1
Sueña con su madre.
La piel caoba se ve más intensa y oscura bañada por el tono sepia que tamiza la cinematografía de su sueño. Los ojos, profundos y almendrados, centellean como luciérnagas al mirarlo. El pelo, corto por detrás y ensortijado por arriba, también parece refulgir. Lleva puesto el mismo pijama de enfermera que vestía el último día que la vio. El dobladillo de la pernera izquierda del pantalón está salpicado de gotitas de sangre que recuerdan un tatuaje de henna abstracto.
En el sueño, él alarga la mano en su dirección —no la mano que luce el reloj de doce mil dólares, sino la de su yo de dieciséis años—, pero, antes incluso de rozarla, su madre se desvanece como una polaroid inversa.
Y entonces se despierta con su nombre en los labios.
El sabor de la mujer que yace a su lado también lo espera. Espera que su lengua y su vergüenza redescubran ese sabor. Ella se da la vuelta y pasa un esbelto muslo color canela por encima del suyo al tiempo que murmura su nombre.
—Roman.
Lo dice con la solemnidad de una plegaria. Él rueda en la dirección opuesta, alejándose de ella. Sabe su nombre artístico, pero ahora mismo no le viene a la mente.
—¿Mmm?
—¿Vamos a desayunar? —pregunta ella.
Ambos se remueven, cambiando de postura hasta que la mujer se acurruca con la espalda pegada al torso de Roman, las rodillas recogidas casi hasta el pecho.
Él cierra los ojos e inhala profundamente.
—Mmm... —murmura.
Posa la mano en la parte baja de la espalda de la mujer y dibuja leves círculos con las yemas de los dedos.
—¿Podemos ir a Mammy’s? Me muero de hambre —susurra ella.
El nombre se le escapa, pero lo ve escrito en su mente. Lo que pasa es que las letras están embarulladas, como uno de los acertijos del diario que a su madre le gustaba resolver.
La mujer se vuelve hacia Roman, que observa la delicada curva de su mentón, el voluptuoso contorno de los labios. Ella sonríe, y sus ojos azul cielo parecen centellear al mirarlo. Cuando le preguntó si eran lentillas, ella había amagado en broma con propinarle un puñetazo. Tenía los ojos brillantes como...
Zafiros. Eso es, se llama Saffire. Y su amiga, la que ahora estaba en el cuarto de invitados con su amigo Khalil, se llamaba Genesis. Todos ellos habían sido invitados a la fiesta de lanzamiento del single de Lil Glock 9, una celebración organizada por la discográfica para alimentar la expectación en torno al nuevo tema, que se estrenaría en las principales plataformas de streaming. Roman sabía que la fiesta era ante todo una formalidad de cara a los fans de Lil Glock, una excusa para postrarse a los pies de su ídolo. A decir verdad, no ganaban mucho dinero con el streaming. Era con las giras y conciertos que el cantante se forraba, aunque habían dejado de ser el filón de otros tiempos. La empresa de gestión patrimonial de Roman había ayudado a Lil Glock 9, cuyo verdadero nombre era Franklin Parrish, a optimizar sus ganancias al tiempo que lo alejaba del punto de mira de Hacienda. A lo largo de los años, esa optimización empezó a exigir una contabilidad cada vez más creativa, pues los sellos discográficos se quedaban una parte creciente del pastel mientras los artistas como Lil Glock se desvivían por aparentar que seguían en la brecha.
Roman recordaba vagamente que Khalil le había presentado a Saffire antes de que se fueran a su piso, cruzando Decatur a toda velocidad en su Porsche.
«Mi Porsche de 2012», pensó. Predicaba responsabilidad fiscal a sus clientes, pero no había muchos que quisieran conducir un Porsche matriculado hacía diez años, ni lucir joyas alquiladas en compromisos sociales o rodajes de videoclips. Roman era consciente de que debía mantener ciertas apariencias como gestor financiero en una de las ciudades más ricas de Estados Unidos, pero no tenía intención de arruinarse en pos de esa imagen.
—No pienso alquilar una puta mierda. Mis cosas son mías —había dicho Lil Glock, y en vano intentó Roman explicarle el concepto de depreciación.
Oyó una voz masculina, seguida de una risa femenina, ambas procedentes del salón. Khalil y Genesis también estaban despiertos. Segundos después, alguien llamó a la puerta de su habitación.
—Oye, Rome, bajamos a comer algo. ¿Os apuntáis? —preguntó Khalil.
Roman lo imaginó al otro lado de la puerta, golpeteando la madera con sus enormes nudillos tatuados, poco menos que bloqueando el paso con su corpulenta figura. Khalil era el encargado de seguridad de buena parte de las élites de Atlanta. Se movía por ese mundo como un delfín que surcara las olas guiando a un marinero perdido, pero Roman sabía qué simbolizaban esos tatuajes y también que Khalil no era un delfín, sino más bien un tiburón.
—Sí, deja que me... —empezó a decir, pero el tono de llamada de su móvil lo interrumpió a media frase.
Se zafó de los muslos de Saffire y cogió el móvil de la mesilla de noche. El sol de la mañana se elevaba sobre el centro de Atlanta, iluminando la silueta de los edificios que se recortaban sobre el horizonte como la llama de una lámpara de aceite. Roman miró la pantalla táctil mientras sonaba Para Elisa.
Era Neveah.
Respiró hondo y contestó. Algo chungo había pasado. Neveah nunca llamaba salvo que hubiese pasado algo chungo. De eso podía estar tan seguro como del amanecer que ahora arrojaba su sombra sobre la cama de matrimonio.
—Hola, ¿qué hay? —dijo él.
—Es papá. Ha tenido un accidente, está en coma. Será mejor que vuelvas a casa, Rome —repuso su hermana con una voz que no pasaba de un susurro.
Roman dejó a Khalil y las chicas en su ático y se dirigió al centro, donde las oficinas de Carruthers y Asociados se alzaban entre las numerosas empresas de inversión financiera que parecían brotar como setas en Atlanta.
—Dile a Simon que se encargue de mi reunión con la nueva cantante de Sony —le indicó a su ayudante, Keisha, que se puso a tomar notas en la tableta como una posesa—. Que Gary y Nick se reúnan con las dos nuevas Housewives of Atlanta. Reprograma la reunión con Elian Rhodes. No quiero que nadie más hable con él. Los Falcons están bastante preocupados porque al parecer es un manirroto. Cancela mi reunión de seguimiento con Lil Glock 9 y aplaza la que tenía programada con los Kee Law Group. No dejes que nadie hable con el presidente de Morehouse hasta que yo vuelva.
—¿Cuánto tiempo crees que estarás fuera? —preguntó ella.
Roman hizo una pausa.
—Lo que tarde en asegurarme de que mi padre no va a morir.
Su vuelo no salía hasta las ocho de la noche. No encontró otro más temprano pese a vivir en una ciudad que se contaba entre los principales nodos de conexión de Delta Air Lines. Le dio tiempo a hacer la maleta, dejar atados los asuntos laborales y darle a Khalil su llave de repuesto. Estaba listo para volver a casa.
Sólo le quedaba una parada más.
Consultó el reloj de pulsera. Había llegado puntual a la cita, pero ahora pasaban diez minutos de la hora acordada. Sabía que ese retraso formaba parte de la experiencia, pero no podía evitar que le escociera un poco.
Estaba sentado en la exquisita y deliberadamente discreta antesala de una lujosa casa de dos plantas construida en estilo colonial clásico al cabo de una calle sin salida que hacía esquina con Peach Tree Road, en el exclusivo barrio residencial de Buckhead. Un tema instrumental de aires New Age sonaba por los altavoces ocultos mientras un incienso de aroma apenas perceptible ardía en los dos extremos de la estancia. Roman se daba golpecitos en la rodilla con el índice siguiendo el compás de la música, que alcanzó un crescendo.
Por fin, Miss Delicate entró por la puerta.
Era alta, casi tanto como Roman, lo que significaba que medía poco menos de metro ochenta. Su piel era tersa y oscura como una noche sin luna. Una larga y gruesa trenza negra le caía por la espalda hasta las firmes y redondeadas nalgas. Roman le echaba entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Era difícil saberlo a ciencia cierta. No tenía una sola arruga en la cara, y lucía un cuerpo más tonificado que la mujer con la que él había pasado la noche, hacía tan sólo unas horas. Si tenía cincuenta, era exactamente quince años mayor que él.
Eso le gustaba. O, mejor dicho, lo necesitaba.
—Ya puedes pasar —dijo ella. Hablaba en tono distendido, pero el mensaje era directo e inapelable.
—Sí, mamá —farfulló Roman con la boca reseca.
Las esposas se le clavaban en las muñecas lo justo para que no olvidara que estaban allí. En realidad, no le dolía. El dolor de verdad vendría después. El escozor de las ataduras era una sensación casi agradable, una sensación familiar que le brindaba tranquilidad incluso cuando su respiración se convirtió en un rápido jadeo. No tenía miedo. Confiaba en la palabra acordada de antemano. Miss Delicate lo soltaría en cuanto la pronunciara. En el preciso instante en que esa palabra escapara de sus labios, sería libre.
Físicamente, al menos.
Sin embargo, había un lugar en su mente, entre la penumbra del deseo y la oscuridad de la autoflagelación, donde el tiempo discurría más despacio y el mundo real se desvanecía, donde la palabra segura no surtía efecto. Donde Miss Delicate hacía caso omiso de sus protestas. Donde obtenía lo que anhelaba en lo más profundo y tenebroso de su corazón.
Penitencia. Castigo. Absolución.
Por lo general, acudía a ese lugar una vez al mes, salvo que tuviera una semana especialmente estresante, como sucedía cuando uno de sus clientes intentaba convencerlo para que invirtiera todos sus ahorros, casi cuarenta millones de dólares, en una empresa de criptomoneda. Era en esas ocasiones —cuando se sentía como Atlas cargando sobre los hombros todo el peso de la existencia de sus clientes, de sus legados, de su prosperidad merecida o inmerecida— cuando iba hasta allí para una sesión «adicional».
Sabía que, en muchos sentidos, era un cliente estereotípico para alguien como Miss Delicate. Un próspero hombre de negocios deseoso de renunciar al poder que ejercía alegremente durante la jornada laboral y someterse a la voluntad de otra persona. Y, a decir verdad, algo de eso había. Pero ése era sólo uno de los motivos por los que iba allí, por los que buscaba ese tipo de lugares. Aquello no iba de sexo. Era algo sexual, desde luego, pero no iba de sexo. La sexualidad era tan sólo la pluma de la que se valían para escribir la historia que él necesitaba leer una y otra vez.
La historia en la que él impide que su madre salga de casa ese día y desaparezca sin dejar rastro. La leyenda popular en la que encarna al héroe clásico que evita que su madre se desvanezca como el rocío con los primeros rayos de sol.
Miss Delicate bordeó la cruz de san Andrés, hiriendo el suelo a cada paso con sus tacones de aguja, y se detuvo a su espalda. Roman notó su aliento en la nuca.
—¿Estás arrepentido? ¿Te arrepientes de ser tan mal hijo? —le preguntó Miss Delicate. Su voz sonaba más grave que en la antesala, pero igual de melodiosa y rica en matices.
Un ángel con una aureola negra.
—Lo siento, mamá —susurró Roman.
Miss Delicate volvió a situarse delante de él. Sostenía un azote de nueve tiras anudadas en las puntas. Lo desplegó y las tiras de cuero restallaron como las secas y susurrantes alas de un murciélago.
—No te creo —dijo.
Una hora después, Roman se estaba abotonando la camisa azul claro de Blugiallo mientras Miss Delicate —huelga decir que no era su nombre real—, guardaba sus juguetes bajo los cálidos y rosados leds que punteaban el techo siguiendo el perfil de una moldura decorativa. Roman pensaba a menudo que ese lugar tenía menos de mazmorra gótica que de lujurioso boudoir.
Equipado con un azote de nueve tiras anudadas.
Se aclaró la garganta.
—Tengo que cancelar la sesión de la semana que viene. Mi padre ha sufrido un accidente de tráfico y debo ir a Virginia. No sé cuánto tardaré en volver —dijo en voz queda.
Miss Delicate chasqueó la lengua.
—Y, sin embargo, ¿vienes a verme antes de subirte a un avión para sentarte a la cabecera de tu padre? —preguntó.
Roman notó que le ardían las mejillas.
—Sí. Verás... Es que... No voy mucho por casa. Me trae malos recuerdos. Esto me ayuda a sobrellevarlos —repuso.
Ella se le acercó repiqueteando en el suelo con los tacones de aguja negros. Se plantó frente a él, mirándolo a los ojos. Roman percibió su sudor. Había pedido y recibido una sesión intensa. Bajo el sudor, distinguió el aroma de su jabón o gel de ducha. Y, por debajo de éste, su olor natural, crudo y embriagador.
—La sesión ha terminado, pero considéralo una muestra de cortesía profesional. Nunca te lo perdonarás si le pasa algo a tu padre estando tú aquí. Y ya tienes un problema con los remordimientos —dijo sin alzar la voz.
Luego se inclinó hacia delante y le susurró al oído:
—Te gusta crear situaciones en las que necesitas ser castigado, aunque tengas que castigarte a ti mismo. Pero ahora no se trata de eso, sino de tu padre. Vete ahora mismo —dijo.
—Ya me voy, sólo quería... Necesitaba... —balbuceó, pero ella lo interrumpió con un arqueo de ceja.
—No era una petición —zanjó con brusquedad.
Horas después, Roman iba sentado en primera clase, bebiendo a sorbos un Jameson con hielo en un vaso de plástico mientras los auxiliares de vuelo repasaban los protocolos de seguridad, algo que siempre se le antojaba un tanto ridículo. Los cinturones de seguridad en un avión eran como los cascos en un salto con paracaídas: servían sobre todo para tranquilizarte ante ese viaje indeciblemente peligroso que estabas a punto de emprender. En un combate entre el cuerpo humano y el suelo, este último era imbatible.
Apuró la copa y cerró los ojos. Pensó en el poder de las tragedias. En cómo irrumpían en tu vida de pronto y ponían el mundo patas arriba sin la menor contemplación. Roman había salido durante algún tiempo con una física teórica que tenía la costumbre de recostarse sobre su pecho después de hacer el amor y hablarle de sus hijos, que eran casi de su edad, o del último artículo que había publicado en alguna revista científica, pero una noche se puso a hablar sobre la naturaleza del universo en un tono casi bíblico.
«Antes temía que el universo fuese malvado. Ahora casi desearía que lo fuese. Porque con el mal se puede negociar, el mal tiene un propósito, por horrible que sea. Pero la conclusión a la que he llegado es que el universo es indiferente, y eso es mucho más aterrador», había concluido.
Mientras el avión enfilaba la pista de aterrizaje, Roman pensó que no estaba de acuerdo con ella. El universo era tan malvado como indiferente. Era cruel y estúpidamente insensible a la vez, como un dios que surcara el tiempo y el espacio rebosante de ira y desprovisto de compasión.
Bajo sus párpados cerrados se proyectaba una película protagonizada por su madre, que llevaba diecinueve años desaparecida, y por su padre. Los vio desvanecerse, reducidos a polvo y barridos por el viento, mientras el universo se encogía de hombros y seguía su camino.
2
Nada más tomar tierra en el aeropuerto internacional de Richmond, Roman llamó a Neveah, que contestó al instante con una voz rasposa como el papel de lija.
—¿Sí?
—Soy yo —dijo Roman.
—Ah, ni siquiera he mirado el móvil. Pensaba que llamaban del hospital. ¿Qué hora es?
Roman miró el reloj.
—Las diez menos veinte. ¿Estás en la casa? —preguntó.
—Sí.
—¿Y Dante? —preguntó Roman.
Su hermana emitió un sonido a medio camino entre un resoplido y un refunfuño.
—No lo he visto desde el accidente. No sé dónde anda. Para variar —apostilló.
Roman percibió la acritud en su voz y pasó de puntillas sobre ella porque sabía que Dante no era el único destinatario de ese sentimiento, tan sólo el blanco más cercano.
—Estoy en el aeropuerto. Voy a alquilar un coche. ¿Quieres que pase a recogerte o prefieres que quedemos en el hospital? —preguntó.
—Rome, se ha acabado el horario de visitas —señaló Neveah.
—Nev, voy a verlo. ¿Te vienes o no? —replicó Roman.
Neveah no dijo nada durante unos segundos. Su silencio era de lo más elocuente: su hermano imaginó todas las palabras que se abstuvo de pronunciar.
«Ah, ¿ahora sí te preocupas por él?»
«Vale, ¿piensas presentarte aquí como si fueras el amo del universo?»
«Llevas cinco años sin volver a casa. Cinco putos años.»
Nada de esto se transmitió por las antenas de la red móvil ni por la línea telefónica. Lo único que Roman oyó fue un profundo suspiro, una bocanada de aire que su hermana parecía estar reteniendo desde el comienzo de los tiempos.
—Nos vemos allí.
Roman abandonó la Interestatal 64 por la salida de Jefferson Run, siguiendo a un camión articulado que expelía una humareda negra por los dos tubos verticales que flanqueaban la cabina. Se le encogió el estómago mientras enfilaba la suave curva en pendiente de la salida al volante de un sedán y se incorporaba a Harper Street. Dejó atrás la estación de autobuses abandonada, el primero de los cuatro semáforos de esa zona de Jefferson Run y dos videoclubes para adultos, anacronismos que sobrevivían gracias a la lascivia de los habitantes de Jefferson Run. Los videoclubes, situados uno enfrente del otro, también vendían juguetes sexuales, disfraces y falsas viagras. Eran auténticos cuernos de la abundancia destinados a satisfacer los más bajos instintos carnales.
«Serás hipócrita», pensó mientras se reacomodaba en el asiento del coche de alquiler y notaba los verdugones en la espalda. Pasó delante de incontables restaurantes mexicanos y oficinas de cobro de talones, así como una tienda de compra-venta de objetos de segunda mano y luego más edificios y almacenes abandonados. Dobló a mano izquierda para tomar Lillyhammer Street y dejó atrás Church’s Chicken, un negocio que se negaba obstinadamente a desaparecer, con un personal tan avezado a repartir muslos de pollo como mandobles.
Roman se detuvo frente a una señal de stop. A la izquierda quedaba el hospital, pero, si giraba en sentido contrario y se dirigía a las lindes de la ciudad, se toparía con un polígono industrial, una de esas monstruosidades urbanísticas inspiradas en el brutalismo. La mayor parte de las empresas que había allí cuando él era pequeño habían desaparecido —lo sabía por las conversaciones que tenía con su padre—, pero el crematorio de los Carruthers seguía en pie, un monolito de ladrillo rojo y polvoriento que descollaba sobre la decadente silueta de la ciudad de Jefferson Run.
Roman pensó que llamar ciudad a Jefferson Run era tan generoso para el antaño bullicioso pueblo como insultante para las ciudades dignas de ese nombre del insigne estado de Virginia. Cuando cursaba el último año en el instituto Jefferson Run High, había hecho un trabajo sobre la otrora célebre industria manufacturera de su ciudad natal. Situada en la confluencia de dos ríos y sendas carreteras interestatales, Jefferson Run había conocido en el pasado una gran actividad industrial. La ciudad había albergado una gran fábrica de pastillas de freno para la automoción, almacenes tabacaleros, una fábrica de botes de conservas y uno de los campus universitarios para afrodescendientes más antiguos del estado, la Prosser State University, cuyos alumnos se hacían llamar Poderosos Ciervos, algo que a Roman siempre le había parecido desternillante.
Mientras iba hacia el hospital, circulando entre edificios tapiados y farolas rotas, pensó que Jefferson Run —o Jefferson Got the Runs, «Jefferson Tuvo un Apretón», como sus amigos y él la llamaban en su día— era como un paciente conectado a un respirador artificial, demasiado empeñado en sobrevivir para darse cuenta de que está muerto.
No se le escapaba que la misma analogía podría aplicarse a su padre, que yacía atrapado en esa especie de limbo que hay entre la vida y lo que quiera que venga después. Sin embargo, Keith Carruthers no era una urbe moribunda, sino un hombre que lo había sacrificado todo por su familia. Más de lo que la mayoría alcanzaba a imaginar. Pero aún no estaba muerto, y Roman no estaba dispuesto a dejarlo marchar, ni de coña.
Vio a Neveah plantada en el vestíbulo del hospital, abrazada a sí misma. Había heredado las hechuras de su padre: delgada pero enjuta, la tez canela. El pelo cortado casi al rape acentuaba sus grandes ojos y el perfil de unos labios carnosos. Era una mujer hermosa, pero Roman advirtió en el rostro de su hermana los estragos del tiempo, que acechaba los contornos de sus facciones. Había pasado años ayudando a su padre a dirigir el crematorio mientras Roman estaba en Atlanta, la nueva meca negra, haciéndose un nombre a fuerza de codearse con los pijos locales, y Dante... en fin, Dante desempeñaba el rol del pequeño príncipe.
—Hola —dijo Roman.
Neveah se volvió en su dirección y frunció los labios en una tensa línea que sólo con muy buena voluntad podría considerarse una sonrisa. Roman se dirigió hacia ella y la rodeó con los brazos, y, tras unos instantes, su hermana le devolvió el abrazo. Sí, había resentimiento entre ambos, y no, él no había arrimado el hombro cuando debería haberlo hecho, pero eran hermanos, al fin y al cabo. Los tres —Dante, Neveah y Roman— habían compartido un mismo útero, habían llegado al mundo gracias a la misma alquimia de amor, pasión y dependencia que había entre sus padres. Esa magia los mantenía unidos para siempre, por más que sus padres quedaran excluidos de ese sentimiento solidario. Eran hermanos, sangre de la misma sangre. Nadie más podía saber o comprender lo que ellos compartían. Se guardaban los secretos unos a otros, como ocurre en la mayor parte de las familias.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Roman.
Neveah le frotó la espalda antes de desasirse. Roman intentó no estremecerse de dolor cuando su mano pasó sobre los verdugones todavía en carne viva.
—Un camión lo embistió cerca de las vías del tren, y su furgoneta chocó con un vagón. Los médicos dicen que tiene las dos caderas rotas. Nueve costillas fracturadas. Hemorragia cerebral. Hasta tiene un meñique roto, Rome —añadió Neveah, y rompió a llorar.
—Vamos a verlo. Necesito verlo —dijo Roman.
—No te dejarán pasar. Son más de las nueve —repuso ella.
—Voy a ver a mi padre. ¿En qué habitación está?
—En la doscientos cuarenta y cinco, pero te estoy diciendo que no nos dejarán pasar.
Roman no replicó, sino que enfiló el pasillo siguiendo un letrero que decía HABITACIONES 201-245 y se encaminó al mostrador semicircular de enfermería. Una mujer blanca de piel bronceada y el pelo rubio recogido en un moño tirante tecleaba en el ordenador cuando él pasó por delante del mostrador.
—Perdone, señor, pero se ha acabado el horario de visita —dijo.
Roman se detuvo y se volvió hacia ella.
—Acabo de llegar en avión desde Atlanta. Mi padre está ingresado y, por lo que tengo entendido, en estado de coma. No quiero complicarle la vida a nadie, pero voy a ver a mi padre. Si quiere llamar a seguridad o a la policía, allá usted, pero mi hermana tiene un móvil y me aseguraré de que grabe toda la escena. Mañana a primera hora el Jefferson Run Memorial estará en todas las redes sociales y se hará viral por haber maltratado al hijo de un empresario local que sólo quería ver a su padre enfermo. No querrá que eso ocurra, ¿verdad? —preguntó Roman.
La enfermera se ruborizó a pesar del bronceado.
—Por favor, que no pase de cinco minutos —alcanzó a decir con un hilo de voz.
Los fluorescentes emitían una tenue luminosidad que teñía la estancia de azul, dándole un aire subacuático, como si estuvieran todos sumergidos. Su padre yacía tumbado boca arriba con los ojos cerrados y la boca ligeramente entreabierta; por ella asomaba un grueso tubo transparente. En el rincón, un respirador bombeaba aire. Roman se acercó a la cabecera de la cama y le asió la mano con delicadeza. Palpó las cicatrices, las quemaduras, los surcos y rasguños de esas manos que contaban una historia de determinación y reveses. De éxito y pesar.
Estrechó la mano de su padre. Esperaba que él le contestara apretando la suya, pero permaneció inerte. Neveah se colocó al otro lado de la cama y apoyó las manos sobre la barandilla.
—El médico dice que deberíamos hablarle, que las personas en coma escuchan lo que les dicen. No sé si me lo trago —añadió.
Roman volvió a estrechar la mano de su padre.
—Soy Rome, papá. Estoy aquí —dijo.
El rostro de su padre permaneció impasible.
—¿Cuánto tiempo te quedarás? —preguntó Neveah.
Roman se encogió de hombros.
—No lo sé. He dejado un montón de cosas pendientes, tendré que volver a casa en algún momento.
—Atlanta se ha convertido en tu casa, claro —repuso Neveah. Roman hizo caso omiso del comentario—. Te lo pregunto porque tengo algo así como seis cadáveres esperando para entrar en el horno durante los próximos días. Se supone que Dante iba a echarme una mano, pero no he sabido nada de él desde el accidente. Por llamarlo de algún modo —añadió.
—¿Qué quieres decir?
Neveah se pasó la lengua por los labios.
—Cerca de dos semanas antes de que esto pasara, alguien rajó todos los neumáticos de las dos furgonetas. Y la semana anterior alguien escribió «187» en la puerta del crematorio con pintura en espray. ¿Y ahora un camión saca a papá de la carretera? A mí me parecen demasiadas casualidades —concluyó Neveah.
—¿Quién querría hacerle daño? Tampoco es que compita con otros crematorios por el negocio. Como él dice, mientras la gente se muera, no le faltará trabajo —dijo Roman.
—No lo sé, y eso es lo que me quita el sueño. Pero, como te decía, ¿podrías venir al taller mañana? Tengo un fiambre que pesa nada menos que doscientos setenta kilos.
Roman soltó la mano de su padre. Hizo ademán de secarse los ojos, aunque no había lágrimas que enjugar. Quería llorar, pero era como si la conmoción de ver a su padre conectado a todos esos tubos y máquinas hubiese cerrado la compuerta de su corazón y levantado un dique que contenía las lágrimas.
—Claro, me acercaré.
—Gracias —dijo Neveah.
—Ya sabes que no tienes que darme las gracias por nada —repuso Roman.
El móvil de Neveah empezó a vibrar. Lo sacó del bolsillo de los vaqueros.
—Oye, ahora vuelvo.
—¿Es Dante? —preguntó Roman.
—No —contestó ella mientras salía de la habitación.
Roman volvió a estrechar la mano de su padre y luego le tocó el rostro. La piel estaba fresca y húmeda al tacto. Tenía el párpado izquierdo entornado, revelando una rendija blanca.
Roman se estremeció, respiró hondo y se volvió para seguir con la mirada a su hermana, que se había apoyado en la pared del pasillo y hablaba en susurros. Apartó los ojos para concederle cierta privacidad, pero no pudo evitar oír el final de la conversación.
—Ya, bueno, lo intentaré. Tú mándamelo al móvil. He dicho que lo intentaré. Estoy aquí con mi hermano, hemos venido a ver a mi padre. Ajá, vale. Hasta luego —dijo Neveah antes de guardar el móvil en el bolsillo y volverse hacia Roman. Había una expresión en su rostro que no alcanzó a descifrar del todo. No era ira, pero tampoco alegría, sino más bien resignación.
—Me voy a la casa —anunció él.
—Coge la llave. Tengo que ir a hacer algo. Déjala debajo de la maceta del porche —dijo Neveah, sacando un manojo de llaves del bolsillo y extrayendo una del aro metálico. Se la dio a Roman.
—Vale. ¿Estás bien? —preguntó él.
—No. No soporto verlo tirado en esa cama. No soporto la idea de llevar el crematorio yo sola. Es como si volviera a perder a mamá. No estoy bien, Rome, para nada —repuso ella.
Roman posó una mano sobre su hombro.
—No lo decía en ese sentido.
Neveah le dio unas palmaditas en el dorso de la mano y luego blandió la suya como quitándole hierro.
—Lo sé. Lo que pasa es que ha sido un año difícil. Estamos hasta arriba de trabajo. El covid casi acabó con nosotros, y casi siempre estábamos papá y yo solos. No hace nada que la cosa ha empezado a aflojar un poco. —Soltó un suspiro—. Sólo estoy estresada, Rome —concluyó.
Roman quería decirle que todo saldría bien. Que ahora él estaba allí, que juntos enderezarían el rumbo y esta vez él no la dejaría tirada. Quería decirle que su hermano mayor estaba allí para arreglar todo lo que no funcionaba. Pero no lo hizo, porque habría sido mentira. Le echaría una mano al día siguiente porque era lo que tocaba, pero, si era sincero —y sabía que, en el seno de una familia, la sinceridad podía llegar a ser un bien escaso—, no quería trabajar en el crematorio. No quería que el olor a carne carbonizada se le pegara a las fosas nasales, ni las cenizas al pelo. Estaba agradecido por la vida que esas llamas les habían permitido llevar a sus hermanos y a él, pero no quería ser el «rey de las cenizas». Ese título pertenecía a su padre, y a Roman le daba igual que perdurara o ardiera con él.
3
Roman aparcó el coche de alquiler en el camino asfaltado por el que se accedía a la casa que su padre compartía con Neveah y Dante, una vivienda moderna de aire campestre con dos plantas y un porche que recorría la fachada de punta a punta. Sacó las bolsas del maletero y las cargó hasta el cuarto de invitados. Esa casa era tres veces más grande que aquella en la que habían crecido mientras sus padres se deslomaban trabajando y ahorrando para abrir el crematorio. Por entonces Keith Carruthers trabajaba como sepulturero para Bama Mathews Vault Company, a las afueras de Petersburg, y ella era auxiliar de quirófano en el mismo hospital donde ahora estaba ingresado su padre, entre la vida y la muerte. Roman recordaba el calor sofocante que lo envolvía como una mortaja y el frío glacial que lo dejaba helado cuando vivían en una casa móvil de sección única en el extrarradio de Jefferson Run, en el parque de caravanas Shady Hill.
El tiempo y la perseverancia les habían permitido pasar de ese rectángulo de aluminio a esta moderna casa señorial en el reino de las viviendas unifamiliares y las comunidades residenciales cerradas. Una hermosa casa de trescientos setenta metros cuadrados en la que su madre vivió durante seis meses en total antes de desaparecer sin dejar rastro al finalizar su turno de noche en el hospital.
Según la policía, el 6 de junio de 2003, Bonita Carruthers salió del Jefferson Run Memorial y se desvaneció como una nube de polvo barrida por la brisa veraniega.
Roman fue a la cocina, se puso en cuclillas y abrió el armario que había debajo del fregadero. La botella de whisky de su padre seguía allí, como cuando Dante y él, entonces poco menos que adolescentes, le daban sorbitos a escondidas. Se sirvió una copa con dos cubitos de hielo.
Mientras le daba el primer sorbo, se quedó mirando un tarro de cerámica con forma de osito de peluche que descansaba sobre la nevera. Ese tarro llevaba allí desde antes de que su madre desapareciese. El sonriente osito marrón lucía al cuello un lazo rojo y su cabeza era la tapa del tarro. Roman solía decirle a Dante que estaban decapitando al oso cada vez que arrastraban una silla desde el comedor hasta allí para coger galletas a hurtadillas antes de cenar. Tras lo sucedido con su madre, Neveah le afeaba la broma.
—¿Y si alguien la ha matado, Rome? ¿Y si le han cortado la cabeza, joder? —le espetó en cierta ocasión.
—Déjalo ya, ¿vale? —suplicó Dante.
Nunca volvieron a asaltar el tarro de las galletas.
Roman cerró los ojos. Intentó apartar de su mente la imagen de su madre muerta, enterrada en una tumba poco profunda y sin la cabeza.
Bebió otro sorbo y salió al porche. Se sentó en una mecedora a contemplar el cielo crepuscular, que oscurecía por momentos. Tendió la vista más allá del césped, en dirección a la colina que se alzaba en paralelo a las vías del tren. Al pie de esa colina nacía una carretera que cruzaba el corazón de Jefferson Run, pero en ese rincón apartado donde su padre había erigido una fortaleza revestida de vinilo la ciudad era un murmullo apenas audible. En el patio trasero, pasada la barbacoa de obra que había construido a medias con el tío Harold, se alzaba el bosque, siempre al acecho, tal vez esperando el día en que los hombres pulsarán un interruptor o dejarán caer un vaso de precipitados y extinguirán así la luz de la existencia humana como un niño que sopla una vela. Esperando el día en que volverán a tomar posesión de la tierra, el cielo y la noche.
Roman tomó otro sorbo del whisky paterno, un Macallan de veinticinco años. Bajaba como la seda, sin oponer la menor resistencia, como una mujer o un hombre desesperados por todas las cosas que hacen que los hombres y las mujeres caigan de rodillas. Le dio otro sorbo.
A lo mejor el bosque debería recuperar el terreno perdido, pensó. Trató de imaginar qué aspecto tendría Jefferson Run, qué aspecto tendría todo el estado de Virginia, antes de la llegada del hombre. Un jardín del Edén que la humanidad había echado a perder.
—No pienses tanto, chaval —murmuró.
Un par de faros alumbraron la noche al pie de la colina. Al poco, un Dodge Challenger de color rojo aparcó junto a su coche de alquiler. Los faros centellearon en la oscuridad y luego se apagaron. La portezuela del conductor se abrió y Dante salió al camino asfaltado. Cerró el vehículo, hizo una mueca, trastabilló un par de veces, se enderezó y se dirigió a la casa. A Roman no se le escapó su mirada ausente.
Dante iba puesto hasta las cejas.
Roman le dio un último sorbo al whisky y dejó el vaso sobre la mesita que había junto a la mecedora. Se levantó mientras su hermano ponía un pie en el primer escalón del porche. No parecía haber advertido su presencia. Iba vestido como para recibir al otoño en el insigne estado de Virginia: chaqueta de cuero negra sobre una camiseta blanquinegra de la banda de hip-hop The Roots, vaqueros azules de corte ceñido y unas Timberland de toda la vida. En los cinco años transcurridos desde su última visita, Dante se había dejado una tenue perilla. Roman pensó que era más bien la insinuación de una perilla, tan rala que daba la impresión de poder borrarse frotándola con el pulgar y un poco de saliva. El look de neohípster negro se completaba con un corte de pelo rapado a los lados y con una cascada de rizos por arriba.
—Dante —saludó Roman.
Su hermano irguió la cabeza bruscamente y abrió un poco más los ojos.
—¡Rome! ¿Cuándo has llegado? —preguntó. No arrastraba las palabras. De hecho, sonaba perfectamente sobrio y contento de verlo.
—Hoy mismo. Acabo de venir del hospital, de ver a papá —dijo Roman.
Ante la mención de su padre, Dante se estremeció.
—Ah —fue lo único que acertó a decir.
Subió los escalones mientras Roman los bajaba y, cuando se encontraron en el medio, este último lo rodeó con los brazos. Dante le devolvió el abrazo como un náufrago que se aferra a una tabla de salvación. Roman pensó que parecía frágil como un polluelo. Tenía los huesos como de cristal, la piel tan fina como el papel de seda. Se preguntó cuándo habría comido por última vez.
No obstante, lo abrazaba con la fuerza de una trampa para osos.
—Me alegro de verte, tío —farfulló Dante con la boca pegada a su pecho.
—Yo también me alegro. Vamos dentro —dijo Roman.
Entraron en la casa y Dante se fue derecho a la cocina. La botella de whisky seguía sobre la encimera. Roman vio como su hermano le daba un largo trago sin molestarse en coger un vaso.
—¿Qué le ha pasado a papá? ¿Alguien lo atropelló y se dio a la fuga? —preguntó Roman—. Según Nev, la poli cree que fue un accidente, pero ella sospecha que se trató de algo planeado.
—Y yo qué sé, joder. ¿No vas a preguntarme cómo estoy? No hemos hablado en un año —protestó Dante, y le dio otro trago a la botella.
—La semana pasada te mandé un mensaje al móvil y aún estoy esperando que me contestes. Además, no te lo tomes a mal, pero es papá el que está ingresado en el hospital. De momento, tú sigues en pie —dijo Roman.
—Ya sé que está en el puto hospital. Lo sé. Pero me parece que podrías interesarte un poquito por mí, no te hubiese costado nada preguntarme qué tal estoy. Lo cortés no quita lo valiente, joder. Lo cortés no quita lo valiente, tío. Prueba a hacer dos cosas a la vez —dijo Dante. Se echó a reír, pero en su risa se adivinaba un atisbo de desesperación.
—Tienes razón, lo cortés no quita lo valiente. ¿Cómo estás, todo en orden? —preguntó Roman.
Dante apoyó la espalda contra la encimera y se frotó las perneras del pantalón enérgicamente, como si tuviera algo fétido en las manos y tratara por todos los medios de eliminar ese olor.
—Estoy... bien, supongo. Toda esta movida con papá ha sido muy fuerte. Además, Thalia y yo rompimos hace unos meses. Supongo que llevo un tiempo dándole vueltas a todo. Han pasado mogollón de cosas, y ninguna buena. Yo qué sé... —Dante enmudeció y Roman se dio cuenta de que miraba el tarro de las galletas—. A veces me pregunto cómo sería todo si ella siguiera aquí. Papá no hace más que trabajar. Nunca me dice que he hecho nada bien, ni que está orgulloso de mí. Joder, ni siquiera parece que le caiga bien. Pero mamá... Mamá sí lo decía. Era capaz de decirte que te quería más que al sol, la luna y todas las estrellas del firmamento. —Dante se frotó la cara—. Y lo decía de corazón, no sólo porque creyese que debía hacerlo porque había herido tus sentimientos y quisiera hacer las paces. Le salía del alma. Ya no quedan muchas personas así en mi vida, hermanito —concluyó Dante.
Roman notó que se le formaba un nudo en la garganta, duro y afilado como una obsidiana. Él añoraba a su madre igual que Dante, pero no se le ocurriría arrancarse las tiritas ensangrentadas y exponer las heridas en carne viva como acababa de hacer su hermano. Ni siquiera con las numerosas mujeres que se llevaba a la cama o la mujer a la que pagaba para conjurar sus demonios a fuerza de azotes y alaridos. Las sencillas palabras de Dante dejaban al descubierto lo que todos habían perdido ese día: los tres hermanos a una madre, su padre a una esposa y todos ellos la luz que los guiaba. Un faro en la oscuridad que les indicaba el camino de vuelta a casa. Un faro que era también un fuego que les daba calor y les brindaba seguridad como sólo pueden hacerlo los brazos de una madre.
—Sé que a veces papá se hace difícil de querer —empezó Roman—. De pequeño tenía la impresión de que el crematorio era como su cuarto hijo. Pero levantó ese negocio ladrillo a ladrillo. Lo hicieron juntos, mamá y él. Y compró esta casa para todos nosotros. Y me mandó a la Universidad de Georgia. Y te regaló ese Challenger. Lo sacrificó todo por nosotros. Tal vez no sea un hombre cariñoso, pero sí un buen hombre, que no es poco. Tienes que ir a verlo. Ya tardas. Está hecho polvo. No querrás que le pase algo sin que hayas podido despedirte.
Dante clavó los ojos en sus Timberland.
—Voy a ir, ¿vale? Voy a ir. No hace falta que me hagas sentir como una mierda —musitó.
Roman decidió no contestar. No sabía qué podía decir sin sonar moralizante o paternalista. Dante era un hombre hecho y derecho. No tenía por qué hacerle sentir culpable para que fuera a ver a su padre, y sin embargo eso era exactamente lo que acababa de hacer, porque en el fondo la culpa era un poderoso incentivo y no soportaba la idea de que su padre abandonara este mundo sin todos los hijos a su lado. Era algo que no habían podido hacer con su madre.
No dejaría que eso volviese a pasar.
—Vale, mañana iré. Pero ahora mismo me abro. Necesito salir de aquí —dijo Dante, apartándose de la encimera.
—¿Vas a salir? Casi empotras el coche contra la casa. ¿Estás seguro? —preguntó Roman.
Dante puso los ojos en blanco.
—He vuelto a casa en peores condiciones. Sólo voy a acercarme a Millicent Avenue —se excusó Dante.
—¿Qué hay allí ahora? Antes estaba la lavandería automática y ese bar de country, cómo se llamaba... ¿El Cactus Dorado? —aventuró Roman.
—No, la Espuela Dorada, pero tenían un gran letrero luminoso con un cactus. Ese bar chapó, tío. Ahora hay una discoteca en su lugar, Candy’s. Es un sitio guay. Nos vemos mañana —dijo Dante.
—¿De verdad vas a ir hasta allí después de haber llegado a casa dando tumbos? —le preguntó Roman.
—Una de las cosas buenas de ser adulto es que no tengo que pedir permiso para nada —replicó Dante entre risas. Se fue hacia la puerta, pero se detuvo de pronto—. Sabes qué, si tanto te preocupas por mí, ¿por qué no me acercas con mi coche? Ya sé que un garito de toda la vida en Jefferson Run no puede competir con Hotlanta, pero por lo menos aquí puedes tomarte una copa con tu hermano, joder. ¿A que eso no lo tienes allá? —dijo Dante, mordiéndose el labio inferior y arqueando las cejas.
—O sea que, para evitar que pierdas el carnet, y puede que la vida, tengo que ir a beber whisky de garrafón rebajado con agua al último tugurio que han abierto en el pueblo, ¿no? —preguntó Roman.
—Tal como lo dices suena espantoso. A ver, es espantoso, pero tampoco hace falta que cargues las tintas —dijo Dante.
Su hermano se lo quedó mirando de hito en hito.
Dante le sostuvo la mirada.
Roman rompió a reír. Era la primera vez que se reía desde que Neveah lo había llamado esa mañana. Fue una carcajada espontánea y sincera, y debía reconocer que, pese a todo lo que estaba pasando, le sentó de maravilla.
—Venga, pardillo, vámonos a beber whisky del malo y a comer un muslo de pollo metido entre dos rebanadas de pan al que llamaremos bocadillo —dijo Roman.
—Ves, ya estás hablando como si fueras de Jefferson Tuvo un Apretón y no un pijito de Atlanta —replicó Dante mientras salían por la puerta.
4
Candy’s ocupaba un antiguo almacén, una construcción independiente castigada por los elementos que había albergado el mencionado bar country en la esquina de Millicent Avenue y Lady Smith Boulevard. Roman se preguntó, no por primera vez, qué beldades habían inspirado tantos nombres de calles en Jefferson Run. También se preguntó qué pensarían si vieran el lamentable estado de las vías que llevaban su nombre.
Detrás del antiguo almacén había un inmenso solar desierto que hacía las veces de aparcamiento de Candy’s. Roman se desvió de Millicent Avenue antes de llegar a la esquina y enfiló un callejón que quedaba entre la discoteca y la antigua lavandería automática que ahora se caía a trozos. El arrurruz y la madreselva habían abrazado el edificio como viejos amantes que se reencuentran tras una larga separación, la clase de amantes con los que uno teme toparse en cualquier momento pese a haberse mudado a la otra punta del país.
Roman se dirigió al extremo más alejado del solar y aparcó. Le gustaba ese coche. No sabía si le ganaría la partida a su Porsche, pero no hubiese apostado en su contra. Mientras cruzaban la ciudad, el motor parecía frustrado por no poder superar el límite máximo de velocidad. Khalil le había hablado en cierta ocasión de un blanco sureño al que había conocido mientras llevaba a cabo tareas de «seguridad» para unos clientes que traficaban con armas a lo largo de la Costa Este a través del llamado «oleoducto de hierro». Al parecer, ese tipo era capaz de pasar por el ojo de una aguja yendo marcha atrás a ciento sesenta kilómetros por hora y se había hecho famoso por protagonizar fugas muy sonadas al volante de un coche. Roman pensó que alguien así tendría todas las de ganar en una carrera con el Challenger, fuera cual fuese el otro coche.
—Como te digo, es un local relajado. No como ese garito que hay cerca de las vías del tren. Allí hay tantos tiroteos que deberían darte un chaleco antibalas con la entrada —comentó Dante.
—¿Tan mal está la cosa? No me extraña que el negocio le vaya viento en popa a papá —repuso Roman.
Dante enmudeció de nuevo. Parecía alternar entre exclamaciones de júbilo y silencios meditabundos. Roman sabía que su hermano se debatía entre sentimientos encontrados. Era el benjamín de la familia, no sólo cronológicamente, sino también en el plano emocional. Lo recordaba llorando a moco tendido cuando tenía siete años al ver como su padre mataba una víbora cobriza con un hacha en el patio trasero. Dante estaba convencido de que la familia de la víbora la echaría de menos. Neveah y Roman se habían desternillado de risa a costa de su hermano pequeño y la preocupación que sentía por los deudos de un reptil venenoso.
Cuando su madre desapareció, ya no les pareció tan gracioso.
Dante se estremeció, resopló, carraspeó y se recompuso.
—Sí, esto se ha puesto bastante chugo. Venga, entremos de una vez. Te presentaré a las chicas de nueve de Jefferson Run. En Atlanta no pasarían de un seis, pero menos da una piedra —dijo Dante. Sonrió, pero era una sonrisa forzada.
Pagaron la entrada y franquearon la puerta de Candy’s.
El local estaba decorado con leds que cubrían todos los cantos y aristas imaginables. Había tiras de leds rojos a lo largo de la barra. Leds azules bordeaban la moldura que recorría todo el perímetro del techo. Las mesas situadas frente a la barra estaban iluminadas desde abajo por un tenue resplandor blanco. Detrás de éstas había una pequeña pista de baile rodeada de arte pop elaborado con fluorescentes y leds. Consignas del tipo NADA DE COCA EN EL BAÑO o DEJA DE BEBER ANTES DE MANDAR ESE MENSAJE compartían espacio en las paredes con corazones hechos de tubos fluorescentes que se habían estirado y retorcido como si estuvieran hechos de caramelo.
—Venga, deja que te invite a una copa —dijo Dante.
Se abrió paso entre el gentío hasta llegar a la barra y acomodó su delgada silueta sobre uno de los taburetes mientras Roman hacía lo propio.
A decir verdad, se respiraba una agradable mezcla de ambiente rústico sureño y sofisticación de pueblo con aspiraciones. La música evocaba carreteras de tierra roja y el blues pasado por el filtro hiphopero del Dirty South.
Unas pocas personas reconocieron a Roman, más de las que hubiese dicho. Había evitado volver durante media década, y sin embargo ahí estaba la gente, dándole las consabidas palmadas en la espalda e incómodos apretones de mano que parecían no acabar nunca.
El hecho de que él reconociera tantos rostros era reconfortante y un poco deprimente a la vez. No resultaba fácil irse de Jefferson Run, y menos aún dejarlo atrás.
Dante pidió dos chupitos de Jameson y dos Crown-and-Coke. Tres encantadoras chicas negras se acercaron a Dante mientras hablaba con el camarero.
—Gran D., ¿nos invitas a una copa a mis amigas y a mí? —preguntó una de ellas, que lucía una melena afro de color azul pastel.
Tenía fundas de oro en los cuatro incisivos centrales y ojos claros como gotas de platino líquido. Llevaba unos vaqueros tan ceñidos que Roman pensó que bien podría haber nacido con ellos puestos, y una camiseta babydoll
