Años de sequía

Jane Harper

Fragmento

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Contenido

Portada

Prólogo

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Agradecimientos

Créditos

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Prólogo

No se puede decir que la muerte fuera una novedad en esa granja, y las moscardas no sabían distinguir. Para ellas, apenas había diferencias entre los restos de un animal y un cadáver humano.

Ese verano, la sequía había tratado a las moscas a cuerpo de rey. Se lanzaban en busca de los ojos abiertos y las heridas viscosas en cuanto los granjeros de Kiewarra apuntaban con los rifles a sus famélicas reses. Sin lluvia, no había comida. Sin comida, había que tomar decisiones difíciles mientras el pueblo centelleaba un día tras otro bajo el cielo ardiente y despejado.

—Pronto pasará —decían los granjeros a medida que transcurrían los meses, camino ya del segundo año.

Se repetían esas palabras en voz alta unos a otros como si fueran un mantra y las pronunciaban a solas entre dientes, como una oración.

Sin embargo, los hombres del tiempo de Melbourne no estaban de acuerdo. Trajeados y con ademán compasivo, lo decían casi todas las tardes a las seis desde sus platós con aire acondicionado: eran, oficialmente, las peores condiciones en un siglo. El patrón climático tenía un nombre en cuya pronunciación Australia no se había puesto de acuerdo: El Niño.

Al menos las moscardas estaban contentas. No obstante, ese día les deparaba un hallazgo distinto. Más pequeño y con una carne más tierna. Aunque eso tampoco era relevante. Lo importante no cambiaba: los ojos vidriosos, las heridas húmedas.

El cadáver del claro era el más fresco. Las moscas tardaron un poco más en descubrir los dos de la casa, a pesar de la puerta abierta de par en par como una invitación. Las que se aventuraron más allá de la ofrenda que había en la entrada obtuvieron otro cuerpo como recompensa en el dormitorio. Era más pequeño, pero había menos competencia.

Fueron las primeras en llegar al escenario y, con el calor, se agolparon satisfechas mientras la sangre aún formaba un charco negro en las baldosas y en la alfombra. Fuera, la colada colgaba del tendedero giratorio, seca como un hueso y tiesa por el sol. En el camino de losas de piedra había un patinete abandonado. Sólo un corazón hu­mano latía en un radio de un kilómetro a la redonda de la granja.

Por eso no hubo ninguna reacción cuando, en el interior de la vivienda, el bebé empezó a llorar.

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Incluso los que no aparecían a las puertas de la iglesia entre una Navidad y la siguiente se daban cuenta de que ese día no habría asientos para tantos dolientes. Cuando Aaron Falk llegó con su coche levantando una nube de polvo y hojas secas, en la entrada se había formado ya un cuello de botella de color negro y gris.

Decididos a avanzar, pero disimulando, los vecinos se daban empujones para conseguir una posición ventajosa a medida que la aglomeración iba franqueando lentamente las puertas. Los periodistas se acumulaban al otro lado de la calle.

Falk aparcó su sedán junto a una camioneta que también había conocido tiempos mejores, y apagó el motor. El ventilador del aire acondicionado hizo un traqueteo al detenerse y el interior del vehículo empezó a calentarse de inmediato. A pesar de que no tenía tiempo, se tomó un momento para contemplar al grupo de gente. Había remo­loneado durante todo el viaje desde Melbourne, con lo que había tardado más de seis horas en cubrir un trayecto de cinco. Tras comprobar que no había nadie cuyo rostro le sonara, salió del coche.

El calor de media tarde lo envolvió como una manta. Al abrir la portezuela trasera para sacar la chaqueta, se quemó la mano. Tras un instante de duda, cogió también el sombrero que había en el asiento. Ala ancha, lona rígida de color marrón; no quedaba bien con su traje de funeral, pero con un cutis que la mitad del año tenía el tono azulado de la leche desnatada y la otra mitad lucía un racimo de pecas de aspecto canceroso, a Falk no le importaba correr el riesgo de meter la pata en cuestiones de indumentaria.

Pálido de nacimiento, de pelo rubio casi blanco muy corto, y pestañas invisibles, a lo largo de sus treinta y seis años había pensado más de una vez que el sol australiano trataba de decirle algo. Era más fácil desoír el mensaje en las sombras alargadas de Melbourne que en Kiewarra, don­de el refugio a la sombra era un lujo demasiado fugaz.

Falk echó un vistazo a la carretera que salía del pueblo y después miró la hora. El funeral, los pésames, una noche de hostal y se largaría de allí. «Dieciocho horas», calculó. No más. Con esa idea en mente, trotó hacia la multitud sujetándose el sombrero con una mano, justo cuando una ráfaga de aire caliente levantaba más de una falda.

Una vez dentro, vio que la iglesia era más pequeña de lo que recordaba. Apretujado entre desconocidos, Falk se dejó llevar por la corriente de los que allí se congregaban y, en cuanto vio un sitio libre junto a la pared, se dirigió hacia allí deprisa y se hizo un hueco al lado de un gran­je­ro con camisa de algodón, cuya barriga parecía a punto de hacer saltar los botones. El hombre lo saludó levantando la barbilla y continuó mirando al frente. Falk se fijó en las arrugas de la tela alrededor del codo; hacía muy poco que se había bajado las mangas.

Se quitó el sombrero y se abanicó con discreción. No podía evitar mirar a su alrededor. De pronto veía con más claridad algunas caras que al principio le habían parecido desconocidas, y se llevaba una sorpresa repentina e ilógica ante las patas de gallo, los cabellos canosos y los kilos de más que iba descubriendo entre los asistentes.

Un hombre mayor que él captó su mirada desde dos filas más atrás con una inclinación de cabeza e intercambiaron una sonrisa triste de reconocimiento. ¿Cómo se llamaba? Trató de recordarlo, pero no lograba concentrarse. Había sido maestro, y en la única imagen suya que Falk conseguía evocar lo veía al frente de la clase, tratando con mucho ánimo de que la Geografía o la Marquetería, o algo por el estilo, le pareciese entretenida a un grupo de adolescentes. Pero se trataba de un recuerdo muy borroso.

El hombre señaló con la cabeza e

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