1
Intensas ráfagas de lluvia golpeaban el cristal. El agua corría por las ventanas y por el canalón y salpicaba las mesas de la acera. Las ramas desnudas de los álamos, impulsadas por fuertes rachas de viento, raspaban las paredes. William Wisting estaba sentado junto una ventana y miraba hacia el exterior. La hojarasca empapada del otoño se levantaba de la acera y giraba en el aire.
Bajo la lluvia había un camión de mudanzas. Una pareja joven corrió hacia él con unas grandes cajas de cartón y se apresuró a regresar al portal.
A Wisting le gustaba la lluvia. No sabía muy bien por qué, pero de algún modo parecía amortiguarlo todo. Notaba que se le relajaban los hombros y que el pulso le latía un poco más lento. Suaves notas de jazz se mezclaban con el rumor del chaparrón. Wisting se giró hacia la barra. Las llamas de las numerosas velas arrojaban sombras oscilantes sobre las paredes. Suzanne le sonrió, alargó la mano hacia la estantería de la pared y bajó un poco el volumen de la música. No estaban completamente solos en el local rectangular. Al final del mostrador había tres jóvenes sentados alrededor de una mesa. El café, de ambiente sofisticado e íntimo, se había convertido en el lugar de encuentro de los estudiantes de la recién creada sección de la Escuela Superior de Policía.
Se volvió de nuevo hacia la ventana. LA PAZ DORADA, anunciaba un arco de letras translúcidas invertidas. GALERÍA Y BAR CAFÉ.
Wisting no sabía desde cuándo había soñado Suzanne con tener un bar como ese. Una noche de invierno ella había dejado a un lado el libro que estaba leyendo y le había contado la historia del encargado del ferry de Hudson River. Durante toda su vida había navegado entre Nueva York y Jersey, ida y vuelta, y vuelta a empezar. Día tras día, año tras año. Un día tomó su gran decisión. Hizo girar el barco y puso rumbo mar adentro a toda velocidad, hacia el océano con el que había soñado toda su vida. Al día siguiente, Suzanne compró el local de la cafetería.
Le preguntó a Wisting cuál era su sueño, pero él no contestó. No porque no quisiera responderle, sino porque no lo sabía. Le gustaba su vida tal y como era. Era policía y no deseaba que las cosas fueran diferentes. Su trabajo como investigador le proporcionaba la sensación de hacer algo importante y cargado de sentido.
Levantó la taza de café, se acercó el periódico dominical y lanzó otra mirada a la oscuridad otoñal. Solía sentarse al fondo del local, donde poca gente se percataba de su presencia. Pero la calle estaba desierta a causa del mal tiempo y Wisting pensó que podía sentarse a la mesa de la ventana sin que nadie lo reconociera desde el otro lado y entrara a charlar un rato con él. Eso ocurría cada vez con más frecuencia desde que había dejado que lo entrevistaran en un programa televisivo para hablar de uno de sus casos.
Uno de los chicos le miró y dio un codazo a sus compañeros. Wisting también lo reconoció. Era uno de los estudiantes de la Academia de Policía. Al principio del semestre habían invitado a Wisting a dar una charla sobre ética y moral. El chico se había sentado en primera fila.
Wisting cogió el periódico. En la portada se leían consejos para adelgazar, avisos de que venían más lluvias y las intrigas de un reality show de la televisión. Los periódicos dominicales no solían incluir noticias nuevas. «Conservas», así llamaba Line a los artículos que habían estado en la redacción días o semanas antes de que los imprimieran. Su hija era periodista en el diario Verdens Gang desde hacía casi cinco años, una profesión que armonizaba con su curiosidad y sentido crítico. Había pasado por distintas secciones del periódico, pero en ese momento trabajaba en la redacción de sucesos, por lo que a veces su equipo editorial se ocupaba de informar sobre los casos de Wisting.
Este gestionaba los roles de detective y de padre sin problemas. Lo que le disgustaba de la profesión de su hija era la idea de que entrara en contacto con todos los horrores de la sociedad. Wisting había sido policía durante treinta y un años. Conocía de primera mano la mayor parte de las formas que adoptan la brutalidad y la barbarie, pero su trabajo también le había provocado muchas noches de insomnio. Y esperaba que su hija se ahorrara esos disgustos.
Pasó las páginas de opinión y leyó las noticias por encima. No contaba con encontrar ningún artículo de Line. Había hablado con ella antes del fin de semana y sabía que estaba de vacaciones.
Cada vez apreciaba más comentar con Line asuntos de la actualidad. Aunque le había costado mucho reconocerlo, las conversaciones con Line habían afectado a cómo se veía en su papel de policía. La visión desde fuera de su hija le había hecho replantearse en más de una ocasión opiniones de sí mismo y su profesión bastante anquilosadas. Sin ir más lejos, durante la conferencia que había dado a los estudiantes de la Escuela Superior de Policía. Había disertado sobre lo importante que era para la seguridad de la gente que la policía actuara con integridad, decencia y corrección, y se dio cuenta de que los puntos de vista de Line le habían proporcionado un contrapeso valioso. Había intentado explicar a sus futuros colegas la importancia de esos valores fundamentales en el trabajo de un policía, que debía intentar ser imparcial, objetivo, sincero y honesto, y consagrarse a la búsqueda constante de la verdad.
Cuando Wisting llegó a la programación televisiva de la última página, los estudiantes se levantaron de la mesa. Se detuvieron en la puerta para abrocharse los abrigos. El más alto buscó a Wisting con la mirada. El detective sonrió e hizo un gesto para que supiera que lo había reconocido.
–¿Es su día libre? –le preguntó el muchacho.
–Es una de las ventajas de haber estado en el cuerpo mucho tiempo –respondió Wisting–. Trabajo de ocho a cuatro y libro todos los fines de semana.
–Gracias por su excelente conferencia, por cierto.
Wisting cogió la taza de café
–Muy amable por tu parte mencionarlo.
El estudiante quiso decir algo más, pero a Wisting le sonó el teléfono. Era Line.
–Hola, papá. ¿Te ha llamado alguien del periódico?
–No –respondió Wisting y se despidió de los tres estudiantes que salían con un movimiento de cabeza–. ¿Por? ¿Ha pasado algo?
–Ahora estoy en la redacción –respondió ella.
–¿No tienes el día libre?
–Sí, pero había ido al gimnasio y he pensado que subiría un momento.
Wisting bebió un sorbo de la taza. Reconocía muchas cosas suyas en su hija. El afán de saber y el deseo de estar siempre donde suceden las cosas.
–Mañana hablarán de ti en el periódico –dijo Line e hizo una pausa antes de seguir–. Pero esta vez van a por ti. Es a ti a quien quieren coger.
2
Mientras Line oía la respiración de su padre al teléfono, movió el cursor por la pantalla donde estaba el artículo sobre su padre, con su foto destacada, preparado para la imprenta.
–Habla del caso Cecilia –explicó.
–¿El caso Cecilia?
La voz sonó dubitativa. Era uno de los casos de los que nunca había querido hablar, uno de los difíciles y dolorosos.
–Cecilia Linde –precisó Line, aunque sabía que su padre no necesitaba ninguna aclaración.
Entonces era un joven investigador y el de Linde había sido uno de los asesinatos más comentados de aquella década. Oyó a su padre tragar y dejar una taza sobre la mesa.
–¿Y bien? –dijo sin más.
Line apartó la vista de la pantalla cuando el redactor jefe se levantó de la mesa de redacción y se dirigió a la escalera que comunicaba con el piso superior. Era la hora de la reunión de la noche, en la que se recogían los últimos hilos del periódico del día siguiente y se decidían las noticias de la primera página. El texto sobre su padre ocupaba dos páginas, y sería un buen artículo de portada. El asesinato de Cecilia Linde todavía estaba muy presente en la conciencia de los lectores, y vendería bien, a pesar de que hubieran transcurrido diecisiete años.
–El abogado de Haglund ha enviado un requerimiento a la Comisión de Revisión de Casos Criminales –explicó cuando el redactor jefe se hubo marchado.
Su padre guardó silencio. El jefe de la sección de noticias recogió un montón de papeles y siguió al redactor jefe a la planta superior. Line volvió a leer por encima el artículo que tenía delante. En realidad, planteaba más preguntas que respuestas, y comprendió que la noticia iría publicándose por entregas, y no solo en su periódico.
–Un detective privado ha trabajado en el caso –prosiguió.
–¿Eso qué tiene que ver conmigo? –preguntó el padre, pero ella supo por su voz que comprendía lo que estaba pasando.
Era su padre quien había estado al frente de la investigación diecisiete años atrás. Desde entonces, se había convertido en un policía conocido; una cara famosa a la que pedir responsabilidades y utilizar en las noticias.
–Opinan que se manipularon las pruebas –explicó Line.
–¿Qué clase de pruebas?
–El ADN. Dicen que lo puso la policía.
Line imaginó cómo los dedos de su padre apretaban la taza de café que tenía sobre la mesa.
–¿Cómo lo justifican? –quiso saber.
–El abogado ha hecho analizar las pruebas de nuevo y opina que la colilla que encontraron con restos de ADN la colocaron después.
–Eso mismo dijeron entonces.
–El abogado cree que lo pueden demostrar y dice que ha mandado la documentación a la Comisión de Revisión de Casos Criminales.
–No entiendo cómo puede demostrar nada de nada –murmuró el padre.
–También tienen un nuevo testigo –prosiguió Line–. Uno que puede proporcionarle a Haglund una coartada.
–¿Por qué no se presentó ese testigo entonces?
–Lo hizo –dijo Line y tragó saliva–. Dice que en su día llamó y habló contigo, pero que después no supo nada más.
El teléfono enmudeció.
–Ahora aquí están reunidos –siguió Line–. Pero te llamarán para pedirte que comentes la noticia. Debes preparar lo que vas a decir.
El padre siguió callado. Line miró la pantalla. La foto de su padre ocupaba casi todo el espacio. Habían utilizado una imagen del programa televisivo de entrevistas de hacía casi un año. Los decorados del estudio eran fáciles de reconocer y funcionaban como una especie de sutil recordatorio de que la persona a quien ahora acusaban de incumplir la ley era un investigador conocido.
En la foto, tenía el espeso cabello oscuro un poco despeinado. Esbozaba una sonrisa tensa y las arrugas de su rostro testimoniaban que había pasado por muchas cosas. Miraba fijamente a la cámara con unos ojos oscuros y serenos. En el programa de televisión no solo se había mostrado como el íntegro y experimentado policía que era, sino también como un investigador comprensivo y atento, con una gran conciencia social. Al día siguiente el pie de esa foto lo presentaría bajo una luz muy distinta. Su mirada se percibiría fría, su sonrisa contenida, falsa. El poder de los medios se convertía en impotencia.
–¿Line?
Ella enderezó el teléfono.
–¿Sí?
–No es cierto. Nada de lo que dicen es cierto.
–Lo sé, papá. No hace falta que me lo digas, pero, en cualquier caso, mañana se publicará.
3
El silencio de la noche se impuso en la redacción. Imágenes de informativos de otros países se deslizaban por las mudas pantallas de televisión, acompañadas por el repiqueteo de ágiles dedos recorriendo los teclados y alguna que otra conversación telefónica en voz baja.
Line estaba apagando el ordenador cuando apareció el redactor jefe. Se llamaba Joakim Frost, pero todo el mundo le conocía por Frosten. Miró alrededor antes de acercarse. A Line le pareció que sus ojos fríos podían ver a través de ella. Se decía que lo habían nombrado redactor jefe por esa razón, porque era incapaz de comprender las tragedias humanas que se escondían tras los titulares. En otras palabras, su falta de empatía le había proporcionado la cualificación necesaria.
–Lo siento –dijo dando por supuesto que Line había visto el artículo sobre su padre–. Iba a llamarte para comentártelo, pero ya estás aquí.
Line asintió. Sabía que la decisión de publicar esa noticia era de él y lo conocía demasiado bien como para iniciar una discusión sobre el asunto. Frosten custodiaba los intereses económicos del periódico como si le fuera la vida en ello y su prioridad era sacar portadas interesantes. Line no tenía ningún interés en oírle disertar una vez más sobre una prensa libre e independiente, y por otro lado a él tampoco le importaban los argumentos que ella pudiera aportar. Frosten llevaba casi cuarenta años en el periódico y a sus ojos ella seguía siendo una insignificante novata.
–Es una historia que no podemos dejar de publicar –dijo él.
Ella asintió de nuevo.
–¿Has hablado con tu padre?
–Sí.
–¿Qué dice?
–Él te lo dirá directamente.
Frosten asintió con la cabeza.
–Tiene todo el derecho a replicar, por supuesto.
Line se permitió esbozar una media sonrisa. Defenderse de una acusación que se publicaba en la portada del periódico servía de poco. Además, con una conversación telefónica unos minutos antes de imprimir el periódico nadie sería capaz de contradecir un artículo en el que había trabajado toda una redacción.
–Escucha, Line –siguió Frosten–. Comprendo que esto es difícil para ti. También lo es para mí, pero este caso va mucho más allá de lo que podamos pensar o sentir nosotros. Es importante que la prensa se mantenga alerta, crítica. Es un caso de interés general y nacional.
Line se puso de pie. Los argumentos de Frosten no eran más que una excusa hipócrita para justificar lo que de verdad le importaba: la tirada. La integridad del periódico podía preservarse sin necesidad de publicar un titular sensacionalista con su padre como protagonista. No hacía falta personalizar la historia de ese modo. La crítica podía dirigirse exactamente igual a la policía como organización e institución pública, pero no venderían tantos periódicos.
–Si necesitas unos días libres, puedes tomártelos –le ofreció el redactor jefe–. Y volver cuando todo esto haya pasado.
–No, gracias.
–Creo que si hubiéramos dejado que lo publicaran otros habría sido aún peor.
Line apartó la mirada. La idea de la cara de su padre en la portada del periódico del día siguiente le daba náuseas.
–Ahórramelo –pidió ella.
–¡Line!
El grito provenía del jefe de la sección de noticias. Estaba con una de las reporteras del turno de noche, pero arrancó una página de su cuaderno y se acercó a ellos casi a la carrera.
–Sé que hoy no trabajas y que probablemente te vendrá mal, pero ¿podrías cubrir un asunto?
Line respondió de forma automática:
–¿Qué asunto?
–Asesinato en el casco antiguo de Fredrikstad. La policía todavía no nos lo ha confirmado, pero tenemos un informante junto a un cadáver ensangrentado.
Line sintió que la noticia la llenaba de energía y la agotaba a la vez. Era el tipo de caso en el que le gustaba trabajar. Se le daban bien. Era buena buscando fuentes y había desarrollado la capacidad de sacarles información y analizarlas, de manera que sabía qué podía utilizar y de qué no se podía fiar.
Frosten esbozó una amplia sonrisa.
–¿Nos llama desde el lugar de los hechos?
–Primero a la policía, luego a nosotros –respondió el jefe de noticias.
–El orden equivocado, pero ningún problema. ¿Quién puede sacar unas fotos?
–Dentro de diez minutos habrá un fotógrafo freelance allí, pero necesitamos un reportero.
Joakim Frost se volvió hacia Line.
–Si no vas a aceptar la oferta de tomarte unos días libres, creo que deberías ponerte en marcha –dijo apresurando el paso hacia la sección de noticias.
Line contempló su espalda y comprendió que sería mucho más agradable para él y para los demás tenerla en Østfold los días siguientes y no en la redacción.
El jefe de noticias le pasó una hoja con el nombre y el número de teléfono del informante.
–Quizás haya algo interesante –dijo, y añadió en voz baja–: No cerraremos la portada hasta dentro de cuatro horas.
4
El periodista le llamó antes de las diez. Wisting no entendió su nombre, solo que llamaba de Verdens Gang.
–Mañana publicamos un artículo sobre el caso Cecilia –empezó–. El abogado Sigurd Henden ha enviado un requerimiento a la Comisión de Revisión de Casos Criminales.
–Sí.
–Nos gustaría saber qué opinas sobre el hecho de que te acusen de haber falsificado las pruebas que condenaron a Rudolf Haglund.
Wisting carraspeó y respondió con voz firme.
–¿Cómo has dicho que te llamabas?
El periodista dudó y Wisting sospechó que se había presentado de manera ininteligible a propósito.
–Eskild Berg.
Wisting carraspeó otra vez. Debía de ser un simple periodista de noticias, no uno de los especialistas en crímenes con quien solía hablar cuando ocurría algo grave. Le parecía haber visto su nombre impreso alguna vez, pero no recordaba haber hablado nunca con él.
–¿Qué opinas sobre las acusaciones de haber falsificado pruebas? –repitió el periodista.
Wisting sintió un escalofrió en la espalda, pero mantuvo la voz tranquila al responder:
–No puedo opinar sin saber en qué consisten esas acusaciones.
–El abogado Henden afirma que puede probar que Rudolf Haglund fue condenado sobre la base de pruebas falsas.
–No sé nada al respecto.
–¿Fuiste el responsable de la investigación?
–Así es.
–Entonces ¿es cierto? ¿Se falsificaron las pruebas?
Wisting hizo una pausa para pensar la respuesta. No era probable que el periodista esperara una confirmación por su parte, pero estaba claro que quería provocar una reacción.
–No sé en qué basa Henden sus afirmaciones –dijo despacio para que el periodista tuviera tiempo de tomar nota–. Pero desconozco por completo que se hayan producido en modo alguno irregularidades durante la investigación.
–Al parecer también hay un testigo al que no se le dio la oportunidad de declarar –continuó el periodista–. Un testigo que iba a pronunciarse a favor de Haglund.
–Esto también lo desconozco, pero estoy seguro de que la Comisión clarificará todas las circunstancias.
–¿No te parece que son acusaciones muy graves contra ti como policía responsable de la investigación?
Era evidente que el periodista intentaba sonsacarle una opinión personal.
–Puedes citar lo que acabo de decir –respondió–. Esta noche no diré nada más.
El periodista lo intentó un par de veces más, pero no logró que picara. Wisting colgó el teléfono consciente de que su punto de vista no les interesaba en absoluto. Comprendía el papel de vigía que representaba la prensa. Era su cometido criticar a los políticos, los poderosos y las instancias públicas. Debían buscar la verdad y poner al descubierto las estafas y las injusticias. Eran principios que estaba encantado de defender, pero ahora tenía la sensación de que la víctima de la injusticia era él.
Miró su reflejo en la oscura ventana contra la que batía la lluvia y le pareció ver la cara de un desconocido.
Conocía a Henden, el abogado, por su participación en varios casos. No había defendido a Haglund hacía diecisiete años, pero hoy en día era un abogado famoso y reconocido de uno de los grandes bufetes de más renombre; había sido secretario de Estado y asesor del Ministerio de Justicia. En los casos en que Wisting lo había tratado había mostrado un comportamiento correcto y escrupuloso. Nunca actuaba de cara a la galería y cuando hacía declaraciones en los medios siempre llevaba las de ganar.
Wisting se había enterado de que Henden estaba trabajando en ese caso cuando un par de meses atrás el abogado había pedido que le permitieran retirar la documentación. Algunas veces los periodistas, detectives privados o abogados les hacían abrir los archivos, pero eso casi nunca conducía a nada.
Sigurd Henden no era el tipo de abogado que escribía cartas o presentaba un requerimiento solo para contentar a sus clientes. Su nivel profesional era alto y seguramente había encontrado algo para solicitar que se reabriera ese antiguo caso de asesinato. Wisting no sabía de qué podía tratarse, y eso le inquietaba sobremanera.
Suzanne le arrancó de sus pensamientos.
–¿Me ayudas? –preguntó abriendo el friegaplatos. El vapor caliente bañó su cara y le hizo dar un paso atrás.
Wisting se puso de pie, le sonrió y fue detrás de la barra para sacar los vasos.
Suzanne fue hasta la puerta, giró la llave y dio la vuelta al cartel de CERRADO. Luego empezó a soplar las velas.
Wisting abrió la boca para hablarle de Cecilia Linde, pero no supo por dónde empezar y la volvió a cerrar.
5
Cuando Line salió del garaje la lluvia golpeó sobre el parabrisas. El agua corría a torrentes por las ventanas y desdibujaba el mundo exterior. Durante los primeros kilómetros de autopista sus pensamientos giraron en torno a su padre. Se sentía impotente, como si estuviera traicionándolo.
Echó una mirada a la hoja que tenía sobre el asiento del copiloto, con las anotaciones del jefe de noticias, y otros pensamientos empezaron a tomar forma en su mente. No podía impedir que se publicara el artículo sobre su padre, pero sí quitarlo de la portada. Eso dependería de lo que descubriera del asunto que iba a cubrir.
Las horas inmediatamente posteriores a un crimen eran tan decisivas para los periodistas como para la policía. Pisó un poco más el acelerador, sacó el móvil y marcó el número del fotógrafo, que ya había llegado. Se llamaba Erik Fjeld y había trabajado con él en un par de casos anteriores. Un tipo bajito, robusto y pelirrojo que llevaba gafas de gruesos cristales.
–¿Qué has averiguado? –preguntó sin rodeos.
–Ahora han acordonado una zona bastante grande –explicó él–. Pero cuando he llegado no había casi nadie.
–¿Sabemos quién es la víctima?
–No, creo que la policía tampoco.
Line consultó el reloj. La hora del cierre de la edición era la una y cuarto. Faltaban algo más de tres horas. Había entregado portadas disponiendo de menos tiempo en ocasiones anteriores, pero dependía más del caso que de ella. Los asesinatos en portada eran cada vez menos frecuentes. El interés por la noticia disminuía a medida que las ediciones digitales hablaban sobre el asunto mientras las imprentas trabajaban. El caso debía poseer algún componente especial y un enfoque del que estuvieran seguros de tener la exclusiva.
–Pero ¿se trata de un hombre? –preguntó mientras miraba entre las escobillas hacia la carretera encharcada que brillaba a la luz de los faros.
–Sí, dicen que de unos cincuenta años.
Line hizo una mueca. Parecía el tipo de caso del que se sacaría poco jugo. Las mujeres jóvenes proporcionaban titulares mayores. Así era como funcionaba la cosa. Y las probabilidades de que fuera alguien famoso tampoco eran muchas. De buenas a primeras solo se le ocurrieron dos famosos nacidos en Fredrikstad, Roald Amundsen y el director de cine Harald Zwart. Amundsen llevaba casi cien años muerto y era probable que Zwart ni siquiera estuviera en Noruega.
–¿Tienes una dirección o una matrícula? –siguió preguntando. Eran datos que podían contribuir a averiguar la identidad del fallecido.
–Sorry. En el sitio en que está no hay ni coches ni casas.
–¿Hay mucha prensa?
–Solo la local, el Demokraten y el Fredrikstad Blad, y un fotógrafo que suele vender sus fotos al Scanpix.
–¿Has hecho fotos?
–He llegado pronto –explicó el fotógrafo–. He estado muy cerca y he hecho una serie buenísima. Han cubierto el cadáver con una manta. Su perro está al lado estirando el cuello. Una luz fantástica con el reflejo azul de los coches patrulla. Cinta policial cerrando el paso y uniformes al fondo.
–¿Perro?
–Sí, debía de estar paseando al perro cuando lo asaltaron.
Line notó que esa información le levantaba el ánimo. Había muchos amantes de los perros por ahí.
–¿Qué clase de perro es?
–Uno de esos de pelo largo, un poco como el perro Labbetuss del programa para niños de la tele, no sé si te acuerdas. Pero más pequeño.
Line sonrió. Se acordaba de Labbetuss.
–Guárdate las fotos con el perro hasta que yo llegue –dijo ella–. Pero manda a la redacción las demás. Necesitarán imágenes para la web.
–Seguro que querrán fotos del perro –objetó el fotógrafo–. Son buenas de verdad.
–Espera –repitió Line. Las necesitaba para colocarlas en su titular. Si las mejores fotos ya circulaban por la red, su labor perdía valor.
Acabó la conversación antes de oír más protestas del fotógrafo. Echó un vistazo al retrovisor y se encontró con sus ojos azules. No se había maquillado y tampoco se había arreglado el cabello tras pasar por el gimnasio del periódico. Parecía que en la última hora todo se hubiera puesto patas arriba a su alrededor. En realidad, esa noche no había tenido otro plan que tumbarse en el sofá y ver una buena película, pero ahora conducía un poco por encima del límite de velocidad en dirección a Østfold.
Cambió de carril tras pasar el desvío a Vinterbro y cogió la nota con el número de teléfono del informante. Debería haber quedado con él para concertar una entrevista, pero no tenía tiempo. Tendría que hablar con él por teléfono.
El aparato sonó un buen rato antes de que contestaran. Era evidente que el hombre estaba afectado; le temblaba la voz.
Line puso el papel en el centro del volante y anotó algunas palabras mientras conducía con el antebrazo. El hombre no le explicó nada nuevo. Se dirigía hacia su casa cuando se encontró con el hombre muerto.
–La sangre todavía manaba –explicó–. Pero no he podido hacer nada, tenía la cara destrozada.
Line sintió asco, pero pensó que citar entre comillas lo de la sangre manando quedaría muy bien y contribuiría a acercar el caso a la portada. La manera en que alguien había sido asesinado siempre resultaba interesante.
–¿Lo mataron a golpes? –preguntó para estar segura.
–Sí, sí.
–¿Sabes con qué lo golpearon?
–No.
–¿No había nada tirado en el suelo? ¿Alguna clase de arma?
–No… si hubiera visto un bate o algo parecido me habría fijado, ¿no cree? Pero pueden haberlo hecho con una piedra, o algo por el estilo.
–Debes de haber llegado instantes después de que sucediera –opinó Line pensando en la sangre reciente–. ¿Viste a alguien?
Se hizo un silencio, como si el hombre estuviera pensando.
–No, solo estaba yo –respondió–. El hombre muerto y yo. Y su perro.
Hizo unas cuantas preguntas más pero no consiguió nada aprovechable. Al acabar la conversación se sintió invadida por una serie de sentimientos contradictorios. Andaba a la caza de detalles sangrientos y bestiales con la esperanza de que quitaran de la primera página el artículo sobre su padre. Para satisfacer sus necesidades, deseaba que otra persona hubiera sido víctima del mayor sufrimiento posible. Line no acababa de reconocerse en esos pensamientos.
Al pasar, un camión levantó un remolino de agua de la carretera encharcada. En cuanto lo adelantó, llamó al número de información telefónica.
Lo habitual, cuando salía a cubrir un caso, era que sus compañeros en la redacción le prestaran un servicio de respaldo, que un equipo la mantuviera informada de lo que publicaban los otros periódicos digitales, comprobara las informaciones e investigara asuntos sobre los que necesitara ayuda. Esta vez no tenía ganas de hablar con nadie del periódico.
Una mujer con voz somnolienta le preguntó en qué podía ayudarla. Line le pidió que buscara el número de teléfono de una gasolinera en el casco antiguo de la ciudad de Fredrikstad. En una ciudad pequeña los rumores solían difundirse deprisa y, según su experiencia, las gasolineras abiertas toda la noche eran lugares donde se hablaba de todo. Le pasaron la llamada a la gasolinera Statoil Østsiden. La mujer que contestó parecía joven. Line se presentó y cogió la hoja que había anotado el redactor de noticias.
–Trabajo en el VG y me dirijo al lugar para escribir sobre el asesinato de la calle Heiberg –explicó comprobando el nombre de la calle en la cuartilla que tenía delante–. ¿Te has enterado de algo?
Line oyó a la chica darle vueltas al chicle que tenía en la boca antes de contestar:
–Sí, varias personas que han pasado por aquí lo han mencionado.
–¿Alguien ha dicho quién era?
–No.
–Parece que era un hombre que paseaba a su perro.
–Mucha gente sale a pasear por ahí, ¿no? Por las fortificaciones.
–Iba con un perro de pelo largo –probó Line–. Como Labbetuss. ¿A lo mejor ha pasado por la gasolinera?
–¿Labbetuss?
La chica debía de ser demasiado joven y Line no se molestó en explicárselo.
–El que han matado tendría unos cuarenta y cinco o cincuenta años –optó por decir.
–No creo que lo haya visto –respondió la chica tras dudarlo un poco–. Al menos, hoy no. Pero puedo preguntar un poco por ahí.
–Gracias. ¿Podrías apuntar mi número y llamarme si te enteras de algo? Pagamos por las informaciones que nos resultan útiles.
Cuando hablaba con la gente no solía mencionar esos honorarios, pero podía ser un factor determinante para que la gente llamara.
–Vale –dijo la chica–. ¿Es el número que aparece en la pantalla?
Line recitó su número para asegurarse de que estaba bien y volvió a pedirle a la chica que la llamara.
–Un tiempo extraño para salir a pasear, por cierto, llueve a cántaros y lleva así toda la noche.
Line le dio la razón, pero no le dio más vueltas.
Su siguiente llamada fue a la central de taxis. El hombre de la centralita hablaba alargando las eles y con el acento nasal y encantador de la zona. No pudo ayudarla, pero la puso en contacto con un coche que estaba en la calle Torsnes, muy cerca del lugar de los hechos.
–¿Has oído hablar sobre quién puede haber sido? –preguntó tras presentarse.
El conductor parecía deseoso de ayudarla, pero no sabía nada que pudiera servirle.
–Pero por ahí van bastantes extranjeros de noche –explicó–. Este verano atracaron y amenazaron con un cuchillo a uno de nuestros conductores en Gudeberg.
–Creo haberlo leído –comentó Line, aunque sin recordar en realidad el incidente.
El conductor prometió preguntar a sus colegas y a otros conocidos antes de que Line le diera su número de teléfono y le prometiera que le recompensaría cualquier pista útil que pudiera proporcionarle.
El reloj del salpicadero marcaba las 22.19. De momento no tenía ningún punto de partida, y faltaban menos de tres horas para el cierre.
6
Cuando Line cruzó el puente que separaba el centro de Fredrikstad del casco antiguo, la hora límite estaba media hora más cerca. No conocía la ciudad y se dejó guiar por el GPS que llevaba pegado al parabrisas. La calle Heiberg estaba en un barrio residencial. A ambos lados de la calzada había grandes fincas con chalets, árboles frutales bien cuidados y vallas de madera blanca. En el acceso a un polideportivo habían cortado la calle con un coche patrulla atravesado y una cinta que acordonaba un amplio perímetro. El viento agitaba y retorcía la cinta roja y blanca. En la parte exterior había algunos coches y un par de personas con paraguas.
Line condujo hasta el aparcamiento del polideportivo, detuvo el coche y oteó a través de la fría cortina de lluvia para absorber las primeras impresiones. Dos focos estratégicamente colocados taladraban la oscuridad y la lluvia con sus potentes haces de luz. Sobre lo que debía de ser el lugar del crimen habían colocado una gran tienda de campaña. Se elevaba sobre el carril para bicicletas y peatones que discurría paralelo a la calzada cortada. Iluminados por la luz artificial vio a los especialistas en escenarios de crímenes vestidos con los obligatorios monos blancos estériles. Iban de un lado a otro del sendero y dejaban las pruebas potenciales en bolsas de plástico etiquetadas. Dos hombres con chubasqueros que llevaban el logo de la televisión pública NRK a la espalda cargaban el equipo de filmación en una furgoneta blanca.
Line se inclinó sobre el asiento trasero, revolvió en la bolsa de viaje y sacó un chubasquero. Le costó un poco ponérselo antes de bajarse del coche para enfrentarse al viento y la lluvia. Otro de los conductores le hizo luces. Line corrió hacia el coche, reconoció a Erik Fjeld al volante y se dejó caer sobre el asiento del copiloto. La alfombrilla estaba repleta de botellas de refresco vacías, envoltorios de perritos calientes y demás basura que crujió bajo sus pies.
–¿Alguna novedad? –quiso saber.
–Yo también me alegro de verte. –Erik le sonrió.
Ella le devolvió la sonrisa y comprendió que el fotógrafo llevaba esperando mucho rato.
–¿Puedo ver las fotos? –preguntó.
Erik Fjeld tocó la cámara para mostrarle las fotos en la pantalla. La imagen era mejor de que lo que había imaginado. El hombre fallecido estaba tapado con una manta azul clara y solo asomaban un par de botas de agua. Sentado junto a su cabeza estaba el perro. El pelo mojado y desgreñado brillaba a la luz. La cabeza un poco ladeada le confería una expresión desalentada y sorprendida. El morro adelantado y la boca abierta. Casi podía oírse su aullido.
Line asintió satisfecha. Era una foto conmovedora. Además, los editores de guardia podrían encajar un titular y un texto en el asfalto negro de la parte inferior.
–¿Dónde está el perro? –preguntó levantando la vista.
El vapor de agua se había concentrado en el interior del parabrisas. Se inclinó para limpiar el cristal con la mano.
–Vino un coche de Falck y se lo llevó.
–¿De Falck?
–Son los que se hacen cargo de los perros sin dueño en la ciudad. Creo que todos nos alegramos cuando se lo llevaron. Resultaba doloroso oírlo.
Tuvo una idea repentina, abrió la puerta del coche de manera que la luz del interior se encendió.
–¿Adónde se lo han llevado?
–¿Al perro?
–Sí. ¿Dónde está ahora?
–Supongo que en la central. En la calle Tomte, en Lisleby.
Line se había bajado del coche antes de que acabara de hablar.
–¿Qué vas a hacer?
–Voy a ver al perro.
–¿Voy contigo?
Ella negó con la cabeza.
–Espera aquí. Seguro que pronto sacarán el cadáver. Nos harán falta esas fotos. Te llamaré si te necesito.
Salió dando un portazo, fue corriendo a su coche y metió la dirección que le había dado el fotógrafo en el GPS. Estaba al otro lado del río Glomma, cerca del centro. A once minutos, le informó el dispositivo. Llegó en nueve minutos y medio.
Había una grúa con el motor en marcha ante la fachada de paneles grises de acero y aluminio del enorme edificio. El conductor recogió un cable y lo metió en un armario bajo la plataforma de carga. Levantó la mirada cuando Line se detuvo a su lado. Ella se bajó del coche y le sonrió.
–¿Es aquí adonde traen a los perros abandonados? –preguntó alborotándose con la mano el flequillo ya de por sí despeinado.
–¿Has perdido alguno? –preguntó el hombre quitándose los guantes de trabajo.
–En realidad no –respondió Line–. Pero me preguntaba si podría ver al perro que habéis recogido en la calle Heiberg hace un rato.
Line permaneció de pie bajo el intenso haz de luz anaranjada de los focos de la pared. El hombre la miró de arriba abajo, desde el cabello rubio hasta las punteras de los zapatos. Y luego posó la mirada a la altura de su pecho antes de asentir con la cabeza.
–¿El perro del tipo al que han matado?
Line asintió, se presentó y explicó dónde trabajaba. Según su experiencia, cuando en esas ocasiones una persona oía que era periodista podía tener dos tipos de reacción: o se cerraba en banda o mostraba tener una buena relación con el periódico para el que trabajaba, lo leía a diario tomándose un café y veía la posibilidad de participar en el contenido de la próxima edición.
El hombre que tenía delante se pasó la mano por el cabello mojado por la lluvia.
–¿Quieres entrar a saludarle? –preguntó señalando el garaje a su espalda con un movimiento de cabeza.
Line sonrió y siguió al mecánico hasta una sala en la que colgaban hileras de bicicletas del techo.
–Objetos perdidos –explicó el hombre trazando un arco con el brazo–. Drillo está aquí.
Señaló una puerta en el otro extremo del local.
–¿Drillo? –repitió Line.
–Sí, lo llamamos así –sonrió el hombre–. Es un perro clavado al que tiene Drillo.
Cierto, pensó Line. El entrenador de la selección de futbol tenía un perro de pelo largo idéntico al que había visto en la foto. Él también era de Fredrikstad, si no se equivocaba. En ese caso, la ciudad disponía de un famoso más.
El hombre empujó la puerta de la habitación contigua. Estaba poco iluminada y contenía cuatro cabinas de rejas con puerta de malla metálica. El perro del primer cubículo era un pastor alemán grueso, con el morro encanecido y la mirada perdida. Entreabrió los ojos, apático, antes de apoyar de nuevo la cabeza sobre las patas.
En la última jaula estaba sentado el perro que la gente de Falck ya había bautizado con el nombre de Drillo. Tenía la mirada sombría y estaba pendiente de todos los movimientos de los recién llegados. Sus ojos parecían de cristal, como si mirara a través de ellos pero, a la vez, los observara.
Line se acercó a los barrotes. El perro se levantó y se aproximó a ella, despacio y tranquilo. Ella puso la palma sobre la malla metálica. El perro la miró y olisqueó un poco, pero no movió el rabo.
El hombre se acercó por detrás.
–¿Quieres entrar?
No esperó a que respondiera, sino que sacó la traviesa que mantenía la puerta cerrada. Line entró. El perro se sentó y la miró con calma.
–Hola –saludó Line y le rascó el cuello. Luego le levantó las orejas y lo inspeccionó.
–¿Sabes si lleva chip? –preguntó y se giró hacia el hombre del mono.
Él levantó las comisura de los labios.
–No hemos tenido tiempo de pensar en eso todavía –respondió acercándose a un armario–. Pero creo que el aparatito está por aquí.
En una ocasión, antes de pasarse a la sección de sucesos, Line había escrito un artículo sobre cómo marcar a un perro para identificarlo. Había dos maneras. O bien con un tatuaje en el interior de la oreja, o bien con un microchip que el veterinario insertaba con una jeringuilla en el lado izquierdo del cuello o justo encima del hombro izquierdo. Era un microprocesador que contenía un número de registro que podía buscarse en internet y permitía la localización del dueño.
–Aquí está –dijo el hombre mostrando un artilugio similar al que se usaba en los supermercados para leer el código de barras de los productos.
Line intentó localizar e
