Insomnia

Stephen King

Fragmento

Prólogo. Mientras dan cuerda al reloj de la muerte (I)

PRÓLOGO

MIENTRAS DAN CUERDA
AL RELOJ DE LA MUERTE (I)

La vejez es una isla rodeada de muerte.

JUAN MONTALVO
Siete tratados: la belleza


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Nadie, y menos el doctor Lichtfield, salió y dijo claramente a Ralph Roberts que su mujer iba a morir, pero llegó un momento en que él lo comprendió sin necesidad de que se lo dijeran. Los meses que mediaron entre marzo y junio fueron meses discordantes y ruidosos en su mente, una época de conversaciones con los médicos, de carreras nocturnas al hospital con Carolyn, de excursiones a otros hospitales de otros estados para someterla a pruebas especiales (Ralph pasaba gran parte de los viajes dando gracias a Dios por el hecho de que Carolyn contara con dos seguros médicos), de investigaciones personales en la Biblioteca Pública de Derry, primero en busca de respuestas que los especialistas pudieran haber pasado por alto, más tarde tan sólo para aferrarse a una esperanza, a lo que fuera.

Durante aquellos meses, tuvo la sensación de que lo arrastraban borracho por algún carnaval maligno en el que la gente subida en las atracciones gritaba de verdad, en el que las personas perdidas en el laberinto de espejos estaban realmente perdidas, en el que los moradores del Túnel del Terror lo miraban con falsas sonrisas en los labios y horror en los ojos. Ralph empezó a ver aquellas cosas en mayo, y a comienzos de junio empezó a comprender que los maestros de ceremonias que había a lo largo de la calle mayor de la medicina no podían vender más que remedios de curandero, y que la risueña musiquilla del tiovivo ya no podía ocultar el hecho de que la melodía que escupían los altavoces era la Marcha Fúnebre. Era un carnaval, sí señor; el carnaval de las almas perdidas.

Ralph siguió negando aquellas terribles imágenes, e incluso la idea aún más terrible que acechaba tras ellas, durante las primeras semanas del verano de 1992, pero cuando junio dio paso a julio la tarea empezó a resultarle imposible. La peor ola de calor que se registraba desde 1971 azotó el centro de Maine, y Derry hervía en un baño de sol brumoso, humedad y temperaturas que alcanzaban los treinta y cinco grados. La ciudad, que no era precisamente una metrópolis en el mejor de los casos, se sumió en un profundo letargo, y en aquel ardiente silencio fue donde Ralph Roberts oyó por primera vez el tictac del reloj de la muerte y comprendió que en la transición del fresco verdor de junio a la quietud ardiente de julio, las escasas posibilidades de Carolyn habían desaparecido por completo. Iba a morir. Probablemente, no aquel verano, ya que los médicos afirmaban tener todavía algunos trucos en la manga, y Ralph no lo ponía en duda, pero sí en el otoño o invierno. Su compañera de toda la vida, la única mujer a la que había amado iba a morir. Intentó desterrar la idea, reñirse por ser un viejo estúpido y morboso, pero en los jadeantes silencios de aquellos largos y calurosos días, Ralph oía aquel tictac por doquier... Incluso parecía sonar en las paredes.

No obstante, el tictac más claro procedía del interior de la propia Carolyn, y cuando volvía su rostro pálido y sereno hacia él, quizá para pedirle que encendiera la radio para poder escucharla mientras desvainaba algunas judías para la cena, o para preguntarle si podía pasar por la Manzana Roja y comprarle un polo, Ralph comprendía que ella también lo oía. Lo veía en sus ojos oscuros, al principio tan sólo cuando estaba serena, pero más tarde incluso cuando su mirada aparecía vidriosa por los analgésicos que tomaba. Por entonces, el tictac se había tornado muy intenso, y cuando yacía junto a ella en la cama en aquellas calurosas noches de verano, en las que incluso la sábana parecía pesar cinco kilos y daba la impresión que todos los perros de Derry estaban ladrando a la luna, Ralph lo escuchaba, escuchaba el reloj de la muerte que sonaba dentro de Carolyn, y le acometía la sensación de que se le iba a quebrar el corazón de pena y terror. ¿Durante cuánto tiempo tendría que sufrir aún antes de que llegara el fin? ¿Durante cuánto tiempo tendría que sufrir él? ¿Y cómo iba a vivir sin ella?

Fue durante aquel extraño y difícil período cuando Ralph tomó por costumbre dar paseos cada vez más largos durante las calurosas tardes de verano y los lentos atardeceres, paseos de los que en ocasiones regresaba demasiado cansado para comer. Siempre esperaba que Carolyn lo riñera por aquellas salidas, que le dijera: «¿Por qué no lo dejas, viejo estúpido? ¡Te matarás si sigues caminando con este calor!» Pero Carolyn nunca decía palabra, y con el tiempo Ralph se dio cuenta de que ni siquiera se enteraba. Sí, sabía que su marido salía. Pero no sabía que recorría tantos kilómetros, ni que, con frecuencia, cuando volvía a casa estaba temblando de agotamiento y al borde de la insolación. Antaño, a Ralph le había parecido que Carolyn lo veía todo, que incluso se daba cuenta cuando se cambiaba la raya del pelo de sitio, aunque tan sólo fuera un milímetro. Pero ya no era así; el tumor que le estaba destrozando el cerebro le había arrebatado las dotes de observación, al igual que muy pronto le arrebataría la vida.

Así pues, Ralph caminaba, disfrutando del calor pese a que a veces le daba vueltas la cabeza y le silbaban los oídos, disfrutando de él sobre todo porque hacía que le silbaran los oídos; en ocasiones, los oídos le silbaban con gran fuerza y la cabeza le latía durante horas con tal intensidad que no podía oír el tictac del reloj de la muerte de Carolyn.

Recorrió gran parte de Derry aquel caluroso mes de julio, un anciano de hombros estrechos, cabello blanco ralo y manos grandes que aún parecían capaces de trabajar duro. Caminó de Witcham Street al erial de los Barrens, de Kansas Street a Neibolt Street, de Main Street al puente Kissing, pero con mayor frecuencia, sus pies lo llevaban hacia el oeste, a lo largo de Harris Avenue, donde la aún hermosa y amadísima Carolyn Roberts estaba pasando el último año de su vida en una bruma de cefaleas y morfina, hacia la extensión de Harris Avenue y el aeropuerto comarcal de Derry. Caminaba por la extensión de Harris Avenue, una carretera desprovista de árboles y expuesta por completo al despiadado sol, hasta que sus piernas amenazaban con ceder, y entonces daba la vuelta.

Con frecuencia se detenía a recuperar el aliento en un sombreado merendero situado cerca de la entrada de servicio del aeropuerto. Por las noches, aquel lugar estaba lleno de adolescentes bebiendo y dándose el lote al son de la música de rap que salía de los radiocasetes, pero de día era el dominio más o menos exclusivo de un grupo que el amigo de Ralph, Bill McGovern, llamaba los Viejos Carcamales de Harris Avenue. Los Viejos Carcamales se reunían para jugar al ajedrez, al remigio o simplemente para charlar. Ralph conocía a muchos de ellos desde hacía años (de hecho, había ido a la escuela primaria con Stan Eberly), y se sentía a gu

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