Desesperación

Stephen King

Fragmento

I

1

–¡Dios mío, qué asco!
–¿Qué pasa, Mary?
–¿No lo has visto?
–Si he visto qué.

Mary miró a Peter, y en la implacable luz del desierto él vio que había palidecido y que en su rostro resaltaban aún más las quemaduras de las mejillas y la frente, donde ni siquiera un bronceador del más alto grado de protección la salvaguardaba por completo de los efectos del sol. Tenía la piel muy clara y se quemaba con facilidad.

–En aquella señal. La señal de velocidad máxima. –¿Qué tenía de especial?
–¡Había un gato muerto, Peter! Clavado o pegado o qué sé yo.

Peter pisó el freno y ella súbitamente lo agarró del hombro.

–Ni se te ocurra volver atrás –dijo.
–Pero...
–Pero ¿qué? ¿Es que quieres hacerle una foto? Ni hablar. Si vuelvo a verlo, vomitaré.

–¿Era un gato blanco? –preguntó Peter. Veía por el retrovisor el dorso de una señal, presumiblemente la de velocidad máxima a que se refería Mary, pero nada más. Al pasar por delante él iba mirando en otra dirección, contemplando una bandada de aves que volaba hacia unos montes cercanos. En un paraje como aquél no era imprescindible permanecer atento a la carretera todo el tiempo; los habitantes de Nevada describían el tramo de la interestatal 50 que atravesaba su estado como «la carretera más solitaria de América», y en opinión de Peter hacía honor a su fama. Pero él se había criado en Nueva York, y quizá la prolongada exposición a aquellos interminables espacios abiertos empezaba a exceder sus márgenes de tolerancia: agorafobia del desierto, el síndrome del salón de baile o algo por el estilo.

–No; era un gato rayado –respondió Mary–. Pero ¿qué más da?

–Pensaba que quizá hubiese alguna secta satánica en el desierto –explicó Peter–. Por lo visto, esta zona está llena de gente extraña. ¿No nos dijo eso Marielle?

–«Intensa» fue como ella los describió –corrigió Mary–. «La parte central de Nevada está llena de gente intensa», cito textualmente. Y Gary, poco más o menos, coincidía con ella. Pero como no hemos visto a nadie desde que cruzamos el límite de California...

–Bueno, en Fallon...
–Las estaciones de servicio no cuentan. Además, incluso allí la gente... –Mary lo miró con una peculiar expresión de desamparo que últimamente rara vez aparecía en su rostro, si bien había sido frecuente en los meses posteriores a su aborto–. ¿Qué han venido a hacer aquí, Pete? Comprendo que la gente se instale en Las Vegas o Reno... o hasta en Winnemucca o Wendover...

–Los que vienen de Utah a jugar dicen: «A Wendover llegarás y media vuelta te darás» –comentó Peter sonriendo–. Me lo contó Gary.

Mary no le prestó atención.
–Pero en el resto del estado... ¿Por qué vienen y por qué se quedan los habitantes de esta zona? Ya sé que nací en Nueva York, y probablemente no puedo entenderlo, pero...

–¿Seguro que no era un gato blanco? ¿O quizá negro? –Peter volvió a mirar por el retrovisor, pero viajaban a ciento veinte kilómetros por hora, y la señal ya se había desvanecido en un fondo de arena, mezcales y colinas parduscas. Sin embargo, por fin apareció otro vehículo detrás de ellos; veía el resplandeciente reflejo del sol en su parabrisas a unos dos kilómetros, tal vez tres.

–No. Era rayado, ya te lo he dicho. Contesta a mi pregunta. ¿Quiénes son los contribuyentes de esta parte de Nevada, y a qué se dedican?

Peter hizo un gesto de duda.
–Aquí no hay muchos contribuyentes. Fallon es el pueblo más grande de la interestatal 50, y sus habitantes viven básicamente de la agricultura. Según la guía, construyeron una presa y con el agua del pantano riegan sus tierras. Cultivan sobre todo melones. Y creo que hay también una base militar no muy lejos de aquí. Antiguamente Fallon era una casa de postas, ¿lo sabías?

–Yo me marcharía –aseguró Mary–. Cogería mis melones y me largaría.

Peter le acarició el pecho izquierdo con la mano derecha y bromeó:

–Un buen par de melones, señora.
–Gracias. Y no sólo de Fallon. Yo me largaría de cualquier estado donde no se viese una casa ni un árbol en kilómetros a la redonda y clavasen gatos en las señales de tráfico.

–Bueno, eso tiene que ver con la zona de percepción –explicó Peter con cierta reserva. A veces le era imposible adivinar si Mary decía algo en serio o hablaba por hablar, y ésa era una de aquellas veces–. Para ti, que te has criado en un medio urbano, la Gran Cuenca está fuera de tu zona de percepción. Y también para mí, desde luego. Incluso el cielo me pone nervioso. Desde que hemos salido esta mañana lo noto encima como una carga, opresivo.

–A mí me pasa lo mismo. Da la impresión de que hubiese demasiado.

–¿Te arrepientes de haber elegido este itinerario para volver a casa? –Peter echó un vistazo al retrovisor y advirtió que el otro vehículo se había acercado. No se trataba de un camión, que era lo único que habían visto desde Fallon (y todos en sentido opuesto, hacia el oeste), sino de un coche. Y obviamente tenía prisa.

Mary reflexionó. Por fin movió la cabeza en un gesto de negación.

–No. Me alegro de haber visto a Gary y Marielle, y el lago Tahoe...

–Una maravilla, ¿verdad?
–Increíble. Incluso esto... –Mary miró por la ventanilla– tiene su encanto, no digo lo contrario. Y supongo que lo recordaré mientras viva. Pero es...

–Escalofriante –apuntó Peter–. Al menos si uno está acostumbrado a Nueva York.

–Exacto. Zona de percepción urbana. Además, aunque hubiésemos tomado por la interestatal 80, tampoco habríamos encontrado más que desierto.

–Sí. Rastrojos rodando de un lado a otro. –Peter lanzó otra ojeada al retrovisor; las lentes de las gafas que usaba para conducir brillaron al sol. El vehículo que se aproximaba era un coche de la policía, y avanzaba a ciento cuarenta por lo menos. Peter se arrimó a la cuneta, y las ruedas del lado derecho salieron del asfalto y levantaron una nube de polvo.

–¿Qué haces, Pete?
Él volvió a mirar por el retrovisor. Vio acercarse rápidamente la enorme rejilla cromada del radiador, y los violentos destellos del sol reflejado en el metal lo obligaron a entornar los ojos. No obstante, le pareció notar que el coche era blanco, lo cual significaba que no pertenecía a la policía estatal.

–Intento encogerme –contestó Peter–, como un animalito acurrucado y asustadizo. Detrás viene un coche de la policía y parece que tiene prisa. Quizá sigue la pista del...

El coche patrulla los adelantó, y el Acura de la hermana de Peter se balanceó en su estela. Era en efecto blanco, y estaba cubierto de polvo. Llevaba un adhesivo en el costado, pero Peter no tuvo tiempo de leerlo. DES algo más, rezaba. Desistir, quizá; ése no sería un mal nombre para un pueblo perdido en medio del desierto de Nevada.

–... del individuo que ha clavado el gato en la señal de tráfico.

–Y a esa velocidad ¿por qué no lleva puestas las luces de advertencia? –preguntó Mary.

–¿Para advertir a quién en este descampado? –Pues... a nosotros –repuso Mary, mirándolo de nuevo con su peculiar expresión.

Peter hizo ademán de replicarle, pero se contuvo. Mary tenía razón. El policía debía de tenerlos al alcance de la vista por lo menos desde que ellos habían detectado su presencia, o quizá desde antes, ¿por qué, pues, no los había advertido con los faros o las luces giratorias para mayor seguridad? Naturalmente Peter se había hecho cargo de la situación y le había facilitado el paso; así y todo...

De pronto se encendier

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