Capítulo 1
Nueva York
26 de noviembre de 1998
Lo peor siempre se fragua sin que lo puedas intuir.
Grace levantó la vista e ignoró durante algunos momentos la majestuosidad de la cabalgata de Acción de Gracias para observar a su hija, subida a hombros de su padre, radiante de felicidad. Se fijó en que sus piernas colgaban juguetonas y en cómo las manos de su marido sujetaban los muslos de la pequeña con una firmeza que más tarde recordaría como insuficiente. El Santa de Macy’s se acercaba sonriente en su gigantesco trono y, de vez en cuando, Kiera señalaba y chillaba de felicidad a la comitiva de duendes, elfos, galletas de jengibre gigantes y peluches que desfilaban delante de la carroza. Llovía. Una suave y fina cortina de agua empapaba chubasqueros y paraguas, y aquellas gotas, quizá, siempre tuvieron aspecto de lágrimas.
—¡Allí! —gritó la niña—. ¡Allí!
Aaron y Grace siguieron el dedo de Kiera, que señalaba un globo blanco de helio alejándose hacia las nubes, haciéndose diminuto mientras volaba entre los rascacielos de Nueva York. Luego bajó la vista hacia su madre con ilusión y Grace supo al instante que no podía decirle que no.
Grace observó una de las esquinas de la calle, en la que había una mujer vestida de Mary Poppins, con el paraguas en alto bajo un montón de globos blancos, que regalaba a todo aquel que se acercaba.
—¿Quieres un globo? —preguntó su madre, sabedora de la respuesta.
Kiera no contestó de la emoción. Tan solo abrió la boca con una mueca de felicidad y asintió, mostrando sus hoyuelos marcados.
—¡Pero ya está ahí Santa Claus! ¡Nos lo vamos a perder! —protestó Aaron.
Kiera perforó de nuevo sus hoyuelos, dejando ver entre sus paletas un pequeño hueco en el que a veces se le quedaba la comida. En casa les esperaba una tarta de zanahoria para celebrar el cumpleaños de la niña al día siguiente. Aaron pensó en ella y quizá por ese motivo aceptó.
—Está bien —continuó su padre—. ¿Dónde se consiguen esos globos?
—En la esquina los está repartiendo Mary Poppins —respondió Grace, nerviosa. La gente había comenzado a agolparse donde ellos se encontraban y la tranquilidad de los minutos previos empezaba a diluirse como la mantequilla del relleno del pavo que esperaban cenar esa noche.
—Kiera, quédate con mamá y guardad juntas el sitio.
—¡No! Yo quiero Mary Poppins.
Aaron suspiró y Grace sonrió, consciente de que iba a ceder una vez más.
—Espero que el pequeño Michael sea menos cabezón —añadió Aaron, al tiempo que acariciaba la incipiente barriga de su mujer. Grace estaba embarazada de cinco meses, algo que en un principio consideró una temeridad, especialmente con Kiera tan pequeña, pero que ahora veía con ilusión.
—Kiera ha salido a su padre —rio Grace—. No me lo puedes negar.
—Está bien, pequeñaja. ¡Vamos a por ese globo!
Aaron se recolocó a Kiera sobre los hombros y luchó por abrirse camino hacia la esquina, entre una muchedumbre cada vez más numerosa. Cuando se encontraba a unos pasos y antes de alejarse más se volvió hacia Grace y gritó:
—¿Estarás bien?
—¡Sí! ¡No tardéis! ¡Ya viene!
Kiera le dedicó una amplia sonrisa a su madre de nuevo desde los hombros de Aaron, con esa cara que irradiaba alegría en todas direcciones. Ese fue el consuelo de Grace, años más tarde, cuando intentaba convencerse de que el vacío no era tan oscuro ni el dolor tan intenso ni la pena tan asfixiante: en la última imagen de Kiera que recordaba la pequeña sonreía.
Cuando llegaron hasta Mary Poppins, Aaron bajó a Kiera al suelo: una acción que nunca se perdonaría. Pensó que quizá así ella estaría más cerca de la señorita Poppins, o que tal vez, quién sabe, podría agacharse a su lado para animarla a que fuese ella misma la que pidiese el globo. Uno hace las cosas con ilusión, incluso cuando estas pueden tener las peores consecuencias. El sonido de la banda se entremezclaba con los gritos del público, cientos de brazos y piernas se movían con dificultad a un lado y a otro de ellos dos, y Kiera agarró con fuerza la mano de su padre con algo de miedo. Luego alargó la otra hacia la chica que estaba disfrazada de Mary Poppins, quien dijo aquellas palabras que se clavarían para siempre en la memoria de aquel padre a punto de perderlo todo:
—¿Esta niña tan preciosa quiere un poco de azúcar?
Kiera rio. También emitió un sonido que más tarde Aaron recordaría como un ligero bufido entre una risa y una carcajada a punto de estallar. Ese es el tipo de recuerdos que se te clavan en la mente y a los que uno intenta agarrarse como sea.
Fue la última vez que la oyó reír.
Justo en el instante en que Kiera agarró el cordel del globo que la señorita Poppins le extendió con unos frágiles dedos hubo otra explosión de confeti rojo, de nuevo el grito eufórico de todos los niños y, de pronto, padres y turistas se pusieron nerviosos por una serie de empujones que provenían de todas direcciones y de ninguna al mismo tiempo.
Y entonces pasó lo inevitable. Aunque Aaron más adelante pensase que podría haber cambiado tantas cosas en esos escasos dos minutos en los que sucedió todo. Aunque Aaron creyese que quizá podría haber cogido él el globo, o incluso haber insistido en que se quedase con Grace, o incluso se hubiese acercado a la mujer desde la derecha en lugar de desde la izquierda, como había hecho.
Alguien tropezó contra Aaron, quien dio un paso atrás y trastabilló con una barandilla de unos treinta centímetros de altura que rodeaba un árbol en la 36 con Broadway. Y ahí, en ese preciso instante, fue la última vez que sintió el tacto de los dedos de Kiera: su temperatura, su suavidad, cómo agarraba su manita los dedos índice, corazón y anular de su padre. Ambas manos se soltaron y Aaron no supo entonces que sería para siempre. Aquello podría haber quedado en un simple tropiezo si tras su caída no se hubiera producido la de varias personas en cadena, y lo que podría haber supuesto tan solo un segundo en reincorporarse desde el suelo se convirtió en un largo minuto recibiendo pisotones de gente que, al dar algún paso atrás para apartarse de la comitiva del desfile y montarse de nuevo en la acera, aplastaba sin querer una mano o una tibia. Desde el suelo, como pudo, Aaron gritó:
—¡Kiera! ¡Quédate donde estás!
También desde el suelo a Aaron le pareció escuchar:
—¡Papá!
Dolorido por los pisotones y tras forcejear y pelear para ponerse en pie, se dio cuenta de que Kiera ya no se hallaba junto a Mary Poppins. El resto de personas que habían caído consiguieron ponerse en pie y trataron de recuperar sus posiciones. De pronto, de entre todos ellos, Aaron, gritó de nuevo:
—¡Kiera! ¡Kiera!
Las personas alrededor lo miraban extrañadas, sin saber qué pasaba. Él se acercó corriendo a la mujer disfrazada:
—Mi hija, ¿la ha visto?
—¿La niña del chubasquero blanco?
—¡Sí! ¿Dónde está?
—Le he dado el globo y me he apartado en los empujones. La he perdido de vista con el alboroto. ¿No está con usted?
—¡Kiera! —gritó Aaron de nuevo, interrumpiendo a la mujer y volviéndose hacia su alrededor. La buscaba entre cientos de piernas—. ¡Kiera!
Y sucedió. Lo que sucede en los peores momentos y lo que alguien que mirase a vista de pájaro hubiera resuelto en un instante. Un globo de helio blanco se escapó de entre las manos de alguien y Aaron lo vio. Eso fue lo peor que pudo ocurrir.
Con dificultad, apartó como pudo a la muchedumbre que le bloqueaba el paso y corrió hacia el lugar desde el que había surgido el globo, alejándose de donde estaba, mientras vociferaba:
—¡Kiera! ¡Mi hija!
A su vez, la señorita Poppins también empezó a gritar:
—¡Se ha perdido una niña!
Cuando Aaron por fin consiguió llegar al lugar del que había partido el globo blanco, justo frente a la entrada de una oficina bancaria, un hombre y su hija con dos coletas rizadas se reían mientras se despedían del globo.
—¿Han visto a una niña con un chubasquero blanco? —irrumpió Aaron, con tono desesperado.
El hombre lo miró preocupado y negó con la cabeza.
Siguió buscando por todas partes. Corrió hacia la esquina y apartó a empujones a todo el que encontraba en su camino. Estaba desesperado. La gente se aglutinaba a miles a su alrededor, con piernas, brazos y cabezas que le impedían ver, y se sintió tan perdido y desamparado que el corazón hizo amagos de desaparecer también del interior de su pecho. La música de las trompetas de la comitiva de Santa Claus sonaba estridente en los oídos de Aaron, como un timbre agudo que hacía que sus gritos se diluyesen en el aire. La gente se agolpaba, Santa Claus reía sobre la carroza y todo el mundo quería estar cerca para verlo.
—¡Kiera!
Se acercó como pudo a su mujer, que miraba, ajena a todo, unas galletas de jengibre gigantes que bailaban con pasos muy exagerados.
—¡Grace! No encuentro a Kiera —exhaló.
—¡¿Qué?!
—¡No encuentro a Kiera! La he bajado al suelo y la he… la he perdido. —A Aaron le tembló la voz—. No la encuentro.
—¿Qué dices?
—No la encuentro.
La cara de Grace tardó un instante en viajar de la ilusión a la confusión y luego al pánico, para acabar gritando:
—¡Kiera!
Ambos la llamaron a voces por toda la zona, y la gente a su alrededor dejó lo que estaba haciendo para unirse a ellos en la búsqueda de Kiera. La cabalgata continuó ajena a todo, con Santa Claus sonriendo y saludando a los niños que seguían sobre los hombros de sus padres, hasta detenerse en Herald Square y anunciar, oficialmente, el inicio de las navidades.
En cambio para Aaron y Grace, que se habían dejado la voz y el alma buscando a su hija, no sería hasta una hora más tarde cuando todo cambiaría para siempre.
Capítulo 2
Miren Triggs
1998
La desgracia siempre busca a quienes pueden asumirla. La venganza, en cambio, a quienes no.
La primera vez que supe sobre la desaparición de Kiera Templeton fue mientras estudiaba en la Universidad de Columbia. En la puerta de la Facultad de Periodismo recogí uno de los muchos ejemplares del Manhattan Press que nos regalaban a los alumnos con la intención de que soñásemos a lo grande y aprendiésemos de los mejores. Me había levantado temprano, tras una pesadilla recurrente en la que corría por una calle desierta de Nueva York, huyendo de una de mis propias sombras, y aproveché aquella imagen siniestra para ducharme y arreglarme antes del amanecer. Llegué temprano y los pasillos de la facultad estaban desiertos. Los prefería así. Odiaba caminar entre desconocidos, detestaba desfilar de camino a la clase sintiendo las miradas y susurros a mi paso. En ellos yo había pasado de ser Miren a ser «esa-a-la-que...» y, a veces, también era «shh-shh-calla-que-nos-oye».
A veces sentía que tenían razón y que yo había dejado de tener nombre, como si ya solo pudiese ser el fantasma de aquella noche. Cuando me miraba en el espejo y buscaba en la profundidad de mis ojos, siempre me preguntaba: ¿Sigues ahí, Miren?
Aquel día en particular fue extraño. Había pasado una semana desde Acción de Gracias cuando el rostro de una niña pequeña, Kiera Templeton, fue portada de uno de los diarios más leídos del planeta.
El titular de aquel Manhattan Press del 1 de diciembre de 1998 simplemente decía: ¿HA VISTO A KIERA TEMPLETON?, seguido de un pie de foto: «Más información en la página 12». El rostro de Kiera miraba al frente en una foto casi de sorpresa, con los ojos verdes perdidos en algún punto tras la cámara, y esa fue la imagen que se quedó grabada para siempre en la memoria de todo el país. Su rostro me recordó a mí de pequeña, su mirada… a la mía de adulta. Tan vulnerable, tan débil, tan… rota.
La 71ª cabalgata de Macy’s, en 1998, pasó al recuerdo de América por dos motivos. El primero, por convertirse en la que ya es considerada la mejor cabalgata de la historia, con catorce bandas, la actuación de NSYNC, Backstreet Boys, Martina McBride, flashmobs realizados por cientos de majorettes, incluido el elenco completo de Barrio Sésamo o incluso una comitiva interminable de payasos bombero. El año anterior a ese hubo graves problemas con el viento. Algunos globos causaron heridos y desperfectos y hubo un incidente con el hinchable de Barney, ese dinosaurio rosa, que tuvo que ser apuñalado por varios espectadores para intentar controlarlo y hacer que aterrizase. El despropósito había sido tal que la organización centró todos sus esfuerzos en restaurar la desastrosa reputación que había adquirido el evento. Ningún padre llevaría a sus hijos a una cabalgata en la que su pequeño pudiese ser golpeado por Barney o por Babe, un cerdito de cinco pisos. Todas las cabezas pensantes de la organización se propusieron pulir cada potencial riesgo. En esa cabalgata de 1998 todo debía salir bien. Implementaron restricciones en altura y en dimensiones de los globos, haciendo desaparecer para siempre al majestuoso Woody, el «Pájaro Loco». Se dieron cursos intensivos de control de las figuras a los ayudantes encargados de remolcar el desfile flotante. El despliegue fue tan fascinante que aún hoy, casi veinte años después, todo el país tiene grabada en la retina la inmensa comitiva vestida de azul que seguía a Santa Claus hasta el final en Herald Square. Todo salió perfecto. El desfile resultó un verdadero éxito, si no llega a ser porque fue el día en que Kiera Templeton, una niña de apenas tres años, se desvaneció entre la multitud como si nunca hubiese existido.
Mi profesor de Periodismo de Investigación, Jim Schmoer, llegó tarde a la clase. Entonces era también redactor jefe del Wall Street Daily, un periódico económico con algún que otro tinte generalista, y por lo visto había estado en el archivo municipal recogiendo un expediente antiguo. Se puso en pie frente a toda la clase y, con gesto que reconocí como enfadado, alzó el ejemplar en alto y preguntó:
—¿Por qué creéis que hacen esto? ¿Por qué creéis que ponen la foto de Kiera Templeton en portada, con un titular tan escueto?
Sarah Marks, una aplicada compañera que se sentaba dos bancos delante de mí, respondió alzando la voz:
—Para que todos podamos identificarla si la vemos. Podría ayudar a encontrarla. Si alguien la ve y la reconoce, quizá podría dar señal de alarma.
El profesor Schmoer negó con la cabeza y me señaló con la mano:
—¿Qué piensa la señorita Triggs?
—Es triste, pero lo hacen para vender más periódicos —dije sin titubear.
—Continúa.
—Según he leído en la noticia, desapareció hace una semana en la esquina de Herald Square. Se dio la voz de alarma al instante y poco después de terminar la cabalgata toda la ciudad la estaba buscando. En el artículo se dice que su foto ya había salido en las noticias de la noche de la cabalgata, y que incluso a la mañana siguiente habían abierto los informativos de la CBS con su imagen. Dos días después su cara empapelaba las farolas del centro de Manhattan. La han puesto ahora, ya una semana después, no por ayudar, sino por subirse al carro del morbo que parece que está generando.
El profesor Schmoer tardó un momento en hacer algún gesto.
—¿Pero habías visto antes a esta niña? ¿Habías visto las noticias de aquella noche o el informativo de la mañana siguiente?
—No, profesor. No tengo televisor en casa, y vivo al norte, en Harlem. Hasta allí no llegan los papeles en las farolas de los niños de ricos.
—¿Entonces? ¿No han cumplido su objetivo? ¿No te ha ayudado a identificarla? ¿No crees que lo han hecho para intentar aumentar aún más las probabilidades de encontrarla?
—No, profesor. A ver. En parte sí, pero no.
—Continúa —dijo, sabedor de que yo ya había llegado a la conclusión que él quería.
—Han mencionado que su cara ya ha salido en las noticias en la CBS porque no quieren que la gente los juzgue por ser los primeros en sacar beneficio de la búsqueda, aunque en realidad es así.
—Pero ahora ya conoces el rostro de Kiera Templeton, ahora ya puedes unirte a su búsqueda.
—Sí, pero esa no era la intención final. La intención era vender periódicos. Con las noticias durante las primeras horas de la CBS puede que sí pretendiesen ayudar. Ahora parece que solo quieren alargarlo, solo intentan sacar provecho de un asunto que parece que ha despertado el interés de muchos.
El profesor Schmoer desvió la mirada hacia el resto de la clase y, sin yo esperarlo, comenzó a aplaudir.
—Eso es exactamente lo que ha pasado, señorita Triggs —dijo, asintiendo con la cabeza—, y ese es el modo en que quiero que penséis. ¿Qué se esconde detrás de una historia que llega hasta la primera plana? ¿Por qué una desaparición es más importante que otra? ¿Por qué todo el país ahora mismo está buscando a Kiera Templeton? —Hizo una pausa antes de sentenciar—: Todo el mundo se ha unido a la búsqueda de Kiera Templeton porque es rentable.
Era una visión simplista del asunto, no lo voy a negar, pero aquel punto triste de injusticia fue el que me unió al caso de la desaparición de Kiera.
—Lo triste de esto es que…, y lo descubriréis pronto, los medios se unen a las búsquedas por interés. Cuando penséis si una noticia debe ser contada porque es injusta o porque es triste, en realidad la única pregunta que hará el editor de vuestro periódico será: ¿venderemos más ejemplares? Este mundo funciona por interés. Las familias piden ayuda a los medios por el mismo motivo. Al fin y al cabo, un caso público recibe más recursos policiales que uno anónimo. Es un hecho. El político de turno necesita ganarse a la opinión pública, es lo único que le importa, y es ahí cuando se cierra el círculo. Todos están interesados en mover el asunto; unos, para ganar dinero; otros, para recuperar la esperanza.
Me quedé en silencio, enfadada. Bueno, creo que toda la clase lo hizo. Era desolador. Era desesperante. Después, y como si la de Kiera fuese ya una noticia del pasado, comenzó a comentar un artículo que implicaba al alcalde de la ciudad en un posible desvío de fondos de un aparcamiento que se estaba construyendo a orillas del Hudson, para terminar la clase comentando los pormenores de una investigación en la que participaba sobre una nueva droga que se había extendido por los suburbios y que empezaba a causar estragos entre la población con menos recursos de la ciudad. La clase era un batiburrillo de golpes de realidad a la cara. Entrabas a primera hora esperanzada y salías un rato después derrotada y cuestionándote todo. Ahora que lo pienso, cumplía su objetivo.
Antes de terminar la lección y despedirnos hasta la semana siguiente, el profesor Schmoer tenía por costumbre asignarnos un tema en el que indagar durante una semana. La anterior había sido un abuso sexual de un político con su secretaria. Para esa semana, en cambio, se dio la vuelta y escribió en la pizarra: «Tema libre».
—¿Qué significa eso? —preguntó con un grito un alumno de las últimas filas.
—Que pueden investigar ustedes el tema que más les interese del periódico de hoy.
Aquel tipo de trabajos servía para darnos alas y descubrir qué clase de periodismo de investigación se nos daba mejor: política y corrupción, asuntos sociales, preocupaciones medioambientales o tejemanejes empresariales. Una de las noticias principales versaba sobre un posible vertido tóxico al río Hudson, al aparecer cientos de peces muertos en una zona particular. El asunto era un aprobado fácil y toda la clase, yo incluida, se dio cuenta al instante. Tan solo habría que coger una muestra de agua y analizarla en un laboratorio de la facultad, lo que serviría para determinar qué material químico había cubierto el agua con una manta de peces flotantes. Luego tan solo había que rastrear qué empresas químicas se situaban río arriba que produjesen residuos o productos en los que estuviese presente el mejunje y voilà. Era pan comido.
Al salir de clase Christine Marks, mi antigua compañera de mesa hasta el año anterior y centro de gravedad de los tíos de clase, se aproximó a mí con cara algo seria. Antes éramos buenas amigas, ahora me daba náuseas hablar con ella.
—Miren, ¿te vienes luego a coger una muestra de agua con todos? Está tirado. Los demás están hablando de acercarnos esta tarde al embarcadero doce, llenar unas probetas con el agua y tomarnos unas cervezas. Está hecho. Creo incluso que vienen algunos chicos monos.
—Creo que voy a pasar esta vez.
—¿Otra vez?
—Es que no me apetece. Punto.
Christine frunció el entrecejo, pero luego cambió a su omnipresente cara de pena.
—Miren…, por favor…, creo que ya hace tiempo de…, bueno, de aquello.
Sabía por dónde iría y también que no se atrevería a terminar la frase. Desde el año anterior nos habíamos distanciado mucho, bueno, quizá deba decir que puse distancia entre todo el mundo y yo, y desde entonces prefería estar sola y centrarme en los estudios.
—Esto no tiene nada que ver con lo que pasó. Y, por favor, no hables conmigo como si fuese alguien por quien sentir lástima. Estoy cansada de que todos me miren con esa cara. Estoy bien. Ya.
—Miren… —se lamentó como si yo fuese estúpida. Estoy segura de que también ponía esa voz cuando hablaba con niños—, yo no quería…
—Me da igual, ¿vale? Además, no voy a investigar sobre el vertido. No me interesa en absoluto. Para una de las pocas veces que podemos elegir, prefiero hacer otra cosa.
Christine pareció molestarse, pero no me lo dijo. También era una cobarde.
—¿Entonces?
—Voy a indagar sobre la desaparición de Kiera Templeton.
—¿La niña? ¿Estás segura? En estos casos es muy difícil encontrar nada. La semana que viene no vas a tener material ni nada que se le parezca que poder presentar al profesor Schmoer.
—¿Y qué más da? —respondí—. Así al menos habrá alguien investigando ese caso que no lo haga por dinero. Esa familia se merece que alguien se preocupe por su hija y no para salvar el trasero.
—A nadie le importa esa niña, Miren. Tú misma lo has dicho. Este trabajo es para subir nota, no para bajarla. No desaproveches la oportunidad de puntuar.
—Mejor para ti, ¿no?
—Miren, no seas estúpida.
—Quizá siempre lo he sido —afirmé, intentando zanjar la conversación.
Y ahí podría haber quedado todo. Podría haber sido una investigación fallida de una semana de duración de una estudiante de periodismo sin importancia. Un suspenso de un trabajo parcial sin relevancia en mi evaluación final de PI, como llamábamos a la asignatura, pero el destino quiso que descubriese algo trascendental que cambiaría para siempre el curso y la suerte de la búsqueda de la pequeña Kiera Templeton.
Capítulo 3
Nueva York
26 de noviembre de 1998
Hasta en lo más profundo de los pozos más oscuros se puede escarbar un poco más.
Unos minutos después de su desaparición, Grace llamó a emergencias desde el teléfono de Aaron y explicó, desencajada, que no encontraba a su hija. La policía no tardó en llegar justo después de que algunos testigos vieran a Grace y Aaron gritar, dejándose la voz a la desesperada.
—¿Son ustedes los padres? —dijo el primer agente, que se había abierto paso entre la muchedumbre hasta llegar a la esquina de Herald Square con Broadway.
Varias decenas de transeúntes formaron un corro alrededor de Aaron, Grace y la policía para observar cómo se derrumbaban dos personas que habían perdido lo más importante.
—Por favor, ayúdenme a encontrarla. Por favor —suplicó ella. Las lágrimas de Grace brotaban con fuerza—. Alguien se la ha tenido que llevar. Ella no se iría con nadie.
—Tranquilícese, señora. La encontraremos.
—Es muy pequeña. Y está sola. Tienen que ayudarnos, por favor. ¿Y si alguien…? Oh, Dios mío…, ¿y si alguien la ha cogido?
—Tranquilícese. Seguramente esté en algún rincón, asustada. Aquí hay mucha gente ahora mismo. Correremos la voz entre el resto de agentes y daremos la señal de alarma. La encontraremos, se lo prometo.
—¿Hace cuánto ha ocurrido? ¿Cuándo la ha visto por última vez?
Grace miró a su alrededor, observó las caras de preocupación de la gente y dejó de escuchar. Aaron intervino para no perder tiempo:
—Hace unos diez minutos como mucho. Aquí, justo aquí. Venía conmigo sobre los hombros a por un globo… La he bajado al suelo y… y la he perdido de vista.
—¿Cuántos años tiene su hija? ¿Alguna descripción que nos ayude? ¿Qué llevaba puesto?
—Tiene tres años. Bueno, los cumple mañana. Es… morena… Llevaba una coleta, bueno, dos, a los lados. Y un pantalón vaquero… y… una sudadera… blanca.
—Era rosa claro, Aaron. ¡Por el amor de Dios! —interrumpió Grace, como pudo.
—¿Está segura?
Grace suspiró con fuerza. Se encontraba a punto de desmayarse.
—Era una sudadera clara —incidió Aaron.
—Si ha sido hace diez minutos tiene que estar cerca. Es imposible moverse por aquí con tanta gente.
Uno de los policías agarró su radio y dio la voz de alarma:
—Atención a todos los agentes: 10-65. Repito, 10-65. Se ha perdido una niña de tres años, morena, con vaqueros y una sudadera de color claro. En las inmediaciones de Herald Square, en la 36 con Broadway. —Paró un instante y se dirigió a Grace, cuyas piernas comenzaron a fallar—. ¿Cómo se llama su hija, señora? La encontraremos, se lo aseguro.
—Kiera. Kiera Templeton —respondió Aaron por encima de Grace, quien parecía estar a punto de desfallecer. Aaron sentía cada vez más el peso de su mujer, como si las piernas le estuviesen fallando y cada segundo que pasaba tuviese que hacer un mayor esfuerzo por mantenerla en pie.
—Responde al nombre de Kiera Templeton —continuó hablando el agente por la radio—. Repito, 10-65. Niña de tres años, morena…
Grace no pudo oír de nuevo la descripción de su hija. El corazón se le aceleró hasta el borde del colapso y sus brazos y piernas no pudieron aguantar la tensión que circulaba por sus arterias. Grace cerró los ojos y se echó sobre los brazos de Aaron, y la gente alrededor soltó un chillido de impresión.
—No, Grace…, ahora no… —susurró—. Por favor, ahora no…
Aaron la sostuvo como pudo y la colocó, nervioso, en el suelo.
—No es nada…, cariño, relájate —susurró al oído de su mujer—. Pasará pronto…
Grace yacía en el suelo, con la mirada perdida, y los agentes se agacharon sorprendidos para intentar ayudar. Una señora se acercó y pronto Aaron se vio rodeado de gente con ganas de saber más.
—¡Solo es un ataque de ansiedad! Por favor…, aléjense. Espacio. Necesita espacio.
—¿Le ha ocurrido más veces? —inquirió uno de los agentes. El otro pidió por radio una ambulancia. La calle se encontraba atestada de gente que caminaba en todas direcciones. El tráfico estaba cortado; Santa Claus, en la lejanía, seguía sonriendo a los niños desde su carroza. En alguna parte entre la muchedumbre podría estar Kiera, acurrucada en un rincón, asustada, preguntándose por qué sus padres no estaban con ella.
—De vez en cuando, joder. Ya llevaba un mes sin que le diera uno. Pasará en unos minutos, pero, por favor, encuentren a Kiera. Ayúdennos a encontrar a nuestra hija.
El cuerpo de Grace, que parecía estar dormida en el suelo, comenzó a dar ligeros espasmos y los mirones gritaron de sorpresa.
—No es nada. No es nada. Ya pasa, cariño —susurró Aaron al oído de Grace—. Encontraremos a Kiera. Respira…, no sé si puedes oírme ahora mismo… Céntrate en respirar y pasará pronto.
La cara de Grace se fue transformando poco a poco de la calma a una expresión de terror, los ojos se pusieron en blanco y lo único que quería Aaron es que no se golpease con nada.
El corro formado alrededor de ellos era cada vez más cerrado y las voces de todos los que daban consejos se intercalaban con el sonido de la radio de los policías. De pronto, desde uno de los lados, la gente empezó a apartarse con rapidez y apareció un equipo de emergencias con una camilla y un botiquín de primeros auxilios. Dos policías se unieron al grupo y empujaron a la gente, que parecía acercarse más y más.
Aaron dio dos pasos atrás para dejarlos trabajar y se llevó las manos a la boca. Estaba sobrepasado. Su hija había desaparecido unos minutos antes y su mujer estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Dejó escapar una lágrima. Le costó hacerlo. No solía dejarse llevar. No solía mostrar sus emociones en público y en ese momento se sentía tan observado que se contuvo todo lo que pudo, hasta que aquella fina gota encontró la punta de su lagrimal.
—¿Cómo se llama? —gritó una paramédica.
—Grace —gritó también Aaron.
—¿Es la primera vez?
—No…, le ocurre a veces. Está en tratamiento pero… —Un nudo en la garganta interrumpió la frase.
—Grace…, guapa. Escúchame —dijo la paramédica en un tono reconfortante—. Ya pasa…, ya está pasando. —Giró la cabeza hacia Aaron y preguntó—: ¿Es alérgica a algún medicamento?
—Nada —respondió, aturdido. Aaron no sabía adónde prestar su atención. Se sentía sobrepasado. Se movía de un lado a otro, mirando al suelo y a la lejanía, entre los pies de la gente, en un intento desesperado de ver a Kiera.
—¡Kiera! —chilló—. ¡Kiera!
Uno de los policías le pidió que se apartase a un lado con él.
—Necesitamos su ayuda para encontrar a su hija, señor. Su mujer está bien. Se encargan los servicios de emergencias. ¿A qué hospital quiere que lleven a su esposa? Necesitamos que esté usted aquí con nosotros.
—¿Hospital? No, no. Se le pasa en cinco minutos. No es nada.
Uno de los paramédicos se acercó a Aaron y el policía y le dijo:
—Será mejor que nos vayamos a un lugar más tranquilo. Tenemos la ambulancia en el siguiente cruce y es más conveniente que se recupere del ataque allí. ¿Qué le parece que le esperemos allí? No iremos al hospital salvo alguna complicación. No se preocupe, es solo un ataque de ansiedad. Pasará en unos minutos y cuando termine necesitará estar relajada.
De pronto uno de los policías que se acababan de acercar puso cara de sorpresa y se dirigió a la radio.
—Central, ¿puede repetir eso último?
La voz de la radio era ininteligible para Aaron, que estaba alejado algunos metros, pero se percató de la expresión del agente.
—¿Qué ocurre? —gritó—. ¿Qué pasa? ¿Es Kiera? ¿La han encontrado?
El agente escuchó atento la radio y vio a Aaron acercarse con rapidez.
—Señor Templeton, tranquilícese, ¿de acuerdo?
—¿Qué ocurre?
—Han encontrado algo.
Capítulo 4
27 de noviembre de 2003
Cinco años después de la desaparición de Kiera
Solo aquellos que nunca dejan de buscar se encuentran a ellos mismos.
En el cruce de la calle 77 con Central Park West, en Nueva York, a las 9:00 de la mañana del 27 de noviembre, cientos de ayudantes y voluntarios se arremolinaban en torno a las grandes figuras hinchables que estaban a punto de elevarse del suelo. Todo el que participaba en el levantamiento de los grandes globos que recorrerían las calles de Nueva York hasta acabar frente a la tienda de Macy’s en Herald Square se organizaba en grupos vestidos para la ocasión según el personaje que tuviesen que portar: los encargados de volar a Babe, el cerdito valiente, iban con sudaderas rosas, en un elegante traje negro los que portaban al carismático Sr. Monopoly, o en monos azules para los que acompañaban al mítico Soldado de Juguete. En Herald Square la mañana había comenzado con un majestuoso flashmob de America Sings, con sudaderas de colores, seguido de las actuaciones de algunos de los mejores artistas del país.
La ciudad se había convertido en una grandiosa fiesta, la gente sonreía por las calles y los niños caminaban ilusionados hacia alguno de los puntos por los que pasaba la cabalgata. Incluso desde el cielo, el magnate Donald Trump hacía un vuelo en su helicóptero para enseñar a la NBC una vista aérea del recorrido que dibujaría el desfile sobre las rectas líneas de Manhattan.
La desaparición de Kiera Templeton había caído ya en el olvido de la ciudad, pero no en su subconsciente. Los padres y las madres caminaban fuertemente agarrados de sus hijos, con precauciones que antes ni se tenían en cuenta. Se evitaban los puntos calientes del recorrido, aquellas zonas en las que se preveían mayores aglomeraciones. El cruce de Times Square, el destino final junto a la tienda de Macy’s, o incluso las zonas más bajas de Broadway solo eran frecuentadas por turistas, adultos y gente de las ciudades colindantes. Las familias habían optado por disfrutar del evento con sus hijos cerca de donde se iniciaba la acción, en la paralela de Central Park West, una zona con menor riesgo y con amplias aceras y grandes espacios para caminar sin embotellamientos ni potenciales estampidas.
Eran las 9:53 de la mañana y, justo en el instante en que el globo de la Gallina Caponata de Barrio Sésamo alzaba el vuelo ante la atenta mirada de cientos de niños y padres con sonrisa de ilusión, un borracho irrumpió en el centro de la calle, vociferando colérico entre lágrimas.
—¡Vigilen a sus hijos! ¡Vigilen a sus hijos o esta ciudad se los tragará! ¡Se los tragará como se traga todo lo bueno que pisa sus calles! ¡No amen nada en esta ciudad! Porque si ella lo descubre, se lo quitará, como te quita todo cuanto ve.
Algunos padres desviaron la mirada del gigantesco pájaro amarillo que se levantaba varios metros del suelo hacia el borracho, que vestía un traje sin corbata lleno de manchas. El hombre tenía una poblada y descuidada barba oscura; su pelo era una maraña despeinada. Presentaba una herida en el labio, cuya sangre había brotado hasta mancharle el cuello de la camisa, y sus ojos estaban cargados de dolor y desesperanza. Andaba con dificultad, puesto que llevaba un pie descalzo tan solo cubierto por un calcetín blanco con la parte inferior completamente negra.
Un par de voluntarios se acercaron al hombre con la intención de calmarlo.
—¡Eh, amigo! ¿No es un poco pronto para estar así? —le dijo uno de ellos, mientras intentaba guiarlo hasta uno de los lados.
—Es Acción de Gracias, ¿no le da vergüenza? —añadió el otro—. Salga de aquí antes de que le detengan. Hay niños viéndole. Compórtese.
—Vergüenza me daría participar… en esto. En alimentar esta… esta máquina de engullir niños —gritó.
—Un segundo… —dijo uno de ellos, tras reconocerlo—, usted es… el padre de esa niña que...
—Ni se te ocurra mencionar a mi hija, desgraciado.
—¡Sí! Es usted… Quizá no debería venir a… a esto —señaló intentando ser comprensivo.
Aaron agachó la cabeza. Había pasado toda la noche bebiendo de bar en bar hasta que no quedaba ninguno abierto. Luego fue a un deli y compró una botella de ginebra que el dependiente paquistaní aceptó venderle por lástima. Se bebió un tercio de la botella en el primer trago y vomitó justo después. Se sentó a llorar. Quedaban unas horas para que empezase la cabalgata de Macy’s y se cumpliese el quinto aniversario de la desaparición de Kiera y el día anterior se había despertado llorando, tal y como le había ocurrido los años anteriores. Aaron nunca había bebido antes de perder a su hija. Era correcto, mantenía un modo de vida saludable y solo tenía la costumbre de beber una copa de vino blanco cuando tenían visita en su antigua casa de Dyker Heights, un barrio de clase alta en Brooklyn. Desde que sucedió lo de Kiera, y la tragedia de después, no había día en que amaneciese sin tomarse una copa de whisky. Existía tal diferencia entre el Aaron Templeton de 1998 y el de 2003 que era innegable que la vida lo había golpeado con fuerza.
Un agente de policía vio la escena y se acercó corriendo.
—Señor, tiene que salir de aquí —dijo, al tiempo que agarraba a Aaron de un brazo y le indicaba la salida hacia el otro lado de las vallas—. Aquí solo pueden estar los miembros de la comitiva.
—¡No me toque! —gritó Aaron.
—Señor…, por favor…, no quisiera detenerlo. Hay muchos niños mirando.
Aaron desvió la mirada hacia los bordes de la calle y se dio cuenta de que todos los ojos estaban clavados en él. Poco importaba la gigantesca sombra que proyectaba el pájaro amarillo o la figura de Spiderman que se estaba hinchando en la lejanía a punto de alzar el vuelo. Agachó la cabeza. Otra vez. Estaba derrotado. Tocado y hundido. El golpe emocional del día de la cabalgata era insalvable, y quizá lo único que podía hacer era volver a su nuevo apartamento, en Nueva Jersey, para dormir y llorar en soledad. Pero el agente le pegó un tirón del brazo y eso fue lo peor que pudo pasar.
Aaron se revolvió y golpeó con un fuerte puñetazo la cara del policía y lo tiró al suelo, frente a la atónita mirada de cientos de niños y padres, que empezaron a abuchear con enfado.
—¡Qué vergüenza! —gritó uno de ellos—.
¡Váyase, payaso! —chilló otro.
Una botella de agua le golpeó en la cara y él miró en todas direcciones, aturdido, sin saber de dónde había venido el impacto.
No le dio tiempo a pensar el motivo del abucheo, por qué la gente consideraba mal que estuviese allí, cuando dos agentes más corrieron hacia él y, con un fuerte placaje, lo tiraron al suelo. La caída la frenó su cara contra el asfalto. En menos de cinco segundos tenía los brazos a la espalda y las esposas cortándole la circulación de las muñecas. Su cerebro no había procesado el dolor por el golpe, algo que sucedería dos minutos después, pero sí las manos de los agentes y de uno de los voluntarios que lo levantaron del suelo en volandas, entre los aplausos de todo el que miraba, que apenas dejaban oír los gritos y lamentos de un padre que se hundía en lo más profundo.
Una vez en el furgón policial, se quedó dormido.
Cuando se despertó, una hora más tarde, se encontraba sentado en la comisaría de la Sección Oeste de la Policía de Nueva York, con los grilletes a la espalda, junto a un hombre mayor de aspecto amigable y cara triste. A Aaron le dolía la cara e hizo una mueca para destensar la sangre seca de su rostro, pero fue mala idea. El dolor irradió en todas direcciones.
—¿Un mal día? —preguntó el hombre a su lado.
—Una mala… vida —respondió Aaron, que sentía ganas de vomitar.
—Bueno, la vida es mala si no haces nada por cambiarla.
Aaron desvió la mirada hacia él y, acto seguido, asintió. Por un momento pensó que aquel hombre no tenía ninguna pinta de delincuente si no hubiera sido por las manos también atadas a la espalda. Se imaginó que el hombre quizá estaba allí por multas de aparcamiento.
Una m
