El largo camino a casa (Inspector Armand Gamache 10)

Louise Penny

Fragmento

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UNO

Mientras se acercaba, Clara Morrow se preguntaba si Armand Gamache repetiría el pequeño gesto que hacía cada mañana.

Tan diminuto, tan insignificante. Tan fácil de ignorar la primera vez.

Pero ¿por qué seguía haciéndolo?

Se sentía una tonta por preguntárselo siquiera. ¿Qué importancia podía tener? Pero, en un hombre tan poco dado al secretismo, aquel gesto repetido empezaba a parecer no sólo discreto, sino furtivo: un acto inocuo que no obstante parecía anhelar una sombra en la que ocultarse.

Y ahí estaba otra vez Gamache, a plena luz del nuevo día, sentado en el banco que Gilles Sandon había hecho poco antes y había instalado en la cima de la colina. Enfrente se desplegaban las montañas que van de Quebec a Vermont, cubiertas por densos bosques. El río Bella Bella serpenteaba entre ellas: una cinta plateada bajo el sol.

Y en el valle, tan fácil de pasar por alto ante tan­ta grandiosidad, estaba, hecho un ovillo, el modesto pue­blecito de Three Pines.

Pero Armand no estaba disfrutando de la vista, ni tampoco hurtándose a la vista de nadie. No: cada mañana, sentado en el banco de madera, aquel hombre robusto inclinaba la cabeza sobre un libro... y leía.

Al acercarse, Clara vio a Gamache hacerlo otra vez: se quitó las gafas de lectura de media luna, cerró el libro y se lo guardó en el bolsillo. Entre las páginas asomaba un punto de libro, pero él nunca lo movía: permanecía allí como un mojón que señalara un sitio cerca del final; un sitio al que se aproximaba, pero sin alcanzarlo jamás.

Armand no cerraba el libro de golpe, más bien dejaba que lo hiciera la gravedad, suavemente. Y, según advirtió Clara, no usaba nada para señalar por dónde iba, ni un viejo recibo ni un billete usado de avión, tren o autobús que lo llevara de vuelta a donde había dejado la historia: era como si en realidad no le importara, cada mañana empezaba de nuevo y se acercaba más y más a aquel punto de libro, aunque siempre se detenía antes de llegar.

Y cada mañana Armand Gamache deslizaba el fino volumen en el bolsillo de la ligera chaqueta de verano an­tes de que Clara pudiera ver el título.

Ella había llegado a obsesionarse un poco con aquel libro... y con la conducta de Gamache.

Incluso se había atrevido a preguntar hacía una semana más o menos, cuando se había sentado por primera vez a su lado en el banco desde el que se veía el viejo pue­blecito:

—¿Es un buen libro?

—Oui.

Armand Gamache había sonreído, suavizando así aquella brusca respuesta... hasta cierto punto.

Había sido una discreta invitación a irse por parte de un hombre que rara vez se sacaba a la gente de encima.

No, pensó Clara observándolo ahora de perfil, no había pretendido echarla, sino dar un paso atrás para alejarse de ella y de su pregunta: se había batido en retirada con aquel libro maltrecho.

El mensaje quedaba bien claro y Clara lo había recibido, aunque eso no significaba que le haría caso.

Armand Gamache contempló el bosque, que mediado el verano se teñía de verde oscuro, y las ondulantes montañas que se perdían en la inmensidad, y luego bajó la mirada hacia el pueblecito en el fondo del valle, que parecía acurrucado en la palma de una mano antiquísima: un estigma en la campiña quebequesa, no tanto una herida como un portento.

Todas las mañanas salía a dar un paseo con su mujer, Reine-Marie, y el pastor alemán de ambos, Henri. Le arrojaban la pelota y acababan yendo ellos en su busca cuando Henri se distraía con una hoja que caía, un moscardón al vuelo o las voces en su cabeza. Salía disparado por la pelota y de pronto se detenía y miraba fijamente el vacío moviendo sus enormes orejas de satélite de aquí para allá como si descifrara algún mensaje. No tenso, sino intrigado, pensaba Gamache: como una persona cualquiera escucharía una canción que le gusta particularmente o una voz familiar llegada de la distancia.

Con la cabeza ladeada y una expresión bobalicona en la cara, Henri escuchaba mientras Armand y Reine-­Marie iban en busca de la pelota.

«Todo está en su sitio», pensó Gamache sentado en silencio bajo el sol de principios de agosto.

Por fin.

Excepto por Clara, que se había aficionado a sentarse con él en el banco todas las mañanas.

¿Lo hacía porque creía que podía sentirse solo allí arriba, una vez que Reine-Marie y Henri se habían ido, y que quizá necesitaba compañía?

Pero dudaba que ése fuera el motivo: Clara Morrow se había convertido en una amiga íntima y lo conocía demasiado bien para pensar eso.

No, Clara estaba ahí por sus propias razones.

Armand Gamache sentía una curiosidad creciente, aunque a ratos lograba engañarse y convencerse de que no eran simples ganas de entrometerse, sino una consecuencia de su formación como policía.

Durante toda su vida profesional, el inspector jefe Gamache había hecho preguntas buscando respuestas. Y no sólo respuestas: hechos. Y también sentimientos, mucho más huidizos y peligrosos que los hechos, porque los sentimientos conducen hasta la verdad.

Y aunque la verdad pudiera hacer libres a algunos, a la gente a la que Gamache buscaba la hacía acabar en prisión... de por vida.

Cuántas veces había interrogado a un asesino esperando encontrar emociones hostiles, un alma amargada, y hallado en su lugar a una buena persona que se había descarriado.

Aun así la arrestaba, por supuesto; pero había llegado a estar de acuerdo con la hermana Prejean en que la maldad de los actos superaba con creces la maldad de las personas.

A menudo, Armand Gamache había visto los peores y los mejores actos cometidos por la misma persona.

Cerró los ojos y volvió el rostro hacia el tonificante sol matutino. Aquellos tiempos habían quedado atrás: ahora podía descansar acurrucado en la palma del valle y preocuparse de sus propios sentimientos.

Ya no era necesario explorar, en Three Pines había encontrado lo que estaba buscando.

Consciente de la presencia de Clara a su lado, abrió los ojos. Volvió a mirar al frente y vio cómo cobraba vida el pueblecito allá abajo, vio a sus amigos y a sus nuevos vecinos salir de sus casas para ocuparse de sus jar­dines perennes o atravesar la plaza para desayunar en el bistrot, vio cómo Sarah abría la puerta de su boulangerie —llevaba ahí dentro desde antes del amanecer horneando baguettes, croissants y chocolatines, y ahora llegaba el momento de venderlos—, la vio detenerse, limpiarse las manos en el delantal e intercambiar un saludo con monsieur Béliveau, que estaba abriendo su pequeño supermercado. Cada mañana durante las últimas semanas, Gamache se había sentado en aquel banco a observar a las mismas personas hacer las mismas cosas. El pueblo tenía el ritmo, la cadencia de una pieza musical. Quizá era eso lo que Henri oía: la música de Three Pines. Un murmullo lejano, un cántico, un ritual reconfortante.

La vida de Gamache nunca había tenido un ritmo: cada día había sido impredecible, y eso parecía motivarlo. Llegó a creer que formaba parte de su naturaleza. Hasta ahora, nunca había conocido la rutina.

Desde luego, había temido que la reconfortante rutina de esta nueva etapa se tornara banal, se convirtiera en aburrimiento; pero hab

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