La Biblia negra

José Calvo Poyato

Fragmento

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Créditos

1.ª edición: octubre de 2017

© 2000, José Calvo Poyato

© 2000, 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-870-9

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Santiago había cerrado su pequeña tienda de escribano más pronto de lo habitual. Durante los crudos meses del invierno solía hacerlo antes de las cinco de la tarde, cuando la luz declinaba ya de forma clara y todavía las sombras de la noche apenas eran una leve amenaza sobre el apretado caserío de la ciudad, ceñido por las aguas del Tajo en una curva que casi llegaba a ser una circunferencia.

Hacía ya más de tres años que habían instalado un llamativo reloj en una de las fachadas laterales de la catedral y desde entonces el escribano había adaptado su trabajo al ritmo de aquel instrumento. En tiempo de verano su tienda permanecía abierta dos horas más, hasta que las majestuosas campanadas daban las siete. Santiago Díaz, que así se llamaba el escribano, una vez cerrado su negocio marchaba directamente a su casa, apenas cruzaba algún saludo con las gentes que encontraba en su camino y, desde luego, solo por alguna razón poderosa se detenía. Gustaba de estar en su hogar antes de que las últimas luces del día se perdiesen en el horizonte y si, por un casual, era requerido para realizar algún tipo de trabajo en la propia morada del cliente, circunstancia que se producía con cierta frecuencia, adelantaba la hora de cierre de su establecimiento. Llegar a casa con luz del día era para él una máxima de cumplimiento casi obligado. Era algo que no solo había practicado desde siempre sino que también lo había visto hacer a sus mayores. Era, si así podía llamarse, una tradición familiar que había pasado de padres a hijos, lo mismo que aquel oficio de escribano y también el de librero, que ejercía desde su juventud. Aprendió el oficio de su padre, quien lo había heredado de su abuelo, y este, a su vez, lo había recibido del suyo. Se perdía en la memoria de la familia la tradición de aquella actividad de escribanos libreros, que los Díaz habían ejercido a lo largo de generaciones. Llevaban cuatro de ellas instalados en aquella ciudad cabeza de las Españas desde que los reyes visigodos la convirtieron en eje de su dominio sobre las tierras peninsulares y en el principal centro religioso de la monarquía.

Aquella desangelada y fría tarde del mes de enero Santiago Díaz había cerrado mucho antes de las cinco, a pesar de que no tenía que atender petición alguna en casa de ningún cliente. Había decidido concluir la jornada antes de lo habitual porque el ambiente estaba tormentoso. Y la tormenta, señalada como inminente por los negros nubarrones que cubrían en su totalidad el cielo toledano, no era solo meteorológica. Habían corrido por la ciudad extraños rumores que llegaron a los pocos días de recibirse la noticia de la entrada de las tropas cristianas en Granada, último baluarte de los musulmanes en España. El ambiente, enrarecido por los rumores, había llenado de congoja y miedos el corazón de muchas familias toledanas.

Justo en el momento en que Santiago giraba las dos vueltas de llave en la cerradura embutida en la sólida puerta de su establecimiento y echaba el candado de la barra de hierro que, a modo de refuerzo, la atravesaba horizontalmente, habían empezado a caer las primeras gotas de lluvia. Eran aún escasas, pero tan grandes y fuertes que hacían daño cuando golpeaban en la cabeza. Acomodó sobre sus hombros la recia capa de lana con la que combatía los rigores del invierno y alzó la esclavina que adornaba el cuello de la misma, como forma de protegerse de la lluvia. Después se caló hasta las cejas, cubriendo también las orejas, el redondo bonete con que tapaba su cabeza, tanto en invierno como en verano. Se embozó y echó a andar cuesta arriba. En su rostro, azotado por el viento y por la lluvia, se pintaba la preocupación.

Apenas había dado una docena de pasos cuando se detuvo, giró sobre los talones y volvió a su tienda. Abrió candado y cerradura, y buscó entre los rimeros de libros que se apilaban por todas partes en aquel cuchitril donde desarrollaba su actividad, encontró rápidamente lo que deseaba: un libro de regular tamaño encuadernado con unas llamativas tapas de latón en las que había grabadas extrañas letras. Lo protegió lo mejor que pudo metiéndolo entre la ropilla y el jubón, cerró el tabuco y emprendió nuevamente el camino hacia su morada. La lluvia había arreciado y también el viento por lo que su andar parecía cansino a causa del esfuerzo que realizaba, con el cuerpo doblado hacia adelante.

Recorrió su cotidiano itinerario y se cruzó con pocos transeúntes, el tormentoso ambiente y la lluvia hacía incómodo el caminar por las calles. Todos iban con prisa. La tarde era cada vez más destemplada e invitaba al recogimiento en el hogar. La lluvia, de continuar así, podría ser torrencial en poco rato. Ganaba ya la calle donde estaba emplazada su casa, junto a una vieja mezquita que los cristianos, tras la conquista de la ciudad a finales del siglo XI, habían convertido en iglesia, la iglesia de Santo Tomé, cuando el primer relámpago de la tormenta cruzó el cielo, iluminándolo todo por un instante. El rugido del trueno que le acompañó fue estremecedor e inmediato. La tormenta estaba sobre Toledo. Un escalofrío le recorrió la espalda a la par que una sensación de miedo invadió su cuerpo. En la calle no había nadie. Ni por delante, ni por detrás. Santiago aceleró el paso para llegar cuanto antes al refugio que suponía su hogar. Cuando cruzó el umbral de la puerta que daba acceso al zaguán su capa chorreaba agua por los bordes y el bonete con que se cubría estaba tan empapado que la humedad había traspasado el tejido y mojado su cabeza. Tenía la respiración agitada y entrecortada no solo por el esfuerzo que había realizado al caminar en medio del temporal, sino por la agitación que le embargaba el espíritu.

Al entrar en su casa comprobó que Ana, su mujer, acudía presurosa cuando sintió el ruido de la cerradura al girar la llave en su interior y el chirriar de los goznes de la puerta. Bajó desde la planta alta de la casa llamándole, entre alarmada y sorprendida:

—¡Santiago, Santiago! ¡Eres tú, Santiago!

—Sí... sí... Soy yo. —Su voz sonó acansinada, como la de un anciano.

—¿Ha ocurrido algo? Hace poco que dieron las tres. ¿O es que ando un poco trastornada y he perdido la noción del tiempo?

—No, Ana, no estás trastornada. Aún no han dado las cuatro.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó inquieta la mujer.

Santiago contestó con una negación de cabeza a la pregunta de su esposa, calmando parte de la agitación que le había producido la llegada a deshoras de su marido.

El escribano se quitó la capa y, tras sacudir el agua que chorreaba por su superficie, la extendió cuidadosamente sobre un arca para que escurriese el resto. Abrió su jubón y sacó de su pecho el libro que con tanto cuidado había llevado a su casa, protegiéndolo del aguacero. Lo miró con fijeza y suspiró profundamente. Algo en su interior le decía que aquel no era un libro corriente y que lo que encerraban sus páginas era algo fuera de lo común. Le inquietaban aquellos caracteres grabados sobre las tapas de latón y cuyo significado desconocía. No eran caracteres latinos. Se trataba de letras hebreas, pero no podía descifrar su contenido. Tenían un brillante color dorado y atraían la atención, como si en ellas hubiese escondido un hechizo, de quien posase sus ojos sobre ellas.

Santiago Díaz y su mujer Ana Girón formaban una pareja bien avenida que, sin embargo, no había tenido descendencia. La falta de sucesión les agobió durante sus primeros años de matrimonio, pero con el paso del tiempo habían asumido la situación. Hacía ya trece años que habían contraído el sagrado vínculo, pero Dios nuestro Señor no les había concedido la alegría de los hijos. Aunque aún eran jóvenes, Santiago había cumplido treinta y un años y Ana aún no tenía veintisiete, no albergaban ya muchas esperanzas de tener descendencia, después de tanto tiempo de esterilidad. A Santiago, a pesar de la resignación, aquella falta de sucesión le producía una fuerte desazón porque, entre otras cosas, significaba que la larga tradición familiar de los Díaz escribanos y libreros se acabaría con él.

A pesar de lo sedentario de su actividad —había días en los que permanecía toda la jornada sentado entre los papeles y libros de su tienda— tenía el aspecto de un hombre ágil y en buena forma física. Su cuerpo menudo transmitía una fuerte sensación de vitalidad, que contrastaba con el ejercicio de las tareas a las que se dedicaba. El color cetrino de su piel tampoco encajaba con el de un hombre que no ejercía su trabajo en contacto con la naturaleza. Su pelo negro y ensortijado caía sobre su cuello y a ambos lados de la cara tapando parte de la misma, también sus ojos eran negros, a juego con sus cabellos. Tenía una mirada cargada de fuerza, aunque en el fondo de sus pupilas podía verse un tono de melancolía producido, tal vez, por el hijo deseado que no había llegado, al menos hasta el presente. Sus manos sí respondían a la actividad que ejercía: la palma era estrecha y se prolongaba en unos dedos largos y finos. Eran suaves y sedosas; parecían más de fémina que de varón.

Ana Girón era una mujer que conservaba todavía el atractivo de la juventud. Contrajo matrimonio cuando apenas contaba catorce años y había dedicado su vida a cuidar del hogar familiar y a atender sus obligaciones religiosas, que cumplía con escrúpulo. Su mayor pena era no haber dado descendencia a su esposo, aunque, a diferencia de su marido, aún no había perdido la esperanza de que un día sucediese el milagro. Con frecuencia, en sus visitas diarias a la vecina iglesia de Santo Tomé, encendía una costosa vela de cera que ofrecía ante la imagen de su venerada santa Ana, pidiéndole que convirtiese en realidad el mayor de sus deseos. Su vida transcurría de forma placentera y sin agobios económicos de ningún tipo. Podía permitirse ser generosa en sus limosnas y disponer de un servicio doméstico incluso superior al que demandaban las parcas necesidades de un matrimonio como el que formaban Santiago y ella. Su mayor preocupación, aparte de la deseada descendencia, eran algunas de las amistades de su marido, a las que consideraba inadecuadas y peligrosas. No le gustaba que frecuentase la casa del médico Samuel Leví, una preeminente personalidad entre la comunidad judía de Toledo. De aquella relación, pensaba Ana, no podía resultar nada provechoso. Tampoco veía con buenos ojos que fuese a la tertulia de la rebotica que había en el establecimiento de Pedro de Aranda, junto a la Puerta Vieja de Bisagra. Ni le gustaba el canónigo Armenta con quien su marido mantenía una estrecha relación. Sus recelos hacia el clérigo se derivaban de los rumores que circulaban por todas partes acerca de sus aficiones y actividades. Además, no compartía el hecho de que la dignidad catedralicia viviese amancebado, con una concubina. Aquella relación, poco edificante, era del dominio público de todos los toledanos.

El escribano se dirigió a la pequeña habitación que le servía de gabinete de trabajo en su propia casa y donde se reunía, desde luego en contadas ocasiones ante la oposición de su mujer a la que no gustaba de contrariar, con aquellas amistades que tan peligrosas resultaban en opinión de Ana. Las actividades que Santiago realizaba en aquella estancia eran siempre un trabajo solitario. Nunca recibía allí a los clientes. La escasa luz que penetraba en la habitación procedía de un ventanuco que daba al patio de la vivienda y que por su posición recibía más luz en los atardeceres que durante las mañanas, pero nunca la claridad dominaba entre aquellas paredes. No obstante, era un lugar que invitaba al recogimiento y a la meditación.

El mobiliario era escaso. Una recia mesa de madera de nogal, como denotaban las sinuosas vetas que recorrían las tablas, y varios sillones, de aspecto incómodo, con el respaldar y el asiento de cuero. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera que iban del suelo al techo y que se encontraban atestadas de libros y papeles entre los que parecía reinar el mayor de los desórdenes. Santiago, sin embargo, no permitía ni a su mujer, ni a Elvira, la esclava musulmana conversa que formaba parte del servicio de la casa y que tenía entre otras obligaciones encomendadas las tareas de limpieza, que pusiesen allí la mano. Los deseos de organización y orden que presidían la vida y el hogar de los Díaz y que Ana había impuesto en todas las dependencias, chocaban con la férrea voluntad del escribano de que no se moviese uno solo de los papeles que se amontonaban en su gabinete. Repetía una y otra vez que aquel era un desorden ordenado y que él sabía, con precisión absoluta, dónde estaba cada una de las cosas que allí se apilaban. Parecía que aquella era una afirmación carente de sentido a la vista del lugar, pero era rigurosamente cierto que, cada vez que Santiago Díaz necesitaba de alguno de aquellos libros, infolios manuscritos o carpetas donde se guardaban papeles y documentos, se dirigía sin titubeos al lugar donde los mismos reposaban.

Hizo sitio en la mesa de trabajo, donde el desordenado orden también era dominante, para colocar el libro de las tapas de latón. Después encendió un cirio de sebo que le proporcionaba la luz que el lugar no poseía. Tomó asiento y se dispuso a explorar el contenido de aquella extraña obra. En aquel preciso momento el ruido de un trueno, largo y fuerte, respuesta inmediata a un relámpago que había llenado el lugar de una luz espectral, sonó como si rodasen numerosos objetos pesados en la planta alta del inmueble. Santiago se estremeció otra vez, igual que cuando caminaba hacia su casa.

Una vez más miró con detenimiento los extraños signos que decoraban la tapa. Por un instante, recordó al hombre que aquella misma mañana, poco después del mediodía, había llegado a su tienda, presa de una fuerte agitación. Su descompuesto rostro no le era familiar. Sin duda, se trataba de un forastero que, tal vez, se encontrase en apuros económicos y necesitaba dinero contante y sonante. Pensó que podía tratarse también de alguien a quien una casualidad del destino le puso en sus manos aquel extraño libro, sin que para él tuviese interés y hubiese decidido convertirlo en dinero. Luego recordó que el individuo se lo ofreció en empeño, reservándose la posibilidad de recuperarlo, en un plazo de seis meses, pagando seis maravedises más de las dos doblas que había solicitado por él. Santiago sabía por experiencia que la mayor parte de los empeños eran ventas definitivas y más aún tratándose de un desconocido, de un forastero. Aquel hombre tenía dibujado el miedo en sus ojos y parecía tener prisa, mucha prisa. Durante los pocos minutos que necesitaron para realizar la transacción no dejó de mirar, inquieto, en todas direcciones, como si temiera a algo o a alguien. El librero recordó que aceptó el primer precio que le había ofrecido y no regateó un solo maravedí. Estaba convencido de que si le hubiese dado una cantidad inferior también la habría aceptado.

Ahora, en la tranquilidad de su gabinete, recordando aquellos instantes, le pasó por la mente la idea de que aquel individuo deseaba, por encima de todo, deshacerse del libro a cualquier precio. Sumido en aquellas reflexiones, recordó incluso cómo el dueño de la extraña obra actuó con tanta torpeza y desconcierto que ni siquiera había retirado un recibo que le permitiese reclamarlo dentro del plazo fijado. En aquella operación todo habían sido prisas que se convirtieron en nervios cuando se acercó a la tienda maese Pedro, el organista de la catedral para encargar cinco copias de la partitura del Te Deum solemne que había sido estrenado en la pasada fiesta de la Epifanía y del que en todo Toledo no había dejado de hablarse en aquellos días. El dueño del libro, que acababa de cobrar sus dos doblas, se marchó como alma que llevaba el diablo.

¿Sería el libro fruto de un robo? Este pensamiento voló fugazmente por su cabeza.

Un nuevo relámpago, que inundó otra vez de blanquecina luz la habitación, fue seguido inmediatamente de un trueno tan fuerte que le llenó el corazón de congoja y le sacó de sus reflexiones.

Abrió el libro y en su primera página leyó una especie de dedicatoria que decía: ABRAHAM EL JUDÍO, PRÍNCIPE, PRESTE, LEVITA, ASTRÓLOGO Y FILÓSOFO, DE LA RAZA DE LOS JUDÍOS, POR LA IRA DE DIOS DISPERSADA EN LAS GALIAS, SALUD D.I.

Esta dedicatoria estaba escrita en latín con grandes letras capitulares doradas.

También, un poco más abajo, pero separado del resto del texto, aparecía en esa primera página la palabra «Maranatha».

A Santiago le llamaron la atención las hojas del libro. Eran de una textura finísima y de una calidad extraordinaria. Parecían delgadas láminas de papiro finamente trabajado. La caligrafía era exquisita y permitía una lectura fácil para quien dominase el latín. Aunque tenía conocimientos rudimentarios de aquella lengua, no estaba en condiciones de traducir fielmente el texto. Sin embargo, algo en su interior le decía que su contenido se salía de lo común. Sin saber por qué aumentó la inquietud y el desasosiego que le embargaban el ánimo.

Se sumió en la contemplación de aquellas misteriosas páginas de una forma tan profunda que no se dio cuenta de que la tormenta amainó primero y se alejó definitivamente después. Al aclararse el cielo, aún tuvo Toledo unos instantes de claridad, antes de que las sombras de la noche cayesen definitivamente sobre la ciudad. Tampoco se percató de que Ana, acompañada de la esclava mora, salió de la casa para dirigirse a la iglesia vecina y rezar su plegaria vespertina, aprovechando los instantes finales de luz natural con que Dios nuestro Señor les obsequiaba en las horas postreras de aquella jornada.

Había perdido la noción del tiempo. No sabía qué hora era cuando Ana interrumpió sus reflexiones.

—Santiago, es ya muy tarde. La cena hace largo rato que está preparada y la sopa se está enfriando. Vamos a comer.

El escribano se restregó los ojos con los puños cerrados, intentando por medio de tan rudimentario procedimiento combatir el escozor. Los tenía enrojecidos, tras las largas horas pasadas examinando aquellas páginas fascinantes. Sin decir nada se levantó del sillón y siguió a su mujer hasta el comedor.

El silencio fue la nota dominante que presidió la cena. Ana hizo varios intentos de iniciar conversaciones triviales que sacasen a su marido del ensimismamiento en que estaba sumido. Pero todos resultaron fallidos. Santiago se limitaba a contestar con monosílabos desganados. Estaban tomando los postres, dulce de membrillo y miel, cuando Ana comentó algo que atrajo su atención:

—Esta tarde, cuando estaba en Santo Tomé, trajeron el cadáver de un hombre. Le habían degollado de un tajo en el cuello. La herida era fresca, habían debido matarlo hacía poco rato, pero el aguacero que le había caído encima ya le había hinchado la cara y la herida de la garganta estaba llena de ulceraciones. ¡Tenía un aspecto horrible! ¡Tan horrible como la cicatriz que cruzaba una de sus mejillas!

—¡Cómo has dicho! —exclamó Santiago, como si de repente hubiese cobrado vida.

Su esposa se sobresaltó ante aquella inesperada exclamación.

—¡Santiago, por el amor de Dios, que me has asustado! Solo he dicho que el cadáver de un desconocido que han llevado a Santo Tomé tenía una horrible cicatriz que cruzaba una de sus mejillas.

—¿Cómo... cómo era esa cicatriz?

—Pues... como todas las cicatrices: fea.

—¡Ana, por los clavos de Cristo, no me saques de quicio! ¡Dame... dame detalles sobre esa... esa horrible cicatriz!

—¿Tanta importancia tiene la cicatriz de ese cadáver, Santiago?

—¡Mucha más de la que te imaginas! ¡Trata de recordar!

Intrigada por la actitud de su marido, Ana hizo algunas precisiones que llenaron de tensión al escribano.

—Bajaba de forma ondulada desde uno de los ojos hasta la comisura de los labios.

—¿Puedes recordar qué ojo era? —La pregunta contenía una carga de excitación.

—Déjame pensar, déjame pensar... Yo estaba en la capilla del Sagrario y cuando vi el cadáver... Sí, era el ojo derecho. Seguro, era el ojo derecho.

—¡Es él! ¡Entonces es él!

La mujer del escribano se retorció incómoda en su asiento y preguntó a su marido con ansiedad:

—¿Quién es él? ¿De qué demonios estás hablando? —Al darse cuenta de que había mencionado al maligno Ana se persignó de forma mecánica.

Por toda respuesta Santiago preguntó si todavía estarían abiertas a los feligreses las puertas de Santo Tomé.

—¡A estas horas ya no hay abierta una sola iglesia en Toledo! ¡Si son cerca de las nueve!

—Pero... pero si doy una limosna al sacristán... tal vez, tal vez...

Ana Girón miraba a su marido como si se tratase de un desconocido. No podía comprender qué era lo que le sucedía para que tuviese un comportamiento tan extraño.

Sin decir una palabra más, Santiago abandonó el comedor, tomó la capa y, dando un portazo, salió a la calle. Su mujer estaba atónita. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.

Apenas había transcurrido media hora cuando Santiago regresó. Traía el rostro demudado y presentaba un aspecto tan lamentable que alarmó a su mujer.

—¡Santiago, dime de una vez qué es lo que está pasando! Desde esta tarde te encuentro extraño, primero te sentía lejos, como ausente y desde que te comenté la existencia de ese cadáver que llevaron a Santo Tomé estás tan alterado que has acabado por preocuparme. —Ana suavizó el tono de su voz, tratando de transmitir sosiego a su marido—: ¿Qué tienes tú que ver con ese maldito cadáver?

El escribano desabrochó su jubón y deshizo el lazo que anudaba el cuello de su camisa. Llenó sus pulmones de aire y después lo expulsó con violencia. Repitió la operación tres veces y pareció tranquilizarse. Mientras, su mujer, que había indicado a Elvira que preparase una tisana bien caliente endulzada con unas gotas de miel, se dispuso a esperar pacientemente a que su marido se serenase. Hubieron de transcurrir varios minutos, pero al fin Santiago comenzó a hablar.

—Esta mañana, poco después de mediodía, llegó un hombre a la tienda. Deseaba empeñar un libro. El asunto no revestía la mayor importancia, al fin y al cabo eso forma parte del negocio. Sin embargo, me llamó la atención la grave agitación de que era presa aquel individuo. No paraba de mirar en todas direcciones y aceptó, sin regateos, la primera oferta que le hice. Tenía tanta prisa que ni siquiera tomó la papeleta de empeño. Pensé que, quizá, se trataba de un ladrón o de un fugitivo. Después he tenido ocasión de hojear el libro que me trajo. No he hecho otra cosa a lo largo de toda la tarde, pero no tengo idea de cuál es su contenido. Es un libro misterioso. Su valor material es muy superior a las dos doblas que entregué a ese individuo. Ha dejado mi ánimo turbado y en suspenso... —Después de decir esto guardó un largo silencio, como si estuviese reflexionando sobre algo que le agobiaba.

Ana decidió respetar aquel silencio y aguardar. Hubo de esperar unos minutos hasta que su marido volvió a hablar.

—Cuando durante la cena me comentaste lo del cadáver que habían llevado a la iglesia, apenas si te prestaba atención. Pero al decir lo de la cicatriz pensé que podía tratarse del atribulado hombre que me visitó esta mañana.

El librero volvió a guardar silencio. Pero en esta ocasión su mujer le pidió que continuase.

—¿Y bien...?

—He visto el cadáver y es el del hombre en cuestión.

Ana miró fijamente a su marido.

—No comprendo, Santiago, que la muerte de ese hombre te haya afectado de esta manera. ¿Hay algo más que no me has dicho?

Aguardó de nuevo, pacientemente, una respuesta que, al final, llegó.

—Comprenderás que me produzca zozobra el que hayan matado a un hombre con el que esta mañana cerraba un negocio. Aunque asustado, porque aquel hombre temía a algo o a alguien, estaba lleno de vida. Me llamó la atención, como te he dicho antes, su actitud. He pensado si en realidad lo que pretendía era deshacerse, al menos de forma temporal, de un libro que es una rareza, aunque ignore su contenido. Pero hay algo más...

Santiago sacó de uno de los bolsillos de su jubón un papel doblado que puso sobre la mesa. Ahora la angustía que parecía haberle envuelto toda la tarde se trasladó a su esposa.

—¿Qué es ese papel, Santiago? ¿De dónde ha salido?

—Estaba entre las ropas del muerto.

—¿Entre las ropas del muerto, dices? Y... ¿cómo ha llegado a tu poder?

El escribano se encogió de hombros en un gesto que pretendía acompañar su explicación.

—Juan, el sacristán de Santo Tomé, ha accedido a abrirme la iglesia a cambio de unos maravedises. Los suficientes para que me permitiese estar a solas con el cadáver unos minutos. Lo he registrado —al decir esto Ana no pudo evitar que se le escapase un gemido sordo que trató de ahogar llevándose una mano a la boca, aquello no interrumpió la explicación de su marido— y he podido comprobar que las dos doblas que le di esta mañana, como era de esperar, habían desaparecido. Pero encontré, oculto en el dobladillo de las mangas de su camisa, este papel.

Después de aquella explicación, abrió el papel y leyó su contenido. Cuando hubo acabado su lectura el rostro de Ana era el de una mujer aterrorizada. De su boca se escapó una exclamación que más parecía una invocación:

—¡Santo Dios! ¡Protégenos!

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Aún retumbaban en las flamantes bóvedas de la inconclusa catedral primada de España los ecos de las voces de los numerosos canónigos y beneficiados que constituían el cabildo catedralicio toledano. Habían finalizado los salmos que, a mayor gloria de Dios nuestro Señor, se rezaban cada mañana en el viejo coro que se levantaba en el centro mismo de la nave principal. Con la solemnidad que el rito requería, las figuras imponentes de los eclesiásticos se retiraban por parejas hacia la sacristía. Ganaban la zona del crucero para girar luego hacia la puerta del reloj y desde allí dirigirse por una de las naves laterales hasta el comienzo de la girola, donde se abría la puerta que conducía a la dicha sacristía. Todos vestían túnicas talares negras y capas de amplio vuelo de color púrpura, cuyas tonalidades, vistas de cerca, variaban ligeramente. La mayor parte de los canónigos mostraban una actitud de recogimiento y dignidad que acentuaban con el ritmo cadencioso de sus pasos, la posición de sus manos, entrelazadas a la altura del pecho, y la mirada perdida en un lugar lejano. Su número superaba con creces el medio centenar por lo que las largas hileras que formaban constituían una procesión que casi llenaba el recorrido que separaba el coro de la sacristía.

Abrían la marcha de aquella ceremoniosa congregación dos sacristanes, revestidos de alba y roquete, tras los que marchaba un sacerdote vestido solo con la negra túnica talar, portando una cruz sostenida en un largo báculo, lo cual permitía que sobresaliese más de dos varas por encima de las cabezas del conjunto. A continuación marchaba otro eclesiástico, también vestido de negro, que llevaba levantado sobre su cabeza un libro de regulares dimensiones, a cada paso resoplaba por lo incómodo de su posición y presentaba un rostro acalorado por el esfuerzo que había de realizar. Tras él, se alineaban las hileras de canónigos, solemnes y majestuosas. Las gentes que habían asistido a aquel oficio religioso mantenían un respetuoso silencio y muchos de ellos, incluso, inclinaban la cabeza al paso de los canónigos. Cerraba el conjunto un grupo de varios clérigos de menores que portaban diferentes instrumentos litúrgicos; destacaban varios incensarios que, agitados con peculiar estilo, llenaban la atmósfera de un intenso olor a incienso. El relativo desorden de este grupo marcaba un vivo contraste con la comitiva que les precedía.

A la entrada de la amplia sacristía desaparecían, como por ensalmo, los aires ceremoniosos que habían presidido el recorrido hasta entonces. Los señores canónigos se agrupaban en corrillos donde se hablaba de los más variados asuntos, tanto de tipo sacro como profano. La majestuosidad y solemnidad se transformaban en agitación y aspavientos. Algunos de los presentes, para hacerse oír, elevaban su voz de tal manera que más parecían vendedores de mercado, que dignísimos beneficiados de la santa, metropolitana y primada iglesia catedral toledana. Había un momento en que la animación llegaba a su punto álgido. Se producía invariablemente cuando todas sus reverencias habían entrado en la sacristía y charlaban animadamente a la par que se desprendían de los pesados ornamentos de que estaban revestidos porque la liturgia así lo requería. Numerosos sacristanes revoloteaban alrededor de las dignidades catedralicias ayudándoles a desvestirse y guardar las vestimentas, convenientemente plegadas, en las enormes cómodas que, llenas de cajones, rodeaban todo el espacio que ocupaba la sacristía.

Don Diego de Armenta, canónigo penitenciario de aquella catedral, no participó, como era su costumbre, en la algarabía de aquella mañana. Solo hizo un breve comentario acerca del asunto que ocupaba el interés de algunos de los corrillos que se habían formado: la aparición del cadáver de un forastero en la tarde del día anterior. Era cosa admirable comprobar la variedad de versiones que sobre el mismo asunto se ofrecían y que presentaban perfiles tan diversos que bien podían tratarse de asuntos diferentes. Unos decían que el cadáver era el de un ahogado, que unos pescadores habían recogido en el río, aguas abajo del puente de San Martín, cuando se toparon con él. Otros aseguraban que había sido cosido a puñaladas cuando hacía oración en la iglesia de Santo Tomé por unos ladrones que buscaban su bolsa. Otros, que decían tener información certificada, porque procedía de buena tinta, afirmaban que el muerto había abandonado este valle de lágrimas en una reyerta con dos soldados de los muchos que aquellos días pululaban por las ciudades castellanas, licenciados de la guerra de Granada; la reyerta había tenido lugar junto a la nueva iglesia de San Juan. Los soldados habían puesto pies en polvorosa y se carecía de pistas que condujesen a una posible identificación de los matadores. Un rumor diferente, en fin, señalaba que el origen de la muerte del forastero estuvo en una disputa en una de las mancebías de la ciudad por una cuestión de faldas. Los que sostenían esta versión indicaban que poco antes de su muerte aquel individuo había estado en la tienda de Santiago Díaz, el escribano de la costanilla que de Zocodover lleva a la plazuela de la catedral frontera a la puerta que empezaban a llamar del Reloj. Lo cierto y verdad era que ninguna de las versiones respondía con exactitud a lo que realmente había ocurrido.

Armenta apenas se despojó de sus ornamentos de coro, tomó su capa de calle, se caló el bonete y abandonó rápidamente la sacristía. Al requerimiento de uno de sus compañeros de cabildo, que reclamaba su opinión acerca de la celebración de una festividad próxima según el ritual mozárabe, se limitó a responder, sin detenerse:

—Eso puede esperar, señor magistral. Mañana lo veremos. Ahora he de marcharme porque tengo un compromiso y no puedo perder un minuto más.

El canónigo penitenciario de la santa, metropolitana y primada iglesia catedral de Toledo era una de las figuras más relevantes, no ya de la poderosa e influyente clerecía local, sino de toda la ciudad. Frisaba los cincuenta años, aunque su rostro expresaba un dinamismo y una energía propios de una persona mucho más joven. Era hombre corpulento y entrado en carnes. Conservaba íntegro el negro cabello de su juventud, que cortaba periódicamente, sin permitirle crecer más allá del grosor de un dedo. Ese pelado le daba un aspecto de fortaleza y reciedumbre que combinaba a la perfección con su corpulencia. Era persona enérgica en sus planteamientos y actitudes. Su inteligencia era de una agudeza temida por sus adversarios, a los que con frecuencia dejaba en ridículo cuando debatían propuestas en el capítulo catedralicio y se sostenían pareceres contrapuestos. En aquellas situaciones, a los bandos contendientes les gustaba contar entre sus filas al penitenciario, porque ello suponía asegurarse una defensa briosa de sus tesis. Pero en este terreno sus posicionamientos eran imprevisibles y, en algunas ocasiones, hasta desconcertantes. El canónigo Armenta era uno de los pocos miembros —casi el único— del cabildo de la catedral que no estaba alineado en uno de los dos bandos que sostenían una lucha sin tregua por hacerse con el control del poder eclesiástico. Un poder que, en una ciudad como Toledo, casi equivalía a controlarla en su totalidad. Esa posición, que sin duda tenía sus ventajas, ya que le llevaba a ser cortejado por los grupos contendientes, era también sumamente peligrosa. El peligro radicaba en el aislamiento en que sin duda se encontraría en caso de que algún día tuviese dificultades. Y en unos tiempos tan agitados como los que corrían, podían surgir problemas en cualquier momento.

Armenta era poco amigo de componendas y tenía fama de decidido. Era buen predicador y mejor teólogo, aunque, en opinión de algunos —tal vez enemigos suyos—, sostenía ciertos planteamientos que se alejaban de la ortodoxia. Corrían rumores de que era aficionado a las artes ocultas y que tenía algo de alquimista. Los que así opinaban fundamentaban sus asertos en la existencia de un famoso sótano —era famoso, aunque nadie podía jurar haberlo visto— que tenía en las casas de su morada. Allí, decían, guardaba el singular canónigo todo el instrumental y los materiales necesarios para realizar experimentos extraños y hasta diabólicos. Colaboraba a modelar esta imagen su exagerada afición a los libros y a los papeles escritos. También circulaba por Toledo el rumor de que el canónigo poseía una grandísima biblioteca —¡más de trescientos volúmenes!, afirmaban algunos, aunque, desde luego, con notoria exageración— en la que se encontraban muchas obras poco recomendables para un buen cristiano y algunas de ellas eran consideradas francamente perniciosas. Aunque también eran muy pocos los que habían tenido acceso a su biblioteca, en «círculos instruidos» de la ciudad se daban pelos y señales del contenido de la misma; si bien los que mayor número de datos aportaban, nunca habían puesto un pie en la casa del canónigo. Incluso se decía que algunos de los textos conservados entre sus famosos y poco vistos papeles habían sido escritos por él mismo. Entre los que esto afirmaban se encontraba un presuntuoso leguleyo que se hacía llamar doctor Aloberra; si bien no era doctor, ni siquiera licenciado, y entre sus enemigos, que también los tenía, se dudaba que siquiera fuese bachiller. Eran gentes que envidiaban la posición del canónigo y lo convertían en el eje de sus más acervas críticas. Censuraban los de esta laya el tiempo que el penitenciario distraía a sus obligaciones como pastor de la iglesia para dedicarlas a escrituras y experimentos y que no eran agradables a los ojos de Dios nuestro Señor.

Amén de todos los rumores que circulaban sobre su persona y actividades, para colmo de males don Diego de Armenla era amigo de gentes poco recomendables. Tenía frecuentes reuniones con dos médicos judíos

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