Gente rara en situaciones comprometidas

Juan Miguel Hernández Gascón

Fragmento

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ÍNDICE

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Encuentro

Google

Puesta en escena

Arribistas

A pesar de la vida

Hotel y domicilio

Antigüedades

Bar Velódromo

Cementerio

Amargura

Sexo

Confidencias

París

Odio entre hermanos

Contrapunto

Flores

Jugando con fuego

Empate

Madrid

Fotos

Bronca

Silencios

Marfil

Espaguetis

Mariposas

Pedralbes

Absurdo

Finas láminas de aguacate con gambas

Hasta siempre

Adiós

Nada

Obsesión

Kaplan

Punto débil

Triángulo

Circunstancias

Polígono

Derrota

Dos mundos

Sin plan

Ganadores y perdedores

Jack Daniels

Títeres sin cabeza (Epílogo)

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos


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A Teresa

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ENCUENTRO

 

 

 

—Mira, Alex, siempre ha habido escritores jóvenes, eso no es ninguna novedad. Lo que ya no es tan frecuente es conseguir con una primera novela el éxito que tú has tenido con la tuya. Eso es casi tan difícil como que te toque la lotería, no sé si me explico.

—¿Para qué me ha hecho venir, Suárez?

—Para recordarte que la diosa Fortuna te ha tocado con su varita mágica.

—¿Y?

—Que tienes que rentabilizar tu popularidad volviendo a publicar lo antes posible. Se lo he dicho a tu agente varias veces, pero es evidente que ha servido de poco.

—Publicar en su editorial, claro.

—Naturalmente. Yo me arriesgué contigo y lo justo ahora es que tú sigas conmigo.

El despacho de Suárez estaba decorado con una gran alfombra de aire oriental que, pese a sus años, seguía pareciendo mullida y con muebles antiguos de rancio estilo inglés que informaban de pasados esplendores. Un robusto escritorio de nogal, un sofá tipo chester de piel muy desgastada y un sillón orejero que sin duda estaba reservado al dueño del lugar eran sus elementos más destacados, aunque tampoco pasaban desapercibidos un mueble bar de puerta acristalada en el que esperaban su momento unas cuantas botellas de whisky, coñac y ginebra y una vitrina en la que se exhibían unas piezas de cerámica que parecían de coleccionista. Sorprendentemente tratándose del lugar de trabajo de un editor, los únicos libros a la vista eran los que descansaban en una mesa de centro sobre la que en ese momento también había dos vasos mediados de whisky, si bien una de las paredes del amplio despacho estaba cubierta por las portadas enmarcadas de los muchos triunfos editoriales que Suárez había cosechado a lo largo de su vida. Sin la ayuda de Dios, la primera novela de Alex Segura, de la que se habían vendido un millón de ejemplares en los dos años que habían transcurrido desde su primera edición, había sido el último.

Alex sabía mejor que nadie que Suárez tenía razón cuando hablaba de la diosa Fortuna. Que un diletante como él se hubiese convertido de la noche a la mañana en un escritor famoso al que, por si fuese poco, la crítica había tratado muy bien solo podía deberse a un fenomenal golpe de suerte. Tenía treinta y siete años, era alto y desgarbado, siempre llevaba el pelo largo y barba de dos días, y vestía de modo descuidado. Aunque había nacido en una familia burguesa de Barcelona, se sentía cómodo con la estampa canalla que con el tiempo había conseguido forjarse.

Su padre, Miguel Segura, era un psiquiatra muy conocido por cuya consulta de la calle Balmes acostumbraban a desfilar algunos de los apellidos más sonoros de la ciudad y su madre, Mariona Moragas, rica desde siempre, era propietaria de una tienda de antigüedades situada en el corazón del barrio gótico, en cuya cartera de clientes había también apellidos muy resonantes. Su única hermana, dos años menor que él, se llamaba Sol pero era pura oscuridad. Permanentemente deprimida, lo último que sus padres y él sabían de ella, siempre poco, era que vivía en Londres, donde trabajaba en un banco de inversiones.

Después de estudiar más mal que bien en los jesuitas de Sarrià, Alex empezó Derecho, luego Filosofía y más tarde Periodismo, pero no consiguió licenciarse en nada. Posteriormente, siempre con el mucho dinero del que disponía su familia, puso en marcha diversos negocios que fracasaron uno tras otro: una galería de arte, una agencia de viajes de aventura, una discográfica con voluntad de independencia, una productora de videoclips musicales y un bar de copas. Y mientras tanto tuvo tiempo para salir con un montón de mujeres. Montse, Sandra, Amparo, Marie, Sabina, Teresa, Lola, Laura, Nuria, Marisol, Susana y otras muchas de las que ya ni siquiera recordaba el nombre. Estudiantes, camareras, actrices, secretarias, maestras, psicólogas, economistas, dependientas y hasta respetables madres de familia que no habían podido dejar de probar el cóctel de picardía y desvalimiento que Alex les ofrecía.

Su padre siempre le decía con retintín que si hubiese nacido en su época habría formado parte de aquella gauche divine barcelonesa que se emborrachaba de madrugada en Bocaccio y se levantaba al mediodía para dedicarse a sus indeterminadas ocupaciones. Alex era un bon vivant con inquietudes. Había hecho muchos viajes, leído muchos libros y visto muchas películas. Había fumado muchos cigarrillos y bebido mucho alcohol. Y había flirteado con la heroína. Era un hedonista con curiosidad intelectual y un incierto futuro profesional cuya vida dio un giro espectacular cuando su amigo Luis, tras escuchar su demoledora crítica a la mediocre película en la que se había convertido uno de sus guiones, lo desafió con suficiencia.

—¿Y por qué no lo intentas tú, a ver qué te sale? ¿Por qué en lugar de ponerme a parir no me escribes un par de páginas?

Y Alex lo hizo. Pero no le salieron las dos primeras páginas de un guion cinematográfico. Escribió las más de cuatrocientas páginas de una novela a la que tituló Sin la ayuda de Dios, la negrísima historia de una prostituta que huye con su hija pequeña para escapar de los delincuentes que quieren recuperar el dinero que ella les ha quitado, y se las dio a leer a Luis, quien, sin poder disimular su contrariedad, le concedió que el texto no estaba mal del todo.

—¿Por qué no lo mueves, a ver qué te dicen? —volvió a desafiarlo con la misma suficiencia de la primera vez. Y le salió el tiro por la culata porque, convencido de que el manuscrito no llegaría a ninguna parte, no supo ver la relevancia que tenía que Alex no fuese un huérfano social.

—Un amigo mío tiene una editorial. Si quieres hablo con él —le dijo su padre cuando se enteró de la existencia de Sin la ayuda de Dios, y Suárez lo citó dos semanas después en su despacho. Un Suárez que debía de estar cerca de los setenta, tenía modales casi aristocráticos y era culto y de expresión refinada. Un Suárez elegante, que vestía un traje azul sin duda carísimo, calzaba zapatos de ante y adornaba su cuello con una pajarita que le daba un toque muy singular. Un Suárez que sin perder tiempo articuló un discurso que empezó mal pero acabó bien.

—Este negocio es muy complicado, Alex, la cultura ya no interesa. La gente está dejando de leer, pero cada vez se publican más títulos. Solo nos faltaba que los presentadores de televisión se pusiesen a escribir tonterías. Cada vez más basura y menos literatura, ese es el drama de nuestros días. Se lo dije a tu padre cuando me llamó para hablarme de tu novela: no sé cómo resisto, cada día tengo más ganas de tirar la toalla. Pero la vida es así y hay que luchar contra la estupidez. Por eso voy a publicar tu novela, porque se lee muy bien, engancha, está muy bien escrita y además es muy visual, muy cinematográfica, como se dice ahora. Y también porque aquí le ha gustado a todo el mundo y tu padre es mi amigo. Pero no te hagas ilusiones ni esperes grandes ventas. Eso también se lo dije a tu padre. «Sin la ayuda de Dios es un buen libro pero tu hijo es un completo desconocido y mi editorial llega a donde llega». Después de una vida dedicada a esto todavía no sé qué va a funcionar y qué no. Este negocio es muy complicado, ya te lo he dicho, por eso voy a ponerte en contacto con una agente, una mujer, el mundo de las agencias literarias lo dominan las mujeres, y ella será la que negocie conmigo las condiciones de nuestra relación, aunque ya te avanzo que firmaremos un contrato que dirá que te llevarás el diez por ciento del precio de venta del libro y que te corresponderá un anticipo de tres mil euros.

—¿Entonces para qué necesito una agente? —quiso saber Alex.

—Para que todo sea más profesional. Si vamos a trabajar juntos tienes que dejar de ser el hijo de Miguel Segura para empezar a ser Alex Segura.

Alex simpatizó enseguida con la agente que Suárez le presentó, una mujer que sabía lo que se llevaba entre manos, y el contrato que abrió las puertas a la publicación de Sin la ayuda de Dios no tardó en firmarse. Cinco meses después, la novela llegó a las librerías y la familia volvió a ponerse en movimiento. La madre de Alex era amiga del responsable del suplemento cultural de uno de los diarios más importantes del país y se ofreció a hablar con él.

—No sé si servirá de mucho, pero si quieres lo intento.

Alex quiso y poco después el periódico para el que trabajaba el amigo de su madre publicó una crítica sumamente elogiosa a la que, quién sabe si por pura emulación, no tardaron en seguir otras igual de laudatorias en otros muchos medios.

«El autor muestra una especial habilidad para meterse en la piel de todos y cada uno de sus personajes».

«Presidida por una prosa cortante y directa, esta novela es una obra no apta para corazones románticos».

«La mirada del autor sobre las relaciones sociales en la sociedad urbana contemporánea está exenta de cualquier atisbo de hipocresía».

«Sin la ayuda de Dios anuncia sin titubeos la irrupción de una nueva voz a seguir en el ámbito de nuestra narrativa».

Alex dio un largo trago al whisky que Suárez le había ofrecido y lo saboreó pensando en sus palabras: «La diosa Fortuna te ha tocado con su varita mágica y tienes que rentabilizar tu popularidad volviendo a publicar lo antes posible». Una verdad incontestable, se dijo. Por lo menos en lo que se refería a la suerte. No creía en dioses, pero estaba convencido de que el éxito de Sin la ayuda de Dios estaba muy por encima de sus méritos literarios. El libro se había vendido como pocos y los críticos lo habían elogiado, su agente había conseguido que se tradujese a varios idiomas y él había dado numerosas entrevistas y participado en unas cuantas conferencias, pero sabía que se trataba de un triunfo exagerado, por no decir que inmerecido. No lo hablaba con nadie, pero sabía que era así. No estaba muy seguro de que existiese una diosa Fortuna, pero estaba convencido de que todo lo que había conseguido su novela se lo debía a la suerte. O casi todo. Quizás tuviese un poco de talento, pero había tenido muchísima suerte. Sí. La suerte había acudido en su ayuda. En ayuda de Sin la ayuda de Dios. Sonrió al pensar en el juego de palabras y se dio cuenta de que Suárez lo estaba mirando. Y cuando estaba a punto de confesarle que iba a estar ocupado durante una larga temporada porque se había comprometido a escribirle el guion de un largometraje a un productor cinematográfico, cuando estaba a punto de decirle que estaba preocupado porque solo tenía el principio de una historia que no sabía cómo continuar y que estaba empezando a pensar que no iba a ser capaz de escribir nunca nada más, unos gritos lo distrajeron.

—¿Pero adónde va usted? ¡Que no puede entrar! —decía la secretaria de Suárez levantando la voz.

Entonces la puerta del despacho se abrió intempestivamente y un hombre de unos setenta años que llevaba un abultado sobre bajo el brazo y vestía con ropa a simple vista gastada, alto, cargado de hombros, sin afeitar, con el pelo largo en greña, de rostro afilado y expresión aborrascada, entró hecho una furia seguido por la mujer que no había podido impedirle el paso.

—Hola, Santos —lo saludó Suárez con familiaridad.

—Tu secretaria no quería dejarme pasar.

—Claro que no —se indignó la mujer—. Lo siento, señor Suárez, le he dicho que estaba usted reunido, pero no me ha hecho caso.

—No se preocupe, Gloria, no pasa nada.

Suárez le hizo un discreto gesto a su secretaria para indicarle que se retirase y, cuando la mujer obedeció, trató infructuosamente de reconducir la situación.

—No sé si conoces a…

—Me la has devuelto por correo —lo interrumpió Santos—. Me has devuelto mi novela por correo —repitió con resentimiento dejando el sobre que llevaba bajo el brazo encima de la mesa de centro sobre la que estaban los vasos de whisky.

—Mi gente me dice…

—¡Por correo! —bramó Santos volviéndo a interrumpirlo—. Ni siquiera te has dignado llamarme.

—Ha sido un error y te pido disculpas. Nadie tenía que haberte devuelto el manuscrito. Dije explícitamente que antes tenía que hablar contigo. No sé por qué te lo han enviado y lo siento, te lo vuelvo a repetir, pero lo que intentaba decirte es que mis lectores son de la opinión de que a la novela todavía le faltan algunos hervores.

—¡A la mierda tus lectores!

—Santos…

—Niñatos. Enchufados. Hijos de escritores a los que sus papás colocan en la editorial del amigo. ¡Escritores frustrados, esos son tus lectores! ¿O acaso no es así?

—Revisa el texto y volvemos a hablar. Si quieres te paso los informes de lectura.

—Que tus lectores se metan sus informes donde les quepan, Suárez. Llevo más de treinta años contigo y me rechazas una novela devolviéndomela por correo.

—Ya te he dicho que ha sido una equivocación. ¿Qué más quieres que haga?

—Necesito dinero y tú lo sabes —replicó Santos en un tono inopinadamente grave.

—Discúlpanos un momento —le dijo entonces Suárez a Alex mientras cogía a Santos del brazo para salir del despacho con él.

—No quiero tu limosna. Quiero que publiques mi novela —oyó Alex que protestaba Santos, seguramente, supuso, porque Suárez le debía de haber preguntado en voz baja cómo podía ayudarlo.

—En la sala de reuniones hablaremos tranquilamente —contestó calmadamente Suárez.

Cuando se quedó solo y reinó el silencio, Alex cogió su vaso de whisky, apuró su contenido y, al devolverlo a la mesa de centro, reparó en el sobre que Santos había dejado allí, el que contenía su novela rechazada. No se lo pensó demasiado. Se levantó, lo cogió y salió decididamente del despacho con él.

 

* * *

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GOOGLE

 

 

 

La primera luz del día se desparramaba por la ciudad y empezaba a iluminar el umbráculo del Parc de la Ciutadella, el edificio modernista de cubierta redondeada hecha con listones de madera que Alex estaba mirando desde uno de los ventanales del loft de lujo situado en el paseo de Picasso por el que desde hace un año estaba pagando un alquiler también de lujo. Su apartamento era un espacio enorme, abierto, distribuido en varios ambientes separados por sofás, estanterías y plantas de gran tamaño, al que un techo altísimo con vigas a la vista, sus columnas de hierro y las paredes de ladrillo rojo regalaban un aspecto industrial que multiplicaba su interés. La decoración era minimalista pero elegante y combinaba lo viejo y lo nuevo. Un enorme sofá rojo de Roche Bobois, unas cuantas estanterías abarrotadas de libros y un antiguo escritorio proporcionado por su madre eran las piezas que, a primera vista, más sobresalían, aunque una pintura de gran tamaño de Josep Cisquella que reproducía los adoquines del paseo de Gracia y una talla dogón que representaba una mujer estilizada, de pechos caídos y las manos descansando en los muslos, que compró en Sangha, en la falla de Bandiagara, durante un viaje que realizó a Mali, eran las más personales.

Alex se había pasado la noche leyendo el manuscrito de Santos pero era consciente de que si se metía en la cama no iba a poder dormirse. Estaba excitado y no sabía pero intuía la razón. No sabía lo que el futuro iba a depararle pero intuía que la aparición de Santos iba a ser importante en su vida. ¿La suerte otra vez? ¿Por qué lo citó Suárez la tarde anterior y no cualquier otro día? ¿Por qué irrumpió Santos en el despacho de Suárez justamente cuando él estaba allí? ¿Por qué se había pasado toda la noche leyendo su novela? ¿Por qué estaba tan inquieto? Se llevó las manos a la nuca y se estiró para desentumecerse. Durante unos segundos siguió con la mirada el recorrido de un hombre mayor vestido con ropa deportiva que en ese momento pasaba corriendo por delante del umbráculo en dirección a la estación de Francia y cuando lo perdió de vista decidió prepararse un café.

La cocina estaba separada del resto del apartamento por una pared acristalada en la que sus amigos escribían sus ocurrencias cuando iban a visitarlo. Alex puso en marcha su Nespresso y mientras esperaba que la máquina hiciese su trabajo su mirada se posó en una de ellas.

«Me ha parecido oír un rugido».

Entonces cogió uno de los rotuladores para vidrio que siempre tenía en uno de los bancos de la cocina y escribió de su puño y letra:

«La suerte. Siempre la suerte».

Luego se llevó la taza de café a su escritorio y puso en marcha su Mac. No había dormido, pero se sentía enfebrecido. «Me ha parecido oír un rugido». «La suerte. Siempre la suerte». Poco después entró en Google, tecleó el nombre de Santos Guillén y se quedó sorprendido al ver el gran número de entradas que aparecían. Optó por Wikipedia y se puso a leer.

 

Santos Guillén Kaplan (Madrid, 27 de diciembre de 1942) es un escritor español (novelista, poeta y traductor) que debe principalmente su fama a la novela Hasta siempre, publicada en 1976.

 

Contenido

 

1 Biografía

2 Hasta siempre

3 Obras

4 Galardones

5 Referencias

6 Enlaces externos

 

Biografía

 

Hijo del abogado Enrique Guillén Calatrava y de la poetisa francesa Esther Kaplan, Santos Guillén nació en Madrid en el seno de una familia acomodada. Poeta pero sobre todo novelista, su obra entronca con la de los escritores de la llamada generación de los años cincuenta, integrada, entre otros, por Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Antonio Gamoneda, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Ana María Matute o Juan Marsé.

 

Educado en un entorno familiar liberal, estudió el bachillerato en el instituto Cardenal Cisneros de Madrid y posteriormente Filosofía y Letras en la Universidad Complutense, donde se doctoró con una tesis sobre Paul Lafargue.

 

A principios de los años sesenta se afilió al Partido Comunista de España y desarrolló una intensa actividad política clandestina. Participó en las protestas universitarias contra la dictadura franquista que tuvieron lugar en aquellos años y fue detenido en varias ocasiones. Como consecuencia del último arresto, pasó seis meses en la prisión de Carabanchel y, aunque la causa por la que fue encarcelado fue finalmente sobreseída, tras ser puesto en libertad dejó España y se estableció en París, donde vivió dos años colaborando activamente con medios culturales vinculados a la oposición antifranquista.

 

En 1968, mientras conseguía salir adelante dando clases de Literatura y Filosofía en una academia, publicó su primer libro de poemas, La hora triste, al que siguió Sin argumentos, en 1971.

 

En 1974 contrajo matrimonio con la escritora catalana Luisa Sala y se trasladó a Barcelona, ciudad en la que vive desde entonces y donde fundó la revista Cuadernos Culturales, que, pese a su corta vida, tuvo una influencia determinante en la vida literaria del tardofranquismo.

 

Durante los años setenta, Santos Guillén colaboró habitualmente en varios diarios españoles y extranjeros y tradujo a autores como Arthur Rimbaud, Jean Cocteau y Louis-Ferdinand Céline.

 

En 1982 se vio involucrado en una polémica con el crítico literario Joaquín Galarza, quien lo acusó públicamente de haber sido colaborador de la policía franquista. El episodio fue recogido en el ensayo La literatura española de los setenta (1994), donde su autor, José María Artigas Mendiluce, afirma que dicha acusación nunca fue probada fehacientemente por nadie.

 

A pesar de que empezó escribiendo poesía, el trabajo literario de Santos Guillén es conocido por la novela Hasta siempre, publicada en 1976, una obra impregnada de un fuerte contenido social y muy influida por las experiencias personales de su autor que obtuvo un gran éxito de crítica y público y hoy en día es considerada una de las obras más significativas de la literatura española del último cuarto del siglo XX.

 

Santos Guillén es autor también de las novelas Tal para cual (1979), la crónica del viaje a París que dos amigos españoles hacen al terminar sus estudios de Filosofía, Olvidos (1981), donde se cuenta la vida de una madre soltera en el oscurísimo Madrid de 1950, Amargo (1984), el relato de una relación familiar rota por las diferencias políticas, Viviendo (1989), la historia de un imposible amor homosexual, Espejismos (1994), que narra el largo camino hacia la alcohólica autodestrucción de su protagonista, Gris ceniza (1997), su primera novela negra, donde aparece por primera vez su detective Raúl Cuervo, Demasiado tarde para todo (1999), su retrato de la muerte de Franco, Cara o cruz (2002), en la que vuelve a aparecer Raúl Cuervo, al que le toca resolver un caso en el que se mezclan dinero y política, Absurdo (2005), otra inmersión en el mundo de la corrupción política, Carga de conciencia (2007), el regreso al sórdido mundo de la España de los cincuenta, y El tema de siempre (2010), en la que algunos han querido ver su respuesta a las acusaciones que, a principios de los ochenta, se hicieron contra él por delator.

 

Todas sus novelas han sido publicadas por el editor Alberto Suárez.

 

Hasta siempre

 

Publicada poco después de la muerte de Franco, Hasta siempre (1976) irrumpió con una fuerza inusitada en el panorama literario español de su época. Aunque algunos críticos han querido vincularlo con el realismo mágico, Santos Guillén siempre ha dicho que su novela hay que enmarcarla en la tradición del realismo literario español del que fueron insignes representantes Juan Valera, Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán.

 

A través de veinticinco episodios protagonizados por la familia Montenegro, Hasta siempre es un ácido retrato de la sociedad española de los cincuenta y los sesenta. La arrogancia de los que ganaron la guerra y la amargura de los que la perdieron, las penurias económicas, la degradación moral, la emigración, la lucha política contra la dictadura, la solidaridad, la intolerancia, la envidia, la ruptura familiar, la infidelidad, la amistad o el miedo ante la muerte son algunos de los temas que sobresalen en esta novela, que para muchos constituye un verdadero tratado de psicología social. Sin embargo, pese a la dureza de los temas sobre los que reflexiona y la severidad con la que juzga la época en la que se desarrolla, Hasta siempre se convierte también en un canto a la solidaridad, en un monumento a la capacidad del hombre para luchar y enfrentarse a las adversidades, en un grito de esperanza que permite no perder del todo la confianza en el ser humano.

 

Hasta siempre ha sido traducida a catorce idiomas y, aunque se ha intentado en diversas ocasiones, no ha conseguido ser llevada al cine.

 

Cuando terminó de leer el comentario sobre Hasta siempre, Alex comprobó que en el apartado «Obras» de la Wikipedia se volvían a enumerar los libros de Santos Guillén y que en el titulado «Galardones» se listaban los numerosos premios que había recibido a lo largo de su carrera. Luego echó un vistazo a alguno de los artículos que sobre el escritor localizó en los epígrafes «Referencias» y «Enlaces externos» y, tras observar que en varios de ellos se criticaba que no se le hubiese concedido ninguno de los grandes premios de las letras españolas, volvió a Google y encontró muchas imágenes suyas o relacionadas con él: portadas de varios de sus libros, el autor dando una charla, firmando en una feria, participando en un debate, retratado con un grupo de amigos en actitud relajada, charlando con Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma, posando absurdamente para el fotógrafo sentado en el banco de una calle. Le llamó la atención una de ellas, antigua, en la que se le veía en compañía de una mujer vestida de negro a lo Juliette Greco que fumaba lánguidamente a la que el pie de foto identificaba como la también escritora Luisa Sala.

Poco después, tras acabarse de un trago el café, que se le había quedado frío, Alex apagó su Mac y se dirigió al sofá en el que había pasado la noche leyendo el texto que se llevó descaradamente del despacho de Suárez. En el suelo había un sobre desgarrado en el que leyó lo que le interesaba:

 

Santos Guillén

C/ Muntaner 185

08036 Barcelona

 

* * *

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PUESTA EN ESCENA

 

 

 

A Santos le molestaba que lo importunasen. Por eso, al oír el timbre de la puerta de su casa comprendió que alguien se había colado en el edificio y maldijo mentalmente al responsable de que el cierre del portal de la finca en la que vivía llevase dos semanas estropeado. Estaba en la cocina preparándose el desayuno y mientras lo hacía escuchaba las noticias en la radio, la mayor parte de ellas relativas a la crisis económica que desde hacía ya tiempo estaba arruinando el país. Cientos de estudiantes acampan en Barcelona para expresar su repulsa por el aumento de las tasas universitarias. Numerosos profesores se concentran en Valencia para protestar por los recortes en la enseñanza pública. La marcha para pedir el mantenimiento de las ayudas al sector de la minería entra en Madrid. Organizaciones humanitarias expresan su indignación por el anuncio de la retirada de atención sanitaria a los inmigrantes sin papeles. Apagó el aparato malhumorado cuando el corresponsal en Berlín de la emisora que tenía sintonizada se puso a contar que el ministro de Economía alemán había alabado públicamente las importantes reformas que para avanzar en el camino de la estabilidad presupuestaria se estaban realizando en España y fue entonces cuando el timbre sonó recordándole lo fácil que era entrar desde hacía quince días en su edificio.

Santos reconoció enseguida a través de la mirilla de su puerta a quien acababa de llamar y se preguntó qué diablos haría aquel tipo en su casa. Segura. No se dijeron nada en el despacho de Suárez, pero lo identificó de inmediato. Alex Segura. El escritor de moda. El triunfo de la juventud. El esplendor de la nueva literatura. No había leído su novela, pero sabía que había recibido críticas muy elogiosas y que escritores muy renombrados la habían dejado muy bien. ¿Cómo se titulaba? No se acordaba. Alex Segura. Suárez trató de presentarlos la tarde anterior, pero él estaba tan enfadado que no le dejó hacerlo. Estaba muy enfadado y tenía motivos para ello. Era consciente de que sus últimos libros no habían dado mucho dinero, pero no se merecía que la editorial lo hubiese tratado como lo había hecho. Aunque todo había sido un error. Suárez iba a publicarle su nueva novela. Al final se lo prometió. Y se portó como un caballero extendiéndole un talón por tres mil euros en concepto de anticipo. Tenía que llamarlo para darle las gracias otra vez. Lo haría cuando se largase aquel tipo. Alex Segura. No se conocían. ¿Qué haría en su casa a las ocho y media de la mañana?, se preguntó tratando de no hacer ruido para no delatar su presencia, pero no tuvo tiempo de responderse porque el timbre volvió a sonar.

—¿Qué quiere? —inquirió Santos con aspereza cuando finalmente abrió la puerta.

—Buenos días. Soy… —trató de presentarse Alex.

—Ya sé quién es usted —lo interrumpió Santos—. Todo el mundo sabe quién es usted —añadió sarcástico.

—¿Puedo pasar?

Al ver que Alex llevaba el sobre que contenía su novela, Santos cayó en la cuenta de que la tarde anterior se lo había dejado en el despacho de Suárez, pero no le dijo nada, le franqueó el paso y lo guio a través del largo pasillo de la casa en la que vivía solo desde que en 1982, al separarse, tuvo que dejar la vivienda que Luisa y él alquilaron cuando se casaron. Su domicilio estaba en Muntaner, entre París y Londres, muy cerca de la Diagonal, en un piso típico del Ensanche, uno de cuyos extremos daba a la calle y el otro a un interior de manzana. Su sala de estar, que también era comedor y lugar de trabajo, estaba atiborrada de libros, periódicos, revistas y papeles de todo tipo y tenía las paredes forradas de pinturas, dibujos y fotos. En uno de sus lados había una mesa con cuatro sillas que hacía mucho tiempo que había sido utilizada por última vez para comer y dos de sus esquinas estaban ocupadas por un escritorio de gran tamaño sobre el que se veía un ordenador que ya tenía demasiados años y por un televisor de un modelo también antiguo frente al que había un sofá flanqueado por un par de sillones.

—Tengo al servicio de vacaciones —dijo Santos con ironía reconociendo que la limpieza no era el principal activo del lugar.

—Ya veo.

—Yo lo que veo es que tiene usted mi novela.

—Sí. La he leído esta noche. Tiene un título muy provocador —replicó Alex dándole el sobre.

—¿Y qué?

—Que nos asaremos juntos en el infierno. ¿Recuerda el segundo mandamiento? No tomarás el nombre de Dios en vano. Su novela se titula Dios no existe y la mía Sin la ayuda de Dios. Podríamos decir que los dos hemos abusado del nombre del Todopoderoso. ¿No le parece que el hecho de que hayamos cometido el mismo pecado es una señal?

—¿Una señal de qué?

—De que en algún lugar estaba escrito que teníamos que entrar en contacto.

—Lo que me parece es que no tenía usted ningún derecho a leer mi novela.

—Me gustaría que nos tuteásemos, Santos.

—¿Ha oído usted lo que le he dicho?

—La novela está muy bien, pero no es comercial, así no la comprará nadie. Creo que es a eso a lo que se refería Suárez cuando le dijo que aún había que trabajarla un poco.

—¿Qué pasa, que me vas a enseñar a escribir? —le preguntó Santos tras reírse sonoramente.

—Gracias por el tuteo. Y no, no voy a enseñarte a escribir. Eres un escritor estupendo y lo sabes mejor que nadie, pero sí creo que puedo darte alguna idea para que lo que escribas te haga ganar dinero —repuso Alex con una seguridad que a Santos le pareció insultante.

—Muy bien. Pensaré en tu oferta. Gracias por venir a devolverme el libro y ahora, si no te importa, y perdóname por la franqueza, preferiría que te largases y me dejases en paz de una vez.

Por toda respuesta, Alex se sacó un revólver de un bolsillo interior de su cazadora y, después de mirar a su alrededor buscando un blanco, apuntó a uno de los sillones.

—¿Qué coño haces? —le preguntó Santos estupefacto.

Pero Alex no le contestó. Se concentró en lo que estaba haciendo y disparó.

—¡Me cago en la leche! ¡Pero tú estás loco, chaval! —acertó a decir Santos cuando se disipó el trueno que acababa de estremecerlo.

—Un poco —le respondió Alex sin inmutarse.

Santos estaba atónito. Aquel tipo se hacía con su manuscrito, lo leía sin su permiso, se personaba en su casa a las ocho y media de la mañana para decirle que no era comercial y luego le pegaba un tiro a uno de sus sillones. ¿Pero de dónde coño habría sacado aquella pistola? Estaban en España, no en América. Aquí nadie tenía pistolas. ¿O no era así? Sin la ayuda de Dios. Así se llamaba su novela. Sin la ayuda de Dios y Dios no existe. Dios en los dos títulos. Una señal, le había dicho aquel perturbado antes de disparar.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Santos asustado cuando lo vio sacar unas cuantas balas del revólver.

—¿Has jugado alguna vez a la ruleta rusa?

—¿Qué?

Alex no le contestó con palabras. Hizo girar el tambor del revólver, se llevó la boca del cañón a su sien derecha y apretó el gatillo. Clic. Visto y no visto. Todo en una fracción de segundo. Disparó y un clic sordo se apoderó del lugar.

—Estás loco —acertó a decirle Santos, que había tenido que apoyarse en una estantería para no caerse de la impresión.

Alex le sonrió, se acercó a él y le enseñó el tambor del revólver.

—Eres un jodido hijo de puta —le espetó Santos al darse cuenta de que había sido objeto de una estúpida broma, porque allí no había ninguna bala—. ¿Qué coño quieres?

—Un productor de cine me ha pedido que le escriba el guion de una película. Quiero que lo hagamos juntos —le contestó Alex.

—¿Quieres burlarte más de mí? ¿Todavía no tienes bastante?

—Estoy hablando completamente en serio. Los dos hemos tomado el nombre de Dios en vano. El destino ha querido que nos conozcamos. Nos llevamos más de treinta años pero somos muy parecidos. Tenemos que escribir juntos ese guion y condenarnos definitivamente.

—Estás completamente loco. Estás como un puto cencerro. Estás para que te encierren y estoy seguro de que no soy el primero que te lo dice. Y tú y yo no nos parecemos en nada, joder. No sé de dónde has sacado eso, pero es una gilipollez. Además, hace años que no voy al cine. Yo me quedé en John Ford y las películas del Oeste.

—El mecanismo sigue siendo el mismo. Planteamiento, nudo y desenlace. No hay más que eso.

—¿Pero tú has escuchado lo que te he dicho? Las cosas no funcionan así. Tú y yo somos como el agua y el aceite. Incompatibles. Ayer ni nos conocíamos…

—Ayer era ayer y hoy es hoy. Me he pasado la noche leyendo Dios no existe y sé que si nos ponemos a ello nos puede salir una peli cojonuda. Dios sale en el título de tu novela y sale en el de la mía. Una puta es la protagonista de tu novela y una puta es la protagonista de mi novela. ¿Te parece poca coincidenci

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