1
Era el verano de 1947, y los ciudadanos de Tokio, abrumados por el dolor y la conmoción de haber perdido la guerra, se sentían aún más debilitados y lánguidos a causa del calor bochornoso. La ciudad estaba devastada, y entre las ruinas de los edificios bombardeados habían brotado sórdidas chabolas. Un montón de improvisados establecimientos comerciales rebosaban de coloridas mercancías provenientes del mercado negro, pero la mayoría de la gente seguía viviendo al día.
El panorama era el mismo incluso en los antiguos barrios de abolengo de los alrededores de Ginza. Durante el día multitudes harapientas vagaban sin rumbo por las calles con la mirada perdida, mezclándose con los soldados estadounidenses que se pavoneaban con sus gallardos uniformes, y al caer la tarde, las calles sembradas de escombros se llenaban de prostitutas, delincuentes de poca monta y vagabundos en busca de algún alojamiento barato donde pasar la noche. Era habitual que el precario silencio nocturno se viera interrumpido por el eco de algún disparo.
—Tokio realmente ha cambiado, por no hablar de Ginza —murmuró el doctor Heishiro Hayakawa, elegantemente vestido con un traje de lino blanco roto, una corbata de satén color crudo anudada con cuidado y un bastón de ratán. Se hallaba en una calle lateral de la zona oeste de ese distrito de Tokio, delante de un edificio con todos los postigos cerrados.
Intentó encender varias cerillas sin éxito. Cuando por fin lo consiguió, acercó el fuego a la placa con el nombre y la dirección del edificio, y la brillante llama iluminó su perfil aguileño y sus rasgos definidos y prominentes. Había algo vagamente mefistofélico en su sombra, que, proyectándose ampliada en la pared, parecía la de una gigantesca marioneta balinesa.
—Ginza 6-Chome, 5-8. Tiene que ser aquí —musitó antes de tocar el timbre que estaba debajo de la placa.
La mirilla se abrió con un leve ruido y dos ojos se asomaron a la oscuridad desde el interior.
—¿Quién es? —preguntó una mujer en voz baja.
—Me llamo Heishiro Hayakawa, aunque en los periódicos me llaman el Doctor Tatuaje. En cualquier caso, la señorita Nomura debe de saber quién soy. Dígale que ha venido el profesor Hayakawa.
—¿Y quién le ha dado esta dirección?
—Takezo Mogami es mi sobrino.
La siguiente pregunta de la mujer sonó como una adivinanza o una canción infantil.
—¿«La serpiente, la rana y la babosa»? —dijo de forma críptica.
—«La serpiente se come a la rana, la rana se come a la babosa, la babosa disuelve a la serpiente» —respondió el profesor sin vacilar.
Entonces la puerta se abrió como por arte de magia y reveló una escalera empinada y estrecha, tenuemente iluminada por una bombilla desnuda. En cuanto a la esfinge que un momento antes asomaba los ojos por la mirilla, resultó ser una joven de aspecto inocente y vagamente extranjero con el típico vestido chino cheongsam: ceñido, de cuello alto y con una abertura lateral en la falda. El suyo era de seda blanca y llevaba bordados unos dragones azules y amarillos. El profesor subió las escaleras siguiendo a esa encantadora aparición.
Al final del pasillo a la derecha había una puerta cerrada con un discreto letrero que decía simplemente SERUPAN. El profesor Hayakawa, que tenía algo de lingüista, identificó de inmediato la palabra como la versión japonizada de la palabra francesa serpent y se estremeció de placer ante la perspectiva de que lo dejaran ingresar en el santuario de la mujer serpiente.
La joven del vestido cheongsam llamó a la puerta y luego se esfumó por el pasillo. El corazón del profesor latía de emoción. Kinue Nomura y él eran casi parientes, si no por sangre, por matrimonio de hecho. A buen seguro, eso tendría algún valor.
Tras un momento abrió la puerta una joven tremendamente atractiva de fino rostro y bellos ojos rasgados. Sus facciones, delicadas y clásicas, recordaban las de las bellezas que Utamaro retrataba en sus xilografías. La joven miró al profesor Hayakawa sin disimular su recelo.
—Bienvenido —dijo automáticamente, aunque su voz no sonaba nada cordial. Era alta y esbelta, y estaba vestida al estilo japonés, con un kimono de lunares blancos sobre fondo negro ceñido con un obi a rayas rojas y negras.
—Kinue... señorita Nomura... ¡soy yo! ¿Acaso no me recuerdas?
—¿Profesor Hayakawa? —Al reconocer a su interlocutor, el rostro ovalado de Kinue Nomura se ruborizó, adoptando el tono rosado de las flores del cerezo, pero su expresión no era de alivio, sino de una mayor suspicacia—. De modo que el famoso despellejador ha sobrevivido a la guerra. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, sensei? —preguntó en tono distante, concluyendo la frase con el término respetuoso que se utiliza para dirigirse a los maestros de cualquier arte. En su boca, sin embargo, sonaba falso, casi insultante.
—Deben de haber pasado unos seis o siete años por lo menos. Has cambiado mucho. —El comentario sin duda era un cumplido, porque durante ese tiempo Kinue había pasado de ser una adolescente atractiva a una mujer increíblemente hermosa.
—Ahora que lo menciona, usted también.
Esa lacónica respuesta implicaba que el profesor había cambiado para peor, y era cierto: las penurias de la guerra le habían encanecido el pelo y profundizado las arrugas, haciéndolo parecer considerablemente mayor que el hombre de cuarenta y seis años que era en realidad. Su piel tenía un tono amarillento, y hasta su garboso traje se veía apagado y gastado bajo la luz.
Kinue lo observó con desconfianza.
—Y bien, Doctor Tatuaje, supongo que habrá venido a hacerme su famosa proposición obscena —dijo en tono áspero.
—Ya me conoces, soy un esclavo de mi profesión. Pero no nos precipitemos. ¿No me invitas a tomar un trago en tu bar? Después de todo, soy un viejo amigo de tu familia. Ahora que tú estás... eh... viéndote con mi sobrino Takezo, casi soy tu tío.
Kinue frunció sus bien proporcionados labios, pintados de un vivo color cereza a juego con su obi.
—Bueno, tío, me temo que el Serpiente está lleno en este momento —replicó con frialdad—. Además, es sólo para socios.
A través de la rendija, el profesor alcanzó a ver varias mesas vacías y se dio cuenta de que, incluso con la supuesta conexión familiar, le sería muy difícil alcanzar su propósito. «Haz algunos comentarios inocentes y la puerta no tardará en abrirse», se dijo.
—Pero cuéntame —preguntó en tono despreocupado—, ¿cómo está tu talentoso hermano mayor, Tsunetaro?
—Lo mandaron a las Filipinas en 1943 y no lo he visto desde entonces. Nadie me ha entregado sus cenizas, pero oficialmente figura como desaparecido, así que supongo que habrá muerto en la guerra: ya he perdido la esperanza.
De pronto la voz de un borracho les llegó desde el fondo del bar:
—¡Eh, chica, vuelve! ¡Enséñanos ese tatuaje tan sexi!
Pero Kinue Nomura no prestó atención. En la ruidosa sala que tenía a sus espaldas, un gramófono averiado reproducía una y otra vez la misma melancólica balada de posguerra; sin embargo, tampoco parecía notarlo.
—¿Y qué hay de tu hermana? —preguntó el profesor prolongando la conversación.
—Pobre Tamae, creo que nació con mala estrella. Estaba en Hiroshima cuando cayó la bomba y nadie la ha visto desde entonces. Incluso si hubiera sobrevivido de milagro, lo más probable es que muriera poco después a causa de las heridas. —Su tono de era extrañamente clínico y brusco, como si estuviera discutiendo el destino de algún desconocido.
—Vosotras jamás estuvisteis muy unidas, ¿verdad? Ni siquiera de pequeñas... —preguntó el profesor.
—Lo de que «no estábamos muy unidas» es quedarse corto. —Una máscara de desagrado distorsionó de repente el hermoso rostro de Kinue.
—¿No se supone que dos hermanas casi de la misma edad tienen que ser inseparables? —arriesgó el profesor Hayakawa.
Kinue Nomura se encogió de hombros.
—Para ser sincera, jamás me sentí cercana a ella —dijo—. Siempre pensé que Tamae era una impostora malvada que por casualidad se parecía a mí y a la que habían dejado recién nacida en la puerta de la casa.
El profesor se quedó perplejo. Había olvidado la costumbre de Kinue de hacer comentarios escandalosos, fueran ciertos o no, para impresionar a la gente. Decidió que era mejor volver al asunto que lo había llevado hasta allí:
—No recuerdo la última vez que vi a tu hermana. Creo que fue cuando todavía estabais en el instituto, mucho antes de que tu padre te hiciera ese magnífico tatuaje. ¿Tamae se tatuó alguna vez?
—Usted siempre con la misma idea en la cabeza, ¿no? —Kinue sonaba enfadada, pero podía estar fingiendo—. ¿Qué pasa con «mis condolencias por la pérdida de toda tu familia»? Pero, para responder a su indiscreta pregunta, Tamae era muy competitiva, por no mencionar que envidiaba con locura todo lo que yo hacía, de modo que difícilmente se hubiera quedado mirando cómo me tatuaban sin querer tatuarse ella también.
—¿Y cómo era el tatuaje de tu hermana? —El profesor se inclinó hacia delante en un gesto de ansiedad, y sus ojos relampaguearon detrás de sus gafas de montura de alambre.
—Preferiría no hablar de ello. Es demasiado perverso, como contar los cumpleaños de un niño que murió hace mucho tiempo.
—Si es cierto que tanto tu hermano como tu hermana ya no están entre nosotros, el tatuaje de Orochimaru que llevas en la espalda se ha convertido en un tesoro nacional. Por favor, cuídate, y ten una vida larga y saludable.
—¡Qué mal miente usted! —estalló Kinue—. Lo que en realidad quiere decir es: «Ten cuidado de no lastimarte la piel de la espalda y, por favor, muérete lo antes posible.»
El profesor Hayakawa se quedó tan estupefacto que no supo qué decir. Kinue Nomura lo miró con furia y sus labios carmesí se curvaron en una risa amarga.
Tras un momento, agregó:
—Por cierto, la respuesta sigue siendo que no. —Y con esas palabras le cerró la puerta en la cara.
2
«¡Celebremos el tatuaje artístico japonés!», rezaba el folleto rudimentariamente mimeografiado bajo la fotografía borrosa de un hombre musculoso y de ceño fruncido cubierto desde la afeitada cabeza hasta los pies con tatuajes de exóticas criaturas marinas asomando a unas olas estilizadas al estilo Hokusai. La letra pequeña informaba de la fecha y la hora de la primera reunión de posguerra de la Sociedad de Tatuajes de Edo, e invitaba a participar en un concurso de tatuajes. Kenzo Matsushita había visto los carteles por toda la ciudad. Al principio no le llamaron la atención; sin embargo, más tarde se le ocurrió que un conocimiento superficial de la cultura del tatuaje podía ser de utilidad para un futuro doctor en medicina forense, aunque sólo fuera porque las personas tatuadas (entre cuyas filas se contaban numerosos gánsteres y pistoleros) tenían la tendencia a verse implicadas o involucradas en delitos. No sin cierta inquietud, Kenzo se presentó en la competencia de tatuajes una cálida tarde de agosto poco antes de anochecer. Llevaba el largo pelo despeinado, como era habitual en él, y estaba vestido de manera informal, con una camisa blanca de manga corta con el cuello desabotonado, pantalones color caqui y un par de botas militares de fabricación estadounidense. Así ataviado, se sumó a la multitud mayormente masculina que entraba por la puerta: jóvenes atildados con cortes de pelo cuadrados y atuendos llamativos, matones con gafas de sol y trajes de lana sharkskin, soldados estadounidenses —negros, blancos y algunos asiático americanos— con uniformes caqui, las camisas remangadas y cámaras japonesas recién compradas al cuello.
Kenzo Matsushita tenía veintinueve años y, como el resto de los japoneses, aún no se había recuperado de los efectos de la guerra. Vivía, por necesidad, en una pequeña habitación de la casa de su hermano casado por la que no pagaba alquiler. Sus principales actividades recreativas consistían en leer novelas extranjeras de misterio y jugar a juegos de mesa, y le habría costado recordar la última vez que se había arreglado o peinado el abundante pelo negro para salir una noche por la ciudad. En cuanto a la compañía femenina, había habido muy poco de eso en su vida hasta el momento, más allá de algunos sórdidos e insatisfactorios encuentros durante la guerra.
Era inteligente y culto, pero nunca había desarrollado los delicados instintos que le habrían permitido comprender el exuberante estilo Edo, una estética que encontraba su expresión más espectacular en los tatuajes de cuerpo entero a los que se dedicaba la Sociedad de Tatuajes. Lo cierto era que, más allá de lo que había aprendido durante una breve visita a la famosa Sala de Especímenes de la Universidad de Tokio, Kenzo no tenía particular interés ni simpatía por los tatuajes.
Se había criado en la zona agrícola de la prefectura de Nagano, donde los tatuajes escaseaban. Después de graduarse en la Academia Preparatoria Ikko y posteriormente en la Facultad de Medicina de la Universidad de Tokio —dos de los centros educativos más elitistas del país—, se había convertido en médico militar. Había sobrevivido a la guerra con las extremidades y las facultades intactas, aunque incluso después de que lo repatriaran de las Filipinas seguía padeciendo una especie de letargo tropical.
Su hermano mayor, el comisario jefe Daiyu Matsushita, era un destacado investigador de la policía que había aprovechado el caos de posguerra para saltarse los escalafones jerárquicos habituales y ascender al máximo rango de la principal división de investigación criminal del Departamento Metropolitano de Policía. Kenzo tenía pensado incorporarse, con su ayuda, al personal médico del Departamento, pero, como por el momento no había ninguna vacante disponible, había regresado a la universidad, donde estaba refrescando sus conocimientos estudiando medicina forense y trabajando sin ganas en una tesis doctoral sobre algún críptico aspecto del sistema límbico.
Mientras la muchedumbre lo arrastraba hacia el jardín, sintió que se acercaba uno de sus repentinos cambios de humor. La primera vez que había experimentado ese perturbador fenómeno había sido mientras estaba atrapado en las profundidades de las montañas de las Filipinas, resignado a una muerte inminente. Según los psiquiatras, se trataba de un trastorno nervioso postraumático, y en ciertas situaciones estallaba de repente, sin aviso previo.
En la fase maníaca, Kenzo se sentía en la cima del mundo, como si ya fuera un médico hecho y derecho, doctorado y miembro del profesorado de una prestigiosa facultad de medicina, pero cuando estaba deprimido se convencía de que sus talentos eran mediocres, su existencia despreciable y su tesis una absoluta pérdida de tiempo. Lo más sensato, pensaba en esos momentos de hundimiento emocional, sería arrojarse debajo de un tren, puesto que no tenía nada que aportar ni había ningún lugar en el mundo donde pudiera encontrarse a gusto.
Esa tarde de verano se sintió incómodo desde el momento en que cruzó la puerta. Las muchedumbres lo ponían nervioso y se sentía como una hoja arrojada a un océano tormentoso. En lugar de seguir a los demás asistentes hacia el gran salón donde tendría lugar la reunión, se escabulló hacia el rincón más alejado del jardín buscando soledad.
Así como había clubes exclusivos en Tokio para los descendientes de los señores samurái y para los ganadores de premios literarios, existía una asociación llamada Sociedad de Tatuajes de Edo cuya membresía estaba limitada a hombres y mujeres que tuvieran tatuajes artísticos importantes. (Edo era el nombre arcaico de Tokio, y muchos edoítas tatuados se referían a sí mismos como «edokko» literalmente, «hijos de Edo».) En 1947 apenas había cien socios, pero ése no era, de ningún modo, el número total de personas que tenían tatuajes en Tokio. Por ejemplo, había caballeros y damas de posición social elevada que quizá se habían hecho algún tatuaje diminuto por impulso en sus años mozos, pero que luego se avergonzaban de esas insignias de una juventud temeraria y hacían todo lo que podían por ocultarlas; había extensos ejércitos de gánsteres que, debido a su dudosa profesión, encontraban poco práctico afiliarse a clubes de ese tipo, y muchos albañiles y bomberos tenían tatuajes de cuerpo entero de los que se enorgullecían, pero estaban demasiado ocupados tratando de ganarse la vida como para asistir a un encuentro y exhibirse sin ropa.
Las actividades de la Sociedad de Tatuajes de Edo tendían a ser anuales, más que mensuales. Cada año se convocaba a numerosos hombres tatuados para que portaran las miniaturas de los altares mikoshi en distintos festivales sintoístas, y también se les podía pedir que se presentaran en inauguraciones de monumentos o que portaran féretros en funerales. Pero, más allá de esas ocasiones especiales, el encuentro anual era la única oportunidad que tenían los socios de reunirse y mezclarse a gran escala. Esas celebraciones habían tenido que suspenderse durante la guerra, pero una vez terminado el conflicto la Sociedad de Tatuajes había resurgido y prosperado.
Se había sugerido que el primer encuentro después de la guerra debería consistir en un servicio religioso en memoria de los socios que habían muerto, pero la idea se rechazó porque el país seguía sumido en el caos y todavía había muchas personas de las que se desconocía su paradero. Además, parecía más optimista organizar una reunión amable para ver viejas caras (y tatuajes familiares) y celebrar el milagro de la supervivencia.
En el último momento se decidió incluir una competencia de tatuajes para animar las cosas. El sitio donde habitualmente se realizaban esos encuentros, la cascada Nanushi de Oji, había quedado muy dañado durante la guerra, de modo que los organizadores alquilaron un restaurante con jardín situado en la antigua finca de un noble cerca de Kichijoji. Una vez fijada la fecha, se imprimieron folletos publicitarios en el sótano de uno de los socios, que poseía un mimeógrafo viejo y oxidado.
A medida que se acercaba el 20 de agosto, aumentaba el entusiasmo por el concurso, en especial cuando se anunció que se otorgaría un primer premio de diez mil yenes a los mejores tatuajes masculino y femenino. Incluso con la espiral inflacionista, diez mil yenes era una suma considerable. Los miembros de la sociedad, como verdaderos hijos de Edo, en general no se preocupaban mucho por el dinero, pero eran tiempos difíciles y tampoco era que pudieran comerse sus tatuajes. Además, cada uno de ellos creía en secreto que su tatuaje era el más magnífico de todo Japón.
Gracias a los alicientes del orgullo artístico, el dinero del premio y la sociabilidad, el evento había conseguido atraer a la mayoría de los socios que habían sobrevivido, así como a algunos participantes externos. Más de cien hombres y mujeres se habían apuntado a la competición. Los llamativos folletos, que se habían distribuido en toda la ciudad, habían cumplido su propósito y se había presentado un gran número de periodistas y de espectadores en general, incluido Kenzo Matsushita.
Éste ya había encontrado refugio en las profundidades del jardín cuando alguien le tocó un brazo. Se volvió y se encontró con el rostro de un desconocido con gafas; un hombre de baja estatura, delgado y de mediana edad que tenía un pelo ondulado de color blanco amarillento coronado por una boina de gruesa lana negra que no correspondía a la estación. Estaba vestido con un kimono de verano de algodón verde oscuro y sostenía una anticuada pipa kiseru; larga, con forma de boquilla de cigarrillo y un minúsculo cuenco de latón en un extremo. La sospecha de Kenzo de que ese inoportuno personaje era uno de esos académicos fatuos se vio confirmada en cuanto el hombre abrió la boca.
—No hay nada más solitario que una multitud, ¿verdad? —dijo.
Kenzo asintió y, antes de que pudiera responder, su interlocutor añadió:
—¿Ha visto a esos ridículos estadounidenses pavoneándose y exhibiendo sus patéticos tatuajes sushi? —Señaló en dirección de un grupito de soldados que charlaban con dos jóvenes japonesas ataviadas con idénticos vestidos cortos de color rojo—. A diferencia del tatuaje japonés, que fluye por los contornos del cuerpo como un río sobre las piedras, los americanos se cubren los brazos con un batiburrillo de diseños feos y obvios: corazones, anclas, banderas y cosas de ese tipo. Supongo que un país presumido como Estados Unidos no tiene ningún folclore, ni tradiciones a las que recurrir, pero aun así no hay ninguna excusa para esa total falta de arte: no tienen nada de imaginación. Y las técnicas de sombreado son terriblemente primitivas, ¡como de la Edad de Piedra! El sutil sombreado que distingue el tatuaje japonés se consigue utilizando pigmentos naturales que aplica un verdadero artista con una habilidad inconmensurable, manipulando una variedad de agujas que se insertan, por grupos, en un bastón de tatuaje de madera. ¡Pero los estadounidenses...! Usan una sola aguja, y por eso sus diseños son tan insustanciales como un cuenco de leche abandonado bajo la lluvia.
Como médico, Kenzo había asistido a los cursos obligatorios de psicología y reconocía en las invectivas del fumador de pipa la forma más transparente de compensación patriotera. Él, que no guardaba rencor a los victoriosos estadounidenses, pensó en responder: «Esos pésimos tatuajes no les impidieron ganar la guerra», pero sabía que eso no haría más que prolongar la conversación y convertirla en una discusión, de modo que se limitó a decir:
—Muchas gracias por esta charla tan edificante, pero lo cierto es que tengo que encontrarme con una persona. —Mientras se alejaba, pensó que le habría gustado preguntarle a ese hombre qué había querido decir con «tatuajes sushi», pero no le pareció que mereciera la pena volver atrás.
El aroma del tabaco de pipa del desconocido parlanchín le había despertado las ganas de una bocanada de nicotina, y tan pronto llegó a un lugar seguro (la pared que estaba en el otro extremo del jardín), sacó un cigarrillo liado a mano de su pitillera de acero inoxidable. Tras un momento de dichoso y humeante silencio, otra voz desconocida le habló al oído haciendo que diera un respingo debido a la sorpresa.
3
—Disculpe, señor; ¿sería tan amable de regalarme una cerilla?
Alarmado, Kenzo se dio la vuelta y vio que quien había formulado esa petición era una joven que se había puesto detrás de él. Era alta y delgada, aunque voluptuosa, y llevaba un vestido blanco de cuello alto y estilo occidental, con mangas sueltas. Tenía un rostro ovalado y se había recogido el pelo sobre la cabeza para dejar al descubierto un cuello largo como el de un cisne y unos rasgos delicados. Su encantador perfil hacía pensar en una aristocrática gata o en una diosa egipcia.
—Ah, ¿una cerilla? Aquí tiene —respondió él; luego, en tono juguetón remedó el estilo exagerado de un póster publicitario—: El progreso de la ciencia en el siglo XX garantiza que estas cerillas se enciendan al primer intento.
Le pasó la caja. La mujer encendió un cigarrillo Asahi y exhaló una nube de humo color lavanda.
—Gracias —dijo con una risita coqueta—. Funcionan a la perfección.
La risa de la joven, combinada con su aspecto elegante y ligeramente disoluto, surtió un efecto hechizante en un chico de campo y poco sofisticado como Kenzo. Cuando había levantado el brazo para encender el cigarrillo, la manga del vestido se le había deslizado hacia atrás y él había alcanzado a vislumbrar ilustraciones y colores, sombras y luces. Pensó que era extraño que llevara un vestido de un tejido tan grueso en una noche tan calurosa. Sin poder controlar la curiosidad, se aventuró a exclamar en tono informal:
—¡Cuánta gente ha venido! Supongo que la mayoría lo ha hecho por el mismo motivo que yo: solamente para observar, pero aun así me parecen muchísimos.
—Sí —respondió la mujer a través de una nubecilla de humo—, en este mundo hay mucha gente a la que le gustan cosas extrañas.
—He leído en algún sitio que había cien participantes en la división masculina y unas veinte en la femenina —continuó Kenzo—. Me pregunto si en realidad hay tantas mujeres tatuadas aquí esta noche.
—¡Sin ninguna duda! Yo personalmente conozco al menos a diez.
—¿Y usted también va a participar?
Kenzo se arrepintió de inmediato de la audacia de su pregunta, puesto que su falta de sutileza parecía haber sorprendido a la joven, quien frunció el pálido ceño mientras agitaba las largas pestañas. Luego, encogiendo los hombros y abriendo los brazos de un modo exagerado, como una actriz en una película extranjera, le espetó en tono beligerante:
—Óigame, señor, ¿en serio le parezco una mujerzuela tatuada?
Kenzo, totalmente desconcertado, balbuceó una respuesta incoherente:
—No, no. Lo siento. Ha sido una grosería de mi parte. Usted me ha parecido una mujer muy elegante, pero después de todo estamos en la reunión de una sociedad de tatuajes, así que he pensado que tal vez tuviera un par. Ha sido una conjetura absurda. Entiendo que lo que he dicho es del todo inapropiado; perdóneme si la he ofendido.
La mujer soltó una risa distraída.
—Qué gracioso —dijo sin dejar de reírse—. No hace falta tomárselo todo tan a pecho. Además, estoy segura de que con solamente mirarme usted podría darse cuenta de que mi oficio consiste en entretener a los hombres.
—¡Entonces tenía razón! ¿Cómo son sus tatuajes?
—En los brazos tengo varios nombres masculinos y unos poemas caligrafiados; ya sabe, como ese de Akiko Yosano que dice que su cuerpo desnudo «es como un lirio blanco sumergido en una bañera».
—Ya veo. —Kenzo suponía que la mujer estaba diciendo la verdad y se sentía profundamente admirado por su sinceridad.
Ella contempló asombrada su rostro crédulo y volvió a reírse.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Kenzo.
—Usted se lo cree todo, ¿no? Es como un niño. ¿En verdad piensa que podría defenderme en esta competición con un par de miserables tatuajes como ésos?
Kenzo se sonrojó.
—Entonces debe de tener algunos tatuajes muy importantes —arriesgó.
—Sé que no es muy apropiado para una mujer, pero la verdad es que estoy tatuada por todas partes, hasta en las rodillas y los codos; en todo el cuerpo, en realidad.
Kenzo se quedó aturdido y sin habla, como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un garrote. Con una seductora mirada de reojo, la mujer añadió:
—Mire, de todas formas iba a averiguarlo cuando empezara el concurso, así que no tenía sentido tratar de ocultarlo. La inauguración tendrá lugar en cualquier momento. Si me disculpa...
Se dio la vuelta y se dirigió a la que había sido la casa principal de la propiedad. Kenzo observó fijamente la espalda de su vestido blanco, pero no se distinguía el menor rastro de color ni de diseño a través de la gruesa tela. Le habría gustado tener visión de rayos X. Se le ocurrió que quizá la mujer no hablaba en serio cuando le dijo que estaba tatuada por todas partes.
4
Desorientado y sobrecargado de estímulos, Kenzo se dirigió aturdido al salón de actos, pero, al pasar delante de un grupo tupido de árboles, un joven de camisa azul oscuro se le adelantó bruscamente y terminó haciéndolo detenerse. Entonces se volvió para disculparse:
—Perdone... —dijo, pero en ese momento pareció reconocerlo y agregó con cara de sorpresa—: Pero... ¿no eres Kenzo Matsushita?
—Sí. —Kenzo miró fijamente a aquel joven tan guapo tratando en vano de recordar dónde podría haberlo visto antes. Había algo un tanto despectivo en su sonrisa, y sus labios cincelados y sensuales exhibían un tono rosado tan natural que él se preguntó por un momento si no se trataría de un actor que había olvidado quitarse el maquillaje escénico. Tenía una nariz larga y bien formada, y un profundo surco vertical separaba sus cejas gruesas y rectas. En sus intensos ojos negros había un brillo de inteligencia y llevaba el pelo peinado hacia atrás. Era de hombros anchos y constitución atlética, y actuaba con la seguridad, incluso con la arrogancia, de aquellos que saben que los demás hombres los encuentran intimidantes y las mujeres, irresistibles.
Nervioso, Kenzo rebuscó en su memoria, pero seguía sin tener idea de quién podría ser esa persona tan carismática.
—Perdón, pero ¿usted es...? —preguntó.
—¿No te acuerdas de mí? Soy Hisashi Mogami —repuso el joven en tono de incredulidad, como si no estuviera acostumbrado a que no lo recordaran.
—¡Ah, sí, claro! —De pronto, un recuerdo muy antiguo apareció en la mente de Kenzo—. Perdóname: lo pasé bastante mal en las Filipinas y mi memoria se ha resentido.
Hisashi Mogami había sido amigo suyo durante los últimos años de la escuela secundaria, pero no se habían visto en más de diez años, de modo que era normal que no lo hubiera reconocido. Hisashi tenía tres años más que él, pero había perdido dos años de escuela debido a unos problemas cardíacos y habían terminado en la misma clase, sentados en pupitres vecinos.
Puede que por precocidad sexual, o por un carácter naturalmente alocado, en aquella época Hisashi Mogami ya había empezado a adquirir la reputación de la oveja negra de la escuela. En una ocasión, copió palabra por palabra una carta de amor de una famosa novela extranjera, se atrevió a reemplazar el nombre del escritor muerto por el suyo y les mandó copias a diez compañeras distintas.
Estudiaba judo, y para el último año de secundaria ya era cinturón negro. Mientras se recuperaba en casa de su enfermedad, se volvió muy hábil con el shogi, el ajedrez japonés, y solía jactarse de que no le costaría mucho obtener el certificado que se reservaba a los jugadores consumados. Dada su notable aptitud para las matemáticas, es posible que realmente dominara ese complejo y sofisticado juego de mesa.
Una vez que se graduaron, Kenzo aprovechó una oportunidad de las que aparecen una sola vez en la vida e ingresó en la Academia Preparatoria Ikko, afiliada a la prestigiosa Universidad de Tokio. Hisashi, por su parte, cursó el bachillerato en un establecimiento menos ilustre y de allí pasó a la facultad de ingeniería de una pequeña universidad privada donde se especializó en química aplicada. Se distanciaron.
Kenzo había oído rumores de que Hisashi llevaba una vida poco convencional y desarraigada, que trabajaba como químico experimental independiente, que era un mujeriego y que se mantenía gracias al apoyo financiero de su próspero hermano mayor.
—Vaya, vaya —dijo Hisashi—. ¡Qué casualidad encontrarte en este sitio! Nunca imaginé que te interesaran los tatuajes.
—No es que me interesen —tartamudeó Kenzo—,
