Niebla

Andreas Pflüger

Fragmento

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La Sagrada Familia

 

 

 

Nada la tranquiliza tanto como limpiar su arma. Cualquier otro tendría que comprobar la recámara para asegurarse de que está vacía. Ella no. Ella conoce al gramo el peso del cargador que se desliza en su mano. Sabe que no hay ningún cartucho en el cañón de la Browning High-Power igual que sabe que tiene los ojos verdes. Y a veces negros.

En cuatro segundos ha presionado la palanca de desmontaje, ha desatrancado la corredera y la ha extraído; el muelle y el cañón han salido como la seda. Trabajo belga de calidad.

Cuántas veces lo ha agradecido.

La primera vez que mató fue con veintidós años, cuando un traficante de drogas quiso quitarle la vida y no tuvo en cuenta que para eso hacen falta dos.

Un año después, en la entrega del dinero de un rescate, estaba preparada para el momento en que abrirían la bolsa con los recortes de periódico, pero no para el revólver de dos pulgadas que llevaba el secuestrador del niño en una funda sujeta a la pantorrilla. Los meses siguientes solo pudo dormir con la luz encendida.

Y esa no fue la última.

Se acordará toda la vida de cada una de ellas.

En Moscú se encontró con un asesino a sueldo que quería darle recuerdos de parte de Ilia Ivánovich Nikulin. El hombre jugó al ratón y al gato con ella en el aparcamiento subterráneo del hotel Aralsk, hasta que el gato fue ella, y él, el ratón al que ella hizo gimotear. El disparo que le descerrajó en el abdomen no le importó, pero todavía hoy siente la mirada que le clavó la joven empleada del hotel a quien una bala perdida de su Browning le dio en el corazón; todavía ve los ojos de esa chica cuya mano sostuvo hasta el final.

Pincela cuidadosamente el cañón y el seguro con aceite para armas sobre el lavamanos del lujoso cuarto de baño y recuerda que solo en una ocasión dejó de limpiar su pistola.

Nápoles. La callejuela junto a la basílica de Santa Chiara donde los esperaba el capo del clan Mazzarella, con quien habían negociado la compra simulada de diez millones de euros en billetes falsos. Cuando un «puttana» escupido de mala manera le desveló que los habían descubierto, lo rápido que pudiera correr ya no tuvo ninguna importancia.

Apretó el gatillo, pero la bala no salió.

El día anterior, Niko y ella habían tenido que regresar a Berlín en avión para unas pocas horas. El secretario del Interior exigía que le informaran en persona sobre el curso de la operación; un hombre tortuga que jamás entendería la diferencia entre un apunte de acta y un Magnum calibre .357. Ella se desfogó en la galería de tiro después de la reunión —trescientos cincuenta cartuchos—, y tuvo que ir a toda prisa al aeropuerto para regresar a Nápoles y llegar a tiempo a su cita con el capo. La Browning se le encasquilló a causa de la condensación, los gases de combustión y los restos de pólvora.

Una lección que aprendió de por vida.

Al encontrarse con el cañón de una Luger en lo alto de la nariz, le extrañó constatar que no sentía miedo. En lo único que pensó fue en que el hueco que tenía el capo entre los dientes y que le enseñaba como un lobo sería lo último que vería antes de morir.

Sin embargo, el hombre cayó a sus pies sin emitir un solo sonido.

Niko.

Un tiro en la cabeza con su Colt, desde cien metros.

Algo así no se aprende.

Frota todas las piezas del arma con un cepillo de dientes infantil. Tiene cuidado de no dejarse ninguna ranura; contempla satisfecha cómo el aceite se vuelve de un negro profundo. Solo entonces está bien. Introduce el cepillo de dientes en el cañón y lo limpia por dentro. Es consciente de lo mucho que le gusta notar en sus manos el acero, que es indestructible y a la vez suave y cálido.

Así le sucede desde que su padre la llevó por primera vez con él a la vieja cantera, cuando tenía doce años. Él le enseñó todo lo que un policía puede transmitirle a su hija sobre cómo se dispara.

Le regaló su primera arma por su decimoctavo cumpleaños. Una Starfire de nueve milímetros, usada pero bien conservada, que pesaba solo cuatrocientos gramos y se ajustaba a su mano. Le encantaba esa pistola, una pequeña belleza.

Ahora restriega el acero y lo olfatea.

Le gusta ese olor. Almendrado. Dulce. Puro.

Cuatro segundos para volver a montar la Browning.

El chasquido intenso que hace la corredera al encajar es el mejor betabloqueador del mundo.

Pero no hoy.

 

 

Jenny Aaron sale al dormitorio de la suite. Niko Kvist está tumbado en la cama, estudiando el dosier por tercera vez. A Aaron no le hace falta. Su memoria es un software de alto rendimiento; solo necesitó cinco minutos para grabarlo todo.

En febrero de 1912, Marc Chagall pintó en París Los soñadores: dos amantes estrechamente abrazados sobre una cuerda floja a una altura vertiginosa entre las torres de Notre Dame. Le gustó tanto el cuadro que decidió quedárselo. Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando regresó a su ciudad natal en Rusia, se lo regaló a Bella, su musa y más adelante esposa.

A principios de la década de 1920, la pareja se lo llevó consigo a Berlín, donde, colgado en su dormitorio, Bella lo contemplaba extasiada. Hasta que un día Chagall le confesó que había tenido una aventura, y Bella le vendió Los soñadores a un galerista judío para castigar a su marido.

Cuatro años después de su ascenso al poder, los nazis ordenaron confiscar todas las obras de Chagall que llegaran a sus manos y, junto a otras, las expusieron al escarnio en la Casa del Arte de Múnich por considerarlas «degeneradas». Los cuadros debían malvenderse en Lucerna al finalizar la exposición, pero el vigilante nocturno del museo, que estaba solo desde la temprana muerte de su mujer, se había enamorado de Los soñadores y había pasado muchas horas contemplándolo. No era un hombre valiente. Aun así, la idea de no volver a ver ese cuadro le resultó tan insoportable que lo hizo desaparecer antes del traslado y consiguió engañar a todo el mundo. Hasta el final de la guerra lo tuvo escondido en su desván. Después lo colgó en el salón, frente a uno de esos muebles de comedor de estilo barroco de andar por casa.

Cuando murió, a una edad avanzada, sus hijos hicieron tasar el cuadro. Evidentemente no podían quedarse con Los soñadores, que por derecho pertenecía a la adinerada nieta del galerista que se lo había comprado a Bella Chagall. La mujer sabía lo que había significado ese cuadro para su abuelo y quiso honrar su memoria, por

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