Esa noche

Gillian McAllister
Gillian McAllister

Fragmento

Prólogo

1

Cathy

Cathy responde a la llamada que suena en mitad de la noche porque aún está despierta, trabajando. Reclamando los análisis de sangre de un labrador que la tiene preocupada. Los resultados ya se retrasan más de la cuenta, y el precario wifi de la casa de vacaciones se corta una y otra vez mientras intenta enviar un e-mail.

«Frannie. Desliza para responder». Cathy echa un vistazo a la parte superior de la pantalla para mirar la hora. La 1.25. Hay una completa oscuridad alrededor de la burbuja de luz azulada del teléfono. Lo único que ve ahora es a su hermana, llamándola en plena madrugada. Llamándola a ella porque sabe que estará sola: porque ya se sabe que Cathy siempre está sola, tanto durante las vacaciones como en casa.

Se incorpora en la cama y desliza el icono para contestar. La sábana se le escurre hacia un lado. Lleva puesto un pijama incluso en medio del calor de Italia. No le parecía bien dormir desnuda. Ese lujo queda reservado —eso espera— para el futuro, junto a un hombre todavía desconocido.

—Ayúdame, por favor. Ayúdame —le grita Frannie en cuanto responde. Cathy siente como una descarga eléctrica que le recorre el pecho y le baja por los brazos.

—¿Qué? ¿Qué? —dice. Se le forman gotas de sudor en el labio superior y entre los pechos.

—Por favor, ayúdame —repite Frannie.

—¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien?

—Ven, por favor. Estoy en el camino. Toma el desvío de la derecha y luego dobla a la izquierda. Medio kilómetro como máximo —farfulla Frannie.

Cathy espera. Aguarda a que Frannie se explique.

—Es él. El hombre del mercado —dice, y luego cuelga.

Él.

Mierda.

Se levanta de la cama y empieza a buscar a toda prisa unas prendas que echarse encima. Encuentra unos shorts de color rosa que se compró en Verona hace un par de días y se los pone. La etiqueta del precio le rasca la parte baja de la espalda.

¿Por qué le habrá colgado? Cathy la llama otra vez, pero el teléfono suena y suena sin que responda.

Se calza sus chanclas polvorientas y coge el bolso. Cuando sale de la villa sumida en el silencio, sin preocuparse de si va a despertar a alguien, el retumbo del gran portón de madera al cerrarse suena a su espalda como un disparo en la noche.

Las afueras de Verona están completamente oscuras a estas horas. Incluso después de una semana y media, Cathy no se ha acostumbrado aún. Le cuesta ver sus propios pies mientras camina.

La única iluminación procede de la ventana de su habitación, que proyecta un rectángulo de luz en el patio. Y luego, cuando se aleja de la villa, nada, como si estuviera en los confines del mundo.

Frannie sonaba muy asustada. La llama de nuevo, pero esta vez salta el buzón de voz. Quizá esté exagerando. Eso espera. A Cathy siempre le han divertido las melodramáticas hipérboles de Frannie, su manera de contar historias desmesuradas. Es la soñadora de la familia. «Hoy había, literalmente, cincuenta perros en la sala de espera», dijo una vez (ella es la recepcionista en la clínica veterinaria familiar). Y, cuando Cathy cuestionó su afirmación, se negó a rectificar. «Sí, te digo que cincuenta», insistía, lo cual le arrancó a Cathy una carcajada. «Habrás tenido que sentar a algunos detrás del mostrador», dijo, mientras Frannie asentía enfáticamente.

Cathy se apresura por el sendero. Las largas y duras hierbas crujen y azotan sus tobillos como serpientes, mientras ella musita en voz alta ruegos absurdos. Por favor, que esté bien. Por favor, que no esté herida, o aterrorizada. Al llegar al final del sendero, se vuelve y divisa unos faros a lo lejos.

Debe de ser el coche alquilado, el Land Rover que a ninguno de ellos le gusta conducir. «Es como un autobús», dijo su hermano, Joe, el primer día.

Empieza a correr de verdad por el camino. Toma a la derecha y luego a la izquierda, tal como Frannie le ha dicho. «Es él. El hombre del mercado».

Es él.

Reduce la marcha al ver las siluetas. Las reconocería en cualquier sitio. Son sus hermanos. Joe, de pie junto al Land Rover, con los brazos en jarras. Y Frannie, arrodillada en el suelo, su pelo y sus largas extremidades iluminados por los faros. Es tan guapa; siempre lo ha sido. Nariz ancha. Ojos de gata. Melena oscura y reluciente.

¿Por qué está en el suelo? Cathy aguza la mirada, luego inspira hondo, solo una vez, y deja escapar el aire lo más lentamente posible. Eso es… Observa las sombras y las luces. Una oleada de temor le atenaza los hombros. Empieza a tener frío.

De algún modo es consciente de que, si avanza más, va a pasar algo.

Es evidente que Joe acaba de llegar también desde la parte que ocupa en la amplia villa que comparten; deambula frente a las luces de los faros, entrando y saliendo de las sombras, como una bombilla parpadeante. Cathy se abraza la cintura. Tiene una sensación incómoda, como si alguien la estuviera observando. Una parte despreciable de sí misma se siente decepcionada por el hecho de que Frannie haya llamado a Joe an­tes que a ella. Cathy desde luego no llamaría primero a Joe en un momento de crisis; quizá no le llamaría, sencillamente.

Antes de acercarse más, enciende la linterna de su teléfono y enfoca el suelo polvoriento que tiene delante. El olor peculiar de Verona —el aire cálido y seco, la hierba agostada— flota a su alrededor. Ha sido el mes de julio más caluroso de la historia. Se han visto obligados a comprar crema solar casi todos los días; han consumido un frasco tras otro. Todas las prendas de Cathy tienen las costuras aceitosas.

Hay un gran silencio. Solo se oye el motor del coche y el canto de las cigarras.

Cathy avanza hacia ellos y recorre lentamente con la linterna a Frannie, que sigue arrodillada. Y es entonces cuando lo ve.

Frannie se inclina hacia delante, con la vista fija en el suelo. Cathy se detiene, sin dejar de mirarla. Ve que tiene algo —¿acaso una camiseta?— en las manos. Y, cuando se incorpora, Cathy descubre con sorpresa que se ha quitado el top y está solo con el sujetador.

Bajo el resplandor de los faros, Frannie alza las manos. Regueros rojos le recorren las muñecas, y su estómago está manchado de sangre. Sangre seca, granate, del color del vino tinto. Ofrece una estampa horrible. Cathy nota que le suben las náuseas por la garganta.

—Joder —susurra para sí.

Joe se inclina ahora sobre Frannie. Ella extiende las manos hacia Cathy y grita:

—Ayúdame.

Los faros del coche dibujan un diagrama de Venn luminoso: un retrato de su hermana y del cuerpo que yace a sus pies.

2

Joe

Joe —ahora mismo muy nervioso, totalmente enfurecido, en realidad— cree que esto debe de ser otra de las pesadillas que siempre ha tenido.

¿Qué coño? ¿Qué coño? ¿Qué coño?, va pensando cuando llega a la parte delantera del coche y mira a su hermana, arrodillada en el suelo. Se le ve cada nudo de la columna iluminado por los faros en un patrón de luces y sombras. Frannie está demasiado flaca. Siempre lo ha estado. Él solía prepararle tentempiés después del colegio: tostadas con queso, yogures con nueces y arándanos. Cualquier cosa que engordara. El segundo almuerzo, lo llamaban.

—¿Qué…? —masculla. Pero la frase se interrumpe ahí, como una cerilla que no llega a encenderse. Menea la cabeza. No puede creer lo que está viendo. Un cuerpo—. ¡Qué coño! —susurra—. ¡Qué coño!

—Ayúdame —le grita ella por encima del hombro. A lo lejos, Joe divisa el punto de luz de la linterna de Cathy. Gracias a Dios, piensa. Ella sabrá lo que hay que hacer. Él no tiene ni idea. A veces le da la sensación de ser un niño asustado en el cuerpo de un hombre. Cathy podrá ser tímida, pero mantiene la serenidad en los momentos de crisis—. Lo he atropellado —les grita Frannie a ambos—. Lo he atropellado con el coche. —La luz de la linterna de Cathy oscila mientras corre hacia ellos, dejando estelas en el aire nocturno, como una bengala—. Es el hombre del mercado.

—¿Qué? —dice Joe. No puede dejar de mirar al hombre tendido delante de su hermana. Tiene la piel lívida y ensangrentada a la vez: manchas rojas sobre un fondo gris.

Joe se acerca con cautela a Frannie, a pesar de que no quiere hacerlo, y la mira con atención. Las lágrimas le han dejado surcos claros en el rostro ensangrentado. Tiene una mancha de mocos bajo la nariz. Joe quiere dar media vuelta, volver corriendo a la villa, junto a Lydia. Alejarse de todo esto, de este caos grotesco.

Le da la sensación de caminar a través de unas aguas que se resisten a abrirse a su paso. Intenta avanzar, pero no puede. Se obliga a mirar a la persona que yace en el suelo. Alto, delgado, con los huesos de las caderas muy marcados. Frannie le ha levantado la camisa. Está sangrando. Tiene rotos los cristales de las gafas.

Es completamente evidente que está muerto.

La mayoría de los miembros de la familia Plant son veterinarios, incluidos Joe y Cathy, y la muerte, para un veterinario, es algo evidente.

Hay muchísima sangre. Litros y litros. Empieza a entrarle pánico. Normalmente, tolera la sangre sin problemas, pero no de esta manera. Intenta respirar despacio. Es un ataque de pánico, se dice. No es algo insólito en él, pero esta vez no es como los que ha sufrido en el pasado.

Saca su teléfono, como ha hecho Cathy, y enfoca con la linterna el camino. La sangre destella como petróleo. Hay una cantidad enorme. Joe procura contener una arcada. Tiene un olor fétido, a la vez metálico y putrefacto, igual que la comida a punto de estropearse.

Se vuelve hacia Frannie, que sigue en una posición suplicante.

—¿Qué coño ha pasado?

—Ayúdame, por favor —dice ella—. No seas…

—¿No seas qué?

—Ayúdame y basta —insiste Frannie entre lágrimas. Casi nunca llora. Es una chica alegre, caótica e imaginativa, a la que le gusta comprarse un montón de ropa por eBay. No es una llorona.

Joe nota que algo profundo y familiar emerge de golpe en su interior. Lo sintió cuando Frannie se cayó de espaldas de un columpio a los tres años y se quedó sin aliento durante diez segundos (para él, los diez segundos más largos de su vida). Lo sintió cuando se atragantó con un caramelo, y él, con un fuerte golpe entre los omoplatos, consiguió que lo sacara entre toses. Lo sintió la primera vez que Frannie salió, de adolescente, y él la esperó levantado, pese a que incluso su madre se había ido a la cama. Todavía ahora lo recuerda: el tictac del reloj de péndulo en el pasillo, el zumbido de la nevera. Y el alivio cuando oyó como Frannie metía la llave en la cerradura.

Y, por supuesto, esto hace que se acuerde de Rosie.

—Lo he atropellado, lo he atropellado.

—Pero… ¿cómo? —dice él.

Joe se arrodilla junto al cuerpo. Cathy se sitúa a su lado, pero se limita a mirar en silencio. A él le gustaría tener su serenidad. Hace poco, operaron los dos juntos a un galgo, y Cathy, una vez que lo abrieron, se pasó al menos un minuto simplemente mirando. Sin apresurarse. Solo reuniendo información, tal como suele hacer.

—¡Frannie! —exclama Joe abruptamente, y la palabra sale como un estallido de tos.

—Lo he embestido de lado —explica ella, gesticulando—. Ha sido culpa mía. Ha sido culpa mía. Es el hombre del mercado. Si intentamos contener la hemorragia… Solo tenemos que contener la hemorragia y se pondrá bien, se pondrá bien —les dice a ambos con tono suplicante.

Joe le lanza una mirada rápida a Cathy.

—Mantén la camiseta sobre la herida —dice ella—. Apretando todo lo que puedas.

Su expresión es inescrutable. Se acerca al cuerpo. Lleva su larga melena recogida en lo alto de la cabeza. Es una versión menos bella de Frannie. Con una complexión más gruesa. Con unos rasgos ligeramente distorsionados, en cierto modo; o quizá solo lo parecen comparados con los de Frannie. Joe se siente culpable cada vez que lo piensa, pero es la verdad.

Cathy observa el cuerpo.

—La herida es superficial —señala—. Sangra mucho para una herida de este tipo. —Extiende el brazo para tomarle el pulso.

—Se pondrá bien, ¿no? —dice Frannie.

—¿Ibas muy deprisa? —pregunta Joe. Tiene la sensación de que va a vomitar. La frente se le ha cubierto de sudor y su estómago se revuelve una y otra vez, como un mar agitado. Su hermana ha atropellado a un hombre y hay sangre por todas partes. Y ahora… esto también es problema suyo. Tiene que ayudarla.

—No mucho —responde Frannie, aunque Joe ya no recuerda qué le ha preguntado. Por Dios, tiene ganas de fumarse un cigarrillo por primera vez desde hace meses. Un antiguo vicio suyo; casi lo ha dejado, salvo en vacaciones, ocasiones señaladas y momentos de estrés, lo cual significa…, bueno…, casi todo el tiempo, en realidad.

—¿Has llamado a una ambulancia? —le pregunta Cathy a Frannie, arrodillándose junto al cuerpo.

—¿Tiene pulso? —pregunta Frannie a su vez—. Se pondrá bien, ¿no?

—¿Cómo es que no le has tomado el pulso? —dice Joe. Se echa hacia delante, con las manos en las caderas, respirando agitadamente. Los ácidos del estómago le ascienden por el esófago. «Tranquilízate», se dice—. ¿Dónde está la ambulancia?

—No hay ambulancia, ¿vale? —grita Frannie—. No he llamado.

—¿Por qué? —dice Cathy, estupefacta.

—Yo…, os he llamado a vosotros.

—No somos médicos —replica Joe alzando la cabeza—. No somos médicos, Fran, joder —añade, casi en un susurro, volviéndose y mirando a lo lejos.

—No tenemos nada —señala Cathy—. Ni adrenalina, ni bolsas de sangre… Mira…, debes…

Frannie alza una mano.

—Por favor, limítate a ayudarme —dice—. Si lo salvamos…, si está bien…, entonces…

Cathy empieza a practicarle al hombre una maniobra de reanimación, aunque sabe que es inútil, y Joe se apresura a ayudarla. Mientras ella le echa la cabeza hacia atrás, tal como han hecho otras veces con animales, él se ocupa de comprimirle la zona del corazón. Al hacerlo, Joe nota que el cuerpo está frío. Le lanza una mirada a Cathy, pero ella no alza la vista, y él vuelve a concentrarse en el cuerpo cubierto de sombras. El cuerpo de un muerto.

Sigue presionándole el pecho, con los dedos apenas a unos centímetros del corazón del desconocido.

Cathy procede a abrirle las vías respiratorias y comprueba que no están obstruidas, pasando rápidamente un dedo por el interior de la boca.

—¿Cómo ha ocurrido? —pregunta Joe, resoplando.

—Apaga el motor —le pide Cathy—. No puedo oír ni mis pensamientos.

Él lo consigue al segundo intento. Se hace una completa oscuridad, atravesada solamente por la luz del teléfono de Cathy, enfocada hacia lo alto. En medio del silencio, ella acerca el oído a la boca del hombre.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —le pregunta a Frannie.

—Ha aparecido justo delante. Yo había girado sin pensar…

—¿Cuánto hace?

—Media hora.

Un instante de silencio.

—¿Cómo? ¿Qué has estado haciendo en todo ese tiempo? —dice Cathy.

—¡Media hora, joder! —grita Joe, acercándose y volviendo a las maniobras de compresión.

Cathy pone su boca sobre la del hombre. Escupe un momento, se lame los labios y vuelve a empezar.

Al cabo de un momento, se quita su propia camiseta.

—Usa esta para detener la hemorragia —le indica a Frannie, pasándosela—. La tuya está empapada.

«Este tipo no tiene la temperatura correcta», piensa Joe, mien­tras continúa presionándole el pecho. El aire nocturno de Verona es muy cálido, debe de hacer al menos veinte grados, y, por ello, la piel que nota bajo sus manos está impregnada de humedad. Pero el cuerpo no está caliente. Está un poco más frío de lo normal, como el de un muñeco.

Frannie le palpa la muñeca con la otra mano.

—Noto una ligera palpitación —dice esperanzada.

Joe le examina el otro brazo.

—Es tu propio pulso —replica al cabo de unos segundos—. El de la yema de tu dedo. Porque estás asustada. Lo siento. No tiene pulso.

—Sigue dándole, entonces —dice Frannie con tono histé­rico.

—Ya lo hago.

Joe contempla el cuerpo mientras continúa presionando. Aunque consiga que su corazón vuelva a funcionar, será inútil. Ya estará en muerte cerebral. Media hora.

Es inútil.

Se sienta sobre los talones, mirando a Frannie. Los tres tienen las manos cubiertas de sangre. Sus huellas ensangrentadas están estampadas sobre el cuerpo del hombre.

Cathy sopla en su boca y vuelve a escuchar. Tras dos bocanadas más, debe de llegar a la misma conclusión que Joe, porque también se detiene.

—Lo siento —susurra—. Lo siento mucho.

—No, no —dice Frannie. Se sienta con las piernas cruzadas, tal como hacía cuando eran niños, y se lleva las manos a la cabeza, sujetando aún con una de ellas la muñeca del hombre sobre su mejilla, como si fuese un edredón. Frannie, la bebé de la familia—. No, por favor. Cathy, Joe… Seguid, por favor.

—Está frío —señala Cathy en voz baja—. Ha perdido un montón de sangre. Su corazón no responde.

Frannie menea la cabeza sin cesar, una y otra vez.

—No —repite—. No…, no digas eso, Cathy. Sigue, sigue.

—Está muerto —contesta ella. Mira a Joe, buscando su confirmación.

—Lo siento mucho, Fran —dice él. Le tiende los brazos, pero ella no reacciona, sigue agarrándose la cabeza con las manos.

—Yo iba por el lado contrario del camino —confiesa al fin—. Se me ha olvidado. Se me ha olvidado que aquí conducen por la derecha.

Baja la cabeza hacia el cuerpo, como una mujer condenada. Joe la mira consternado. Cathy cierra los ojos.

—Iré a la cárcel —añade Frannie en voz tan baja que Joe tiene que hacer un esfuerzo para oírla.

Él mira a su hermana. Y luego el cuerpo.

Sabe que el hombre está muerto. Pero lo que no había acabado de asimilar es que eso convierte a su hermana en una homicida.

3

Cathy

Cathy empieza a temblar de pies a cabeza. Se ha quedado helada en medio de la noche calurosa y sofocante.

—Yo…, la policía nos ha visto discutir con él en el mercado —dice Frannie—. Supondrán…, pensarán… Dime qué debo hacer, por favor.

—No lo sé —responde Cathy.

—Si ahora aviso a alguien… —continúa Frannie—. O sea, iré a la cárcel, ¿verdad? No…, no. Esto no puede ser cierto. ¿No? —añade implorante.

A Cathy se le humedecen los ojos. Parpadea.

Joe sigue sentado, mirando a lo lejos.

Frannie se está secando la nariz con el antebrazo. Hay algo muy tosco en ese gesto, muy primitivo, tratándose de alguien tan glamuroso como su hermana, que hace solo un mes recorrió trescientos kilómetros en coche para recoger un jarrón vintage del que simplemente se había encaprichado.

Cathy, pese a sí misma, está pensando de repente en el ADN. Huellas dactilares. Pelos. Fibras. Células cutáneas. Ahora están sobre ese cuerpo, por toda la escena.

—Ah, sí —dice Joe en voz baja—. Ese policía. El que ha creído que estabas… molestando a este hombre. —Mira a Frannie un momento y luego, con desánimo, baja la vista hacia el cuerpo—. Aquí son duros.

—¿La policía? —pregunta Cathy.

—Sí —contesta Joe, al parecer sin sentir la necesidad de explicarse.

Cathy lo mira expectante. Ella sabe lo que ocurrió entre Frannie y el hombre, obviamente. Pero su hermano no.

—La primera noche se armó un jaleo en un bar —prosigue Joe—. Un tipo intentó ligar con Lydia…

—¿Y…?

—Bueno —murmura él. Cathy está segura de que se ha sonrojado—. Ya sabes.

—¿Le pegaste?

—Quizá —dice Joe, apartando la mirada. Él siempre ha sido así. Se enfurece con facilidad, pero después se avergüenza y se muestra evasivo sobre su reacción. Jamás sería capaz de hacerle daño a nadie que le importara, han pensado siempre sus hermanas.

Cathy siente la tierra cálida bajo sus pies.

—Tengo que llamar a una ambulancia —dice, mirando a Frannie.

—¡No! ¡No! No podemos, no podemos hacerlo —grita ella, con una voz rota, por momentos ronca, por momentos cargada de flemas.

—¿Qué estás diciendo? —replica Cathy en medio del silencio. Apenas distingue los rasgos de Frannie en la penumbra, pero la conoce muy bien. Sabe todo lo que hay que saber sobre sus cambios de humor. Su alegre resignación, por ejemplo, cuando su última relación terminó. «Bah, a la mierda, me tomaré una ginebra y me olvidaré de él», dijo riendo, arrugando la nariz con gracia; aunque luego le mandó a Cathy un mensaje desde el baño en el que se preguntaba cuál era su problema, si algún día encontraría a alguien, si quizá se quedaría sola con Paul, su hijo, para siempre.

Ahora Cathy se imagina su cara, aunque no puede verla: el rímel corrido, la nariz roja. Sus pecas veraniegas eclipsadas.

Sin embargo, por una vez, no sabe qué decir.

—¿Una ambulancia puede servirle de algo? —pregunta Frannie al fin, agachándose para ponerse a su misma altura, como un animal.

—No —dice Cathy—. Ya no.

—Y, si llamo ahora, ¿qué pasará conmigo? —Frannie tiene las manos entrelazadas y los hombros encorvados. Cathy es vagamente consciente de que recordará esta conversación durante el resto de su vida—. ¿Y qué va a pasar con Paul? —añade su hermana.

Cathy mira el coche. Luego el cuerpo. Piensa en el agente que ha visto a Frannie discutiendo con este hombre hoy mismo, hace solo unas horas. Piensa en la pelea de Joe. La policía creerá que ellos, los Plant, son gente que trae problemas.

—No lo sé —responde—. No lo sé.

—No puedo llamar a una ambulancia. No puedo —insiste Frannie.

—Podríamos decir que he sido yo —apunta Cathy a la deses­perada. Las lágrimas empiezan a obstruirle la garganta.

—Pero tú también estabas en el mercado. Ellos sacarán la conclusión… de que no ha sido un accidente.

Cathy dejar caer la cabeza sobre las manos y se masajea la frente. No puede pensar en estas condiciones. Su cerebro no funciona correctamente.

—Podríamos decir que nos lo hemos encontrado —murmura—. Junto a la cuneta…

—Demasiado tarde —replica Frannie—. Demasiado tarde, joder. Ha pasado demasiado tiempo. Nuestro coche está abollado. Y es un coche de alquiler. No podemos deshacernos de él. Estoy jodida, estoy jodida. —Mira a Cathy y luego a Joe, que se tapa la cara con las manos, manchadas de sangre—. Estoy bien jodida. Por favor, haz algo. Ayúdame. Ayuda a Paul, por favor.

La mente de Cathy trabaja a toda velocidad. A solo unos pasos, Joe empieza a vomitar por fin. Un chorro de vino rosso que se añade a la sangre, a todo el estropicio que hay en el camino. Al llegarle el olor —ácido, agrio—, Cathy piensa que quizá también ella va a vomitar.

—Paul solo me tiene a mí —continúa Frannie—. Hay que… encubrir lo ocurrido.

Permanecen en silencio unos minutos.

—Menuda mierda —dice Joe finalmente, secándose la boca con la camiseta—. No puedes estar pidiéndonos en serio que… ¿qué? ¿Qué es lo que estás diciendo, Fran? —pregunta, mirándola a los ojos.

—No digo nada —grita Frannie—. Solo digo que, si tú o yo llamamos ahora a alguien, acabaré en la cárcel y dejaré solo a Paul durante una década. O más, probablemente.

Cathy vuelve a mirar el cuerpo. Tiene las huellas de los tres por todas partes. En la piel. En la ropa. Incluso en la herida del costado. Su ADN está ahí, relacionándolos para siempre con estas heridas, con este accidente. El cuerpo que tiene delante no solo es un cuerpo. Es también el cuerpo de un delito. Nota que se le eriza la piel de los hombros.

Pese al calor de la noche, empieza a temblar. Mira a Frannie a los ojos, que están muy abiertos, como los de una pantera, aunque solo el blanco resulta visible en la oscuridad.

—¿Qué estás diciendo? —susurra Cathy.

Una expresión acongojada se extiende por el rostro de Frannie.

—Yo no puedo hacer eso —dice Joe—. No puedo. —Se pone de pie, dándoles la espalda—. Ni siquiera por ti —añade, por encima del hombro.

—Vale, lárgate. ¿Por qué no te largas? —contesta Frannie—. Vete a darle un puñetazo a alguien. ¿Eso servirá de algo?

Se vuelve hacia Cathy, pero ella evita su mirada. No es momento para sacar a Joe de sus casillas.

—Has matado a una persona —grita él.

Las dos callan, consternadas, mientras sus palabras resuenan por el campo.

Cathy mira a su hermana, ahora que la tiene bastante cerca para verla bien. Estaba equivocada sobre su aspecto. No hay lágrimas en sus mejillas, ni tiene la nariz enrojecida.

Joe empieza a examinar el coche nerviosamente, enfocándolo con su linterna, frotando la chapa.

—Quiero volver atrás —dice Frannie, cerrando los ojos y alzando la cabeza hacia el cielo—. Quiero volver atrás, cuando aún no había sucedido. —Ahora sí aparecen las lágrimas y se deslizan por las mejillas—. Déjame volver atrás, por favor. —Mira hacia lo alto, hacia ese cielo azul marino salpicado de estrellas por la mano indiferente de Dios.

—Yo no puedo… —murmura Cathy con voz ronca, mientras piensa en el pequeño Paul, ese niño inocente al que le encantan los sándwiches de queso y las galletitas de colores, ese niño que quiere con locura a su madre.

Permanecen en silencio unos segundos.

—Hemos de enterrar su cuerpo —concluye Frannie. Se pasa la mano por la mejilla, dejando en ella otra mancha de sangre. Una sangre costrosa, casi seca. Su mirada se encuentra con la de Cathy—. Hemos de enterrar el cuerpo.

4

Ahora

Despacho de Jason, principios de febrero, 17.00 horas

Este es el mes de febrero más frío desde que hay registros, al parecer. Es media tarde, en el centro de Birmingham. Corporation Street es como un borrón blanco, con el aire impregnado de densa niebla invernal y las aceras cubiertas de una escarcha salpicada aquí y allá por pisadas oscuras.

Van a dar las cinco. Paul estará en la guardería hasta las cinco y media, luego en casa de mamá y papá, donde me lo entregarán sin alharacas ni conversación, tal como hacen desde que se enteraron de todo.

Un tranvía pasa de largo mientras camino por Corporation Street, que está flanqueada de árboles desprovistos de hojas desde hace meses. El final del invierno parece prolongarse interminablemente.

Pulso el timbre, que se adapta a la perfección a la yema de mi dedo, y enseguida estoy en la segunda planta sentada frente a Jason, que tiene las piernas cruzadas. Ha preparado té para los dos, cosa que me ha sorprendido.

Sujeto la taza con ambas manos, a pesar de que me estoy quemando. Desde fuera de su recoleto despacho, con sus dos calefactores eléctricos y todos sus libros, me llega el murmullo amortiguado de la conversación de un colega suyo, lo que me recuerda por un momento que esto no es propiamente la vida de Jason: es solo su trabajo, algo que abandona por la noche y sobre lo que no piensa hasta la mañana siguiente. Tal vez.

—¿Cómo le ha ido la semana? —me pregunta. Tiene el pelo oscuro y una barba entrecana, como un lobo. Juguetea abstraídamente con el pendiente que lleva en la oreja izquierda. Así es como trabaja Jason. Conversaciones densas y profesionales envueltas en un tono informal. No cree demasiado en las convenciones. Mastica chicle durante nuestras sesiones y prepara una infusión tras otra, dejando cucharillas esparcidas por el escritorio, donde reposa su «tetera ilegal», como él la llama. Pero su mente es veloz como un rayo. Cuando menciono pequeños detalles, entrecierra los ojos y, al cabo de un rato, descubro que estamos volviendo a analizarlos, abordándolos desde un nuevo ángulo que él ha orquestado sin que yo me diera cuenta.

—Bien —respondo. Da un sorbo a su taza de té, sin quitarme los ojos de encima, sin tratar de llenar el silencio—. Dura, supongo. Como todas las semanas —añado, mirando la pared cubierta de libros. Su olor impregna el despacho. Un olor a papel viejo y polvoriento. No parecen estar ordenados de ningún modo. Hay algunos del revés; otros, acostados sobre la parte superior de la hilera. Tienen cartas, postales y folletos metidos dentro—. ¿Y a usted? —digo, y Jason suelta una risita por un lado de la boca.

—Bueno, las he tenido mejores —contesta. Echa un discreto vistazo a su reloj. Yo siempre lo veo a las cinco, y él me acompaña luego al vestíbulo, sale conmigo y se va en la dirección contraria: siempre a las seis menos diez, haga el tiempo que haga y por muy ocupado que esté. No tengo ni idea de a dónde va, pero sí sé que no es a la estación. «Una cita regular desde hace mucho», explicó una vez con tono críptico.

—He estado pensando un montón en Verona —digo. Él vuelve a coger la taza y se bebe la mitad de un trago. Es curiosa la cantidad de claves y signos que captas en una relación profesional. No sé si Jason tiene pareja, o algún hijo, siquiera, pero conozco a la perfección el ruido que hace al tragar un té demasiado caliente. Y me doy cuenta de que solo se plancha las partes de la camisa que resultan visibles.

Ahora mismo me gusta que me dé cita a esta hora, porque el sol se pone durante la sesión. Entro con luz y emerjo en la oscuridad, cosa que parece adecuada en cierto modo.

Jason me mira alzando las cejas.

—¿En qué parte? —pregunta con una expresión abierta.

—Supongo que… en si hubiera podido pararlo —respondo en voz baja—. Debería haberlo parado. No me refiero al crimen. Me refiero… al encubrimiento. Al encubrimiento con mis hermanos.

Jason mira más allá de mí por la ventana, hacia la calle bulliciosa de abajo. Un autobús se desliza con un zumbido mientras se adentra en la niebla, donde desaparece casi por completo. Hay dos palomas en el alféizar, tan cerca como para que distinga sus patas retorcidas. Se han posado ahí pese a los pinchos colocados para impedírselo. El cielo empieza a oscurecer.

—Todos sabemos —dice Jason, jugueteando con el asa de su taza— que mirar atrás provoca tristeza, y mirar hacia delante, ansiedad. Lo único que tenemos es el ahora.

Noto que se me relajan los hombros e inspiro una bocanada de aire que infla mi tenso estómago.

—Es que…, es que no sé —continúo, ignorando su consejo. Él no insiste en la idea; se limita a escuchar, que es para lo que se le paga—. Había demasiadas ramificaciones en todo el asunto, y no sé…

—Hábleme de una de ellas —me pide—. De su proceso mental.

—El papel que le encontramos a Will. A William.

—Sí. Pero, Fr…

—Nadie sabía la importancia que llegaría a cobrar —prosigo, interrumpiéndole—. Y no dejo de pensar una y otra vez en las cosas que podrían haber pasado. Si hubiera ocurrido esto, si hubiera ocurrido lo otro… —La voz se me quiebra hasta extinguirse—. Cualquier cosa, salvo… estar aquí ahora. Cometimos muchos errores.

—Lo sé —dice Jason en voz baja—. A ver, claro que los cometieron, me inquietaría que no lo hubieran hecho. Mire… —Se detiene como pensando—. Para quedarnos en el presente, ¿podría…, puede pensar en Paul?

Cierro los ojos. Paul. Cada día se parece más a Joe. «Haciendo honor a su segundo nombre», me dijo Joe hace muchos años. En otra vida. Antes de Verona. A veces, si me acerco mucho a Paul, es como si estuviera mirando los ojos risueños de mi hermano: ojos castaños, párpados pesados, largas pestañas que apuntan hacia abajo. Casi me espero una broma, un destello rápido de irritación. Cosas que corresponden a Joe y solo a él.

Una niña pelirroja y una mujer que obviamente es su madre pasan por la calle. Me las quedo mirando. La niña debe de tener quizá ocho años. Un poco mayor para ir de la mano de su madre. Me pregunto si Paul me cogerá de la mano cuando tenga ocho años. No me lo imagino a esa edad. Todavía es tan pequeño… Tiene las mejillas del color y la textura de los melocotones frescos. Y las muñecas y los codos, carnosos, redondeados.

—Yo me desahogo con usted —le digo a Jason—. No dejo que Paul se entere de nada. De por qué estamos todos distanciados. De dónde está cada uno. No creo que vaya a recordarlo, ¿sabe? No creo que Paul vaya a recordar aquella época, cuando trabajábamos todos juntos y vivíamos en tres casitas adosadas.

Cierro los ojos y las recuerdo de inmediato. Pintadas por fuera de blanco. Con las ventanas rodeadas de hiedra. Con unas vigas que crujían bajo la lluvia y el viento invernal. Con jardines vibrantes de fragancia floral.

—Lo sé. —Jason extiende el brazo para alisar una hoja que hay sobre la mesa que tenemos delante—. Pero quizá sea lo mejor. —Me sonríe con calidez, y es como si afuera hubiera empezado a deshelar un poquito.

5

Entonces

Joe

Joe tiene un gusto acre en la boca, como si hubiera tragado un veneno. Le tiemblan los brazos y las piernas.

—¿Qué otra cosa se supone que vamos a hacer? —dice Frannie. Él quisiera que dejara de hacerle preguntas. Normalmente, no le importa. La mayoría de las veces es agradable. «Bueno —le dijo ella justo antes de sus vacaciones, apareciendo en el trabajo con un quimono—, ¿cuánto tiempo tardarás en mandarme a casa por llevar una prenda como esta?».

«Cinco minutos», respondió él.

Frannie se rio echando la cabeza hacia atrás.

«Pero yo haré igualmente mi trabajo. Y tendré un aspecto encantador».

Por Dios, siempre se las arreglaba para hacerle reír con su entusiasmo y su impredecible carácter. Un puto quimono.

Pero nadie se ríe esta noche.

—No voy a enterrar un cadáver —dice Joe.

—Ni yo tampoco —dice Cathy con voz tensa.

Él se pasa la mano por el pelo, aún alborotado porque acaba de levantarse de la cama. No sabe lo que tienen que hacer, pero lo que sí sabe es que nadie va a llamar a la policía.

En realidad, Joe ha minimizado lo que sucedió en el bar la primera noche. Él y Lydia se habían ido resueltamente a Verona en cuanto aterrizó su vuelo. Una de las muchas cosas que le encantan de Lydia, aparte de que es divertidísima, es su disposición a abrazar la vida, a exprimir todas las experiencias como quien exprime una naranja. Estaban de pie en la terraza de un restaurante. Los arcos tenuemente iluminados de la Arena de Verona se alzaban enfrente y el viento traía un olorcillo a cera fundida y ajo. Lydia tenía descubiertas sus largas y esbeltas piernas y se había puesto el perfume que solo usaba durante las vacaciones, lo que lo llenaba a él de gratos recuerdos.

Pero entonces la cosa se torció. Un tipo de aspecto sórdido, con un casco de moto bajo el brazo, pasó rozando a Lydia. Joe, con los ojos como platos, vio que con la mano rodeaba el trasero de Lydia, sin más, como si tuviera derecho a tocar y manosear a cualquier mujer que le gustara. Él, sin vacilar ni un segundo, le plantó cara.

Aunque jamás lo reconocería, Joe siente un extraño placer cuando se deja llevar por su mal genio. Es como descorchar una botella de champán. Con una repentina sensación de ligereza, echó los hombros hacia delante y le dio al hombre en la mejilla con el puño. Un solo golpe, más bien flojo, como una especie de reto. Dos animales harían exactamente lo mismo. El hombre le dijo que salieran a la calle, y Joe, lleno de testosterona y de ese turbio placer, lo siguió afuera. A su espalda, en esa penumbra nocturna saturada de un mareante olor a plantas y perforada por las guirnaldas de luces, oyó vagamente que Lydia protestaba, pero en aquel momento la parte más sensata de su cerebro no funcionaba.

Afuera, había dos agentes de la Polizia di Stato fumando y riendo. El hombre se fue hacia ellos y les mostró la marca que tenía en la mejilla. Joe pensó que los agentes lo dejarían correr cuando les explicara lo sucedido, pero no fue así. Por el contrario, se cuadraron frente a él. No solo lo amenazaron físicamente, lo que se reflejaba claramente en sus recias manos y sus musculosos torsos, sino que le dijeron que podían arrestarle sin ningún problema. Su inglés cantarín cobraba un tono siniestro en medio de la noche sofocante. Le propusieron que fueran a charlar. Uno de ellos señaló un callejón cercano.

Joe, de repente asustado, se echó atrás y se alejó. Esa noche, la primera noche de lo que se suponía que iban a ser unas vacaciones relajantes, mientras Lydia dormía, se acurrucó en la cama, con las rodillas pegadas al pecho, y apretó los dientes con rabia pensando en lo idiota que había sido. ¿Por qué no lo había dejado correr? ¿Por qué nunca era capaz de adoptar una postura digna?

¿Y qué va a contarle a Lydia ahora? Aún está enfadada con él por lo de aquella noche, a pesar de que ya ha pasado una semana y media. Y ahora la ha dejado durmiendo, a cargo de Paul sin que ella lo sepa.

—Dime qué otra cosa se puede hacer —contesta Frannie, desesperada.

Joe trata de acompasar su respiración. La voz de su hermana tiene un peculiar efecto sobre él. Cuando los dos eran pequeños, Joe la sentaba en su regazo y le leía cuentos. Un crío con una cría en brazos. Ella nunca quería que le leyera el mismo libro dos veces, y él se encargaba de sacar varios de la biblioteca cada semana. Recuerda que las cubiertas de plástico estaban pegadas unas a otras cuando los sacaba de la cartera. A sus padres no les importaba, le dejaban hacer, y él asumía gustosamente ese rol paterno.

—Déjame pensar —le pide Cathy. Con los codos sobre las rodillas, se rodea los ojos con las manos, como si fueran unas anteojeras—. No digas nada.

Joe se relaja y se encierra en sí mismo durante un minuto. A Cathy se le ocurrirá algo. Se mira las chanclas, que se ha puesto sin pensar hace menos de una hora, antes de que empezara esta pesadilla. Mueve los dedos. Está aquí, con los pies en el suelo. Inspira, espira. Inspira, espira. Lo arreglarán. Nadie acabará en la cárcel. Un ataque de pánico no puede durar eternamente.

—Si la policía encuentra el cuerpo, nos veremos implicados —dice Cathy al fin, todavía con las manos alrededor de la cara, pero ahora mirándolo a él. Una ligera brisa se desliza entre ellos. Joe capta un olor a crema solar.

—No necesariamente —responde él, tratando de ser útil. ¿Qué habría hecho su padre? Intenta imaginárselo tal como era antes, no como es ahora. El fiable Owen. Mucho más parecido a Cathy que a él—. Si respaldáramos a Frannie, si dijéramos…, no sé…, que este hombre ha aparecido delante del coche de improviso, como salido de la nada…

—¿Cómo vamos a decirle eso a la policía, cuando acaban de hacerme una puta advertencia? —exclama Frannie.

—Nos la han hecho a los dos —replica él.

Piensa. Piensa. Joe trata de recordar todo lo que sabe sobre el ADN. Casi nada. Se restriega la frente. Lleva diez años haciendo operaciones de rutina; lo han encasillado en esa tarea por su pulso firme. Y por su torpe trato con los pacientes, le dijo Frannie una vez con una sonrisita. Pero es cierto que se le dan mejor las incisiones, la anestesia, la esterilización de mas­cotas, la extracción de cintas del pelo y ropa interior que los labradores se tragan. Pasa un dedo por la tierra polvorienta que tiene delante. La línea que dibuja es totalmente recta.

—Estoy segura de que podrán determinar a qué hora ha muerto —dice Cathy—. Y que tú estabas aquí… ¿Lo has tocado? ¿Le has tocado la herida justo después?

—Sí —responde Frannie.

—Es algo relacionado con el modo que tiene de mezclarse tu ADN con su sangre, ya no lo recuerdo, no sé… —explica Cathy.

Joe mira el cuerpo. Tiene los ojos abiertos. La boca antes floja empieza a estar rígida, como la cera al enfriarse. Hay una huella de pulgar muy nítida sobre su torso desnudo. Será de Cathy, o de Frannie, o suya, no lo sabe.

—Tienes razón —dice finalmente—. Además, es probable que alguna cámara de vigilancia haya captado la imagen del coche. ¿Adónde ibas? —le pregunta a Frannie.

—Quería comprar vino en esa tiendita que abre toda la noche, ¿sabes cuál te digo? —contesta ella en voz baja. Parece una respuesta muy trivial al lado de un cadáver. Maldito vino. A Joe vuelven a temblarle las manos. Las tiene frías y húmedas. Las cierra con fuerza. Necesita algo dulce, dormir un poco.

—¿Ya está en rigor mortis? —le pregunta a Cathy.

Ella se apresura a tocarle los pies, calzados con unas zapatillas blancas. Sujetándolos de los calcetines, le mueve los tobillos de un lado a otro; luego niega con la cabeza.

—Todavía no.

Pero lo estará. Muy pronto. Y entonces la sangre empezará a acumularse en las partes más bajas: en la espalda, los codos y las corvas. También empezará a oler. Ese dulzón olor a huevo podrido que Joe ha percibido en contadas ocasiones, cuando alguien le ha traído un animal que llevaba horas muerto. Le recorre una oleada de pánico. Nunca podrá volver a trabajar.

Se saca el teléfono del bolsillo.

—Voy a llamar a la policía. —anuncia—. ¿Cuál es el número?

—El 112 —murmura Cathy.

Frannie se vuelve hacia ella.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —dice—. ¡Ahora no es el momento de ser buena, Cathy! —Joe tuerce el gesto. A Cathy no le habrá gustado, pero es la verdad. Es buena, controlada, y también distante en ocasiones. Nunca ha tenido una relación, que él sepa.

Sin esperar más, Joe empieza a marcar el 112. Frannie se lanza sobre su teléfono y lo manda por los aires de un manotazo.

—Pero ¿qué coño? —grita él. El teléfono cae boca abajo, iluminando a su alrededor apenas una fina franja de tierra y sangre.

—Si llamas a la policía, me pasaré décadas en la cárcel —grita Fannie. Vuelve a sentarse en el suelo, se agarra la cabeza con las manos y empieza a sollozar.

—Déjalo, Joe —dice Cathy.

—¿A quién se supone que iba a recurrir sino a ti? —dice Frannie, alzando la mirada hacia él.

Esa frase suplicante, sus grandes ojos húmedos. Joe no puede resistirlo. Él estuvo a su lado cuando dio a luz, sola, a Paul. Él le llevó todo lo que quiso, o sea, un montón de cosas. Agua helada, un polo, una caja de galletas saladas que ella se comió entre las contracciones, y luego —después del parto— una hamburguesa gigante al grill de Burger King que tardó cuarenta y cinco minutos en llevarle, entre la ida y la vuelta. Nadie apoya a Frannie como él.

Cathy se mordisquea la piel de alrededor del pulgar, mirando a su hermana con los ojos muy abiertos.

Frannie le da el teléfono a Joe, pasándoselo por encima del hombro, sin volverse a mirarlo.

—Pero vale. Llama.

—Yo… —murmura él, vacilante, aunque coge el teléfono.

Cathy observa la maniobra y luego el rectángulo iluminado que Joe tiene en la mano. Él mira fijamente a Frannie, y su decisión de hacer lo correcto se hace añicos como un panel de cristal. Su hermanita, su compañera en las carreras de tres patas, su compinche en los menús compartidos de McDonald’s, su cómplice, su mejor amiga, su propia historia.

—No puedo —acaba diciendo en voz baja.

Cathy lo mira.

—No puedes —repite. Hay un brillo de luz de luna en sus ojos.

Es como si fuera una noche más en casa. Él, Cathy y Frannie viven en tres casitas adosadas, sin ningún otro vecino (un chollo que no acaban de creer que pudieran conseguir), y Joe casi siempre se pasa a la hora del baño de Paul por la de Frannie. Le basta cerrar su puerta y abrir la de su hermana. Las casas de Cathy y Joe eran antes una tienda y una oficina de correos respectivamente, ambas con habitaciones pequeñas y techos bajos. La de Frannie (financiada en parte por sus padres) era originalmente una casa construida en 1850, y es más grande y espaciosa que las otras.

Joe se mete las manos en los bolsillos. Podría entregar a su hermana y salvarse a sí mismo. Estaría loco si no considerase la idea, ¿no? Pero ella, su hermanita pequeña, lo mira ahora fijamente con la cabeza ladeada. No, eso no es una opción. Todo esto ha empezado siendo un problema de Frannie, pero ahora es un problema compartido.

—Tenemos que enterrarlo —dice Frannie.

Cathy espera. Obviamente, está pensando. Tras unos momentos, solo dice una palabra:

—¿Dónde?

6

Joe

Joe siente como si sus hombros estuvieran hechos de metal, no de hueso y tendones. Los mueve una y otra vez, tratando de relaja

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