PRÓLOGO
Podría decirse que ésta es la historia de un triángulo de amantes, Arnie Cunningham, Leigh Cabot y, naturalmente, Christine. Pero quede claro que fue Christine quien primero estuvo allí. Fue el primer amor de Arnie, y, aunque no me atreviera a asegurarlo (ni aun desde las cumbres de sabiduría que he alcanzado en mis veintidós años), creo que fue su único amor verdadero. Por eso llamo tragedia a lo que sucedió.
Arnie y yo crecimos juntos en el mismo barrio, fuimos juntos a la Escuela Elemental de Andrews y a la Escuela Media de Derby y juntos estuvimos después en la Escuela Superior de Libertyville. Supongo que yo fui la principal razón de que a Arnie no lo destrozasen allí. Yo era un tío importante en la Escuela Superior: sí, ya sé que eso no sirve para nada; cinco años después de haberte graduado ni siquiera puedes conseguir que te inviten a una cerveza por haber sido capitán de los equipos de rugby y béisbol y haber participado en un campeonato interescolar de natación, pero gracias a eso Arnie se salvó al menos de que lo mataran. Fue objeto de muchos insultos y vejaciones, pero no lo mataron.
Y es que era un perdedor. Toda escuela superior tiene por lo menos dos; es como una ley nacional. Un chico y una chica. Todo el mundo busca desahogarse. ¿Te va mal el día? ¿Has suspendido un examen importante? ¿Has tenido bronca con tus padres y te han castigado sin salir el fin de semana? No es problema. Busca a uno de esos pobres diablos que se escabullen como criminales por los pasillos antes de que suene la campana y empréndela con él. Y a veces los matan, en todos los aspectos importantes salvo el puramente físico; otras veces, encuentran algo a lo que aferrarse y sobreviven. Arnie me tenía a mí. Y luego tuvo a Christine. Leigh vino más tarde.
Sólo quería que se entendiera eso.
Arnie se encontraba siempre desplazado. Se hallaba desplazado entre los chicarrones porque era flaco y huesudo; un metro setenta y siete y sesenta y tres kilos de peso flotando en sus flojas ropas y su par de botas de conductor de carromatos del desierto. Se encontraba desplazado entre los intelectuales de la escuela superior (grupo bastante desplazado ya en una ciudad como Libertyville) porque no tenía la menor especialidad. Arnie era un chico despierto, pero su inteligencia sólo se aplicaba de forma natural a la mecánica del automóvil. Era un tío grande en eso. Pero sus padres, que impartían clases los dos en la Universidad de Horlicks, no podían ver a su hijo, que en su «Stanford-Binet» había figurado entre los componentes del selecto cinco por ciento, siguiendo los cursos de talleres. Tuvo suerte de que le dejaran seguir los tres cursos. Lo suyo le costó conseguirlo. Se encontraba desplazado entre los habituales de la droga porque él no la consumía. Se encontraba desplazado entre el grupo de los jayanes de ajustados pantalones vaqueros, porque él no bebía y, si se le pegaba con suficiente fuerza, lloraba.
Oh, sí y se encontraba fuera de lugar entre las chicas. Su maquinaria glandular estaba totalmente descompuesta. Quiero decir que Arnie se hallaba cubierto de granos. Se lavaba la cara quizá cinco veces al día, se duchaba quizá doce veces a la semana y probaba todas las cremas y pomadas conocidas por la ciencia moderna. En vano. La cara de Arnie parecía una pizza cargada, y llevaba camino de quedarse para siempre con una de esas caras que parecen picadas de viruelas.
De todos modos, a mí me caía bien. Tenía un sutil sentido del humor y una mente que nunca cesaba de formular preguntas, jugar y explorar. Fue Arnie quien me enseñó a hacer una granja de hormigas cuando yo tenía siete años, y nos pasamos todo un verano observando a estos bichos, fascinados por su laboriosidad y su absoluta seriedad. Cuando teníamos diez años, fue a Arnie a quien se le ocurrió que, una noche, pusiéramos bajo el gran caballo de plástico que adornaba el jardín del «Libertyville Motel», en la linde de Monroeville, un montón de boñigas cogidas en las cuadras de la carretera 17. Arnie era muy bueno jugando al ajedrez y al póquer. Él me enseñó a sacar el mayor partido posible a mis tanteos. Los días de lluvia, y hasta que me enamoré (bueno, más o menos; ella era una madrina de equipo con un cuerpo fantástico, y estoy seguro de que me enamoré de eso, aunque cuando Arnie señaló que su mente tenía toda la profundidad y resonancia de un «Shaun Cassidy» de 1945, yo no pude realmente contradecirle, porque tenía razón), era en Arnie en quien primero pensaba, porque Arnie sabía sacar el mayor partido posible a los días de lluvia, lo mismo que sabía sacar el mayor partido posible a los tantos en el póquer. Quizá sea ése uno de los detalles por los que se reconoce a las personas realmente solitarias: siempre les puede uno llamar por teléfono. Siempre están en casa. Absolutamente siempre.
Por mi parte, yo le enseñé a nadar. Me esforcé con él y le hice comer verduras para que fortaleciese un poco su huesudo cuerpo. El año anterior a nuestro último curso en la Escuela Superior de Libertyville, le conseguí trabajo en una cuadrilla de reparación de carreteras, para lo cual tuvimos que batirnos el cobre con sus padres, que se consideraban grandes amigos de los gañanes de California y de los obreros de las acerías del Burg, pero que se sentían horrorizados ante la idea de que su capacitado hijo (entre el cinco por ciento de destacados en su «Stanford-Binet», recordémoslo) anduviera manchándose las manos y despellejándose el cuello al sol.
Luego, hacia el final de aquellas vacaciones veraniegas, Arnie vio por primera vez a Christine y quedó perdidamente enamorado. Yo estaba con él aquel día —volvíamos a casa después del trabajo— y daría testimonio de ello ante el Trono de Dios Todopoderoso si se me pidiera hacerlo. Amigos míos, fue un flechazo en toda regla. Podría haber sido divertido si no hubiera resultado tan triste y si las cosas no se hubieran deteriorado tan rápidamente. Podría haber sido divertido si no hubiera sido tan malo.
¿Cómo de malo fue?
Fue malo desde el principio. Y no tardó en empeorar.
Primera parte
CANCIONES DE AUTOMÓVIL JUVENILES
1. Primer vistazo
Hey, looky there!
Across the street!
There’s a car made just for me,
To own that car would be a luxury…
That car’s lookin, man,
That’s somethin else.
EDDIE COCHRAN
—¡Oh, Dios mío! —exclamó de pronto mi amigo Arnie Cunningham.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Tenía los ojos desorbitados tras sus gafas de montura de acero, se había llevado la mano a la boca, tapándosela parcialmente con la palma, y su cuello podría haber estado montado sobre rodamientos a bolas por la forma en que lo estiraba hacia atrás por encima del hombro.
—¡Para el coche, Dennis! ¡Vuelve!
—¿Qué estás …?
—Vuelve, quiero verla otra vez.
De pronto, comprendí.
—Oh, vamos, olvídalo —dije—. Si te refieres a esa… cosa que acabamos de pasar…
—¡Vuelve!
Estaba casi gritando.
Volví, pensando que quizá se tratara de uno de los sutiles chistes de Arnie. Pero no lo era. Estaba completamente, ido. Arnie se había enamorado.
El objeto de su amor era un mal chiste, y nunca sabré qué vio Arnie en él aquel día. El lado izquierdo de su parabrisas era una retorcida telaraña de resquebrajaduras. El techo estaba hundido en su parte derecha, y la descascarillada abolladura estaba cubierta de herrumbre. El parachoques trasero se hallaba torcido, la puerta del maletero entreabierta y el tapizado de los asientos presentaba alargados desgarrones. Parecía como si alguien la hubiera emprendido a cuchilladas con la tapicería. Un neumático aparecía completamente liso. Los otros, tan desgastados que dejaban ver el cañamazo interior. Lo peor de todo: había un oscuro charco de aceite bajo el motor.
Arnie se había enamorado de un «Plymouth Fury» de 1958, uno de esos alargados y con grandes aletas. Había un viejo y descolorido letrero SE VENDE apoyado en el lado derecho del parabrisas, el lado que no estaba agrietado.
—¡Mira qué líneas, Dennis! —susurró Arnie.
Estaba corriendo alrededor del coche como un poseso. Sus sudorosos cabellos se agitaban al viento. Accionó el picaporte de la portezuela trasera, que se abrió con un chirrido.
—Arnie, me estás tomando el pelo, ¿no? Es insolación, ¿verdad? Dime que es insolación. Te llevaré a casa y te pondré bajo el acondicionador de aire, y nos olvidamos de todo esto, ¿conformes?
Pero lo dije sin muchas esperanzas. Él sabía gastar bromas, pero no tenía entonces cara de estar bromeando. Lucía más bien una especie de expresión alucinada que no me gustaba ni pizca.
Ni siquiera se molestó en responder. Una cálida bocanada de aire rancio que olía a vejez, a gasolina y a putrefacción avanzada salió por la abierta portezuela. Arnie tampoco pareció reparar en eso. Entró y se sentó en el rasgado y descolorido asiento trasero. En otro tiempo, veinte años atrás, había sido rojo. Ahora presentaba una desvaída tonalidad sonrosada.
Alargué la mano y cogí unas hilachas del tapizado, las miré y las hice volar soplando.
—Parece como si el Ejército Rojo hubiera pasado sobre él, camino de Berlín —dije.
Finalmente, se dio cuenta de que yo continuaba allí.
—Sí …, sí. Pero sería posible arreglarlo. Podría…, podría quedar de maravilla. Una unidad móvil, Dennis. Una belleza. Una verdadera…
—¡En! ¡Eh! ¿Qué hacéis ahí?
Era un viejo que parecía como si estuviese disfrutando —más o menos— sus setenta primaveras. Probablemente menos. El tipo me pareció la clase de hombre que disfrutaba muy poco. Tenía el pelo, lo poco que le quedaba, largo y áspero. En la parte calva de su cráneo se apreciaba un buen caso de psoriasis.
Llevaba pantalones verdes y zapatillas de deporte. Iba sin camisa; en su lugar, tenía en torno a la cintura algo que parecía un corsé de señora. Cuando se acercó más, vi que se trataba de una faja ortopédica. Por su aspecto, daba la impresión de que se la había cambiado por última vez aproximadamente en la época en que murió Lyndon Johnson.
—¿Qué hacéis ahí? —Su voz era aguda y estridente.
—¿Es suyo este coche, señor? —preguntó Arnie.
La pregunta no dejaba de ser un poco tonta. El «Plymouth» estaba aparcado en el jardín de la casita de la que había salido el viejo. El jardín era horrible, pero parecía algo con aquel «Plymouth» en primer plano para dar perspectiva.
—¿Y qué si lo es? —preguntó el viejo.
—Yo… —Arnie tuvo que tragar saliva—, quiero comprarlo.
Los ojos del viejo centellearon. La airada expresión de su rostro fue sustituida por un brillo furtivo en sus pupilas y un cierto rictus de avidez en los labios. Luego apareció una forzada y resplandeciente sonrisa. Creo que fue entonces —justo en ese momento— cuando sentí una especie de helado estremecimiento. Hubo un momento —justó entonces— en que me dieron ganas de aporrear a Arnie y llevármelo a rastras. Había algo en los ojos del viejo. No sólo el brillo; era algo detrás del brillo.
—Bueno, haberlo dicho —exclamó el viejo. Le tendió la mano y Arnie se la estrechó—. Me llamo LeBay. Roland D. LeBay. Retirado del Ejército.
—Arnie Cunningham.
El tipo le agitó la mano e hizo un vago ademán en dirección a mí. Yo quedaba fuera del juego; ya tenía su primo. Era como si Arnie le hubiera dado a LeBay su cartera.
—¿Cuánto? —preguntó Arnie, y, luego, se lanzó—. Pida lo que pida, no es demasiado.
Gemí, en vez de suspirar. Su talonario de cheques acababa de seguir el mismo camino que su cartera.
Por un momento, la sonrisa de LeBay titubeó levemente, y sus ojos se entornaron con suspicacia. Creo que estaba evaluando la posibilidad de ser engañado. Observó el rostro ingenuo y anhelante de Arnie en busca de señales reveladoras de posibles argucias y, luego, formuló la pregunta venenosamente perfecta:
—¿Has tenido un coche alguna vez, hijo?
—Tiene un «Mustang Mach II» —respondí yo, rápidamente—. Se lo compraron sus padres. Un auténtico bólido capaz de hacer hervir el asfalto en primera. Y…
—No —dijo Arnie, en voz baja—. Acabo de sacar el carnet esta primavera.
LeBay me lanzó una breve pero socarrona mirada y dedicó luego toda su atención a su objetivo principal. Apoyó las manos en la parte baja de la espalda y se estiró. Me llegó una acre vaharada de sudor.
—Tuve un problema en el Ejército —dijo—. Incapacidad absoluta. Los médicos no pudieron hacer nada por arreglarlo. Cuando alguien os pregunte qué es lo que hay de malo en el mundo respondedle que tres cosas, muchachos: los médicos, los comunistas y los radicales negros. De las tres, los comunistas son la peor, seguida de cerca por los médicos. Y si quieren saber quién os lo dijo, decidle que fue Roland D. LeBay. Sí, señor.
Acarició con arrobo el viejo y raído capó del «Plymouth».
—Éste es el mejor coche que he tenido jamás. Lo compré en setiembre de 1957. Por entonces era en setiembre cuando se compraba uno su nuevo modelo. Durante todo el verano te andaban enseñando fotos de coches bajo capotas y coches debajo de lonas, hasta que te morías de ganas de ver qué aspecto tenían por dentro. No como ahora. —Su voz rezumaba desprecio hacia los envilecidos tiempos que había llegado a vivir—. Y era completamente flamante. Tenía ese olor a coche nuevo que es el mejor olor del mundo.
Reflexionó.
—Excepto el olor a coño, quizá.
Miré a Arnie, mordiéndome desesperadamente la parte inferior de los carrillos para no soltar la carcajada. Arnie me miró también, asombrado. El viejo no parecía reparar para nada en ninguno de nosotros dos; estaba en su propio planeta.
—Hacía treinta y cuatro años que llevaba el caqui —nos dijo LeBay, acariciando todavía el capó del coche—. Entré a los dieciséis, en 1923. Comí polvo en Texas y vi ladillas tan grandes como langostas en algunas de las casas de putas de Nogales. Yo he visto durante la Segunda Guerra a hombres con las tripas saliéndoles por las orejas. En Francia lo he visto. Les salían las tripas por las orejas. ¿Lo crees, hijo?
—Sí, señor —respondió Arnie.
No creo que hubiera oído una sola palabra de lo que decía LeBay. Estaba apoyándose alternativamente en un pie y en otro, como si tuviera urgencia por ir al baño—. Pero, acerca del coche…
—¿Vas a la Universidad? —ladró de pronto LeBay—. ¿Allá, a Horlicks?
—No, señor. Voy a la superior de Libertyville.
—Estupendo —dijo LeBay, con gesto torvo—. Apártate de las Universidades. Están llenas de negrófilos que quieren entregar el Canal de Panamá. «Intelectuales», los llaman. «Gilipollas», digo yo.
Miró afectuosamente al coche, que reposaba sobre un neumático deshinchado y cuya pintura brillaba con una suave tonalidad herrumbrosa a la luz del atardecer.
—Me lesioné la espalda en la primavera del 57 —dijo—. El Ejército se estaba echando a perder ya entonces. Me salí a tiempo. Volví a Libertyville. Eché un vistazo a lo que había, tomándome tiempo. Luego, entré en el establecimiento de Norma Cobb, donde ahora está la bolera, en la calle Mayor, y encargué este coche. Dije que lo quería en rojo y blanco, el modelo del año siguiente. Rojo como una bomba de incendios por dentro. Y lo hicieron. Cuando me lo llevé, tenía un total de diez kilómetros en el cuentakilómetros. Sí, señor.
Escupió.
Miré el cuentakilómetros por encima del hombro de Arnie. El cristal estaba sucio, pero pude leer la cifra de todos modos: 97342.
—Si le tiene tanto cariño al coche, ¿por qué lo vende? —pregunté.
Me dirigió una gélida mirada.
—¿Te estás haciendo el listo conmigo, hijo?
No respondí, pero tampoco bajé la vista.
Al cabo de unos momentos de duelo ocular (que Arnie ignoró por completo; estaba acariciando lenta y amorosamente una de las aletas traseras), dijo:
—No puedo seguir conduciendo. La espalda ha empeorado demasiado. Y los ojos están siguiendo el mismo camino.
De pronto, comprendí …, o creí comprender. Si los datos que nos había dado eran correctos, tenía setenta y un años. Y a los setenta años este Estado obliga a someterse a reconocimiento médico de la vista cada año para renovar el permiso de conducir. Y LeBay, o no había superado con éxito la prueba, o temía no superarla. Como quiera que fuese, daba igual. Antes que doblegarse a ese baldón, había renunciado al «Plymouth». Y, después, el coche había envejecido rápidamente.
—¿Cuánto quiere por él? —volvió a preguntar Arnie.
Oh, estaba impaciente por ir al matadero.
LeBay volvió la cara hacia el cielo, como si considerase la posibilidad de que se echara a llover. Luego, miró de nuevo a Arnie y le dedicó una amplia y bondadosa sonrisa que me pareció tan falsa como la de antes.
—He estado pidiendo por él trescientos —dijo—. Pero tú pareces un buen chico. Te lo dejaré en doscientos cincuenta.
—Oh, Cristo —exclamé.
Pero él sabía quién era allí el primo, y sabía exactamente cómo introducir la cuña entre nosotros. Como decía mi abuelo, no se había caído de un guindo.
—Muy bien —dijo, bruscamente—. Como queráis. Tengo que ir a ver el serial de las cuatro y media, El filo de la noche. Nunca me lo pierdo si puedo evitarlo. Encantado de haber charlado con vosotros. Hasta la vista.
Arnie me dirigió tal mirada de consternación e ira que retrocedí un paso. Corrió tras el viejo y le cogió del codo. Hablaron. No pude oírlo todo, pero fue más que suficiente. El viejo estaba herido en su amor propio. Arnie se deshacía ansiosamente en excusas. El viejo esperaba solamente que Arnie comprendiese que él no podía soportar ver cómo insultaban al coche que le había llevado por sus dorados años. Arnie estaba de acuerdo. Poco a poco, el viejo se dejó llevar hacia donde yo estaba. Y de nuevo percibí en él algo conscientemente terrible…, era como si un frío viento de noviembre pudiera pensar. No puedo encontrar mejor forma de expresarlo.
—Si vuelve a decir una palabra más, me desentiendo por completo del asunto —dijo LeBay, apuntándome con un calloso pulgar.
—No lo hará, no lo hará —se apresuró a exclamar Arnie—. Ha dicho trescientos, ¿no?
—Sí, creo que ése fue…
—Se ha hablado de doscientos cincuenta —dije, con voz fuerte.
Arnie pareció consternado, temeroso de que el Viejo pudiera marcharse de nuevo, pero LeBay no querría correr riesgos. El pez estaba ya casi fuera del agua.
—Con doscientos cincuenta bastará, supongo —admitió LeBay. Volvió a mirarme, y noté que teníamos un punto en común…, él no me gustaba a mí, y yo tampoco le gustaba a él.
Para creciente horror por mi parte, Arnie sacó la cartera y empezó a rebuscar en ella. Quedamos los tres en silencio. LeBay continuaba mirándome. Yo aparté la vista hacia un chiquillo que estaba intentando matarse con una tabla de patinaje color verde vómito. En alguna parte, ladró un perro. Pasaron dos chicas que parecían colegialas de octavo o noveno grado, riendo y sosteniendo contra sus incipientes pechos brazadas de libros de biblioteca. Sólo me quedaba una esperanza de que Arnie saliera con bien del asunto; era la víspera del día de paga. Con tiempo suficiente, incluso sólo veinticuatro horas, esta violenta fiebre podría esfumarse.
Cuando volví de nuevo la vista hacia ellos, Arnie y Le Bay estaban mirando dos billetes de cinco y seis de uno…, aparentemente todo lo que había contenido la cartera.
—¿Qué tal un cheque? —preguntó Arnie.
LeBay sonrió secamente y no dijo nada.
—Es un cheque bueno —protestó Arnie.
Sí que lo sería. Habíamos estado todo el verano trabajando para «Carson Brothers» en la extensión I-376, la que los naturales de la zona de Pittsburgh creen firmemente que nunca acabará de terminarse. Arnie declaraba a veces que Penn-DOT había empezado aceptando pujas sobre la obra de la I-376 poco después de finalizar la Guerra Civil. No es que ninguno de los dos tuviéramos derecho a quejarnos; aquel verano había muchos chicos que o estaban trabajando por salarios de hambre o no trabajaban en absoluto. Nosotros estábamos ganando bastante, incluso haciendo horas extraordinarias. Brad Jeffries, el capataz, había vacilado en aceptar a un chico como Arnie, pero, finalmente, había consentido en utilizarlo como señalador; la muchacha que había pensado contratar había quedado embarazada y se había escapado para casarse. Así, pues, Arnie había empezado a manejar su bandera de señales en junio, pero, poco a poco, había ido arrastrando trabajos más duros a base principalmente de energía y decisión.
Era el primer trabajo auténtico que tenía y no quería echarlo a perder. Brad quedó razonablemente impresionado, y el sol estival incluso había ayudado un poco al cutis de Arnie, aliviando sus erupciones. Quizá fuesen los rayos ultravioleta.
—Estoy seguro de que es un cheque bueno, hijo —dijo LeBay—, pero quiero el pago en metálico. Ya comprendes.
No sé si Arnie lo comprendía, pero yo lo entendía a la perfección. Sería muy fácil bloquear el pago de un cheque si aquel herrumbroso «Plymouth» perdía un eje o escupía un pistón camino de casa.
—Puede llamar al Banco —dijo Arnie, empezando a parecer desesperado.
—Ni hablar —replicó LeBay, rascándose el sobaco sobre la áspera faja—. Van a ser las cinco y media. El Banco hace tiempo que está cerrado.
—Una señal, entonces —dijo Arnie, y le tendió los dieciséis dólares. Parecía totalmente enfebrecido. Quizás os cueste creer que un muchacho que era ya casi lo bastante mayor como para votar hubiera podido excitarse de tal manera por aquel destartalado cacharro en el espacio de quince minutos. A mí mismo me estaba costando creerlo. Sólo Roland D. LeBay parecía no encontrar ninguna dificultad en ello, y supuse que era porque a su edad había visto de todo. Sólo después llegué a creer que su extraña seguridad podría provenir de otras fuentes. Como quiera que fuese, si alguna vez había corrido por sus venas alguna especie de leche de bondad humana, se le había agriado hacía mucho tiempo.
—Tendría que ser por lo menos el diez por ciento —explicó LeBay. El pez estaba ya fuera del agua; dentro de unos momentos quedarla atrapado—. Si me dieras el diez por ciento, te lo reservaría durante veinticuatro horas.
—Dennis —dijo Arnie—. ¿Puedes prestarme nueve pavos hasta mañana?
Yo tenía doce en la cartera, y ningún sitio especial al que ir. Día tras día de esparcir arena y cavar zanjas para alcantarillas habían hecho maravillas cuando se trataba de jugar al rugby, pero yo no tenía vida social en absoluto. Ultimamente, ni siquiera había estado asaltando los baluartes del cuerpo de mi atractiva amiga al estilo que ella se había acostumbrado. Yo era rico, pero solitario.
—Ven, vamos a ver —dije.
El rostro de LeBay se ensombreció, pero se daba cuenta de que dependían de mi dinero, le gustara o no. Sus ondulados cabellos blancos se agitaban a impulsos de la leve brisa. Mantenía apoyada una mano con aire posesivo sobre el capó del «Plymouth».
Arnie y yo echamos a andar hacia el lugar en que mi coche, un «Duster» del 75, estaba aparcado junto a la cuneta.
Le pasé un brazo por los hombros a Arnie. Por alguna razón, recordé un lluvioso día de otoño en que ambos, con no más de seis años, estábamos en su habitación, pintarrajeando con viejas «Crayolas» de una abollada lata de café mientras parpadeaban los dibujos animados en un antiguo televisor en blanco y negro. La imagen me hizo sentir triste y un poco asustado. Y es que tengo días en que me parece que seis años es una edad óptima, y por eso es por lo que sólo dura unos 7,2 segundos en tiempo real.
—¿Los tienes, Dennis? Te los devolveré mañana por la mañana.
—Sí, los tengo —respondí—. Pero, en nombre de Dios, ¿qué estás haciendo, Arnie? Ese tío tiene incapacidad total. No necesita el dinero, y tú no eres una institución de caridad.
—No entiendo. ¿De qué estás hablando?
—Te está estafando. Te está estafando por el simple placer de hacerlo. Si llevara ese coche a Darnell, no sacaría ni cincuenta dólares por él. Es una pura basura.
—No. No lo es.
Sin su cara llena de granos, mi amigo Arnie habría parecido completamente corriente. Pero yo creo que Dios da a todo el mundo por lo menos un rasgo bueno, y en Arnie se trataba de sus ojos. Detrás de las gafas que habitualmente los oscurecían presentaban una hermosa e inteligente tonalidad gris, del color del firmamento en un nublado día de otoño. Podían ser casi desazonadoramente penetrantes y escrutadores cuando estaba sucediendo algo que le interesaba, pero ahora, sin embargo, eran distantes y soñadores.
—No es en absoluto una basura —repitió.
Fue entonces cuando, realmente, empecé a comprender que la cuestión era algo más que la súbita decisión de Arnie de comprarse un coche. Nunca había mostrado interés en tener uno; se conformaba con montar en el mío y contribuir al pago de la gasolina o pedalear en su bici. Y no era que necesitase un coche para salir con una chica; que yo supiera, Arnie no había tenido una cita en su vida. Esto era algo diferente. Era amor, o algo parecido.
Dije:
—Al menos, haz que te lo ponga en marcha, Arnie. Y que suba el capó. Hay un charco de aceite debajo. Yo creo que quizás esté rajado el bloque del motor. En realidad, creo…
—¿Puedes prestarme los nueve?
Tenía los ojos fijos en los míos.
Desistí. Saqué la cartera y le di los nueve dólares.
—Gracias, Dennis —dijo.
—Allá tú.
No me oyó. Unió mis nueve dólares a los dieciséis suyos y volvió adonde LeBay permanecía junto al coche. Le entregó el dinero, y LeBay lo contó cuidadosamente, humedeciéndose el pulgar.
—Te lo reservaré sólo por veinticuatro horas, que quede claro.
—Sí, señor. De acuerdo —dijo Arnie.
—Voy a entrar en la casa para hacerte un recibo. ¿Cómo has dicho que te llamas, soldado?
Arnie sonrió levemente.
—Cunningham. Arnold Cunningham.
LeBay soltó un gruñido y se dirigió hacia la casa, cruzando el descuidado césped. La puerta exterior era una de esas de aluminio reforzada con una historiada letra en el centro, una gran L en este caso.
La puerta se cerró de golpe a su espalda.
—Ese tío es un falso, Arnie. La verdad es que creo que está …
Pero Arnie no estaba allí. Se hallaba sentado al volante del coche, y su rostro mostraba la misma deslumbrante expresión.
Di la vuelta por delante del vehículo y encontré el resorte del capó. Lo accioné, y el capó se levantó con un herrumbroso chirrido que me recordó los efectos sonoros que se oyen en algunos de esos discos de casa encantada. Cayeron varias partículas de metal. La batería era una vieja «Allstate», y los bornes estaban tan cubiertos de verdosa corrosión que no se podía distinguir el positivo del negativo. Accioné el limpiador neumático y contemplé sombríamente un carburador tan negro como el pozo de una mina.
Bajé el capó y volví a donde Arnie estaba sentado pasando la mano por el borde del salpicadero y sobre el velocímetro, calibrando hasta un absurdo total de 120 millas por hora. ¿Realmente habían ido alguna vez los coches tan de prisa?
—Arnie, creo que el bloque del motor está resquebrajado. De veras. Este coche es un cacharro inmundo. Si quieres ruedas, podemos encontrar algo mucho mejor que esto por doscientos cincuenta pavos. En serio. Mucho mejor.
—Tiene veinte años —dijo—. ¿Te das cuenta de que un coche es oficialmente una antigüedad cuando tiene veinte años?
—Sí —respondí—. La chatarrería de Darnell está llena de antigüedades oficiales, ¿comprendes con esto lo que quiero decir?
—Dennis…
Se oyó un portazo. Regresaba LeBay. Menos mal, pues no habría tenido sentido haber seguido hablando del asunto. Quizá no sea yo el hombre más sensitivo del mundo, pero cuando las señales son lo bastante intensas puedo captarlas. Esto era algo que Arnie sentía que debía tener, y yo no iba a disuadirle de ello. No creía que nadie fuese a poder disuadirle.
LeBay le entregó el recibo con ostentoso ademán. Escrito en una simple hoja de papel con fina y levemente temblorosa letra de anciano, se leía: Recibo de Arnold Cunningham, 25 dólares como señal por 24 horas sobre «Plymouth» 1958, Christine. Y debajo su firma.
—¿Qué es esa Christine? —pregunté, pensando que había leído mal o que quizás él se había equivocado en algo.
Apretó los labios y se encogió ligeramente de hombros, como si esperase que fuésemos a reírnos de él…, o como si me desafiase a reírme de él.
—Christine —dijo— es como siempre lo he llamado.
—Christine —dijo Arnie—. Me gusta. ¿A ti no, Dennis?
Ahora estaba hablando de ponerle nombre a la maldita cosa. Estaba resultando ya demasiado.
—¿Qué te parece, Dennis? ¿Te gusta?
—No —respondí—. Si tienes que bautizarlo, Dennis, ¿por qué no lo llamas Catástrofe?
Pareció dolido por mis palabras, pero a mí ya no me importaba. Volví a mi coche para esperarle, deseando haber tomado un camino diferente para ir a casa.
2. La primera discusión
Just tell your hoodlum friends outside,
You ain’t got time to take a ride!
(Yakety-yak)
Don’t talk back!
THE COASTERS
Llevé a Arnie a su casa y entré con él para tomar un trozo de pastel y un vaso de leche antes de ir a la mía. Fue una decisión de la que no tardé en arrepentirme.
Arnie vivía en Laurel Street, que está en un tranquilo barrio residencial en la parte oeste de Libertyville. En realidad, casi todo Libertyville es tranquilo y residencial. No es elegante, como el vecino suburbio de Fox Chapel (donde la mayoría de las casas son como las que veíamos todas las semanas en Colombo), pero tampoco es como Monroeville, con sus kilómetros de soportales, almacenes de neumáticos usados y mercadillos de libros. No tiene industria pesada; es ante todo una ciudad dormitorio para la cercana Universidad. No elegante, pero sí de un cierto aire intelectual.
Arnie se había mantenido silencioso y contemplativo durante todo el camino; yo traté de estirarle de la lengua, pero en vano. Le pregunté qué iba a hacer con el coche. «Arreglarlo», explicó con aire ausente, y se sumió de nuevo en el silencio.
Bueno, tenía capacidad para hacerlo; yo no se lo discutía. Era hábil con las herramientas, sabía escuchar, sabía aislarse. Sus manos eran sensitivas y rápidas con la maquinaria; sólo cuando estaba con otras personas, en especial si eran chicas, se tornaba desmañado e inquieto, haciéndose crujir los nudillos o metiéndose las manos en los bolsillos o, lo peor de lodo, llevándoselas a la cara y paseándolas por el calcinado paisaje de sus mejillas, su frente y su mentón, atrayendo así toda la atención hacia ella.
Podía arreglar el coche, pero el dinero que había ganado aquel verano estaba destinado a la Universidad. Nunca había tenido un coche, y yo no creía que tuviese la menor idea de la siniestra forma en que pueden tragar dinero los coches viejos. Lo sorben como se supone que chupa sangre un vampiro. En la mayoría de los casos podía ahorrarse la mano de obra haciendo él mismo el trabajo, pero sólo la adquisición de las piezas le dejaría sin un clavo antes de que llegara a darse cuenta.
Le dije algunas de estas cosas, pero parecieron resbalar sobre él.
Sus ojos continuaban distantes, soñadores. Me habría sido imposible decir qué pensaba.
Michael y Regina Cunningham se encontraban en casa. Ella estaba componiendo un ejemplar de una interminable serie de rompecabezas (el tema de éste eran unas seis mil ruedas dentadas y engranajes diferentes sobre un fondo completamente blanco; a mí me habría vuelto loco en quince minutos), y él estaba oyendo el tocadiscos en su habitación.
No tardé mucho en empezar a desear haberme quedado sin el pastel y la leche. Arnie les dijo lo que había hecho, les enseñó el recibo, y, al instante, ellos se pusieron que se subían por las paredes.
Hay que comprender que Michael y Regina eran universitarios hasta la médula. Estaban entregados al bien y, para ellos, eso significaba participar en protestas. Habían protestado en favor de la integración a comienzos de los 60, habían seguido con el Vietnam y, cuando eso terminó, pasaron a Nixon, el equilibrio racial en las escuelas (podían recitar de pe a pa todo el caso Alan Bakke hasta que uno se quedaba dormido oyéndoles), brutalidad policíaca y brutalidad parental. Estaban luego las conferencias…, todas las conferencias. Se dedicaban a dar conferencias casi tanto como a protestar. Estaban dispuestos a participar durante toda una noche en una sesión sobre el programa espacial, o a dar un cursillo sobre el ERA, o un seminario sobre posibles alternativas a los combustibles fósiles, y ello sin la más mínima vacilación ni previa preparación. Habían trabajado en sólo Dios sabía cuántas «líneas calientes»; casos de violación, de drogas, aquellos otros en que chicos que se habían escapado de casa podían hablar a un amigo y el clásico teléfono de la esperanza al que gentes que pensaban en suicidarse podían llamar y escuchar una voz comprensiva que les decía: «No lo hagas, amigo, tienes un compromiso social con la nave espacial Tierra.»
Veinte o treinta años de enseñanza universitaria, y está uno preparado para mover la lengua, lo mismo que los perros de Pávlov estaban preparados para segregar saliva cuando sonaba la campana. Supongo que incluso puede llegar a gustarle a uno.
Regina (insistían en que yo les llamara por sus nombres de pila) tenía cuarenta y cinco años y poseía una elegancia fría y semiaristocrática; es decir, se las arreglaba para parecer aristocrática aunque llevase pantalones vaqueros, que era casi siempre. Su campo era el inglés, pero, naturalmente, cuando se enseña a nivel universitario eso nunca es suficiente; es como decir «Estados Unidos» cuando le preguntan a uno de dónde es. Ella lo había refinado y calibrado como un destello en una pantalla de radar. Se había especializado en los poetas ingleses primitivos y había hecho su tesis sobre Robert Herrick.
Michael se dedicaba a la Historia. Parecía tan triste y melancólico como la música que ponía en su tocadiscos, aunque la tristeza y la melancolía no formaban normalmente parte de su carácter. A veces, me hacía pensar en la respuesta que se decía había dado Ringo Star, en la primera visita de los «Beatles» a América cuando un periodista le preguntó, en una conferencia de Prensa, si realmente era tan triste como parecía. «No —contestó Ringo—, es sólo mi cara.» Michael era así. Además, su delgado rostro y las gruesas gafas que llevaba se combinaban para darle aire de profesor de chiste. Tenía profundas entradas en el pelo y llevaba una pequeña perilla.
—Hola, Arnie —dijo Regina cuando entramos—. Hola, Dennis.
Fue casi la última cosa agradable que nos dijo a ambos aquella tarde.
Saludamos y cogimos nuestro pastel y nuestro vaso de leche. Nos sentamos en el rincón del desayuno. Se estaba preparando la cena en el horno, y, lamento decirlo, pero el aroma que exhalaba era bastante nauseabundo. Regina y Michael llevaban algún tiempo flirteando con el vegetarianismo, y esta noche olía como si Regina estuviera haciendo asado de algas o cosa parecida. Esperé que no me invitasen a quedarme.
Cesó la música del tocadiscos y entró Michael en la cocina. Llevaba vaqueros y parecía como si acabara de morírsele su mejor amigo.
—Llegáis tarde, muchachos —saludó—. ¿Alguna dificultad?
Abrió el frigorífico y empezó a rebuscar en su interior. Quizá tampoco a él le parecía tan maravilloso el olor del asado de algas.
—He comprado un coche —explicó Arnie, cortándose otro trozo de pastel.
—¿Has hecho qué? —exclamó al instante su madre desde la otra habitación.
Se levantó con rapidez, y se oyó un golpe al chocar sus muslos con el borde de la mesita en que ensamblaba sus rompecabezas. El golpe fue seguido por el rápido tabaleo de piezas cayendo al suelo.
Fue entonces cuando empecé a desear haberme ido a mi casa.
Michael Cunningham se había dado la vuelta desde el frigorífico para mirar a su hijo, con una manzana en una mano y un bote de yogur natural en la otra.
—Estás bromeando —dijo y, por alguna absurda razón, me fijé por primera vez en que su perilla, que venía llevando desde 1970 o cosa así, estaba entreverada de hebras grises—. Arnie, estás bromeando, ¿verdad? Di que estás bromeando.
Entró Regina, alta, semiaristocrática y enfurecida. Miró fijamente a Arnie a la cara y comprendió que no estaba bromeando.
—Tú no puedes comprar un coche —se sulfuró—. ¿De qué diablos estás hablando? Sólo tienes diecisiete años.
Arnie pasó lentamente la vista desde su padre, junto al frigorífico, hasta su madre, en el umbral de la puerta que conducía al cuarto de estar. Había en su rostro una expresión firme y obstinada que yo no recordaba haberle visto nunca. «Si la tuviera más a menudo en la escuela —pensé—, los demás chicos no mostrarían tanta inclinación a meterse con él.»
—En realidad, estás equivocada —dijo—. Puedo comprarlo sin ninguna dificultad. No podría financiarlo, pero pagándolo al contado no hay problema. Naturalmente, matricular un coche a los diecisiete años es otra cosa. Para eso necesito vuestro permiso.
Le estaban mirando con sorpresa, turbación y —como advertí con una sensación de vacío en el estómago— creciente ira. Pese a su forma liberal de pensar y a su dedicación a los obreros agrícolas, esposas maltratadas, madres solteras y todo lo demás, manejaban demasiado a Arnie. Y Arnie se dejaba manejar.
—Creo que no tienes derecho a hablar así a tu madre —dijo Michael.
Volvió a guardar el yogur y, con la manzana en la mano, cerró lentamente la puerta del frigorífico.
—Eres demasiado joven para tener un coche.
—Dennis tiene uno —se apresuró a responder Arnie.
—¡Anda, qué tarde es! —exclamé—. ¡Debería estar ya en casa! Debería…
—Lo que los padres de Dennis quieran hacer y lo que quieran hacer los tuyos son dos cosas distintas —siguió Regina Cunningham. Nunca le había oído hablar con voz tan gélida. Nunca—. Y tú no tenías derecho a hacer semejante cosa sin consultarnos a tu padre y a mí …
—¡Consultaros! —rugió de pronto Arnie.
Derramó su leche. Gruesas venas se le marcaron en el cuello.
Regina retrocedió un paso, boquiabierta. Apostaría a que su hijo no le había gritado en toda su vida. Michael parecía igual de estupefacto. Estaban empezando a captar lo que yo ya había percibido: por inexplicables razones, Arnie había topado con algo que realmente deseaba. Y que Dios protegiese a quien tratara de interponerse en su camino.
—¡Consultaros! ¡Os he consultado sobre cada maldita cosa que he hecho jamás! Todo era como una reunión de comité, y si se trataba de algo que yo quería hacer, la votación siempre me era desfavorable por dos a uno. Pero esto no es una reunión de comité. He comprado un coche, y eso es todo.
—Ni mucho menos —dijo Regina.
Tenía apretados los labios, y, curiosamente (o quizá no), había dejado de parecer sólo semiaristocrática; ahora parecía la reina de Inglaterra o de alguna parte, con vaqueros y todo. Michael quedaba al margen por el momento. Parecía tan aturdido y desventurado como yo me sentía y, por un momento, experimenté una aguda piedad hacia el hombre.
Él ni siquiera podía irse a su casa para zafarse del asunto; estaba ya en ella. Se estaba desarrollando una descarnada lucha de poder entre la vieja guardia y la joven guardia, y acabaría siendo decidida como casi siempre se deciden estas cosas, con un monstruoso desbordamiento de amargura y acritud. Regina parecía estar dispuesta para ello, aunque Michael no lo estuviese. Pero yo no quería participar. Me levanté y me dirigí hacia la puerta.
—¿Y tú le dejaste hacerlo? —preguntó Regina. Me miró altivamente, como si nunca hubiéramos reído juntos, preparado pasteles juntos ni hecho acampadas familiares juntos—. Me sorprende, Dennis.
Eso me irritó. Siempre había apreciado bastante a la madre de Arnie, pero nunca había confiado completamente en ella, al menos desde algo que había sucedido cuando yo tenía unos ocho años.
Un sábado por la tarde, Arnie y yo nos habíamos ido en bici al centro de la ciudad para ver una película. A la vuelta, Arnie se había caído de la bici al tratar de sortear a un perro y se había hecho una herida bastante grande en la pierna. Le llevé a casa en la parrilla de mi bici, y Regina fue con él a la casa de socorro, donde un médico le dio media docena de puntos. Y entonces, por alguna razón, cuando todo había terminado y estaba claro que Arnie quedaría perfectamente, Regina se volvió hacia mí y la emprendió a improperios conmigo. Cuando terminó, yo temblaba de pies a cabeza y estaba casi llorando… Qué diablos, sólo tenía ocho años, y había habido mucha sangre. No puedo recordar todo lo que me soltó, pero la sensación general que me produjo fue en extremo turbadora. Por lo que recuerdo, empezó acusándome de no vigilarle lo bastante estrechamente —como si Arnie fuese mucho más pequeño que yo, en vez de tener casi exactamente la misma edad— y acabó diciendo (o pareciendo decir) que debería haberme ocurrido a mí.
La cosa parecía repetirse ahora —Dennis, no le estabas vigilando lo bastante de cerca—, y me encolericé. Mi recelo hacia Regina era probablemente sólo una parte del asunto, y, para ser sinceros, probablemente sólo la parte más pequeña. Cuando se es niño (y, después de todo, ¿qué son los diecisiete años sino el límite extremo de la niñez?), tiende uno a ponerse del lado de otros niños. Se sabe con fuerte e infalible instinto que si no derriba unas cuantas vallas y tira abajo alguna que otra puerta, sus padres —con la mejor de las intenciones— estarían encantados de mantenerlo a uno siempre en el corralito.
Me encolericé, pero me contuve lo mejor que pude.
—Yo no le he dejado hacer nada —expliqué—. Él lo quería, y lo ha comprado.
Antes, quizá les hubiese dicho que no había hecho más que entregar una señal, pero no pensaba hacer tal cosa ahora. Estaba irritado.
—En realidad, traté de disuadirle —manifesté.
—Dudo que lo intentaras con mucho entusiasmo —replicó Regina.
Lo mismo podría haberme dicho No me vengas con chorradas, Dennis, sé que has tenido parte en ello. Tenía los pómulos congestionados, y sus ojos despedían chispas. Estaba intentando hacer que me sintiera como si tuviese de nuevo ocho años, y no lo hacía mal. Pero me resistí.
—Mira, si conocieses todos los detalles verías que no hay motivos para subirse por las paredes. Lo ha comprado por doscientos cincuenta, y…
—¡Doscientos cincuenta dólares! —exclamó Michael—. ¿Qué clase de coche se puede comprar por ese dinero?
Su anterior incómodo distanciamiento —si es que se había tratado de eso y no sólo de la sorpresa ante el sonido de la voz de su sosegado hijo levantada en tono de protesta— había desaparecido. Era el precio del coche lo que le había llegado al alma. Y miró a su hijo con un abierto desprecio que me desagradó. Me gustaría tener hijos míos algún día y, si llego a tenerlos, espero dejar esa expresión particular fuera de mi repertorio.
Me decía a mí mismo que procurase mantener la calma, que todo aquello no era asunto mío, que no tenía motivos para acalorarme: pero el pastel que había comido reposaba en el centro de mi estómago, convertido en una bola grande y pegajosa y empezaba a arderme la piel. Los Cunningham habían sido mi segunda familia desde que yo era pequeño, y podía sentir en mi interior los penosos síntomas de una disputa familiar.
—Se puede aprender mucho de coches arreglando uno viejo —dije, sintiéndome como una imitación de LeBay—. Y hará falta mucho trabajo antes de que pueda circular por las calles. —«Si alguna vez puede hacerlo», pensé—. Se lo podría considerar como un… un hobby.
—Yo lo considero una locura —dijo Regina.
Sentí de pronto unos fuertes deseos de marcharme. Supongo que si las vibraciones emocionales que llenaban la habitación no hubieran sido tan intensas, podría haberlo encontrado divertido. Había llegado a adoptar la postura de defender el coche de Arnie, cuando pensaba que todo el asunto era absurdo.
—Digáis lo que digáis —murmuré—, dejadme a mí al margen. Me voy a casa.
—Excelente —convino Regina.
—Se acabó —estalló Arnie, inexpresivamente. Se puso en pie—. Me voy a hacer puñetas de aquí.
Regina contuvo una exclamación, y Michael parpadeó como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Qué has dicho? —logró preguntar Regina—. ¿Qué has …?
—No entiendo por qué os alborotáis tanto —les respondió Arnie, con voz grave y controlada—, pero no pienso quedarme a oíros decir idioteces a ninguno de los dos. Queríais que fuese a los cursos superiores, y allí estoy —miró a su madre—. Querías que ingresase en el club de ajedrez, en lugar de en la banda de la escuela; muy bien, ahí estoy también. He logrado vivir diecisiete años sin crearos una situación embarazosa en el club de bridge ni acabar en la cárcel.
Le estaban mirando con ojos desorbitados, como si a una de las paredes de la cocina le hubiesen salido labios y hubiera empezado a hablar.
Arnie les miró con ojos extraños, fríos y peligrosos.
—Os lo digo. Voy a tener esto. Esta única cosa.
—Arnie, el seguro… —empezó Michael.
—¡Calla! —gritó Regina.
No quería hablar acerca de los problemas concretos, porque ése era el primer paso para una posible aceptación; simplemente, quería aplastar la rebelión bajo su calcañar, rápida y completamente. Hay momentos en que los adultos resultan a uno aborrecibles en formas que ellos nunca comprenderían. Yo tuve entonces uno de esos momentos, y ello sólo consiguió hacer que me sintiera peor. Cuando Regina le gritó a su marido, la vi como una persona vulgar y asustada; y, como la amaba, nunca había querido verla así.
Sin embargo, permanecí en la puerta, deseando marcharme, pero morbosamente fascinado por lo que estaba sucediendo: la primera discusión seria en la familia Cunningham que yo había visto jamás, quizá la primera que jamás se había producido. Y su intensidad era enorme, por lo menos del grado diez en la escala de Richter.
—Dennis, será mejor que te vayas mientras resolvemos esto —pidió sombríamente Regina.
—Sí —repuse—. Pero, ¿no comprendéis?, estáis haciendo una montaña de un grano de arena. Esta noche… Regina, Michael…, si pudierais verlo: probablemente va de cero a treinta en veinte minutos, si es que llega a moverse…
—¡Dennis! ¡Vete!
Mientras montaba en mi «Duster», Arnie salió por la puerta trasera, aparentemente con la intención de cumplir su amenaza de marcharse. Sus padres salieron tras él, con aire preocupado, además de humillado. Yo podía comprender un poco cómo se sentían. Todo había sido tan súbito como un ciclón que descendiera de un cielo despejado.
Encendí el motor y retrocedí por la tranquila calle. Habían sucedido muchas cosas desde que ambos habíamos fichado a las cuatro, hacía dos horas. Entonces, yo tenía tanta hambre que habría comido cualquier cosa (excepto asado de algas). Ahora, sentía en el estómago una opresión tal que me parecía que devolvería cualquier cosa que tragase.
Cuando me marché, los tres permanecían ante su garaje de dos plazas (el «Porsche» de Michael y la furgoneta «Volvo» de Regina se acurrucaban dentro: ellos tienen sus coches —recuerdo que pensé, un poco innoblemente—, a ellos qué les importa), todavía discutiendo.
«Se acabó —pensé, sintiéndome ahora un poco triste, además de turbado—. Le dominarán, y LeBay tendrá sus veinticinco dólares, y ese “Plymouth” del 58 continuará allí durante otros mil años más o menos.» Ya le habían hecho cosas similares otras veces. Porque era un perdedor. Hasta sus padres lo sabían. Era inteligente y, si se atravesaba la capa exterior de timidez y cautela, era jocoso y considerado y… delicado, supongo que es la palabra que estoy buscando.
Delicado, pero perdedor.
Sus padres le conocían tan bien como los matones que le gritaban por los pasillos y le tiraban las gafas.
Sabían que era un perdedor y que le dominarían.
Eso es lo que yo pensaba. Pero estaba equivocado.
3. A la mañana siguiente
Mi poppa said «Son
You’re gonna drive me to drink
If you don’t quit drivin that
Hot-rod Lincoln.»
CHARLIE RYAN
A las seis y media de la mañana del día siguiente fui hasta la casa de Arnie y aparqué junto a la cuneta. Aunque sus padres estarían todavía en la cama, no quería entrar porque había habido tantas malas vibraciones en la cocina la noche anterior, que no me apetecían el bollo y el café que habitualmente tomaba antes de ir a trabajar.
Pasaron casi cinco minutos sin que Arnie saliese, y empecé a preguntarme si no habría cumplido su amenaza de largarse.
Luego, se abrió la puerta trasera y apareció con la fiambrera golpeándole en una pierna.
Subió al coche, cerró la portezuela y dijo:
—Vámonos, Jeeves.
Era una de las salidas clásicas de Arnie cuando estaba de buen humor.
Arranqué, le miré cautelosamente, casi decidido a decir algo y luego resolví que sería mejor esperar a que empezase él…, si es que tenía algo que decir.
Durante un rato, pareció que no lo tenía. Recorrimos casi todo el trayecto sin que hubiera ninguna conversación entre nosotros, con sólo el sonido de «WMDY», la emisora local de rock-and-soul. Arnie seguía el ritmo sobre su pierna, con aire ausente.
Al fin, dijo:
—Siento que te vieras metido anoche en el asunto.
—No te preocupes, Arnie.
—¿Se te ha ocurrido alguna vez —preguntó, de pronto— que los padres no son más que niños grandes hasta que sus hijos les fuerzan a hacerse adultos? ¿Lo que generalmente ocurre entre los gritos y los pataleos de éstos?
Meneé la cabeza.
—Voy a decirte lo que creo —continuó.
Estábamos llegando ya al emplazamiento de las obras; el remolque de «Carson Brothers» estaba a sólo dos pendientes más arriba. El tráfico a aquellas horas era escaso y somnoliento. El cielo presentaba un suave color de melocotón.
—Creo que una parte de ser padre es intentar matar a los hijos.
—Eso parece muy racional —repuse—. Los míos siempre están intentando matarme. Anoche, fue mi madre, que entró sigilosamente en mi habitación con una almohada y me la puso encima de la cara. La noche anterior, fue mi padre el que nos estuvo persiguiendo a mi hermana y a mí con un destornillador.
Bromeaba, naturalmente, pero me pregunté qué pensarían Michael y Regina si pudiesen oír mis palabras.
—Ya sé que parece un poco idiota al principio —siguió Arnie, impertérrito—, pero hay muchas cosas que lo parecen hasta que realmente reflexiona uno sobre ellas. Envidia de pene. Conflictos edípicos. El «Sudario» de Turín.
—A mí me parece una chorrada —respondí—. Anoche tuviste una disputa con tus viejos, y eso es todo.
—Pero yo lo creo realmente —dijo Arnie, con tono pensativo—. No es que sepan lo que están haciendo; eso no. ¿Y sabes por qué?
—Dímelo tú.
—Porque en cuanto tienes un hijo sabes con seguridad que vas a morir. Cuando tienes un hijo, ves tu propia tumba.
—¿Sabes una cosa, Arnie?
—¿Qué?
—Creo que eso es jodidamente horrible —dije, y ambos nos echamos a reír.
—No lo decía en ese sentido.
Entramos en la zona de aparcamiento y apagué el motor. Permanecimos allí unos momentos.
—Les dije que renunciaría a los cursos universitarios —continuó—. Les dije que me apuntaría a E.V.
E.V. era enseñanza vocacional. La misma clase de cosa que reciben los chicos de los reformatorios, salvo, naturalmente, que ellos no se van a casa por la noche. Tienen lo que podríamos llamar un programa obligatorio en régimen de internado.
—Arnie —empecé, sin saber muy bien cómo seguir. La forma en que todo aquello había brotado de la nada continuaba sorprendiéndome—. Arnie, eres aún menor. Ellos tienen que firmar, obligatoriamente, tu programa.
—Sí, claro —respondió Arnie. Sonrió sin alegría, y a la fría luz del amanecer parecía a la vez mucho más viejo y mucho, mucho más joven: como una especie de niño cínico—. Tienen la facultad de cancelar todo mi programa durante otro año si quieren y sustituirlo por el suyo. Podrían apuntarme a Economía Doméstica y Mundo de la Moda si les da la gana. La ley dice que pueden hacerlo. Pero ninguna ley dice que pueden hacerme aprobar lo que elijan.
Eso me hizo comprender la gran distancia que había recorrido. ¿Cómo podía haber llegado a significar tanto para él, y tan súbitamente, aquella porquería de coche? En los días siguientes, esa pregunta continuó obsesionándome, como siempre he imaginado que lo haría un disgusto serio sufrido recientemente. Cuando Arnie dijo a Michael y Regina que de veras quería tenerlo, desde luego no había estado bromeando. Se había ido derecho al lugar en que con más intensidad vivían sus expectativas hacia él, y lo había hecho con una implacable resolución que me sorprendió. No estoy seguro de que una táctica menos firme hubiera dado resultado contra Regina, pero me sorprendía que Arnie hubiese sido realmente capaz de hacerlo. De hecho, me dejaba totalmente atónito. La cuestión era que, si Arnie pasaba su último curso en E.V., la Universidad quedaba eliminada. Y para Michael y Regina eso era una imposibilidad.
—Así que, ¿se han resignado?
Era casi la hora de fichar, pero yo no podía dejar el asunto sin saberlo todo.
—No exactamente. Les dije que encontraría una plaza de garaje y que no intentaría hacerlo revisar ni inscribir hasta tener su aprobación.
—¿Crees que la conseguirás?
Me dirigió una sonrisa confiada y medrosa a la vez. Era la sonrisa de un conductor de explanadora bajando la pala de un «D-9 Cat» ante un obstáculo particularmente difícil.
—La conseguiré —dijo—. Cuando esté listo, la conseguiré.
¿Y sabéis una cosa? Quedé convencido de que lo haría.
4. Arnie se casa
I remember the day
When I chose her over all those other junkers,
Thought I could tell
Under the coat of rust she was gold.
No clunker…
THE BEACH BOYS
Podríamos haber hecho dos horas extraordinarias aquel viernes por la tarde, pero rehusamos. Recogimos nuestros cheques en la oficina, fuimos a la sucursal en Libertyville de la Caja de Ahorros de Pittsburgh y los cobramos. Yo ingresé la mayor parte en mi libreta, puse cincuenta dólares en mi cuenta corriente (el solo hecho de tenerla me hacía sentirme inquietantemente adulto, sensación que, supongo, se va esfumando) y retiré veinte en efectivo.
Arnie retiró la totalidad de su paga.
—Toma —dijo, tendiéndome un billete de diez dólares.
—No —respondí—. Quédatelo, hombre. Necesitarás hasta el último centavo antes de que acabes con ese cacharro.
—Cógelo —repitió—. Yo pago mis deudas, Dennis.
—Quédatelo. De veras.
—Cógelo —seguía tendiendo inexorablemente el billete.
Lo cogí. Pero le obligué a aceptar el dólar que sobraba. No quería hacerlo.
Mientras cruzábamos la ciudad en dirección a la casa de LeBay, Arnie fue poniéndose cada vez más nervioso. Subió demasiado el volumen de la radio y empezó a llevar el ritmo de la música, primero sobre los muslos y luego sobre el salpicadero. Salió Foreigner cantando Dirty White Boy.
—La historia de mi vida, Arnie —dije, y solté una carcajada demasiado fuerte y demasiado larga.
Se estaba comportando como un hombre que espera a que su mujer tenga un hijo. Finalmente, adiviné que le asustaba la posibilidad de que LeBay hubiera vendido el coche a otro.
—Tranquilo, Arnie —dije—. Estará allí.
—Estoy tranquilo, estoy tranquilo —repuso, y me ofreció una amplia, resplandeciente y forzada sonrisa.
Su piel presentaba ese día el peor aspecto que yo había visto jamás, y me pregunté (no por primera vez, ni por última) qué se sentiría siendo Arnie Cunningham, atrapado tras aquel sudoroso rostro segundo tras segundo, minuto tras minuto, y…
—Bueno, deja de sudar. Parece como si te fueses a hacer limonada en los pantalones antes de que lleguemos allá.
—No te preocupes —explicó, y volvió a tabalear rápida y nerviosamente en el salpicadero para demostrarme lo nervioso que no estaba.
Dirty Boy, de Foreigner, dio paso a Jukebox Heroes, de Foreigner. Era viernes por la tarde, y en «FM-104» había empezado el programa de rock del fin de semana. Cuando recuerdo aquel año, el de mi curso de graduación, me parece que podría medirlo en piezas de rock… y en una cada vez más intensa sensación de terror.
—¿Qué es exactamente? —pregunté—. ¿Qué pasa con ese coche?
Permaneció un rato mirando a lo largo de la Libertyville Avenue sin decir nada y, luego, apagó la radio con gesto rápido, cortando en seco la voz de Foreigner.
—No lo sé muy bien —dijo—. Acaso sea porque, por primera vez desde los once años, cuando me empezaron a salir granos, he visto algo más feo que yo. ¿Es eso lo que quieres que diga? ¿Te permite eso situarlo en una categoría definida?
—Oh, vamos, Arnie —exclamé—. Soy Dennis, ¿recuerdas?
—Recuerdo —respondió—. Y seguimos siendo amigos, ¿verdad?
—Desde luego. Pero, ¿qué tiene eso que ver con …?
—Y eso significa que no debemos mentirnos el uno al otro o, al menos, yo creo que eso es lo que tiene que significar. Así que tengo que decirte lo que siento. Sé lo que soy. Soy feo. No hago amigos con facilidad. Yo…, alejo de mí a la gente. No quiero hacerlo, pero es lo que me ocurre. ¿Te das cuenta?
Asentí de mala gana. Como él decía, éramos amigos, y eso significaba reducir al mínimo todo lo que resultase desagradable.
Movió también la cabeza.
—Otras personas… —siguió, y luego añadió con cuidado—: tú, por ejemplo, Dennis, no siempre comprendes lo que eso significa. Miras al mundo de una manera distinta cuando eres feo y la gente se ríe de ti. Resulta difícil conservar el sentido del humor. Te produce una sensación de bloqueo y, a veces, le cuesta a uno mantenerse cuerdo.
—Bueno, puedo entenderlo. Pero…
—No —replicó él, sosegadamente—. No lo puedes entender. Tal vez creas que sí, pero no lo entiendes. No realmente. Pero me agradas, Dennis…
—Te tengo cariño, hombre —dije—. Ya lo sabes.
—Quizá —respondió—. Y lo aprecio. Y tiene que ser porque sabes que hay algo más: algo por debajo de los granos y de mi estúpida cara…
—Tu cara no es estúpida, Arnie. Un poco rara acaso, pero no estúpida.
—Vete al carajo —exclamó, sonriendo, y continuó—: De todos modos, ese coche es asi. Tiene algo por debajo. Algo distinto. Algo mejor. Lo veo, simplemente.
—¿Sí?
—Sí, Dennis. Lo veo.
Torcí por la calle Mayor. Estábamos acercándonos ya a la casa de LeBay. Y, de pronto, me asaltó una idea horrible. ¿Y si el padre de Arnie hubiera enviado a casa de LeBay a uno de sus amigo
