La última bestia

Josan Mosteiro
Josan Mosteiro

Fragmento

1

1

Blanca

Aquella iba a ser una noche inolvidable.

Blanca estaba convencida de ello. Recostada en la cama, tapada apenas con una sábana, jugando con su cabello, aguardaba atenta a los ruidos de la casa.

Su mirada iba de la puerta de su dormitorio a la ventana. En el exterior, el viento silbaba y rasgaba nubes que huían hacia el este. La luna, hinchada y sucia, también parecía estar expectante.

Los ronquidos de su tío llegaban desde el piso de abajo, unos rugidos rítmicos que extrañamente la tranquilizaban. Por debajo de la puerta penetraba un navajazo de luz amarillenta que delataba que su madre no se había acostado aún. Blanca casi podía verla zurciendo medias, camisas, calcetines, lo que fuera, y escuchando la radio con el volumen bajito, siempre tan discreta en todo lo que hacía.

No era la primera vez que Blanca esperaba a que su tío y su madre se durmieran para sentirse libre, para respirar. Al fondo de su armario, hundidas dentro de un par de mantas viejas que nunca se usaban, escondía varias novelitas románticas y una linterna de bolsillo. Si las guardaba ahí era porque el verano anterior, cuando su madre la descubrió leyendo una en la cocina, se la arrancó de las manos y la lanzó a la lumbre, donde desapareció en segundos con un gemido de cenizas.

—La sobrina del cura no puede leer esas tonterías para cabezas huecas —la reprendió en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharla. El mismo tono que empleaba cuando golpeaba la puerta del cuarto de baño y le preguntaba qué hacía ahí dentro tanto rato.

»¿Qué pensaría la gente si se enterara? —insistía—. ¿Quieres acaso que piensen que tienes la cabeza llena de pájaros?

¿Y qué importaba lo que pensara la gente?, se preguntaba Blanca sin atreverse a pronunciarlo en voz alta. ¿A quién le importaba si tenía la cabeza llena de pájaros? «Los pájaros vuelan, mamá», fantaseaba que le diría algún día.

Pero no. Había que estar en alerta constante, pendiente del qué dirán, del juicio de los demás. Según su madre, la aldea era un nido de serpientes que acechaban a la espera del menor descuido para clavarte los colmillos de la vergüenza. Blanca debía dar ejemplo. No llamar la atención, no levantar la voz, vestir decente, recogerse pronto en casa, no holgazanear. La sobrina del párroco. Encerrada entre aquellas paredes que olían a lejía, cera quemada y patatas hervidas. Una casa en la que solo había dos libros: la Biblia y Vidas de santos y mártires. Su madre la había obligado a leer ambos a los diez años y Blanca lloró y sufrió pesadillas durante semanas debido al impacto de los tormentos padecidos por las santas: pechos cortados, pieles laceradas, desolladas, quemadas.

Mucho mejor lectura las novelitas románticas. Blanca no entendía qué tenían de malo. Solo eran fantasías, lo sabía muy bien. Historias protagonizadas por chicas sencillas, como ella, que, sin importar lo adversas que fueran sus circunstancias, acababan encontrando el amor. Historias con finales felices. Leerlas era su mayor acto de rebeldía, una forma de fugarse sin salir de casa.

Acababa de cumplir quince años y seguía llevando vestidos que le arreglaba su madre. Medía un metro ochenta y dos centímetros. Era un palmo más alta que su tío. Medía más que cualquier otro alumno de su clase. Una altura que decían que ha­bía heredado de su padre, muerto por una coz de vaca que le quebró la cabeza antes de que ella naciera.

La giganta, la llamaban en el instituto, a menudo a la cara. La giganta rubia. El cabello largo hasta la cintura cuando lo llevaba suelto en casa. En el exterior, siempre sujeto con una cola tensa o por unas trenzas que le hacía su madre con precisión de sastre. Solo contaba con una amiga, Adela, su compañera de pupitre, con la que intercambiaba las novelitas románticas. Adela, morena, pecosa, bullidora, pequeña. Cuando su tío las veía caminar juntas, decía «por ahí viene mi sobrina y su sombra».

Esa noche que Blanca sabía que iba a ser inolvidable, Adela y ella habían quedado para escaparse de casa.

2

Lorenzo

Aquel estaba siendo el mejor día de su vida.

Lo habían despertado al amanecer los lamentos de su madre en el piso de abajo. No se asustó, no corrió hacia el dormitorio de sus padres. Sabía qué había pasado. Después de semanas agarrándose a la vida entre toses, maldiciones y esputos, el viejo marica por fin había muerto. Lorenzo apretó los puños para no aplaudir.

Se vistió y bajó sin prisas. Antes de entrar en la habitación, ya le llegó el habitual tufo a cerrado y medicinas.

—Ay, Lorenziño, neno, tu padre… Tu padre se nos ha ido —lloró su madre y acudió a su encuentro como si fuera a echarse en sus brazos.

Lorenzo odiaba que ella lo llamara Lorenziño o neno, pero no la corrigió esta vez. Sujetó a su madre por los hombros, manteniéndola a distancia, como si fuera algo sucio, mientras le echaba un vistazo al viejo. Este tenía un ojo abierto y el otro entrecerrado, cual muñeca abandonada.

Apartó a su madre, descorrió las cortinas, abrió la ventana y subió la persiana para poder observarlo mejor. Estaba despeinado y pálido como la espuma, con una mano abierta sobre el pecho y el pie izquierdo asomando por debajo de la sábana amarilla y bordada.

—Habrá que llamar al doctor Castro —dijo.

Su madre asintió, miró al suelo, a un lado y a otro, parecía que el teléfono estuviera tirado en alguna parte.

—El número está en la libreta —añadió Lorenzo—. Llámalo y dile que venga cuanto antes.

Su madre respiró con dificultad y por un momento Lorenzo creyó que iba a derrumbarse allí mismo. La mujer sacó un pañuelo de tela del escote y se secó los ojos.

—Hay que avisar al doctor Castro —repitió como si temiera olvidarse, y salió de la habitación.

Lorenzo se acercó a su padre. En el cine les cerraban los ojos a los muertos, pero a él le gustaba verlo así, con la mirada vacía. Le parecía más real. La boca sin dientes también estaba un poco abierta, sin crispación. Lorenzo le tocó la mejilla. Sí, estaba fría. Entonces estiró el brazo hacia atrás y descargó un bofetón en el rostro que sonó como un chasquido.

Soltó una carcajada. Se tapó la boca para que su madre no lo escuchara reír. Se tocó el pulpejo de la mano. Se había lastimado al darle el golpe, seguramente con la ganchuda nariz del viejo, pero había valido la pena.

Escuchó a su madre hablar por teléfono en el comedor.

Lorenzo se aclaró la garganta y escupió en la cara de su padre. Al momento se arrepintió, quizá el médico lo vería y sabría lo que había hecho. Limpió el escupitajo con la sábana.

Conteniendo las ganas de silbar, subió a su habitación y se vistió. Cuando regresó al piso de abajo, su madre estaba sentada en su silla mirando a la pared, perdida en vete a saber qué pensamientos.

—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Lorenzo.

—¿El doctor?

—¿Quién va a ser?

—Ay, que ahora viene.

—¿Te preparo un café?

Su madre lo miró con cara de no entender la pregunta.

—Te voy a preparar un café y tú vas a cambiarte, ¿de acuerdo? No querrás que el médico te vea en camisón, ¿no?

Un gallo cantó en alguna parte. Un coche pasó por la carretera.

—Me da miedo entrar a cambiarme con él ahí dentro —dijo su madre.

A Lorenzo se le escapó una risa, casi un bufido.

—No te va a morder, está muerto. —Daba gusto decirlo en voz alta.

Su madre rompió a llorar de nuevo.

Lorenzo la cogió de la mano, la condujo hasta el interior de su dormitorio y tapó la cara de su padre con la sábana.

—Listo. Cámbiate y cuando salgas tendrás el café en la mesa. ¿Quedan melindres?

—Ay, no sé cómo puedes pensar en comer con tu padre así…

—Tengo mucha hambre. Además, hoy va a ser un día muy largo.

3

Blanca

Ella y Adela llevaban semanas tramando un plan, esperando, soñando con esa noche que sería inolvidable.

En primer lugar, caminarían los algo más de tres kilómetros que las separaban de Calixe, el pueblo vecino, para ir a las fiestas de San Roque. Iban a tocar dos orquestas en la plaza del Convento. Aquel era el mayor evento del año en la comarca. Durante los festejos incluso se cortaba la carretera principal y se desviaba el tráfico, tal era la concentración de gente que acudía. Música, fuegos artificiales, alegría, atracciones, puestos de comida, chicos.

Blanca y Adela tenían prohibido salir solas de noche; eran muy niñas, les decían. Podrían ir cuando cumplieran los dieciocho, aseguraba la madre de Adela, porque la de Blanca se negaba a darle una fecha. Pero su sangre joven no tenía paciencia. Se escaparían esa noche, atravesando el bosque como fugitivas, y volverían antes de que nadie pudiera reparar en su ausencia. Se verían obligadas a caminar, ya que Blanca no tenía bicicleta porque su madre decía que no era propio de señoritas. Al día siguiente estarían agotadas y deberían disimular el sueño, seguro, pero quién sabía qué historias habrían vivido.

Las dos amigas a menudo se acordaban de Carmiña, una vecina de la aldea, que tres años antes había conocido a un chico de Bilbao durante las fiestas, se había quedado embarazada y ahora vivía en Euskadi. Había conseguido salir de allí y ahora solo regresaba de vacaciones en un coche nuevo y con un bebé en brazos.

Esa noche Blanca y Adela cruzarían el bosque por lo llano, junto al río, y se montarían en el saltamontes, en el barco pirata y en la noria, comerían chucherías y patatas fritas, beberían refrescos y esperarían al borde de la pista de los autos de choque a que alguien las invitara a montar. Blanca se veía en el estrecho cubículo junto a un chico, pegada a él, sus piernas rozándose bajo la chapa del auto. Tal vez el chico le echaría el brazo por encima, su mano caliente descansando sobre el hombro de ella.

El tajo de luz que se colaba bajo su puerta desapareció. Su madre se había acostado.

Blanca miró el reloj de pulsera que descansaba en su mesita de noche. Detestaba ese reloj, regalo de su comunión, con la correa blanca y la fecha de la ceremonia grabada bajo la esfera. Eran las diez y cuarenta y dos minutos. La idea era aguardar al menos un cuarto de hora antes de escapar.

Tumbada en la cama, contó despacio hasta trescientos. Volvió a mirar la hora. Solo habían pasado cuatro minutos. Contó de nuevo, esta vez hasta quinientos. Luego, se movió con cuidado, amansando los muelles de la cama con la mano. Posó los pies descalzos en el suelo de madera. Sabía qué tablones crujían y cuáles no. Se deslizó hasta el armario. No lo abrió del todo para evitar que se quejara. Hurgó entre las mantas y extrajo de su interior la linterna de bolsillo y una de las novelitas, la última que había empezado. A modo de ritual supersticioso, leería un capítulo antes de irse, apenas cuatro o cinco páginas mientras esperaba que su madre cayera en un sueño profundo y casto.

Era una novela de Corín Tellado. En ella, una chica rica y algo alocada de Detroit se veía obligada a casarse cuanto antes si quería heredar la gran fortuna de su abuela. Hacía un trato con un español que necesitaba conseguir papeles para quedarse en el país. Por supuesto, al principio se detestaban. Ella a él, por conservador y aburrido. Él a ella, por díscola y frívola. En el capítulo que leyó esa noche, el español, incapaz de sosegar los apetitos propios de la carne, tomaba a la americana a pesar de la inicial resistencia de ella. Sin embargo, a la mañana siguiente, la muchacha despertaba colmada, satisfecha por fin con su vida. ¿Era siempre así?, se preguntaba Blanca. ¿Era eso lo que debía esperar cuando yaciera junto a un hombre?

4

Lorenzo

En cuanto vinieron los de la funeraria, Lorenzo se despidió de su madre.

—Voy a abrir el bar.

—¿Hoy? Pero… con tu padre…

—Hoy haremos más caja que nunca. ¿No ves que vendrán todos a chismorrear y dar el pésame?

Su madre lo miró desconcertada. Luego, asimilando la noticia, dijo:

—Mantenerte ocupado te irá bien, sí.

Lorenzo acertó.

Durante todo el día estuvo sonando la campanilla de la puerta del bar, el único en varios kilómetros a la redonda. La aldea entera se dejó caer por allí para tomar algo y expresar sus condolencias o para darle alguna ocasional palmada en la espalda, invitarlo a tabaco y soltarle frases gastadas: «El pobre ya ha dejado de sufrir», «A todos nos llegará el día», «Ahora tienes que ser fuerte por tu madre». Más de uno se interesó por cómo y cuándo había sido el fallecimiento y demás detalles que Lorenzo no escatimó.

Sí, en algún momento todos los adultos de la aldea cruzaron el umbral de su bar, excepto doña Marta. Ella lo rehuía desde hacía diecisiete días, cuando la encontró al atardecer remojándose los pies en la orilla del río. Cada vez que lo recordaba, Lorenzo sentía una fugaz mezcla de euforia y vértigo y durante unos segundos notaba que le faltaba el aire.

Esa tarde de hacía más de dos semanas, Lorenzo había salido a revisar los cepos para pájaros que había colocado al mediodía. Uno de sus platos favoritos eran los pajaritos fritos. Al regresar con el zurrón cargado con las trampas y cuatro presas, vio a doña Marta con una blusa clara sin mangas y una falda azul remangada hasta mitad de los muslos blancos, sentada en una roca y con los pies en el agua. Una versión madura y carnal de la Sirenita. Llevaba las gafas puestas y sostenía un libro abierto.

Ella no lo oyó llegar, sin duda sus pasos habían sido tapados por el rumor del agua. Lorenzo se colocó detrás de un castaño y la contempló sin premura. Doña Marta había sido su profesora durante el primer curso de instituto. De eso hacía apenas siete años. Ella había protagonizado muchas de las fantasías eróticas de su adolescencia. Aún la rememoraba a veces, con aquellos jerséis ceñidos, borrando la pizarra con energía, o cómo se le subía la falda cuando cruzaba las piernas mientras los vigilaba durante los exámenes.

Doña Marta había enviudado hacía poco más de un año. Después del funeral, Lorenzo aprovechó para abrazarla y darle el pésame y, al olerla de cerca, al oler aquella pena y sentir el roce de sus pechos y la docilidad de sus miembros flojos, tuvo una erección instantánea. ¿Se había dado cuenta ella? Lorenzo creía que sí porque a veces, en el bar, doña Marta lo sorprendía observándola y enrojecía levemente y bajaba la mirada. Lorenzo sospechaba que ella lo deseaba en secreto. Y tenía todo el sentido del mundo. ¿Cómo no iba a querer el cuerpo de un hombre joven y atractivo pegado al suyo? Lorenzo alguna vez había fantaseado con llamar a su puerta una noche, con cualquier excusa, y proponerle ser su amante. Pero con las mujeres nunca se sabía. Quizá lo mejor fuera colarse en su casa por una ventana, entrar en su dormitorio y ahorrarse las palabras, darle lo que ella sin duda necesitaba y él merecía.

Esa tarde en el río, Lorenzo la acechaba y la sangre se le encabritaba, le zumbaba en las sienes. Aquellos muslos pálidos, carnosos, desprotegidos. Una idea se abrió camino en su interior, le trepó desde la entrepierna hasta la sesera y una vez allí ya no podía pensar en otra cosa.

Sin hacer ruido se acercó hasta ella y, cuando estaba a solo un par de metros de la maestra, dijo:

—Doña Marta, ¿es usted o es una lavandeira?

La mujer se sobresaltó.

—¿Lorenzo?

Se quitó las gafas para verlo mejor.

—¿Una lavandeira como las de las leyendas? Qué cosas tienes.

—Se va a quedar helada ahí, mujer.

Ella se encogió de hombros.

—Me gusta sentir el agua fría en los pies. Luego duermo mejor.

Lorenzo cabeceó, parecía que no fuera la primera vez que oía algo semejante.

Luego dijo:

—Me imagino que no debe de ser fácil dormir sola en esa casa tan grande, claro que no.

Entonces lo vio: el miedo en la mirada de doña Marta. Y eso lo excitó tanto que casi trastabilló.

La mujer le echó un vistazo rápido a su reloj de pulsera.

—Qué tarde se ha hecho. Mejor me voy. —Guardó el libro en su bolso, que descansaba a su lado sobre la roca—. Te dejo con lo que estés haciendo.

—No hago nada. La puedo acompañar a casa. No tengo nada que hacer.

Dio un paso en su dirección, siempre siguiendo la orilla del río.

—No te molestes, de verdad. Por cierto, ¿cómo está tu padre?

—Muriéndose.

—Lorenzo, no digas eso.

Le gustó que lo regañara, aunque fuera con tibieza.

—No estoy diciendo ninguna mentira. El viejo se muere a cámara lenta.

Doña Marta salía del río con cuidado, tanteando cada piedra antes de apoyar su peso encima.

Lorenzo vio que los zapatos de la mujer estaban en la orilla, unas sandalias azules.

El joven colgó el zurrón en una rama cercana y dijo:

—Deje que la ayude.

Estiró la mano.

La mujer dudó por un instante, le dio las gracias y aceptó su ofrecimiento. La mano de ella era pequeña y fría y muy blanca.

Doña Marta alcanzó la orilla. Lorenzo se arrodilló frente a ella con una de las sandalias en la mano, dispuesto a ayudarla a calzarse.

—Lorenzo, por favor.

—No es molestia, mujer —dijo él mirándole las piernas sin disimulo.

—Lorenzo, de verdad, basta.

Esa última palabra, «basta», más una súplica que una orden, fue lo que lo terminó de encender.

Allí no había nadie más que ellos dos, pero si hubiera habido alguien Lorenzo no habría reparado en ello porque un ímpetu lo cegaba, le recorría de los ojos al sexo, le hormigueaba en las manos.

Sin tapujos, sin contener su fuerza, tiró del brazo de la mujer y la lanzó hacia la hierba que tapizaba la orilla del río.

Doña Marta cayó de costado con un gemido.

Lorenzo la tumbó de espaldas y le levantó la falda y le arrancó las bragas en lo que pareció un único movimiento.

La mujer gritó, manoteó.

—Calla la puta boca o te reviento la cabeza contra una roca y te arrojo al río —dijo Lorenzo sin alzar la voz.

Doña Marta calló, se paralizó.

Lorenzo se bajó los pantalones y los calzoncillos lo justo para sacar su sexo. Pensó en escupírselo para facilitar la penetración. No lo hizo. Sería más intenso si ella no estaba húmeda, si tenía que abrirse camino hacia sus entrañas.

Se volcó encima y entró en ella.

La mujer lloraba bajito mientras la forzaba.

Aquello lo excitaba aún más.

Lorenzo había tenido un par de novias y se iba de putas siempre que podía, pero nunca había sentido nada semejante. Esa sensación de control, de poder, le recorría el cuerpo con una ola de placer.

—Seguro que alguna vez follando con tu marido imaginabas que estabas conmigo, ¿eh? ¿Crees que nos estará viendo ahora desde el cielo?

Doña Marta lloró dejándose ir, con hipidos y sollozos.

Eso fue más de lo que Lorenzo pudo soportar. A las pocas embestidas estalló dentro de ella con un gruñido, sujetándole las muñecas, con los ojos abiertos, mirándole la cara llorosa y asustada.

Después del orgasmo, sin soltarla, sin salir aún de ella, llevado por un impulso, le lamió el cuello para probar el sabor del miedo en la piel de ella.

Se subió los calzoncillos y los pantalones. Se puso en pie de un salto. Doña Marta seguía tumbada, las piernas ya cerradas, las manos cubriendo su sexo humillado.

—Si se lo cuentas a alguien, nadie te creerá, ¿me oyes? ¿Quién va a creerse que un joven guapo y bien plantado como yo iba a violar a una vieja viuda? Todos pensarán que me buscaste y yo respondí porque soy un hombre.

—No. No lo eres —susurró ella.

Lorenzo sonrió. Recogió el zurrón y regresó a casa con la sensación de que su cuerpo y su mente vibraban como nunca.

5

Blanca

A las once en punto de esa noche que sabía que iba a ser inolvidable, Blanca devolvió su alijo feliz al armario y se vistió. Blusa floreada, holgada, de manga larga y un suave cuello en uve, y la falda larga amarilla. Luego, en la calle, se pondría las zapatillas nuevas de color azul celeste cuyos cordones blancos había cambiado por unos también amarillos.

No se recogió el cabello. Le parecía que llevándolo suelto se veía mayor, menos niña. Se puso una rebeca también celeste. Se miró en el espejo. Pensó que se parecía a una estampa de la Virgen María que tenían en una pared del comedor. Solo le faltaba el corazón ardiente en el pecho. No le gustó la imagen que proyectaba. Se quitó la rebeca como si manchara. Total, esa noche no hacía tanto frío. Metió el reloj de pulsera dentro del bolso ocre y se lo colgó en bandolera.

Suspiró. Ahora venía la parte complicada. Salir de casa sin despertar a su madre o a su tío. Delante de su ventana no ha­bía ningún árbol al que poder saltar desde la ventana, como ocu­rría en las películas americanas, para luego deslizarse por el tronco hasta el césped. Tenía que usar las escaleras. Muchas veces había ido al piso de abajo a oscuras, a la cocina, a por un vaso de agua o un pellizco de pan o queso. ¿Debía ponerse el camisón encima de la ropa por si la sorprendía su madre? No, la vería con las zapatillas en la mano y sería aún peor. Tenía que hacerlo y listo. «La suerte cae del lado de los valientes», había leído en alguna parte.

Se puso unos calcetines blancos. Colocó la almohada larga bajo las sábanas para simular su cuerpo, tal como le había sugerido Adela. Daría el pego. Corrió la cortina para oscurecer la estancia.

Con las zapatillas apretadas contra el pecho, abrió la puerta y prestó atención. Solo se escuchaban los ronquidos regulares de su tío, como el tictac de un reloj monstruoso.

Bajó los escalones de piedra. Esperó unos segundos. Se santiguó y abrió la puerta de la calle sujetando el manojo de llaves, confiando en que no la traicionase. El viento juguetón se coló por la rendija con un silbido. Asustada, salió al exterior y cerró la puerta con una mezcla improbable de velocidad y cuidado. Miró a la casa de enfrente. Lola, su vecina, estaba en la cocina, una luz amarillenta la envolvía. No había más construcciones a la vista. No tenían acera. Vivían en la orilla de una carretera comarcal que solo tomaban aquellos vehículos que no podían evitarla. Al doblar la curva a la derecha, había una cantina que hacía las veces de ultramarinos y estanco, media docena de casas más, la iglesia donde sermoneaba su tío y el cementerio. Esa era toda la aldea, llamada Mel, «miel» en gallego. En la montaña, aquí y allá, más casas desperdigadas, granjas, cuadras, hórreos, una ermita, algún cruceiro. Y entre medias, llenando la vista, prados donde pacían los animales y grandes extensiones de bosque.

Esa noche que sabía que iba a ser inolvidable, Blanca, encorvada para que no la vieran al principio, casi al trote después, caminó por el arcén de la carretera en dirección a Calixe.

Se sentía eufórica. La risa se le escapaba de la boca, que se cubría con ambas manos. Esa sensación de estar haciendo algo prohibido y delicioso.

Al llegar al primer cruce, tomó el camino de tierra en pendiente que llevaba a la casa de Adela. Invisibles en la hierba, los grillos parecían alentarla. Aplaudió para sí misma, flojito, mientras subía la colina.

Habían quedado en que su amiga estaría haciendo guardia en la ventana, esperándola, dispuesta a bajar en cuanto la viera. Así era. Adela asomaba medio cuerpo y escudriñaba la oscuridad aguardando su llegada. Blanca la saludó con una mano mientras con la otra aún se tapaba la boca. Adela la vio e hizo aspavientos con los brazos, un gesto que no era de bienvenida. «No sigas —le decía—. Lárgate, vete». Blanca reparó en que su amiga tenía puesto un pijama infantil, no el vestido que ha­bía escogido para la fuga de esa noche.

Blanca se encogió de hombros, abrió los brazos. «¿Qué ocurre?», quería preguntarle. Adela se llevó un dedo a los labios más de una vez demandando silencio. A continuación, lanzó algo en su dirección. Una pinza de madera que sujetaba un trozo de papel blanco destacó entre la hierba corta de la entrada a la casa. Blanca cogió la pinza, desplegó el papel y leyó: «María está enferma. Mi madre no se ha acostado. No puedo ir».

Cuando Blanca alzó la vista, la ventana de Adela ya estaba cerrada, la cortina corrida y la luz apagada.

Sintió ganas de llorar. Estiró el brazo hacia atrás y arrojó la pinza lejos, a los campos de trigo ya segados. Una nube oscura partió la luna por la mitad.

6

Lorenzo

Su madre no cenó. Apenas se había levantado del sofá que estaba junto a la ventana en todo el día. Lorenzo se había preparado unos huevos revueltos con zorza y después se encendió un cigarrillo con el café. Su padre jamás le había permitido fumar en la casa. Pero las cosas habían cambiado. Para siempre.

Al oler el humo del tabaco, su madre le lanzó una mirada con más sorpresa que reproche.

—¿Y cómo te tomas un café a estas horas, Lorenziño? Luego te quejas de que no puedes coger el sueño.

—Te he dicho que no me llames Lorenziño… Además, esta noche tengo planes.

—¿Cómo? No irás a salir a estas horas. Mañana enterramos a tu padre.

Se le deslizó la manta que llevaba sobre el regazo a pesar de lo templado de la noche. ¿Cuántos años tenía? ¿Cuarenta o cuarenta y uno? Lo había dado a luz a él a los veinte, así que cuarenta y uno. Sin embargo, se comportaba como si ya hubiera cumplido los ochenta.

—Madre, necesito que me dé el aire.

Planeaba ir al Club Nancy, un local en la carretera de Lugo donde trabajaban cerca de veinte chicas. Lorenzo las había probado todas. Ojalá esa noche hubiera alguna nueva. Aquel día había que rematarlo con una celebración a lo grande y no se le ocurría otra forma mejor que echar un buen polvo con una desconocida. Lástima que tuviera que ser pagando.

Se terminó el café. No le había puesto una gota de anís como hacía algunas mañanas. Cuando salía de noche jamás tomaba alcohol. Necesitaba permanecer vigilante, tener el control de su cuerpo y de sus pensamientos.

—Lorenzo, me da miedo dormir ahí sola —dijo señalando el dormitorio que había compartido con su marido durante poco más de veinte años.

—Pero vamos a ver, mujer, ¿qué crees que puede pasar? ¿Que se te va a aparecer el fantasma de mi padre? —preguntó sin poder evitar la sonrisa.

—Ay, qué cosas tienes, hijo.

—Mira, ¿sabes qué haremos? Si quieres, vete a dormir a mi cuarto y yo dormiré en el vuestro cuando vuelva, ¿te parece? Y mañana… Y pasado mañana compramos un colchón nuevo para ti solita.

—Quita, quita, no hace falta meternos en gastos. Antes he cambiado las sábanas. Dormiré donde siempre, no te preo­cu­pes.

Lorenzo fue al mueble bar, llenó una copa de coñac y se la dejó a su madre en la mesa.

—Tómate esto y una cucharada grande de jarabe para la tos y ya verás que dormirás como una bendita.

Su madre pareció a punto de lloriquear de nuevo.

—Venga, va, mujer, que mañana vendrán la tía y tus primos.

Sintió urgencia por salir de ahí. No pensaba afeitarse. Subió a su cuarto, se puso una de las camisas buenas, se roció de colonia a conciencia, cogió las llaves del coche, bajó y se despidió de su madre con un beso en la frente.

La aldea estaba tranquila. Aquel lugar era un cementerio, lo sabía desde hacía tiempo. Dentro de unos meses, un año como mucho, se largaría de allí para siempre. Se iría a A Coruña o a Vigo, ciudades grandes donde nadie sabría su nombre. Calles y calles llenas de chicas nuevas.

Y nada de trabajar en un bar. Siempre había sido un buen nadador. Podría hacer un curso de socorrista y emplearse en una piscina. Ese era el trabajo de sus sueños. Estar vigilando rapazas en bikini todo el día.

Arrancó el Renault 5 GT, su bien más preciado. Las luces del vehículo cortaron la oscuridad. En esa zona solo se alcanzaban dos emisoras de radio y ambas emitían noticias. Buscó uno de sus casetes de canciones mezcladas, bajó las ventanillas delanteras y subió el volumen. Le gustaba conducir por las carreteras locales en las que apenas pasaban otros coches. Le parecía que era como nadar en la noche, que debía de ser como bucear en las profundidades del océano. Y ahí, en esas aguas, él era un tiburón en busca de una presa.

7

Blanca

Desanduvo el camino de tierra. Invisibles en la noche, los grillos parecían burlarse de ella.

Al llegar al cruce con la carretera, se detuvo. Un soplo de viento le pegó el vestido al cuerpo. Miró en una dirección, luego en la contraria. Al otro lado del bosque, más allá de la colina, se veía el resplandor de Calixe. Si se detenía y prestaba atención, le llegaba un rumor festivo.

Le pareció escuchar también el ruido de un motor. Sí, un coche se acercaba, en ese momento debía de estar pasando por delante de su casa.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos