Nota de la autora
Queridos lectores:
Gracias por elegir mi libro. Enigma, en esencia, es una historia sobre soledad y amor. Contiene temas oscuros, una atmósfera nebulosa que os acompañará mientras pasáis las páginas, y una erótica historia no muy tradicional, no muy convencional, no muy recatada.
Ella, con su duro caparazón, es de mis personajes femeninos más fascinantes. Él, por su parte, es quien le busca las cosquillas, siempre dispuesto a romper ese caparazón.
Quisiera enumerar los temas que se mencionan en el libro, para que podáis decidir si os sentís cómodos a la hora de leerlo. El contenido de esta historia incluye: escenas de sexo explícito pensadas solo para adultos, escenas explícitas de muerte violenta, escenas post mortem narradas en detalle, escenas de suicidio (tal y como se menciona en el capítulo primero, «La muerte sonríe…»), coerción, menciones sobre ideas suicidas, menciones sobre traumas sexuales, menciones sobre engaño pederasta, ostracismo social y estigmas subsiguientes, depresión, estrés postraumático, no-consentimiento consentido, sexo con consentimiento dudoso y sociedades secretas.
Espero que disfrutéis del viaje a Mortimer junto a mí.
Con amor,
RuNyx

En todo caos hay un cosmos,
en todo desorden un orden secreto.
Carl Jung

Es por la herida por donde la luz
penetra en tu interior.
Rumi


La belleza es terror. Temblamos ante
todo lo que llamamos bello.
Donna Tartt, El secreto


la muerte sonríe...
Chica desconocida,
Universidad Mortimer
La chica se encontraba al borde del precipicio. No había luna, ni nadie que pudiese presenciar su muerte. Ni un alma a quien interesase aquel lugar; nadie que fuese a conseguir que la chica dudase de su decisión. No se oía más que el rumor del mar y los susurros de la propia decadencia moral de la chica.
Oh, por supuesto que estaba en sus cabales. Y, aun así, se encontraba al borde del precipicio en medio de una noche sin luna. Se encaminaba hacia su propia destrucción, con una pistola que ella misma imaginaba apuntando a su cabeza.
Quizá la situación habría sido distinta, podría haberlo sido, si hubiera tenido valor. El mundo la creía valiente. Como tal la recordarían. Nada indicaba lo contrario. ¿Sería aquello un asesinato, un suicidio o un accidente? ¿Se inventarían las noticias que la empujaron unas manos invisibles o sería una chica que saltó por voluntad propia? ¿Quizá especularían con un trágico paso en falso? Un paso literal o metafórico… quién sabía.
El viento soplaba a su alrededor, le alborotaba el vestido y desordenaba el pelo sobre la cara. Cualquiera que la contemplase la habría confundido con una aparición etérea, un cuadro fantasmal.
Un cuadro. Una fotografía. Recuerdos.
Tenía tantos recuerdos.
La chica no quería estar en el borde de aquel acantilado. Pero tenía que hacerlo. No le quedaba alternativa. A ella, no. Porque la estaban vigilando. Siempre vigilaban, incluso allí, ponderando su decisión, las elecciones que había tomado, su propia mortalidad.
Incluso mientras se acercaba más al borde y le temblaba todo el cuerpo, que se resistía a las órdenes de su mente.
Incluso cuando cerró los ojos y saltó mientras el viento le aullaba en los oídos, y su grito penetrante hacía añicos el silencio durante una fracción de segundo, para luego cortarse abruptamente.
La vigilaban. Incluso allí, tumbada sobre la arena oscura, en medio de una noche oscura, mientras moría.
Sentí un extraño gozo al ser causante
de mi propia descomposición.
Robert Browning,
«Paulina: fragmento de una confesión»


...y ella le devuelve la sonrisa
Salem, 12 años
La muerte era la única verdad de la vida de Salem. La primera vez que pensó en la muerte tenía cuatro años. Lo recordaba bien, porque se había convertido en uno de sus recuerdos definitorios. Mientras jugaba, se internó en los bosques detrás de su casa y acabó cayendo a un pozo. Lloró y gritó, pero estaba demasiado lejos para que nadie pudiese oírla. En aquel agujero oscuro, con cuatro años, Salem pensó que iba a morir. Estaba convencida de que moriría, y la idea de la muerte la asustó. Entonces vio el cadáver de un conejo en el suelo a su lado; tenía el cuello rajado y las entrañas desparramadas. Su joven mente, en medio del terror ante la muerte, se centró en el conejo. Fue la primera vez que comprendió que había algo bajo la piel de todo el mundo.
La encontró Junie, la perra de la familia. Ladró para atraer a los demás. Sin embargo, Salem pasó varias horas en el agujero junto al conejo. En ese tiempo sus perspectivas y sus pensamientos cambiaron. Se alteraron, se reajustaron.
Salem acarició el pelaje de Junie y encontró consuelo en el calor de su suave cuerpo, como siempre le sucedería después de aquel día aciago, cada vez que el recuerdo volviese a aparecer ante sus ojos. Junie, con su hermoso pelaje dorado y su corazón aún más hermoso, era la única criatura en todo el mundo a la que le había importado que Salem hubiese desaparecido. La única que hizo lo necesario para encontrarla.
Salem contempló el cadáver de su abuelo, sentada respetuosamente en el funeral, tal y como su madre le había enseñado a hacer en público, con Junie a su lado.
La muerte era algo curioso. Ya fuese planeada o inesperada, ya fuese mitigada o todo lo contrario, ya fuese cruel o confortable, era la única verdad universal sobre la que todo el mundo mentía. La mayoría de los adultos con los que se había cruzado Salem se pasaba la vida intentando no pensar en la muerte, intentando ganarle la partida, aunque se dirigiesen de cabeza hacia ella. Salem no sabía si habían llegado a comprender lo que ella entendió siendo muy joven: que la muerte era inevitable, que perseguía a todo el mundo, desde el primer aliento, y les daba alcance en el último.
Quizá por eso ahora la intrigaba tanto saber qué sucedía después de que la muerte llegase y conquistase a los seres mortales.
Aquella Salem que ya no era tan pequeña, con doce años, estaba fascinada con las consecuencias de la muerte. Contempló a su abuelo y ladeó la cabeza tal y como su madre le decía siempre que no hiciera, porque era un gesto poco adecuado para una jovencita de buena familia.
Su madre sollozaba delicadamente junto a aquel cadáver inmóvil, con un frágil pañuelo pegado a la nariz. Sacudía con suavidad los hombros al tiempo que el padre de Salem la envolvía en un abrazo. A Salem no le cabía duda: su madre estaba triste.
Ella también se sentía triste. Alargó la mano y acarició el suave pelaje de Junie, siempre tan cálido. Cálido y en movimiento. Ante sus ojos destellaron varios recuerdos: Junie caminando tras ella mientras exploraban los bosques que había tras la casa grande, Junie babeándole la cara entera cuando volvía del colegio, Junie apretando el hocico contra su mano cuando quería mimos, Junie tumbada a su lado cuando la dejaban sola. Aunque Junie era el perro de la familia, también era la única que amaba a Salem tal y como era, la única que no quería que cambiase, a pesar de todo lo que su madre llamaba «sus excentricidades».
Junie se restregó contra Salem de aquel modo tan reconfortante, algo más encorvada, porque ya era muy mayor. Salem sabía que, cuando su perra ya no estuviese, la iba a echar mucho de menos.
Una duda apareció en su mente, allí sentada en medio del funeral:
—¿Qué pasará ahora con el cuerpo del abuelo? —preguntó, y se mordió el labio en cuanto lo hizo, como si hubiese querido conservar aquellas palabras dentro, no muy segura de si era el mejor momento para saciar su curiosidad.
Siempre hacía ese tipo de cosas: abría la boca en el peor momento posible y hacía comentarios inapropiados. No pretendía meter la pata, es que le salía así. No entendía bien las reglas sociales. Su madre no decía nada, pero el comportamiento de Salem los avergonzaba a todos. Y ella entendía el porqué.
—Cállate, bicho raro —murmuró su hermana mayor, que no dejaba de chatear con el teléfono móvil, aunque estuviesen en medio del funeral. Por otro lado, casi todo el mundo se había ido ya.
Olivia. La siempre remilgada y correcta Olivia. El ojito derecho de su madre. La prístina Olivia, la luz de la vida de su padre. La patética Olivia, desgracia absoluta de la vida de Salem.
Salem no sabía cómo se suponía que debían comportarse las hermanas mayores, pero si todas eran como la suya, el mundo entero podía darse por condenado. No era que Olivia fuese mala persona; no exactamente. De hecho, Salem había visto a su hermana, reluciente, tratando bien a todo el mundo a su alrededor. Olivia ayudaba a los demás, repartía sonrisas aquí y allá, ganaba premios. Todo el mundo adoraba a Olivia. Todo el mundo mimaba a Olivia. Todo el mundo atendía a Olivia. Todo el mundo menos Salem. No sabía por qué, no lo comprendía, y a esas alturas, la verdad, le daba igual.
En su día quizá habría esperado que sus padres la corrigieran, que la reprendieran por llamarla «bicho raro». Pero ya no. Ahora, Salem fingía ser mayor y usaba palabras como «reprender» en su cabeza como réplica silenciosa a esos comentarios, porque a los adultos de su vida les daba igual.
Y ni siquiera era culpa de ellos, en realidad.
Ya comprendía que a todo el mundo le suponía un problema tener en su vida a alguien que toqueteaba animales muertos y los rajaba en canal para ver sus entrañas. Según los libros que Salem había leído de la sección de adultos de la biblioteca, estaba claro que los niños que se portaban así tenían tendencia a mostrar comportamientos criminales. «Tendencia». Era su palabra favorita de aquella semana.
Sin embargo, ella no se veía a sí misma como una criminal. No quería matar nada. De hecho, la mera idea le daba náuseas. Lo que quería era rajar cualquier cadáver y ver sus entrañas, para descubrir por qué y cómo había muerto. Lo que la fascinaba era más el motivo de la muerte que la muerte en sí.
—¿Me podéis dejar un momento a solas con él, Javier? —sollozó su madre, girándose hacia su padre.
—Por supuesto, querida —dijo él, e hizo un cabeceo hacia un miembro del personal. La piel aceitunada de su padre, del mismo tono que la de Salem, parecía tener un color más intenso bajo aquellas duras luces de tanatorio. Sacad a las niñas.
Olivia se dirigió a la puerta antes de que su padre pronunciase la última palabra, sin dejar de teclear con agresividad en aquel teléfono que parecía tener pegado a las manos últimamente. Salem se preguntó con quién hablaría tanto. Su propio teléfono era como un pesado bloque de piedra en el bolsillo; más bien era un dispositivo para leer, ver películas y merodear por foros para los que era aún demasiado joven. Por otro lado, en esos foros era donde se solía encontrar el material más interesante.
—¿Con quién estás hablando?
Las palabras se le escaparon antes de poder reprimirlas, por segunda vez en cuestión de minutos. Tenía que controlarse mejor. Siguió a su hermana al exterior y se giró para mirar a Junie. Antes de salir sintió una punzada en el corazón al ver la extraña inmovilidad de su peluda compañera, que antes había llevado una existencia exuberante y vivaz.
—¿Y a ti qué te importa?
Miró a Olivia al oír aquellas palabras y vio fascinada que la hermosa cara de su hermana se ruborizaba. Olivia no solía ruborizarse casi nunca. Aunque su hermana no le gustaba mucho, Salem la conocía bien. Qué interesante. Se dejó caer en una de las sillas del recibidor, que soltó un chirrido. Le colgaban los pies embutidos en zapatillas de deporte. Su hermana se sentó a su lado y apoyó los talones en el suelo.
—Dímelo —insistió Salem—. Te prometo que no se lo contaré a nadie.
Olivia la miró de reojo y puso los ojos en blanco.
—Ay, qué coñazo eres.
Salem esperó pacientemente. Aunque quería volver a pedírselo, sabía que Olivia odiaba el silencio. Sentiría la necesidad de llenarlo de algún modo, cosa que fue justo lo que hizo:
—Está bien; es un tío de Mortimer.
Los ojos de Salem se desorbitaron. La Universidad Mortimer era bastante importante en la vida de su familia. Era un lugar de gente con privilegio y pedigrí, una institución tan exclusiva y elitista que quienes se graduaban en ella eran prácticamente dioses en sus círculos sociales, símbolos de poder y prestigio. Pocos podían entrar en Mortimer.
Y dentro de la familia Salazar era aún más importante, porque su bisabuelo había conocido a su bisabuela en aquella universidad, y todos sus hijos habían cursado estudios allí. Por ello, su familia era parte de un grupo aún más exclusivo: los herederos.
Sin embargo, la reacción de Salem se debía a algo totalmente distinto.
—Pero si aún vas al instituto. Legalmente todavía no eres adulta. —No pudo reprimir la sorpresa en su voz—. ¿Qué haces hablando con un chico mayor?
—Baja la voz —siseó Olivia. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie las oía y se inclinó hacia delante—. No es ningún rollo romántico, idiota. Es solo… un buen chico. Lleva tiempo allí y me está contando cosas guais de la universidad para cuando me admitan.
A Salem no le cabía duda de que su hermana iba a cursar sus estudios en la Mortimer. Habría sido así aunque no perteneciese al círculo de los herederos, solo por sus notas, que eran perfectas; así como por sus clases extracurriculares, que eran excelentes sobre el papel y en la realidad.
—Aún te quedan dos años —señaló Salem.
—Tú no lo entiendes —repuso su hermana, y volvió a escribir en el teléfono—. No tienes amigos, ni la menor idea de cómo tenerlos.
Salem ignoró la pulla, sobre todo porque era verdad. Pero, de todos modos, los amigos estaban sobrevalorados, que ella hubiese visto. Siempre se estaban traicionando y dando puñaladas por la espalda. La gente hacía amigos para aprovecharse los unos de los otros. Prefirió centrarse en lo más importante:
—Pero ¿le conoces?
Olivia vaciló y, finalmente, dejó el teléfono y se giró del todo hacia ella. A Salem volvió a sorprenderla lo hermosa que era su hermana, con aquellos cabellos castaños rojizos, los ojos verdes y la piel clara. Era una copia de su madre, muy distinta a ella misma.
—Nos hemos conocido por internet… en uno de los grupos universitarios —explicó su hermana—. Llevamos semanas hablando. Le conoceré en persona después de graduarme. Hemos decidido que antes no sería adecuado.
Adecuado. Su hermana se preocupaba más por lo adecuado que por lo seguro. Salem debería haberlo visto venir. Pero, fuera por el motivo que fuera, al menos no iba a cometer ninguna estupidez. Hasta Salem sabía que no estaba bien que una menor hablase con un desconocido por internet. El mes pasado había encontrado un libro en la biblioteca que hablaba de un tipo específico de criminal llamado «depredador».
—De todos modos —siguió Olivia, al ver que Salem no decía nada—, no soy solo yo. En el grupo hay muchos adolescentes herederos, y también hay estudiantes de la Mortimer y algún que otro alumno ya graduado. Lo único que hacemos es charlar, ya sabes. Es un buen sitio para hacer contactos y estar preparada antes de ingresar en el campus. Tú deberías entrar también.
—Paso, gracias —resopló Salem.
La idea de formar parte de un grupo de adolescentes pretenciosos que se morían de ganas de ser adultos pretenciosos le daba náuseas. Aunque quizá no eran todos así. Quizá también había chicos y chicas como ella; inadaptados, raros, nacidos en la familia equivocada. Todos los que no encajaban en el molde.
—¿Sabes cuál es tu problema? —suspiró Olivia—. Que prefieres pasar tiempo con los muertos que con la gente que está vivita y coleando. Más te vale cambiar de costumbres antes de que acabes en el otro lado.
Su hermana negó con la cabeza y volvió a encender la pantalla del teléfono.
Salem le echó un vistazo.
Grupo Universitario Mortimer.
La imagen del grupo se cargó, con tonos negros y verdeazulados, y dio paso a un foro. Uno de los muchos defectos de Salem, tal y como señalaba su madre, era la curiosidad. Sacó su propio teléfono y escribió el nombre en el explorador. Fue sencillo encontrar el grupo. Pinchó en el vínculo pero, en lugar de la página para darse de alta, apareció una serie de preguntas. ¿Qué habría de malo en contestarlas?
¿Eres o serás estudiante becada?
Salem pensaba que no, a no ser que sus padres la desheredaran, cosa que supondría un escándalo. Y sabía bien que los escándalos eran lo único que la familia Salazar aborrecía.
Pinchó en NO.
¿Eres o serás estudiante perteneciente al círculo de herederos?
Esa era fácil. Pinchó en SÍ.
La página cambió y se abrió otro enlace. Se cargó una imagen en negro y plateado, el logo de un gran buitre de alas metálicas rectas que miraba desde la pantalla con intensidad. Salem nunca había visto aquel logo; no estaba presente en ninguno de los recuerdos de la Mortimer que había por casa.
En la pantalla apareció una palabra que no había oído nunca, con una fuente algo cutre que parecía extraída de uno de los libros viejos de la biblioteca.
Mortemia
Ese no era el grupo en el que estaba su hermana. Salem estaba a punto de pulsar VOLVER cuando apareció una pregunta en pantalla.
¿A qué generación de herederos perteneces?
Salem vaciló, pero al final la superó su curiosidad. Pinchó en 4.
¿Cuántos años tienes?
12, tecleó.
¿Qué nombre de usuario quieres utilizar?
Salem se lo pensó unos minutos. Se preguntó qué debería escribir. Despacio tecleó la respuesta.
Estás a un paso de convertirte en parte de este grupo exclusivo de élite. Mientras se procesa tu solicitud tendrás que completar una tarea. De no completarla, no se te admitirá. ¿Estás de acuerdo?
Salem volvió a vacilar y le echó una mirada de reojo a su hermana, que estaba absorta en el teléfono, y al recibidor vacío. De algún modo se había topado con un grupo exclusivo al que su hermana no pertenecía. Resultaba embriagador saber que la habían escogido para formar parte de un grupo donde no estaba su hermana.
Volvió a mirar el mensaje. El botón rojo chillaba UNIRSE y parpadeaba a cada latido. El otro, más pequeño, decía CANCELAR a su lado, casi invisible. Parecía un truco. Quizá debería esperar unos años. Sin embargo, una vez más, la curiosidad volvió a ganar. ¿Qué daño había en ello?
Salem negó con la cabeza, dejó de lado las precauciones y pulsó el botón con el pulgar.
Casi has entrado, goldengirl01. Esto es lo que tienes que hacer.
Incluso en los acontecimientos más pequeños
no existe nada parecido a las coincidencias.
Haruki Murakami, Kafka en la orilla


capítulo 1
salem
En la actualidad, 20 años
Salem estaba bastante segura de que había un cadáver en la playa. No podía afirmarlo con total certeza, sobre todo porque no había luna y la noche estaba nublada. Pero desde su posición elevada sobre el acantilado vio aquel bulto oscuro que sospechosamente tenía forma humana y decidió investigar.
Lo que la impulsó a confirmar sus sospechas no fue solo su interés en la materia, ni el hecho de que fuese su especialización en la carrera. Desde siempre había querido estudiar criminología, sobre todo la rama forense, para comprender la muerte con todo detalle. Pero no, lo que la impulsaba no era solo curiosidad académica, sino el hecho de que su propia hermana también había sido en su día una silueta oscura en una playa y nadie la había visto durante bastante tiempo. Nada más que eso explicaba que Salem se acercase a ella en mitad de la noche, en lugar de estar en la cama, durmiendo, que era lo que debía estar haciendo. Cualquiera en su lugar habría llamado de inmediato a la policía. Alguien más podría haber girado en redondo, haberse apartado inmediatamente del borde del acantilado y haber regresado a toda prisa al campus. Cualquier persona habría aceptado lo peligroso de la situación, sobre todo después de lo sucedido en los últimos dos años.
Cualquiera menos ella.
No, Salem Salazar no era de esas. Era la oveja negra de la familia, la mancha negra en su linaje, la cicatriz negra en su reputación. Aunque ahora había otro miembro de la familia que tenía más fama que ella. ¿Quién podría haberlo imaginado? Ella, no.
Su madre no había querido que ingresase en la Mortimer. Salem le había prometido que, durante su estancia en la universidad, no haría nada que provocase más chismes sobre la familia Salazar. Y sin embargo, allí estaba, bajando los escalones excavados en un lateral del acantilado, con la linterna del móvil como única guía. El suelo bajo sus botas estaba húmedo, la tierra se compactaba fácilmente entre las piedras. Descendió con cuidado precipicio abajo. Había descubierto aquellos escalones hacía dos noches, durante un paseo nocturno por el campus. Llevaba apenas una semana en la Mortimer y ya disfrutaba de pasar tiempo a altas horas de la noche echándole un ojo a los terrenos, en lugar de irse a la ciudad a emborracharse durante la semana de bienvenida, como la mayoría de estudiantes. Los bosques a un lado del campus, el mar al frente, los callados edificios por la noche… todo ello le resultaba más familiar que las hordas de estudiantes que disfrutaban de su nueva libertad.
El sonido de las olas y el viento la detuvo en mitad de los escalones. Se echó un vistazo a sí misma y comprendió que debería haberse puesto algo de ropa impermeable, porque la leve niebla que había en el aire se espesaría pronto. No le gustaba la lluvia, y tampoco le gustaba la sensación de humedad en su cuerpo. Era una mierda, porque se iba a pasar los próximos años en un campus costero junto a un acantilado. Pero tenía que superarlo, sobre todo teniendo en cuenta el tipo de profesión que quería tener después.
Volvió la vista hacia el lugar por el que había venido y se dio cuenta de que llevaba medio camino de descenso. No tenía sentido regresar, sobre todo porque podía haber un cadáver ahí abajo, esperándola. Aunque no se alegraba particularmente de que alguien hubiese muerto, el impulso investigador que infectaba su cerebro no podía dejar pasar aquella oportunidad de descubrir lo que había sucedido. Para asegurarse de que no había nadie mirando, paseó la vista por aquella playa estrecha y oscura, apenas visible bajo las nubes. No vio nada aparte del pequeño bulto.
Pues bien, adelante.
Despacio, volvió a descender, con el teléfono alzado en una mano para iluminar el camino y con la otra apoyada en la cara del acantilado para mantener el equilibrio. Tras unos minutos de descenso silencioso, por fin llegó a la orilla arenosa y dejó escapar el aliento. No disfrutaba en absoluto del esfuerzo físico, pero había que aceptarlo, sobre todo en un campus tan grande.
Inspiró de nuevo para estabilizarse y, de inmediato, se giró y se dirigió hacia aquel bulto oscuro. Estaba claro que era un cuerpo, pero tenía que verificar si era humano o animal.
El corazón empezó a retumbarle a cada paso. El bulto tomó la forma de un cuerpo humano. Salem sintió que una sensación vertiginosa le recorría las venas. Sabía que no era la reacción natural al presenciar algo así; se lo habían dicho muchísimas veces en las dos décadas que llevaba en el mundo. En ocasiones seguía sintiéndose dividida entre lo que sentía y lo que se suponía que debía sentir, una dicotomía que enloquecía su brújula moral. Sin embargo, cuanto más se acercaba al cadáver, más quieta se quedaba esa brújula. De momento, a solas en mitad de la noche, lejos de expectativas sociales sobre quién debía ser y quién debería haber sido, Salem se permitió sentir exactamente lo que sentía.
Emoción.
No solo por el cadáver, sino por la información que podría extraer de él, la posibilidad de encontrar otra pieza del puzle en el que llevaba dos años trabajando ella sola.
Por fin llegó a la silueta y se detuvo a pocos pasos de distancia. Allí permitió que su cerebro hiciese lo que más le gustaba hacer: observar, analizar, llegar a conclusiones.
Iluminó su objeto de estudio con la linterna del móvil y ladeó la cabeza, un hábito instintivo del que jamás había conseguido librarse. Abrió la aplicación de notas y lo recorrió todo con una mirada clínica.
— Mujer
— Joven, quizá últimos años de adolescencia o veintitantos.
— Cabello claro, color indeterminado, longitud media… ¿quizá hasta la espalda? Arrancado de raíz desde un lugar cerca del cuero cabelludo. ¿Se lo ha desgarrado por accidente o se lo han arrancado deliberadamente de un tirón?
Hizo una pausa y se fijó en que el cadáver no estaba demasiado mojado ni hinchado, cosa que habría sido de esperar de un cuerpo que hubiera traído la marea. Frunció el ceño y se acuclilló. Había un charquito oscuro bajo el cráneo. Lo cual significaba…
Salem alzó la vista hacia el acantilado, alto, imponente, mucho más alto de lo que había pensado en un primer momento.
— Sangre alrededor del cráneo indica traumatismo. ¿Impacto por la caída o por un objeto?
La mujer tenía las manos a los costados. Alrededor de la muñeca derecha había círculos oscuros.
— Pequeños hematomas alrededor de la muñeca derecha. Parecen antiguos, posiblemente de hace una semana. ¿Marcas de ataduras o cautiverio?
Tras la oreja, la mujer tenía un tatuaje pequeño, casi imperceptible.
— Símbolo de algún tipo tras la oreja, no queda claro. Del tamaño de un grano de arroz.
— ¿Asesinato o suicidio?
— ¿Esto es la escena de un crimen? Mínima cantidad de sangre. ¿La habrá absorbido la arena junto con la humedad, o habrán desplazado el cadáver desde la verdadera escena del crimen? Y si la han desplazado, ¿por qué? ¿Para soltarla aquí o para escenificar algo?
Rodeó despacio el cadáver, tomando notas, absorta en la tarea. Quizá por eso no se dio cuenta hasta entonces de que no estaba sola.
Algo cambió en el aire, moléculas que se desplazaban y se reajustaban para dar cabida a otra forma física. Salem sintió que esas moléculas se movían a su espalda. Se le erizó el vello de la nuca, sudor mezclado con una fina capa de humedad. La certeza de que había otra persona viva cerca de ella se le grabó por dentro, al tiempo que un instinto humano de siglos de antigüedad retumbó en su interior. Fue entonces, junto al cadáver, con la linterna encendida como un faro, cuando Salem se dio cuenta del aspecto que tendría para quien la observase. A ojos de cualquiera parecería una criminal, o al menos sospechosa.
A menos que se tratase de alguien que supiese que ella no había hecho nada. Porque fuese el culpable.
La brisa agitó un mechón rizado que se le había escapado del moño desenfadado. El aroma del mar y la sal aumentaba a medida que Salem se percataba de que había alguien por allí rondando.
Despacio, apagó la linterna, con lo que toda la zona se vio envuelta en una repentina oscuridad. Parpadeó rápidamente, tras sus gafas cuadradas, para acostumbrar la vista a la negrura.
—No te muevas.
Aquella voz masculina se oyó detrás de ella. No estaba muy cerca, pero tampoco muy lejos. El sonido, fuerte y ronco, se mezcló con las olas, como si fuese el propio mar quien rugía y hablaba. Mar y humo. El cerebro de Salem percibió aquellas palabras como un estímulo auditivo.
Pero hubo otro sonido. Un susurro de papel, percibió Salem, y luego algo que lo raspaba. Sabía identificar bien todos aquellos sonidos porque le gustaba el ruido de fondo; la ayudaba a centrarse cuando trabajaba en algo. Los sonidos siempre provocaban algún tipo de reacción en su cerebro.
«¿Qué está haciendo este hombre?». A menos que pretendiese matarla cortándola con una hoja de papel, Salem no comprendía por qué le había dicho que no se moviese. Además, ¿por qué iba a hacerle caso? Abrió la boca y pensó en las palabras que iba a decir, pero luego las reprimió. No era muy habladora. De hecho, hasta hacía poco, había estado unos años sin pronunciar palabra. Empezó a hablar de nuevo hacía dos años, aunque no con tanta frecuencia como era de esperar, y solo después de…
Rechazó aquel pensamiento. No pensaba permitir que su cabeza deambulase en esa dirección, teniendo en cuenta la situación en la que estaba metida.
«Céntrate en el presente», se recordó a sí misma, como solía hacer. Se mordió el interior del carrillo; una costumbre que solía afianzarla a la realidad.
—Como te acerques llamo a la policía —amenazó a aquel tipo con voz firme, casi gélida, sin reflejar la alteración que sentía por dentro.
—A la policía ya la he llamado yo —resopló él, y aquel susurro de papel aumentó de ritmo—. La pregunta es: ¿cómo es que tú aún no? Te ha podido la curiosidad, ¿eh?
Su tono de voz cambió en las últimas palabras, se volvió más suave, más sensual, casi engatusador. Ese tono tuvo un efecto en el cerebro de Salem. Siendo como era una persona sensible a los estímulos auditivos, podía entender aquel efecto. Lo que no se explicaba era el leve estremecimiento que recorrió todo su cuerpo.
La voz de aquel tipo era peligrosa, un arma envainada hasta que él decidiese sacarla. Salem se lo imaginaba en tiempos pasados, épocas de imperios de antaño, usando aquella voz para enfurecer a una muchedumbre, para provocar disturbios y manipular al público apelotonado en un anfiteatro. Se lo imaginaba tentando a la gente a entrar en la arena, engatusándolos para que se buscasen la ruina… para luego rebanarles la cabeza de cuajo.
—La curiosidad es una reacción perfectamente sana —dijo, con voz baja y firme, en un intento de que las palabras de aquel tipo no hurgasen en sus heridas mentales.
Una profunda risa entre dientes, más susurros sobre papel, y luego:
—Yo diría que nada de lo que estamos haciendo los dos es sano.
Quizá la metáfora de Salem no era la adecuada; a fin de cuentas, la literatura no era su fuerte. La voz de aquel tipo era más un mar por explorar que arena ensangrentada, como las leyendas de criaturas mitológicas que habitaban la oscuridad oceánica, que atraían a marineros confiados y los arrastraban a las profundidades.
Aquellos pensamientos tan poéticos la sorprendieron. Desde luego, nadie podría acusarla de pasarse de poética. De hecho, Salem era justo lo contrario: completamente metódica y racional. Fueran lo que fuesen aquellos pensamientos, resultaban una experiencia nueva… pero no era buen momento para algo así.
Le pareció perturbador; no le gustaba aquella situación.
Se armó de valor, tanto en cuerpo como en mente. Por fin, sus ojos se acostumbraron a la noche. Centró la vista en la silueta del tipo, en lo poco que veía de él. Estaba a pocos metros de ella. Era alto y ancho; su forma se recortaba contra el fondo algo más gris. Llevaba en una mano algún tipo de cuaderno sobre el que desplazaba libremente la otra.
¿Estaba dibujando? «Pero ¿qué demonios…?».
—¿Estás… estás dibujando? —le preguntó, con un claro tono de sospecha.
Si así era, aquello suponía un acto de indiferencia de un nivel que ni siquiera ella conseguiría alcanzar. Salem se comportaba con desapego cuando contemplaba la muerte y examinaba el entorno, pero aquello era una reacción distinta. Una reacción que ella no entendía. Aquel tipo sentía algo y al mismo tiempo se mantenía ajeno a todo. Alzó los ojos sin dejar de dibujar y le lanzó un breve vistazo; un movimiento que reveló otra parte de él ante Salem: tenía el pelo algo largo y una mandíbula por la que cualquier chica mataría… aunque quizá no era la mejor expresión en aquel momento.
—Es arte. —Encogió esos hombros anchos, como si esas dos palabras explicasen su extraño comportamiento. Había vuelto a hablar con ese tono bajo y suave—. Suéltate el pelo.
Las agallas del tipo y lo estrambótico del encuentro le provocaron una risotada que se le escapó sin querer del pecho. Casi se llevó la mano justo al lugar donde se había originado, en el centro, de donde había salido el sonido. Sin embargo, no quería que se le notase ningún tipo de vulnerabilidad ante él.
—Anda y que te follen —repuso con el mismo tono plano y gélido, aunque a punto estuvo de reprimir la expresión.
No solía utilizar palabras malsonantes, o al menos no las pronunciaba. Se debía a una mezcla de su tendencia a no decir nada la mayor parte del tiempo y a la educación que le habían dado. La mayor parte de esa educación, para consternación de su madre, no la había integrado. Pero no decir palabrotas, por algún motivo, sí. Resultaba cómico, en realidad. Abrir en canal un cadáver no le suponía un problema, pero decir «joder» en público… de ninguna manera.
Él volvió a soltar una risa entre dientes. Las ondas sonoras provocaron una vibración en el pecho de Salem.
—Ya me encargaré de mí mismo cuando vuelva a casa, gracias.
Dios, aquel tipo era insufrible. Probablemente un psicópata. ¿Quién demonios se reía y dibujaba al lado de un cadáver? Por más rara que Salem fuera, no les faltaba el respeto a los muertos, que podían invadir los sueños y arrebatar la paz mental. Lo sabía porque eso era justo lo que les había pasado a sus sueños y a su propia paz.
—Relájate, pequeña áspid —dijo él.
Por fin cerró el cuaderno y se puso tras la oreja el lápiz o el bolígrafo, lo que fuera. Salem se fijó en un destello justo ahí. ¿Llevaba un piercing? Luego digirió sus palabras. ¿Áspid? ¿Por qué demonios la llamaba de esa forma tan rara?
Salem entrecerró los ojos e intentó ver mejor mientras la mente le iba a mil por hora. De pronto, el tipo se puso en movimiento y salvó la distancia que los separaba con un puñado de pasos. Ella se quedó rígida y apretó más el teléfono con la mano, en un intento de mantener la calma e impedir que sus pensamientos erráticos la abrumasen. Que ella supiera, bien podría acabar como el cadáver que había a su espalda.
—No te acerques —le volvió a advertir.
Alzó el teléfono y le apuntó con él. Retrocedió despacio, alejándose del cadáver, en dirección a los escalones por los que había bajado por la ladera del acantilado. Del otro extremo de la playa llegaron voces de personas y haces de luz. Probablemente eran las autoridades. Salem dejó de moverse, pero sintió que los ojos del tipo estaban posados sobre ella y vigilaban sus movimientos de manera casi hipnótica.
La lógica le ganó la partida a la insensatez. Salem no conocía a aquel hombre, no sabía por qué la estaba provocando, y las circunstancias en las que se habían conocido eran más alarmantes que seductoras. O eso se dijo a sí misma al llegar por fin al pie de los escalones.
—¿Quién eres?
Las palabras se le escaparon antes de que pudiese detenerlas, y reverberaron en el silencio que siguió. Se detuvo un latido, luego otro, a la espera de algún tipo de réplica. Era el truco que solía usar con todo el mundo: formulaba una pregunta y aguardaba a la respuesta el tiempo que hiciera falta. La gente solía llenar el incómodo silencio posterior a los pocos instantes. Sin embargo, él no dijo nada, no se apresuró a llenar el silencio. De hecho, parecía estar retándola a ver quién aguantaba más. La falta de respuesta se instaló entre ambos; la pregunta flotaba pesada en el ambiente. ¿Estaba guardando silencio porque no quería responder? ¿O estaría jugando con ella con el mismo desapego que había mostrado en los últimos minutos?
¿Quién demonios era aquel tío?
Salem no supo explicar por qué hizo lo que hizo a continuación. Quizá fue porque aquel pesado silencio la ponía nerviosa, por una vez en la vida, aunque no fuese lo común en ella. O quizá fue algún instinto enraizado de tener pruebas de lo que estaba pasando. O incluso su propia curiosidad, que el tipo había avivado en su encuentro. Fuera lo que fuese, abrió la cámara del teléfono y pulsó el botón.
Un brillante flash la cegó por un instante. Parpadeó a toda prisa para aclarar la vista. El sonido del obturador resonó alarmantemente alto durante una fracción de segundo, para luego morir bajo el estruendo de las olas.
Él chasqueó la lengua varias veces, una regañina que atravesó el aire.
—No deberías haber hecho eso.
Ella tragó saliva, pero se mantuvo firme. El tipo empezó a retroceder, con aire despreocupado, hacia el extremo opuesto de la playa.
—Te acabas de meter de lleno en medio de un juego del que no tienes ni idea.
Salem negó con la cabeza. No entendía aquellas crípticas palabras formuladas en tono siniestro, ni falta que le hacía. Quizá había sido una estupidez, pero quería tener una prueba de su encuentro. Y pensaba quedársela, vaya que sí.
Giró en redondo sin pronunciar ni una palabra más y corrió escalones arriba en dirección al campus, lejos de aquel misterioso desconocido, de las autoridades que se aproximaban y del cadáver tendido en la playa.
Después de matarme, morir con un beso.
William Shakespeare, Otelo


capítulo 2
salem
La muerte ha vuelto a hacer acto de presencia en Mortimer.
La noticia resonaba en la gran pantalla plana montada en la mitad superior de la pared de la cafetería en la que acababa de entrar Salem. Las palabras captaron su atención. Se detuvo tras apenas dos pasos, con la espalda rígida. La reportera enunció el titular de la mañana.
—Informamos en directo desde la playa Mortimer, donde se ha encontrado esta misma mañana el cadáver de una mujer —prosiguió, con un rostro que más bien era una máscara seria, acorde con su tono de voz—. Aunque el cadáver sigue en este momento sin identificar, varias fuentes han confirmado que se trata de hecho de una estudiante del campus universitario. Tal y como se ve detrás de nosotros —la cámara hizo un paneo lateral en el que aparecieron varios agentes de la ley que estaban acordonando la zona, así como algunos lugareños que lo observaban todo tras la cinta amarilla— hay mucha actividad en este momento. Aún no se ha hecho ninguna declaración oficial.
Hubo una pausa y la reportera asintió hacia alguien situado detrás de la cámara.
—Este incidente nos recuerda a un suceso acaecido en el faro hace ya dos años, en el que el cadáver de un hombre sin identificar fue encontrado junto a las rocas. El caso sigue sin resolver.
Una imagen del faro que Salem había visto desde el acantilado apareció en la pantalla, para dar paso enseguida a la reportera.
—¿Se debe esta muerte prematura a un accidente o se trata de algo más siniestro? ¿Qué está pasando en la pequeña comunidad académica de Mortimer? Permanezcan atentos a sus pantallas para descubrir las respuestas a estas preguntas mientras esperamos a la declaración oficial de las autoridades. Aquí Sam Bailey informando para Nation News.
El logo del canal apareció en la pantalla junto con una típica fanfarria estridente. La hermosa costa gris se vio reemplazada por los intensos tonos azul y blanco del estudio. Los presentadores dieron paso a otros titulares.
Varios murmullos se sucedieron alrededor de Salem y la trajeron de vuelta al presente. A la cafetería. «Espabila», se reprendió, y se mordió de nuevo el interior del carrillo. La pequeña cafetería fue su primera parada tras poner un pie en el campus, y se había convertido en paso obligatorio matutino desde hacía una semana. Ubicada en la calle principal fuera del campus, La cafetería de los libros, o «Cafetelibro», como la llamaban los estudiantes, hacía honor a su nombre: hileras de estanterías llenas de libros cubrían toda una pared a la derecha de Salem. Había una barra y un mostrador de bebidas en la pared adyacente a la entrada principal. Las muchas ventanas a la izquierda ofrecían una visual sin obstáculos de las puertas principales de la universidad: enormes, altas, de hierro forjado, pintadas de negro y con el emblema de la universidad en plata y oro justo en el centro. Aquellas ventanas también llenaban el espacio de luz. Había mesas, algunas separadas y otras frente a sofás, que ocupaban el resto del espacio, intercaladas con plantas y lámparas. La atmósfera era agradable, acogedora, a diferencia de lo que cualquiera esperaría de una comunidad universitaria de ultraélite.
Había sido Olivia quien le había hablado de aquel café.
«Céntrate en el presente».
Salem se acercó al mostrador. Aditi, otra estudiante que disfrutaba de una beca completa debido a que tenía una cabeza demencialmente privilegiada, se encontraba tras el alto mostrador, con un delantal atado alrededor de su largo cuello. La mente de Salem, ociosa, se preguntó si se habría usado alguna vez un delantal como arma del crimen, quizá para estrangular a alguien. Tendría que buscarlo en internet.
Aditi se giró hacia ella y esbozó una cálida sonrisa que pareció más genuina que las sonrisas que habían rodeado a Salem en su infancia.
—¿Qué tal, Salem? —saludó la chica en tono ligero—. ¿Lo de siempre?
Salem asintió y colocó el carnet universitario sobre la máquina, para que el importe se cobrase a su cuenta mensual. Aunque el resto del pueblo donde estaba la universidad no funcionaba así, la Cafetelibro era uno de los lugares más frecuentados fuera del campus. Uno de los motivos por los que Salem disfrutaba de venir a primera hora de la mañana en los últimos días era lo poco atestada que se encontraba. La mayoría de estudiantes seguía en la cama tras el desenfreno de las fiestas hasta altas horas de la noche de la primera semana de bienvenida. Desde que había encontrado aquel sitio, Salem podía pedirse un café y buscarse un buen lugar cerca de una ventana donde pasar unas cuantas horas investigando o bien observando a la gente.
—Bueno, ¿tienes ganas de que empiecen las clases mañana? —preguntó Aditi, sacándola de sus pensamientos, mientras esperaba a que saliese su bebida.
Salem asintió.
—¿Y tú? —preguntó, tal y como exigían los buenos modales.
—Ay, sí —dijo ella con entusiasmo—. Me muero de ganas de ir a la facultad de Arte. Es una pasada que Mortimer nos deje elegir nuestros propios módulos. Creo que no hay otra universidad del mundo que fuese a permitirme hacer Bellas Artes con tanta variedad de asignaturas secundarias.
Salem tenía que admitir que sí; era una de las partes más increíbles de Mortimer. A los estudiantes, que solían venir de familias pijas y estudiaban todas sus vidas con ciertas metas en mente, se les permitía crear su propio currículum académico con un máximo de seis asignaturas de una lista de módulos durante el primer año de estudios. Podían especializarse a partir del segundo año. Mortimer tenía cuatro facultades principales dentro del enorme campus: la facultad de Arte, la facultad de Ciencias, la facultad de Administración Empresarial; para estudiantes no licenciados; y la escuela de Derecho, para los de posgrado. En cada facultad se enseñaban diversas asignaturas, pero se permitía que los estudiantes experimentaran el primer año y decidieran qué módulos encajaban mejor con ellos.
—¿Qué materias vas a cursar? —le preguntó Aditi, apoyando los codos en el mostrador.
—Sobre todo asignaturas relacionadas con criminología —contestó Salem—. Y un módulo de psicología. Quiero ver si vale la pena como asignatura secundaria el año que viene.
Lo normal es que no hubiera hablado tanto, pero Aditi era una de las personas más agradables que conocía. Literalmente se habían topado la una con la otra el día en que se mudaron al bloque de residencias univer
