Madame B

Sandrine Destombes

Fragmento

cap-2

2

Hacía una semana que Blanche esperaba pacientemente un nuevo encargo. Había vuelto a su estudio de la rue Hallé, en el distrito XIV de París. En cualquier otra parte se habría pasado los días caminando arriba y abajo, pero allí el techo abuhardillado no le permitía dar más de cinco pasos seguidos. Había aprovechado el obligado descanso para poner sus documentos en orden.

Oficialmente, Blanche se comprometía a eliminar todo rastro de sus intervenciones. Una vez cumplida la misión, los clientes no tenían nada que temer. Estaba en juego su propia reputación. Adrian incluso le había dejado una frase preparada por si le preguntaban sobre el tema. Pero Adrian también la había advertido acerca de la precariedad laboral del sector y la necesidad de tomar ciertas precauciones. Aparte de obligarla a abrir un plan de ahorro al inicio de su carrera profesional, el viejo hombre le había enseñado cómo cubrirse las espaldas. No se trataba de chantajear a nadie, sino de tener un seguro de vida. Si llegasen a detener a uno de sus clientes, Blanche necesitaba poder recordarle hasta qué punto era imprudente implicarla. Por eso conservaba con sumo cuidado un souvenir más o menos incriminatorio de cada misión: el arma del crimen, una fotografía, un mensaje... No era una decisión premeditada, pero hasta la fecha sus grandes limpiezas siempre le habían permitido hacerse con algún elemento inculpador. Los objetos los almacenaba Adrian en su cobertizo, y Blanche se encargaba de digitalizar y archivar lo demás en su ordenador.

Una base de datos le facilitaba tener los expedientes actualizados. Blanche acababa de rellenar la ficha 92 y se preguntaba qué sentiría cuando llegase a la número 100. Puede que se regalase un viaje para celebrarlo. Soñaba con conocer Argentina, pero siempre encontraba alguna excusa para posponerlo. En realidad, Blanche era incapaz de alejarse de Adrian. Era un pilar para ella, su protector. Desde hacía un tiempo la animaba a que se distanciase un poco, a que pasase unos días sin contactar con él. Sin embargo, el resultado era poco convincente. Blanche había vuelto a morderse las uñas y se olvidaba a menudo de tomar la medicación. Este último argumento había sido más efectivo que ningún otro, así que Adrian la esperaba a última hora del día. Mientras tanto, Blanche ocupaba el tiempo como podía.

Catalogar el último encargo que había hecho no le llevó más de media hora. Era un caso clásico de limpieza que no había exigido demasiado trabajo. A un hombre de negocios casado y con dos niños se le había ido la mano con el trabajador sexual que había recibido en casa mientras su pequeña familia disfrutaba de la nieve en Courchevel. Su primera reacción fue llamar a su abogado, quien le aconsejó los servicios de RécureNet & Associés.

Al principio, Blanche se había ayudado de los contactos de Adrian. Después había ampliado la lista considerablemente. Había acudido durante semanas a los tribunales para observar cómo los abogados defendían a sus clientes. Cuanto más tendenciosos eran sus argumentos, mejor posición alcanzaban en su lista. Una vez concluida esta primera fase de reconocimiento, Blanche había contactado uno por uno con los que le habían parecido menos íntegros. Por supuesto, los había abordado como es debido, con un discurso plagado de sutilezas. En el caso de que alguna conversación fuese grabada, nada de lo dicho podía incriminar a ninguna de las partes. Y si se cerraba el acuerdo, en realidad el abogado solo se comprometía a recomendar una buena empresa de limpieza a domicilio en caso de necesidad. La principal ventaja de la compañía era que estaba disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana, sin necesidad de contrato oficial. De esta manera Blanche Barjac había duplicado su volumen de negocios en tres años.

De ahí que Monsieur R hubiera marcado el número de RécureNet & Associés a las once de la noche, mientras el cuerpo de un joven yacía sobre la alfombra barata de su dormitorio. Monsieur R, que al principio había entrado en pánico, recobró la compostura en cuanto Blanche le anunció sus tarifas. Por algo había comprado aquella alfombra en una gran cadena de tiendas suecas. A Monsieur R le gustaba que la gente supiese que era rico, pero no creía que mereciese la pena gastar dinero en lo que no se veía. Así que Blanche le había propuesto una solución muy económica. Sabía variar las ofertas en función del cliente. Si Monsieur R se ocupaba él mismo del cuerpo, ella solo le cobraría un tercio del precio total. Recabó el máximo de información por teléfono, evitando decir nada que pudiese inculparlos, y escogió los productos y accesorios más apropiados.

Una vez en el lugar, Blanche tomó posesión del móvil de la víctima y el ordenador de su cliente. Este último había admitido que lo usaba para cazar a sus presas por internet. Contactaba con ellas a través de las redes sociales, siempre bajo el mismo seudónimo, y a veces conservaba fotos de sus retozos. A Blanche ya no le sorprendía lo tontos que podían llegar a ser algunos de sus clientes. Cuanto más alta era su posición social, menos se protegían. La vanidad parecía nublarles el sentido común. Adrian opinaba que justamente ese riesgo era lo que los excitaba. Entretanto, Blanche tenía una amplia variedad de elementos comprometedores donde elegir.

Llevaba a cabo una buena docena de encargos similares al año. Eran, por así decirlo, su sustento. Servían para pagar las facturas y el importe recibido era bastante fácil de justificar. Pero esas intervenciones no eran sus preferidas. Durante los primeros años las acometía con el entusiasmo de una principiante deseosa de perfeccionar su técnica, pero ya hacía tiempo que ese tipo de encargos no le despertaban ninguna emoción. Al fin y al cabo, ¿qué mujer de la limpieza se regocija con el trabajo bien hecho tras quince años de profesión? Quince años y noventa y dos misiones. Eso representaba apenas seis actuaciones por año, aunque era un cálculo erróneo. Había tardado casi cinco años en hacerse un nombre. Cuando Adrian anunció a sus clientes que pasaba el relevo y que su sucesora sería una mujer de veinticuatro años, obtuvo una respuesta más bien tibia. Algunas limpiezas quedaban claramente fuera del alcance de una mujer.

Blanche tuvo que demostrar su valía. Aceptó encargos mal pagados, realizó tareas que se salían de su campo de acción. Tuvo que recorrer un largo camino antes de conseguir que nadie pudiera cuestionar su trabajo. En la actualidad era un referente en el sector, e incluso habría podido permitirse rechazar el acuerdo con Monsieur R. Si seguía aceptando desplazarse por tan poco era únicamente para conservar su reputación. La empresa tenía buena fama, pero las intervenciones que le asegurarían una jubilación de oro obviamente no podía declararlas.

Así pues, Blanche archivó el expediente de Monsieur R sin sentir ni un ápice de emoción. Se disponía a apagar el ordenador cuando apareció un mensaje entrante en la parte superior de la pantalla. La apatía de Blanche se esfumó al instante.

cap-3

3

Recibir un correo electrónico del Sabueso siempre le producía el mismo efecto. Sentía una descarga eléctrica y se le aceleraba el corazón. Más que esperarlos, Blanche anhelaba sus mensajes, pues el hecho de que el Sabueso se pusiese en contacto con ella ya era gratificante de por sí.

El Sabueso había sido el primer cliente importante que confió en ella. Adrian había trabajado para él una veintena de años, y Blanche se preguntaba a veces qué aspecto tendría. Sin embargo, no quería que Adrian se lo dijese. Prefería imaginárselo. Aparte de Adrian, nadie lo había visto nunca ni sabía nada de su vida privada. No obstante, todo el mundo estaba de acuerdo en que era el mejor. Recurrir al Sabueso era garantía de tranquilidad absoluta. Dicho de otro modo, siempre cometía el crimen perfecto. Blanche envidiaba su reputación. Era una autoridad en su campo. Después de cada colaboración, porque así era como el Sabueso llamaba a esos encargos, Blanche compraba la prensa durante una semana para buscar alguna información al respecto. Nunca había encontrado una frase que hiciera referencia a un asesinato, un accidente o incluso una desaparición inquietante. El único rastro que dejaba el Sabueso eran sus víctimas. Si Blanche no hubiera estado en sus cabales, habría podido dudar de su propia intervención. Intervención que, en esos casos, no se limitaba a una simple limpieza general. El Sabueso tenía otras exigencias y siempre pagaba el precio sin discutir.

Hacer desaparecer un cuerpo era bastante más complicado que eliminar una mancha de sangre. La corpulencia del sujeto, el sitio en que se encontrara o el tiempo del que dispusiera eran factores que Blanche debía tener en cuenta antes de ejecutar la tarea. No se puede disolver un cuerpo con sosa cáustica en cualquier bañera, del mismo modo que no se puede transportar a un hombre de ciento veinte kilos sin echar mano de una carretilla apropiada. Blanche debía todos sus conocimientos a Adrian, su padrastro. La había entrenado durante meses con cadáveres salidos directamente de la morgue. Cuando le preguntó de dónde los sacaba, él mencionó una deuda, sin más detalles. Fue entonces cuando Blanche comprendió que las pruebas que iba almacenando podían servir para otros propósitos además de protegerla.

El Sabueso era con mucho el asesino a sueldo con quien más le gustaba trabajar. Con él no había margen de error. Todo estaba atado. Le proporcionaba la hora, la fecha y el sitio exacto del crimen con varios días de antelación. Si el Sabueso afirmaba que el cuerpo estaría tumbado sobre las baldosas de una cocina, no tenía motivos para dudar de ello. Así que Blanche abrió el correo con la misma alegría con que abriría el mensaje de un viejo amigo.

La misión tendría lugar el lunes por la noche. Eso le dejaba el fin de semana para prepararse. La futura víctima era un hombre de sesenta y dos años que pesaba noventa y seis kilos y medía un metro ochenta. El Sabueso precisaba que el individuo iba en una silla de ruedas de la que también habría que deshacerse. Por supuesto, el mensaje no estaba escrito con tanta claridad, pero Blanche había aprendido a descifrar las instrucciones de sus clientes regulares. Cada uno tenía su propio código. El del Sabueso le resultaba tan familiar que no necesitaba transcribirlo. Blanche no sabría nunca qué había hecho ese hombre condenado ni quién le deseaba la muerte, y mejor así. Solo se había impuesto una regla al empezar su profesión: jamás se encargaría del cadáver de un niño. Nada le aseguraba que las demás víctimas merecieran su suerte, pero en las noches en las que le remordía la conciencia, por lo menos podía inventarse una historia.

Su intervención sería a la una de la madrugada y a tres horas de París. El Sabueso abatiría al hombre de un tiro en la nuca y estimaba que no habría casi ninguna o ninguna salpicadura de sangre. Habría una bolsa de viaje en la entrada. Blanche debería recogerla y destruir su contenido. El Sabueso se había tomado la molestia de elaborar un inventario y Blanche ya estaba clasificando mentalmente los residuos. Había una serie de medicamentos que en circunstancias normales habría depositado en una farmacia, pero sabía que no lo haría. Era un riesgo demasiado grande; su conciencia ecológica tenía un límite. En cualquier caso, el cuerpo, la bolsa y la silla de ruedas la obligaban a utilizar la furgoneta, de modo que unas cuantas pastillas no serían lo más grave que dejaría su huella de carbono.

Como de costumbre, el Sabueso acababa el correo con un saludo cordial y añadía que quedaba a su disposición para cualquier información complementaria. En otras palabras, esperaba su confirmación para efectuar el primer ingreso; el resto del pago solía hacerse una semana después del servicio. Blanche no necesitaba pensárselo demasiado. Hacía semanas que esperaba una misión de esa índole.

Al llegar a Mortcerf, Blanche se preguntó una vez más por qué Adrian habría decidido instalarse allí. El hombre mayor no compartía ningún vínculo con esa zona y siempre había proclamado su amor por la ciudad. Era una casa aislada en medio del campo y el vecino más cercano debía de estar a más de un kilómetro. Cada vez que aludía al tema, él replicaba que justamente allí estaba la clave de una buena jubilación. Esa noche tendrían la misma conversación, y solo de pensarlo Blanche esbozó una sonrisa.

Adrian la esperaba en la puerta. Aunque todavía no era de noche, había encendido la luz de la terraza. Sabía que a Blanche le daba miedo el anochecer. Un miedo infantil que no la había abandonado nunca. Ese hombre la conocía perfectamente, de modo que en cuanto Blanche puso un pie en el suelo supo que tenía algo que contarle.

Blanche esperaba que se alegrase, que la felicitase por su perseverancia, pero el hombre no había abierto la boca después de que ella se dejase caer en el sofá del salón. Al contrario, su expresión era hermética.

—¡Pensaba que te haría ilusión! Siempre me has dicho que las misiones del Sabueso son todo un honor.

—Y lo son —respondió Adrian atizando el fuego de la chimenea.

—Entonces, ¿qué pasa?

—Apenas te has tomado una semana para descansar.

—¿Descansar? —repitió Blanche desconcertada—. ¿Y desde cuándo se supone que tengo que descansar entre encargo y encargo?

—¿No me dijiste que estabas teniendo malos pensamientos?

Blanche entendió enseguida por dónde quería ir su padrastro, pero se negó a seguirle el juego.

—¡Estoy bien! Te lo prometo.

—No es la impresión que me ha dado últimamente.

Blanche soltó un fuerte resoplido antes de exponer su defensa.

—Sabes perfectamente que siempre me da un bajón en esta época. Es así. No hay nada que hacer. Por más que intente no pensar en ello, es superior a mí. ¡Así que déjame decirte que un encargo interesante es lo mejor que podía pasarme!

—Tenemos dos días por delante para ver si es verdad.

—¡Ya he aceptado el trabajo! —protestó Blanche—. No voy a renunciar ahora.

—Ya sabes cuál es el trato —respondió Adrian con firmeza.

cap-4

4

—Puño, canto, palma —repitió Adrian por quinta vez mientras Blanche agitaba la mano alzando los ojos al cielo—. Una vez más, ¡y concéntrate! Puño, canto, palma.

—¿No crees que ya lo he hecho suficientes veces? ¡Acabará doliéndome la mano!

—Pararemos cuando te tomes en serio los ejercicios.

—¡Llevamos así dos horas, Adrian! ¿No podríamos hacer una pausa?

El hombre la conocía lo bastante bien para saber que ya no conseguiría nada más de ella.

—Entonces haz algo útil y pon la mesa —dijo a modo de claudicación—. El pollo debe de estar listo.

A Blanche le costó reprimir una sonrisa. Llevaban años con ese jueguecito, y aunque cada día le molestaba más, era la prueba de que no estaría sola cuando las cosas se pusieran difíciles, porque ese momento llegaría y ella lo sabía.

—¿Quieres que hablemos de ello? —preguntó Adrian, que sabía lo que estaba pensando.

—¿De qué? —contestó ella secamente—. ¿De mi condición? ¿De mi madre? ¿Del tiempo que hace hoy?

—Todo está un poco relacionado —le respondió el hombre con calma—. Excepto lo del tiempo, claro. Sé que hay fechas más dolorosas que otras. Veinte años es un número importante.

—¡Miremos el lado positivo! Hace veinte años que te ocupas de mí y aquí sigues. ¡Al final habrás aguantado más tiempo que ella!

—Deja el cinismo un rato, ¿quieres? Tu madre no te abandonó, Blanche. Lo que hizo no tuvo nada que ver contigo.

—Si me hubiese querido un poquito más, ¡no se habría suicidado! —respondió con rabia.

—Sabes perfectamente que no es tan sencillo. Yo creo que lo hizo justamente porque te quería más que a nada. Quería protegerte.

—¡Todavía le quedaba mucho tiempo!

—No lo sabes. Además, ¿de verdad habrías querido eso? ¿Ver como enloquecía poco a poco?

—Todos los estudios demuestran que puede tardar años.

—Todos esos estudios no existían en aquella época. Los propios médicos tenían dudas sobre su diagnóstico. Tu madre estaba perdiendo facultades. No quería acabar siendo una carga para ti.

—Podría haber cuidado de ella.

—¡Tenías diecinueve años!

—¿Y tú? Tú podrías haberla cuidado.

—Ella no quería —respondió Adrian con frialdad.

Blanche había ido demasiado lejos. Había tocado un nervio sensible y lo sabía. La historia entre su madre y él no le pertenecía. Era algo entre ellos dos y ella no tenía nada que decir al respecto. Como mucho habría podido preocuparse por cómo lo llevaba él; a fin de cuentas, ambos compartían esa fatídica fecha.

Blanche le cogió la mano y se la apretó suavemente. Era su código. Un simple gesto tan poderoso como cualquier palabra. Adrian asintió con la cabeza. El asunto quedaba zanjado.

Durante la comida el ambiente fue mucho más distendido. Adrian tenía algunos proyectos para su terreno y Blanche se reía al ver como disfrutaba de su jubilación. El hombre quería cultivar un huerto, a pesar de que la única planta verde que Blanche había visto en su casa era artificial. También quería convertir el desván en un taller, aunque todavía no se había parado a pensar qué disciplina artística ejercería.

No abordaron el tema de la futura tarea para el Sabueso hasta la hora del café. Adrian había desplegado un mapa de carreteras sobre la mesa. Con un Bic de cuatro colores en la mano, iba marcando círculos en rojo, verde o negro sobre distintas zonas. Blanche no necesitaba ninguna leyenda. Sabía que las primeras eran las que había que evitar, mientras que el resto eran lugares seguros por orden de preferencia. Nunca se estaba a salvo de algún imprevisto, por lo que era indispensable contar con un refugio en caso de necesidad. Había intentado modernizar el método de su padrastro proporcionándole un ordenador de última generación, pero Adrian no cedía. «Así tenemos el panorama completo», replicaba. Blanche habría podido responderle que esos mapas debían de estar obsoletos, pero prefería dejarlo pasar. La noche anterior a cada misión esperaba pacientemente a que él se fuese a dormir para verificar si la información seguía siendo válida.

Enseguida se pusieron de acuerdo acerca de los productos que debía utilizar y las habitaciones que tendría que revisar antes de irse. El Sabueso era de lejos su cliente más precavido, pero una segunda revisión nunca estaba de más.

La silla de ruedas representaba una ventaja considerable. Blanche podría sacar el cuerpo rápidamente. Sin embargo, debía prepararse para cualquier imprevisto. Si la víctima no se encontraba en la silla de ruedas, sino que había caído al suelo, haría falta un equipamiento especial. Levantar un peso muerto de noventa y seis kilos con su estatura era todo un reto. Cuando le empezaron a doler las articulaciones, Adrian invirtió en una grúa como las que se usan para levantar enfermos. Luego enseñó a Blanche a manejarla de manera que su baja estatura nunca volviera a ser un problema. Así pues, cargarían la máquina en la furgoneta junto con los cubos, las bolsas de basura y los productos de limpieza. Solo faltaba decidir qué haría con el cuerpo.

—¿Tienes alguna preferencia? —le preguntó Adrian mientras le servía otro café.

—Hay un lago a cincuenta kilómetros.

—Demasiado arriesgado. Es una zona muy frecuentada, incluso en esta época del año.

—Pensaba atarle un peso al cuerpo y tirarlo en medio del lago. Me sorprendería mucho que la gente nadara tan adentro con el agua a diez grados.

—Hay pescadores. Y además, ¡a principios de primavera el cuerpo todavía no habrá desaparecido!

—Quería cambiar de técnica. Dejar que el cuerpo se descompusiera durante unas semanas para no tener que deshacerme más que de los huesos.

—Eso no quita que alguien pueda encontrarlo antes de que lo vayas a buscar. Es arriesgado y dudo que al Sabueso le guste.

—¿Qué se te ocurre a ti?

—Hacer un Lafarge. Clásico pero eficaz.

Hacer un Lafarge consistía en encontrar un lugar donde estuviesen haciendo una obra y dejar que cubrieran a la víctima con hormigón. Cuanto más grande fuese la obra, más sencilla sería la operación. Bastaba con averiguar en qué punto del proceso se hallaba la construcción y esperar a que en el programa figurase cuándo se harían los cimientos. Blanche no tenía más que guardar el cuerpo hasta la fatídica fecha. Unas horas antes de la llegada de los obreros, arrojaba a la víctima a la cavidad, la recubría con algún material específico que se utilizase en esa obra y listo. Hasta el momento nadie se había quejado nunca de que faltara un metro cúbico por rellenar.

A Blanche no le gustaba demasiado ese método. Implicaba manipular el cuerpo varias veces, porque de ninguna manera podía dejarlo unos cuantos días en la furgoneta. El tiempo de trayecto no suponía ningún problema. Blanche había encargado construir una especie de cofre metálico en la parte trasera del vehículo, lo suficientemente largo y hondo para ocultar a un hombre de noventa y seis kilos. Una vez cerrado, colocaba todos los utensilios encima y parecía que el diseño venía de fábrica. Sin embargo, todavía quedaba un problema: el olor de un cuerpo en descomposición era difícil de disimular. La mejor solución era depositarlo en el congelador que había en el cobertizo de Adrian hasta que pudiera deshacerse de él.

—¿Sabes de alguna obra por aquí cerca? —preguntó finalmente.

Adrian frunció el ceño. Blanche tuvo la sensación de que estaba buscando las palabras adecuadas. Respetó su silencio hasta cierto momento.

—¿Sabes de alguna o no?

—Sí, sé de una.

cap-5

5

Adrian sabía que acababan de demoler el edificio en el que se había criado Blanche con su madre para convertirlo en un centro deportivo. La obra ya había empezado. Dudó un buen rato antes de contárselo. Blanche estaba nerviosa últimamente y temía que esa opción fuese demasiado para ella. Así que propuso hacer él mismo esa parte de la tarea. Hacía tiempo que había dejado el oficio, pero deshacerse de un cuerpo todavía entraba dentro de sus posibilidades. Blanche se negó tajantemente. Le aseguró que sabría gestionarlo.

Ahora que estaba sola en la furgoneta, esperando pacientemente a que fuera la una de la madrugada para entrar en casa de la futura víctima del Sabueso, se preguntaba si no se había sobrestimado. Enterarse de que las paredes que habían cobijado su infancia acababan de sufrir la embestida de un buldócer fue como recibir un puñetazo. Blanche no había conservado casi nada de su madre. En aquel momento su enfado no le permitió pensar con claridad. Catherine Barjac se pegó un tiro en la sien el 31 de diciembre de 1999, dejándola sola ante el nuevo milenio. Fue Adrian quien le dio la noticia. Blanche se había ido a celebrar la Nochevieja fuera de París, a casa de unos amigos. Al volver, tenía un nudo tan grande en la garganta que le resultó imposible soltar un sollozo o pronunciar palabra. Había tirado todo lo que encontró a mano que pudiera recordarle, aunque solo fuera por un instante, que alguna vez había sido feliz. Blanche se secó una lágrima con un gesto brusco y exhaló varias veces. Era la una de la madrugada.

Según lo convenido, la puerta no estaba cerrada con llave y había una bolsa de viaje en la entrada. Blanche se dirigió al salón. El hombre de sesenta y dos años seguía en la silla de ruedas. Se encontraba frente a la chimenea, con la cabeza inclinada hacia delante. Cualquiera que lo hubiese visto podría haber pensado que el propietario de aquella pequeña casa de campo acababa de dormirse apaciblemente, acunado por el calor de las brasas. Solo el orificio en la nuca confirmaba que el Sabueso había ejecutado su plan al pie de la letra.

A Blanche no le llevó más de una hora limpiar a fondo la escena del crimen. Hizo una inspección rápida de todas las habitaciones, pero, tal como esperaba, el Sabueso no había dejado ningún rastro. Se detuvo a mirar una foto enmarcada que presidía la mesita de noche del dormitorio. El hombre, cuyo cuerpo a esas alturas ya estaba frío, aparecía rodeado de un grupo de niños de edades que debían de ir de los seis a los doce años. El más joven estaba sentado en sus rodillas, incómodo sobre aquella silla de ruedas. Tenía una mirada teñida de tristeza. Blanche reprimió una náusea. Dada su posición, no tenía ningún derecho a sacar conclusiones a partir de una fotografía, aunque estaba firmemente convencida de que la desaparición de ese hombre sería una bendición para muchas personas. Si Adrian hubiese estado a su lado, le habría dicho que no se sugestionase, habría insistido en que ya era hora de superar su moral. Blanche sabía que en esa profesión era una debilidad, pero no estaba segura de querer deshacerse de ella. No quería ser como sus competidores, personas que actuaban como autómatas sin juicio ninguno. Así que sí, Blanche prefería creer que las víctimas que hundía en hormigón se lo merecían. Imaginar, por el contrario, que ese hombre pudiera ser un benefactor que se hacía cargo de niños en situación de necesidad o que todas esas criaturas fueran en realidad sus nietos no era lo que Blanche necesitaba.

A las seis de la mañana ya estaba de vuelta en Mortcerf y preparaba café. Adrian no tardaría en levantarse y querría saber cómo había ido todo antes de que ella se metiera en la cama. Sin duda era su hora del día favorita. Blanche tenía la sensación de compartir un momento de complicidad, como cualquier otra familia. Por supuesto, para que la estampa fuera perfecta Adrian debía esperar un rato antes de empezar a hacer preguntas. El mejor tema de conversación para un desayuno no era precisamente saber si las manchas de sangre se habían resistido o no.

Mientras hacía tiempo, Blanche fue vaciando la bolsa de viaje. Como era de suponer, contenía ropa, además de un neceser y un libro con un marcapáginas: elementos, en definitiva, cuya ausencia indicaría que el hombre se había ido por voluntad propia. Como siempre, el Sabueso había previsto lo que sucedería al cabo de unos días. Al ver que el hombre no regresaba, algún pariente trataría de averiguar lo sucedido. Puede que hasta fuese a una comisaría. Ahí residía la destreza del Sabueso. Blanche no sabía cómo lo hacía, pero estaba segura de que no se llevaría a cabo ninguna investigación. Sin duda, el engaño requería una gran habilidad, ya que no era habitual que un hombre en silla de ruedas se evaporase de la noche a la mañana sin avisar a nadie. Pero el Sabueso lo conseguiría. Estaba convencida.

Casi había terminado de examinar la bolsa cuando un accesorio en concreto llamó su atención. Un fular de seda blanco manchado de sangre. Lo deslizó entre sus dedos durante largo rato, en un estado casi hipnótico.

—Es imposible —consiguió pronunciar en voz baja.

—¿Qué es imposible?

Blanche se sobresaltó. Adrian estaba de pie detrás de ella, con el pelo revuelto. A pesar de que los peldaños crujían, no le había oído bajar las escaleras. Tardó un rato en responder y se afanó en limpiar el café que había vertido, esquivándole la mirada.

—¡Qué cara! —dijo Adrian mientras se sentaba—. Parece que has visto un fantasma. Todavía no me he muerto, ¿eh?

—¡Muy gracioso!

—¿Te ha sorprendido mi bata, quizá? La compré la semana pasada en el mercadillo.

—¡No le pasa nada a tu bata! —respondió nerviosa Blanche mientras le sacaba brillo a una mesa que no lo necesitaba.

Adrian se sirvió una taza de café con calma, dio unos cuantos tragos y al fin agarró la muñeca de Blanche que continuaba moviéndose frenéticamente.

—¿Me cuentas qué es lo que pasa o ya que estamos te doy una escoba?

La intervención tuvo el efecto deseado. Blanche se sentó frente a él, con los ojos al borde de las lágrimas. Sin pronunciar palabra, sacó el fular que había escondido en el bolsillo y lo dejó sobre la mesa con delicadeza. Adrian acercó una mano temblorosa sin atreverse a tocarlo.

—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó con voz apagada.

—En la bolsa de la víctima.

—¡Es imposible! —dijo ahora enojado—. Has estado rebuscando en el cobertizo, ¿no?

—Te juro que no, Adrian. Estaba ahí. En la bolsa.

—¡No mientas, por favor! Sabes que no lo soporto.

—Tienes que creerme —gritó Blanche entre sollozos—. No sé cómo es posible, pero te juro que es verdad. No estoy loca. ¡Tienes que creerme!

Adrian se levantó sin mediar palabra. Blanche no necesitaba preguntarle adónde iba. Tampoco intentó retenerlo. Había que verificarlo. Tanto por él como por ella.

cap-6

6

El fular que sostenía Blanche entre las manos era sin lugar a dudas el de su madre, el que llevaba el día que decidió quitarse la vida. Adrian había vuelto del cobertizo con las manos vacías y una mirada penetrante. Se había sentado frente a ella en silencio, pero Blanche seguía sumida en la contemplación de ese accesorio tan caro de su madre. Esa sangre era la suya. Había circulado por sus venas. Blanche se repetía lo mismo una y otra vez mientras pasaba los dedos por la tela. Cada mancha era una agresión sensorial en comparación con la suavidad de la seda. Hundió el rostro en el pañuelo, pero el perfume de su madre había desaparecido hacía tiempo. En su lugar quedaba un olor agrio. Una mezcla de polvo y humedad.

Blanche salió por fin de su trance y afrontó la mirada de su padrastro. Intuía lo que estaba pensando. Enderezó los hombros, retándolo a que lo dijera en voz alta. Adrian, por su parte, permanecía impasible. Blanche fue la primera en ceder.

—¡Tienes que creerme, Adrian! El pañuelo estaba en la bolsa que recogí en casa de la víctima del Sabueso.

Al parecer el viejo no esperaba que la conversación empezase así. Se frotó la cara con las manos antes de plantar las palmas en la mesa. Parecía agotado.

—De acuerdo, supongamos que dices la verdad...

—¡Es la verdad! —lo cortó Blanche con vehemencia.

—Déjame hablar, ¿quieres? Imaginemos que el pañuelo estaba en la bolsa. Según tú, ¿quién lo puso ahí? ¿La víctima o el Sabueso?

—Sabes tan bien como yo que la víctima no preparó esa bolsa. Fue el Sabueso quien se encargó de ello

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