barra libre de coca con lo que sacaba de sus esporádicas apariciones como actor invitado en alguna que otra telecomedia. Resulta que el papá de Patrick, Leonard, es el dueño de BlackGuard, la mayor empresa de seguridad privada de Los Ángeles, que se dedica a operaciones de vigilancia, contravigilancia, protección y muchos otros servicios de los que nadie habla abiertamente.
BlackGuard ha subcontratado ese trabajo, como de costumbre. El papá de Patrick es reacio a usar su empresa directamente para lidiar con asuntos familiares. Tiene que cubrirse las espaldas por si la cosa se tuerce, así que BlackGuard se ha puesto en contacto con Stephen Acker, abogado y uno de los muchos brazos ejecutores de lo que Chris llama «la Bestia». Acker ha llamado a Chris, como de costumbre. Es su sicario preferido.
—No te has molestado en averiguar a quién estabas vendiendo.
El británico ata cabos. Hay un brillo en su mirada que Chris no acaba de entender.
—Esto tiene que ver con Patrick, ¿verdad?
De modo que el británico sabe quién es el padre de Patrick. Eso significa que sabía lo que estaba haciendo. Y, por tanto, sea o no plenamente consciente de ello, quería que esto pasara. Quería que lo pillaran.
—Te hemos pillado —le explica Chris— tirando de la cadena.
—¿Tirando de la puta cadena? —El británico se sienta en el sofá.
—Les vendimos una historia falsa a todos y cada uno de los «amigos» de Patrick y nos sentamos a esperar para ver por dónde salía el zurullo. ¿Sabes eso que Patrick DePaulo te contó sobre Alana Dupree, que se metía de todo estando en rehabilitación? ¿La exclusiva que vendiste a Verdad o Consecuencia hace dos días? Eres la única persona a la que Patrick le contó esa trola. Así fue como supimos que el topo eras tú.
El británico se deja caer hacia delante, se cubre la cara con las manos. A pesar del miedo, sigue habiendo un brillo extraño en su mirada.
—Habéis tirado de la puta cadena.
—Es un truco viejo —señala Chris—, pero nunca falla.
Bien lo sabe, porque es el mismo que usaron para pillarlo a él.
El británico hunde la mano entre los cojines del sofá para buscar su alijo de coca. Chris le guiña un ojo y se da unas palmaditas en el bolsillo, donde la tiene guardada. El británico se desploma hacia atrás.
—Y encima eres un puto chorizo. Vale, joder, he vendido una exclusiva, ¿y qué? Todo el mundo se va de la lengua, ¿por qué no sacar provecho de lo que sé?
Tal como lo dice, hace que Chris se acuerde de Mae Pruett. ¿Cómo era eso que solía decir? «Nadie habla, pero todo el mundo cuchichea.» Aparta el recuerdo de su mente. Hace mucho de eso.
—O sea, que papaíto tiene secuaces y asesinos a sueldo y te ha tocado a ti, ¿es eso? ¿Eres uno más de su equipo de matones?
A Chris ya no le queda ninguna duda: por la razón que sea, el británico se ha buscado esto, se lo ha ganado a pulso.
No es la primera vez que se topa con alguien así.
—Voy a hacerte daño.
—En la cara no, ¿vale, tío? Que mañana tengo un rodaje.
Chris asiente. De todos modos, no pensaba tocarle la cara. A nadie le interesa que la gran maquinaria del espectáculo se detenga. Va hacia el británico, lo levanta del sofá, lo sujeta por los hombros. Le asesta un rodillazo en las tripas. El británico se queda sin aire, pero Chris no deja que se desplome. Le permite recuperar el aliento. Su cara es la viva imagen del dolor, pero conserva ese extraño brillo en la mirada. Chris le propina otro rodillazo, y esta vez lo deja caer al suelo. Se arrodilla despacio para rematar la faena, y la rodilla mala vuelve a crujir. No siente nada mientras le pega al británico, y no sabría decir si él siente algo.
3
Mae
West Hollywood Hills / Calle Seis
Mae no quiere irse a casa todavía; tiene demasiadas cosas bullendo en su interior. Además, el humo que flota en el aire le ha dado dolor de cabeza. Dobla a la derecha al salir del hotel y cruza la línea que separa esa zona de West Hollywood. En Sunset Strip se suceden los bares de copas y los hoteles. Los edificios y el cielo están ribeteados de vallas publicitarias que anuncian series y películas. Todo es una secuela, una nueva versión o una adaptación de algo. Todo es un eco de otra cosa. Como dice su amiga Sarah a propósito de la industria del cine, «alguien atrapa un relámpago en una botella y la gente sale corriendo a comprar botellas».
Dobla a la derecha para dejar atrás Sunset Strip y sube hacia las colinas de Hollywood. Sesenta segundos después, entra en un mundo distinto. Carreteras sinuosas, casas inalcanzables. Casas que parecen sacadas de la campiña inglesa, cubos blancos al más puro estilo Bauhaus, casas suspendidas al borde de acantilados, como suicidas. Las cifras bailan en su cabeza. Cinco millones trescientos. Siete millones doscientos. Cuatro millones setecientos.
Se adentra en las colinas sin mirar atrás, siguiendo el trayecto ascendente de la carretera. Abre el techo corredizo para que corra el aire. El olor de los incendios forestales se cuela en el coche. Mae sube hacia la cima de las colinas. Los Ángeles se extiende allá abajo, resplandeciente. En el hueco del techo corredizo se recorta un cielo opaco y negro por culpa de la contaminación lumínica. Bajo ese cielo inerte, la ciudad parece brillar como si le hubiese arrebatado las estrellas.
Retrocedamos dos décadas. Una niña de doce años está sentada en la cama en Monett, Misuri. Tiene grandes ojos verdes y se llama Amanda Mae Pruett. Odia ese lugar. Daría lo que fuera por irse a cualquier otro.
A veces su padre la lleva a practicar el tiro al blanco. Las armas de fuego la atemorizan y fascinan a la vez por cómo liberan un estallido de poder en su forma más pura. Sentada en la cama, reconoce el olor a pólvora en sus manos. Le pitan los oídos debido a la reverberación de los disparos, y es que, pese a los protectores auditivos, el estrépito es tremendo. Coge un casquillo del calibre .22 que descansa sobre el escritorio. Le encanta el brillo del latón, el potencial que encierra, su capacidad para explotar.
«Soy una bala. Y voy a construir una pistola que me hará salir disparada de este lugar», decide.
«Soy una bala.»
Llegó a Los Ángeles hará una década, recién salida de la Universidad Duke, tras haber pasado cuatro años transformándose en algo nuevo. Atrás quedó la muchachita que se hacía llamar Mandy Mae Pruett, oriunda de la meseta de Ozark, que se daba el lote con chavales asilvestrados de mirada cruel que conducían grandes camiones. Se sacudió el deje nasal y paleto típico del Medio Oeste, prescindió de su primer nombre de pila y se hizo llamar por el segundo. Le dio por dejarse flequillo, por perfilarse los ojos de negro para darles un aire felino y por buscarse novios escuchimizados con pinta de emos. Probaba nuevas facetas como quien cose y descose retales para ver cuáles encajaban con su forma de ser.
Su primer trabajo en el mundillo fue de asistente personal en una telecomedia grabada con público en vivo. Las mujeres tenían un rincón especial en el estudio, un armario que había detrás de la mesa del cáterin. «¿Para qué sirve?», le preguntó a la segunda asistente de dirección cuando se lo enseñó. «Es adonde vamos a llorar», fue la respuesta. Mae se echó a reír, diciéndose que algunas mujeres se vienen abajo a las primeras de cambio, y que les dan mala fama a las demás con su debilidad. Hasta que, un día, el actor protagonista de la telecomedia le estuvo chillando durante ocho minutos de reloj porque se había equivocado de desayuno. Primero le llevó otro desayuno y luego se fue derecha al rincón especial. A partir de ese día, levantó nuevos muros en su interior.
Cambió de trabajo. Estuvo de ayudante en una de las cuatro grandes consultorías fiscales y contables de Los Ángeles, donde aprendió a esquivar grapadoras al vuelo y palmadas en el culo. También aprendió a clavarse las uñas en las palmas de las manos mientras la abroncaban a voz en grito para redirigir la ira hacia sí misma.
Se decía «Soy una bala». Y lo era, cada vez más.
Volvió a cambiar de trabajo. Consiguió entrar como aprendiz en una empresa de comunicación. Le cogió el gusto. Trabajaba a las órdenes de una mujer con la voz rasposa a causa del tabaco que la detestaba por razones que Mae no acababa de entender. Disfrutaba poniéndola a merced de hombres sumamente malvados. Un brillo especial le encendía la mirada en esas ocasiones, a sabiendas de que la estaba arrojando en brazos de esas alimañas. Mae llegó a la conclusión de que algunas víctimas de la crueldad humana no veían la hora de infligir el mismo dolor a otra persona. Aprendió a redactar comunicados de prensa, a meterse a los periodistas en el bolsillo. Se dio cuenta de que buena parte de nuestra vida es tan sólo el relato que nos contamos los unos a los otros, y a nosotros mismos.
Un buen día, Dan la llamó sin conocerla de nada. Trabajaba para Mitnick y Asociados, la mayor empresa de gestión de crisis de Los Ángeles. La invitó a tomar café y le vendió la idea de un modo insuperable: «Llevar la comunicación del mundo del espectáculo es pura adrenalina. Lo nuestro no es sacar las buenas noticias, sino impedir que salgan las malas. Somos como James Bond, pero en una versión ligeramente más sórdida al más puro estilo hollywoodense. Accederás a sitios en los que no entra nadie más en todo el mundo. Sabrás cosas que nadie más conoce en todo el mundo. Harás cosas inmorales para gente inmoral, pero, oye, cobrarás en consonancia. Tendrás ocasión de vislumbrar lo que pasa entre bambalinas. Te dará miedo, pero también te hará sentir viva.»
Mae se subió al carro. Firmó contratos de confidencialidad y no divulgación. Hizo voto de silencio.
Dan la formó a conciencia y ella empezó a pensar que había encontrado su verdadera vocación. Aquello se le daba de fábula. Al principio no entendía por qué, hasta que un día la respuesta llegó en forma de extraño recuerdo, efímero como un fogonazo: ella era pequeña y su familia estaba reunida en torno a la mesa, comiendo en silencio, un silencio hecho de todas las cosas que callaban unos y otros. Su padre se tragaba la vergüenza. Su madre se tragaba la pena. De niña, Mae había aprendido a leer rostros y silencios. A hacer las cosas sin que se lo dijeran. A disfrutar de sentir ira y a usarla para que no la consumiera. Lo que entonces no sabía es que eso era un adiestramiento, que se estaba preparando para librar esa guerra secreta.
Y entonces llegó el día —estando de pie junto al cadáver de Brad Cherry, despatarrado en una cama de hotel extragrande— en que comprobó, más allá de toda duda, que su mantra era cierto. Que, cuando lo necesitaba, era fría y dura y ardía por dentro.
«Soy una bala.»
Mae se pier
