Bajo las llamas

Hervé Le Corre

Fragmento

cap-1

1

La noche, y una luna demasiado clara que los baña de azul. Caminan sin hacer ruido, con los zapatos envueltos en trapos. Son tres en ese ramal de la trinchera hundido en varios puntos, las piernas devoradas por las tinieblas que se agolpan al fondo: se tuercen los tobillos, dan tumbos y a veces tropiezan, tragándose las maldiciones, agarrándose al compañero del que solo ven, casi encima, una masa oscura. Acaban de pasar a cien metros de un campamento. El fuego moribundo, un montón de brasas. El centinela apoyado en el fusil, dormitando. Contienen la respiración y se tapan la cara con el cuello levantado de la guerrera. De cuando en cuando estalla una descarga de artillería en Mont Valérien, truenos lejanos, redoble fúnebre. Un obús silba en medio de la negrura. Versalles bombardea París a ciegas en un intento de matar a los que no duermen. Detrás de ellos, las explosiones, como una tos que se sofoca. Bajo los disparos, la ciudad espera y tiembla de miedo y rabia. Y cuando vuelven la cabeza, los tres hombres ven elevarse el resplandor rojizo de un incendio por encima de la masa oscura de las fortificaciones.

Un caballo relincha a lo lejos, abajo, cerca de la Avenue de Saint-Cloud. Más acá empieza a ladrar un perro al que una voz masculina hace callar, y seguramente también una patada, porque el animal gime de dolor.

Son tres soldados de la Comuna. Del 105.º batallón federado.

El que va delante se llama Nicolas Bellec. Sargento. Lo ascendieron el sábado pasado en la fortaleza de Vanves, ante la necesidad de reemplazar al sargento titular después de que un fragmento de obús le arrancara media cabeza. Los ocho compañeros supervivientes de la veintena que aún había por la mañana se arrojaron al suelo y tomaron esa decisión allí mismo, asustados, totalmente cubiertos de sesos y sangre, vociferando a través del estruendo: «Tú mandas, Bellec. ¡Por lo que más quieras, sácanos de aquí!». Él apenas los veía, apiñados al pie de una muralla de la que llovían trozos de piedra y pedazos de acero grandes como puños, silbando y lanzando chispas mortecinas en medio de la amalgama de polvo y humo. Habían recuperado la fortaleza dos días atrás y resistido bajo la tormenta de obuses desencadenada por los versalleses hasta que el general Wroblewski ordenó la evacuación. Habían escapado por las canteras de Montrouge, cubiertos de hollín, ensangrentados y llorando de rabia. Así que sargento, puesto que eso era lo que tocaba ser.

Salieron por una brecha de la muralla, junto a la puerta de Passy, después de haber dejado el puesto de mando instalado en el ayuntamiento del distrito. Oyeron un rato las discusiones, las broncas, las increpaciones, hasta que optaron por alejarse de la batalla campal en que se había convertido aquello: se daban empellones lanzando acusaciones de traición, se peleaban sobre la suerte que debían correr los artilleros que habían abandonado las fortificaciones tras los bombardeos de dos días antes. Nicolas hizo una seña a sus dos compañeros. Adrien, el más joven, un muchacho que quizá no tuviera ni dieciséis años, se echó como pudo un petate al hombro al tiempo que sujetaba el fusil, y el pelirrojo alto que estaba a su lado, al que todo el mundo llamaba «el Rojo», se colgó en bandolera dos grandes talegas de cuero. Se colaron entre los vocingleros y los indecisos, zigzagueando a empujones, esquivando los puñetazos fallidos y los aspavientos, y salieron sin decir palabra a la noche fresca.

La calle estaba desierta, oscura. En las plazas ardían antorchas cuya llama danzaba y moría. Caminaron en silencio hacia un brasero que arrojaba un resplandor rojo sobre las siluetas de los hombres agrupados alrededor. Hablaban en voz baja, frotándose las manos, con los rostros inclinados hacia la lumbre y dorados como cabezas de estatuas de bronce pulido. Uno de ellos tosió y escupió en las brasas. Se volvió hacia Nicolas y se fijó en sus armas y en la impedimenta que llevaban al hombro. Era un tipo alto, con un bigote blanco de puntas caídas y barba de varios días. Ya no era joven, y la noche y el resplandor oscilante del fuego daban vida a los surcos de las arrugas de su cara.

—Salud, ciudadano. ¿Adónde vais con esos trastos?

—No podemos decírtelo. Tenemos que ir y punto.

—Pues así no pasas. Esta barricada no la cruza nadie ni en un sentido ni en el otro.

Señaló con un gesto vago un parapeto de tierra y adoquines contra el que habían empujado tres carretas.

—Por poco pasamos sin verla —dijo el Rojo.

El hombre lo miró de hito en hito alisándose el mostacho.

—Vaya, pareces muy listo. Seguro que vas a enseñarme cómo hacer las cosas. En el 48 habríamos necesitado espabilados como tú, nos habrían matado a menos camaradas.

Nicolas le puso una mano en el brazo al Rojo, que se disponía a replicar.

—Ya no estamos en el 48. Aquello era la revolución y esto de ahora es una guerra. Una guerra civil, pero guerra al fin y al cabo. Hay como mínimo veinte mil soldados en el Bois de Boulogne y hasta Montrouge. Ya visteis ayer los bombardeos. La artillería de marina en Mont Valérien tiene a un cuarto de la ciudad bajo el fuego. Dentro de dos o tres días, cuatro quizá, entrarán en París si no se hace nada, y yo creo que no se hará nada. Así que, ciudadano, tu barricada aguantará menos que una paca de paja delante de un tren a toda velocidad.

El viejo bajó la cabeza y suspiró; un acceso de tos le hizo doblarse por la cintura y escupió entre los pies mientras recuperaba con dificultad el aliento. Estuvo un momento sin decir nada, vuelto en dirección a la barricada. Alrededor del brasero, las conversaciones habían cesado. Todos se miraban sin verse realmente en aquella noche que atravesaban las llamas.

—Estamos esperando una ametralladora. Una de calibre 8, aunque no es seguro. Vamos a hacer que su tren, como tú dices, se salga de los raíles. Brizna de paja o grano de arena, vamos a frenarlo.

Una voz empujada por un soplo de calor y un revuelo de llamas sonó en la oscuridad.

—¿Sois del 105.º?

—Sí.

Un tipo se acercó. Cojeaba y se apoyaba en un bastón torcido. Les estrechó la mano a los tres inclinándose un poco.

—El otro día queríamos ir a la fortaleza para liberaros, pero La Cécilia dijo que lo único que conseguiríamos es que nos hicieran picadillo, así que nos quedamos quietos, rediós. Rabiando por dentro, hostia. Una compañía se dirigió hacia allí a pesar de las órdenes, pero lo que les caía encima era demasiado y al cabo de dos horas renunciaron. Los vimos regresar con los muertos, no quisieron abandonarlos. ¿Qué podíamos hacer nosotros?

Nadie supo qué responder. El cañoneo, a lo lejos, hablaba por ellos. El viejo del 48 cargó una pipa. Sus ojos brillaban intensamente a la luz de la cerilla.

—Defenderemos esta barricada… Nos agarraremos a ella como a una boya en pleno temporal. Y les estallará en los morros.

Meneaba la cabeza con la mirada gacha, como si quisiera convencerse de lo que acababa de decir. Nicolas no sabía qué contestar a eso. De pequeño, en Saint-Pabu, donde se había criado, le contaban a menudo historias de marinos perdidos en las simas saladas durante las tempestades. Arrastrados con sus boyas, desaparecidos para siempre. O arrojados a la costa, verduscos e hinchados de agua, como los que había visto una vez después de un golpe de mar terrible.

—Nos hundiremos con ella —dijo el cojo—. Ya has oído lo que ha dicho el camarada… Tienen hordas de asesinos en el Bois… No nos darán tregua… Todos esos soldados que salieron por piernas al aparecer los prusianos y ahora se sienten con valor para venir a fusilar al pueblo, esos son todos unos hijos de zorra y unos borrachos como sus papás. Este mundo todavía está en manos de los bárbaros… La república socialista no será para hoy.

El viejo se irguió encogiéndose de hombros. Se volvió hacia Nicolas y sus dos compañeros. De espaldas al fuego, con la noche cayendo sobre su persona y el rostro surcado de sombras y ya sin mirada, como el de un muerto, Nicolas solo veía en él una insondable tristeza pese a la amplia sonrisa que asomaba bajo el gran bigote blanco.

—¡Bah!… Será para la próxima…, cuando yo la haya palmado. Vamos a enseñarles a los que vengan detrás cómo se lucha, para que aprendan, ¡luego intentaremos correr más deprisa que las balas!

Nicolas oyó a Adrien, detrás de él, resoplar y dejar el petate en el suelo con un ruido sordo y hueco de metal.

—¿Qué lleváis ahí dentro? —preguntó el bigotudo.

El cojo se acercó, apoyado en su palo, y asintió con la cabeza como si hubiera comprendido.

—No podemos deciros nada. Tenemos que irnos, se hace tarde. Llevo un salvoconducto del general Dombrowski. Si queréis saber más, hay que preguntarle a él.

Luego rebuscó en los bolsillos de su guerrera. Sacó una hoja de papel y la desdobló.

El viejo lo detuvo con un gesto.

—Déjalo… Id y haced lo que sea necesario para regresar vivos y enteros.

Cuando pasaron junto a las llamas, los hombres los saludaron en voz baja deseándoles ánimo, o suerte, mientras les daban palmadas en la espalda. Al lado de la barricada dormían, sentados o atravesados de cualquier manera, veinte o treinta tipos que gruñían y roncaban y de golpe se volvían del otro lado mascullando. Subieron el parapeto de tierra haciendo rodar algunos adoquines al pisarlos. Caminaron entre los restos y los escombros diseminados por los bombardeos en medio de una calle que conducía a las murallas, y ningún farol, ni el temblor de una sola llama marcaba sus pasos. Olor sofocante de incendios mal apagados. Tuvieron que escalar los cascotes de una casa desplomada en plena calle. Muebles rotos y cortinas sembraban las ruinas. Más allá, un caballo reventado, patas arriba entre los varales de una carreta, empezaba a heder. El claro de luna, de una blancura insolente, arrojaba sombras azuladas y les iba revelando las fachadas de las casas como si fuesen las paredes de un desfiladero.

La tierra está erizada de troncos de árbol hechos trizas, de tocones arrancados con las raíces desnudas. Monstruosa tarea. Olores mezclados de madera, pólvora y carne putrefacta. Efluvios de batalla. De vez en cuando, varas de tiro clavadas en el suelo, ejes dislocados sobre el lomo de un caballo muerto. Hace un momento se han sobresaltado al ver en el talud un brazo levantado, extrañamente sujeto entre los radios de una rueda partida, con los dedos de su gran mano contraídos. Una enorme araña encarada al cielo. Se han detenido sin decir nada y han contemplado ese vestigio humano antes de mirar a su alrededor como si fueran a encontrar al propietario tambaleándose en medio del desastre. Adrien ha preguntado si iban a dejarlo así, plantado como una simple rama, pero los otros dos han reanudado la marcha sin contestarle, así que los sigue, volviéndose hacia aquella mano macabra hasta que desaparece en la oscuridad.

Salen de la trinchera y paran con el fin de orientarse, en cuclillas, tan inmóviles que podrían confundirlos con el montón de rocas desmoronadas en la devastación del combate. Los versalleses se han retirado tras su ataque a la puerta de Auteuil. Se distingue a lo lejos, al otro lado del lago, el resplandor de tres fogatas. Hay furgones en fila a lo largo del camino, en el cruce de la Allée de la Reine. No se mueve nada. Ni un ruido. Se diría que de pronto todo ha quedado en silencio y paralizado para ver mejor cómo se acercan. Esos silencios y esa inmovilidad de mandíbulas abiertas son propios de las trampas.

—Por allí —susurra el Rojo—. Hay que ir hasta el lago. Es justo antes de la cascada.

Reemprenden la marcha. La avenida es una ancha cinta blancuzca desenrollada bajo sus pies. El Rojo se ha puesto en cabeza. Conoce el bosque como la palma de su mano, de la época en que era un crío y su padre, a fin de dar más consistencia a la sopa, por unos francos llevaba los domingos a los paseantes en un coche tirado por un jamelgo al que había salvado del matadero. Era un viejo caballo animoso y dócil que había conservado cuatro años, antes de que se desplomara una noche de junio en el puente de Grenelle, muerto, con los ollares ensangrentados. Se conoce al dedillo el sotobosque y los atajos, los caminos y los puentes. Pese a la confusión de la batalla, sigue orientándose con la extraña seguridad de un ciego.

Cruzan la carretera y vuelven a bajar a una cuneta embarrada. El fango se les pega a los pies y los arrastra con glotonería, como si quisiera atraerlos hacia el fondo para engullirlos. Cada paso supone un esfuerzo para avanzar por ese cieno, y jadean y sienten que los petates pesan cada vez más por efecto del cansancio. Entre el follaje ven moverse árboles iluminados por las fogatas. De vez en cuando el viento les trae un rumor. Voces lejanas. Una risa de mujer. Se detienen un instante para oír mejor, luego continúan avanzando. El Rojo alcanza el talud de dos zancadas y echa a correr hacia los árboles. Los otros dos le siguen. Se meten en agujeros de obús, suben a gatas por montículos que huelen a azufre. Cuando llegan a la protección de los árboles se detienen para tomar un poco de aire. Más lejos, en línea recta frente a ellos, hablan unos hombres a los que no ven a causa de la maleza que invade el terreno. Se acercan, doblados por la cintura, pero se quedan quietos y se agachan al ver desplazarse una llama hasta una pipa y la silueta de dos soldados, fusil al hombro, de pie ante el resplandor azulado de una fogata casi apagada. Detrás de ellos, una batería instalada junto a un embarcadero y su merendero. Desde ayer, ese cañón de 12 libras mantiene bajo el fuego a todo el distrito. Dos o tres obuses por hora. Se levantan y se acercan más, poco a poco, conteniendo la respiración. Los dos soldados están a treinta metros. Bajo el claro de luna, el cañón despide un brillo apagado de animal frío.

Nicolas y Adrien dejan sus petates en el suelo sin hacer ruido. Desenfundan sendos cuchillos y los introducen bajo el cinturón, a la altura de los riñones. El Rojo se ha sentado para recuperar el aliento. Empuña un gran revólver. Adrien se aleja hasta desaparecer en una depresión: una zanja o un cráter abierto por alguna explosión. Nicolas lo sigue, pero luego se para al borde del hoyo e intenta averiguar dónde se ha tumbado el muchacho. Solo ve un vasto campo sembrado de montículos gigantes, y más allá, el espejeo del agua.

—¡Socorro! ¡Ayuda, por favor!

La voz se eleva del suelo.

—¿Quién va?

Un soldado amartilla el fusil y se acerca. Una silueta encorvada en la claridad lívida. Su compañero no se mueve. Él también aprieta el arma contra sí.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué dolor!

—¿Quién eres? ¿A qué vienen esos gritos? —El soldado permanece sobre un terraplén, apuntando con el fusil.

—¡Tengo un mensaje para el general Clinchant!

Nicolas no pierde de vista al otro soldado, que ha dado unos pasos hacia su compañero. La voz de Adrien, sofocada al fondo del agujero, es la de un moribundo.

—¿Y qué quieres decirle al general? ¡A estas horas está durmiendo!

—Los insurrectos… están preparando algo…

—¿Qué?

—Acaba con él —dice el soldado que se ha quedado atrás—. Después veremos si lleva encima un mensaje o no. Hay que desconfiar de esta gente. Ya está metido en la tumba, así que, qué más da.

—¿Y si el general no recibe el mensaje y lo que quiere decirle este medio muerto es importante?

El hombre se mete en el hoyo. Se oyen gemidos. Un quejido sordo como el de un niño o un perro. El otro soldado se acerca también, apuntando con el arma. Pasa a diez metros escasos de Nicolas, se sube al rodete de tierra, permanece un instante inmóvil, y cuando se inclina para ver mejor, Nicolas se abalanza sobre él, pero tropieza en un bache y cae boca abajo, y entonces oye al hombre proferir un grito y, al levantar la cabeza, lo ve encarar el fusil y caer hacia atrás gritando de nuevo. Nicolas va corriendo hasta el borde de aquel agujero oscuro y distingue en él brazos y piernas entremezclados, y luego, debajo, algo negro moviéndose donde advierte la brecha clara de los ojos de Adrien. El muchacho se quita de encima los cuerpos de los dos soldados con el gran cuchillo todavía en la mano. Está cubierto de tierra y sangre.

—No es peor que degollar cochinos. Estos chillan menos, esa es la ventaja.

Recuperan el aliento contemplando los dos cadáveres boca arriba. Adrien limpia el cuchillo contra la pernera de los pantalones, escupe sobre los muertos y les envía de una patada un puñado de tierra pesada. Nicolas intenta distinguir sus rostros, pero lo único que puede ver a la luz tenue son bocas abiertas y frentes macilentas. Cuando oyen al Rojo silbar a su espalda, se dirigen hacia él y lo encuentran de pie junto a los petates, inmóvil y erguido entre aquellas tinieblas como un espectro.

—Eso no es todo. Ahora hay que ocuparse del cañón.

Corren como pueden hacia la batería, tropezando y resoplando, y se detienen al oír que una voz pregunta en la oscuridad:

—¿Qué pasa? ¿Sois vosotros, muchachos?

Un hombre con una manta sobre la cabeza, recostado contra una caja llena de obuses, se endereza. Mira a su alrededor, y se dispone a levantarse cuando el Rojo le asesta un golpe con la culata en plena cara. El tipo cae de costado gimiendo y luego se queda en silencio.

Ellos abren los petates y sacan el material. Un rollo de cordón, un barrilito de pólvora, un obús de 8 pulgadas. El Rojo carga el cañón: pólvora, tapón de estopa. Después levanta el obús, se lo acerca al cuerpo con precaución, como si fuera de cristal, y lo introduce al revés en el tubo. Ha ajustado la espoleta para que explote a los diez kilos de presión. Luego levanta de nuevo el alza lentamente y los tres dejan de respirar hasta que todo está en su sitio, y entonces Nicolas llena el cañón de tierra, la aplasta y se aparta de un salto. A continuación, sacan de un petate otro obús cuya espoleta ha sido retirada y sustituida por un simple tapón de corcho. Lo colocan bajo las dos cajas de municiones fijadas sobre un atalaje de artillería, meten el cordón en la ojiva y desenrollan veinte metros. Durante unos segundos, no se mueven. Miran su máquina infernal.

—Vamos —dice el Rojo.

Recogen los petates. Adrien, que ya se aleja, señala con el dedo al artillero que yace inconsciente.

—¿Y él? —pregunta.

Nicolas se encoge de hombros.

—Lleva dos días bombardeando y matando, de lejos y como quien no quiere la cosa. Cuando le estalle en los morros verá el efecto que causa.

El Rojo suelta una carcajada detrás de él y Nicolas le lanza una caja de cerillas.

—Te toca.

El cordón ya chisporrotea. Una flor de fósforo corre por el suelo. El Rojo prende fuego en la cazoleta de la recámara y echan a correr, repentinamente ligeros, saltando por encima de los hoyos y los charcos, para refugiarse bajo los árboles como presas de caza. Llegan a una alameda, y en ese momento la primera explosión los levanta del suelo y los tres caen a cuatro patas. Se vuelven para ver elevarse hacia el cielo un árbol de fuego cegador; luego, la salva de obuses les martillea el vientre y oyen los fragmentos de acero silbar en el bosque y triturar y desmenuzar el follaje y las ramas. Sobre ellos, un calor que huele a pólvora, y trozos de madera y astillas que se encienden por encima de sus cabezas caen con un zumbido y se apagan a sus pies.

Finalmente dan la espalda a los fuegos artificiales y echan a correr de nuevo. Ya se oyen toques de corneta dando la voz de alarma, gritos lejanos. Están sin aliento. Adrien encuentra fuerza suficiente para soltar de vez en cuando una risa ahogada.

—¡Les hemos metido una buena a esos canallas!

Entran en París por donde salieron un rato antes. Nadie en los bastiones. Ni un centinela. Podrían pasar dos mil hombres antes de que alguien se diera cuenta. Nicolas se detiene y se vuelve para escrutar la noche, escuchar el silencio, que le parece extraño, y adivinar tal vez el pisoteo sordo de los regimientos lanzándose al ataque, el rodar de los carros avanzando sobre el empedrado. Podrían estar ahí, pisándoles los talones, miles de ellos salidos de los bosques, como lobos, dispuestos a diseminarse por París, peste de hierro y fuego.

—¿Qué miras? —pregunta el Rojo—. ¿Esperas que siga estallando? ¿No has tenido bastante?

—Sí, sí, pero…

—No digas nada. Esta noche no vendrán.

A duras penas se distinguen, no ven nada de lo que dicen sus ojos. El cansancio de la esperanza, la inquietud que se les pega a las suelas y dificulta cada uno de sus pasos. Reanudan la marcha siguiendo la vía del tren hasta la barricada que cruzaron antes, todavía custodiada por durmientes.

Vuelven a pasar por delante del puesto de mando del ayuntamiento. Aún hay allí más de doscientos tipos, guardias nacionales con el fusil al hombro o civiles en guardapolvo o levita; golfillos zarrapastrosos provistos de cartucheras, con un revólver metido bajo el cinturón, y algunas mujeres que hablan entre ellas en un rincón. Siguen gritando y discutiendo. Se acaloran, sueltan risotadas y eructos, se quedan roncos.

De la puerta de la Muette a la de Point du Jour nadie responde, los artilleros huyen, los centinelas desertan. Cañones desatendidos, taludes despanzurrados. Fuego y acero como si brotara de las entrañas de la tierra. Ya nadie se atreve a aventurarse en ese infierno que se desborda. Dombrowski ha conseguido derribar las líneas versallesas y ha llegado hasta Choisy antes de tener que replegarse, superado en número, sin refuerzos ni munición. El cañoneo ha cesado hacia mediodía, los versalleses han retirado la mayoría de sus piezas, pero se ve a los fusileros pasearse tranquilamente por el Bois de Boulogne. Están acampados bajo los árboles, un poco más lejos. Se divisan sus fogatas en la noche. Cuando sopla el viento, se los oye reír o cantar.

—¡Con los pechos al aire y abierta de piernas! —grita un cabo subido a una silla, bajo una bandera roja clavada en la pared—. ¡Así está París! ¡Los versalleses no tendrán más que revolcarse sobre ella como lo harían sobre una pobre zorra!

—¡Igual que mi parienta! —dice con voz chillona un hombrecillo, lanzando un escupitajo al suelo—. ¡Voy a dársela a Thiers! ¡Acabará con él a fuerza de cabalgadas!

Carcajadas generalizadas.

Un tipo grandullón, con el quepis de lado y la enorme cazoleta de la pipa rebotando sobre la barbilla, empuña su bayoneta como un carnicero de la Villette un cuchillo de deshuesar.

—¿Qué diablos hacen en el ayuntamiento? ¿Y en el comité central? ¡Necesitamos refuerzos! ¿Y Delescluze? ¿Está recortándose la barba delante del espejo después de un buen baño caliente? Cojo a diez hombres y vamos a buscar a esos señores para que vengan a ver cuál es la situación, ya que no nos creen. ¡A la ida fusilamos a los desertores, y a la vuelta traemos con nosotros diez batallones!

—¡Bien dicho, ciudadano! ¡Todos al ayuntamiento! ¡Viva la Comuna!

Aclamaciones. Abucheos. Silbidos. Trifulcas. Se agarran del cuello espetándose a la cara argumentos definitivos. La sala ruge de ira y las pipas indignadas lanzan chispas. La toman con los cobardes que han desertado de las murallas, han dejado las fortificaciones sin defensa y abandonado los cañones. Se ha visto a agentes versalleses guiar el fuego de artillería con lámparas de fósforo.

—¡Demonios, habríamos querido veros en medio de las descargas estos últimos días! El que os habla estaba allí. Aquello era una carnicería. Los que no huyeron saltaron en pedazos. ¡Recogíamos brazos, piernas y tripas por todas partes! ¡Sí, señor! ¡El valor hecho picadillo, y de qué poco sirve!

—¿Quién habla de valor? ¡No es solo munición lo que falta! A veces partimos para el combate trescientos y no vuelve más de un centenar. Buscas a los demás y los ves largarse diciendo que los oficiales no tienen ni idea y los llevan al matadero. ¡Sin haber disparado ni una vez! ¡Salen por piernas! ¡Pandilla de cobardes! ¡Habría que llevarlos al paredón!

Dos hombres se enfrentan agarrándose de la camisa y tratando de taladrar con la mirada los ojos del otro, hasta que acaban empujándose mutuamente con aire cansado y la cabeza gacha, mientras a su alrededor se desgañita la muchedumbre y ondea una marea de cabezas y hombros.

Unos capitanes se suben a las mesas e intentan congregar a sus hombres. «¡Primera compañía del 112.º, conmigo!» Blanden el sable, agitan el quepis, pero el griterío es demasiado fuerte y se vuelven en todas direcciones para arengar a los furiosos, atraer una mirada, pillar a un teniente para que transmita sus órdenes, intimidar a un sargento para que se comporte. Se ríen en sus narices, les levantan el puño mandándolos a la mierda. Con muecas de rabia y consternación, los insultan. Ellos se desgañitan vociferando. «¡Atento el 85.º a las órdenes, rediós! ¡A formar en el patio!» Pero el tumulto anula todas las órdenes, ahoga su autoridad en un océano de ira desconcertada.

El Rojo arrastra a Nicolas asiéndolo de un brazo. Adrien vuelve a coger el petate. Salen y dejan tras de sí el guirigay, y se adentran en la oscuridad de las calles sin decir nada, zigzagueando a veces entre los escombros de las fachadas bombardeadas. Un poco más lejos, divisan un farol colgado encima del rótulo de un café.

—Mirad —dice Adrien—, allí. Está abierto.

Una luz tenue titubea en la ventana, y al entrar distinguen, bajo unas lámparas de petróleo colgadas de las vigas, a cinco hombres sentados ante unas jarras de cerveza, con el quepis encima de la mesa. Hablan en voz baja y apenas levantan los ojos hacia los recién llegados. En un rincón, los fusiles descansan contra la pared. Una mujer, sola en una mesa, parece dormir con la cabeza sobre los brazos cruzados y los largos cabellos grises revueltos a su alrededor. La barra es una tabla apoyada sobre tres toneles. Encima, dos candeleros hacen danzar sombras en el techo y brillar las botellas alineadas en los estantes.

—Vamos a cerrar —dice un tipo corpulento con el pelo cortado al rape y expresión huraña, que aparece tras apartar una pesada cortina.

—No vamos a quedarnos. Sírvenos vino. Y necesitaríamos lavarnos un poco.

Nicolas pone tres monedas sobre la tabla.

—Detrás, en el patio —dice el hombre—. Hay una bomba. Y guárdate el dinero. Aquí es gratis para la Guardia Nacional.

Van a lavarse las manos y la cara sin ver realmente lo que hacen. La sangre y el barro se han secado, así que frotan con insistencia y se sacuden el agua gruñendo.

—¡Mi fusil por un baño! —dice Adrien.

El Rojo se parte de risa.

—Buena idea, así morirás limpio.

—Si mi madre me viera…, ella que quería que me pusiera en remojo una vez a la semana…

—Te oiría antes de verte. Así tendría tiempo de poner agua a calentar.

Los tres ríen mientras se secan con el faldón de la camisa. Cuando regresan a la sala del café, los cinco hombres están de pie, armas al hombro. En medio de ellos hay una mujer desgreñada, alta y fornida. Con las manos atadas delante. Uno de los guardias se acerca a Nicolas. Ojos risueños bajo la visera del quepis.

—Sargento Corvoisier, del 212.º. Tenemos que llevar a esta pájara a la policía. Unos testigos la vieron anoche hacer señales a los versalleses con una lámpara para guiar a los artilleros. Llevaba encima un plano del barrio.

La mujer mantiene la cabeza gacha. Uno de los hombres de la escolta le coge la barbilla y la obliga a levantarla. Tiene el pómulo derecho hinchado. Manchas de sangre seca en el mentón. No mira nada. Sus ojos desorbitados se mueven en todas direcciones como si buscara algo. El soldado le da un manotazo en la parte posterior de la cabeza.

—Sueñas con vernos a todos fusilados o atravesados por una bayoneta, ¿eh, zorra? Deberíamos haberte metido la lámpara por el culo. ¡Pero en la prefectura van a hacerte escupir los nombres de tus cómplices!

—Aquello es un hervidero en este momento —dice Corvoisier—. Espías, traidores y toda esa gentuza. Nos pasamos el tiempo persiguiéndolos. Incluso oficiales. El otro día, un coronel. La policía nos ha pedido ayuda, en vista de que los guindillas se han largado. ¿Y vosotros? ¿Qué hacéis tan tarde por aquí?

—Aprendiendo artillería —dice el Rojo—. Pero como no acabamos de entender cómo funciona, surge algún problema.

En el rostro del sargento aparece una amplia sonrisa.

—¿No habréis sido vosotros los de los fuegos artificiales de hace menos de una hora en el Bois?

Los tres compañeros asienten con la cabeza.

—Se supone que desmoralizará a los versalleses —dice Nicolas—. El general lo llama guerra de hostigamiento. Dice que a Napoleón lo expulsaron de España así. En vez de librar batallas en línea contra un ejército más poderoso, es más como una guerra popular. El enemigo está en todas partes y esos idiotas ya no saben cómo darle alcance. También dice que si el comité central se dignara escucharlo podríamos recuperar Issy y Vanves y reforzar las guarniciones. Y que deberíamos utilizar más la artillería. Pero nada, dejamos las murallas bajo el fuego y mandamos construir barricadas.

El dueño, detrás de la barra, menea la cabeza con aire contrariado.

—Esas barricadas son cartón piedra. Decorados para el bulevar del Crimen.

Los hombres se vuelven hacia él y lo miran sorprendidos.

—¿No estáis de acuerdo? Con eso no vamos a parar Versalles, lo sabéis de sobra. ¡A duras penas sirve para defender tres días el barrio Saint-Antoine, me cago en Dios! —suspira antes de continuar—: De todas formas, la suerte está echada. Tardarán un día o diez, pero entrarán en París y nada ni nadie podrá detenerlos.

El Rojo se acerca y vacía de un trago el vaso de vino.

—Eso está por ver —dice.

Los hombres de Corvoisier lo aprueban mascullando.

—No saben lo que es atacar al pueblo de París —dice uno de ellos.

El patrón se encoge de hombros.

—Vosotros sois jóvenes… Quizá tengáis razón…

Saca unos vasos limpios. Otra ronda. Se ponen a hablar todos a la vez. Discuten sobre la mejor forma de defender una barricada, de colocar los cañones. Metralla, fuego cruzado. Emboscadas. De repente todo parece facilísimo. Como si Thiers alineara enfrente regimientos de opereta. Nicolas los deja hablar. El dueño del local los escucha sonriendo tristemente, con una botella de vino dulce en la mano. En un rincón, tirado en una silla, Adrien duerme con la boca abierta y el fusil entre las piernas.

El sargento Corvoisier manifiesta su preocupación por la hora. Pronto será medianoche. Tienen que cruzar medio París para entregar su prisionera a la policía. Se estrechan las manos, se dan palmadas en el hombro llamándose unos a otros «ciudadano» y «camarada». Se despiden para volver a verse muy pronto en las barricadas. Dentro de un mes, en Versalles, en los jardines de los reyes. Luego salen del café entre una algarabía de adioses, empujando delante de ellos a la mujer, que va dando traspiés porque lleva los tobillos atados con una cuerda. En medio del silencio que se ha hecho, se oye durante un buen rato el ruido de sus zapatones sobre los adoquines.

Adrien despierta y ve a su alrededor la sala vacía, se pasa los dedos por la pelambrera y se da dos tortas.

—Hijo, ¿tienes edad para andar por ahí de noche con estos dos? —pregunta el patrón.

—Tengo casi dieciocho.

El hombre sonríe mientras guarda las botellas.

—Y si no es verdad, el mentiroso no anda lejos…

—¿Qué narices importa la edad? ¡Además, yo no ando por ahí, hago cosas útiles!

—Es el rey de la navaja —dice Nicolas—. Rápido y certero.

—Antes de la guerra era aprendiz de carnicero en Le Bourget. Mi viejo y yo matábamos la mitad de los cerdos del pueblo, no había nadie mejor que nosotros.

—Y ahora desangras soldados…

—Da menos beneficios, pero es por la Comuna, y la Comuna acabará pagando.

El Rojo ha cogido su petate. Le hace una seña a Nicolas para indicarle que habría que irse. Los tres se preparan resoplando por el esfuerzo, hartos de estar cansados. El dueño del local los acompaña hasta la puerta arrastrando los pies, repentinamente abatido.

—Si se tercia, venid a beber un trago. Sois buenos chicos.

Prometido, aunque nadie se lo crea. Al norte, por el lado del Arco de Triunfo, estalla un obús que les hace volver la cabeza hacia el cielo ciego. ¿Qué estaban diciendo? Ah, sí: hasta la vista.

Se pierden un poco en el dédalo de calles oscuras, cruzándose con algunos transeúntes furtivos que se alejan al ver a tres guardias nacionales. De cuando en cuando pasan junto a fachadas reventadas, caminan sobre cristales rotos. A veces, un muro que se ha venido abajo permite entrever un jardín, y al fondo, una mansión con los postigos cerrados.

—Podríamos echar un sueñecito ahí —dice Adrien—. No tendríamos que andar tanto, y será un cambio comparado con nuestros jergones.

Barrio fantasma. Las casas todavía intactas se alzan contra ellos, cerradas a cal y canto. Llenas de un silencio que parece brotar de las paredes y extenderse por la calle como un desprecio. Los burgueses huyeron a finales del mes de marzo, dejando tras de sí a algunos criados para que velaran por sus bienes, convencidos de que el motín sería sofocado en dos semanas, justo el tiempo que el ejército necesitaba para agrupar sus fuerzas, y ellos regresarían enseguida para disfrutar y prosperar entre sedas y terciopelos. Temían que la chusma saqueara sus salones y es el partido del orden el que lanza obuses vándalos a los comedores y arranca de las paredes devastadas el rostro de los austeros antepasados en sus marcos dorados.

Nicolas levanta los ojos hacia un edificio de balcones sostenidos por cariátides. Tejado destrozado, erizado de vigas. ¿De qué no serán capaces cuando tengan Montmartre y Ménilmontant bajo el fuego? Cuando bombardeen los míseros edificios superpoblados, los cuchitriles de la gente pobre. Cuando traten de sepultar al populacho tan odiado bajo los escombros de sus zahúrdas. Piensa en la batalla reciente en el fuerte de Vanves. Lo que libraban contra ellos era la guerra, una guerra total, mucho más feroz, mucho más encarnizada que la que Badinguet y su Estado Mayor de tres al cuarto habían librado contra los prusianos. Con una nación extranjera se acaba por concertar la paz, por firmar rendiciones o tratados. Los príncipes y generales, en ocasiones bastardos de la misma sangre, siempre terminan por hacerse cumplidos saludándose con sus sombreros de plumas. Pero cuando se trata de combatir al pueblo no hay tregua, no hay cuartel. Masacrar, despedazar, para que solo quede silencio y terror.

Un intenso escalofrío recorre a Nicolas Bellec, sargento de la Guardia Nacional, y le atraviesan la mente espantosas visiones. Se encoge de hombros, menea la cabeza, se sacude para conjurar ese estremecimiento que corre bajo su piel. Sus dos compañeros caminan delante arrastrando los pies, con la cabeza gacha, extenuados como él. Los alcanza, apretando el paso pese al cansancio, y finalmente avanzan los tres al mismo ritmo, torpes y pesados como si cojearan de las dos piernas.

Cuando llegan al muelle de Passy, un vientecillo fresco los azota suavemente y se quitan el quepis para dejar que sus cabellos se sequen y ondeen un poco. El Rojo cierra un instante los ojos y susurra:

—Qué gusto, a pesar de todo. Casi podría uno olvidarse.

El Sena fluye en la oscuridad lamiendo la orilla. Al pie del puente de Grenelle está amarrada la chalana que sirve de dormitorio a los que defienden la barricada que intercepta el muelle.

—¡No os acerquéis! —grita un hombre.

—Sargento Bellec, del 105.º. Tenemos un salvoconducto.

Se oyen movimientos detrás del alto muro de adoquines y carruajes volcados. Tres siluetas se apoyan en el parapeto con el fusil pegado a la mejilla. Dos hombres salen por una trampilla y avanzan. Uno de ellos sostiene una linterna por delante de él, en alto. El otro apunta con la bayoneta a Nicolas, que se ha acercado con sus credenciales en la mano. El hombre lee el papel. Suspira y menea la cabeza. Un galón medio descosido dice que es teniente.

—¿Qué hacéis a estas horas en la calle? El general Dombrowski, ¿eh? ¿Un salvoconducto para llevar a cabo una misión de la mayor importancia? ¿Y qué habéis hecho? ¿Habéis ido a coger flores a Versalles?

—Les hemos volado un cañón en el Bois. Y municiones. Y ahora nos gustaría irnos a dormir un poco.

—Ah, ¿los de ese estruendo erais vosotros? ¿Un cañón? ¿Uno solo? ¿Qué era?

—Una pieza de 12 libras. Había avanzado hacia la puerta de Auteuil, camuflado entre los árboles, y ha bombardeado las murallas y el barrio durante todo el día.

—Por lo menos ese no nos matará, siempre es un consuelo.

El teniente baja el brazo con el que sostiene la lámpara y le devuelve el papel a Nicolas. Les abre paso con un gesto cansado. La lámpara, al balancearse, arroja sobre la barricada reflejos azules que le dan el aspecto de un montón de ruinas. Mientras se alejan, el teniente les desea que pasen una buena noche.

—Yo soy Grelier. Teniente Augustin Grelier.

Nicolas se vuelve y lo ve apoyado en un poste, con la lámpara en el suelo. Solo se distingue de él su rostro vacío, una cabeza de muerto sobre un cuerpo muy vivo.

—Les digo mi nombre a todos los que me encuentro. El que sobreviva quizá se acuerde de mí y vaya a decirles a mis padres lo que he hecho. Tienen una pequeña granja en Roissy. Está algo lejos, pero el camino es bueno.

Su voz ha cambiado. Ya no tiene ese tono cortante, esa dureza grave. Como si el oficial hubiera abandonado sus atributos. Es la voz de un joven, y en esa noche de silencio roto por las explosiones se nota que tiembla un poco.

—Qué tontería, ¿no?

—Bellec. Nicolas Bellec. De Saint-Pabu. Está muy lejos, en el norte de la Bretaña, a orillas del Aber-Benoît, y apenas hay camino. No sé muy bien quién se acordará de nosotros. ¿Quizá los que nos quieren?

El teniente Grelier rompe a reír.

—¡Entonces estamos aviados!

Nicolas lo saluda con la mano mientras se aleja, con un gesto que la oscuridad absorbe. Adrien va delante con paso cansino, impaciente por acostarse. Lleva un rato sin decir nada, va dando tumbos como si estuviera ebrio o dormido. El Rojo balancea su largo esqueleto al lado de Nicolas, con aire sombrío, y mueve la cabeza de arriba abajo y de izquierda a derecha mascullando, como si mantuviera consigo mismo una conversación difícil. Llegan a la esquina de la Rue du Commerce y se detienen junto a una gran carreta volcada delante de dos cañones, uno de espaldas al otro, y unas cajas de municiones. Dos hombres están sentados en sendos sillones fumando en pipa y con el fusil en el regazo. No hablan, permanecen inmóviles, con la mirada perdida, pensativos, tal vez somnolientos. Levantan la cabeza y reconocen a Adrien, lo saludan con la mano y un gruñido y vuelven a sumirse en el silencio.

Más lejos se oyen risas, protestas sordas, un acceso de tos. El acantonamiento del 105.º está a pocos pasos, detrás del ayuntamiento: un almacén reconvertido donde dos codiciosos comerciantes de Les Halles habían escondido toneladas de harina durante el asedio para influir en el alza del precio. A finales de marzo, una noche en que estaban cargando un carro, una patrulla los sorprendió y los fusiló allí mismo, entre las aclamaciones y los escupitajos de la muchedumbre atraída al lugar por aquel trajín. Adrien se aleja dando las buenas noches, sin volverse. El Rojo y Nicolas lo ven desaparecer en la oscuridad y surgir de nuevo bajo un farol encendido, el único de la calle, gran estrella solitaria vacilando en aquellas tinieblas. Se quedan un momento plantados allí, junto a los dos cañones inútiles y los dos hombres postrados en sus sillones.

—En cualquier caso, es muy triste —dice el Rojo.

Nicolas intenta distinguir las facciones en el rostro de su compañero, pero no ve más que una masa hirsuta de cabellos y barba sobresaliendo del quepis. No creía que aquel coloso fuera capaz de sentir alguna vez el menor atisbo de tristeza, la más mínima nostalgia, ni siquiera que supiese pronunciar esas palabras. Le oye suspirar y decir:

—Cómo va a acabar todo esto.

Nicolas busca algo que decir, una mentira, una de esas grandes frases con las que se embriagan en las asambleas y los círculos obreros, pero no se le ocurre nada porque le falta la respiración y porque ahora sabe de sobra que con palabras vanas no se vence la miseria.

—¿Qué quieres que te diga?

Su compañero le pone la enorme y pesada mano sobre el hombro.

—Nada, no te esfuerces. Vamos a dormir un poco… Mañana será otro día, intentaremos llegar de nuevo a la puesta de sol.

—Eres un poeta, amigo.

—Sí, a veces, pero no me dura mucho. Bueno, ¿vamos? Ya haremos frases mañana.

—Voy a dar una vuelta.

El Rojo sofoca un bostezo entre las manos y se estira.

—¿Te parece que no hemos recorrido bastante por hoy?

Se despide de Nicolas dándole una palmada en la espalda y se marcha a su paso largo y lento, casi silencioso. Desaparece en la esquina de una carbonería, y entonces Nicolas gira sobre sus talones y enfila la calle sacando de sus piernas cansadas un poco de fuerza para andar más deprisa. Sería capaz de desplazarse con los ojos cerrados por ese laberinto. Oye silbar una locomotora a lo lejos, frente a él, y luego el chirrido de los frenos. Se pregunta qué tren puede seguir circulando a esas horas, y para ir adónde. Después piensa en el tren blindado del que se habla desde hace días y en el que nadie quiere seguir creyendo. No tarda en llegar al pie del viaducto; se adentra con el corazón palpitante bajo el puente de hierro.

De repente le parece que la noche es menos profunda. Un vapor pálido, una claridad pulverizada flota entre las fachadas. Rue de Constantine, número 10. Es ahí.

El pasado enero, cuando el hielo se adhería a los cristales y él, tras despertarse al paso del primer tren que salía de la estación de Montparnasse, se levantaba para reavivar el fuego en la estufa y volvía a acostarse junto a Caroline, que acogía su cuerpo frío protestando, enfundada en dos camisones, con sus pequeños pies metidos en gruesos calcetines, sí, en enero, en el fondo de aquel enero de hambre y de muerte, vivieron en su miserable habitación horas robadas al cansancio y la desesperación, noches secretas que se contaban en voz baja entre risas desbocadas de niños, noches que calentaban con sus cuerpos ardiendo con una fiebre benigna.

Se entregaban a la dicha cuando podían y la estrechaban contra sí por miedo a que escapara para ir a morir en un rincón, como un gato famélico que se ha librado del cuchillo de un cocinero de figón.

Nicolas ve la ventana, en el último piso del estrecho edificio, y se le encoge el corazón ante la guarida de los días felices, su castillo en el aire.

Una tarde de finales de marzo, de regreso de Montmartre, en el París sublevado, echaron unos tragos en tabernas abarrotadas de gente que invadía las aceras, una multitud alegre que celebraba el mañana, brindaba entrechocando jarras llenas de promesas y bailaba sobre el cuerpo del viejo mundo pisoteando cristales rotos. Volvieron a casa achispados, apoyándose con todo el peso del cuerpo en las puertas cocheras para besarse entre risas sofocadas.

Los días felices. Caroline. Mañana tendrán la noche libre y durante unos instantes intentarán creer aún en ellos.

Continúa contemplando el marco oscuro de la ventana. Le gustaría que se encendiera la llama de una vela y apareciese Caroline para decirle por señas que fuera. Por supuesto, nada resplandece en la negrura, y se reprocha esperar que ocurra lo imposible como se espera en los cuentos que se obre un prodigio frotando una lámpara de aceite. De modo que vuelve hacia el acantonamiento del batallón levantándose el cuello de la guerrera, al tiempo que baja la cabeza y aferra la correa del fusil para infundirse valor. Aprieta el paso en medio de las tinieblas, donde brilla, de tarde en tarde, un farol de gas o una linterna colgada sobre una puerta. De vez en cuando tropieza con un adoquín que sobresale o en un bache. Los gatos salen disparados para ser engullidos inmediatamente por la noche, en los arroyos corretean ratas que profieren grititos agudos, siniestros en aquella oscuridad.

Dos lámparas de queroseno señalan la entrada del acantonamiento donde han instalado al 105.º. El centinela duerme tirado detrás de la puerta, con el fusil atravesado sobre las piernas. Nicolas entra en el aire denso de los dormitorios, donde tiemblan unas llamas en medio del olor a cansancio y mugre estancado en el interior. Una vez que ha soltado sus pertrechos, el agotamiento lo arroja sobre el camastro y el sueño lo fulmina sin que tenga tiempo de darse la vuelta.

cap-1

VIERNES, 19 DE MAYO

cap-2

2

El hombre la atrae hacia sí y ella no sabe de dónde sigue sacando fuerzas para agarrarla por el hombro de la blusa y sostenerla tan cerca de su cara macilenta y febril, junto al hedor de su boca y el cuerpo prácticamente desnudo bajo los harapos. Caroline no intenta debatirse ni resistir, porque oye su respiración rápida, su aliento jadeante, y le parece notar bajo la mano apoyada en su pecho los latidos desacompasados de su corazón exhausto. Le ha ocurrido en otras ocasiones que un hombre la agarre de ese modo, la estreche contra él para pegarle o para poseerla, a veces las dos cosas a la vez. Manos siempre brutales, duras y sucias.

—Les dirás a mis pequeños…, les dirás que he sido valiente, ¿eh?… Y a mi Léonce, que su hombre era un hombre de verdad, ¿eh?… ¿Se lo dirás?

Ella le susurra al oído que por supuesto, no se preocupe, se lo dirá.

—Y que todo esto lo he hecho por ellos, que he defendido la Comuna, rediós…

Ella promete de nuevo. Lo único que sabe de él es su nombre, Jules, y también sabe que a su batallón, el 72.º, lo hicieron picadillo en las calles de Issy la semana pasada por falta de municiones y de refuerzos, y que este pobre diablo llevaba ocho días vagando con la rodilla destrozada por una bala, retrasando el momento de ver a un cirujano por miedo a que le cortaran la pierna. Ella querría ahora que la soltase. Sabe que está perdido, porque la gangrena ha empezado a hinchar lo que le queda de muslo. El doctor Fontaine se pregunta gracias a qué milagro le queda en el cuerpo bastante sangre para que su corazón tenga un motivo para latir. Ella querría que aflojara la presión, pues de pronto teme que la arrastre consigo al abismo al borde del cual se debate.

El hombre cierra la mano con más fuerza sobre su hombro y hace muecas de dolor, mientras mueve bajo la sábana de basto lienzo gris el muñón de la pierna, que se yergue y tiembla como un animal doméstico que despertara de golpe. Su brazo cae lentamente, se posa sobre el pecho con el puño cerrado. La cabeza se le hunde en la almohada como si de repente algo la aplastara. Levanta los ojos hacia ella y la mira fijamente. Unas lágrimas brillan en el borde de sus párpados, sin rodar.

—Necesito mirarte antes de…

Una sonrisa estira su boca, la mano se abre y la palma vuelta hacia el techo es la de un mendigo que espera una limosna.

Caroline no se percata de que ya no respira, porque desde hace un momento ella misma ha contenido el aliento para escuchar lo que el hombre se disponía a decir. De repente se da cuenta de que los ojos mojados ya no la miran, o lo hacen desde tan lejos que sin duda no pueden distinguir nada de lo que fue.

Se los cierra; no quiere saber desde dónde siguen mirando, y teme que sus pupilas sean túneles hacia la nada capaces de succionarla. Se pone en pie y cubre con la sábana el rostro grisáceo de mejillas ennegrecidas por una barba de ocho días, y entonces el olor la asalta bruscamente, como una bocanada de calor subiendo de una hoguera; retrocede y choca por detrás con un hombre que pasa por allí, vestido con una bata azul marino, la maraña de cabellos blancos sujeta por un gorro negro.

—¿Qué pasa?

Más que hablar, gruñe, con la cabeza encajada entre los hombros. Fornido, cuadrado, las grandes e industriosas manos le sobresalen de las mangas subidas. Caroline lo mira, espantada, y le pide que la disculpe llamándolo «doctor Fontaine», mientras se acerca el reverso de la mano a la frente húmeda.

—¿Disculparla por qué? ¿Por la muerte de este hombre?

—No, es que…

—¿Qué? La gangrena, ¿es eso? Yo ya no huelo nada. Sí, claro, los perfumes… Una rama de lilas a diez metros es otra cosa. Pero los humores, los excrementos, las gangrenas… He visto cuerpos en todos los estados posibles, hinchados de gases o prácticamente líquidos. He abierto odres rebosantes de pestilencias que exhalaban al reventar otro suspiro después del último… O bien me los traían solo con la piel sobre los huesos, más secos que una momia. Supe muy pronto a qué me vería reducido, como los demás: a esa papilla pútrida y luego a esa indigencia total que nos da a todos el mismo aspecto, una vez desprovistos de los oropeles que llaman la apariencia humana. La apariencia…, solo la apariencia…

Contempla el cadáver tendido delante de ellos, se inclina y levanta la sábana que lo cubre.

—Los muertos, los pobres muertos, tienen grandes dolores…

—Sufría mucho, es verdad…

El doctor Fontaine le sonríe con benevolencia.

—Me lo imagino, pero yo citaba un poema de Baudelaire. Para mí era una especie de lema cuando aún ejercía como médico forense. Los poetas siempre tienen razón, ¿no cree?

Ella se encoge de hombros. A su alrededor, la gran sala común gime y resuella. Tiene la sensación de que ese rumor doliente se ha despertado, más fuerte aún, y llena su cabeza de una migraña solapada.

—No conozco mucho a los poetas, doctor.

—Ya los conocerá… Cuando toda esta furia se haya calmado.

—Solo se calmará para los muertos.

El doctor ríe quedamente. Rebusca en sus bolsillos, saca un resto de cigarro e inmediatamente lo enciende.

—Mucho me temo que hayan proclamado la república de las palabras, muy pronto de los muertos, ya que usted habla de ellos, y eso es lo que me espanta. Un poco como si nosotros, los médicos, nos contentáramos con alejar el dolor a base de imprecaciones y combatir las enfermedades a fuerza de fórmulas mágicas. Hablan en el ayuntamiento, charlan en las barricadas, dudan sobre los refuerzos que hay que enviar contra Versalles, y mientras tanto Thiers prepara el ataque general… Así que la poesía es como un refugio, un lugar inexpugnable donde es posible limitarse a las palabras porque se bastan a sí mismas, como una moneda de cambio que no le cuesta nada a nadie. A mi edad, he escuchado y leído demasiadas proclamaciones que prometían victorias para conformarse después con lamentar las derrotas. Quizá por eso me he ocupado más de los muertos que de los vivos, porque al menos no tenía que mentirles sobre lo que les aguardaba y sobre mi impotencia para curarlos.

Ha hablado sin mirarla, vuelta la cara hacia los heridos y los moribundos. Un alarido les hace dar a los dos un respingo y el doctor se dirige hacia un hombre que repta por el suelo, en el otro extremo de la sala, arrastrando los muñones de sus piernas.

Caroline reflexiona sobre lo que el médico acaba de decir. Ella cree, sin embargo, que la Comuna ha coordinado sus palabras y sus actos. Y le parece que ciertas palabras reconfortan el corazón cuando es lo único que se tiene en común para soñar con un poco de felicidad. Eso sentían Nicolas y ella, días atrás, cuando paseaban por la Place du Trône en medio de los niños y sus juegos, de las discusiones ruidosas en las esquinas de las calles y de los gritos estridentes de los vendedores ambulantes y los charlatanes. Escuadras de guardias nacionales pasaban y saludaban a los curiosos que llenaban las aceras, enviando besos a las chicas y dándoles citas imposibles. A veces, rodando con estruendo por el empedrado del bulevar, circulaba un carro de artillería o un furgón de municiones. La guerra pasaba, bravucona o rugiente, y ellos se detenían para verla alejarse sabiendo que muy pronto tendrían que hacerla. Chuparon bastones de caramelo, bebieron unas cuantas jarras de cerveza delante de los cafés o las tabernas llenos de indignación, de risas y de esperanza. Leían en los carteles los decretos, las decisiones, los llamamientos de la Comuna, y no podían poner en duda que todo aquello se llevaría a cabo porque era por el bien de todos y nadie que no fuera malvado o perverso se opondría. Un mundo nuevo se imprimía cada día, los sueños se ponían finalmente por escrito, a plena luz, ya liberados de la noche, de sus brumas y terrores. Era, todo aquello, la primavera de la vida, y los rosales que trepaban por las paredes e invadían las aceras, vertiendo a veces su perfume sobre ellos, no lo desmentían.

Caminaron durante horas por la ciudad tranquila, que temblaba ante la hermosa inquietud de un tiempo en suspenso. Aprovecharon aquellos momentos igual que se gasta sin remordimientos un adelanto del sueldo cuando se sabe que no tardará en llegar la paga.

El doctor Fontaine ha incorporado al hombre de las piernas amputadas y lo ha levantado cogiéndolo por las axilas, y ahora lo sostiene ante él como si se tratara de un niño. Le habla en voz baja, su frente casi tocando la de él mientras el otro llora y gime y mueve lo que queda de sus piernas, a la manera de los bebés que patalean en el aire cuando los cogen así, con el rostro bañado en lágrimas. Caroline se acerca y coloca en su sitio el colchón y la manta salpicados de manchas oscuras. Un olor acre y penetrante a orina, mierda y vómitos invade sus fosas nasales y su boca, y fluye lentamente hacia el fondo de su garganta para alojarse en su estómago como un aceite fétido. A su espalda, oye cómo el herido lloriquea con voz débil, jadeante, cómo se aclara la garganta y dice: «Matadme, matadme, nunca podré…». Y Fontaine, bajito, sin alterarse, le asegura que vivirá porque es valiente y porque no puede renunciar a ese don de Dios, a lo que el hombre contesta que nadie le ha dado nunca nada, ni Dios ni nadie.

—Ahora tienes que descansar —dice el doctor—. Por favor. Debes recobrar fuerzas.

Y lo tiende suavemente en el lecho, con los brazos vibrando a causa del esfuerzo. Caroline está de rodillas al borde del colchón: le coge al hombre la mano fría y seca, gruesa y dura com

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