Índice
Cubierta
Tommyknockers
Epílogo
Notas
Biografía
Créditos
Como muchas de las rimas infantiles, los versos sobre los Tommyknockers son engañosamente simples. El origen de la palabra es difícil de rastrear. El diccionario Webster dice que los Tommyknockers son: a) ogros que hacen túneles; b) fantasmas que rondan por cuevas o minas cuando están desiertas. Dado que «tommy» es un vulgarismo británico arcaico que se refiere a las raciones del Ejército (lo cual llevó a que se utilizase para designar a los conscriptos británicos como en Kipling — «Tommy this, and Tommy that…»—), el diccionario Oxford, aunque no identifica el vocablo en sí, al menos sugiere que los Tommyknockers son los fantasmas de mineros que murieron de hambre, que golpean aún con los nudillos pidiendo comida y rescate.
El primer poema («Anoche, ya tarde, y la anterior noche…») es bastante común; tanto mi esposa como yo lo oímos de niños, aunque nos criamos en ciudades diferentes, bajo distintos credos y pese a que los orígenes de nuestros antepasados nada tienen en común: los suyos son de mayoría franceses; los míos, escoceses e irlandeses.
El resto de los poemas es producto de la imaginación del autor.
Este autor (yo, en una palabra) desea agradecer a Tabitha, su esposa, que sea una crítica inestimable, aunque a veces me exaspere (cuando uno se enfurece con los críticos, es casi seguro que llevan razón); al editor Alan Williams, por su amable y cuidadosa atención; a Phyllis Grann por su paciencia (este libro no fue tanto escrito como vomitado) y a George Everett McCutcheon en particular, ya que ha leído y revisado con sumo cuidado cada una de mis novelas, sobre todo en cuestiones de armas y balística, pero también por su atención a la continuidad. Mac murió mientras yo escribía este libro. En realidad yo estaba pasando, obediente, las correcciones sugeridas en una de sus notas, cuando me enteré de que la leucemia, contra la que luchaba desde hacía dos años, había podido con él. Lo echo muchísimo de menos, no sólo porque me ayudaba a arreglar las cosas, sino también porque formaba parte del vecindario de mi corazón.
Debo también mi agradecimiento a otros, más de los que sería capaz de nombrar: pilotos, dentistas, geólogos, colegas escritores, e incluso a mis hijos, que escucharon la lectura del libro. También estoy agradecido a Stephen Jay Gould, pues, aunque es fanático de los Yankees y, por lo tanto, no demasiado digno de confianza, sus comentarios sobre lo que yo llamaría «evolución muda» ayudaron a dar forma a la nueva versión de esta novela (por ejemplo, The Flamingo’s Smile).
Haven no existe. Los personajes no existen. Esta es una obra de ficción, con una salvedad:
Los Tommyknockers existen.
Si alguien piensa que hablo en broma, no ha oído los informativos de la noche.
STEPHEN KING
Anoche, ya tarde, y la noche anterior,
los Tommyknockers, los Tommyknockers,
llaman a la puerta.
Tengo que salir, y no sé si puedo,
porque el Tommyknocker
me da mucho miedo.
Poema infantil tradicional
PRIMERA PARTE
LA NAVE EN LA TIERRA
Well we picked up Harry Truman, floating down from Independence,
We said, «What about the war?»
He said, «Good riddance!»
We said, «What about the bomb? Are you sorry that you did it?»
He said, «Pass me that bottle and mind your own business».1
THE RAINMAKERS, Downstream
I. ANDERSON TROPIEZA
1
Por falta de un clavo, se perdió el reino: a eso se reduce el catecismo, en resumidas cuentas. Al fin y al cabo, todo puede reducirse a algo parecido… o así lo pensaría Roberta Anderson mucho después. Todo es pura casualidad… o pura fatalidad. Anderson tropezó, en el sentido literal de la palabra, con su destino en la pequeña ciudad de Haven, Maine, el 21 de junio de 1988. Ese tropiezo fue la raíz de todo el asunto; el resto es sólo historia.
2
Aquella tarde, Roberta Anderson salió con Peter, un viejo sabueso que ya estaba ciego de un ojo. Jim Gardener se lo había regalado en 1976. El año anterior, ella había abandonado sus estudios superiores cuando le faltaban sólo dos meses para realizar los exámenes finales, pero debía mudarse a casa de su tío, en Haven. No se dio cuenta de lo sola que se encontraba hasta que Gard le llevó el perro. Entonces era cachorro, y a Anderson le costaba creer que estuviera tan viejo ya: ochenta y cuatro años, en edad perruna. Era una forma de medir la suya propia. 1976 había quedado atrás. Sí, por cierto. A los veinticinco años, una todavía se permitía el lujo de creer que, al menos en el propio caso, crecer era un error burocrático que se solventaría a su debido tiempo. Un buen día, una despertaba y descubría que su perro tenía ochenta y cuatro años y que una misma andaba por los treinta y siete y, entonces pensaba que ese punto de vista tenía que ser revisado. Sí, por supuesto.
Anderson buscaba un lugar para cortar un poco de leña. Tenía acumulados unos cinco metros cúbicos, pero quería añadir otros diez por lo menos para pasar el invierno. Había cortado mucha leña desde los tiempos en que Peter, cachorrito, se afilaba los dientes en una pantufla vieja (y se orinaba con demasiada frecuencia en la alfombra del comedor), pero la madera abundaba todavía. La parcela (aún llamada «lo del viejo Garrick» por la gente de la ciudad, aunque ya habían transcurrido trece años) medía sólo cincuenta y cuatro metros sobre la carretera 9, pero las paredes de roca que marcaban los lindes norte y sur se abrían en un ángulo divergente. Otra pared de roca (tan vieja que había degenerado en pedregales aislados con colchones de musgo) marcaba el límite posterior de la propiedad, y se adentraba unos cinco kilómetros en un enmarañado bosque de árboles y monte bajo. La superficie total de la parcela, en forma de cuña, era inmensa. Al oeste, más allá de la pared que delimitaba las tierras de Bobbi Anderson, había kilómetros y kilómetros de páramo propiedad de la Compañía Papelera de Nueva Inglaterra. En el mapa, Burning Woods.
En realidad, Anderson no necesitaba buscar un lugar en que cortar leña. Las tierras heredadas del hermano de su madre eran valiosas porque, en su mayor parte, estaban cubiertas de árboles de madera buena, casi vírgenes de la plaga de la polilla. Pero hacía un día encantador y cálido, después de la primavera lluviosa; la huerta había crecido ya (casi toda se pudriría a causa de las lluvias) y aún no era tiempo de comenzar el nuevo libro. Por eso había puesto la funda a la máquina de escribir y se encontraba allí, vagando en compañía de Peter, viejo tuerto fiel.
Detrás de la granja se deslizaba un antiguo camino de leñadores. Lo siguió kilómetro y medio antes de desviarse hacia la izquierda. Llevaba una cantimplora, además de la mochila en que había metido un bocadillo y un libro para ella, galletas para el perro, y muchas cintas color naranja para marcar los árboles que cortaría en los primeros días del otoño cuando el calor del verano se hubiera esfumado. En el bolsillo, una brújula Silva. Sólo una vez se había perdido en aquellas tierras, pero esa única vez le bastaba para toda la vida. Había pasado una noche horrible en el bosque, incapaz de creer que se hubiera perdido en una propiedad suya, Dios bendito, y segura de que moriría allí. En aquellos tiempos era posible, pues sólo Jim notaría su falta; pero Jim aparecía cuando menos se lo esperaba. Por la mañana, Peter la había conducido hasta un arroyo, el cual, a su vez, lo hizo otra vez a la carretera 9, donde gorgoteaba, alegre, por una alcantarilla bajo el pavimento, a sólo tres kilómetros de su casa. Era casi seguro que ya tenía suficiente experiencia en el bosque como para orientarse hacia la carretera o hasta una de las paredes que delimitaban sus tierras. Pero la palabra clave era «casi seguro». Por eso llevaba la brújula.
Cerca de las tres, halló un grupo de arces en buen estado. De hecho, había encontrado otros en las mismas condiciones, pero ése se hallaba próximo a un sendero que ella conocía, lo bastante amplio como para circular por él con el Tomcat. En el último día del verano (si alguien no hacía volar el mundo mientras tanto), engancharía su carretilla al Tomcat para llevarla hasta allí y talaría un poco. Por lo demás, ya había caminado bastante para un solo día.
— ¿Te parece bien, Pete?
Éste lanzó un débil ladrido. Anderson miró al sabueso con una tristeza tan profunda que ella misma se sorprendió, inquieta. Peter estaba acabado. Rara vez corría tras los pájaros, las ardillas o las esporádicas marmotas; la sola idea de que persiguiera un venado resultaba cómica. En el camino de regreso debía detenerse varias veces para que él descansara… cuando, en otros tiempos (no hacía tanto de eso, según afirmaba su mente con terquedad), Peter hubiera estado siempre a cuatrocientos metros de ella, arrojando vendavales de ladridos a través del bosque. Un día de ésos, ella decidiría que ya bastaba; daría una palmadita al asiento de la camioneta por última vez, y llevaría a Peter al veterinario de Augusta. Pero no sería ese verano, por favor, Señor. Ni ese otoño ni ese invierno, por favor, Señor, o nunca, por favor, Señor.
Porque se quedaría sola sin Peter. Excepción hecha de Jim, y Jim Gardener se había vuelto algo chiflado en los últimos ocho años. Aún era un amigo, pero… chiflado.
—Me alegro de que estés de acuerdo, Pete, muchacho —dijo, mientras rodeaba los árboles con una o dos cintas, aunque sabía que quizá decidiera cortar otro grupo y, entonces, las cintas se pudrirían allí—. Tu buen gusto es superado sólo por tu apostura.
Peter, a sabiendas de lo que se esperaba de él (era viejo, mas no estúpido), meneó su raído rabo y ladró.
—¡Hazte el «vietcong»! —ordenó Anderson.
Peter, obediente, se tendió de costado (un pequeño jadeo se le escapó) y rodó sobre el lomo con las patas estiradas. Eso casi siempre divertía a Anderson, pero en ese momento, al ver a su perro fingiéndose muerto (Peter también lo hacía cuando le decía «vino» y «My Lai»), recordó con demasiada claridad lo que había pensado unos minutos antes.
—Arriba, Peter.
Éste se levantó con lentitud, entre jadeos. Ya tenía el hocico blanco.
—Vamos a casa.
Le arrojó una galleta para perro. Peter trató de atraparla en el aire y falló. Olfateó en su busca, la pasó por alto y volvió. Por fin, la comió poco a poco, sin mucho apetito.
—Bueno —dijo Anderson—. En marcha.
3
Por falta de un clavo, se perdió el reino…, por la elección de un sendero, la nave fue encontrada.
Como no era la primera vez que Anderson andaba por allí en los trece años transcurridos desde que «lo de Garrick» se convirtió en «lo de Anderson», reconoció la pendiente, un montón de ramas dejadas por leñadores que tal vez hubiesen muerto todos antes de la guerra de Corea, y un pino grande con la copa hendida. Por ello no le costaría trabajo hallar el camino por donde pasaría el Tomcat. Quizá había pasado una, dos, cinco veces a pocos metros, a escasos centímetros, por el sitio en que tropezó.
En esa ocasión siguió a Peter, que se apartaba algo hacia la izquierda. Con el sendero ya a la vista, una de sus viejas botas chocó con algo… y lo hizo con fuerza.
—¡Ay! —chilló, pero era demasiado tarde; pese a sus brazos convertidos en aspas de molino, cayó al suelo. La rama de una mata le arañó la mejilla con tanta fuerza que le rasgó la piel.
—¡Mierda! —gritó, y un grajo le afeó su lenguaje.
Peter volvió. Después de olfatearle la nariz, le dio un lengüetazo.
—¡No hagas eso, por favor! ¡Tu aliento es nauseabundo!
Peter meneó el rabo. Anderson se incorporó. Al frotarse la mejilla izquierda, los dedos y la palma de la mano se le mancharon de sangre. Soltó un gruñido.
—¡Qué bien! —protestó. Miró alrededor para ver con qué había tropezado; una rama caída, con toda seguridad, o alguna roca que sobresalía del suelo. Pensó que en Maine había demasiadas rocas.
Entonces vio un destello metálico.
Todavía sentada en el suelo deslizó un dedo a lo largo del objeto; después quitó con un soplido el negro polvo del bosque.
— ¿Qué es esto? —preguntó a Peter.
El sabueso se acercó para olfatearlo. Entonces hizo algo peculiar: retrocedió dos pasos de perro, se sentó y emitió un aullido sordo.
—¿Qué bicho te ha picado?—preguntó Anderson.
Pero Peter se limitó a permanecer sentado. Anderson se aproximó un poco más, a rastras sobre el fondillo de los vaqueros, y examinó aquel objeto.
Unos siete u ocho centímetros sobresalían de la tierra esponjosa; lo suficiente como para provocar su tropezón. Allí había una ligera elevación del suelo; quizá los desmoronamientos provocados por las fuertes lluvias de primavera lo habían dejado al descubierto. La primera idea de Anderson fue que los leñadores encargados de talar esa parcela, durante los años 20 y 30, habrían sepultado allí los desperdicios de tres días de tala.
Una lata de comida, se dijo; aceite, carne en conserva o sopa. La meneó un poco como para sacarla de la tierra. En ese momento se le ocurrió que sólo un niño muy pequeño tropezaría con el borde de una lata. El metal sepultado no se movió. Era tan sólido como la roca viva. ¿Tal vez vieja maquinaria de leñadores?
Anderson, intrigada, examinó aquello con mucha más atención, sin observar que Peter se había levantado para retroceder otros cuatro pasos antes de sentarse de nuevo.
El metal era de un gris opaco; no tenía el brillo de la hojalata, y era más grueso que un bote de conservas; mediría unos siete u ocho centímetros en la parte alta. Anderson apoyó la yema del índice sobre ese borde y percibió un extraño cosquilleo pasajero, como una vibración.
Quitó el dedo y se lo miró, desconcertada.
Volvió a apoyarlo.
Nada. Ni un zumbido.
Entonces sujetó aquel objeto entre el pulgar y el índice, e intentó moverlo como si fuese un diente flojo. No pudo. Tenía aquella protuberancia aferrada más o menos por el centro. Se hundía en la tierra (al menos ésa fue su impresión entonces) unos cinco centímetros por cada lado. Más adelante diría a Jim Gardener que podría haber pasado por allí tres veces al día, durante cuarenta años, sin tropezar con aquello.
Apartó la tierra suelta para descubrirlo un poco más. Con los dedos excavó un canal de cinco centímetros de profundidad alrededor del objeto; la tierra cedía con facilidad, como suele ocurrir en los bosques, al menos hasta que se llega a las redes formadas por las raíces. El objeto se prolongaba sin variantes, tierra abajo. Anderson se incorporó sobre las rodillas y continuó cavando por ambos lados. Intentó moverlo de nuevo, pero nada consiguió, aquello no cedía.
Siguió apartando la tierra con las manos y pronto dejó más metal al descubierto: quince centímetros de metal gris, veinticinco, treinta…
Es un coche, un camión o una carretilla para troncos, pensó de súbito. Allí enterrado, en el medio de la nada. O tal vez un hornillo. Pero ¿qué hacía allí?
No se le ocurrió ningún motivo; ninguno, en absoluto: De vez en cuando hallaba cosas en el bosque: casquillos de proyectiles, latas de cerveza (de las antiguas, que no tenían perforaciones arrancables, sino los agujeros triangulares que dejaban unos abrelatas especiales), envolturas de caramelos y cosas por el estilo. Haven no estaba en ninguno de los dos grandes distritos turísticos de Maine; uno de ellos abarcaba la región del lago y la montaña, hasta el extremo occidental del estado; el otro, la costa hasta el extremo oriental. Pero tampoco era bosque primitivo desde hacía muchísimo tiempo. Una vez (ella había franqueado la derruida pared de la parte posterior, por lo que, en realidad, había invadido los terrenos de la Papelera Nueva Inglaterra) encontró la herrumbrosa carrocería de un Hudson Hornet, modelo de 1948 ó 49, abandonado en un antiguo camino del bosque; veinte años después de interrumpida la tala, el camino era una maraña de rebrotes. No había motivo alguno para que hubiera una carrocería de coche… pero, aun así, resultaba más fácil explicar su presencia que la de una cocina, una nevera, o la de cualquier otra porquería enterrada allí.
Cavó una zanja de treinta centímetros a cada lado del objeto, sin encontrar su extremo. Profundizó casi treinta centímetros más, hasta que se raspó los dedos con una roca. Tal vez hubiera podido arrancarla (al menos, se movía un poco), pero ni se molestó en hacerlo porque el objeto enterrado se prolongaba más hacia abajo.
Peter gimió.
Anderson miró al perro y se levantó. Las rodillas le crujieron. El pie izquierdo le cosquilleaba, lleno de alfileres. Sacó su reloj de bolsillo (el Simon, viejo y manchado por los años, era otro legado de su tío Frank) y se quedó atónita al ver el tiempo que llevaba allí: una hora y cuarto por lo menos. Eran más de las cuatro.
—Vamos, Peter —dijo—. Salgamos de aquí.
Peter gimió otra vez, pero no se movió. Y entonces, con verdadera preocupación, Anderson vio que el viejo sabueso temblaba como atacado por la malaria. No tenía idea de que los perros pudieran enfermar de malaria, pero quizá afectaba a los viejos. Recordó que sólo una vez había visto a Peter temblar así: en el otoño de 1977 (o tal vez fuera en el 78). Por esa época hubo un gato montés en la zona que gritó y chilló a lo largo de unas nueve noches, tal vez en celo no correspondido. Cada una de esas noches, Peter se acercaba a la ventana de la salita y subía de un salto al viejo banco de iglesia que Anderson tenía allí junto a la biblioteca. No ladraba; se limitaba a mirar en la oscuridad, hacia aquel chillido ultraterreno y femenino, con las fosas nasales dilatadas y las orejas erguidas. Y temblaba.
Anderson pasó por encima de su pequeña excavación para acercarse, a Peter. Se arrodilló junto a él y le acarició la cabeza, lo que hizo que percibiera los temblores con las manos.
—¿Qué ocurre, muchacho? —murmuró, pero ella sabía muy bien lo que pasaba. El ojo sano de Peter se desviaba más allá, hacia el objeto enterrado, y volvía a su dueña. La súplica de ese ojo, no velado por la detestable catarata lechosa, era más clara que un discurso: Vámonos de aquí, Bobbi; esa cosa me gusta casi menos que tu hermana.
—Está bien —dijo Anderson, intranquila. De pronto se le ocurrió que no recordaba haber perdido nunca la noción del tiempo como le había ocurrido en aquel lugar.
«A Peter no le gusta. A mí, tampoco».
—Vamos.
Echó a andar por la cuesta, hacia el sendero, y Peter la siguió presuroso.
Se hallaban casi en la senda cuando Anderson, como la mujer de Lot, miró hacia atrás. De no haber sido por esa última mirada, quizá lo hubiese dejado correr. Desde que abandonó la Universidad antes de examinarse, pese a las lacrimosas súplicas de su madre y furiosas diatrabas de su hermana, Anderson se había especializado en dejar correr las cosas.
Esa mirada hacia atrás, desde una distancia media, le hizo ver dos cosas. Primera, que el objeto no se hundía en la tierra, como ella había pensado en un principio; la metálica lengua asomaba en medio de un declive bastante reciente, no muy ancho, pero sí algo profundo, tal vez a causa de los deslizamientos del invierno y de las fuertes lluvias primaverales que lo siguieron; por lo tanto, a ambos lados del metal saliente, la tierra estaba más alta y el objeto desaparecía en ella. Su primera impresión, que el objeto enterrado formaba la esquina de algo, era errónea después de todo… al menos, no muy segura. Segunda, que parecía un plato, pero no el plato de una vajilla, sino una placa metálica opaca, como de carrocería o…
Peter ladró.
—Bueno, ya te oigo —dijo Anderson—. Vamos. Vamos… y dejemos esto como está.
Anduvo por el centro del sendero y dejó que Peter la guiara de nuevo hasta el camino de leñadores, siguiéndole el inestable ritmo, mientras disfrutaba del frondoso verdor del estío. Y ése era el primer día del verano ¿no? El solsticio. El día más largo del año.
Mató un mosquito de una palmada y sonrió. El verano resultaba agradable en Haven; la mejor época. Y aunque Haven no era la mejor de las zonas, situada como estaba muy por encima de Augusta, en esa parte central del estado que casi todos los turistas pasaban por alto, se trataba de un buen lugar para descansar. En otros tiempos, Anderson había creído que sólo pasaría allí los pocos años que necesitaba para recobrarse de los traumas de la adolescencia, de su hermana y su abrupto abandono de los estudios (fracaso, lo llamaba Anne). Pero esos pocos años se habían convertido en cinco; los cinco, en diez; los diez, en trece… Y mira ahora, mujer: Peter está viejo y tú tienes una buena cosecha de canas que asoma en esos cabellos, antes tan negros como el río Estigia (dos años se lo había cortado casi al estilo punk, sólo para descubrir, horrorizada, que las canas eran más visibles todavía; desde entonces, prefería dejárselo largo).
Había considerado la posibilidad de pasar el resto de su vida en Haven, si se exceptuaba el obligatorio viaje anual o bianual a Nueva York, para entrevistarse con su editor. La aldea la atrapaba. El lugar la atrapaba. La tierra la atrapaba. Y eso no estaba tan mal. Era tan bueno como cualquier otra cosa.
«Como un plato. Un plato de metal».
Quebró una ramita bien cargada de hojas nuevas y la sacudió alrededor de su cabeza. Los mosquitos acababan de descubrirla y parecían decididos a merendar a su costa. Mosquitos que giraban alrededor de su cabeza… y pensamientos como mosquitos que zumbaban dentro de la misma. Pero a éstos podía espantarlos.
«Ha vibrado por un segundo bajo mi dedo. Como un diapasón. Pero cuando lo he tocado otra vez, había cesado. ¿Es posible que algo enterrado vibre así? Nó, sin duda. Tal vez…»
Tal vez había sido una vibración psíquica. Ella no era una incrédula total con respecto a esas cosas. Quizá su mente había percibido algo en ese objeto sepultado y se lo había comunicado del único modo posible: mediante una impresión táctil, de vibración. Peter también había percibido algo, por cierto; el viejo sabueso no quería acercarse a aquel objeto.
«Olvídalo», se dijo. Y lo hizo.
Por el momento.
4
Esa noche se levantó un ventarrón, y una temblorosa Anderson salió al porche delantero para fumar y escuchar las palabras del viento. En otros tiempos (hasta un año antes), Peter la habría acompañado, pero ahora permanecía en la sala, acurrucado junto a la cocina con el rabo contra la nariz, en su alfombrilla tejida a mano.
Anderson descubrió que su mente repasaba aquella última mirada al plato que salía de la tierra. Más adelante llegó a creer que había existido un momento (quizá cuando arrojó el cigarrillo al camino de grava) en que decidió desenterrarlo para ver qué era… aunque por aquel entonces no reconoció la decisión en un plano consciente.
Su mente tenía una preocupación incesante: averiguar qué era aquel objeto. En esos momentos lo dejó correr; había descubierto que cuando la mente insiste en volver a determinado tema, por mucho que uno intentara apartar esa idea, lo mejor era dejarlo correr. Sólo los obsesivos se preocupaban por las obsesiones.
Quizá formara parte de alguna construcción, arriesgó su mente; una prefabricada. Pero nadie levanta edificios metálicos en medio del bosque. ¿A qué tantas chapas allí, si tres hombres levantaban un cobertizo en seis horas, con sólo serruchos, hachas y una sierra de doble mango? Un coche tampoco; de lo contrario, el metal que sobresalía habría estado descascarillado por la herrumbre. La caja de un motor, era lo más probable, pero ¿por qué?
Y en ese momento, al caer la oscuridad, el recuerdo de la vibración volvió a su mente con indiscutible certeza. Tenía que haber sido una vibración psíquica, si ella la había percibido. Tenía que…
De pronto sintió una fría y terrible seguridad: había alguien sepultado allí. Tal vez había desenterrado el borde de un automóvil, una nevera vieja, hasta un arcón de acero. Cualquiera que hubiera sido su aplicación en la vida de superficie, ahora se trataba de un ataúd. ¿La víctima de algún asesinato? ¿Quién, si no, estaría sepultado en semejante envase? Cualquier tipo podía vagar por los bosques en la temporada de caza y perderse allí hasta morir, pero era difícil que llevara una caja metálica consigo para meterse en ella cuando muriera. Incluso si se consideraba esa estúpida posibilidad, ¿quién habría enterrado la caja? «No jorobemos, muchacho», como decíamos en los años de nuestra juventud.
La vibración había sido la llamada de huesos humanos.
«¡Vamos, Bobbi, no seas tan jodidamente estúpida!»
De cualquier modo, un estremecimiento se abrió paso en ella. La idea tenía un poder de convicción extraño, como un cuento Victoriano de aparecidos que resultara anacrónico en el mundo de los ordenadores, encaminados hacia las desconocidas maravillas y los horrores del siglo XXI, pero que aún ponía la carne de gallina. Anderson oyó la risa de Anne y sus palabras: «Te estás volviendo tan chiflada como tío Frank, Bobbi, y es justo lo que te mereces por vivir así, sola con un perro maloliente».
Seguro. La fiebre del páramo. El complejo del ermitaño. Avisad al médico y a la enfermera, Bobbi está enferma…, y empeora.
De cualquier modo sintió un urgente deseo de hablar con Jim Gardener. Necesitaba hablar con él. Entró para telefonear a su casa, en la población de Troy, carretera arriba. Había marcado ya cuatro dígitos cuando recordó que él estaba de viaje, dando unas conferencias. Esas charlas y los talleres de poesía eran su medio de subsistencia; para los artistas itinerantes, el verano constituía la mejor temporada. «Las matronas premenopáusicas tienen que hacer algo durante el verano, —oyó el irónico comentario de Jim—. Y yo tengo que comer en el invierno. Una mano lava la otra. Deberías dar las gracias a Dios por haberte salvado de esas conferencias, Bobbi».
Sí, ella se había salvado de eso, aunque pensaba que Jim no reconocía cuánto le gustaban. Además, de ese modo conseguía bastantes compañeras a la hora de irse a la cama.
Dejó el auricular en su horquilla y contempló la biblioteca de cinco estantes a la izquierda de la estufa. No era un mueble bonito (nunca había sido buena para la carpintería, y jamás lo sería), pero cumplía con su finalidad. Los dos estantes inferiores estaban ocupados por una colección de Time-Life encuadernados sobre el Lejano Oeste. Los dos siguientes, con una mezcla de ficción e historia sobre el mismo tema; los primeros westerns de Brian Garfield, apretujados contra la abultada obra Western Territories Examined, de Hubert Hampton; la producción literaria de Louis L’Amour junto a dos novelas maravillosas de Richard Marius: The Corning of Rain y Bound for the Promised Land. Tenía también Bloodletters and Badmen, de Jay R. Nash, así como Westward Expansion, de Richard F. K. Mudgett, unidos a un montón de libros de bolsillo escritos por Ray Hogan, Archie Jocelyn, Max Brand, Ernest Haycox y, por supuesto, Zane Grey. Una copia de Riders of the Purple Sage había sido leída hasta quedar como unos zorros.
En el estante superior estaba su propia obra: once libros en total. Diez de ellos eran westerns, comenzando con Hangtown, publicado en 1975, y terminando con The Long Ride Back, aparecido en 1986. Massacre Canyon, el último, sería publicado en septiembre, como había hecho en todas sus novelas, desde el principio. En ese momento se le ocurrió que había recibido el primer ejemplar de Hangtown cuando ya estaba radicada allí, en Haven, aunque comenzó a escribirla en el cuarto de un apartamento, con una Underwood de 1930 que se caía de vieja. Pero le dio fin en Haven, y en Haven tuvo entre las manos el primer ejemplar del libro publicado.
En Haven. Toda su carrera de escritora se había desarrollado allí…, excepto el primer libro.
Lo sacó del estante y lo miró con curiosidad; haría unos cinco años que no cogía el delgado volumen. No sólo la deprimió el pensamiento de lo rápido que transcurría el tiempo, sino también la frecuencia con que meditaba últimamente en ello.
Ese primer libro presentaba un contraste total con los otros, cuyas cubiertas mostraban mesetas y fuertes, jinetes, vacas y aldeas polvorientas. La portada reproducía un grabado del siglo XIX en que se veía a un clíper que se disponía a atracar. Sus definidos blancos y negros resultaban sorprendentes, casi escalofriantes. Boxing de Compass era el título que aparecía impreso sobre el grabado. Y debajo de él: poemas de Roberta Anderson.
Abrió el libro para hojear más allá del título. La fecha del registro de la propiedad le inspiró algunos pensamientos: 1974. Luego, se detuvo ante la dedicatoria, tan nítida como el grabado Este libro es para James Gardener. El mismo hombre a quien había intentado llamar. El segundo de los tres hombres con los cuales había tenido relaciones sexuales, y el único que había sabido llevarla hasta el orgasmo. Aunque ella no asignaba una importancia muy especial a ese hecho. No demasiada, en realidad. Al menos, eso pensaba. O eso creía que pensaba. O algo así. De cualquier modo, ya no importaba: aquellos tiempos eran antiguos también.
Con un suspiro dejó el libro en el estante sin mirar los poemas. Sólo uno de ellos tenía valor. Había sido escrito en marzo de 1972, un mes después de que su abuelo muriera de cáncer. El resto, basura; el lector distraído se dejaría engañar, porque ella era una escritora de talento, pero la médula de éste se hallaba en otra parte. Cuando publicó Hangtown, el círculo de escritores que conocía le volvió la espalda. Todos, menos Jim, quien publicó Boxing the Compass en primer lugar.
Poco después de su llegada a Haven, envió a Sherry Fenderson una larga y parlanchina carta. Como respuesta recibió una seca postal; No vuelvas a escribirme, por favor. No te conozco. Estaba firmada con una S, tan seca y dura como el mensaje.
Cuando ella lloraba sobre la postal, sentada en el porche, Jim apareció.
—¿Y te preocupa lo que esa tonta piense? —se extrañó—. ¿Confiarías en el criterio de una mujer que anda por ahí con gritos de «¡El pueblo al poder!» perfumada con Chanel número cinco?
—Pero es muy buena poetisa —sollozó ella.
Jim hizo un gesto de impaciencia.
—No por eso posee una mente adulta ni es capaz de renegar de las ideas que le han inculcado, y se ha inculcado. Piensa con la cabeza, Bobbi. Si quieres proseguir con aquello que más te gusta, piensa con la cabeza, y para ya con ese jodido llanto. ¡Me pone enfermo, qué joder! ¡Me da ganas de vomitar, qué joder! Tú no eres débil. Yo sé qué es la debilidad porque lo soy. ¿Por qué has de ser lo que no eres? ¿Por tu hermana? ¿Por eso? Ella no está aquí, tú no eres ella y ni siquiera tienes que recibirla si no lo deseas. Para ya de gimotear por tu hermana. Madura de una vez, y déjate de tonterías.
Anderson recordó que lo había mirado con sorpresa.
—Existe una gran diferencia entre realizar bien lo que se hace y ser inteligente con lo que se sabe —agregó él—. Sherry necesita un poco de tiempo para crecer. Tú, también. Espera. Y deja de juzgarte. Es muy aburrido. No quiero oír más lloriqueos, son para los idiotas. No seas idiota.
Ella había sentido odio y amor hacia él; que lo quería por entero y que nada deseaba saber. ¿Decía estar al tanto de qué era la debilidad? ¿Y cómo no? Estaba vencido. Ella lo sabía.
—Y ahora —prosiguió él—, ¿qué prefieres: acostarte con un ex editor o seguir con tu llanto por esa estúpida postal?
Se acostó con él. Todavía no sabía, como no lo sabía en aquel entonces, si en realidad quería, pero lo hizo. Y gritó al llegar al orgasmo.
Eso ocurrió cerca del final.
«De cualquier modo, ya no importa», pensó. Y se repitió el buen consejo de siempre: «Déjalo correr».
Consejo más fácil de dar que de seguir. Anderson tardó largo rato en conciliar el sueño aquella noche. Al coger sus poemas de estudiante, había agitado viejos fantasmas… O tal vez el culpable había sido el viento fuerte y templado que silbaba entre los árboles y trompeteaba en los aleros.
Cuando casi se había dormido, Peter, que aullaba en sueños, la despertó. Se levantó de prisa, asustada. No era la primera vez que Peter hacía mucho ruido mientras dormía (por no mencionar ciertas ventosidades de lo más ofensivas), pero nunca antes había aullado así. Era como despertarse con los gritos de un niño apresado en una pesadilla.
Fue desnuda a la salita de estar, sólo llevaba las medias cortas puestas, y se arrodilló junto al perro, que aún se encontraba en la alfombrilla junto a la estufa.
—Pete —murmuró—. Eh, Pete, tranquilo.
Lo acarició. Estaba temblando; al contacto de su mano, dio un respingo y descubrió los restos de sus gastados dientes. Luego abrió los ojos, el sano y el ciego, y pareció volver por sus fueros. Con un débil gemido, golpeó el suelo con la cola.
—¿Estás bien? —preguntó Anderson.
El sabueso le lamió la mano.
—Entonces, échate otra vez. Y deja de gemir. Es aburrido. ¡Deja ya de joder!
Peter volvió a tenderse y cerró los ojos. Anderson lo observaba, de rodillas, preocupada.
«Soñaba con ese objeto».
Su mente racional rechazaba la idea, pero la noche insistía con su propio imperativo: era cierto, y ella lo sabía.
Por fin se acostó. Se durmió en algún momento, pasadas las dos de la madrugada. Tuvo un sueño peculiar. Se veía andando a tientas en la oscuridad… pero no buscaba algo, sino que huía de algo. Estaba en el bosque. Las ramas le azotaban la cara y le pinchaban los brazos. A veces tropezaba con raíces y troncos caídos. Entonces, allá delante, una horrible luz verde brilló, en un solo rayo, como dibujado con lápiz. En su sueño, ella pensó en el cuento de Poe, The Tell-Tale Heart, y en la lámpara del narrador demente, cubierta por completo, con excepción de un diminuto agujero, que él usaba para dirigir un rayo de luz hacia el ojo maligno que imaginaba en su anciano benefactor.
Bobbi Anderson sintió que los dientes se le caían.
Se le desprendieron sin dolor, todos. Los de abajo de forma desigual, unos hacia fuera y otros dentro de la boca, donde quedaron sobre la lengua o debajo de ella, en bultitos duros. Los de arriba resbalaron por la pechera de su blusa. Uno se le atascó en el sujetador, que se abrochaba por delante, clavándosele en la piel.
La luz. La luz verde. La luz…
5
…tenía algo raro.
No sólo porque era gris y perlada. Cabía esperar que un viento como el que había soplado durante la noche llevara consigo un cambio de clima. Pero comprendió que había algo más aun antes de mirar el reloj de la mesita. Lo cogió con ambas manos para acercárselo al rostro, aunque su vista era perfecta: las tres y cuarto de la tarde. Había tardado mucho en dormirse; pero no importaba a qué hora concillara el sueño; el hábito o la necesidad de orinar la despertaban siempre antes de las nueve; a las diez a lo sumo. Pero había dormido doce horas seguidas…, y se sentía hambrienta.
Arrastró los pies hasta la sala de estar, otra vez con las medias cortas por toda vestimenta. Peter estaba tendido sobre un flanco, laxo, con la cabeza echada hacia atrás y las patas estiradas, mostrando los restos de sus dientes amarillos.
«Ha muerto —pensó con fría y absoluta certidumbre—. Peter ha muerto, durante la noche».
Se acercó al perro a la espera de la sensación de carne fría y pelaje sin vida. Entonces, Peter emitió un sonido borboteante, con temblor de labios: un borroso ronquido perruno. Un enorme alivio la inundó. Pronunció en voz alta el nombre del perro y éste se levantó de un salto, casi culpable, como si tuviese perfecta conciencia de haber dormido demasiado. Tal vez era así; los perros parecían tener muy desarrollado el sentido del tiempo.
—Nos hemos quedado dormidos, amigo —dijo.
Peter se levantó y estiró las patas traseras: primero una, después la otra. Miró alrededor, con una perplejidad casi cómica, y se dirigió hacia la puerta. Anderson abrió. Peter se detuvo un momento, disgustado con la lluvia, y por fin salió para hacer sus necesidades.
Anderson permaneció un momento más en la salita, aún extrañada por su certeza de que Peter estaba muerto. ¿Qué diablos le ocurría últimamente? Sólo pensaba en cosas tristes y sombrías. Por fin se encaminó hacia la cocina para prepararse un almuerzo… o como se llamase a la comida que se hacía a las tres de la tarde.
En el trayecto se desvió hacia el cuarto de baño para hacer también sus necesidades. Se detuvo ante la imagen reflejada en el espejo, salpicado de pasta dentífrica. Una mujer que se acercaba a la cuarentena. Aparte de su canoso cabello, no estaba tan mal; no bebía mucho, fumaba poco, y, cuando no escribía, se pasaba la mayor parte del día al aire libre. Cabello negro de irlandesa (nada de románticas llamaradas pelirrojas en su caso), algo más largo de lo debido. Ojos gris azulado. De pronto se miró los dientes, casi con el temor de ver sólo encías rosadas.
Pero allí estaban, todos. Gracias al agua con flúor de Utica, Nueva York. Se los tocó, y permitió que sus dedos demostraran aquella realidad ósea al cerebro.
Pero algo andaba mal.
Algo húmedo.
Tenía mojada la parte interna superior de los muslos.
«Oh, no, diablos, me ha venido con casi una semana de antelación. Y ayer cambié las sábanas de la cama…»
Una vez se hubo duchado, puso una compresa en las bragas de algodón y se acomodó bien el paquetito en su sitio. Después revisó las sábanas y vio que estaban impolutas. Se le había adelantado el período pero, al menos, con la consideración de esperar a que ella estuviera despierta. Y no había motivo de alarma: aunque era bastante regular, de vez en cuando tenía atrasos o adelantos, tal vez consecuencia de cambios en la dieta, la tensión nerviosa subconsciente o algún reloj interior donde una rueda dentada resbalaba. La idea de envejecer no le causaba problemas, y a veces pensaba que sería un alivio acabar con todas esas molestias de la menstruación.
Desaparecido el resto de la pesadilla nocturna, Bobbi Anderson fue a prepararse un muy tardío desayuno.
II. ANDERSON EXCAVA
1
Llovió sin cesar durante los tres días siguientes. Anderson vagaba por la casa, inquieta. Hizo un viaje a Augusta en la camioneta con Peter; fue a comprar provisiones que en realidad no necesitaba. Bebía cerveza y escuchaba viejas melodías mientras hacía algunos apaños en la casa. Por desgracia, no había mucho que arreglar.
Hacia el tercer día, comenzó a dar vueltas alrededor de la máquina de escribir, mientras pensaba que quizá debía comenzar el nuevo libro. Sabía cuál sería el argumento: una joven maestra y un cazador de búfalos atrapados en una guerra de fronteras en Kansas, a principios de 1850, un período durante el cual todo el centro del país parecía prepararse para la guerra civil, lo supiera o no. En su opinión, sería un buen libro, pero no creía que estuviera del todo «listo», cualquiera que fuese el significado de eso (un mimo sardónico, que imitó la voz de Orson Welles, despertó en su mente: No escribiremos una novela antes de tiempo). Pero la inquietud tironeaba de ella; todos los síntomas estaban allí: impaciencia con los libros, la música y consigo misma. La tendencia a divagar… para, de pronto, encontrarse ante la máquina de escribir, con ganas de llevarla hacia algún sueño.
También Peter parecía inquieto; rascaba la puerta al salir y la rascaba de nuevo cinco minutos después para entrar; vagaba por la casa, se echaba, se levantaba…
«Baja presión ambiental —pensó Anderson—. Eso es todo. Nos pone inquietos a los dos, nerviosos».
Y ese maldito período menstrual. Lo habitual era un flujo denso que se interrumpía de pronto, como si hubiese cerrado un grifo. En esta ocasión no dejaba de gotear. «Ando mal de los cueritos, ja, ja», pensó sin humor.
Al oscurecer del segundo día lluvioso, se encontró sentada ante la máquina de escribir, con una hoja en blanco metida en el carro. Comenzó a golpear las teclas. Lo que salió fue un montón de X e Y que parecía una ecuación matemática. Era estúpido; no se metía con las matemáticas desde que aprobó Algebra II, cuando asistía al Instituto. En la actualidad, la X sólo le servía para tachar palabras equivocadas. Arrancó la hoja y la tiró.
Tras el almuerzo del tercer día de lluvia, telefoneó al departamento de lengua inglesa de la Universidad. Jim no daba clase allí desde hacía ocho años, pero aún tenía amigos en la facultad y mantenía contacto con ellos. Muriel, la de la oficina, solía saber por dónde andaba.
Y en esa ocasión lo sabía. Jim Gardener, según le dijo, haría una lectura en Fall River esa misma noche, 24 de junio, seguida por otras dos en Boston, en las tres noches siguientes. Después, daría una serie de charlas en Providence y en New Haven, todo lo cual formaba parte de algo llamado Caravana Poética de Nueva Inglaterra. «Ha de ser cosa de Patricia McCardle», pensó Anderson, con una ligera sonrisa.
—¿Cuándo regresa? ¿El 4 de julio?
—Caramba, Bobbi, no lo sé —respondió Muriel—. Ya conoces a Jim. Da la última charla el 30 de junio. Es lo único que puedo decirte.
Agradeció su atención y cortó la comunicación. Se quedó mirando el teléfono, pensativa, mientras la imagen de Muriel acudía a su mente. Muriel, otra muchacha irlandesa (aunque con la debida cabellera roja) que comenzaba a dejar atrás sus mejores años; rostro redondo, ojos verdes, senos grandes. ¿Se había acostado con Jim? Tal vez sí. Anderson sintió una chispa de celos, pero apenas una chispa. Muriel era buena chica. Bastaba hablar con ella para sentirse mejor; se trataba de alguien que la conocía, que la miraba como a una persona, no sólo como una clienta al otro lado del mostrador, en la ferretería de Augusta, o como alguien a quien decir qué tal por encima del buzón. Solitaria por naturaleza, aunque no monástica, el simple contacto humano solía colmarla, cuando ella ni sospechaba su necesidad de ser colmada.
Además, ahora creía saber por qué había querido ponerse en contacto con Jim; para eso, al menos, había servido su charla con Muriel. El objeto enterrado en el bosque no se apartaba de su mente. La idea de un ataúd clandestino se había convertido en certidumbre para ella. No era la necesidad de escribir lo que la inquietaba, sino la de excavar. Pero no quería hacerlo sola.
—Bueno, parece que tendré que hacerlo yo sin más ayuda, Peter —dijo, y se acomodó en la mecedora junto a la ventana del Este: su asiento para leer.
Peter le lanzó una breve mirada. «Como quieras, nena», parecía decir el animalito. Anderson se incorporó de súbito y lo miró con atención. Peter le devolvió la mirada con bastante alegría, mientras golpeaba el suelo con el rabo. Por un momento le pareció que había algo diferente en el perro…, algo tan obvio que debía verlo.
Sin embargo no lo veía.
Se acomodó otra vez en la mecedora y abrió su libro: una tesis de la Universidad de Nebraska, cuya parte más interesante se encontraba bajo el título de La guerra de fronteras y la Guerra Civil. Recordó que, un par de noches antes, había pensado en qué habría dicho sú hermana Anne: Te estás volviendo tan chiflada como tío Frank, Bobbi. Bueno, tal vez fuera así.
Al poco tiempo se hallaba abstraída en la tesis; de vez en cuando tomaba alguna nota en la libreta que tenía a mano. Afuera, la lluvia continuaba.
2
El día siguiente amaneció claro, luminoso, inmaculado: una postal de verano; además, había brisa suficiente para mantener los insectos a distancia. Anderson trajinó por la casa hasta casi las diez, y cada vez sentía más la presión a que su mente la sometía para que saliera a excavar «aquello». También, el modo en que su conciencia luchaba contra ese impulso (Orson Welles otra vez: No desenterraremos ningún cadáver antes de… «Oh, cállate Ors on»). Para ella se habían acabado los tiempos de seguir el impulso del momento, estilo de vida predicado con el desnudo lema: «Si hace que te sientas bien, ve por ello». Esa filosofía nunca le dio buenos resultados; más aún: casi todo lo malo que le había ocurrido tenía sus raíces en algún acto irreflexivo. Pero no condenaba a quienes vivían la existencia según los propios impulsos; tal vez todo se debía a que sus intuiciones no eran muy buenas.
Tomó un abundante desayuno y agregó un huevo revuelto al alimento para perros de Peter (el sabueso comió con más apetito que de costumbre, tal vez porque las lluvias habían pasado). Luego fregó los platos.
Todo habría estado bien si al menos hubiese dejado de «gotear». Pero no era cuestión de pensar mucho en ello. «No cortaremos ningún período menstrual antes de tiempo. ¿Verdad, Orson? Perfecto».
Salió al exterior, con un viejo sombrero de paja clavado en la cabeza, y pasó la hora siguiente en el jardín. Fuera, las cosas estaban mejor de lo que cabía esperar con tanta lluvia. Los guisantes crecían y el maíz «se levantaba hermoso», como tío Frank habría dicho.
A las once renunció. A la mierda. Rodeó la casa para llegar hasta el cobertizo y cogió un pico y una pala. Después de pensarlo por un momento agregó una palanca. Iba a salir del cobertizo, pero se detuvo para llevarse un destornillador y una llave inglesa.
Peter quiso ir con ella, como siempre, pero Anderson no se lo permitió.
—No, Peter. —Y señaló hacia la casa.
El perro se detuvo, con expresión dolorida. Emitió un gemido y dio un paso vacilante hacia Anderson.
—No, Peter.
El animal cedió y se encaminó hacia la casa, con la cabeza gacha y el rabo caído, sin ánimo. Le dio pena que se fuera así, pero Peter había reaccionado mal ante la placa enterrada. Se detuvo un momento más en el sendero que la conduciría a la ruta del bosque, con el pico en una mano y la pala en la otra, mientras Peter subía los peldaños de atrás, abría la puerta trasera con el hocico y entraba en la casa.
«Tiene algo diferente —pensó—. Tiene algo diferente, pero ¿qué es?»
No lo sabía. Por un momento, de manera casi subliminal, el sueño de la noche volvió a ella: la flecha de luz verde, venenosa…, y los dientes que se le caían sin dolor.
Enseguida desapareció. Entonces inició la marcha hacia el lugar en que se encontraba aquel objeto extraño, mientras escuchaba el incesante cri-cri-cri de los grillos en la pequeña huerta, que pronto estaría lista para la primera cosecha.
3
A las tres de la tarde, Peter la arrancó del embotamiento en que había estado trabajando, y la obligó a tomar conciencia de dos «casi»: estaba casi desfallecida de hambre y casi exhausta.
Peter aullaba.
Su aullido erizó la piel de Anderson, en la espalda y en los brazos. Dejó caer la pala que tenía entre las manos y retrocedió, apartándose del objeto enterrado, ese objeto que no era una placa, cajón ni cosa alguna que ella conociera. Sólo sabía con seguridad que había caído en un estado extraño, carente de pensamientos, que no le gustaba en absoluto. En esa ocasión no sólo había perdido la noción del tiempo, sino también la noción de sí misma; como si otra persona hubiese entrado en su cabeza, tal como un hombre entraría en una excavadora o en una grúa, para ponerla en marcha y manejar las palancas correspondientes.
Peter aullaba con el hocico elevado hacia el cielo: sonidos largos, luctuosos, escalofriantes.
—¡Basta, Peter! —chilló Anderson.
Gracias a Dios, Peter obedeció. Un aullido más y habría hecho que girara sobre sus talones para poner los pies en polvorosa.
En cambio luchó por dominarse, y lo consiguió. Retrocedió un paso más y lanzó un grito: algo blando le había tocado la espalda. Ante su grito, Peter emitió un aullido más y volvió a guardar silencio.
Anderson dio un manotazo a aquello que la había rozado, fuera lo que fuese, pensando que se trataba de… bueno, no sabía de qué, pero aun antes de que su mano se cerrara sobre el objeto, recordó qué era. Tenía una vaga noción de haberse detenido apenas lo suficiente para colgar su blusa de una mata, y allí estaba.
La cogió para ponérsela. Se la abotonó mal al primer intento y uno de los faldones quedó más largo que el otro. Corrigió el error mientras contemplaba la excavación que había comenzado; esa palabra arqueológica parecía ajustarse con toda exactitud a lo que estaba haciendo. Sus recuerdos de las cuatro horas y media que había dedicado a cavar eran idénticos al de haber colgado la blusa en la mata: nebulosos y entrecortados. No eran recuerdos, sino fragmentos.
Pero cuando contempló lo que había hecho, sintió un respeto casi religioso, además de miedo, y una excitación creciente.
Aquello, fuera lo que fuese, parecía grande. No sólo grande; era enorme.
El pico, la pala y la palanca estaban tirados a trechos, a lo largo de una zanja de cuatro metros y medio abierta en el suelo del bosque. A distancias iguales había hecho pulcros montones de tierra negra y trozos de roca. De esta zanja, que medía alrededor de un metro veinte de profundidad en el sitio en que había tropezado con el metal gris, asomaba el borde de algún objeto metálico. Metal gris… algún objeto…
De una escritora cabía esperar algo mejor, más específico, pensó, al tiempo que se enjugaba el sudor de la frente con los brazos, pero ya no estaba segura de que ese metal fuese acero. En ese momento le pareció alguna aleación exótica: berilio, magnesio quizá; aparte su composición, no tenía la menor idea de qué podría ser aquello.
Cuando iba a desabrocharse los vaqueros para meterse la blusa, hizo una pausa.
La entrepierna de los desteñidos «Levi’s» aparecía empapada de sangre.
«¡Por todos los santos, esto no es una menstruación, son las cataratas del Niágara!»
Durante un momento se asustó de verdad. Luego se reprochó su tontería. En una especie de deslumbramiento había hecho una excavación de la que cuatro hombres corpulentos hubieran podido enorgullecerse. Ella, una mujer que pesaba cincuenta y siete kilos, cincuenta y nueve a lo sumo. Era lógico que tuviera tanto flujo sanguíneo. En realidad, debería alegrarse de no sufrir también calambres.
«Caramba, qué poética estamos hoy, Bobbi», pensó, y dejó escapar una áspera risita.
Sólo necesitaba limpiarse: una ducha y un cambio de ropa lo arreglarían todo. De cualquier modo, los vaqueros ya estaban para la basura o para trapos. Un problema menos en este mundo confuso y preocupante, ¿no? Desde luego, aquello no suponía gran cosa.
Volvió a abrocharse los pantalones, sin meter los faldones de la blusa: no había necesidad de que se estropeara también, aunque no se tratara de un modelo de Dior. La sensación de tener algo mojado y pegajoso abajo le provocó una mueca. Caramba, qué ganas tenía de bañarse. Cuanto antes.
Pero en vez de subir por la cuesta hacia el sendero, se volvió hacia aquel objeto enterrado, atraída por él. Peter aulló, y con su aullido le volvió la carne de gallina.
—¡Peter! Por el amor de Dios, ¡cállate!
Rara vez le gritaba, al menos de verdad; pero, en ese momento, el grandísimo bobo hacía que se sintiera como si estuviese en una prueba de psicología conductista. En vez de saliva al sonido de una campana, carne de gallina cuando el perro aullaba. El principio era el mismo.
De pie, cerca de su hallazgo, se olvidó de Peter para observar el objeto, extrañada. Después de unos instantes tendió la mano para tocarlo. Sintió otra vez aquella curiosa vibración, que le penetró en la mano y desapareció. En esta ocasión le pareció que había tocado un casco bajo el cual funcionaban máquinas muy pesadas a toda potencia. El metal en sí era tan pulido que su textura resultaba casi grasienta; tenía la sensación de que le quedaría algo en las manos.
Lo golpeó con los nudillos. Emitía un sonido sordo, como el de un grueso leño de caoba. Esperó un momento: después sacó el destornillador del bolsillo trasero del pantalón y, tras vacilar un momento (aunque se sentía culpable, casi vandálica) clavó la punta en el metal que estaba al descubierto. El metal ni se rayó.
Sus ojos le sugirieron dos ideas, pero cualquiera de ellas (o ambas) podía ser una ilusión óptica. La primera: el metal desaparecía en la tierra. La segunda: el borde era curvo. Esas dos apreciaciones, de ser ciertas, parecían dar una impresión a un tiempo estimulante, ridícula, temible, imposible…, dotada de cierta lógica demencial.
Deslizó la palma por el suave metal, pero de inmediato dio un paso atrás. ¿Qué demonios hacía? ¿Cómo acariciaba esa porquería, cuando la sangre le chorreaba por las piernas? Y la menstruación era el menor de sus problemas, si lo que había pensado resultaba cierto.
«Será mejor que avises a alguien, Bobbi. Ahora mismo».
«Telefonearé a Jim. Cuando él vuelva».
«Por supuesto. Gran idea: llamar a un poeta. También puedes avisar al reverendo Moon. Y quizá a Edward Gorey y a Gahan Wilson, para que lo dibujen. Después contrata a algunos conjuntos de rock para organizar aquí un verdadero Woodstock 1988, qué joder. ¡Vamos, Bobbi, déjate de tonterías! ¡Llama a la Policía!»
«No. Primero hablaré con Jim. Quiero que él lo vea. Deseo discutir el tema con él. Mientras tanto excavaré un poco más».
«Podría ser peligroso».
Sí. Más que podría: probablemente lo fuera. ¿Acaso no lo había percibido ella? ¿No lo sentía Peter? Y algo más: esa mañana, al bajar la cuesta desde el sendero, había encontrado la marmota muerta: casi tropezó con ella. Por el olor que despedía, su cadáver llevaba allí dos días, por lo menos: pero no había visto moscas ni oído zumbidos que la pusieran sobre aviso. Ni una sola mosca alrededor de la vieja Marmi, y Anderson no recordaba haber visto nada parecido. Tampoco advirtió señales de la causa de su muerte, pero creer que el objeto enterrado tenía algo que ver con ella era una suprema bobada. Con toda probabilidad, la vieja Marmi había comido algún cebo envenenado.
«Vuelve a casa. Cámbiate los pantalones. Estás empapada y apestas».
Retrocedió para apartarse del objeto. Luego giró en redondo y trepó la cuesta hacia el sendero. Allí, Peter le saltó encima y empezó a lamerle la mano, con una ansiedad algo patética. Apenas un año antes, habría tratado de ponerle el hocico en la entrepierna, atraído por el olor, pero ya no. Ahora, sólo temblaba.
—Es culpa tuya, qué joder —le dijo—. Te había ordenado que esperaras en casa.
De cualquier modo, era una suerte que Peter hubiera ido a buscarla. Si no, Anderson habría seguido allí hasta el anochecer… y la idea de regresar en la oscuridad, con esa «cosa» tan cerca… no le gustaba en absoluto.
Miró hacia atrás desde el sendero. La altura le brindaba una visión más completa del objeto. Sobresalía de la tierra en un leve ángulo, según pudo observar. Se repitió su primera impresión de que el borde tenía una leve curva.
«Un plato: eso fue lo que pensé cuando excavé alrededor con los dedos. Un plato de acero, pero no de comer; aunque tal vez ya en ese momento, aunque era tan poco lo que asomaba, estaba pensando en el de comer. O en una fuente de servir».
«¡En un platillo volante, qué joder!»
4
De vuelta en casa, se dio una ducha y se puso ropa limpia; usó una de las compresas dobles, aunque el flujo menstrual parecía disminuir. Después se preparó una abundante cena: habichuelas cocidas en lata y salchichas de Frankfurt. Pero estaba demasiado cansada y apenas probó la comida. Dejó más de la mitad. Puso el plato en el suelo para Peter y se fue a ocupar su mecedora junto a la ventana.
La tesis que había estado leyendo seguía en el suelo, junto a la mecedora, con la página marcada por un trocito de caja de cerillas. Al lado, la libreta de apuntes. La cogió, buscó una página en blanco y comenzó a dibujar el objeto del bosque, tal como lo había visto al echarle la última mirada.
No era ninguna maravilla con el lápiz, a menos que lo usara para escribir palabras, pero tenía algún talento para el boceto. Sin embargo, aquél le llevó mucho tiempo, no sólo porque quería hacerlo lo más exacto posible, sino porque estaba muy cansada. Para empeorar las cosas, Peter fue a darle golpecitos en la mano con el hocico, en busca de caricias.
Distraída, acarició la cabeza del perro, y borró un saliente que el golpe del hocico había hecho aparecer en la línea del horizonte de su dibujo.
—Sí, eres un perro bueno. Muy bueno. ¿Por qué no vas en busca del correo?
Peter trotó a través de la salida y abrió la puerta de tela metálica con el hocico. Anderson continuó con el boceto, mas levantó la vista por un instante para ver a Peter, que ejecutaba su famosísima prueba canina: recoger la correspondencia. Levantó la pata delantera izquierda para apoyarla en el poste del buzón y empezó a manotear con la derecha la puertecilla de la caja. Joe Paulson, el cartero, que conocía su triquiñuela, la dejaba siempre entornada. Cuando consiguió bajar la puertecita, perdió el equilibrio antes de poder sacar las cartas con la pata. Anderson hizo una mueca; hasta hacía poco tiempo, Peter nunca había perdido el equilibrio. La correspondencia era su mejor prueba, mejor que la de hacerse el vietcong muerto y mucho mejor que trivialidades tales como ponerse a dos patas o gemir para que le diera galletas. Dejaba atónitos a todos cuantos lo veían, y Peter lo sabía; pero aquello se había convertido en un rito penoso de presenciar. Anderson se dijo que se habría sentido así si hubiese visto que Fred Astaire y Ginger Rogers trataban de ejecutar uno de sus viejos bailes.
El perro logró apoyarse en el poste de nuevo, y esa segunda vez sacó la correspondencia al primer zarpazo: un catálogo y un sobre (una factura, seguro, a esa altura del mes) cayeron al suelo. Mientras Peter los recogía, ella volvió a su dibujo, al tiempo que se reprochaba esa manía de tocar a difuntos por Peter cada dos minutos. En realidad, el perro parecía vivo a medias esa noche; en las últimas noches, más de una vez había tenido que alzarse tres o cuatro veces sobre las patas traseras antes de conseguir la correspondencia… que solía reducirse a alguna muestra gratis y una o dos circulares de propaganda.
Contempló el esbozo con atención y sombreó, distraída, el tronco del gran pino de la copa hendida. No tenía una exactitud del ciento por ciento, pero se aproximaba bastante. Al menos había reproducido bien el ángulo del objeto.
Dibujó un marco alrededor; después convirtió el marco en un cubo, como para aislar aquello. La curva resultaba bastante obvia en el dibujo, pero ¿existía de verdad?
Sí. Y lo que ella denominaba placa metálica era, en realidad, un casco, ¿no? Un casco liso como el cristal, sin remaches.
«Estás perdiendo la chaveta, Bobbi. Lo sabes, ¿verdad?»
Peter rascó la puerta de la tela metálica para que le permitiera entrar. Anderson se acercó, sin dejar de observar su esbozo. El perro pasó y depositó la correspondencia en una silla del vestíbulo. Después, se encaminó a la cocina con lentitud, quizá para ver si había quedado algo en el plato.
Ella recogió los dos envíos y los limpió en la pernera de los vaqueros, con una pequeña mueca de disgusto. La prueba resultaba interesante, desde luego, pero nunca se acostumbraría a recibir la correspondencia babeada por el perro. El catálogo era de Radio Shack; querían venderle una procesadora de textos. La factura, de la compañía eléctrica. Eso le hizo pensar de nuevo en Jim Gardener. Dejó ambos envíos sobre la mesa del vestíbulo y volvió a la mecedora. Pasó a una página en blanco y copió con rapidez el boceto original.
El suave arco hizo que frunciera el entrecejo. Tal vez había una extrapolación allí, como si hubiese excavado tres metros y medio, cuatro, quizá, en vez de sólo uno veinte. ¿Y qué? Eso nada tenía de malo. Era parte de la tarea del escritor; quienes pensaban que pertenecía sólo a la ciencia ficción o a las obras fantásticas nunca habían mirado por el otro extremo del telescopio ni se habían enfrentado al problema de rellenar los espacios en blanco que ninguna historia por sí sola puede completar. Enigmas tales como qué fue de quienes colonizaron la isla Roanoke, frente a las costas de Carolina del Norte, y después desaparecieron sin dejar más huellas que la inexplicable palabra de CROATOAN, grabada en un árbol; o cómo surgieron los monolitos de la isla de Pascua; o por qué todos los ciudadanos de una pequeña ciudad de Utah, llamada Blessing, habían enloquecido de súbito (al menos, eso parecía) un mismo día, en el verano de 1884. Cuando no se sabían las respuestas con seguridad, era lícito imaginarse lo que fuera, mientras no se descubriera otra cosa.
Existía una forma para hallar la longitud de la circunferencia a partir del arco: de eso estaba segura. El problema estribaba en que la había olvidado por completo. Pero quizá se hiciera cierta idea… siempre en el supuesto de que su impresión de la curva fuese correcta al calcular el punto central del objeto.
Bobbi volvió a la mesa del vestíbulo y abrió el cajón del centro, una especie de guardalotodo. Revolvió entre unos pulcros fajos de cheques cancelados y pilas viejas; por alguna razón, nunca tiraba las pilas agotadas a la basura. Dios sabía por qué; lo que hacía era echarlas en el cajón, como si fuese un Cementerio de Pilas, en vez del que supuestamente tenían los elefantes. Había también manojos de gomas elásticas, cintas para envasar, cartas de admiradores nunca contestadas (no podía tirar las cartas de los admiradores sin contestarlas, así como no podía tirar las pilas viejas) y recetas de cocina anotadas en tarjetas de archivo. En el fondo del cajón tenía varias herramientas pequeñas; entre ellas encontró lo que buscaba: un compás, con un pequeño lápiz amarillo sujeto a uno de los brazos.
De nuevo en la mecedora, Anderson buscó otra página en blanco y dibujó, por tercera vez, el borde del objeto. Trató de respetar la escala, aunque en esa ocasión la dibujó algo más grande, sin preocuparse por los árboles circundantes. Sólo hizo un esbozo de la zanja para tener en cuenta la perspectiva.
—Bueno, adivinemos —dijo. Clavó el pincho del compás en el papel amarillo del bloc, por debajo del borde curvo. Ajustó el compás de modo que el pequeño lápiz siguiera el arco dibujado con bastante exactitud…, y trazó una circunferencia completa. Le echó un vistazo, y se limpió la boca con el canto de la mano. De pronto sentía los labios demasiado flojos, demasiado húmedos.
—Bobadas —murmuró.
Sin embargo no lo eran. A menos que su cálculo de la curvatura y del centro fuera descabellado, había desenterrado el borde de un objeto que medía, cuanto menos, trescientos metros de circunferencia.
Dejó caer el compás y el bloc al suelo y miró hacia fuera por la ventana. El corazón le palpitaba demasiado aprisa.
5
Al caer el sol se sentó en el porche trasero, y, mientras miraba hacia el bosque a través del jardín, las voces resonaron en su cabeza.
En su primer año de Universidad había asistido a un seminario del departamento de Psicología dedicado al tema de la creatividad. Fue una sorpresa para ella (y un alivio) descubrir que no estaba disimulando una secreta neurosis: casi todas las personas imaginativas oían voces. No sólo pensamientos, sino voces reales dentro de su cabeza. Diferentes personajes radiales. Provenían del costado derecho del cerebro, según explicó el profesor: el lado que suele ser asociado con las visiones, la telepatía y esa asombrosa capacidad humana de crear imágenes mediante comparaciones y metáforas.
«No existen los platillos volantes».
«¿Ah, no? ¿Y quién lo dice?»
«Las Fuerzas Aéreas, para empezar. Hace veinte años cerraron todos los informes sobre platillos volantes. Sólo dejaron sin explicación un tres por ciento de los descubrimientos verificados, y dijeron que, casi con seguridad, aun ésos habían sido causados por condiciones atmosféricas efímeras: falsos soles, turbulencias en el aire, bajadas de la tensión eléctrica. Caramba, hasta las Luces de Lubbock, que fueron noticia de primera plana, resultaron ser sólo una avalancha de polillas en vuelo, ¿no? El alumbrado público de Lubbock se reflejaba en sus alas y proyectaba grandes formas móviles de colores claros contra la masa de nubes bajas que la falta de viento mantuvo sobre la ciudad durante toda la semana. Casi todo el país pasó esos días pensando que, en cualquier momento, por la calle principal de Lubbock, aparecería alguien vestido como Michael Rennie en The Day the Earth Stood Still, con su robot —la mascota Gort que traqueteaba al lado y requería ver a nuestro jefe—. Y sólo eran polillas. ¿Te gusta? ¿No es forzoso que te guste?»
La voz era tan clara que el asunto resultaba divertido. Se trataba del doctor Klingerman, que había dirigido el seminario. La aleccionaba con el mismo entusiasmo del viejo Klingy, aunque algo más ruidoso. Anderson sonrió y encendió un cigarrillo. Estaba fumando mucho, pero esa porquería empezaba a ponerse vieja.
«En 1947, Mantell, un capitán de las Fuerzas Aéreas, voló demasiado alto por perseguir a un platillo volante… o lo que él tomó por tal. Se desmayó. Su avión se estrelló y Mantell murió en el accidente. Murió por perseguir un reflejo de Venus en un banco de nubes altas. De modo que hay reflejos de polillas, reflejos de Venus y, tal vez, también reflejos en un ojo dorado, Bobbi, pero no hay platillos volantes».
«En ese caso, ¿qué está enterrado allí?»
El conferenciante enmudeció. No lo sabía. Por ello, la voz de Anne apareció en su lugar, para decirle por tercera vez que se estaba convirtiendo en una chiflada como el tío Frank, que muy pronto la meterían en una de esas camisas de lona que usaban cruzadas hacia atrás, y que la llevarían al asilo de Bangor o al de Juniper Hill, donde deliraría sobre platillos volantes enterrados en los bosques mientras tejía canastas. Sí, era la voz de Anny. En ese mismo instante habría podido telefonearla para contarle qué ocurría y habría oído eso exactamente, capítulo por capítulo y verso por verso. Lo sabía.
Pero ¿era acertado?
No. Anne equiparaba la vida solitaria de su hermana con la demencia, con independencia de lo que Bobbi hiciera. Y así, la idea de que aquel objeto enterrado fuera una especie de nave espacial parecía una locura, por cierto, pero… ¿acaso también lo era jugar con esa posibilidad, al menos mientras no se demostrara lo contrario? Anne habría dicho que sí, pero Anderson no pensaba lo mismo. Mantener la mente abierta no tenía nada de malo.
Sin embargo, la rapidez con que se le había ocurrido esa posibilidad…
Se levantó para entrar en casa. La última vez que se había metido con esa cosa del bosque había dormido doce horas seguidas. ¿Cabría esperar una maratón similar? La verdad era que, con el cansancio que tenía, sería capaz de dormir doce horas, sin duda.
«Deja eso, Bobbi. Es peligroso».
Pero no lo dejaría, se dijo, mientras se quitaba la camiseta. Todavía no.
Según había descubierto, el problema de vivir sola (y el motivo por el cual casi ninguno de sus conocidos quería estar solo ni siquiera por un rato) era que, cuanto más tiempo se pasaba en soledad, más potencia cobraban las voces en el lado derecho del cerebro. Y las varas para medir la racionalidad empezaban a encogerse con el silencio. Esas voces no sólo requerían atención: la exigían. Entonces resultaba fácil asustarse y pensar que, después de todo, eran señal de demencia.
«Eso pensaría Anne, sin duda», se dijo cuando se metió en la cama. La lámpara arrojaba un limpio y reconfortante círculo de luz sobre el cubrecama, pero ella dejó la tesis en el suelo. Seguía a la espera de los calambres que solían acompañar el flujo menstrual demasiado abundante y prematuro, pero no los había sentido hasta el momento. Claro que no tenía interés alguno en que se presentaran.
Cruzó las manos bajo la nuca y clavó la vista en el techo.
«No, no estás loca del todo, Bobbi. Piensas que Gard se está volviendo chiflado, pero que tú te encuentras muy rara. ¿No es señal de que estás perdiendo la chaveta? Incluso hay un nombre para eso… negación y sustitución. “Yo estoy bien, el que está loco es el mundo”».
Muy cierto. Pero aun así se sentía en sus cabales y segura de algo: estaba más cuerda allí, en Haven, que en Cleaves Hill, y mucho más cuerda que en Utica. Si hubiese pasado algunos años más en Utica, estaría como una cabra. En opinión de Anderson, Anne consideraba que volver locos a sus parientes próximos formaba parte de su… ¿su trabajo? No, nada tan mundano. Parte de su sagrada misión en la vida.
Ella sabía qué la preocupaba en realidad: no se trataba de la celeridad con que se le había ocurrido la posibilidad, sino la sensación de certidumbre. Mantendría la mente abierta, pero lo difícil sería en favor de lo que Anne llamaba «cordura». Pues ella sabía qué había encontrado, y eso la llenaba de miedo, sobrecogimiento y un entusiasmo inquieto, en movimiento.
«Mira, Anne, la vieja Bobbi no se volvió loca; la vieja Bobbi se mudó aquí y recobró la cordura. La demencia consiste en limitar las posibilidades, Anne, ¿comprendes? Demencia es negarse a considerar ciertas direcciones de pensamiento, aun cuando la lógica esté allí… como el pago en los controles de peaje. ¿Comprendes lo que quiero decir? ¿No? Por supuesto. No comprendes, nunca comprendiste. Entonces, vete, Anne. Quédate en Utica y rechina los dientes en sueños hasta que se te desgasten por completo. Vuelve loco a todo el que cometa la estupidez de mantenerse al alcance de tu voz, haz lo que gustes, pero no te metas en mi cabeza».
El objeto enterrado en el bosque era una nave espacial.
Listo. Estaba dicho. No más bobadas. Al diablo con Anne, al diablo con las luces de Lubbock o con las Fuerzas Aéreas y su modo de cerrar el informe sobre platillos volantes. Al diablo con los carruajes de los dioses, el Triángulo de las Bermudas o la manera en que Elías subió a los cielos en un carro de fuego. Al diablo con todo aquello; su corazón lo sabía: era una nave espacial que había aterrizado o se había estrellado allí, hacía mucho tiempo, millones de años quizá.
¡Dios!
Tendida en la cama, con las manos bajo la nuca, conservaba la calma. Pero el corazón le palpitaba rápido, rápido, rápido.
Entonces, oyó otra voz: la del abuelo fallecido, que repetía algo dicho antes por la voz de Anne:
«Deja eso, Bobbi. Es peligroso».
Aquella momentánea vibración. Su primera idea, sofocante y positiva, de haber encontrado el borde de algún extraño ataúd de acero. La reacción de Peter. La menstruación adelantada. El hecho de que el flujo fuera sólo de gotas en la granja, pero una hemorragia de cerdo degollado cuando se hallaba cerca del objeto. La pérdida del sentido del tiempo. El haber dormido tanto. Y no podía olvidar a la vieja Marmi, la marmota. Marmi olía a podrido, pero no había moscas a su alrededor.
«Todo eso nada quiere decir. Acepto que haya una nave enterrada porque, por descabellado que parezca al principio, sigue teniendo lógica. Pero el resto carece de ella. Son cuentas sueltas que ruedan por la mesa. Ensártalas y tal vez las acepte. Por lo menos, lo pensaré. ¿De acuerdo?»
Otra vez la voz del abuelo, esa voz lenta, autoritaria; la única de la casa que había conseguido hacer callar a Anne cuando era niña.
«Esas cosas pasaron después de que lo encontraste, Bobbi. Ahí tienes el hilo para tu sarta de cuentas».
«No, no basta».
Era fácil contestar a su abuelo, ahora, cuando llevaba dieciséis años en la tumba. Pero fue la voz de su abuelo la que, no obstante, siguió al sueño.
«Deja eso, Bobbi. Es peligroso…, y tú también lo sabes».
III. PETER VE LA LUZ
1
Días antes le había parecido ver algo diferente en Peter, pero sin determinar qué. Cuando despertó a la mañana siguiente (a las nueve, hora de lo más normal), se dio cuenta casi de inmediato.
Estaba ante la mesa de la cocina y llenaba de alimento Gravy Train el viejo plato rojo de Peter. Como de costumbre, éste apareció a paso elástico en cuanto oyó el ruido. El Gravy Train era casi una novedad. Hasta el año anterior, Anderson siempre le había dado un plato de Gaines Meal por la mañana, media lata de picadillo para perros a la noche y todo lo que Peter cazara en el bosque entre comidas. Con el tiempo, Peter dejó de comer el Gaines Meal; Anderson tardó casi un mes en comprender la causa: no era que el perro estuviera desganado, sino que sus dientes ya no lograban partir las duras bolitas. Por eso, le daba Gravy Train, quizá el equivalente del huevo pasado por agua que se sirve a un anciano en el desayuno.
Echó un poco de agua caliente en las bolitas del alimento y las removió con una cuchara vieja. Pronto, los trocitos se ablandaron y quedaron flotando en el líquido lodoso que parecía salsa de carne… o algo salido de una cámara séptica desbordada.
—Bueno, toma —dijo, mientras se apartaba del fregadero.
Peter estaba ya en su sitio acostumbrado: a una distancia cortés, para que Anderson no tropezara con él al volverse, y movía el rabo.
—Espero que te guste; por mi parte, creo que vomit…
Fue entonces cuando se interrumpió, inclinada hacia Peter, con el plato rojo en la mano y el cabello caído sobre un ojo. Se apartó el mechón.
—¿Peter? —se oyó decir.
Peter la miró por un momento, extrañado; luego se adelantó para recibir su desayuno. Un momento después lo lamía entusiasmado.
Anderson enderezó la espalda, sin dejar de observar a su perro. Casi se alegraba de no mirarlo de frente. En su cabeza, la voz de su abuelo le repitió que dejara eso, que era peligroso. ¿Acaso necesitaba más hilo para sartas?
«Hay más o menos un millón de personas, sólo en este país, que vendrían corriendo si se enterasen de este tipo de peligro —pensó—. Sólo Dios sabe cuántos en el resto del mundo. ¿Y es esto lo único que hace? ¿Qué piensas que pasaría con el cáncer?»
De pronto, sus piernas perdieron toda la fuerza. Tanteó hacia atrás hasta tocar una de las sillas de la cocina y se dejó caer en ella, sin dejar de mirar a Peter, que continuaba con su comida.
La catarata lechosa que le cubría el ojo izquierdo había desaparecido en parte.
—No tengo la menor idea —dijo el veterinario esa misma tarde.
Anderson ocupaba la única silla del consultorio, mientras Peter se mantenía, obediente, en la mesa de examen. Se descubrió recordando lo mucho que había temido tener que llevar a Peter al veterinario durante el verano… pero ya no parecía necesario sacrificarlo, después de todo.
—¿No es sólo imaginación mía? —preguntó Anderson.
Tal vez lo que en realidad deseaba era que el doctor Etheridge confirmara o refutara la voz de Anne, que decía en su cabeza: «Es lo que te mereces por vivir allí sola, con ese perro maloliente…».
—No —respondió Etheridge—, aunque comprendo que usted se haya sentido desconcertada. Yo mismo me siento así. Esta catarata está en remisión activa. Puedes bajar, Peter.
El perro bajó de la mesa al banquillo de Etheridge y de allí al suelo, para acercarse a Anderson.
Ésta le apoyó una mano en la cabeza y miró al veterinario con atención, pensando: «Pero ¿ha visto eso?». No quiso decirlo en voz alta. Por un momento, Etheridge sostuvo su mirada, después la apartó. «Lo he visto, en efecto; pero no estoy dispuesto a admitirlo». Peter había bajado cauteloso, con movimientos que en nada se parecían a los atrevidos saltos que habría dado en su época de cachorro; aunque tampoco había sido el descenso tembloroso, vacilante, inseguro que habría hecho una semana antes, con la cabeza extrañamente torcida hacia la derecha, para poder ver a dónde pisaba, y el equilibrio tan inestable que a una se le detenía el corazón hasta verlo en el suelo, sin algún hueso roto. Peter acababa de descender con la seguridad conservadora, pero firme, del maduro estadista que había sido dos o tres años antes. Anderson supuso que se debería, en parte, a que estaba recuperando la vista del ojo izquierdo; Etheridge lo había confirmado con algunas sencillas pruebas de percepción. Pero no sólo se trataba del ojo. El resto era una mejor coordinación general del cuerpo. Así de sencillo. Descabellado, pero simple.
Tampoco era la catarata en remisión lo que había mezclado pelos negros en el hocico, ya casi blanco, del perro. Anderson observó ese detalle en la camioneta, mientras viajaban hacia Augusta, y estuvo a punto de salirse con el vehículo de la carretera.
¿Hasta qué punto había notado Etheridge todo aquello, sin hallarse dispuesto a admitirlo? Bueno, de hecho, Etheridge no era el doctor Daggett.
Daggett había revisado a Peter dos veces al año por lo menos durante los diez primeros de su vida…, aparte de accidentes imprevistos, como aquella vez que Peter luchó con un puercoespín y Daggett le quitó las púas una a una, silbando el tema musical de El puente sobre el río Kwai, mientras calmaba al cachorro estremecido con una manaza amable. En otra ocasión, Peter había vuelto a casa renqueando, con un montón de perdigones en el anca: cruel obsequio de un cazador demasiado estúpido para mirar antes de disparar o, quizá, lo bastante sádico como para desquitarse con un perro por no haber hallado perdices ni faisanes. El doctor Daggett habría visto todos los cambios en el perro y sin negarlos, aunque así lo hubiese querido. El doctor Daggett se habría quitado las gafas de montura rosada para limpiarlas en la chaquetilla blanca, diciendo algo así como: «Hay que averiguar dónde ha estado y en qué se ha metido, Roberta. Esto es grave. Los perros no suelen rejuvenecer así como así, y eso es lo que parece que ha ocurrido con Peter». De ese modo, Anderson se habría visto obligada a responder: «Sé donde ha estado y tengo una idea bastante aproximada de qué le ha provocado esto». De ese modo, se habría quitado un gran peso de encima, ¿verdad? Pero el viejo doctor Daggett había transferido su consultorio a Etheridge (que parecía simpático, pero que aún era un desconocido), y se había marchado a Florida. Etheridge veía a Peter con más frecuencia que Daggett (cuatro veces en el último año, en realidad), porque el perro, al envejecer, iba perdiendo salud. Aun así, no lo conocía tanto como su predecesor, ni tenía, según Anderson sospechaba, la clara percepción del viejo. Tampoco sus agallas.
Desde la sala de reconocimiento, tras ellos, un pastor alemán estalló de súbito en una sarta de fuertes ladridos, que sonaron como maldiciones caninas. Otros perros lo imitaron. Peter irguió las orejas y se echó a temblar bajo la mano de su dueña. Al parecer, el rejuvenecimiento no lo favorecía con más ecuanimidad; pasadas sus tormentas de cachorro, Peter había sido siempre tan sereno que parecía casi paralítico. Esos estremecimientos nerviosos eran algo nuevo en él.
Etheridge escuchaba a los perros con el entrecejo fruncido. Casi todos ladraban.
—Gracias por recibirnos sin cita previa —dijo Anderson. Tuvo que levantar la voz para hacerse oír. En la sala de espera también ladraba un perro, con los rápidos y nerviosos ladridos del animal pequeño: un caniche, casi con seguridad—. Ha sido usted muy…
De pronto, se interrumpió. Acababa de sentir una vibración bajo la punta de los dedos. Su primer pensamiento (la nave) fue un recuerdo del objeto del bosque. Pero sabía qué era esa vibración. Aunque sólo la había experimentado dos veces, no había misterio en ella.
Esa vibración provenía de Peter. De Peter, que gruñía en tono muy grave y profundo.
—Ha sido muy amable —continuó ella—, pero creo que debemos irnos. Parece que tiene un motín entre manos.
Lo dijo a manera de broma, mas no lo parecía. De pronto, todo el consultorio —el cuadrado compuesto por la sala de espera, el despacho y el rectángulo que utilizaba como sala de reconocimiento y quirófano— se convirtió en un pandemonio. Allá atrás, todos los perros ladraban. En la sala de espera, otros se habían agregado al caniche, además de una voz femenina, ondulante, inconfundiblemente felina.
La señora Alden asomó la cabeza, afligida.
—Doctor Etheridge…
—Sí —dijo él, fastidiado—. Disculpe, señorita Anderson.
Salió con paso apresurado, y se encaminó a la sala trasera. Cuando abrió la puerta, el alboroto pareció duplicarse. «Están volviéndose locos», pensó Anderson. Y no tuvo tiempo de nada más. Peter salió disparado por debajo de su mano. El gruñido grave se convirtió en rugido. Etheridge, que corría por el pasillo central de la sala, rodeado de ladridos y con la puerta vaivén cerrándose lentamente, no se enteró. Anderson sí, y tuvo la suerte de sujetar a tiempo el collar de Peter; de lo contrario, el sabueso habría corrido como una bala detrás del veterinario. Los estremecimientos, los gruñidos de Peter no se debían al miedo, sino a la ira. Era algo inexplicable y desacostumbrado en el animal, pero así era.
El gruñido del perro se convirtió en un sonido estrangulado en cuanto su dueña lo retuvo por el collar. Giró la cabeza; en el ojo derecho, enrojecido y vuelto hacia ella, Anderson vio algo que más tarde calificaría como furia, al verse desviado del camino que él quería tomar.
