1
El hallazgo
Lunes por la mañana
—Tienes que venir y verlo.
—Pero ¿qué ha pasado?
—No sé por dónde empezar. Es mejor que vengas y lo veas por ti misma.
Aquella conversación breve la puso en alerta, así que Sira no dudó en echarse el abrigo sobre los hombros y salir sin demora nada más colgar el teléfono.
Frente al macabro descubrimiento de Max, el arquitecto y amigo que dirigía la reforma de su casa, Sira entendió la discreta urgencia de la llamada de hacía unos minutos. También fue consciente de que era peor de lo que había imaginado durante el camino. Sintió cómo una náusea le nacía en la boca del estómago y recorría el camino ascendente hacia la garganta. Era la antesala de la angustia y el asco inevitables al presenciar una estampa tan siniestra.
Una antigua chimenea de grandes dimensiones presidía el salón de la casa que había adquirido en Navacerrada. Era aparatosa y poco funcional, con acabados en ladrillo visto sobre una losa de piedra, así que Sira decidió desmantelarla para liberar espacio. Los primeros golpes del operario habían abierto un pequeño hueco en el conducto de salida de humos, a medio metro sobre la embocadura. Pero los trabajos de demolición habían quedado interrumpidos ante el hallazgo, y Max hizo la llamada.
De pie ante la chimenea, Sira no podía apartar la vista, como el conductor que reduce la velocidad para observar el accidente que ocurre en dirección contraria. Una mezcla de desazón y morbo.
A través del boquete abierto, entre restos de cascotes, polvo y cemento, se distinguía un gran amasijo ennegrecido en el que destacaba una forma tubular y alargada que conformaba un brazo y, al final de esta, una mano reseca, tiesa y grisácea. Los dedos tensos, las uñas negras, la piel árida y marchita sobre los huesos. No había lugar a duda. Dentro de la estructura de la chimenea, había un cadáver.
—Pero ¿cómo es posible? —preguntó Sira. No podía entender cómo había espacio dentro de su chimenea para albergar un cuerpo—. ¿O solo es un trozo?
Sira planteó la posibilidad de que lo que estaba viendo fuera el resultado de un desmembramiento, que aquello solo fuera un brazo y poco más. En cualquier caso, era terrible. La náusea volvió a hacerse patente, más visceral e impetuosa. Notó la acidez de la bilis en la base de la lengua.
—Hay que terminar de romper la chimenea para confirmar qué tenemos ahí dentro. La realidad es que tiene espacio como para albergar un cuerpo. Estas chimeneas antiguas de construcción artesanal tienen una cámara de humos encima de la embocadura. Se llega a ella a través de la garganta, un estrechamiento para que el humo no vuelva hacia atrás. La cámara puede llegar a ser bastante grande y es el inicio del conducto de humos que culmina en la chimenea exterior. Alojar un cadáver en este espacio es ingenioso. —Max se arrepintió de aquel apelativo nada más pronunciarlo—. La garganta impide que el mal olor salga hacia atrás y la cámara es lo suficientemente grande como para que el humo siga circulando.
Sira esbozó algo parecido a una sonrisa absurda. Era más bien una mueca, una contracción involuntaria de los labios, un rictus. Los nervios quisieron responder por ella como agradecimiento por la aclaración. Luego sintió vergüenza. Allí no había espacio para una sonrisa.
—No sé muy bien cómo proceder —apuntó Max, nervioso mientras se tocaba la frente con la punta de los dedos. Su expresión denotaba la inquietud por mantener la frialdad que requería la situación—. Deberíamos llamar a la Guardia Civil, ¿no te parece?
—Max, no tengo ni idea de qué hay que hacer en estos casos.
—Eso sería lo correcto, pero también es una putada para ti. Tendrá que intervenir el juez y precintarán la obra. Todo quedaría parado durante bastante tiempo. Habrá que dar muchas explicaciones.
—Tiempo es justo lo que no tengo —respondió Sira con apenas un hilo de voz, como si sus pensamientos se hubieran transformado en un susurro.
Max eligió bien las palabras. Sentía la consternación de su amiga y no quería añadir más presión de la necesaria.
—Podríamos terminar de demoler la columna de la chimenea. —Max, dubitativo, se pasó la mano por la nuca—. Cogemos los restos que encontremos y los cambiamos de lugar. No sé…, los trasladamos al jardín de la parte de atrás. —Señaló con la mano derecha mientras soltaba un profundo suspiro—. Los enterramos y nos olvidamos del asunto.
—Así podríais continuar las obras sin más retrasos.
—Nosotros nos encargamos de todo para que no tengas que verlo.
Max observó su reacción, pero ella se mantuvo inmóvil. Parecía una estatua de cera, con la mirada ausente, las manos hundidas en los bolsillos, el pelo rubio recogido en un moño hecho con prisas y varios mechones sobre la cara.
—Sé que estás viviendo de manera muy precaria en casa de tu tía, que necesitas que terminemos las obras cuanto antes para mudarte. —Max se movió para dar la espalda a la chimenea por primera vez y mirar a Sira a los ojos, con la intención de sacarla del trance que parecía haberla engullido—. A veces encontramos en las obras cosas de lo más sorprendentes, aunque reconozco que esto lo supera con creces. Si quieres que continuemos adelante, puedo encargarme de todo. Al fin y al cabo, son solo restos que no llevarán a ninguna parte. ¡A saber cuántos años lleva eso ahí!
Parecía que Max estaba convenciéndose a sí mismo para ayudar a su amiga, dándose razones que justificaran la decisión de proseguir su trabajo como si nada de aquello hubiese sucedido.
—Lo que no podemos hacer es demorarnos —concluyó—. De momento solo lo sabemos tres personas: el albañil que abrió el agujero, que es de total confianza, tú y yo. Pero si empieza a venir más gente a la obra, poco podré hacer para que no se enteren. Si alguno de ellos lo comenta en el bar, y da por hecho que lo harán, tendremos aquí a la Guardia Civil pidiendo explicaciones y ya será demasiado tarde.
Sira parpadeó con fuerza. Dio la impresión de que el movimiento rápido de los párpados la trajo de vuelta a la realidad. Observó el salón, que en ese momento estaba cubierto de polvo, restos de cascotes y numerosas herramientas descuidadas. Un martillo de grandes dimensiones descansaba junto a la losa de la chimenea. El hallazgo había interrumpido su trabajo. El antiguo solado de terrazo había sido retirado, y contempló sus botas mojadas sobre la basta solera de cemento que esperaba la instalación del nuevo acabado de madera, ese que había elegido con todo el mimo. El ventanal que daba al exterior ya había sido sustituido por uno nuevo. Aún conservaba las pegatinas con la marca de los cristales que, a pesar del descuido y la suciedad, dejaban intuir la triste lluvia de invierno que caía fuera. Por primera vez desde que entró apresurada en la casa aquella mañana de diciembre, los nervios le permitieron sentir el frío que hacía. Sira pensó que no quedaba mucho para que aquella estancia sucia se convirtiese en el acogedor salón que tenía planeado, el lugar donde pasaría horas leyendo, bebiendo café y observando la lluvia. Tragó saliva en un claro intento por sostener la angustia. Un cadáver, un maldito cadáver, la separaba de su sueño de conseguir un nuevo hogar en el que refugiarse y planear la siguiente etapa de su vida. Nada menos que un cadáver.
«¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?», maldijo.
—Sira, tú decides, pero tiene que ser ya.
—Está bien —respondió al fin con voz queda—. Sacadlo de aquí.
—Yo también creo que es lo mejor.
Sira escuchó a Max mientras la duda la asediaba por dentro. ¿Por qué tenía el presentimiento de que se iba a arrepentir?
2
La Maligna
Lunes a mediodía
La despedida fue apresurada y triste. Sira no pidió explicaciones de cómo iban a hacerlo, y Max tampoco quiso darlas. Para ella, simplemente ocurriría.
Salió a la calle, y esta la recibió con lluvia fina y suave, de la que acaricia mientras empapa poco a poco. Desde la puerta de su nueva casa tenía un paseo de unos diez minutos hasta la de su tía Olimpia. Emprendió el camino con paso sereno, como si se tratara de una mañana soleada del mes de mayo en lugar de las vísperas de Navidad. No tardó en ser consciente del frío, que se acentuaba con la humedad. La capucha del abrigo no evitaba que se le calase la cara. Ya se había rendido: el frío y la humedad hacían con su pelo lo que querían, por eso lo llevaba siempre recogido. También se había acostumbrado a ver su piel más pálida de lo habitual, aunque siempre con motas rojizas en las mejillas y la punta de la nariz. Eso le gustaba. Le daba la impresión de que la nueva Sira que vivía en el campo tenía un aspecto mucho más auténtico y saludable.
Cuatro preguntas la alcanzaron como fogonazos y se interpusieron entre ella y su anhelo por un cambio de vida que tanto necesitaba. La primera, la más angustiosa: ¿quién sería aquella persona cuyos restos yacían inertes escondidos en su chimenea? La segunda, la más intrigante: ¿qué le pasó para terminar de forma tan solitaria y cruel? La más áspera de todas, la tercera: ¿quién pudo acabar con una vida y esconder el cuerpo de forma tan atroz? Y la desesperada: ¿por qué tiene que pasarme esto a mí?
La casa de su tía Olimpia la acogió con su calor —aunque sin respuestas— y el aroma penetrante que llegaba desde la cocina. La puerta principal se alcanzaba por un camino empedrado en forma de S que bordeaba dos pinos de gran porte. La planta baja tenía un salón presidido por una chimenea que nunca se apagaba durante el invierno. En todas las paredes había estantes con libros. A la derecha, la cocina, donde su tía siempre tenía un caldo para convidar y un vino para compartir. Una escalera estrecha daba acceso a la segunda planta. Apenas dos dormitorios. El de su tía tenía una decoración más clásica. El de invitados, en el que Sira se había instalado de forma provisional, estaba amueblado de manera funcional. Le había pedido el favor de que la acogiera mientras durasen las obras de su casa. Se suponía que iban a ser unas pocas semanas, así que admitió sin reservas el instalarse en aquella habitación más pensada para que un familiar pasase solo un par de noches. Sobre una mesa de poco más de un metro de ancho, situó su ordenador portátil y lo imprescindible para trabajar de forma remota. Se sentía vulnerable y frágil, en un equilibrio extraño entre lo que dejaba atrás y lo que vendría después, pero Max le había prometido que sería poco tiempo. Sira estaba agradecida y en deuda por todo lo que su amigo estaba haciendo: no solo ocuparse en primera persona de que la obra avanzase a buen ritmo, sino implicarse en todos los inconvenientes que iban surgiendo, incluso el siniestro hallazgo.
—¿Ya estás aquí, querida? —preguntó Olimpia desde la cocina—. ¿Cómo va todo?
Por un instante, Sira olvidó la mano lúgubre que habitaba en su nueva casa y recordó a la niña que había sido veinticinco años atrás. La chica tímida que pasaba los veranos en aquella casa, donde empezaba a vislumbrar cómo sería el mundo más allá del radio de alcance de los brazos de sus padres, que jugaba a ser adulta durante los días que pasaba con su tía. Tenía doce años cuando conoció a Max, el chico que vivía en la casa de al lado y que le parecía apuesto e inalcanzable. Tres años mayor, un adolescente impetuoso y enérgico que empezaba a consolidar el porte elegante que tendría su versión adulta. Max había vivido toda la vida en Navacerrada, salvo los años que pasó en Madrid estudiando arquitectura. Con su flamante título bajo el brazo, volvió al pueblo y empezó a trabajar en la construcción. La vida se había portado bien con él. Montó una empresa de reformas que acabó siendo un éxito en la zona. Sira, sin embargo, sentía que había modelado el fracaso con una profesión que no la satisfacía y una relación sentimental que se había desmoronado. Por eso decidió abandonar Madrid y comprar aquella casa en Navacerrada. Un nuevo proyecto de vida, un volver a empezar, un retorno a las raíces.
—Más problemas, tía. Ahora mismo no vislumbro el final. —Sira no tenía ninguna intención de confesar lo que se acababa de encontrar. Max lo había dejado claro. Nadie más debía enterarse de lo que planeaban hacer.
—Ven a sentarte junto al fuego y me cuentas —se ofreció solícita.
Sira dejó el abrigo y tomó asiento en uno de los dos sillones que había enfrentados a la chimenea. Su tía ya descansaba en uno de ellos y la observaba con expresión sosegada. Mientras notaba el fuego en su rostro y acercaba las manos para entrar en calor, Sira observó la conducción de humos de la chimenea. Recordó el cadáver. Max se estaría ocupando de los restos en aquel momento. ¿No habían tomado esa decisión demasiado deprisa?
—A veces pienso que la vida me empuja a elegir, cuando yo solo quiero avanzar. Me asusta tomar malas decisiones.
Hasta a Sira le pareció melodramático el giro de su pensamiento. Se le escapó una sonrisa autocompasiva.
—Al menos tienes la posibilidad de escoger tu camino. La naturaleza actúa por impulso y necesidad. Solo los seres humanos tenemos alternativas y elegimos.
—Entonces, ¿por qué tengo miedo?
—La elección nos causa temor, pero deberíamos asociarla con algo positivo. El dilema nos tendría que generar felicidad porque ejercemos nuestra libertad. Una vez que se toma una decisión, siempre se debe pensar que el camino elegido es el correcto. El verdadero error subyace en no hacer nada y quedarse anclado para siempre, como un fantasma que habita una casa durante toda la eternidad, enganchado a un recuerdo que lo ofusca.
Sira meditó sobre las palabras de su tía y sintió un atisbo de ánimo escondido en algún lugar profundo de su ser. Aquella chispa la hizo sentir mejor. Era una mujer increíble. Siempre encontraba las palabras para renovar su energía y su arrojo.
Olimpia había sido profesora de Historia de la Literatura en la Universidad Complutense de Madrid. Durante años, su vida transcurrió a caballo entre los libros y sus clases. Nunca se casó ni tuvo hijos. Sira pensó de pronto que tuvo que ser atractiva de joven, quizá no guapa, pero sí magnética, una mujer fuerte, segura de lo que quería e independiente. Se escapaba a la casa de Navacerrada en cuanto tenía unos días de descanso, sin la necesidad de dar explicaciones. Allí almacenaba libros y leía sin parar. Se sentía libre, sin horarios ni obligaciones. Cuando llegó la hora de jubilarse, vendió su casa de Madrid y se instaló definitivamente en el pueblo, donde pasaba el tiempo de forma plácida y tranquila. Paseaba por el bosque, repasaba las lecturas de su vida y cuidaba de Sigmund, el gato atigrado de pelo naranja que se movía silente por toda la casa. El animal tenía el cuerpo atlético y musculoso, con el hocico alargado y expresión astuta y sagaz. Sira disfrutaba mucho acariciándolo mientras escuchaba su ronroneo y observaba la perfecta simetría de las manchas de su pelaje.
—Tía, ¿conoces a mis nuevos vecinos?
—Creo que conozco a algunos en esa calle —respondió Olimpia mientras elevaba la cabeza y dejaba que su mirada se perdiera en el infinito—. Por un lado, tienes a Christian y Mencía, una pareja muy educada. Él proviene de una familia del pueblo de toda la vida. Creo que tienen una hija pequeña. A mí me dan un poco de grima porque son la pareja perfecta. —Hizo una mueca pícara mientras lo contaba—. Al otro lado, tienes a Alan. Es un chico muy inteligente, aunque un tanto asocial. Coincidí con él en la universidad durante mis últimos años. Es un matemático brillante. Su padre también fue un conocido matemático e investigador. Una vez que superes la primera impresión sobre su comportamiento un tanto apático y poco sociable, verás que es un muchacho asombroso. Estoy segura de que seréis buenos amigos. Yo estaba muy unida a su madre. Murió hace unos pocos años.
Olimpia se frotó las manos y las acercó al fuego. Luego, se levantó y se dirigió a la cocina, de donde volvió con dos cuencos con caldo. Tendió uno hacia Sira y volvió a sentarse en el sillón.
—En el otro lado de la calle tienes a una mujer un tanto extraña, aunque lo raro es a veces lo más interesante. Es buena gente, pero en el pueblo todo el mundo la tacha de bruja y de loca.
—Así que tengo por vecinos a una familia perfecta, un matemático asocial y una bruja demente. No está mal para empezar a hacer amigos.
—¡No seas exagerada! La mujer se llama Agnes y siempre ha sido un alma solitaria. Si preguntas a cualquiera, te dirá que no la escuches, que es una chalada y que no prestes atención a sus desvaríos. Su aspecto no ayuda —reconoció—. Tiene el pelo cano y muy largo. Su piel es blanca como la leche, aunque se pase el día en el campo. Es habitual verla en el bosque recogiendo hierbas o hablando sola. Se tumba en el suelo y se queda horas observando el cielo. Vive de lo que consigue por sí misma y casi no se mezcla con nadie más. Para mí es una mujer encantadora y fuerte. Un ejemplo de valentía. Una hippy fuera de su tiempo. Pero ¿loca? Yo también he vivido sola, encerrada entre mis libros, y me considero muy cuerda. ¿No te parece?
Sira sonrió para reafirmar que la entendía, mientras trataba de imaginar a esa extraña mujer que le estaba describiendo su tía.
—Puede que oigas por ahí que la llaman la Maligna, pero no te asustes. Como te decía, es buena gente. Tiene que ver con una vieja leyenda que ella misma repite a veces. ¿Te la he contado alguna vez?
Negó con la cabeza y le dejó claro que el apelativo tenía el aspecto de ser el inicio de una gran historia. Olimpia era una buena conocedora de las leyendas de la zona, entre otras cosas, porque le gustaba escuchar a todo aquel que quisiera compartir las crónicas de la cultura ancestral. Sus amigas le decían que no eran más que tonterías, pero Olimpia las percibía como el complemento ideal a todo lo que no aparecía en sus libros, lo que rebosaba de lo formal, lo intelectual, lo socialmente aceptado.
—Hay muchas leyendas en la sierra de Guadarrama que por desgracia se han ido olvidando o se han mezclado unas con otras, lo que complica distinguir qué corresponde a la tradición y qué ha sido añadido por la inexactitud o la falta de rigor de la oralidad. Dicen que la Maligna era el nombre que la gente daba a una anciana que practicaba artes oscuras. Recolectaba hierbas en los lugares más inhóspitos de los bosques, como Agnes, y hablaba con los animales salvajes que le rendían pleitesía. Las muchachas del pueblo acudían a la Maligna en busca de pociones que solucionaran los males del amor. Hasta los curas que oficiaban en el pueblo se olvidaban del alzacuellos y le rogaban que hiciera su magia para cambiar las cosechas o acercar las lluvias. Era temida y respetada. También era una de las pocas que sabía entrar en el oasis de la Maliciosa.
—Pero la Maliciosa es una montaña sin vegetación —apuntó Sira.
—Así es como la conocemos ahora. La Maliciosa es una de las montañas más elevadas y prominentes de nuestra sierra. En los días más duros del invierno, la nieve cubre la cima, pero no puede posarse sobre una buena parte de la vertiente más escarpada. La roca y la nieve recrean una forma que se asemeja a los antiguos tocados de las religiosas monacales. Por eso es que, cuando el frío se recrudece, los viejos hablan de que pronto llegará la monja. En la cumbre de la Maliciosa, el viento helado del invierno destruye cualquier conato de vida. Es el reino de la oscuridad y de los demonios. La cara sur, la que mira hacia el pueblo, es escarpada y regia. Al contrario que en otras muchas cimas en las que la cara norte es la más compleja de ascender, en la Maliciosa el norte es mucho más amable. Hasta en eso está invertida. Pero si emprendes el ascenso desde los bosques del sur, encontrarás su verdadera naturaleza. De ahí viene la etimología de su nombre: la montaña maldecida, la Maliciosa. Dicen que la cumbre estaba coronada por un hermoso vergel al que era muy difícil acceder. La Maligna era la única que sabía llegar y utilizar sus tesoros naturales. Un grupo de vecinos, deseosos de alcanzar la cumbre, decidieron seguirla para encontrar el camino. Pero ella, que se sintió observada y acechada, condujo a sus perseguidores a una zona escarpada y sin salida. Con su magia, provocó un terrible incendio que acabó con todos mientras huía. Las llamas destruyeron el oasis de la Maliciosa, y por eso ahora la vemos como una gran roca desnuda.
—¿Y qué pasó con la mujer?
—La persiguieron, pero nunca más se volvió a saber de ella. Dicen que desapareció porque hizo un pacto con el diablo y se escondió en los bosques para siempre.
Sira, taciturna, pensó que la conversación no era la más indicada para tratar de superar lo que había vivido un rato antes en su casa, aunque le pareció que el instante era el propicio para lanzar una pregunta que surgió en su cabeza con la fuerza de una explosión.
—¿Sabes si ha desaparecido mucha gente por aquí estos últimos años, como esta mujer? —planteó sin poder olvidar la visión de la mano consumida, polvorienta y blanquecina que asomaba por el agujero de su chimenea.
Olimpia se dio cuenta de que había conseguido asustar a su sobrina con su pasión por las leyendas. Miró el cuenco y comprobó que aún no lo había probado, mientras que ella lo había consumido a pequeños tragos según hablaba.
—Cariño, perdóname por asustarte con mis viejas historias. No tienes de qué preocuparte. Este es un pueblo muy tranquilo donde nunca pasa nada. Mejor dicho, no es tranquilo, es aburrido y monótono hasta la extenuación. Si esperabas un relato de Agatha Christie, mucho me temo que solo obtendrás una serrana del arcipreste de Hita. No nos vendría mal algún episodio misterioso para poner un poco de pimienta.
Olimpia rio su propia ocurrencia mientras se levantaba hacia la cocina para reponer su caldo caliente.
Sira volvió a observar la chimenea de su tía, en la que crepitaban las últimas ramas y algunos restos caían para consumirse entre las brasas.
Pensó en Max. ¿Le habría dado tiempo de trasladar los restos?
3
Una chica de Madrid
Lunes a mediodía
Cuando el calor de la chimenea se fue extinguiendo, Sira se levantó y subió las escaleras rumbo a su cuarto. Tenía que seguir trabajando, rendirse al ordenador portátil que parecía guiñarle un ojo desde la mesa, pero un instante de pereza y debilidad la arrastró hacia la ventana.
Las nubes densas invadían el cielo y se fundían con el gris perla de las pizarras mojadas de los tejados circundantes. Qué diferente era del paisaje urbano de Madrid en el que siempre había vivido. Se sintió orgullosa de las decisiones que había tomado, de la valentía que había mostrado hasta llegar allí. Intentó distinguir el tejado de su nueva casa, pero no se veía desde la habitación de invitados de Olimpia. Solo intuía el lugar, un tanto indeterminado, en el que muy pronto formaría su hogar, su guarida. Estaba muy cerca de completar la metamorfosis que tanto necesitaba.
Los recuerdos de su vida en Madrid llegaron como las burbujas que se forman en el suelo con la lluvia: Jon, el apartamento soleado en el centro, el trabajo en la agencia, las prisas por llegar a todas partes, la insatisfacción perenne, el vacío…
Sira tenía treinta y siete años, medía casi metro setenta y era delgada, siempre lo había sido, tenía esa complexión que recibe comentarios gratuitos de personas a quienes no se los ha pedido. Tendía a la impulsividad, pero quizá como consecuencia de su timidez. Dudaba tanto sobre qué hacer que, cuando actuaba, lo hacía de forma absurdamente enérgica. De espalda erguida y cuello largo, pelo rubio y flequillo recto. Le pasaba como a su tía: no encajaba en el canon de belleza estándar, pero llamaba la atención. ¿Y a quién no le gusta gustar?
Colegio de monjas, varios novios razonables y premio al mejor relato corto en el instituto. Título universitario en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Complutense, máster en Berkeley sobre economía digital y nivel de inglés bilingüe, aunque con un notable acento de Chamberí.
Hacía cinco años que había iniciado algo parecido a una relación con Jon. Lo de «algo parecido a» era difícil de definir. Jon era un tipo guapo y afable, ideal para una tarde de cañas, un idealista soñador que perseguía utopías, objetivos irreales, espejismos y quimeras, ilusiones aspiracionales que nunca podría alcanzar. Jon era experto en postergar las decisiones, el complemento ideal para la inseguridad de Sira.
Por eso su relación estaba abocada a permanecer en un noviazgo eterno. Sira le amaba y quería que aquello que compartían fuese a más, pero las fantasías de Jon ponían freno a cualquier iniciativa. Jon no era emocionalmente accesible. Solo sabía huir hacia adelante, dejando en una espera eterna todo aquello que requiriese determinación y valentía.
Hicieron el intento de vivir juntos. Alquilaron un apartamento soleado en el centro de Madrid. Era pequeño pero acogedor. Apenas una cocina, un baño y un salón con dos grandes puertas de madera y cristal que daban acceso a un balcón con vistas a los tejados de Malasaña. El techo de cuatro metros de altura permitía un segundo piso sobre la mitad del salón. Se accedía por unas escaleras de madera, y allí arriba estaba la cama. En ese desdoble del salón la altura era reducida, así que no se podían poner de pie. Colocaban las sábanas de rodillas. La primera vez que hicieron el amor, mientras Sira cabalgaba a Jon y erguía la cabeza enloquecida, se golpeó contra el techo y descolgó un halógeno. Huyeron desnudos escaleras abajo pensando que se podían electrocutar con la mezcla de fluidos y electricidad. Aquel polvo ansioso de inauguración acabó en el sofá. Estaban satisfechos con el hogar que iban formando.
La convivencia fue razonable. Se organizaban bien y ambos estaban dispuestos a poner de su parte. Pero faltaba eso que los expertos en el amor llaman un proyecto en común. No había un «nosotros». Solo un tú y un yo. Puede que hubieran hilvanado el deseo de que aquello que no sabían nombrar funcionase, pero la rutina, el simple reparto de tareas y los horarios lo desinflaron. Lo individual comenzó a ganar cuerpo sobre ese «nosotros», y Sira comprendió que no daban más de sí. A pesar de todo, su carácter combativo y enérgico la encaminó a resistir. Luchaba por ello mientras veía cómo Jon se alejaba sin remedio.
El desenlace provisional de la historia llegó al final del verano. Habían pasado las vacaciones por separado, cada uno con su plan y sus compañías. Sira en la montaña, Jon en la playa. Ni para eso se ponían de acuerdo. El amor se debe construir sobre el espacio de intersección. «Ese rollo de que los polos opuestos se atraen es una gilipollez», pensó siempre Sira. Durante el verano, Jon se dio cuenta de que en solitario se había sentido dichoso. Sin grandes planes, sin dar explicaciones —aunque Sira no se las pidiera—. No añoraba la libertad para husmear en lo sórdido y lo prohibido, sino para deleitarse sin prisa con lo más sencillo y espontáneo. Puedo llegar a casa de madrugada, tirarme en el sofá y comerme un yogur mientras veo una película japonesa. Improvisado y sin justificarme, había argumentado después.
Jon pasó un par de días más ausente de lo habitual. Sira no supo con quién había estado, pero no se atrevió a preguntar. Después llegó con un discurso bien armado. Se marchaba, rompía definitivamente el «nosotros». Dejaría el apartamento soleado del centro. Quería mantener su amistad porque —y en eso no había duda— la amaba. La dejaba para perseguir ilusiones, como un alucinado Quijote en la era digital.
Sira se quedó sola en ese piso en el que todo estaba pensado para dos. Ya no tenía ningún sentido continuar en un espacio que solo le aportaba un colchón en el que descansar y un puñado de recuerdos que se desvanecían. Nada la ataba al nido que intentó erigir con Jon.
A partir de entonces llegaron las prisas y, quizá, un poco de mala fortuna. Su vida entró en dos maletas. Al menos lo importante. El resto lo dejó en un guardamuebles. En aquel momento solo eran losas que remolcar, recuerdos materializados en ruedas de molino.
El anhelo por recuperar su armonía la arrojó al foso de las decisiones apresuradas.
Primero fue un encuentro casual con Max. Le contó que buscaba una nueva casa, y él le habló de una oportunidad muy ventajosa que conocía en Navacerrada. No lo meditó mucho y se lanzó a por ella. Después vino el inicio de unas obras con poca planificación, pero confiaba en el buen criterio de su amigo. Por último, un cadáver sin nombre que reposaría en su jardín a perpetuidad.
Cuando las primeras gotas de lluvia chocaron contra el cristal de la ventana, Sira regresó a la mesa de oficina improvisada en la habitación de invitados de Olimpia. Mientras intentaba buscar una postura cómoda en la silla de madera, que no estaba pensada para ser utilizada durante una jornada de trabajo, rememoró toda la colección de casualidades que la habían llevado hasta allí, sentada frente a los e-mails de su jefe.
La situación laboral de Sira no era el resultado de una estudiada estrategia ni de la toma de grandes decisiones. Todo había sido más improvisado. Siempre fue una buena estudiante, pero nunca tuvo claro si elegir ciencias o letras. «Haz ciencias mixtas —le recomendó su padre—, que te servirá para casi todo». Cuando llegó a la universidad, la idea de estudiar Ciencias Económicas surgió la víspera del fin del plazo de inscripción. «Estudia Económicas —recordó su padre—, que te servirá para casi todo». Con el título que la acreditaba como experta en economía, se marchó a estudiar un máster en economía digital a Estados Unidos. Su padre le recordó la misma cantinela con la que llevaba un par de décadas: estudiar economía digital en una universidad americana le serviría para casi todo.
Así se plantó en el mercado laboral, con unos títulos que le servían para casi todo, pero con unas ganas que abarcaban casi nada, sin tener ni la menor idea de qué quería hacer con su vida. Envió su currículum preparado con prisas a empresas de las que le sonaba el nombre. Así llegaron las primeras llamadas y varias entrevistas en las que la personalidad enérgica y la elegancia de Sira, junto con sus títulos que servían para casi todo, cristalizaron en una primera oportunidad laboral seria.
No tardó en aclimatarse al nuevo ritmo laboral y dejar atrás su época de estudiante. Intentó ser lo más eficiente posible y aprender de sus compañeros. Fueron surgiendo nuevas oportunidades y tuvo la fortuna de seguir haciendo más o menos lo mismo, aunque por más dinero. Así llegó a la agencia de marketing en la que ocupaba un puesto pomposo con un título en inglés. La agencia también le dio la oportunidad de conocer a Jon, que trabajaba dos plantas más abajo en un edificio que no terminaba de dominar bien del todo.
Su adaptabilidad y el tener a una persona especial cerca la hicieron acomodarse en exceso y dejar de interesarse por las llamadas que seguían llegando para tentarla con un nuevo salto: más responsabilidad a cambio de más dinero. Sira perdió la ilusión por esa carrera que, en el fondo, no la llevaba a ningún sitio. La eterna tentación de seguir acumulando éxito profesional, la carrera de un ratón dentro de la rueda de su jaula.
Tener cerca a Jon la ayudaba. No trabajaban juntos —probablemente no hubieran podido—, pero algunos días salían a comer, criticaban al directivo de turno que conocían y sentían que, si estaban perdiendo su vida durante el horario laboral, al menos lo hacían a la par. Además, había alicientes extras como echar un polvo furtivo en los baños de la oficina.
La llegada del teletrabajo supuso una bocanada de aire fresco. Podía alejarse del ambiente tóxico del lugar de trabajo. Leía los e-mails de su jefe con la perspectiva que da la distancia. Agradecía mucho no tener que ver sus camisas con los sobacos sudados, ni oler su colonia barata de supermercado.
Pensó que trabajar a distancia podría ser parte de la solución, pero los problemas siguieron llegando. Solo cambiaba la ubicación desde donde los gestionaba. Al menos el teletrabajo le dio la oportunidad de huir de Madrid y refugiarse en Navacerrada cuando Jon la abandonó.
¿Podía decir abiertamente que Jon fue el responsable de la ruptura o podían repartirse las culpas? ¿Qué hizo ella por mantener a flote su convivencia? Quizá fue demasiado exigente en algunos momentos. ¿Acaso no conocía la forma de ser de Jon cuando decidió embarcarse en la aventura de vivir juntos?
Si
