Las alas de la esfinge (Comisario Montalbano 15)

Andrea Camilleri

Fragmento

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2

Poco después de que Catarella se hubiese retirado, apareció en la puerta Mimì Augello de vuelta del vertedero. Parecía nervioso.

—Entra. ¿Habéis terminado?

—Sí. —Augello se sentó en el borde de la silla.

—¿Qué te pasa, Mimì?

—Tengo que irme corriendo a casa. Mientras venía para acá me ha llamado Beba porque Salvuzzo llora y le duele la barriga, y ella no consigue calmarlo.

—¿Le ocurre a menudo?

—Lo suficiente para tocar los cojones.

—No me parece una actitud muy paternal.

—Si tú tuvieras un hijo que da la lata como el mío, lo arrojarías por la ventana.

—Pero ¿a Beba no le convendría más llamar a un médico que a ti?

—Pues claro, pero si no me tiene a su lado no da ni un paso, no es capaz de tomar una decisión por su cuenta.

—Bueno, pues dime lo que tengas que decirme y vete a casa.

—He conseguido hablar un poco con Pasquano.

—¿Te ha dicho algo?

—Ya sabes cómo es. Cualquier asesinato se lo toma como un asunto personal. Como si lo hubieran ofendido, como si le hubieran hecho un desaire a él. Y cada año que pasa, es peor. ¡Jesús, menudo carácter tiene el tío!

Montalbano pensó que, en el fondo, comprendía muy bien a Pasquano.

—A lo mejor es que ya está hasta la coronilla de descuartizar cadáveres. Dime.

—Entre maldiciones he conseguido que me dijera que, en su opinión, a la chica no la mataron donde fue encontrada.

—Perdona un momento, pero ¿quién la encontró?

—Uno que se llama Salvatore Aricò.

—¿Y qué hacía por allí a primera hora de la mañana?

—Todos los días al amanecer ese hombre va al vertedero a buscar cosas que después arregla y revende. Me ha explicado que ahora encuentra cosas casi nuevas, apenas utilizadas.

—Mimì, ¿es que todavía no habías descubierto el consumismo?

—Aricò acababa de llegar cuando vio el cuerpo y nos llamó con el móvil. Al interrogarlo, comprendí que sólo sabía lo que nos había dicho; entonces le pedí su dirección y teléfono y dejé que se fuera, entre otras cosas porque estaba muy impresionado y no paraba de vomitar.

—Me estabas diciendo que, según Pasquano, a la chica la mataron en otro sitio.

—Exacto. Alrededor del cadáver prácticamente no había restos de sangre. Y sin embargo habría tenido que haberlos, y muchos. Además, Pasquano ha visto heridas y arañazos en el cuerpo causados al golpearse varias veces por la cuesta cuando lo arrojaron al vertedero.

—¿Esas heridas no habrían podido producirse durante una pelea anterior al homicidio?

—De momento, Pasquano lo excluye.

—Y difícilmente se equivoca. ¿En la explanada donde aparcan los coches se ha hallado sangre?

—Ni siquiera allí.

—Eso confirma la tesis de Pasquano de que la trasladaron allí cuando ya había muerto. A lo mejor, escondida en el maletero. ¿El doctor ha podido establecer cuánto tiempo llevaba muerta?

—Ahí está lo bueno. Dice que sólo podrá saberlo con seguridad después de la autopsia, pero, a ojo, cree que la mataron por lo menos veinticuatro horas antes del hallazgo.

Lo cual era bastante raro.

—Pero ¿por qué ocultarían el cadáver un día entero?

Mimì abrió los brazos.

—No sé decirte, pero eso parece. Y hay otra cosa que podría, repito, podría ser importante. El cuerpo estaba boca arriba, pero en determinado momento Pasquano le dio la vuelta.

—¿Y qué?

—En el hombro izquierdo, cerca del omóplato, lucía un tatuaje que representa una mariposa.

—Bueno, eso puede ser útil para la identificación. ¿Los de la Científica lo han fotografiado?

—Sí. Y les he dicho que nos envíen las fotografías. Pero yo no abrigo demasiadas esperanzas.

—¿Por qué?

—Salvo, tú sabes que yo, antes de casarme, cambiaba de mujer cada dos días, ¿no?

—Sí, Don Juan se moría de envidia. ¿Y bien?

—El tatuaje más habitual entre las chicas es una mariposa. Se la tatúan en todas las partes del cuerpo. Imagina que una vez descubrí una nada menos que en...

—Ahórrame los detalles —imploró el comisario—. Dale mucho saludos de mi parte a Beba y envíame a Catarella.

El cual se presentó diez minutos después.

—Disculpe, dottori, pero es que Cuzzaniti ha perdido un montón de tiempo en registrar el expediente. No sabía si el número que tenía que ponerle era el tris mil siticientos cinco o el tris mil siticientos seis. Después Cuzzaniti y yo hemos encontrado la solución.

—¿Qué número le habéis puesto?

—Le hemos puesto los dos, dottori. Tris mil siticientos cincuenta y seis.

Seguramente jamás podría localizarse ese expediente, ni siquiera después de cien años de búsqueda.

—Oye, Catarè, echa un vistazo en el ordenador a la lista de personas desaparecidas y comprueba si figura la denuncia de la desaparición de una chica de unos veinte años con una mariposa tatuada cerca del omóplato izquierdo.

—¿Qué mariposa?

—¿Y yo qué coño sé, Catarè? Una mariposa.

—Voy y vengo, dottori.

Llegó Fazio. Entró y se sentó.

—¿Qué me cuentas?

—El dottor Pasquano ha llegado al convencimiento de que la chica...

—... fue asesinada en otro lugar. Ya lo sé; me lo ha dicho Augello. ¿Y tú qué piensas?

—Estoy de acuerdo. Además, en mi opinión la desnudaron después de haberla matado.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

—Porque si la hubieran matado estando desnuda, la sangre le habría manchado el tórax, los hombros, el pecho. Y sin embargo estaba limpia. Y tenga en cuenta que hace una semana que no llueve.

—Comprendo. La sangre fue a parar a la ropa que llevaba pu

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