El misterio de Brunswick Gardens (Inspector Thomas Pitt 18)

Anne Perry

Fragmento

El misterio de Brunswick Gardens

1

Pitt llamó a la puerta del despacho del subjefe de policía y esperó. Debía de tratarse de un asunto delicado y urgente, o de lo contrario Cornwallis no habría recurrido al teléfono para solicitar su presencia. Desde que lo habían puesto al mando de la comisaría de Bow Street, Pitt no intervenía personalmente en los casos a menos que pudiesen resultar embarazosos para alguna persona importante, o tener peligrosas consecuencias políticas, como por ejemplo el asesinato de Ashworth Hall ocurrido cinco meses atrás, en octubre de 1890. Debido a este hecho se había frustrado el intento de reconciliación entre católicos y protestantes irlandeses, si bien con el escándalo del divorcio de Katie O’Shea, en que se había visto envuelto Charles Stewart Parnell —el líder de la mayoría irlandesa en el Parlamento—, la situación estaba de todos modos al borde del desastre.

Abrió la puerta Cornwallis en persona. Aunque no igualaba a Pitt en estatura, era delgado y ágil, como si la fuerza física y gallarda presencia que había necesitado en la marina formasen aún parte de su naturaleza. De su época en el mar conservaba asimismo la parquedad de palabra, la presuposición de obediencia y cierta simplicidad de pensamiento propia de un hombre habituado a la inclemencia de los elementos pero ajeno a las artimañas de los políticos y la duplicidad del comportamiento en público. Estaba aprendiendo, pero aún dependía de Pitt. Una taciturna expresión ensombrecía en aquel momento su rostro de nariz larga y boca ancha.

—Adelante, Pitt. —Cornwallis se hizo a un lado, manteniendo la puerta abierta—. Perdone las prisas, pero nos hallamos ante una espinosa situación, o eso parece, a causa de un hecho ocurrido en Brunswick Gardens.

Con el entrecejo fruncido, Cornwallis cerró la puerta y regresó a su escritorio. Era un despacho agradable y estaba muy cambiado respecto a la época en que lo ocupaba su predecesor. Ahora formaban parte de la decoración diversos instrumentos náuticos, en la pared del fondo colgaba una carta de navegación del Canal de la Mancha, y entre los imprescindibles libros de derecho y procedimiento policial había también una antología poética, una novela de Jane Austen y una Biblia.

Pitt aguardó a que Cornwallis se sentase y luego tomó asiento él mismo. Los faldones de su chaqueta pendían pesadamente a los lados porque llevaba los bolsillos llenos. Pese al ascenso, no dedicaba mucha más atención que antes a su aliño personal.

—Usted dirá —instó Pitt con tono interrogativo.

Cornwallis se reclinó contra el respaldo y la luz se reflejó en su cabeza. Su total calvicie le favorecía. Costaba imaginarlo de otro modo. Nunca jugueteaba nerviosamente con las manos, pero cuando estaba preocupado, juntaba las yemas de los dedos formando un campanario. Esa actitud adoptó en aquel momento.

—Una joven ha fallecido de muerte violenta en casa de un respetable clérigo, muy estimado por sus publicaciones eruditas y firme candidato a un obispado, el reverendo Ramsay Parmenter, párroco de la iglesia de San Miguel. —Sin apartar la mirada del rostro de Pitt, Cornwallis respiró hondo—. Fueron por un médico que vive cerca de allí, y cuando éste vio el cadáver, telefoneó a la policía. Se presentaron de inmediato unos agentes que a su vez me telefonearon a mí.

Pitt no lo interrumpió.

—Según parece, se trata de un asesinato y el propio Parmenter podría estar implicado.

Cornwallis se guardó de añadir su impresión al respecto, pero sus temores eran patentes en cada una de las arrugas que irradiaban de sus labios apretados y en la expresión compungida de sus ojos. Para él, el liderazgo, tanto moral como político, era un servicio a los demás, una forma de confianza que si se defraudaba, tenía siempre graves consecuencias. Había pasado toda su vida hasta fecha reciente en el mar, donde la palabra del capitán no admitía disputa. La supervivencia de la tripulación dependía de su destreza y buen juicio. El capitán debía tomar decisiones acertadas, y sus órdenes se obedecían. Incumplirlas equivalía a un motín, conducta castigada con la muerte. El propio Cornwallis había aprendido a obedecer, y a su debido tiempo había ascendido hasta esa solitaria cúspide. Conocía tanto las responsabilidades como los privilegios de tal posición.

—Comprendo —dijo Pitt lentamente—. ¿Quién era esa joven?

—La señorita Unity Bellwood —respondió Cornwallis—. Una especialista en lenguas muertas. Colaboraba con el reverendo Parmenter en las tareas de documentación para su nuevo libro.

—¿Por qué sospechan el médico y la policía del distrito que se trata de un asesinato? —preguntó Pitt.

Cornwallis contrajo aún más sus delgados labios en una mueca de aversión.

—Inmediatamente antes del hecho, se oyó gritar a la señorita Bellwood: «¡No, no, reverendo!» Al cabo de un momento, la señora Parmenter salió del salón y la encontró tendida al pie de la escalera. Cuando se acercó a ella, ya estaba muerta. Por lo visto, rodó escalera abajo y se rompió el cuello.

—¿Quién la oyó gritar?

—Varias personas —contestó Cornwallis con semblante sombrío—. Mucho me temo que no queda lugar a dudas. Ojalá pudiese decir lo contrario. Nos hallamos ante una situación muy desagradable, una tragedia doméstica de alguna clase, supongo; pero debido a la posición social de los Parmenter se convertirá en un escándalo de proporciones mayúsculas si no actuamos deprisa… y con mucho tacto.

—Gracias —dijo Pitt irónicamente—. ¿Y la policía del distrito no desea seguir con el caso? —Era una pregunta retórica, formulada sin esperanza. Era evidente que no tenían el menor interés en ocuparse del caso, y aun si lo tuviesen, con toda probabilidad no se les permitiría. Prometía ser un asunto en extremo embarazoso para todos los implicados.

Cornwallis no se molestó en responder.

—Brunswick Gardens, número diecisiete —informó lacónicamente—. Lo siento, Pitt. —Pareció a punto de añadir algo más, pero cambió de idea, como si fuese incapaz de expresarlo con palabras.

Pitt se puso en pie.

—¿Cómo se llama el inspector del distrito responsable del caso?

—Corbett.

—Iré, pues, a quitar ese peso de encima al inspector Corbett —declaró Pitt sin el mínimo entusiasmo—. Buenos días, señor.

Cornwallis mantuvo una sonrisa en los labios hasta que Pitt llegó a la puerta y luego volvió a sumergirse en sus papeles.

Pitt telefoneó a la comisaría de Bow Street y ordenó al sargento Tellman que se reuniese con él en Brunswick Gardens, sin adelantársele bajo ningún pretexto, y a continuación salió en busca de un cabriolé de alquiler.

Eran casi las once y media cuando se apeó bajo la luz fría e intensa del sol frente al espacio abierto y los árboles deshojados próximos a la iglesia. Había un corto trecho hasta el número diecisiete

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