Corazones en la Atlántida

Stephen King

Fragmento

1960 Hampones con chaquetas amarillas

1960: Tenían una vara afilada
por ambos extremos.

p11

I. UN NIÑO Y SU MADRE. EL CUMPLEAÑOS DE BOBBY. EL NUEVO INQUILINO. DEL TIEMPO Y LOS DESCONOCIDOS.

El padre de Bobby Garfield era uno de esos hombres que empiezan a perder el pelo poco después de los veinte y están totalmente calvos hacia los cuarenta y cinco. Randall Garfield se libró de ese destino muriendo de un infarto a los treinta y seis. Era agente inmobiliario y, cuando exhaló el último suspiro, yacía en el suelo de la cocina de una casa ajena. En el instante en que el padre de Bobby expiró, el potencial comprador de la vivienda se hallaba en la sala de estar, intentando avisar a una ambulancia a través de un teléfono desconectado. Por entonces Bobby contaba tres años de edad. Guardaba vagos recuerdos de un hombre haciéndole cosquillas y besándole las mejillas y la frente. Tenía la casi absoluta certeza de que ese hombre era su padre. AÑORADO CON TRISTEZA, rezaba en la lápida de Randall Garfield; pero la verdad era que su madre no parecía muy triste, y en cuanto a Bobby… en fin, ¿quién podía añorar a alguien al que apenas recordaba?

Ocho años después de la muerte de su padre, Bobby se enamoró con locura de una Schwinn de veintiséis pulgadas que vio en el escaparate de la ferretería Western Auto. Lanzó a su madre toda clase de indirectas sobre la Schwinn y, finalmente, una noche, se la señaló cuando volvían del cine (habían visto The Dark at the Top of the Stairs, que Bobby no entendió pero disfrutó igualmente, sobre todo la escena en que Dorothy McGuire se dejaba caer en un sillón y enseñaba sus largas piernas). Al pasar frente a la ferretería, Bobby, como quien no quiere la cosa, mencionó que la bicicleta sería un estupendo regalo para algún niño afortunado en su undécimo aniversario.

—No te hagas ilusiones —repuso ella—. No puedo permitirme una bicicleta para tu cumpleaños. Por si no lo sabías, tu padre no nos dejó nadando en la abundancia precisamente.

Pese a que Randall murió durante la presidencia de Truman, y Eisenhower ya casi había agotado sus ocho años de mandato, «tu padre no nos dejó nadando en la abundancia precisamente» era la respuesta más habitual de su madre a cualquier petición de Bobby que representase un gasto superior a un dólar. Por lo general, el comentario iba acompañado de una mirada de reproche, como si su marido se hubiese fugado en lugar de morir.

No habría bicicleta, pues, para su cumpleaños. Camino de casa, Bobby reflexionó taciturno sobre ello, desvanecido ya casi por completo el grato sabor de boca que le había dejado la extraña y confusa película que acababan de ver. No discutió con su madre, ni trató de engatusarla; eso provocaría un contraataque, y cuando Liz Garfield contraatacaba, no daba cuartel. Se limitó a pensar con amargura en la bicicleta perdida… y en el padre perdido. A veces casi odiaba a su padre. A veces sólo le impedía odiarlo la sensación, indefinible pero firme, de que era eso lo que su madre quería. Cuando llegaron al Commonwealth Park y empezaron a bordearlo —dos travesías más adelante doblarían a la izquierda por Broad Street, donde vivían—, dejó de lado sus acostumbrados recelos e hizo una pregunta sobre Randall Garfield.

—¿No nos dejó nada, mamá? ¿Nada de nada?

Un par de semanas antes había leído un libro de misterio de Nancy Drew en el que la herencia de un pobre niño había sido escondida detrás de un viejo reloj en una mansión abandonada. En realidad, Bobby no creía que su padre hubiera dejado monedas de oro o sellos valiosos ocultos en algún sitio, pero si había algo, acaso pudieran venderlo en Bridgeport. Posiblemente en una casa de empeños. Bobby ignoraba en qué consistían los empeños, pero sabía cómo eran aquellos establecimientos: en todos ellos pendían tres bolas doradas sobre la puerta. Y estaba convencido de que los empeñistas los ayudarían amablemente. Desde luego era sólo una fantasía infantil, pero Carol Gerber, una vecina de su calle, tenía un juego completo de muñecas que su padre, marino de la armada, le había enviado desde el extranjero. Si los padres regalaban cosas —como así era—, tenía sentido pensar que a veces los padres dejaban cosas en herencia.

Cuando Bobby hizo la pregunta, pasaban junto a una de las farolas que flanqueaban el Commonwealth Park, y Bobby vio de pronto en la boca de su madre la mueca que siempre aparecía cuando él se atrevía a interrogarla sobre su difunto padre. Esa mueca le recordaba a un bolso con cierre de cordón que ella tenía: al tirar de los extremos del cordón, la abertura se encogía.

—¿Quieres saber qué nos dejó? —dijo ella mientras enfilaban Broad Street arriba. Bobby se arrepintió de haber hablado, pero el mal estaba ya hecho. Cuando su madre arrancaba, no había quien la parase, ése era el problema—. Nos dejó una póliza de seguros que había vencido un año antes de su muerte. Eso fue lo último que me habría imaginado hasta que él pasó a mejor vida y todos, incluidos los de pompas fúnebres, vinieron a reclamarme su pequeña parte de lo que yo no tenía. También nos dejó un montón de facturas por pagar, de las que hoy por hoy ya me he hecho cargo… La gente se ha mostrado muy comprensiva con mi situación, en especial el señor Biderman, y nunca diré lo contrario.

Hasta ahí era la misma cantinela de costumbre, tan aburrida y sañuda como siempre, pero cuando se acercaban al gran bloque de apartamentos situado hacia la mitad de Broad Street, su madre añadió algo nuevo:

—Tu padre siempre iba a por la quinta para la escalera.

—¿Qué es la «quinta para la escalera», mamá?

—Déjalo estar. Pero te advierto una cosa, Bobby: por la cuenta que te trae, vale más que nunca te pille jugando a las cartas por dinero. Ya he tenido bastante de eso para lo que me queda de vida.

Bobby habría deseado ahondar en el tema, pero sabía lo que le convenía: una pregunta más podía desencadenar una diatriba. Pensó que quizá la película —sobre desavenencias conyugales— había alterado a su madre de algún modo que él, al fin y al cabo sólo un niño, no comprendía. El lunes, en el colegio, consultaría a su amigo John Sullivan qué significaba ir a por la quinta para la escalera. Intuía que tenía algo que ver con el póquer, pero no estaba del todo seguro.

—Hay sitios en Bridgeport donde se quedan con el dinero de la gente —explicó su madre cuando se aproximaban al edificio donde vivían—. Los hombres sin dos dedos de frente van allí. Los hombres sin dos dedos de frente se meten en líos, y luego son las mujeres quienes han de sacarlos del apuro. En fin…

Bobby adivinó qué diría a continuación. Era la frase preferida de su madre.

—La vida es injusta —afirmó ella mientras sacaba la llave y se disponía a abrir la puerta del número 149 de Broad Street, en la localidad de Harwich, Connecticut.

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