Muertos en la estepa (Yeruldelgger 1)

Ian Manook

Fragmento

9788415631491-3

1

Una especie de felicidad...

Yeruldelgger observaba el objeto sin entender. Al principio, había mirado, incrédulo, la inmensidad de las estepas de Delgerkhaan. Unas estepas que lo rodeaban como océanos de hierbajos que el viento agitaba con un oleaje irisado. Durante un buen rato, en silencio, había procurado convencerse a sí mismo de que estaba de verdad en aquel lugar, y sí, de verdad estaba allí. En medio de extensiones infinitas, al sur de la provincia de Hentiy y a cientos de kilómetros de cuanto hubiera podido justificar de algún modo la presencia incongruente de semejante objeto.

El policía de distrito se mantenía respetuosamente a un metro de distancia detrás de él. Los miembros de la familia nómada que lo habían alertado estaban enfrente, a varios metros. Todos lo miraban, esperando que diera alguna explicación satisfactoria a la presencia del objeto que sobresalía, inclinado, de la tierra. Yeruldelgger respiró hondo, frotándose el rostro fatigado con las anchas palmas de sus manos, y luego se agachó delante del objeto para observarlo mejor.

Se sentía vacío, agotado, consumido por aquella vida de poli cuyo control sin duda había perdido. Esa mañana, a las seis, lo habían enviado a investigar la aparición de tres cadáveres hechos picadillo en las oficinas de administración de una empresa china situada en los suburbios de Ulán Bator, y cinco horas más tarde se encontraba en la estepa sin comprender siquiera por qué lo habían enviado hasta allí. Hubiera preferido con mucho quedarse en la ciudad para investigar con su equipo el asunto de los cadáveres chinos. Sabía por experiencia, y por afición a la adrenalina, que la primera hora en el escenario de un crimen es crucial. No acababa de gustarle no estar allí, a pesar de que confiaba plenamente en la inspectora Oyun, a quien había dejado a cargo del asunto. Ella sabía qué hacer y lo pondría al corriente si fuera necesario.

El policía de distrito no se había atrevido a agacharse a su lado. Seguía de pie, medio inclinado, con las rodillas flexionadas y la espalda encorvada. Pero, a diferencia de Yeruldelgger, él no intentaba comprender. Sólo esperaba a que el comisario de la ciudad lo hiciera. Los nómadas, por su parte, se habían agachado al mismo tiempo que él. El padre quizá fuera en realidad un abuelo, con el rostro arrugado por la luz del sol bajo un sombrero tradicional puntiagudo. Llevaba un deel raído de tela verde satinada con bordados amarillos y unas botas de montar de piel. La mujer vestía un abrigo azul claro de aspecto sedoso, ceñido con un cinturón largo de satén rosa. Y era mucho más joven que él. Los tres niños formaban una hilera roja, amarilla y verde: dos muchachos y una niñita al final. El comisario calculó que apenas había un año de diferencia entre cada uno de ellos. La familia mostraba un aire alegre, en sus caras de piel rugosa y enrojecida por los vientos de la estepa, la arena del desierto y las quemaduras de la nieve se dibujaban grandes sonrisas. Yeruldelgger también había sido un chiquillo de la estepa, como ellos, en una de sus vidas anteriores.

—¿Entonces, comisario? —se atrevió a decir el policía de distrito.

—Entonces, esto es un pedal. Un pedal de talla infantil. Supongo que tú ya habías visto un pedal, agente.

—Sí, comisario. Mi hijo tiene una bici.

—Qué bien... —dijo Yeruldelgger, suspirando—. ¡Así que sabes lo que es un pedal!

—Sí, comisario.

Enfrente de ellos, la familia de nómadas escuchaba su conversación, sonriente y agachada, formando una hilera. Detrás se veía su yurta blanca, y alrededor la estepa verdeante ondulaba bajo el viento hasta perderse de vista en el horizonte azul de las primeras colinas. Ni siquiera se distinguía la pista estrecha por la que el todoterreno ruso los había llevado traqueteando hasta la yurta.

Yeruldelgger apoyó con firmeza sus fuertes manos en los muslos, a la manera de los sumos japoneses, y hundió la cabeza entre los hombros para retener la ira que lo invadía.

—¿Y por esto me has hecho venir?

—Sí, comisario...

—¿Me has obligado a hacer tres horas de pista desde Ulán Bator por un pedal que sale de la tierra?

—No, comisario, ¡por la mano!

—¿La mano? ¿Qué mano?

—La mano que hay debajo del pedal, comisario.

—¿Cómo? ¿Hay una mano debajo de este pedal?

—Sí, comisario, ahí, debajo del pedal, ¡hay una mano!

Sin levantarse, Yeruldelgger torció el cuello para mirar al policía de distrito a la cara. ¿Aquel tipo se estaba burlando de él?

Pero el rostro del policía no reflejaba ninguna emoción. Ningún gesto que indicara que estaba bromeando. Ningún atisbo de inteligencia. Era tan sólo un rostro que mostraba respeto ante la jerarquía y satisfacción de su propia incompetencia. Para evitar una explosión de ira, Yeruldelgger se concentró en el objeto, cuya presencia cobraba ahora un significado mucho más dramático. Era el extremo de un pedal pequeño que sobresalía del suelo, despuntando apenas sobre el horizonte, pero ¡ahora tenía una mano debajo!

—¿Y cómo sabes que hay una mano ahí debajo?

—Porque los nómadas lo han desenterrado, comisario —respondió el policía.

—¿¡Desenterrado!? ¿Cómo que desenterrado? —dijo con furia contenida Yeruldelgger.

—Los nómadas lo han desenterrado, comisario. Han excavado alrededor y han retirado la tierra. Los niños vieron el pedal mientras jugaban, excavaron para liberarlo y al hacerlo descubrieron la mano.

—¿Una mano? ¿Están seguros? ¿Una mano de verdad?

—Una mano de niño, sí, comisario.

—¿De niño?

—Sí, comisario, una manita. Pequeña, como la de un niño.

—¿Y dónde está ahora esa mano de niño?

—Debajo, comisario.

—¿Debajo? ¿Debajo de qué?

—Debajo del pedal, comisario.

—¿Quieres decir que han vuelto a enterrarla? ¿Han vuelto a enterrar la mano?

—Sí, comisario. Y el pedal también, comisario...

Yeruldelgger alzó la vista hacia la familia de nómadas, con sus deel coloridos, que seguía agachada en grupo y se recortaba contra el azul saturado del cielo. Ellos lo miraban y asentían con la cabeza mostrando grandes sonrisas para confirmar el informe del policía de distrito. El comisario torció de nuevo el cuello para observar desde abajo al poli local.

—¡Lo han enterrado todo! ¡Espero que les hayas preguntado por qué lo han hecho!

—Por supuesto, comisario: para no contaminar el escenario del crimen...

Yeruldelgger no hizo el menor movimiento; quería asegurarse de que había entendido bien lo que acababa de oír.

—¿¡Para qué!?

—Para no contaminar el escenario del crimen —repitió el policía de distrito, con un eco de orgullo en la voz.

—¡Para no contaminar el escenario del crimen! Pero ¿de dónde han sacado esa idea?

—De «CSI: Miami». Me han dicho que nunca se pierden «CSI: Miami» y que Horacio, el jefe de los CSI de Miami, siempre recomienda no contaminar el escenario del crimen.

—¡«CSI: Miami»! —exclamó Yeruldelgger.

Se irguió lentamente, con un movimiento cargado de fatiga y abatimiento, y buscó con la mirada la yurta, situada detrás de los nómadas, que se habían levantado al mismo tiempo que él. Temía ver aquello en lo que debería haber reparado nada más llegar. Alzó un poco la cabeza y distinguió en un costado, detrás del abuelo, una antena parabólica enorme apuntada hacia el cielo inmenso e inocente, donde, en algún lugar, invisible, estaba aquel maldito pájaro metálico que vertía sus estupideces ¡hasta en las yurtas de Hentiy!

—¡Por Dios! —gritó, resignado—. Y dime, ¿qué más te han contado?

—Nada, comisario. Estaban esperándolo a usted. Si quiere saber más, lo mejor es que hable con Horacio.

—¿Horacio?

—Horacio Caine, ¡ése es el nombre del jefe de los CSI! —dijo, jocoso, el policía de distrito, señalando al viejo nómada con la barbilla.

Yeruldelgger se volvió hacia él y le clavó una mirada tan furiosa que se le borró de golpe aquella sonrisa idiota de la cara.

—Si vuelves a faltarle al respeto, te largas de aquí al galope atado a su caballo por la cola, ¿lo has entendido bien?

—Sí, comisario —dijo el policía, avergonzado.

—¡Por la tuya, no por la del caballo!

—¿Mi qué, comisario?

—¡Tu cola!

—Comprendido, comisario.

—¡Así me gusta!

En cuanto dio un paso en su dirección, la familia adoptó una divertida posición de firmes. Yeruldelgger se dirigió al anciano con amabilidad, mostrándole el respeto que le debía por su edad y según las tradiciones de los nómadas.

—Abuelo, voy a necesitar una pala para el policía y un cubo para mí. ¿Es posible?

El anciano lo miró un instante sin moverse. Luego se volvió enérgicamente hacia el mayor de los niños y le hizo un gesto para que fuera a buscar lo que el comisario pedía. Cuando se lo entregaron, Yeruldelgger arrojó la pala al policía, que la atrapó a duras penas, y dio la vuelta al cubo para usarlo a modo de taburete y sentarse cerca del lugar de donde sobresalía el pedal. Sacó un iPhone del bolsillo de su abrigo e hizo una seña al mayor de los niños para que se acercara. El chiquillo corrió hacia él sonriente y se puso firmes.

—¿Sabes usar esto?

—¡Sí, comisario!

—¿También la cámara de fotos?

—¡Sí, comisario!

—¿Lo has visto hacer en «CSI: Miami»?

—¡Sí, comisario! ¡Y en «CSI: Las Vegas» también, comisario!

El chaval mentía más que un vendedor de motos y estaba a punto de echarse a reír. Yeruldelgger le enseñó cómo usar la cámara del móvil, y a continuación se levantó para dar órdenes.

—Hermana, voy a necesitar una tela blanca grande, por favor. Vosotros dos, volved a excavar como la primera vez. Coged la tierra con las manos y ponedla con cuidado sobre la tela que va a traer vuestra madre. ¿De acuerdo?

Los chiquillos y el abuelo asintieron con la cabeza.

—Tú vas a tomar fotos —continuó Yeruldelgger—. ¿Sabes contar hasta cincuenta?

—¡Sí, comisario! —respondió el chaval, de nuevo sonriente, en posición de firmes—. Uno, dos, tres, cuatro...

—¡Está bien, está bien, te creo! Cuenta hasta cincuenta mentalmente, tomas una foto y vuelves a empezar hasta que yo te diga que pares, ¿de acuerdo? Y de vez en cuando te pediré que hagas también una foto de lo que se vaya poniendo sobre la tela, ¿está claro?

—¡Está claro, comisario!

—Tú —dijo, dirigiéndose al policía—. Excava a unos cincuenta centímetros de distancia alrededor de lo que aparezca a medida que ellos lo vayan descubriendo, pero no muy hondo. ¿Puedes hacerlo?

—Esto... sí... creo que sí, comisario.

La muchacha volvió con una sábana blanca. Yeruldelgger, como si le fuera la vida en ello, la extendió a sus pies y dio orden de comenzar.

Todo ocurrió bastante deprisa. Los niños excavaron con las manos la tierra que ya habían removido y la echaron sobre la tela blanca, donde Yeruldelgger la esparcía para escrutarla. De vez en cuando, extraía con los dedos cosas que los demás no tenían tiempo de ver y las metía en bolsitas de plástico transparente que iba guardando en su bolsillo. Luego sacudía la tela, para arrojar la tierra, y volvía a extenderla sobre la hierba. Muy pronto, el abuelo se atribuyó esa última actividad, orgulloso de poder ayudar personalmente al comisario, y Yeruldelgger no tardó en felicitarse por el trabajo de su pequeño equipo.

El pedal ya estaba desenterrado del todo. Se adivinaba que había estado cubierto de caucho blanco antideslizante. A continuación apareció la biela de cromo desconchado y, enseguida, una parte del plato dentado y un pedazo de hierro deformado del cuadro, pintado de rosa, del que sobresalía el extremo de una cadena. Yeruldelgger hizo señas a todos para que se detuvieran y se levantó para poder observar más de cerca. De nuevo respiró hondo, con la vista levantada al cielo, y luego exhaló despacio por la nariz, concentrándose en su descubrimiento. No le gustaba lo que veía. No le gustaba lo que deducía de ello y todavía menos lo que iba a tener que sacar de allí. Era la bici de una criatura. Una pequeña bicicleta rosa. De niña. De cuatro o quizá cinco años, no más. Por la altura del pedal podía imaginar el tamaño de las piernas que alegremente lo habían puesto en acción. Por la longitud de las piernas, la talla aproximada de la niña, y con todo eso, calcular una edad. El abanico es corto: de cuatro a cinco años. Una niñita. Una cosita despreocupada. Y ahora, un pequeño cadáver con la boca llena de tierra... No debía pensar en eso. Tenía que obligarse a olvidar. Concentrarse en lo que fuera, menos en eso.

Yeruldelgger dirigió su atención hacia la biela. La bici estaba enterrada de costado, y más profundamente por delante, en una posición que lo intrigaba. La forma del cuadro, incluso retorcido como estaba, le daba una idea de la máquina. El modo en que el pedal sobresalía, más bien inclinado hacia delante, lo confirmó en su idea. Intentó imaginarse mejor las partes todavía enterradas para adivinar el tamaño. Cuando creyó tener una idea más precisa, trazó el contorno en la tierra con el talón y ordenó al policía que excavara a partir de aquel límite hacia el centro. Unos minutos más tarde, una buena parte del armazón de la pequeña bici estaba a la vista. Yeruldelgger no se había equivocado mucho. No era una bici, sino un triciclo, lo cual explicaba su posición más hundida por delante. Ese descubrimiento hizo que su cólera aumentara. Una bici era algo de niños un poco tocapelotas y temerarios. Pero un triciclo... ¡eso es cosa de criaturas! Si los nómadas no habían mentido, debajo iba a encontrar a una niña muerta, puede que asesinada, cuyo cuerpecito sin vida había sido abandonado allí. No soportaba los crímenes de niños. ¡Ni siquiera la idea de que murieran!

—Comisario, ahí está la mano, justo debajo de eso —dijo el abuelo, señalando un pedazo de metal pintado de rosa.

Yeruldelgger se arrodilló al lado del agujero y se inclinó para mirar debajo del metal que uno de los niños todavía limpiaba con la punta de los dedos. Aquello era una manita, sin ninguna duda. Una minúscula mano tendida hacia él, con los dedos medios descompuestos, como en un gesto de súplica un poco forzado.

—No te preocupes —murmuró Yeruldelgger—, ya estoy aquí, vamos a ocuparnos de ti. Ya no estás sola...

El comisario no tenía mucha fe, salvo en la paz de las almas. La vida era tan dura de afrontar y tan dura de sobrellevar que, según él, toda alma debía tener derecho a la paz, al reposo o al respeto cuando la abandonaba. Vamos, tampoco era mucho pedir a un Dios que dejaba que los niños murieran con la boca llena de tierra, ¿no? Que por lo menos reposen, como dicen tan lindamente los cristianos. Ésa era la única promesa que todavía le hacía tener esperanza en un posible más allá. La idea de reposar allí en paz.

—Bueno, que todo el mundo pare. Necesito otra tela. No importa el color. Los niños, que se aparten, salvo el que ha de seguir tomando fotos. Nosotros, los adultos, vamos a sacar el triciclo y a ponerlo sobre la tela blanca. A continuación, retiraremos el cuerpo y lo dejaremos encima de la otra tela, ¿de acuerdo? Después me llevaré todo tal cual a Ulán Bator, al Instituto de Medicina Forense. ¡Vamos a ello!

Se trataba de un triciclo y de un cuerpo pequeñito. Los desenterraron enseguida. Pusieron primero el triciclo rosa sobre la sábana blanca y Yeruldelgger lo examinó de cerca. Debido a la fuerza hecha por quien había apisonado la tumba, o a las lluvias de las terribles tormentas de verano que habían prensado el suelo, la tierra había penetrado en el interior de los tubos de metal del cuadro y el manillar. Yeruldelgger levantó las cuatro puntas de la tela y las anudó por encima de la máquina. El laboratorio tendría que apañárselas con aquello.

Acababa de anudar la sábana cuando los otros extrajeron el cadáver. Acurrucado como un niño que tiene miedo a dormirse. La carne estaba ya descompuesta y se veía una gran parte del esqueleto. Pero todavía se adivinaban algunos jirones de ropa y varios mechones de cabellos rubios y rizados. Dos de los dedos de la manita que él había visto se desprendieron. Por instinto, Yeruldelgger ordenó que pusieran más atención y buscó con la mirada la otra mano. La carne estaba mucho mejor conservada. El puño minúsculo de la pobre criatura estaba crispado y apretado, en un gesto que Yeruldelgger esperaba que fuese más de rabia que de terror. Aunque, bien pensado, eso no representaba ninguna diferencia.

Les había pedido que cavaran más amplia y profundamente, y que en la medida de lo posible extrajeran en un solo bloque el cuerpo de la ganga de tierra. Fue el abuelo quien se arrodilló junto a la tumba para meter los brazos y sacar el cadáver. Yeruldelgger se dio cuenta de que el viejo nómada lo transportaba como se lleva a un niño en brazos. En los gestos del hombre había amor por aquel pequeño ser y respeto por la muerte. El anciano permaneció inmóvil un instante, en el borde del hoyo, con la niña contra el pecho. Yeruldelgger pensó que estaba rezando en silencio. Luego, el hombre se volvió, dio algunos pasos hasta la otra sábana, roja, que estaba extendida sobre la hierba verde, se arrodilló y depositó con suavidad y ternura los despojos en el centro de la tela. No eran más que un montón de huesos, jirones de piel y vísceras resecas manchadas de arcilla, pero aquello había sido una cabecita rubia, de risa alegre y cristalina, sobre un triciclo rosa.

Yeruldelgger se había quedado sorprendido al ver a la muchacha salir de nuevo de la yurta con una gran sábana roja. En todos los entierros que él había presenciado, los cuerpos iban siempre envueltos en sábanas blancas. El abuelo se dio cuenta de su turbación y se le acercó.

—Cuando la muerte no es natural, cuando es accidental, los lamas recomiendan envolver al muerto con un paño rojo.

—¿Por qué? —preguntó Yeruldelgger.

—Porque lo dicen los lamas —respondió el anciano como si fuera algo obvio; y sin apartar la mirada del pequeño cuerpo le explicó—: No te preocupes, estará bien así. Cuando te la lleves, ofrécele una cuna decente. Haz que tapicen el fondo de verde, para que repose sobre él como sobre la tierra de la estepa, y que el interior de la tapa sea de tela azul, como el cielo de la llanura. Que peguen también siete bolas de algodón en la tela azul del cielo, justo encima de su cabeza, para que las siete divinidades de la Osa Mayor colmen su alma de felicidad durante el viaje. No lo olvides: tú la has arrancado de la tierra; la tradición exige que la conduzcas al cielo.

—Tú sabes, abuelo, que no hay nada que indique que ella sea de aquí.

—Lo sé, pero ha muerto aquí y está sola. Así que ahora está en nuestra casa y eres tú quien tiene que ocuparse.

Yeruldelgger miró al anciano. Tenía las manos cortadas por las cuerdas y el frío, las mejillas curtidas por el viento de las tormentas, los ojos rasgados de luchar contra los inviernos. Estaba allí, a su lado, inmóvil, con su deel bien ceñido por un cinturón ancho y las botas de montar bien plantadas sobre la tierra. Y no había cólera en sus palabras. Esa cólera contenida que Yeruldelgger sentía crecer en su interior ante cada crimen odioso que debía afrontar, ante cada inocente asesinado, ante cada vida destrozada. Una cólera vengadora que cada día le costaba más reprimir, con los puños metidos en los bolsillos, el cuello hundido entre los hombros y el corazón en llamas. Pero el anciano no dejaba ver más que una calma profunda como un lago e infinita como la llanura. Yeruldelgger tuvo de repente la extraña sensación de que el nómada ya no estaba con ellos. Simplemente permanecía allí, como la estepa, como las colinas en el horizonte, las rocas esparcidas y el viento que las erosionaba desde hacía millones de años. Pleno. Denso. Sólido. Todos se habían detenido y permanecían a la espera de algo, pero él no se movía. El tiempo parecía suspendido. Luego, una brisa los rozó, deslizándose entre ellos, alborotando la hierba, y tal como vino se fue, con un galope alegre por la estepa. Yeruldelgger sintió que toda aquella libertad le golpeaba el corazón, la libertad de aquella llanura salvaje de hierbas irisadas sobre la que corrían caballos enloquecidos. Cuando notó la mano del pequeño anciano sobre su manga, fue como si lo arrancaran de un sueño.

—Su alma está ahora contigo —dijo el nómada—. Os pertenecéis el uno al otro hasta que la lleves a donde debe ir.

—Lo siento, abuelo, voy a ocuparme de ella lo mejor que pueda, créeme, pero yo no le pertenezco. Yo no pertenezco a nadie —respondió Yeruldelgger, a quien no le gustaba que le vinieran con misterios.

Él respetaba las tradiciones y creía en cosas inexplicables. En influencias, en interacciones, en algún tipo de interferencias. Pero no quería ser más que un espectador. Si le costaba tanto mantener unidos todos los fragmentos de su propia existencia, ¿qué ocurriría si tuviera que aceptar que fuerzas ajenas a su propia voluntad se inmiscuían en ella para poner orden? Ya hacía mucho tiempo que su vida se había deslizado hacia una nada fría y muda. Había perdido a su adorada hija pequeña y a la mujer que amaba y que se la había dado. E iba camino de perder a su hija mayor, que odiaba todo lo que él era. Porque él no era precisamente un regalo.

El comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkhen hacía tiempo que no era un regalo para nadie. ¿Cómo podía aceptar que el bienestar de una pequeña alma inocente dependiera de él?

Decidió regresar a Ulán Bator. No podía hacer nada más allí, ni por la pobre niña ni por la protección de las pruebas. No llevaba nada encima con lo que proteger el lugar de los hechos. Pidió a los nómadas que cogieran piedras blancas y delimitaran una zona alrededor de la tumba abierta, en el interior de la cual no debía entrar nadie hasta nueva orden. Quizá Solongo y su equipo de científicos querrían tener acceso a ella para buscar pruebas adicionales.

Yeruldelgger se sorprendió sonriendo para sí al evocar esa expresión. Por un segundo se imaginó al abuelo de pie, con las piernas separadas y las manos sobre las caderas, filmado en contraplano, con la cabeza echada a un lado y mirando por encima de sus Ray-Ban espejadas, ¡y además pelirrojo! Él también veía «CSI: Miami» cuando se tumbaba delante de la tele, por supuesto. Sabía quién era Horacio Caine. También él tenía una vida. Escasa, por la noche, de vez en cuando. Entre pesadilla y pesadilla.

—Escucha, abuelo, te prometo que haré lo que pueda, pero sólo soy un comisario de la brigada criminal. Mi vida consiste en recoger cadáveres. No puedo hacerme cargo de las almas de todos los muertos que encuentro.

Yeruldelgger vio entonces que un perro amarillo había atravesado el perímetro y escarbaba en la tierra fresca de la tumba con una excitación obscena. Cuando vio que atrapaba con su voraz hocico uno de los dedos caídos del cadáver de la niña, agarró una piedra y se la tiró con tanta rabia y tanta violencia que todos se quedaron impresionados.

—Lo entiendo —respondió el anciano, volviéndose hacia él.

Se alzó un poco sobre la punta de sus botas, puso las manos rugosas sobre cada uno de los recios hombros del comisario y lo miró directamente a los ojos. Una amplia sonrisa iluminó su rostro, oscurecido por tantas estaciones en la estepa.

—Lo entiendo —repitió—, pero no eres tú quien decide. ¡Son las almas! Y las tres almas extranjeras que has abandonado allí abajo también te llaman. ¡No las olvides a ellas tampoco!

Mientras el policía de distrito conducía su vehículo traqueteando hasta la pista, Yeruldelgger vio en el retrovisor que la muchacha les bendecía el camino. Ésta mantenía levantada a la altura de los ojos una pequeña cazoleta que él sabía que había llenado con la última leche que habían ordeñado, y tras haber mojado en ella la punta de los dedos, estaba salpicando los cuatro puntos cardinales con un respetuoso gesto de creyente. A pesar del pequeño cadáver acurrucado que llevaba en el maletero y de los cuerpos mutilados de los tres chinos que lo esperaban en Ulán Bator, Yeruldelgger sentía una especie de felicidad por pertenecer a un país en el que se bendecía a los viajeros a los cuatro vientos y se nombraba con la misma palabra a los féretros y a las cunas. Una especie de felicidad...

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2

«¡Ya me lo imaginaba!»

Oyun buscaba los testículos del chino.

Los testículos y el resto.

Todo su paquete, en realidad.

Por exigencias de la investigación, claro, porque a esas alturas la única certeza era que ese chino jamás volvería a necesitar su paquete. Tampoco el otro. Respecto del tercero, desnudo como los otros dos, Oyun no podía decir nada porque todavía no le habían dado la vuelta al cuerpo, que yacía boca abajo. No sabían qué hacer con la mitad del palo de escoba roto que tenía clavado en el ano. Por lo demás, aquél era un escenario de crimen interesante. Tres cuerpos desnudos, con la frente agujereada por una bala. Eso era al menos lo que suponía Oyun, porque, al parecer, al tercer chino la bala le había salido por la parte posterior del cráneo. Los dos primeros tenían el pecho y el vientre salvajemente tajados, lo más probable era que se hubiera utilizado una cuchilla de afeitar o un cúter, y la espalda del tercero se encontraba en el mismo estado. Oyun estaba dispuesta a apostar que ése tenía en la frente el mismo símbolo que los otros dos: una especie de estrella grabada con la punta de un objeto cortante.

—¿Alguien sabe qué es eso? —preguntó la joven a la galería.

—Tú eres la pequeña genio, ¿no? —respondió otro inspector, que estaba concentrado en encontrar la mejor manera de desencular a la tercera víctima.

—¡Parece algo diabólico! —señaló una policía joven, mientras se ocupaba de inspeccionar las salpicaduras de sangre que había en las paredes del cuarto.

—¿Un crimen satánico?

—La sangre, la apariencia de ritual, el componente sexual, la «trinidad» de las víctimas... ¿Por qué no?

Oyun se inclinó sobre el cuerpo del primer chino. Era un hombre que andaba por la treintena, más bien delgado, tenía el esternón un poco hundido, a la manera de los tuberculosos, el rostro demacrado y el pelo liso, dos dientes de oro a pesar de su juventud y una fea cicatriz a la altura del apéndice. La perforación de la frente era neta y precisa, marca de un calibre pequeño cuya bala no había tenido tiempo de desequilibrarse. Un tiro a quemarropa. A bocajarro. El cuerpo estaba desplomado en una silla, con la nuca doblada sobre el respaldo alto y los brazos colgando a cada lado. Los cortes no respondían a ninguna lógica. Revelaban un arrebato de violencia, una histeria criminal más que otra cosa. Las piernas estaban estiradas del todo y muy separadas.

Oyun intentó imaginarse a un hombre aterrorizado, desnudo y sentado en una silla, bajo la amenaza de un arma apoyada en su frente y que abrió fuego. ¿Tensar y separar bruscamente las piernas sería un gesto reflejo para apartarse del arma? ¿Acaso no sería más bien el resultado de la convulsión por el impacto o el desplome del cuerpo sobre sí mismo? ¿O es que sus verdugos las habían mantenido apartadas para poder cortarle el paquete?

—Fueron varios asesinos —comentó ella en voz alta, dirigiéndose al resto del equipo—. Por lo menos tres, en mi opinión. Las víctimas no estaban atadas. Si los otros dos no hubieran estado amenazados cuando el primero fue abatido, habrían reaccionado. Los ejecutaron uno tras otro sin que pudieran defenderse. Las torturas y las mutilaciones fueron probablemente realizadas post mórtem. Es imposible mutilar así a una víctima que no esté atada. Incluso bajo la amenaza de un arma. Pero hay que confirmarlo...

El otro chino era un hombre de unos cuarenta años, bajo, un poco llenito, medio calvo, con los dientes y las uñas en mal estado. Su cuerpo estaba tirado junto a una silla caída, en una posición más obscena que la de la primera víctima. Boca arriba, con las piernas encogidas, los talones juntos, las rodillas separadas, y en medio el bajo vientre mutilado y sanguinolento.

Oyun no lograba apartar la mirada de aquella herida. Sin embargo, el cuerpo del chino no era más que un cuerpo. Había perdido buena parte de su identidad, como si el sexo representara por lo menos la mitad de lo que somos. ¿Acaso los asesinos, además de matarlos, habían querido borrar la mitad de lo que eran cortándoles sus partes?

La tercera víctima estaba tendida boca abajo encima de una mesa de madera. Los brazos colgaban a los lados, la cabeza se apoyaba en el mentón, y la nuca estaba rota. «Tal como se presenta una pieza de caza asada entera», pensó Oyun, que de inmediato se obligó a apartar de la mente aquella reflexión tan poco profesional. Ese hombre era más alto y más gordo que los otros, con gruesas pantorrillas y grandes nalgas amarillas y fofas en medio de las cuales estaba clavado el palo de escoba roto.

Oyun barrió con la mirada el escenario del crimen tratando de localizar la otra mitad de la escoba. La encontró debajo de la mesa. Al igual que en los otros dos cuerpos, los numerosos cortes no eran más que heridas superficiales que no podían provocar la muerte. Por otra parte, la posición del cadáver mutilado confirmaba su hipótesis. Parecía muy extraño que el tercer chino hubiera sido torturado boca abajo encima de la mesa y rematado después con una bala en la frente. Por eso deducía que lo habían matado de un balazo en la cabeza, habían dado la vuelta al cuerpo y lo habían sometido a aquellas sevicias post mórtem.

—Bien, escuchadme un momento —dijo, dirigiéndose a los otros policías presentes en el cuarto—. ¡Que todo el mundo se esté quieto y me escuche!

—Eh, ¿nuestra pequeña genio se cree ahora que es Yeruldelgger?

—Cierra la boca, Chuluum, y a ver si pones a trabajar las neuronas. A lo que iba: os pido que sigáis con vuestras averiguaciones teniendo en cuenta las siguientes hipótesis. Tres asesinos o más, ejecuciones seguidas de ensañamiento post mórtem, dos modus operandi: sangre fría, precisión y determinación durante la ejecución a tiros, y violencia salvaje, puede que incontrolada, durante las laceraciones post mórtem. A lo cual hay que añadir un tercer modus operandi conectado con los dos primeros: una puesta en escena de tipo ritual, o que pretende hacer creer que es ritual, en lo que se refiere al símbolo sobre la frente y a las emasculaciones. Por supuesto, no hay que descuidar ninguna otra pista, pero grabaos esto en la cabeza.

—¿Y qué es lo que estamos haciendo según tú, pequeña genio? —preguntó el inspector Chuluum con un tono de insolencia un poco excesivo, aunque sin atreverse a mirar a la cara a su colega.

—Lo habitual, Chuluum: cada uno se dedica por su lado a acumular montones de pistas a las que habrá que intentar encontrar una lógica durante montones de horas. Claro que esto afecta sólo a quienes se pasan montones de horas extras clasificando el caos de aquellos que los dejan plantados para largarse a su casa a ver la tele.

—Y qué quieres, pequeña genio, no todo el mundo tiene el mismo interés en quedarse hasta tarde por la noche con Yeruldelgger.

—Pedazo de...

El timbre de su móvil detuvo la cólera de Oyun. Era el comisario.

—¿Sí? ¿Dónde estás?

—En la carretera de Ondërkhaan, acabo de pasar el río Herlen. Estoy llegando a Arhust. Estaré ahí dentro de algo más de una hora. ¿Sigues aún en el escenario del crimen?

—Sí.

—¿Cómo va?

—Tengo a Chuluum pisándome el callo, como de costumbre. Aparte de eso, la historia es bastante retorcida. ¿Y tú, qué tienes?

—Una niña enterrada junto con su triciclo en la estepa, a treinta kilómetros al sur de Jargaltkhaan, junto a la pista que va a Delgerkhaan.

—Vaya... Mierda, eso es feo. Es un lugar más bien desierto, ¿no? ¿Se trata de un enterramiento irregular?

—¿Con un triciclo?

—Mi abuelo pidió que lo enterraran con su caballo...

—¿Y lo hicieron? ¿Mataron al caballo para enterrarlo con él?

—Su caballo murió antes que mi abuelo. ¡Nos hizo prometer que lo desenterraríamos para enterrarlos juntos!

—¡Y por qué no! —exclamó Yeruldelgger—. ¿Qué hay de los chinos?

—Tienes que venir a verlo tú mismo, antes de que Chuluum y su panda de títeres lo revuelvan todo.

—Lo he visto esta mañana, antes de que me llamaran para lo del triciclo.

—Ya, pero deberías volver. Hay cosas que sólo tú entiendes.

—¡Oyun! Me han llamado a las seis por lo de los chinos, luego he tenido que hacer tres horas en una carraca para ir a lo de la niña del triciclo, y lo mismo para regresar. ¡Estoy roto! Ya no tengo veinte años. Además, he de llevar el cuerpo de la niña adonde Solongo, para la autopsia.

—Vale, pero de todos modos deberías venir. Tengo la sensación de que vamos a perder el control de este asunto. Si se presentan los chinos, va a ser jodido para la investigación. Pasa sólo un momento. Mandamos a Chuluum con el cuerpo adonde Solongo y después te invito a cenar.

—Vale —suspiró Yeruldelgger—, pero olvídate de Chuluum. Yo llevaré el cuerpo.

—¡Por supuesto! —exclamó Oyun, burlona—. ¡Ya me lo imaginaba!

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3

«¡...empezaremos buscando a la mujer!»

Los chinos llegaron por la noche. Dos grandes limusinas con las ventanillas ahumadas, y guardaespaldas armados en la primera. El director de la fábrica, aterrorizado, estaba en el interior de la segunda, apretujada entre dos representantes de la embajada furiosos. Un informador había prevenido a Yeruldelgger de su llegada y éste había salido a esperarlos delante del portal para impedirles la entrada. El primer chófer detuvo el vehículo a menos de un centímetro de las tibias de los dos inspectores. Oyun, que ya se lo esperaba y estaba decidida a no moverse, no pudo evitar dar un saltito atrás mientras maldecía. Yeruldelgger no se desplazó ni un milímetro. Miró a los dos cancerberos bajarse del primer coche y correr a abrirle la puerta al hombre de la embajada de mayor edad y menor estatura.

—¡Déjenos pasar! —ordenó el tipo, arrogante, embutido en su traje de falso corte inglés.

Tenía unos profundos cercos oscuros bajo los ojos enrojecidos y olía a la vez a agua de colonia alemana y a perfume francés. Yeruldelgger se dijo que aquel hombrecito panzón se había visto obligado a refrescarse a toda prisa tras una noche de amor para ir corriendo hasta allí. De ahí su cólera. En cuanto a la arrogancia, era la que acostumbraba a mostrar un chino en Mongolia.

—¡Déjeme pasar! —insistió, con la nariz a la altura de los pectorales del comisario.

—Imposible, señor, ¡esto es el escenario de un crimen!

—Esta fábrica es territorio chino. ¡Lo que ocurra aquí no entra en su jurisdicción! —protestó el representante de la embajada.

—Es una fábrica china en territorio mongol —lo corrigió Yeruldelgger—, y aquí se acaba de cometer un triple asesinato. Esto es de nuestra competencia.

—Usted no es más que un imbécil y un inepto —replicó el chino—. Todos los contratos de explotación de empresas de la República de China en Mongolia contienen una cláusula de extraterritorialidad para los crímenes y delitos que impliquen a ciudadanos chinos. Le ordeno imperativamente que nos deje entrar.

La seguridad del diplomático desconcertó a Yeruldelgger. Nunca había oído a nadie ordenarle «imperativamente» algo. Y aunque era cierto que había oído hablar de aquella cláusula de extraterritorialidad, hasta entonces nunca había afectado a ninguna de sus investigaciones. Fue Oyun quien acudió en su ayuda.

—Lo siento, señor, pero la identidad de las tres víctimas todavía no ha sido esclarecida. Es posible que uno de los tres cuerpos no sea de un ciudadano chino, sino mongol. En ese caso, los acuerdos prevén que el escenario del crimen permanezca bajo nuestra jurisdicción hasta identificar definitivamente las nacionalidades de las víctimas.

El hombre no quería, de ningún modo, tener trato con una mujer, aunque fuera policía. Se quedó delante de Yeruldelgger para responderle de hombre a hombre, pero el argumento de Oyun era de peso. Y cedió.

—Esto es inadmisible. Voy a comunicárselo de inmediato a nuestro embajador. Protestaremos oficialmente ante sus superiores.

—Se lo ruego, hágalo —respondió el comisario, que ya les estaba dando la espalda, de regreso al interior de la fábrica—. Y no olvide recordarles que me deben dos meses de salario y cuarenta y siete días de vacaciones.

Las dos limusinas dieron media vuelta y los chóferes intentaron hacer chirriar los neumáticos sobre la carretera de tierra. Sólo lograron acribillar de gravilla el gran panel que explicaba que la fábrica estaba al servicio del desarrollo de los recursos mineros de Mongolia.

Por lo visto, era una fábrica de tejas y ladrillos destinados a la construcción de otras fábricas chinas en la región. Debía de dar empleo a varios centenares de obreros mongoles, mujeres y niños incluidos, bajo el control de capataces chinos. Probablemente eso eran los tres hombres que habían sido emasculados en el cuchitril que les servía de comedor.

—No estaba al corriente de esa excepción a la cláusula de extraterritorialidad —reconoció Yeruldelgger mirando a Oyun.

—¡Ni yo! —confesó ella—. Y él tampoco, por lo visto. Pero ¡el tiempo que le llevará verificarla nos da esta noche de margen!

—Escucha, ya te lo he dicho, ¡no tengo intención de pasar aquí la noche!

—¡Lo sé, lo sé! —bromeó Oyun—. Tienes que llevar de inmediato y en persona el cuerpo a Solongo. Lo he entendido perfectamente.

Él no respondió. Atravesaron un patio grande y mal iluminado de camino a la barraca donde se encontraban los tres muertos.

—¿Así que uno de los cuerpos no es de un chino? —preguntó con interés Yeruldelgger.

—Ah, ¿no lo es? —dijo Oyun, sorprendida, entre risas—. ¿Quién te ha dicho eso?

El comisario se detuvo para mirar a su compañera, rompió a reír y le pasó el brazo por los hombros para dirigirse juntos a el escenario del crimen.

—Oyun, tú no eres una pequeña genio, ¡eres mi gran genio!

Una vez dentro del pequeño salón comedor, los dos policías recuperaron de inmediato la seriedad y la actitud profesional.

—Ésta es mi teoría —resumió Oyun—: varios agresores entran durante la noche. Por lo menos tres. No es complicado colarse en la fábrica, pero falta saber cómo es que los tres chinos se dejaron sorprender. Los agresores van armados. Mantienen a las víctimas a distancia y las obligan a desvestirse. Todavía no sabemos por qué. Luego, los tres tipos son abatidos uno a uno, por disparos a bocajarro, sin que se defiendan, probablemente bajo la amenaza de otra arma. Las salpicaduras de sangre nos dicen que los dos primeros fueron abatidos en sus sillas y el tercero, sobre la mesa. Creo que la última víctima lo intentó todo para escapar a su suerte. Fue bloqueada, inmovilizada de espaldas encima de la mesa y ejecutada con una bala en la frente, como las dos primeras. Lo sabemos porque hemos encontrado la bala incrustada en la madera de la mesa. Todo esto se ve metódico, parece preparado y ejecutado a sangre fría. Ahora viene cuando la cosa se complica. A la tercera víctima le dieron la vuelta, la pusieron boca abajo sobre la mesa y la sodomizaron con un trozo de palo de escoba. ¿Venganza o humillación post mórtem? ¿Un ritual? ¿Sadismo etílico? Todavía no lo sabemos. Los otros dos fueron emasculados, por un diestro según las primeras evidencias. Acto seguido, otro agresor, es probable que zurdo, grabó sobre sus frentes este símbolo satánico. Luego se encarnizaron con los cuerpos a golpe de cúter. Los cortes muestran que fueron efectuados en cada cuerpo por varios agresores.

—Seguro que adivinas mi pregunta —la interrumpió Yeruldelgger.

—Por supuesto: ¿qué ha sido de sus paquetes?

—Exacto. ¿Y lo sabemos?

—No, pero mira las paredes. Ahí puedes ver las salpicaduras provocadas probablemente por las ejecuciones; ahí y ahí, varias huellas que sin duda dan testimonio de las mutilaciones y los movimientos de los agresores en su morbosa excitación. Pero allí, allí y también allí, ¿qué ves?

En los lugares que indicaba Oyun, Yeruldelgger distinguió manchas de sangre de la anchura de una mano, con salpicaduras en forma de estrella a su alrededor y largos goterones que descendían hasta el suelo. Al pie de la pared, debajo de cada mancha, al final de los goterones que chorreaban, el parquet también estaba manchado de sangre.

—¡Oh, no! —exclamó Yeruldelgger—. No me digas que...

—Sí. Los hijos de puta que han hecho esto se divirtieron arrojando contra las paredes los paquetes que les habían cortado a los chinos. ¡Puede que hayan jugado incluso a tirárselos a la cara!

—Mierda... Eso no. ¡Eso no, no aquí, no en nuestra tierra!

—Ojalá me equivoque, pero ¡me temo que sí!

—Y yo. Aparte de eso, ¿has buscado huellas de presencia femenina?

—¿Mujeres? ¿Por qué?

—¿Sabes qué noche era la de ayer para los chinos? La del séptimo día del séptimo mes.

—¿Ah, sí? ¿Y qué?

—En China, la fiesta del séptimo mes es la de los enamorados. Normalmente, ese día la mujer debe demostrar todas sus cualidades domésticas al cabrón de su marido. Sin embargo, cuando el cabrón del marido está lejos de casa, la fiesta del séptimo mes es la ocasión perfecta para echar unas tradicionales canas al aire. ¿No sentiste los efluvios y el hedor a sexo que envolvían a nuestro buen amigo de la embajada?

—¿Quieres decir que los chinos habrían sido sorprendidos mientras echaban un polvo?

—¿Por qué no? Eso explicaría que no oyeran nada ni se lo vieran venir. ¡Y eso explicaría también por qué estaban desnudos!

—Pero, en ese caso, ¿dónde están las mujeres? ¿Crees que ellas podrían ser las agresoras? ¿Los chinos habrían caído en una trampa?

—¿Por qué no? A fin de cuentas, fueron emasculados, ¿verdad? ¿No es ésa una venganza femenina?

—¡Eh, esa afirmación es un poco sexista! Y además, no se ha encontrado ninguna pista en esa dirección. De todas maneras, Solongo nos dirá si hay restos de esperma, o de sangre que no pertenezca a los tres hombres.

—Ajá, veremos... —soltó Yeruldelgger, echando un último vistazo al escenario del crimen.

Un detalle al pie de un pequeño escritorio llamó su atención. Se acercó, se arrodilló, recogió algo con precaución, sujetándolo con la punta de los dedos índice y pulgar, y se volvió hacia Oyun sin levantarse.

—Y esto, ¿qué es?

Ella se le acercó y se inclinó por encima de su hombro.

—Un buen puñado de cabellos que el inútil de Chuluum debería haber consignado como pista.

—Exacto —confirmó Yeruldelgger mientras se levantaba—. Un puñado de bonitos cabellos largos y cuidados, arrancados de cuajo, a más de tres metros del lugar de la ejecución. Creo que había al menos una mujer aquí y que también ella ha pagado el pato. No veo cómo podría habérselos arrancado alguna de las víctimas. El único que puede que se defendiera un poco es el tercero, el de la mesa, y está en la otra punta de la habitación. O la mujer estaba aquí antes de la tragedia y el puñado de pelos es el resultado de un arrebato amoroso demasiado violento, o su cuerpo está en alguna parte, o tenemos un testigo que ha conseguido escapar. En cualquier caso, ¡mañana por la mañana empezaremos buscando a la mujer!

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4

«¡Ve a recuperar tus pedazos de chino!»

Solongo la había desmontado ya en ocho ocasiones para cambiar de barrio. No lograba decidirse a vivir en una casa, además de que su yurta no tenía nada que envidiar a las dachas neorrusas con las que pequeñoburgueses y nuevos ricos habían empedrado la periferia de Ulán Bator. En las cinco primeras trashumancias, como las llamaba ella, había ido acercándose a la ciudad, hasta levantar su yurta sobre una parcela de tierra alquilada en un patio, apenas a cincuenta metros del Hotel Hilton, en el corazón mismo del primer distrito. Su belleza resplandeciente, su yurta en el corazón de la ciudad y su trabajo de policía habían hecho de Solongo la musa de las nuevas noches salvajes de la renaciente capital. Podría haberse casado con cualquiera de los pretendientes ricos de esa época. Señores locales, oligarcas rusos reconvertidos, potentados chinos, todos soñaban con llevarla a cenar bajo los candelabros del Hilton y con tirársela luego a la luz de la vela de su choza. A ella, a la orgullosa y bella mongol que los desdeñaba.

Hoy tendría una dacha en las lindes de los bosques del norte y un campamento con caballos en el Terelj, un gran Toyota de cristales ahumados para desplazarse por la capital, e incluso por el campo, además de dos jovencitas de ciudad para hacer las compras. Casada con alguno de aquellos tipos ricos, lo acompañaría cuando él fuera a jugar al golf al Olympic Road, y lo esperaría, un poco más allá, jugando al tenis con algunas expatriadas caprichosas. Y le dejaría irse de caza a los montes de Altái para que se emborrachara con sus amigos y la engañara con putas rusas, mientras ella también disfrutaba a sus anchas de un amante occidental.

Pero ella había cambiado. Por su trabajo, sin duda, tanta muerte y tantos cadáveres, y la visión de todas esas almas que Yeruldelgger recogía para depositarlas sobre su mesa. Y el silencio de las autopsias, la serenidad de la muerte y la fealdad de los cuerpos. Y esas noches interminables examinando existencias despedazadas y preguntándose adónde iba la suya. Había creído que podría eludir la respuesta dedicándose a vivir, deprisa y a cualquier precio. Y había necesitado que la muerte la alcanzara para darse cuenta de que huir no servía de nada. Una mañana, Yeruldelgger había entrado en la sala de autopsias con el cuerpo de una niña en los brazos. El de su propia hija. Su niñita. Su adorada Kushi.

El hombre al que ella admiraba era una roca y lo había visto romperse y sangrar su arena hasta convertirse en un yeso hueco. Yeruldelgger estaba allí, llorando delante de ella, y su silencio era de una violencia tal que diez años después, la tarde en que Solongo lo recordaba, todavía resonaba en ella.

Tras sus noches de loba, había huido a esconderse al norte, justo al principio de la Tokyo Street, dos callejones más allá del Altai Mongolian Barbecue. Plantó su yurta en un antiguo estacionamiento hasta que una expatriada, una de sus antiguas compañeras de juerga, se cruzó con ella al salir de un restaurante que se había puesto de moda con la llegada de los nuevos turistas. Entonces lo desmontó todo para instalarse en un lugar al que sus antiguos conocidos nunca irían. En el distrito número 6, entre la escuela número 79 y la corte de los milagros del mercado de coches. Un barrio de delincuentes, tratantes y ladrones donde sólo se adentraba Yeruldelgger, para visitarla y asegurarse de que estaba bien. Y eso le convenía. El comisario la había acompañado muchas veces por aquellas callejuelas de mala muerte para ir a comer a tascas de rufianes y a beber en tugurios que servían de bar a los mecánicos. Cada una de esas noches la sombra poderosa de Yeruldelgger la había acompañado de vuelta a casa por los callejones oscuros con la mirada clavada en los ojos de aquellos que se cruzaban en el camino. Cuando todo el mundo tuvo claro que la muchacha era la protegida de Yeruldelgger, quedó establecido que había que dejarla en paz. Ese arreglo incluso había logrado que los delincuentes más duros la protegieran de ciertos indeseables para evitarse problemas con el comisario.

Fue en aquella época cuando Solongo adquirió la costumbre de retenerlo en su casa por la noche. Para conjurar el miedo que, de vez en cuando, la sacudía como un sollozo.

Siempre había tenido una cama para invitados en su yurta, pero él agarraba tres o cuatro mantas gruesas y dormía en el suelo. Ella se acostaba de lado en su cama tradicional pintada de rojo y amarillo, y antes de dormirse miraba durante un buen rato la fuerte espalda de Yeruldelgger, que se agitaba regularmente con sonoros ronquidos. Su presencia en la casa era como la de una piedra sagrada en un jardín japonés. La respiración del comisario ahuyentaba sus miedos, temores, pánicos. Al poco rato, ella respiraba al mismo ritmo que él y caía en un sueño plácido y relajado. Habían hecho falta tres años para que Yeruldelgger aceptara dormir en el mismo lecho que Solongo y sólo había aceptado con la condición de no convertirse en su amante.

—¿Ya te has levantado? —se sorprendió él.

—Sí. Hoy tengo a tu niña y a tus tres chinos, ¡no lo olvides!

—¡Es cierto! —exclamó Yeruldelgger, apartando las mantas.

Solongo bebía a sorbitos un té salado con mantequilla muy caliente que sujetaba con ambas manos. Se había puesto un vestido largo de estar por casa, rojo oscuro, que tenía bordado un motivo tradicional de nudos infinitos. Él pensó que era verdaderamente hermosa mientras ella lo miraba salir desnudo de entre las sábanas.

—Sin duda formamos una pareja bien curiosa, ¿no te parece?

—¿Por qué? ¿Porque dormimos juntos y desnudos sin hacer el amor?

—Sí, en parte es por eso, y por todo lo demás.

—A mí me está bien así —dijo Yeruldelgger al tiempo que corría la cortina de la ducha.

Solongo seguía siendo un misterio para el comisario. A veces, su pasión por la ciencia se traducía en desconcertantes comportamientos místicos que hacían que él se enamorase perdidamente de ella. Así sucedía con aquella reducida tabla de elementos químicos que ella llamaba su «tabla de Mendeléyev». Ésa era la única decoración que había tanto en su yurta como en su despacho del hospital. Él podía comprender su fascinación ante aquella lista exhaustiva del puñado de elementos químicos que compone el universo, pero ella decía sentir un vértigo de los sentidos ante aquellos símbolos. En realidad, él adoraba sentirse incompetente e inculto ante sus explicaciones y especulaciones científicas. Un día en que miraba estupefacto la hora en una pantalla traslúcida, incapaz de comprender el principio de la marcación digital, ella le había pedido que se lo imaginara como un banco de peces muy planos, como lenguados. Tan planos que de frente no se los veía, hasta que una sacudida eléctrica los obligaba a ponerse de perfil. Y así era como él veía ahora los marcadores numéricos, como bancos de peces sacudidos por descargas eléctricas. Y amaba a Solongo por obrar semejante magia.

Después de vivir en el barrio del mercado de coches, Solongo se había decidido al fin a no seguir huyendo de sus fantasmas y a instalarse en algún lugar de Ulán Bator donde le apeteciera vivir. Llegó a considerar la posibilidad de irse más al norte, a los bosques que hay en los contrafuertes de la montaña, pero quería quedarse en la ciudad. Fue Yeruldelgger quien la llevó por primera vez, un domingo, al este del barrio de Keshaar. Allí descubrió una ancha franja verde que la ciudad había respetado rodeándola por el sur. Tierras fértiles y blandas, demasiado esponjosas para los cimientos y demasiado húmedas para las yurtas. Era el antiguo lecho de un afluente desbordado que serpenteaba de norte a sur y que, en otro tiempo, desembocaba en el río Tuul. Un desnivel suave excavaba la hondonada de aquella vasta pradera. Solongo encontró una parcela de terreno preciosa justo en el extremo occidental, al final del barrio de los locos, detrás del gran hospital psiquiátrico. Regaló su vieja yurta a un pariente lejano y se compró una nueva, mucho más grande, de esas que ahora se usan para instalar restaurantes en los campamentos para turistas. Por primera vez hizo que le pusieran pavimento y la acondicionó con todas las comodidades y disponiendo los espacios a la manera tradicional. Pero lo que más relajaba a Yeruldelgger, cuando estaba allí con Solongo, era el jardín que ella había creado delante, entre la yurta y la pradera. En aquella ciudad de piedra y polvo que ahora se estaba volviendo de cristal y hormigón, en aquel país que había cortado árboles hasta inventar desiertos, Solongo había hecho de su parcela de terreno un edén de verdor. Había plantado un tilo y un pino, y Yeruldelgger le había regalado un abedul blanco. Había plantado tomillo, un escaramujo y un rododendro, y Yeruldelgger le había regalado una planta de ruibarbo. Había escogido un arándano y un grosellero, y él una potentilla. Ella un ajenjo, gencianas y geranios, y él ásteres. Y, recientemente, ella había plantado un joven alerce y un pino de Escocia, y Yeruldelgger le había regalado tres álamos jóvenes. El jardín de Solongo era tan hermoso que los transeúntes, al ver asomar las flores y el follaje por encima de la balaustrada de madera, pensaban que el lugar albergaba un monasterio. Más al norte, los hortelanos trabajaban en un corredor verde donde cultivaban los tomates, los pepinos y la fruta con que se alimentaba la ciudad. Poco tiempo después, delante de su jardín exuberante aparecieron los bancales ordenados y multicolor de huertas y vergeles. Y Solongo se alegró de ello. Yeruldelgger, también.

—A mí me está bien así —repitió él, ya vestido, delante del jardín, cuando sonó su teléfono.

La pantalla mostró el nombre de Oyun.

—¿Sí, Oyun?

—¡He encontrado los cojones de nuestros chinos!

—¿Dónde?

—¡Ay, comisario, vas a tener que venir a verlo para creerlo!

—Vale, dime adónde.

—Escucha, que no se te ocurra desayunar. ¡No es algo agradable de ver!

—Demasiado tarde, estoy acabando.

—Entonces te aconsejo que lo vomites antes de venir. Es en el mercado de los contenedores. El que está después del mercado negro, cuando sales hacia el este. Justo enfrente del cercado de los transformadores eléctricos.

—Entendido. Me termino los arándanos con crema y voy.

—Déjalos donde están, comisario, ¡no me apetece verlos en mis zapatos!

Yeruldelgger volvió a entrar en la yurta. Solongo se había puesto unos tejanos y una blusa blanca.

—Han encontrado los pedazos que faltaban de mis chinos —dijo él mientras dejaba su taza sobre una pequeña cómoda.

—¡Querrás decir «mis» chinos! —replicó la forense al tiempo que recogía la taza para pasarla por agua y ponerla en el fregadero—. Supongo que hoy querrás tener muchas respuestas.

—Sí, y tú puedes ir preparándote para que te haga muchas más preguntas. ¿Por quién vas a comenzar?

—Por la niña, por supuesto. Eso es lo que quieres, ¿no?

—Sí —reconoció Yeruldelgger, sonriendo, contento de que lo conociera tan bien—. Cuida de ella, su abuelo me ha confiado su alma...

Solongo vio que un velo de tristeza oscurecía los ojos de su amigo y prefirió no comentar nada.

—Yo me ocupo. ¡Ve a recuperar tus pedazos de chino!

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5

«Así que todo en orden, ¿no?»

Las dos mujeres estaban desnudas, con las manos atadas a la espalda, pero les habían dejado los zapatos. Botines de cuero amarillo, la más alta, zapatos de tacón rojos con lentejuelas, la más baja. Ni las botas ni los zapatos de tacón tocaban el suelo. Ambas mujeres estaban colgadas en el interior de un contenedor. Las dos tenían la cabeza ligeramente ladeada, pero no había suficiente altura para que la caída les hubiera roto la nuca. Habían sufrido y se habían asfixiado durante un buen rato antes de morir. El sol de los nómadas había curtido el rostro redondo de la más alta. Tenía los pechos llenos, pezones grandes y oscuros y las caderas anchas. Los muslos, un poco gruesos, le separaban las piernas, de pantorrillas musculosas, que ofrecían su sexo tupido a la mirada de la muchedumbre.

—¡Se meó encima! —se burló alguien a pesar del horror de la situación.

Yeruldelgger le soltó una colleja y le aconsejó que se largara.

La otra mujer tenía un cuerpo más bonito, pechos pequeños y firmes que se mantenían erguidos a pesar de su posición. También ella se había orinado encima, pero lo que fascinaba a los mirones eran las cabezas de ambas. Sus cráneos, mal rapados a tijeretazos, con numerosos cortes aquí y allá. Para el gentío, eso era mucho más fascinante que el signo satánico que les habían grabado en el pecho izquierdo. Era el mismo que tenían los tres chinos de la fábrica de ladrillos. Yeruldelgger pensó que las habían golpeado antes de colgarlas, porque ambas tenían la cara ensangrentada.

—¡Te avisé! —soltó Oyun, acercándose al comisario, que atravesaba con rabia la compacta masa de curiosos.

—Haz que despejen todo esto —dijo él—. Quiero a todo el mundo fuera de este pasillo del mercado, también a los vendedores, y quiero a un hombre armado en cada extremo para sofocar el menor jaleo.

Oyun dio una voz a un policía, quien transmitió las órdenes. Enseguida aparecieron otros uniformados que apartaron a la multitud sin miramientos. Aquel mercado, como otros dos o tres de Ulán Bator, no era más que una sucesión de contenedores transformados en tenderetes. Al alba, los vendedores abrían las pesadas puertas metálicas de sus quincallerías, tiendas de ultramarinos y puestos de saldos. Algunos escondían en su interior cantinas de kebab, carnicerías o lecherías. Otros, salones de peluquería. Y, al atardecer, cada comerciante volvía a cerrar su pesada puerta y el mercado regresaba a su condición de depósito sombrío y silencioso.

—Di a Chuluum que vaya a pedir unas lonas a alguno de esos vendedores para aislar el escenario. No hay necesidad de humillar todavía más a estas pobres mujeres exhibiendo sus cadáveres.

El inspector Chuluum fue a regañadientes a buscar unas lonas grandes que tuvo buen cuidado de encontrar lo más tarde posible.

—¿Cómo te has enterado?

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