Título original: Blood on the Water
Traducción del inglés al español: Borja Folch
1.ª edición: mayo 2016
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-445-9
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A Victoria Zackheim,
por su indefectible amistad
1
Monk se echó hacia atrás, apoyándose un momento en el remo, y dirigió la vista a las aguas del Pool de Londres. Había barcos anclados de todos los países del mundo, el viento del crepúsculo balanceaba las luces de fondeo. El sol estaba bajo en el cielo de primeros de verano, teñido de intenso rojo por la parte de poniente.
Detrás de él, al otro remo, Orme también descansaba. Era un hombre taciturno que había trabajado toda su vida en el río.
—Bonita vista, ¿eh, señor? —dijo, arrugando con satisfacción su rostro curtido—. Apuesto a que no hay nada igual en todo el mundo.
Monk sonrió. Tratándose de Orme, aquello era un derroche de emotividad.
—Creo que lleva usted razón —convino Monk.
Volvieron a agacharse sobre sus remos al unísono. Había una embarcación de recreo a unos cien metros de su popa. Los faroles brillaban a lo largo de todas las cubiertas y podían oír la música y las risas, incluso desde aquella distancia. El barco probablemente había estado fuera la mayor parte del día, tal vez llegando hasta Gravesend, ya en el estuario. El tiempo era perfecto para hacerlo.
Unos jóvenes jugaban, peleando en broma; demasiado cerca de la baranda, pensó Monk. La corriente del Támesis era engañosamente rápida y el agua, asquerosa. Había un par de barcas en las cercanías, una de ellas a pocos metros.
Un hombre gritaba y agitaba los brazos, corriendo hacia la baranda como si fuese a tirarse al agua.
De súbito se produjo un tremendo estallido y una inmensa llamarada se alzó en la proa. Restos de la nave salieron disparados por el aire y la columna de luz fue cegadora. Monk se agachó instintivamente para resguardarse de la onda expansiva, y trozos de madera y metal cayeron en torno a él y a Orme con un ruido ensordecedor. Como un solo hombre, agarraron los remos y se esforzaron en estabilizar la lancha en la turbulencia causada por el barco siniestrado.
Parecía que hubiese cuerpos por doquier, personas revolviéndose en el agua, gritando por encima del estruendo.
Monk se quedó sin habla, sentía tal opresión en el pecho que apenas podía respirar. Él y Orme dieron media vuelta a la patrullera biplaza de la policía y clavaron los remos bien hondo en una carrera hacia la pesadilla, con las espaldas inclinadas, los músculos tensos, ajenos a cualquier cosa que no fuese el horror.
La oscuridad regresó cuando el agua engulló el boquete de la proa y, con las enormes palas todavía girando, el barco entero se sumergió bajo la superficie.
En cuestión de minutos alcanzaron el primer cuerpo: un hombre que flotaba boca arriba, con los ojos abiertos y ciegos. Intentaron rescatarlo hasta que se dieron cuenta de que había perdido ambas piernas, convertidas en sanguinolentos muñones medio oscurecidos por la inmundicia. Nada podían hacer por él. A Monk se le hizo un nudo en el estómago al soltar el cadáver para que cayera de nuevo al agua.
La segunda víctima fue una mujer, sus amplias faldas ya se habían empapado y tiraban de ella hacia abajo. Fueron precisas toda la fuerza de Monk y la muy considerable destreza de Orme para subirla a bordo, manteniendo la lancha estable. La mujer apenas estaba consciente pero, con tanta gente hundiéndose tan deprisa, no había tiempo para detenerse a reanimarla. Lo único que podían hacer era colocarla boca abajo con el mayor cuidado, de modo que el agua que vomitara no la ahogase.
Trabajaron conjuntamente, agachándose, jalando, evitando que la lancha se volcara con el balanceo y el cabeceo que provocaban sus movimientos, y agarrando manos desesperadas, rostros blancos vueltos hacia arriba en la oscuridad. Pocos sabían nadar y se estaban quedando sin fuerzas. Monk les tendía los brazos y notaba dedos como de hierro que se clavaban en su carne mientras los subía a bordo.
Tanto él como Orme estaban calados hasta los huesos, con los músculos doloridos y los brazos magullados. El corazón de Monk le latía en la garganta como si fuese a asfixiarlo. No podía hacer lo suficiente, no daba abasto.
Apenas habían transcurrido minutos desde la explosión cuando lo que quedaba del barco se deslizó hacia las oscuras profundidades del río y desapareció. Solo quedaron los gritos, los restos de la explosión y los cuerpos; algunos inmóviles, otros todavía luchando por mantenerse a flote.
Se aproximaron otras barcas. Había un transbordador a menos de doce metros de ellos. Una luz iluminó por un instante el nombre pintado en la popa y un dibujo que había encima, luego giró en redondo cuando los hombres que iban a bordo sacaron otro cuerpo del agua. Una gabarra iba virando lentamente, arrastrada por la corriente a medida que se acercaba, y el gabarrero se agachaba y alargaba los brazos para ayudar a los que tenía más cerca. Un pequeño carguero de carbón estaba tirando por la borda cualquier cosa a la que quienes estaban en el agua pudieran aferrarse antes de que la ropa que los aprisionaba los arrastrara, todavía gritando, hacia el fondo.
Monk y Orme sacaron del agua a seis personas agotadas, todas las que se atrevían a llevar. Asqueados y amargados, tuvieron que apartar a golpes a otras cuyo peso hubiese hundido la lancha. Monk tuvo que obligar a un hombre a soltar la regala con la pala de su remo, golpeándolo en la cabeza. Su peso los habría ahogado a todos.
Remaron hacia la orilla, oyendo las repetidas expresiones de agradecimiento de los supervivientes que, apiñados en el casco de la barca, trataban de ayudarse unos a otros, sosteniendo derechos a quienes estaban casi inconscientes. En la ribera había hombres que se metían en el agua hasta donde podían, atados entre sí, adentrándose en el cauce del río para recoger a los náufragos.
Monk y Orme regresaron de inmediato hacia la oscuridad casi absoluta, ahora dirigidos tanto por los gritos como por lo que veían. Sacaron a más personas del agua y las condujeron a tierra firme.
Monk perdió la noción del tiempo. Estaba calado hasta los huesos y con tanto frío que no paraba de tiritar, sin embargo él y Orme no podían darse por vencidos. Si todavía quedaba aunque solo fuese una persona milagrosamente viva en aquellas aguas negras, tenían que ir en su busca.
Todos los efectivos de la Policía Fluvial estaban allí, y otros muchos hombres se les unieron, movidos por el horror y la aflicción. En la orilla había hileras de personas haciendo lo que podían. Unos ponían tazones de té caliente con whisky en manos congeladas, ayudando a los rescatados a sujetarlos y beber. Otros repartían mantas; algunos incluso habían traído ropa seca de sus propios armarios.
La luna estaba alta en el cielo cuando Monk y Orme amarraron la lancha y subieron cansinamente la escalera desde el río hasta el muelle, reconociendo con una mirada que habían hecho todo lo posible. El viento había arreciado y cortaba como una guadaña a través de la explanada que se abría ante la comisaría de Wapping, donde tenían su cuartel general.
Monk se arrebujó con el abrigo instintivamente, pero fue un gesto inútil dado que todo lo que llevaba puesto estaba chorreando. Avivó el paso. Cansado como estaba, el frío era peor. Casi no notaba los pies y le dolían todos los huesos. Tenía las palmas de las manos llenas de ampollas y, por tanto, apenas podía moverlas.
Llegó a la puerta con Orme pisándole los talones. Dentro, la estufa de leña estaba encendida. El aire caliente fue una bendición.
El solícito sargento Jackson acudió a su encuentro de inmediato, atendiendo primero a Monk, tal como exigía el rango.
—Más vale que se quite la ropa, señor. Tenemos mucha de repuesto en los armarios. No será de su gusto, señor, siendo como es usted un poco dandi. Pero ahora lo único que importa es que esté seca, o pillará un resfriado de muerte. Con su permiso, señor, ¡tiene un aspecto infernal!
Monk tiritaba tanto que los dientes le castañeteaban sin que pudiera impedirlo.
—¡Creía que en el infierno hacía calor! —dijo, intentando sonreír.
—No, señor, es frío y húmedo. Pregunte a cualquier marinero y verá lo que le dice —contestó Jackson. Se volvió hacia Orme—. Usted también, señor Orme. Su aspecto no es mucho mejor. Cuando salgan les tendré a punto un tazón de té bien caliente con un chorrito de whisky.
—Que sea un buen chorro, por favor —dijo Monk. Quería que el fuego del alcohol disminuyera el horror de su fuero interno, la pena, lo culpable que se sentía por aquellos a quienes no había salvado. Se sentó y dejó que el alivio se adueñara de él, borrando todo lo demás por un instante, como una manta que lo envolviera.
Jackson no respondió. Había pasado toda su vida en el río, igual que Orme. Había visto otras tragedias antes, pero ninguna comparable con aquella. Había estado toda la noche organizando a los hombres, las barcas y cualquier clase de transporte para llevar a los supervivientes a lugares caldeados donde pudieran asistirlos, contestando a preguntas desesperadas tan bien como podía.
Al cabo de veinte minutos, después de secarse con la toalla con tanta fuerza que le dolió, con ropa limpia y seca pero todavía consciente de tener el hedor del río pegado en la piel y el pelo, Monk se sentó cerca de la estufa y bebió un sorbo de té. Todavía estaba caliente, y al menos la mitad era whisky. Orme ocupaba una silla a su lado, y Jackson estaba agobiando con sus atenciones a otro hombre que acababa de entrar.
—Esa explosión —dijo Orme con gravedad, haciendo una mueca al quemarse la lengua con el té—. No ha podido ser la caldera. Por su ubicación. La explosión ha sido en la proa, bien lejos de los motores. Así pues, ¿qué diablos ha sido?
—No veo que haya podido ser un accidente —convino Monk—. Eso solo nos deja el sabotaje.
Orme frunció el ceño.
—¿Por qué, señor? ¿Qué clase de loco haría explotar un barco de recreo? No tiene sentido.
Monk reflexionó un momento. Estaba agotado. Pocas ideas tenían lógica. ¿Por qué iba nadie a hundir deliberadamente una embarcación de recreo? No había un cargamento que robar o destruir, solo personas que matar. ¿Por animosidad con los propietarios del barco? ¿Rivalidad o venganza por un tema de negocios? ¿O contra un grupo de invitados a bordo? ¿Era un asunto político? ¿O incluso un demencial acto de guerra por parte de una potencia extranjera? ¿Anarquistas?
—Alguien que odia Gran Bretaña —dijo Monk finalmente—. Hay unos cuantos de esos.
Se terminó el té y se levantó, dio un traspié pero enseguida recuperó el equilibrio.
La puerta se abrió de golpe y entró Hooper. Era un hombre alto y ágil, e iba derramando agua a cada paso, igual que ellos antes. Tenía el rostro demacrado por la aflicción. Se dobló en una silla mientras Jackson se levantaba para servirle un té.
—Será mejor que vayamos a hablar con los supervivientes —dijo Monk en voz baja a Orme—. Alguien tiene que haber visto algo. —Apoyó una mano en la espalda de Hooper un momento. Entre ellos no eran precisas las palabras—. La gran pregunta es: quienquiera que lo haya hecho, ¿ha escapado, o tenía intención de hundirse con el barco?
Orme dejó su tazón.
—Dios nos asista, realmente nos enfrentamos a un loco, ¿verdad?
Monk no se molestó en contestar. Salió a la noche, y el frío le azotó de nuevo el rostro después del calor del interior. En el cielo despejado, la luz de la luna pintaba un camino de plata a través del río, en cuya superficie flotaban los oscuros restos del naufragio. Se estremeció al pensar que las barcas que aún no habían regresado ya solo estarían recogiendo cadáveres, aunque los muertos, en su mayoría, estarían atrapados en el barco embarrancado en el fango del lecho del río.
Mientras cruzaba la explanada en dirección al muelle pensó en lo que debía hacer y sintió una gran aprensión. Pero era una parte ineludible de su trabajo. Era el comandante de la Policía Fluvial del Támesis. Cualquier crimen acaecido en el río era responsabilidad suya, y aquel era el peor incidente del que se tenía memoria. Sin duda había habido cerca de doscientas personas a bordo del barco. Habría un sinfín de dolientes. En aquellos momentos, la tragedia parecía un puro caos, un sinsentido. ¿Por dónde podía comenzar?
Uno de sus hombres se dirigió a él en la oscuridad. Monk casi no podía verle el rostro pero su voz, cuando habló, sonó ronca, a duras penas controlada.
—Según parece hemos salvado a unas treinta personas. A la mayoría la hemos dejado aquí, en la ribera norte. —Tosió, con la garganta tensa—. Los hemos metido donde hemos podido. Si quiere, puede comenzar por ese almacén de allí abajo, el de Stillman. Hay muchos supervivientes y están haciendo sitio para más. Toda clase de gente ha acudido con mantas, ropa, té, whisky, cualquier cosa útil. —Volvió a toser—. He mandado a media docena al hospital, pero no creo que salgan de esta. Aunque no te ahogues, el agua del río es como un veneno.
—Gracias, Coleman.
Monk asintió con la cabeza y siguió adelante. El almacén estaba cerca. Debía dejar las emociones a un lado y concentrarse en las preguntas que tenía que hacer y en las respuestas que necesitaba que le dieran para empezar a dar algún tipo de sentido a todo aquello.
Se abrió camino entre las cajas, barriles y fardos que había en el patio del almacén. Subió los peldaños hasta las grietas de luz que se veían en torno a la puerta.
El interior estaba iluminado con linternas de ojo de buey. Había una docena aproximada de personas tendidas en el suelo, envueltas en mantas. Varias mujeres las atendían con bebidas calientes y toallas, en algunos casos frotándoles los brazos y las piernas, hablándoles en todo momento con delicadeza. Solo un par de ellas levantaron la vista cuando Monk entró. No parecía policía; estaba exhausto, sin afeitar y vestido con ropa de barquero que no era de su talla.
—Monk —se presentó a la primera mujer que le pareció que no estaba herida. Llevaba una pila de toallas y vendas—. Policía Fluvial. Tengo que averiguar qué ha sucedido. ¿Con cuál de estas personas puedo hablar? —preguntó.
—¿Tiene que ser ahora? —respondió la mujer bruscamente. Tenía el rostro macilento por el cansancio, los ojos enrojecidos. Había manchas de tierra y sangre en la parte delantera de su vestido.
—Sí —contestó Monk en voz baja—. Antes de que lo olviden.
Otra mujer, de más edad, se puso de pie después de haber ayudado a un hombre a tomar una bebida caliente. Era de constitución robusta, llevaba ropa tan gastada que en algunas partes estaba descolorida. A la luz amarilla de la linterna, su rostro sugería no solo agotamiento sino indignación.
—¡Yo nunca lo olvidaré! —dijo entre dientes—. ¿Quiere que lo revivan el resto de su vida?
—Ninguno de nosotros lo olvidará —le contestó Monk—, pero no ha sido un accidente. Tengo que averiguar quién es el responsable de esta atrocidad.
—¡Encuentre al constructor del barco! —replicó la mujer con resentimiento, dándole la espalda para volverse hacia un hombre que llevaba un brazo roto en cabestrillo.
Monk le puso una mano en el brazo, agarrándola con firmeza. Notó que la mujer se ponía tensa y que intentaba zafarse de él.
—Ha sido una explosión —dijo Monk entre dientes—. La proa entera estalló, abriendo un agujero por el que podría pasar un carruaje con un tiro de cuatro caballos.
La mujer se volvió hacia él, con los ojos como platos.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Estaba en el río, a un centenar de metros. Lo he visto con mis propios ojos.
La mujer se santiguó, como para conjurar un mal inconcebible.
—No lo entretenga mucho —fue lo único que dijo, echando un vistazo al hombre que tenía el brazo roto—. Hay que entablillar eso y vendarlo.
Poco a poco, Monk fue de un rescatado al siguiente, ayudando a las mujeres a sostenerlos erguidos, a mantenerlos tapados con las mantas. Rellenó tazas y tazones de té con tanto whisky como osó agregarle, obteniendo vacilantes relatos de lo poco que sabían. Había pocos hechos, lo único que quedaba claro era que no había habido advertencia ni voz de alarma. En un momento dado estaban riendo y hablando, escuchando música, contemplando las luces de la orilla, flirteando, contando chistes. De pronto hubo un ruido ensordecedor. Algunos se encontraron en el agua casi de inmediato. Otros recordaban haber corrido en medio de la confusión de la cubierta y saltado cuando pareció que el barco entero los iba a tirar.
Casi todos tenían ganas de contar cómo los habían rescatado, la desesperación cuando los cubría el agua, la sensación de alivio cuando unas manos les agarraban las suyas, casi arrancándoles los brazos de cuajo, y tiraban de ellos hacia arriba, jadeantes y tratando de dar las gracias tartamudeando. Otros se habían aferrado a restos del naufragio durante lo que les pareció una eternidad hasta que una gabarra o un transbordador había efectuado su tercer o cuarto viaje de rescate.
Un hombre con la camisa rota se vino abajo y lloró. Había estado en cubierta con su esposa. La primera sacudida de la explosión los había separado y no había vuelto a verla. Monk quiso darle esperanza, pero incluso antes de abrir la boca se dio cuenta de lo trilladas que serían sus palabras. Daría la impresión de no haberse percatado del verdadero alcance de aquella calamidad. ¿Cómo se habría sentido si se hubiese tratado de su esposa?
Su primer pensamiento fue que si su esposa, Hester, se hubiese ahogado, él habría deseado ahogarse también. ¿Melodramático? No podía imaginar siquiera no volver a verla ni a tocarla, no poder hablar con ella, oír sus pasos en la casa. No volver a compartir algo con ella.
Tomó la mano del hombre, agarrándolo como si también él se estuviese ahogando.
Todos los supervivientes con los que habló eran hombres, con una excepción. No era la mayor fuerza física lo que había salvado a más hombres que mujeres. Era la absoluta incapacidad de las mujeres para liberarse de las pesadas faldas mojadas que se enredaban en torno a ellas.
En todos los casos la historia era la misma. Todo discurría con perfecta normalidad y de repente, sin previo aviso, la devastadora explosión en la proa, la brusca inclinación de la cubierta, los gritos y lloros, el rugido del agua al entrar en el casco. Y después la oscuridad y el frío. En cuestión de minutos el barco había desaparecido y no había más que restos del naufragio y gente luchando por su vida en el agua, pidiendo socorro a voz en cuello. Los recuerdos eran del terror que lo llenaba todo, y del frío imperante.
Al amanecer ya no quedaba nada que preguntar, nada que escuchar. Monk regresó a la comisaría de Wapping para echarse un breve sueñecito de un par de horas antes de empezar otra vez. Y debía enviar un mensaje a Hester para decirle que había resultado ileso.
Encontró a Orme de pie ante la panzuda estufa, calentándose como si también él acabara de llegar. Se enderezó en cuanto entró Monk, y se corrió un poco hacia un lado para hacerle sitio.
—¿Ha averiguado algo útil? —preguntó Monk.
Orme se arrebujó más con su chaqueta, cuyo cuello le tapaba las orejas.
—No, señor, nada que no fuese previsible; pobres diablos. Todos en cubierta cuando explotó. Todos coinciden en que la explosión fue en la proa, que saltó por los aires. Pero eso ya lo sabíamos. El agua entró a raudales.
—¿Nadie vio a alguien que se comportara de manera extraña? —insistió Monk. No miraba a Orme a la cara. No quería ver el sentimiento que pudiera reflejar. Hacía solo dos días había estado celebrando el nacimiento de su primera nieta, deseoso de compartir su felicidad con todo el mundo. Ahora su voz era ronca, como si le doliera la garganta.
—No, señor. Estaban muy entretenidos pasándolo bien, bailando, bromeando, haciendo lo que la gente hace en un crucero.
Respiró profundamente. Tenía la voz tomada por algún recuerdo doloroso, tal vez el de una mujer que había amado.
—¿Nadie que estuviera bajo cubierta? —preguntó Monk. Debían seguir hablando; el silencio era peor.
—Yo no he encontrado a nadie —contestó Orme—. Celebraban alguna clase de fiesta. Solo invitados especiales. El mejor champaña y comida de lujo. —Apretó los labios—. Tendremos la lista completa cuando se haga de día. Será un mal asunto.
—Lo sé. Échese una cabezada de un par de horas. Necesitaremos tener la mente despejada cuando tengamos que sacar el barco del agua. Nunca he levantado uno tan grande. ¿Cómo lo hacen?
—¿El qué?
—Subir el barco naufragado —contestó Monk—. No podemos dejarlo ahí abajo. ¡Cuando menos lo esperemos, alguien se enredará o chocará con él y también se hundirá!
—Me encargaré de ello, señor. Conocemos constructores que tienen tractores. Será lento, pero lo sacaremos. —Orme adoptó un aire pensativo—. Pero se moverá todo lo que haya dentro. Quizá perdamos muchos cadáveres. Y tiene que haber más de ciento cincuenta atrapados bajo cubierta. Habría que darles digna sepultura...
Monk recordó otro caso que había tenido años atrás, antes de incorporarse a la Policía Fluvial. El horror de aquel trabajo subacuático a ciegas le puso la piel de gallina, pero no podía eludirlo.
—Tal vez antes de moverlo tengamos que alquilar uno de esos trajes de buzo y bajar a echar un vistazo.
Orme lo miró fijamente, con cara de susto.
Monk sonrió y torció los labios.
—Ya lo hice una vez. Bajaré mientras usted busca a alguien que lo saque del agua. Hay que inspeccionarlo antes de que todo se mueva.
—Sí, señor —dijo Orme con voz ronca—. Supongo que sí.
Monk se despertó despacio, con dolor de cabeza. Recobró la conciencia como si ascendiera de una gran profundidad. Por un momento se quedó confundido. La luz le dolía en los ojos. Estaba en su despacho de la comisaría. Se incorporó, con todo el cuerpo dolorido, y el recuerdo lo acometió como una corriente de resaca, trayendo consigo todo el miedo y la aflicción de los que había sido testigo.
El sargento Jackson le pasó una taza de té, caliente y demasiado cargado. De todos modos bebió un sorbo, luego dio un mordisco al grueso cuscurro de pan que le ofreció. Miró a su alrededor. El sol entraba a raudales por las ventanas. Podría haber sido verano.
De pronto se sobresaltó al caer en la cuenta de que era entrada la mañana, ni mucho menos tan temprano como había tenido intención de levantarse.
—¿Qué hora es? —inquirió, poniéndose de pie entumecido, con daño en todas y cada una de las articulaciones. Se tambaleó un instante, con el equilibrio inestable. Estaba tan cansado que tenía la sensación de tener arenilla en los ojos.
—Hora de salir con los buzos, señor, si todavía quiere hacerlo —contestó Jackson. Era joven, solo llevaba un año en el río y veía a Monk como un héroe.
Monk gruñó, pasándose las manos por el pelo y por la barba sin afeitar. No había tiempo para pensar en su aspecto.
—Sí. Claro —convino. Mejor no pensar en ello, no darse siquiera tiempo para pensar en ello, arriesgándose a perder el coraje. La última cosa que deseaba hacer en este mundo era meterse dentro de uno de aquellos pesados y poco manejables trajes con los pies lastrados, y que luego alguien le cubriera la cabeza con el casco provisto de una visera de vidrio. Lo atornillarían para que respirase por un tubo, una cuerda de salvamento de la que dependería su existencia. Un enredo, un nudo, y se asfixiaría, o, si se cortaba, se ahogaría. No debía pensar en ello. Debía controlar su mente, no imaginar siquiera la oscuridad y el frío, el pánico cuando la tensión le cerrara la garganta.
Casi doscientas personas habían fallecido. Dejando aparte a sus familias, merecían que se les hiciera justicia, que se supiera qué les había ocurrido. Quién lo había provocado y por qué.
Se lavó la cara deprisa, bebió el resto del té y se terminó el pan. Estaba recién hecho y muy sabroso. No recordaba la última vez que había comido caliente.
Después salió a la explanada soleada y se dirigió a la escalera que bajaba desde el borde del muelle hasta el río. Los peldaños eran de piedra, corrían paralelos al muro, y muchos de ellos estaban bastante por debajo de la rápida corriente de la marea entrante, ocultos hasta la próxima bajamar. Atracada contra ellos estaba la barca que lo llevaría río abajo hasta el lugar donde aguardarían anclados mientras él saltaba por la borda con el traje de buzo y caminaba por el lecho del río hasta el naufragio.
Naturalmente, no se sumergiría solo en el río. Nadie buceaba sin ir con alguien más que vigilara, ayudara, te liberara si enganchabas restos del buque siniestrado con la tubería del aire o, igual de espantoso, si te quedabas inmovilizado. Tales cosas eran pesadillas que procuraba mantener apartadas de su imaginación.
Oyó los gritos de los hombres, los saludos. Contestó y acto seguido olvidó lo que había dicho.
Pasó por todos los procedimientos como si estuviera soñando. Nadie se permitía conversaciones innecesarias. Estaban concentrados en el asunto que los ocupaba. Escuchó sus instrucciones mientras el viento gélido procedente del agua le escocía en la piel, y asintió cuando le dijeron paso a paso qué iban a hacer exactamente. No les explicó lo que quería ver.
Aunque pareciera mentira, en torno a ellos todo era exactamente igual que siempre. Hileras de gabarras, cargadas a tope con toda suerte de mercancías, pasaban por delante de ellos, remontando el curso del Támesis con la marea. Transbordadores abarrotados iban y venían de una orilla a la otra. Había muchos mercantes pequeños y barcos de pasajeros, pero ninguno había salido por placer aquella mañana. Solo vio uno o dos trozos de madera del naufragio flotando lentamente río arriba. Habría muchos más río abajo, esparciéndose más cada vez.
Cogieron velocidad al separarse de la orilla. El equipo de buceo ya estaba dispuesto. Echarían el ancla a poca distancia de donde se había hundido el barco, y luego se pondrían los pesados y aparentemente engorrosos trajes y bajarían. Los probarían una vez más, y después ya no habría manera de evitar lo inevitable.
Monk contemplaba el agua. Era de un marrón turbio, nada que ver con el mar vislumbrado en los retazos de recuerdo que de vez en cuando le acudían a la mente, una visión nítida pero fugaz que se desvanecía al instante. Justo después de la guerra de Crimea, doce años antes, había sufrido un grave accidente de carruaje que lo había dejado inconsciente. Cuando volvió en sí, su memoria había sido borrada. Ni siquiera había reconocido su propio rostro en un espejo.
Con el tiempo había recuperado fragmentos, como si se tratara de un cuadro pintado sobre una superficie frágil que se hubiese roto en mil pedazos. Algunos eran agudos y dolorosos, atisbos de un yo que no le gustaba. Otros eran buenos: momentos perdidos de la infancia, como aquellos recuerdos que ahora tenía del mar y de las barcas del lejano norte, en la costa de Northumberland. Nunca los había vuelto a ver vinculados a una vida completa que tuviera sentido.
Había aprendido a vivir con su pérdida de memoria y a reinventarse a sí mismo. Se preguntó si le habría sido posible hacerlo sin Hester. Su fe en él había sido el acicate para juntar las piezas, para seguir trabajando en ello incluso cuando la imagen resultante resultaba fea y llena de zonas oscuras, tan opaca como el agua que ahora hendía la proa de la barca. ¿En qué medida dependía que alguien confiara en ti, para tener el coraje de ser consciente? ¿Quién poseía la fuerza necesaria para hacerlo a ciegas y a solas?
Por más que ahora lo asustara pensar en meterse en esa agua y moverse penosamente a través de la penumbra del fango del río hasta llegar al naufragio, tenía que hacerlo. Hester creía en él y él jamás traicionaría esa fe.
Habían llegado. Alcanzaba a ver a los hombres en la orilla y distinguió la forma de las máquinas que sacarían lentamente lo que quedara del barco hasta donde pudiera ser examinado y donde dejara de suponer un peligro para el tráfico fluvial.
Era hora de prestar atención a la tarea, de escuchar, de ponerse el traje y dejar que atornillaran el cristal delante de su cara, y después salir de la barca y bajar mientras las aguas se cerraban sobre su cabeza. Tanto su vida como la de su compañero de buceo podían depender de que recordara sus palabras con toda exactitud.
Obedientemente, se metió dentro del traje. Ya lo había hecho en la imaginación tan vívidamente que ahora que era real parecía un ensayo mental más. Solo cuando sintió el frío del río y el peso de sus botas tirando haci
