Castigo divino

Sergio Ramírez

Fragmento

Castigo divino

1. Una algarabía de perros en la noche

Siendo aproximadamente las nueve de la noche del 18 de julio de 1932, Rosalío Usulutlán, de cuarenta y dos años de edad, divorciado, de oficio periodista y en tal calidad empleado como redactor principal del diario «El Cronista», deja su asiento de luneta en el Teatro González al concluir la exhibición de estreno de la película de la Metro Goldwyn Mayer «Castigo Divino», protagonizada en los roles estelares por Charles Laughton y Maureen O’Sullivan.

Avanza entre el público hacia la puerta del foyer y cuando pasa debajo de la cortina de felpa roja que el polvo acumulado hace aún más pesada, siente que le tocan de manera juguetona el hombro; al volverse, se encuentra con su amigo Cosme Manzo, de cincuenta años de edad, soltero y comerciante en abarrotes, quien le sonríe con toda su dentura en la que relumbran, bajo el espeso bigote de guías engominadas, las chapas de oro macizo.

Manzo, llevándolo ahora abrazado, le abre paso con su sombrero de ancha badana roja y lo invita a dirigirse hacia la Casa Prío, situada a una cuadra de distancia del Teatro González, y también frente a la Plaza Jerez, a fin de tomar juntos una cerveza Xolotlán, la primera cerveza de fabricación nacional, que acaba de ser puesta a la venta y de la cual Manzo es distribuidor exclusivo para la ciudad; así como es distribuidor exclusivo de la Emulsión de Scott. El periodista, calándose su propio sombrero, acepta complacido la invitación.

Ya en el establecimiento, que recibe a esas horas su clientela habitual después de la función de cine, se encaminan hacia una mesa ubicada en un rincón cercano al mostrador, donde son atendidos personalmente por el propietario, el joven de veintinueve años Agustín Prío, cariñosamente apodado por sus parroquianos «El Capitán». Esa mesa, sumamente temida, es el principal mentidero de León y se la conoce como «la mesa maldita»: allí sesiona regularmente la cofradía de la cual forman parte los dos recién llegados y que preside el Doctor Atanasio Salmerón, médico y cirujano, ausente esa noche pero a quien ya tendremos oportunidad de conocer ampliamente más tarde.

En la mesa maldita se examinan y certifican en cuanto a su autenticidad toda clase de historias de carácter escabroso, vr. y gr. adulterios, noviazgos burlados, abortos forzosos, preñeces arregladas a punta de pistola y amancebamientos clandestinos; se lleva cuenta puntual de los hijos nacidos de dañado ayuntamiento, de las viudas que abren sus puertas al filo de la medianoche y de las hazañas de sacristía de los curas barraganes; así como se registran de manera meticulosa otros escándalos en que también se ven envueltas las familias más importantes de la ciudad, entre ellos despojos de herederos, estafas, deudas remisas, falsificaciones, estelionatos y quiebras fraudulentas.

El Capitán Prío saca las cervezas Xolotlán del refrigerador marca Kelvinator que funciona con quemadores de kerosene, y entrecerrando los ojos debido a la molestia del humo del cigarrillo que pende de sus labios, las destapa junto al mostrador con gesto enérgico, utilizando el abridor que lleva permanentemente consigo prendido a su llavero. Y, como si buscara compensar la desventaja de su exigua estatura, se empina al caminar cuando trae las botellas a la mesa.

Se sienta, acomodando holgadamente los pies en el travesaño de la silleta, y comienza por felicitar a Rosalío Usulutlán debido a sus gacetillas de «El Cronista» de esa tarde, las cuales tocan temas de candente actualidad.

La primera de esas gacetillas ocupa el espacio principal de la primera página del periódico de cuatro hojas tamaño standard y se refiere a los debates en curso en el seno de la Junta Municipal sobre la firma de un nuevo contrato con la Compañía Aguadora Metropolitana, que suministra el agua potable a la ciudad. Los dueños de la compañía están presionando el cambio de contratos movidos por el solo objeto de elevar las tarifas domiciliares, las cuales se volverían de esta manera prohibitivas para muchos bolsillos, privando a los hogares más pobres del vital líquido. Rosalío apoya con extremado ardor al bando de munícipes encabezado por el Alcalde, Doctor Onesífero Rizo, renuente a autorizar semejante aumento por caprichoso y extemporáneo, amén de ser leonino; y fustiga a los otros representantes edilicios, cuya inexplicable vacilación se torna repugnante a los intereses de la comuna.

Las otras dos gacetillas ocupan también la primera página. Una tiene que ver con la proliferación de zancudos anofeles en esta época de intensas lluvias, pues el invierno se ha presentado excepcionalmente copioso; y se denuncia la incuria de las autoridades sanitarias, culpables de la alegre reproducción de los nocivos insectos, los cuales se sienten a sus anchas en las charcas putrefactas y corrientes de aguas sucias provenientes de cocinas y lavaderos que desembocan sin ningún estorbo en las calles, aun en las más transitadas, a tal grado que de ser pollos los coleópteros, no faltarían los huevos; y de ser vacas, no habría escasez de leche. Semejante anomalía representa un grave peligro para los ciudadanos, pues a la picadura de los zancudos se debe la epidemia de fiebre perniciosa, grado agudo de la enfermedad palúdica, que ha cobrado ya varias víctimas fatales, especialmente entre niños y adolescentes.

La última de las gacetillas se refiere a la excesiva cantidad de perros vagabundos deambulando libremente por las vías públicas y otros parajes concurridos, tales como mercados, atrios y plazas; importunan en puertas de boticas y mercerías a la clientela, así como a los pasajeros de trenes en los mismos andenes de la estación del Ferrocarril del Pacífico, y constituyen molestia especial para aurigas y automovilistas. Los polvos amarillos de Bayer importados por la Droguería Argüello han probado ser ineficaces, pese a lo cual los vecinos persisten en regarlos en los dinteles de las puertas y aceras, vanamente esperanzados en ahuyentar a los molestos animales y haciendo más bien un flaco servicio al ornato público.

Y por si fuera poco, se han presentado ya casos comprobados de rabia, debido a la mordedura de los susodichos canes. Se pide por lo tanto al Jefe de Policía, Capitán Edward Wayne USMC, que autorice, tal como ya los superiores de la Marina de Guerra de los Estados Unidos lo han hecho loablemente en el pasado, la adquisición de venenos en las boticas por parte de ciudadanos responsables; siendo la estricnina la más eficaz para estos fines entre los alcaloides letales.

Cuando el reloj del Sagrario da las diez de la noche, los amigos se despiden y el periodista Rosalío Usulutlán toma el rumbo de la Calle Real para dirigirse hacia su domicilio en la Calle la Españolita del Barrio del Laborío. Vestido de blanco y en mangas de camisa, pues considera el saco una prenda más enojosa que práctica, el cuello cerrado por un botón de cobre, silba por lo bajo mientras camina por la acera desierta y piensa otra vez en la película «Castigo Divino».

«Debe prohibirse película a todas luces inconveniente» es el título de la gacetilla que va a escribir mañana con el objeto de prevenir a los lectores de los riesgos que entraña el argumento de la cinta, ya que con sólo concurrir al cine, personas sin escrúpulos pueden aleccionarse en el arte de la preparación de tósigos mortales; el joven aristocrático interpretado magistralmente por Charles Laughton se vale de refinados ardides para envenenar una tras otra a las más bellas jóvenes de la alta sociedad de Boston, mientras registra en un diario secreto, que más tarde cae en manos de la policía, la lista de sus inocentes víctimas. Pero es ya tarde, el cianuro ha hecho su mortal trabajo y el ejemplo está dado en la pantalla. Y expresará también su repugnancia por el desenlace; el asesino Charles Laughton, antes de morir ejecutado en la silla eléctrica, se niega a recibir el auxilio espiritual del capellán del penal, riéndose por el contrario del sacerdote con carcajada siniestra.

Los relámpagos iluminan el cielo cargado de nubes negras en la lejanía. A lo largo de la Calle Real, las bujías brillan bajo los sombreretes de latón en lo alto de los rieles, sin que su luz macilenta alcance a dispersar las sombras en la extensa cuadra de portones, zaguanes y balcones cerrados, que se extiende desde la Casa Prío hasta la Iglesia de San Francisco: alumbrado público deficiente, que no pone a los ciudadanos honrados a salvo de los maleantes en las principales arterias de la ciudad. ¿A dónde va a parar, señores Munícipes, el dinero de los contribuyentes?

Sus reflexiones son interrumpidas por una algarabía de perros. El alboroto ocurre en la Calle Real, pero los ladridos también resuenan detrás de las puertas y zaguanes, como si todos los animales se hubieran despertado al mismo tiempo dentro de las casas cerradas, presas de un mismo temor. Unos pasos más adelante encuentra a un perro tendido sobre la acera, que vomita y se debate entre convulsiones; y más allá descubre otro que se pega al dintel de una puerta, arrastrándose penosamente, con las patas traseras tiesas.

Cuando se acerca a la esquina de la Iglesia de San Francisco, alcanza a distinguir frente al consultorio del Doctor Juan de Dios Darbishire dos siluetas que riñen. Se arrima a la pared de la casa del Doctor Francisco Juárez Ayón, que hace esquina con el consultorio frente al atrio de la iglesia, y reconoce en uno de los contendientes al propio Doctor Darbishire, a quien una hora antes había visto salir de la función de cine. La capa negra de ribetes rojos revoloteando a sus espaldas, agrede bastón en mano a un hombre de gruesa contextura, mientras jadeante lo llena de injurias. Dada la proverbial urbanidad y afabilidad de trato del viejo galeno, Rosalío Usulutlán se sorprende de oír por primera vez semejantes expresiones de su boca.

El gordo, que con ademanes juguetones trata de arrebatarle el bastón al anciano, resbala accidentalmente y cae de rodillas; al ponerse en cuatro pies queriendo incorporarse, el Doctor Darbishire aprovecha la ocasión y le descarga sobre la espalda contundentes bastonazos que le arrancan quejas verdaderas. Es entonces cuando el periodista asegura haber escuchado venir desde las sombras una risa de burla; y al volverse lleno de sorpresa, advierte junto a uno de los cipreses del atrio de la iglesia a un hombre vestido de luto riguroso, que, apoyándose con ambas manos en el pomo de su bastón, vigila la escena de la golpiza con gestos inquietos y divertidos.

El Doctor Darbishire desvía por un momento su bastón, señalando, airado, a un perro que trabajosamente intenta subir las gradas en busca de la puerta del consultorio; momento que el gordo aprovecha para zafarse y correr a gatas con asombrosa agilidad, pese a su corpulencia; recoge del suelo su canotier y se incorpora emprendiendo la huida en dirección a un coche de caballos que con las riendas sueltas se ha ido alejando calle abajo.

El gordo logra dar alcance al carruaje, y sofrenando los caballos sube apresuradamente; y ya en el pescante, hace desde lejos señales al hombre de luto, quien tras abandonar sin ninguna prisa su puesto de observación, camina con paso reposado hacia el coche. Al pasar delante del Doctor Darbishire, lo saluda con el bastón que blande con toda soltura.

El ya dicho Doctor Juan de Dios Darbishire, mayor de sesenta y tres años de edad, viudo de sus segundas nupcias y médico de profesión, manifiesta ante el Juez Primero del Distrito del Crimen, el 19 de octubre de 1933, que no vio pasar a la persona indicada ni reparó en su saludo, pues se hallaba inclinado sobre el perro de su propiedad, de nombre Esculapio, al cual envolvía en su capa para introducirlo al consultorio y practicarle allí diligencias urgentes que neutralizaran la acción del veneno ingerido; diligencias que fracasaron, pues el perro falleció de todas maneras.

Por su parte, el testigo Rosalío Usulutlán, de edad, profesión y demás generales antes descritas, en su declaración judicial del 17 de octubre de 1933, en la que relata de manera pormenorizada los hechos de esa noche, a preguntas del Juez, afirma: que según su leal saber y entender, el hombre de contextura robusta que recibió los bastonazos en la calle es el Doctor Octavio Oviedo y Reyes, oriundo de esta ciudad de León, entonces pasante de derecho y ahora abogado y notario; a quien conoce y con quien tiene trato social. Y siempre a preguntas del Juez, manifiesta: que la persona que vigilaba el incidente desde el atrio de la iglesia; y después saludó al pasar al Doctor Darbishire, es el Doctor Oliverio Castañeda Palacios, natural de Guatemala, entonces también pasante de derecho y ahora abogado y notario, y a quien igualmente conoce y ha tratado.

Y para dar mayor seguridad a sus afirmaciones, sostiene el testigo que todos estos incidentes tuvo la oportunidad de relatárselos esa misma noche al Bachiller Alí Vanegas, quien se encontraba estudiando a puertas abiertas en su pieza de la Calle Real, una cuadra más abajo, contiguo a la casa donde vivió Rubén Darío y donde tienen encadenado ahora al poeta loco Alfonso Cortés; y que al Bachiller Vanegas se le puede preguntar si es cierto que él le manifestó esa noche, como en verdad se lo manifestó, que los envenenadores de perros eran los susodichos Oviedo y Castañeda.

El Bachiller Alí Vanegas, presente en el recinto del Juzgado en su calidad de secretario del Juez, sin hacer ningún comentario por encontrarse inhibido de intervenir, se limita a escribir la declaración en los pliegos de papel de oficio que después, debidamente cosidos con hilo, se agregarán al expediente; pero cuando le toca, a su turno, ser interrogado en calidad de testigo, el día 18 de octubre de 1933, habrá de confirmar en todas sus partes el dicho de Rosalío Usulutlán.

Apremiado por el Juez para que abunde en su información sobre la identidad del hombre de luto que vigilaba la escena de los bastonazos desde el atrio de la iglesia, el testigo Rosalío Usulutlán se afirma en su convencimiento de que se trataba, sin ningún género de dudas, de Oliverio Castañeda; pues aunque ciertamente reinaba la oscuridad y la luz de las bujías del alumbrado público era insuficiente, pudo comprobar sus facciones a la claridad de uno de los relámpagos que se sucedían de continuo esa noche en que amenazaba lluvia. Y que por su porte y catadura le resultaron de igual manera inconfundibles cuando lo vio alejarse por la Calle Real y saludar de paso al Doctor Darbishire, utilizando para ello el bastón con pomo de conchanácar que lleva siempre consigo.

Castigo divino

2. En busca del veneno mortal

El perro Esculapio del Doctor Juan de Dios Darbishire fue la última víctima de la cacería desatada desde el atardecer del 18 de junio de 1932 por los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda y Octavio Oviedo y Reyes, quienes utilizaron para tal propósito raciones de carne cocida, envenenadas con estricnina. Así resulta comprobado plenamente a través de diversas declaraciones testificales rendidas ante la autoridad del Juez Primero del Distrito del Crimen de León.

La primera de esas declaraciones corresponde al Señor Alejandro Pereyra, de sesenta y dos años de edad, casado y militar en retiro, para aquella fecha secretario de la Jefatura de Policía de León a cargo del Capitán Morris Wayne, de los Cuerpos de Marina de los Estados Unidos. Postrado a consecuencia de un ataque de hemiplejía, testifica el 14 de octubre de 1933 en su lecho de enfermo:

Que siendo alrededor de las diez de la mañana de un día que cree recordar fue en el mes de junio de 1932, se presentaron al despacho del Capitán Wayne los pasantes de abogacía Oliverio Castañeda Palacios y Octavio Oviedo y Reyes, a quienes el deponente conocía como personas de carácter chusco y muy inclinados a la broma y al barullo; pero que, sin embargo, sabían comportarse en el trámite de los diferentes asuntos legales y de policía que los hacían acudir a menudo a la Jefatura.

Que encontrándose ausente del despacho el Capitán Wayne, y mientras lo aguardaban, los visitantes trabaron conversación con el declarante; y que entre distintos temas tocaron el de las alzas en las tarifas domiciliares del agua potable, asunto que tenía agitada a la ciudadanía; así como el que se refiere a la proliferación de perros vagabundos, dando la razón el declarante al reclamo del diario «El Cronista» sobre la necesidad de autorizar el uso de venenos a ciudadanos responsables; y fue en este punto de la conversación que aprovecharon para revelarle el motivo de su visita, que era solicitar del Capitán Wayne una orden a fin de que se les vendiera, en una de las boticas de la ciudad, un frasco de estricnina que utilizarían para eliminar perros por su cuenta.

Que por tratarse de personas de reconocida probidad y confianza, el declarante se creyó autorizado a acceder a la petición sin tener que esperar la llegada del Capitán Wayne; y procedió, por tanto, a entregarles un frasco de estricnina casi lleno que su superior guardaba en la gaveta de su escritorio, de tamaño y presentación igual a los que se expenden en las boticas; por lo que no hubo necesidad de extenderles ninguna orden.

El Doctor David Argüello, de profesión farmacéutico, casado y de cincuenta y dos años de edad, propietario y regente de la Droguería Argüello establecida en la Calle del Comercio; y quien tiene su domicilio en los interiores de la ya dicha droguería, afirma en su declaración del 19 de octubre de 1933 que, a la vista de una autorización suscrita por el Jefe de Policía, que conserva en sus archivos y puede mostrar, vendió a Oviedo y Castañeda un frasquito de 1/8 de onza, lleno y sellado, conteniendo 30 gramos de estricnina, suficientes para la preparación de veinte raciones mortales para igual número de perros, de 1 1/2 gramos cada una; y describe el frasquito como igual a los tubos de envase de las píldoras rosadas del Doctor Ross, de propiedades laxantes.

El Juez de la causa, intrigado por la dualidad de estos datos, y determinado a averiguar si efectivamente la pareja de envenenadores de perros recibió estricnina en dos fechas diferentes, procede a interrogar sobre el particular al propio Octavio Oviedo y Reyes, casado, de veintisiete años de edad, de profesión abogado, y con domicilio en el Barrio San Juan del cuadro central de la ciudad.

El testigo, conocido popularmente como «el Globo Oviedo», responde al Juez en el curso de su extensa declaración testifical rendida el 17 de octubre de 1933, que fue solamente en esa fecha, el 18 de junio de 1932, cuando Pereyra los remitió a la Droguería Argüello con la orden una vez que el Capitán Wayne la hubo firmado a su regreso al despacho, la única vez que obtuvieron estricnina de parte de las autoridades de policía; no existiendo ninguna otra oportunidad en que se les entregara directamente veneno de la gaveta de un escritorio; por lo cual estima que la afirmación de Pereyra, con la que es confrontado, se debe a una confusión de memoria de aquél. Por otra parte, la orden escrita entregada posteriormente al Juez por el Doctor David Argüello, y que fue agregada al expediente, muestra la fecha 18 de junio de 1932.

La noche del 26 de septiembre de 1933, cuando aún no se ha iniciado el proceso judicial en el que llegaría a figurar como testigo, el Globo Oviedo es citado por Cosme Manzo a comparecer delante los concurrentes de la mesa maldita; y se presenta a la Casa Prío apenas sale de la función de cine en el Teatro González, adonde asiste por regla, cualquiera sea la película, salvo razones de fuerza mayor.

El propósito del Doctor Atanasio Salmerón, quien como ya hemos explicado preside la mesa, es interrogar concienzudamente al Globo Oviedo sobre los hechos de aquel día de la cacería de perros en las calles; información que por razones que ya se nos darán a conocer más tarde se dispone a anotar en su libreta cortesía de la Casa Squibb. Y el Globo Oviedo, bajo el efecto de los tragos de Ron Campeón que liga con Kola Shaler, la bebida tonificante de los convalecientes, relata con grandes alardes los pormenores de la aventura, sin sospechar las intenciones del interrogatorio.

Aquella mañana del 18 de junio de 1932, vistiendo solamente camisola y calzoncillos, apoyado sobre la mesa sin mantel donde quedan los restos de su copioso desayuno, el Globo Oviedo lee «El Cronista» de la tarde anterior, que según la costumbre establecida por la dirección circula con la fecha del día siguiente. Yelba, su esposa, como todas las mañanas, lo está recriminando desde lejos por haber comido demasiado, mientras riega las plantas del patio.

El Globo Oviedo, también como todas las mañanas, toma su vaso de sal de uvas Picot para alivio de los malestares gástricos que ya empiezan a castigarlo; y poniendo el vaso, vuelve a la gacetilla que trata de los perros vagabundos. Sólo piensa en la jauría del Doctor Darbishire, el anciano médico graduado en la Sorbona, que desde la muerte de su segunda esposa vive sin más compañía que su tropa de alsacianos en su consultorio de la Calle Real. Y la idea de envenenarlos se clava como una espina juguetona en su cabeza.

Al llegar las nueve de la mañana, en su traje de cáñamo carmelita, corbata de lazo pintas verdes y canotier en sesgo sobre los abundantes rizos embadurnados de brillantina, el Globo Oviedo sale de su casa en el Barrio San Juan para dirigirse al Hotel Metropolitano en busca de Oliverio Castañeda, con quien debe iniciar ese día el repaso para el examen final de la carrera.

El Hotel Metropolitano dista unas cuantas cuadras desde su domicilio, y esta mañana se siente con ánimos para hacer el trayecto a pie. En el camino, se sorprende de no encontrar tantos perros como la noticia alarmante de «El Cronista» señala; pero no deja de acariciar su proyecto de diezmar la familia canina del Doctor Darbishire.

Oliverio Castañeda, de negro riguroso y bastón en mano, lo espera ya en la puerta de la pieza que desde su llegada a la ciudad habita junto con su esposa en el Hotel Metropolitano, y juntos atraviesan la calle para andar la cuadra hasta la Universidad, a fin de buscar allí en la Biblioteca algunos códigos y libros de consulta necesarios para iniciar el repaso; lo cual les hace pasar frente a la casa de la familia Contreras.

En ese momento Don Carmen Contreras sale a la puerta esquinera que da acceso a la sala de su casa, sosteniendo «El Cronista» en su mano. Sin intención de detenerse, lo saludan; pero es él, Don Carmen, quien con un ademán del periódico, los llama.

Cruzan la calle y en la acera de la Tienda «La Fama» esperan a que se les acerque, reuniéndose los tres a conversar debajo de la gran botella de agua medicinal Vichy-Celestins recortada en madera y sujeta por dos cadenas al alero.

—Estos polvos —Oliverio Castañeda apunta con el bastón la suela de su zapato que se ha impregnado de amarillo—, ¿sirven para algo?

—No sirven para nada, amigo —Don Carmen mueve la cabeza con desconsuelo.

—No hay como el veneno, como dice allí —se apresura el Globo Oviedo a señalar con los labios el periódico que Don Carmen tiene en la mano.

—¿Este periódico? Este periódico sólo de mentiras habla —Don Carmen les muestra el periódico, suspirando impotente—; ahora la han agarrado conmigo. ¿Acaso quieren que la Aguadora quiebre y nos muramos de sed? Las tarifas ya no me ajustan.

—Yo lo voy a ayudar en eso, no se preocupe —Oliverio Castañeda cambia de mano el bastón y rodea por los hombros a Don Carmen—. Yo voy a hablar con Rosalío, ya se lo prometí a Usted. Rosalío es buena gente.

El Globo Oviedo no ha leído el artículo contra las tarifas de la Compañía Aguadora, y no opina. Sólo piensa en los perros, y en la forma más eficaz de eliminarlos, dadas las molestias constantes que causan a los indefensos ciudadanos, quienes estorbados por las díscolas manadas en plena vía pública se ven expuestos a la mordedura imprevista de tales canes.

—En lugar de estos polvos, Don Carmen —el Globo Oviedo raspa las suelas de sus zapatos contra la cuneta—, Usted, que es persona de respeto, debería solicitar autorización para el uso de venenos. Así los perros no importunarían a la clientela de su tienda.

—Tiene razón, amigo —suspira Don Carmen—; viera cómo joden también cuando voy en mi carro con el Ingeniero a las pilas de agua a revisar las bombas.

—Joden más que Chalío Usulutlán en «El Cronista» —ríe Castañeda chocando las manos para celebrarse, el bastón prensado bajo la axila.

Don Carmen ríe también, pero sin entusiasmo; el periódico parece estorbarle en la mano.

—Nosotros podríamos hacernos cargo de los perros de la pila de agua —el Globo Oviedo se sopla la cara con el canotier—. Si conseguimos el veneno, claro está.

Don Carmen lo miró con sumo interés. El Globo Oviedo recuerda el falso brillo de ironía en sus ojos saltones bajo las cejas despeinadas; la nariz aguileña distendiéndose inquieta, como si olfateara antes de responder con un sarcasmo; los labios delgados que parecían prepararse para deslizar una finura, pero que sólo iban a soltar frases temerosas, de manera atropellada. Un hombre apocado, a pesar de sus reales, les dirá el Globo Oviedo a las circunstantes de la mesa maldita; y su boca se llena de desprecio como si retuviera una buchada de Ron Campeón.

—Si ustedes consiguen el veneno, yo pongo la carne —Don Carmen baja la vista, apenado—. Aquí en mi casa se cocinarían las raciones.

—No tienen que ser cocinadas las raciones —Oliverio Castañeda, que parecía empezar a aburrirse, sacó del bolsillo su reloj de leontina para aflicción del Globo Oviedo—. En Guatemala llamamos bocados a la carne envenenada para perros. Pero se les pone cruda.

—Aquí se acostumbra dárselas cocida —tartamudeó Don Carmen, atribulado por no poder alcanzar a explicarles la razón de aquella diferencia tan sustancial de costumbres.

—La carne es la carne, cruda o cocida —Oliverio Castañeda bajó la voz, invitándolos a acercarse para compartir su picardía—. ¿Cómo le gusta a Usted la carne, Don Carmen? La celeste carne, que decía Rubén Darío.

—Vayan donde el yanki, que les den la orden para comprar el veneno. Aquí está, aquí está —Don Carmen, aparentando no haber oído, buscó su cartera y lleno de azoramiento extrajo un billete de cinco córdobas—. Díganle a Wayne que van de parte mía.

El Globo Oviedo no vaciló en agarrar el billete, casi se lo quitó de la mano. Y su papada tiembla de risa al recordar la cara de disgusto que puso Oliverio Castañeda, ofendido porque él hubiera aceptado el dinero.

—Cuando consigan la estricnina, yo quiero ir con ustedes a matar los perros de la pila de agua —se guardó la cartera Don Carmen.

Oliverio Castañeda hizo una reverencia, y se tocó con los dedos el ala del sombrero en señal de despedida. Siguieron su camino sin hablar, temeroso el Globo Oviedo de que Castañeda no quisiera interesarse más en el asunto de la adquisición del veneno; pero, al llegar a la esquina, fue él quien le señaló con el bastón el rumbo de la Plaza Jerez. Y se dirigieron a la Jefatura de Policía.

Como ya vimos, el Globo Oviedo hubo de comparecer el 17 de octubre de 1933 al Juzgado del Distrito del Crimen para rendir su declaración, la cual abarca diferentes hechos a los que ya iremos refiriéndonos en adelante; por el momento, cabe sólo ocuparnos de la cacería de perros del 18 de junio de 1932. Los curiosos que llenan completamente el recinto se empujan contra la silleta que ocupa frente al escritorio del Juez, y pasan la voz a quienes se han quedado forzadamente en los corredores y no pueden escuchar los pormenores de su relato. Suda copiosamente como si lo acabaran de bañar con todo y ropa; y, presa de intenso nerviosismo, no muestra nada del alegre apolo de que hiciera gala semanas antes en la mesa maldita.

A las preguntas del Juez, y mientras bebe constantemente de un vaso de agua que los mismos curiosos se encargan de llenarle, responde:

Afirma el declarante que una vez obtenido el veneno en la Droguería Argüello ya no se dedicaron al repaso del examen de grado como tenían previsto, sino que regresaron a su casa de habitación en el Barrio San Juan, a fin de preparar las raciones envenenadas; ausentándose Castañeda el tiempo suficiente para ir hasta la casa de la familia Contreras en busca de la carne prometida por Don Carmen.

Que una vez vaciado el contenido del frasco sobre un vidrio quitado a una retratera de la sala, el declarante separó con una navaja las porciones, resultando un total de veinte; las cuales fueron untadas con la misma navaja a los bocados de carne, operación que se hizo en el fondo del patio, lejos de la cocina, para que no resultara ningún alimento contaminado. Cada uno de los bocados fue amarrado con hilo, para que pudieran ser manipulados sin temor de llenarse de veneno las manos; y que el hilo para esa finalidad lo tomó de una garrucha que halló en la gaveta de la máquina de coser de su esposa. Que una vez listas las veinte raciones envenenadas, puede afirmar, sin lugar a equivocarse, que no sobró absolutamente nada de la estricnina contenida en el tubo, el cual lanzó ya vacío al excusado, con su propia mano, para evitar que sus niños se apoderaran del mismo ya que son muy traviesos.

Que su intención era empezar temprano la cacería, pero Castañeda lo retuvo bajo el alegato de que no era conveniente que la gente de la sociedad los vieran envenenando perros a plena luz del día, pues los iban a tomar por vagos, por mucho que «El Cronista» reservara esa tarea para personas respetables; siendo de esta misma opinión su señora esposa, quien constantemente estuvo dirigiéndole cuchufletas mientras se procedía a la preparación de las raciones, y se negó a colaborar en nada.

Agrega, por otra parte, que Castañeda había vuelto con la razón de que Don Carmen insistía en acompañarlos, noticia que le extrañó y le molestó, pues no había tomado en serio sus palabras de la mañana; y el hecho de que fuera a andar con ellos, no dejaba de ser una perturbación para sus planes.

Afirma que Castañeda lo tranquilizó en cuanto a la presencia de Don Carmen, asegurándole que sólo iba a acompañarlos a matar los perros del vecindario de la pila de agua, tal como les había manifestado en la mañana. Y le expresó, además, a manera de chanza, que si «El Cronista» reclamaba confiar el uso del veneno a personas de reconocida honorabilidad, nada mejor que la compañía de Don Carmen en esa primera etapa para certificar la moralidad de la cacería; interviniendo en ese punto, otra vez, su señora esposa para decir que no era a Don Carmen a quien iban a aplazar si los examinadores los veían de mequetrefes en la calle, en lugar de estar estudiando.

Continúa relatando el declarante que a eso de las seis de la tarde Don Carmen llegó a bordo de su automóvil, un Packard color negro, y los tres juntos se dirigieron a depositar el veneno en los alrededores de la pila de agua. Don Carmen iba personalmente al volante y se mostró en esa ocasión excepcionalmente contento y dicharachero; y cuando a cada bocado que lanzaban veía que algún perro atrapaba el pedacito de carne envenenada entre las fauces, soltaba la rueda, se restregaba las manos y se reía sabrosamente por lo bajo.

Que cuando terminaron la operación de la pila de agua, y antes de dejarlos otra vez en la puerta de la casa del declarante, Don Carmen les pidió que no se olvidaran de echarle una ración al perro de Don Macario Carrillo, un filarmónico que vivía a cuatro puertas de su casa de habitación hacia el oriente, pues se cagaba a menudo en la acera de la Tienda «La Fama» y siempre había que estar echándole aserrín a los excrementos. Que a ese perro se le dio efectivamente veneno de primero, como a las ocho y cuarto de la noche, llamándolo con morisquetas desde el zaguán hasta el fondo del corredor donde se encontraba tranquilamente sentado.

Que fue como a las ocho de la noche que abordaron el coche de caballos del padre del dicente para llevar a cabo su correría final, el cual ellos mismos uncieron en la cochera, transportando las raciones restantes, que a esa hora eran unas quince, en un cajoncito de pino de los que sirven para embalar jabón «La Estrella», y trotando por distintas calles, como si dieran un paseo, se dedicaron a lanzar con mano subrepticia los bocados de carne envenenada a los perros que se encontraban por el camino, provocando la mortandad mayor en la Calle Real, ya al final. Que dejaron el consultorio del Doctor Darbishire de último calculando arrimar a la Iglesia de San Francisco a las diez de la noche, hora en que el Doctor Darbishire ya estaría acostado. Que sólo les quedaba para entonces una ración disponible, la cual administraron al único perro alsaciano que encontraron en la puerta del consultorio; aunque, por lo general, eran varios los perros que hacían guardia en la puerta durante toda la noche, de los muchos de que es propietario el mencionado Doctor Darbishire.

Que el declarante se bajó del coche llevando el trozo de carne envenenada suspendido del hilo; y con las debidas precauciones se acercó a la acera, no fuera el perro a tratar de morderlo pues es de una raza muy brava; y haciendo uso de miles de mimos y melosidades logró al fin que se acercara a recoger el bocado fatal, el cual se comió pacíficamente.

Y ya se preparaba a regresar al coche, cuando de improviso apareció en la calle el Doctor Darbishire, al que creían hacía rato dormido en su aposento; y todo fue ver al declarante en actitud sospechosa, y notar que su perro se estaba comiendo el bocado, para colegir que se trataba de un envenenamiento; razón por la cual reaccionó con tan desacostumbrada violencia.

—Me resbalé, y el viejo hijueputa me agarró duro a bastonazos —el Globo Oviedo blande el aire como si golpeara con un bastón. Después, se tira al piso, protegiéndose con grandes alardes la cabeza.

—¿Y Oliverio Castañeda, te defendió? —el Doctor Salmerón hace tronar, despacio, los dedos de cada mano.

—Se bajó a toda carrera del coche, y se fue a refugiar detrás de un ciprés en el atrio de la iglesia, el muy cochón —el Globo Oviedo sigue recogido en el suelo, aguantando el castigo de los bastonazos.

—Y decís que fueron veinte perros los envenenados —el Doctor Salmerón moja el dedo en saliva y vuelve las páginas de la libreta de la Casa Squibb.

—Veinte, ya le di la lista —el Globo Oviedo resuella, como si estuviera recuperándose de la carrera que emprendió hasta el coche huyendo de los bastonazos—; malbaratamos las raciones antes de llegar al consultorio. Pero de todos modos, sólo estaba un perro. Se comió la última que quedaba.

—Del veneno no sobró nada, entonces —el Doctor Salmerón deja a un lado el lápiz y desenrosca su pluma fuente. Escribe ahora con premura, como si extendiera una receta.

—Ni para un remedio. Veinte dosis, veinte perros out en home —el Globo Oviedo lanza un aullido; y al imitar los estertores de un perro envenenado, hace traquetear la silla.

Castigo divino

3. ¡Soy inocente!, clama desde las ergástulas
Interview exclusiva concedida por el Doctor Oliverio Castañeda a nuestro reportero Rosalío Usulutlán

Las puertas de la XXI se abren gentilmente para «El Cronista»*. Retrato físico y sucinta biográfica *. Lo que piensa el reo de su situación *. El caso de la muerte súbita del joven Rafael Ubico acaecida en Costa Rica *. Asegura que su esposa siempre fue muy enferma *. Sus relaciones con la familia Contreras *. «Yo no di jamás alimentos ni medicinas a Don Carmen, tampoco a Matilde» *. Los exámenes de laboratorio practicados en la Universidad no le merecen crédito *. Lo que piensa de la posible exhumación de los cadáveres *. Razones que tuvo para regresar a Nicaragua *. Habla de envidia y persecución política *. Se defenderá él mismo *.

El día declina. Son las seis de la tarde del 15 de octubre de 1933; la noble ciudad que todavía reza de rodillas el ángelus, está conmovida. Al compás de las seis tenues campanadas que da el reloj de la Basílica, subo las gradas del presidio. El Capitán Anastasio Ortiz me conduce gentilmente hacia el interior y al llegar al extremo oriental del oscuro y húmedo corredor de piedra, me dice: «Esta es la celda». Hay aquí un silencio sobrecogedor, como el que sólo se siente en los templos desiertos, y en los cementerios. Me detengo unos segundos y miro, en el fondo, una ventana donde la luz crepuscular entra a cuadros; un camastro modestamente arreglado, un reo pensativo, sentado, con los brazos cruzados, apoyado en una mesita de pino sin cepillar que hace de escritorio y comedor; unos libros, unos periódicos, un pocillo enlozado y una botella de agua. Nada más.

Súbitamente, una mirada. Un hombre de regular estatura, blanco, barba y bigotes rasurados; cara ovalada con pronunciamiento en la base del maxilar inferior; pelo negro y liso, mirada apacible y vaga tras los lentes; boca pequeña y labios delgados, senos frontales hundidos, frente mediana, base de la nariz también hundida, nariz recta. Un conjunto fisonómico que acusa determinación, astucia y cálculo y en el que los criminalistas podrían ensayar, en base a la medición del cráneo y la correcta determinación de rasgos y proporciones morfológicas, sus tan sonadas tesis de la herencia y la predeterminación al delito. Pero más allá de esas consideraciones científicas, tampoco podríamos negarnos a reconocer que se trata de un espécimen masculino atractivo, al que el bello sexo de la alta sociedad de León llegó a considerar, de manera poco menos que unánime, como irresistible. ¿Irresistible, cruel? ¿Esconde una cosa la otra?

Viste de casimir negro, corbata negra. Aun en la soledad de su celda, no abandona el atuendo de riguroso luto que siempre lo ha distinguido, y que para conocidos y extraños ha puesto un tinte de misterio en su personalidad de joven extranjero; y que, según hay noticias, persiste en usar como constante tributo de duelo por la muerte de su madre, acaecida cuando todavía era él un imberbe. Según esas mismas noticias, tal acontecimiento de trágica factura, pues murió la señora entre inenarrables dolores presenciados por el niño, decidió no solamente el color fúnebre de sus ropas, sino que llegó a calar hondo, con el paso del tiempo, en los avatares de su conducta.

Cuando me ve en la puerta de la celda, me escudriña con un movimiento peculiar de las cejas y con palabra suave me invita a entrar. Lo saludo. Lo agradece, conmovido. ¿Es este reo solitario y entristecido el gentleman que tanto brillara en los salones de la mejor sociedad de León, como el preferido de las bellas? ¿Es éste aquel joven de fácil y despierto decir, de la broma a flor de labios, de inteligencia privilegiada y ademanes tan seductores? Es él, no hay duda, sólo que hoy abatido por el rayo del infortunio.

La entrevista comienza.

—Doctor Castañeda: la prensa nacional y extranjera da diversos coloridos a una tragedia que conmueve a León; su persona es objeto de vivos comentarios y alrededor suyo se tejen múltiples conjeturas. ¿Quisiera Ud. responder algunas preguntas para los ávidos lectores de «El Cronista»?

Medita unos segundos. Interroga con movimientos lentos de la cabeza, y contestá:

—Con gusto, Señor Usulutlán. (Una pausa.)

Se toma la frente con ambas manos; se reclina con visible angustia en la mesa, me mira nuevamente; noto en sus ojos fatiga y desesperanza. Se quita las lentes.

—¿Su edad? ¿Su familia?

—Nací en Zacapa, República de Guatemala, el 18 de enero de 1908 (ligera arruga se dibuja en su frente). Mi padre se llama Ricardo Castañeda Paz, militar en retiro, y quien desde hace seis meses padece de reumatismo. Mi hermano Gustavo, joven de diecinueve años, está preparándose para sus exámenes, en el tercer curso de la Facultad de Medicina y Cirugía de Guatemala. Mi otro hermano, Ricardo Castañeda, está terminando su carrera de Médico Cirujano, en la Universidad de Munich, Alemania.

—¿Sus estudios?

—Cursé la primaria en el Colegio de Infantes de Guatemala. Me bachilleré en el Instituto Nacional de Oriente, de Chiquimula; comencé mis estudios de Derecho en la Universidad de San Carlos Borromeo, y los terminé aquí en León, donde me gradué de abogado el 21 de febrero de este mismo año de 1933.

—¿Su vida pública?

—Desempeñé el cargo de Oficial Mayor de la Secretaría de Educación Pública, en Guatemala, en el año de 1926; y seguidamente ocupé, ese mismo año, la subsecretaría de esa misma cartera.

—¿Quiere decir que formó Ud. parte del gabinete del Supremo Gobierno de Guatemala, a los dieciocho años de edad?

Me mira sorprendido, como si mi pregunta fuera una necedad. Pero al poco rato sonríe con benevolencia, y responde:

—Sí, efectivamente. Y pocos años después entré en el servicio diplomático. En 1929 fui enviado como attaché de la Legación de Guatemala en Costa Rica; y a finales del mismo año pasé a ocupar el cargo de Secretario de la Legación en Nicaragua. Desde entonces comencé a sentir especial afecto por este país.

—¿Conoció en Costa Rica al joven Rafael Ubico?

La severidad y la desconfianza aparecen a la vez en su rostro. Tamborilea con los dedos sobre la superficie burda de la mesa.

—Perfectamente. Falleció el 22 de noviembre de 1929 en San José, siendo él entonces Secretario de la Legación, de la cual era yo, como ya le dije, attaché. Fuimos íntimos amigos.

—¿La causa de su muerte?

Mayor inquietud en su mirada; mayor irritación e impaciencia en sus gestos.

—El dictamen unánime de los médicos que lo asistieron fue «ataque renal a consecuencia de intoxicación alcohólica». Mi amigo, el joven Ubico, vivía en la Pensión Alemana, cerca del Correo Central, Plaza de la Artillería; yo vivía en otra, llamada Pensión Niza, en el costado oriental del Edificio Metálico, cerca del Parque Morazán.

La noche anterior a la muerte de Ubico se había efectuado en San José el enlace matrimonial de la Señorita Lilly Rohrmoser (de manera gentil, el Doctor Castañeda me ayuda a escribir este apellido en mi cuaderno) con el Caballero Don Guillermo Vargas Facio, habiendo sido esta boda un acontecimiento social sin precedentes en la alta sociedad josefina, por su esplendor.

—¿Asistió Ud. a esa fiesta?

—No, pero Ubico sí lo hizo; libó allí abundantes copas, como desgraciadamente acostumbraba hacerlo. Cerca de las tres de la mañana, un grupo de amigos lo llevó a acostar a su pieza de la Pensión Alemana, después de haberlo hecho reposar por espacio de una hora en uno de los salones de la casa de la novia, donde se celebraba la fiesta. Hubo de administrársele allí mismo medicamentos varios para tratar de rebajarle la embriaguez.

—¿Lo asistió Ud. después?

Una sombra atraviesa su mirada, y con un gesto de la mano procura apartarla, como si de un molesto moscardón se tratara.

—Acudí en su auxilio como amigo que era suyo, a eso de las nueve de la mañana. Fui llamado telefónicamente por una sirvienta de la Pensión Alemana, en nombre del joven Ubico, quien reclamaba mi presencia a su lado; vi su estado de postración, y después de llamar por teléfono al médico guatemalteco Doctor Pedro Hurtado Peña, me dirigí a la Legación en busca del Embajador, Licenciado Alfredo Skinner Klee. Llegó éste, y en su presencia el médico dictaminó que el caso era de extrema gravedad, dado el estado de debilidad del enfermo. Se presentó otro médico llamado por la propietaria de la pensión, el Doctor Mariano Figueres, y opinó lo mismo.

—Perdone la pregunta. ¿Pero le dio Ud. a tomar algún medicamento?

—Ubico acostumbraba tomar, cuando el alcohol perturbaba su organismo, una medicina de patente llamada Licor Zeller, que es una sal. Como no sintiera alivio ninguno, y tardaba en llegar el Doctor Hurtado Peña, me pidió que fuera a la botica a comprarle bicarbonato de sodio. Por recomendación del farmacéutico le llevé Bromo-Seltzer. Tampoco le hizo ningún efecto. Los médicos le aplicaron inyecciones y lavativas. Todo fue inútil.

—¿Y después de fallecido Ubico?

—El Señor Embajador Skinner Klee dispuso que le practicaran la autopsia, así como el examen de los líquidos provenientes de las vísceras; y que se hiciera un examen de las medicinas que le habían sido administradas al fallecido.

—¿Por qué todas esas previsiones? ¿Se sospechaba acaso de mano criminal en su muerte?

El joven abogado ha vuelto a ponerse parsimoniosamente los lentes, y pareciera escrutarme con algo de piedad en su mirada triste.

—Porque es de rigor conforme el Reglamento Diplomático de Guatemala, que obliga a proceder así en tales casos.

—¿Y cuál fue el resultado de la investigación científica?

—El Jefe del Laboratorio Nacional de Costa Rica, Monsieur Gaston Michaud, rindió el informe oficial que corre en el expediente de las investigaciones levantadas: después de ser sometidas vísceras y líquidos al más escrupuloso análisis, se encontró que dichas materias no contenían ninguna sustancia tóxica. Lo mismo debe decirse de los medicamentos.

Ya han caído las sombras de la noche. Una bujía solitaria brilla en el techo de la celda, pendiendo del cordón eléctrico. Hace unos momentos el reo se ha puesto de pie para encenderla.

—¿Es ésta la primera interview que Ud. concede a la prensa?

—Sí. Hasta ahora puedo hablar, pues tengo una semana de estar por completo incomunicado, mientras en los periódicos se ha dicho de mí lo que se ha querido, sin prueba alguna. Agradezco a Ud., Señor Usulutlán, la oportunidad que me presenta para hacer estas declaraciones que pueden llevar un poco de tranquilidad a mis numerosos amigos, quienes deben saber que tengo mi conciencia transparente como el cristal.

—¿Sabe Ud. los motivos de su prisión?

Enérgico, mostrando indignación, el reo se pasea por la reducida estancia.

—He estado detenido a la orden del Señor Jefe Director de la Guardia Nacional, General Anastasio Somoza. Pero no es sino hasta hoy que se me ha notificado auto de detención por parte de la autoridad judicial competente, lo cual sólo viene a confirmar la ilegalidad de los procedimientos.

Mi entrevistado no responde directamente a mi pregunta. No quisiera forzarlo, pero el deber periodístico se impone, y procedo.

—¿Han llegado a Ud. las versiones que circulan sobre la muerte de su esposa Marta?

Dejando su paseo, vuelve a su asiento, y parece desplomarse, abatido por una inmensa pesadumbre.

—Sí, por desgracia las conozco. Mi esposa era de una salud muy frágil, padeciendo a menudo de hemorragias catameniales, y aquí, desgraciadamente, contrajo severa afección palúdica. Ya he pedido al Señor Juez de lo Criminal, que me haga el favor de disponer la exhumación del cadáver de mi esposa, por muy doloroso que resulte para mí, con el objeto de que se compruebe de una vez por todas que no murió envenenada, sino que, como los médicos que la asistieron lo confirmaron a su tiempo, falleció debido a un ataque de fiebre perniciosa. Tales rumores hieren mis sentimientos de una manera que Ud. no puede imaginarse; y lo mismo puedo decirle de las versiones que con tanta crueldad y malintención se han hecho rodar sobre el deceso, para mí nunca lamentado suficientemente, de la Señorita Matilde Contreras. El cadáver de la Señorita Contreras debe ser asimismo exhumado.

Ahora el reo cruza los brazos sobre el pecho, alza la barbilla como queriendo desafiarme no sólo a mí, sino a todo el mundo social. El mundo brillante que antes lo celebraba y ahora se ha puesto en su contra.

—Usted mismo ha traído a colación la muerte de la Señorita Matilde Contreras. Las autoridades judiciales también están determinando si ella murió envenenada, dadas las circunstancias violentas de su fallecimiento. ¿Qué tiene Ud. que decir?

Las lágrimas asoman a los ojos del reo. Las enjuga con el gonce de un dedo, a falta inmediata de un pañuelo.

—Tenga Ud. por seguro que si yo estuviera en libertad, ya me hubiera ocupado con toda valentía en defenderme de esas calumnias infames. Matildita fue para mí un crisol de virtudes, un venero de bondades y encantos. Le tocó por desgracia fallecer, igual que mi esposa, en la plenitud de su juventud, atacadas las dos por el mismo mal, la fiebre perniciosa. Dado el cariño y la estima que me dispensaba, debe sufrir desde el más allá viéndome en la situación que me encuentro, por culpa de la insidia y la calumnia vil.

Nueva pausa. El reo parece turbado por sus recuerdos, como si las sombras de su vida pasada se pasearan de la mano por la triste celda, haciendo ronda a su soledad. Presiente lo que voy a preguntarle ahora y me mira con abatimiento.

—Ud. se encuentra prisionero a raíz del fallecimiento violento del caballero Don Carmen Contreras, cuyo techo Ud. compartía como huésped de la hoy adolorida familia. ¿Qué tiene que responder a nuestros lectores?

—La muerte inesperada de Don Carmen ha sido para mí motivo de profundo y sincero dolor. Fue un gran amigo mío, y me honro en contarme entre quienes pudieron llamarse en vida suya sus amigos, ya que siempre los seleccionó con criterios muy estrictos.

—¿Dio Ud. alimento o medicinas a Don Carmen el día de su muerte?

—Jamás. Que digan sus familiares si tienen la sospecha más mínima sobre la rectitud de mi conducta. Apelo a Doña Flora, su inconsolable viuda, para corroborar mis afirmaciones. En el comedor servían los familiares y los sirvientes. Don Carmen se administraba sus medicinas él mismo, y él las guardaba. ¿Por qué iba yo a ocuparme de darle medicamentos? Tampoco di nunca alimentos a Matilde, como mis acusadores gratuitos se empeñan en afirmar. Imagínese, dicen que le di a comer una pata de pollo, envenenada con estricnina. Los desafío a acercar sus lenguas viperinas a una pata de pollo así envenenada para que comprueben su falacidad e ignorancia.

—Las pruebas practicadas con las vísceras del cadáver de Don Carmen, en el laboratorio de la Facultad de Farmacia de la Universidad, demostraron que murió envenenado. Los animales inyectados con sustancias provenientes de esos jugos y órganos, fallecieron tras violentas convulsiones. ¿Considera Ud. válidos esos resultados?

Una débil sonrisa, de la cual no está ausente el sarcasmo, se dibuja en los labios descoloridos del reo.

—Los reparos a semejantes procedimientos son muchos; y, aunque yo no soy ningún científico, las debilidades saltan a la vista. Esas pruebas son irrisorias, aun para cualquier profano en la materia. En el laboratorio de la Facultad de Farmacia los estudiantes fabrican bajo la dirección de sus profesores, siropes y brillantinas perfumadas. Ese es el grado científico que allí se ha alcanzado. ¿Y cómo espera Ud. que yo acepte como prueba judicial, aunque no fueran pruebas contra mí, el asesinato de un perro callejero, de un gato de patio, o de una triste rana, que es lo que con tanto escándalo se ha practicado en ese laboratorio?

—Ud. ha hablado de la exhumación de los cadáveres de su esposa, y de la Señorita Matilde Contreras; y se muestra favorable a tal procedimiento. Una vez desenterrados los cuerpos, y practicada la autopsia, ¿cree que los exámenes científicos deben hacerse en León? ¿O sugiere Ud. acaso que sean llevadas las vísceras a laboratorios de la capital?

—Esa determinación no me corresponde tomarla a mí, sino al Juez de la causa. Pero anótela Ud., señor reportero, como una idea no despreciable. Es obvio que en la capital se cuenta con medios más adecuados y serios; y al menos se ahorra así la vida de otros pobres animales, que de seguro morirían si se les inyecta con sustancias provenientes de un cadáver putrefacto.

Pese a la mordacidad de sus señalamientos, parece extenuado, sin fuerzas. Sin embargo, es necesario tocar otros temas; se lo propongo, acepta.

—Perdone Ud.: después de la muerte de su esposa Marta, Ud. abandonó Nicaragua, supuestamente para siempre. ¿A qué se debió entonces su regreso, si ya nada lo retenía aquí?

Sonríe, melancólico.

—Regresé con la intención de preparar los materiales del libro «Nicaragua, 1934», tarea emprendida en sociedad con el Señor Miguel Barnet, de nacionalidad cubana, y experto en materia editorial. Se trata de un anuario con datos sociales y económicos, estadísticas diversas y fotografías; y para reunir la información necesaria nos proponíamos recorrer l

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