Inicios
1
Abrió la puerta del bar lanzando el último suspiro y sin saber si entraba en el cielo o el infierno.
El lugar era como tantos, y estaba lleno de gente dada la hora. Una barra a la derecha, con el personal arracimado en torno a los vinos y las tapitas, y las mesas a la izquierda y al fondo. Las paredes estaban decoradas con motivos rurales y fotografías antiguas, muy antiguas, de comienzos del siglo XX. El recinto tenía sabor, un sello muy personal, entre caduco y añejo.
No se movió de la puerta mientras la buscaba.
Pasó de la barra. Imposible que estuviese en ella. Primero las mesas cercanas, después las más alejadas. Por un momento pensó que no había acudido a la cita; que o bien todo era una broma o a última hora no se atrevió a llegar hasta el final.
Entonces la localizó.
Estaba en la mesa más alejada, al fondo, en el ángulo de la izquierda. Apostó algo a que llevaba allí mucho rato, desde antes de que se llenara el local al cierre del horario de oficinas, precisamente para tener aquel lugar protegido y discreto.
Por entre las risas y, a veces, los gritos de los más exaltados, por entre el humo de los que aún no conocían el respeto a los no fumadores, y por entre aquella pequeña marea humana que los separaba, pareció abrirse un camino, un canal de comunicación.
A él empezó a latirle el corazón muy rápido.
Buscó un poco más, por si se equivocaba. Pero no, no había error posible. Tenía el libro en la mesa, y leía el periódico que también debía servir de contraseña. Justamente quedaba medio oculta por sus páginas.
Fue como si la llamara.
Ella volvió la cabeza y le miró.
A Jaime se le paralizó el corazón.
—Dios… —gimió.
Era guapa. No una belleza radiante, espectacular y provocadora. Solo guapa, preciosa, de rasgos delicados, aspecto angelical, un rostro bellamente dibujado por la mano de un artista sensible.
Tuvo que ponerse en marcha.
Forzar una primera sonrisa, no demasiado aparatosa.
Se dio cuenta de que ella también le estudiaba mientras cruzaba el local, por entre las mesas, los camareros y la gente que se movía de un lado a otro. Trató de parecer normal pero no supo si lo consiguió. Seguían pendientes de sus ojos, de sus respectivas miradas. A medida que se aproximaba vio su cabello corto, negro, el óvalo de su mejilla, los labios deliciosamente rosados, los ojos tan oscuros como pozos…
Se detuvo frente a ella.
En lo último que pensó fue en la paradoja del destino.
¿Cómo era posible que aquel ángel…?
—¿Olga?
—Sí.
—Soy Jaime.
—Bien.
La primera sonrisa.
Se sintió turbado.
—¿Puedo… sentarme?
—¡Oh, sí, claro, perdona! —logró reaccionar Olga.
Ocupó la silla frente a la suya. Ni se dieron la mano. No pudo decir nada porque en ese instante el camarero que pasaba por su lado le preguntó qué iba a tomar. Se fijó en que ella estaba tomando un simple vaso de leche. Pidió un refresco de limón.
Luego volvieron a mirarse, ahora sin disimulo.
De cerca era más guapa, más intensa. Tenía un cuerpo bonito, de pechos pequeños. Llevaba una camiseta ligeramente ajustada. Los brazos eran largos y las manos perfectas, con las uñas cortas y cuidadas, sin pintar. No llevaba maquillaje así que se le antojó natural, un ramalazo de la primavera que se había estrenado un par de días antes.
Entonces se dio cuenta de algo más.
En el fondo, egoístamente, en plan machista, hubiera deseado que ella no fuese guapa.
Ahora sintió pena, y rabia. Se le antojó como algo increíble que ella fuese…
«No va a ser fácil», fue lo único que se dijo a sí mismo.
—¿Soy como esperabas? —Rompió el silencio porque de lo contrario habría salido corriendo.
—No importa demasiado, ¿no crees?
—Sí, sí importa.
—Me gustó tu carta. —Su voz era dulce y sonaba reposada, cargada de dolorosa ternura—. Esa fue la clave. Era muy bonita.
—Gracias.
—Escribes bien. Sabes emplear las palabras justas en el momento adecuado.
—Tengo facilidad —reconoció Jaime.
—¿Has escrito algo?
—Por afición.
—Me gustaría leerlo. —Se puso un poco roja—. Bueno, si…
—Sí, claro.
Había sido un pequeño gran coloquio para romper el hielo. Apareció una primera pausa en la que reacomodaron sus sensaciones. Jaime pensó que aquello iba a ser más complicado de lo que hubiera imaginado en un primer momento. Ya no solo era curiosidad.
Era como si en un abrir y cerrar de ojos algo hubiese cambiado, en él, en su mente, en su alma, en el mismo corazón.
Olga suspiró.
—Escucha, esto es nuevo para mí, ¿entiendes? Ni siquiera sé… No, en realidad sí sé, pero no quiero precipitarme.
—Yo tampoco —reconoció Jaime.
—Se trata de algo importante.
—Lo sé.
—Hoy charlamos un rato, nos conocemos, y si nos parece bien probamos una segunda cita y así.
—Vale.
—No creas que tengo a alguien más y estoy haciendo pruebas.
—No importa.
—No lo tengo —quiso dejar claro ella—. No quiero jugar.
—Perdona.
Por primera vez advirtió una gota de humedad en sus ojos, como si empezara a desarbolarse vencida por el final de la tensión.
—No estés nerviosa —le pidió Jaime.
—¿No lo estás tú?
—Un poco.
—¿Tienes veintiséis, como dijiste?
—Sí, ¿y tú…?
—Diecinueve.
—De todas formas la edad no importa mucho.
—Tal vez, por gustos, afinidades…
Jaime se hundió en sus ojos. Diecinueve años. Tragó saliva.
—¿Sabes por qué te escogí? —preguntó Olga.
—No.
—En tu carta decías que el tiempo es solo la forma en que gastamos la vida. Y también que eres Sagitario.
—¿Crees en los signos?
—Yo soy Leo, fuego, como tú. Sagitario es el payaso del zodiaco, de buen rollo. Y para mí lo más importante en un hombre es que me haga reír.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sin secretos, ¿recuerdas?
—¿Te escribió mucha gente?
—Una asociación católica para darme ayuda espiritual y renunciar a esto, un hombre de treinta y nueve años, otro de veintidós, y por supuesto dos anónimos que decían lo típico.
—¿Qué es lo típico?
—Que si lo tengo es porque me lo busqué.
—¿Y solo por Sagitario y por esa frase…?
—El de treinta y nueve me pareció mayor. El de veintidós tenía un pasado con drogas y no me atreví.
—¿Cómo se te ocurrió escribir ese anuncio?
—¿Te importa que algunas cosas las dejemos para más adelante?
—No.
—No es que me importe dar razones, pero ponerme a recordar mi vida así, de pronto… Prefiero que esto solo sea un primer contacto, que hablemos de cine o libros. Aun suponiendo que congeniemos, hemos de meditarlo bien.
—Estoy de acuerdo.
—De todas formas, ¿puedo preguntarte yo a ti por qué me escribiste?
—Aún no estoy seguro, pero tu anuncio fue… revelador.
—¿Tú no lo habías pensado?
—No.
—¿Por qué?
—No creía que nadie quisiera estar conmigo.
Olga bebió un sorbo de su vaso de leche. Jaime hizo lo mismo con su limonada. Descubrió que tenía la boca seca y no se había dado cuenta. Cuando ella lo dejó en la mesa, su tono se hizo más adusto.
—No quisiera ser grosera, pero me gustaría ver un certificado médico o algo que…
—Sí, lo he traído.
Lo extrajo del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó. Olga desplegó la hoja y la leyó detenidamente. Sus ojos destilaron una mezcla de tristeza y resignación, pero también de calma.
Ninguna pregunta.
Se lo devolvió.
—Yo también he traído uno. —Hizo el gesto.
—No es necesario.
—Léelo, por favor.
Lo sacó de entre las páginas del libro. Jaime hizo lo mismo que ella, leerlo, aunque sus sensaciones eran muy distintas. Sentía los ojos negros de Olga en los suyos. Parecía frágil, pero empezaba a ver que no lo era.
No si había sido capaz de hacer todo aquello, aunque fuese por desesperación.
Jaime siguió atrapado por los datos del certificado.
«Vete. Estás a tiempo. Echa a correr», le gritó su mente.
¿Además de diferente, hubiera preferido que fuese una estúpida, borde, loca… o que se echara a llorar, o…?
La cabeza empezó a darle vueltas.
—Bueno, venga, hablemos de gustos, ¿te parece bien? —propuso Olga con una sonrisa de ánimo en los labios.
2
Jaime cerró la puerta de su piso y solo entonces fue capaz de reaccionar.
O más bien lo hizo su cuerpo.
El sudor frío, la mente del revés, la sensación de vacío, la limonada bailando en su estómago y produciéndole arcadas a causa de los nervios que, de pronto, se disparaban por todo su cuerpo…
Qué absurdo.
¿O, justamente aquello, era lo lógico?
Jugaba con fuego. ¿Qué esperaba? Ahora no había vuelta atrás. Seguir o renunciar.
Y todo menos renunciar. Se había jurado no hacerlo jamás. Llegar siempre hasta el final.
Nadie podía saber lo que había en ese final. Lo esencial, siempre, era seguir.
Venció la arcada, trató de respirar hondo y, sin encender la luz, caminó hasta su habitación. Lo primero que hizo fue desnudarse, por completo. La primavera había traído un primer ramalazo de calor. Dejó la ropa en el suelo. Después de todo no había apenas nada en su sitio. El suyo era el típico piso de soltero, con montañas de platos sucios en la cocina, ropa por todas partes y una sensación de caos generalizado. La mujer de la limpieza acudía una vez por semana, y eso sería a la mañana siguiente, así que era su último día de desorden antes de que ella lo organizara todo de nuevo y él tuviera otra semana para volverlo a dejar igual.
Se metió en el cuarto de baño, bajo la ducha, y abrió el grifo del agua fría. Aguantó el primer ramalazo de gelidez y se mantuvo quieto mientras contaba hasta diez. Luego sí reaccionó, se frotó el cuerpo con ambas manos arrancándole de nuevo la vida y permaneció un largo minuto liberando su tensión.
Aunque sin apartar la mente de ella.
¿Cómo era posible?
—Mierda… —jadeó.
Cerró el agua, salió de la ducha y se secó con una toalla grande. El espejo le devolvió su imagen. Era relativamente alto, un metro setenta y cinco, cabello negro, rostro firme, labios grandes, nariz recta, mentón cuadrado. Algunas le encontraban atractivo. Y se cuidaba en la medida de lo posible. Hombros anchos, pectorales y abdominales marcados, en forma por si era necesario. Por si le enviaban a cualquier parte del mundo donde necesitase algo más que resistir lo normal.
Siguió mirándose en el espejo.
A veces se preguntaba quién diablos era el tipo que tenía delante.
¿Lo conocía?
—Eres un cabrón —se dijo.
Sabía por qué lo había hecho. Sabía por qué respondió al anuncio. Pero ahora, después de conocerla, no sabía por qué seguía. Y esa era la gran pregunta, el interrogante. Tenía que responderle cuanto antes o metería la pata… si no la había metido ya.
—Vamos —le dijo a su otro yo reflejado en el espejo—. ¿Por qué vas a hacerlo?
¿El trabajo? ¿La sensación? ¿Cuántas veces perseguía al cabo de un mes o un año la gran exclusiva?
—Es ella, ¿verdad? —continuó hablándose—. Te ha atrapado como la araña a la mosca, en un abrir y cerrar de ojos. Solo que en este caso la araña eres tú y ella la pobre mosca.
Bastaba con no volver a verla.
Habían congeniado, sí. Habían vuelto a quedar, sí. Era perfecta, sí. Todo encajaba. No.
Nada encajaba.
Él no encajaba.
Ella era de verdad, él no.
¿Y si Jonathan le despedía? Estaba demasiado cerca del abismo. Si no le hubiera prometido algo realmente sorprendente y diferente…
—No lo hagas, Jaime —fue como si le dijera el del espejo—. No jodas a esa chica.
—Dios… ¿la has visto? —le respondió él—. Es preciosa.
—No es una chica, ni es preciosa: es la condena.
Cerró los ojos.
La condena.
Pero continuó viéndola como si la tuviese delante, tan natural, fresca, radiante. Siguió apreciando su belleza, la fuerza de sus labios, el misterio de sus ojos tristes pugnando por sobrevivir y mostrar un atisbo de esperanza. Siguió percibiendo su calor, su intensidad, aquella latente magia que desprendían sus gestos, su voz, su energía…
¿Cuántas veces se había enamorado a la primera, a simple vista? Muchas. ¿Y con cuántas acabó liado? Neli a los diecisiete, Sonia a los veinte, Almudena… ¿Y cuántas veces se tiró de cabeza a la piscina para descubrir demasiado tarde que en el fondo no había nada, solo cemento? Más aún: ¿por qué le pasaba siempre? ¿Por qué conocía a alguien y… ¡zas!, todo se le ponía del revés? Ya no era un crío.
¿Tenía que ver con su ambición, con su forma de tomarse la vida, siempre al límite, rápido, como si le persiguieran los demonios?
—Ella te ha gustado —reconoció—. Ahora buscas una excusa para seguir.
Salió del cuarto de baño y volvió a su habitación para vestirse. Se quedó sentado en la cama viendo el desorden, pero también las partes vacías de su armario, o los cajones no menos vacíos de la cómoda. No había tocado nada, todo seguía igual. Y habían pasado ya cinco meses. Una eternidad.
Almudena jamás volvería.
Estaba solo.
Necesitaba llenar algo más que aquel armario o los cajones de la cómoda. Necesitaba llenar su vida.
Siempre estaba bien cuando estaba enamorado.
El resto del tiempo no existía.
Pese a todo, el amor lo completaba. Y sentir la compañía de alguien.
Miró el lado vacío de su cama. Nunca se tendía en él. No podía.
De noche aún creía que Almudena estaba allí. Alargaba la mano y al tantear su ausencia comprendía la verdad. Entonces se desvelaba, o recordaba sus noches de amor y era peor. El eco de su voz y de su risa permanecía oculto en los rincones más secretos.
—Eres un imbécil —volvió a decirse.
Un imbécil que hablaba solo, así que, además, estaba empezando a volverse loco.
Tan loco como para mezclar un trabajo imposible y arriesgado con los sentimientos y el absurdo de aquella vieja y a la vez nueva sensación que tan bien conocía.
—Es un trabajo, nada más.
De pronto ya no lo era. Ahora ella tenía un rostro, un corazón, unos sentimientos…
—Si te atrapa…
No habría vuelta atrás.
Y entonces ¿qué?
—Ni siquiera lo pienses, ¡olvídala! —rezongó en voz alta—. ¡No puedes!
Podía perderlo todo. Jonathan le pondría de patitas en la calle. Se la jugaba. Se la jugaba y encima resultaba que Olga era un cielo, un ángel…
El ángel de la muerte.
Sin futuro.
3
Olga pronunció el nombre nada más abrir la puerta del piso.
—¿Gloria?
No le llegó ninguna respuesta. Tampoco había luz, ni bajo la puerta de la habitación de su compañera ni en el baño, la cocina o la salita. Estaba sola.
Muy propio de su mejor amiga. Abandonarla en un momento como aquel.
Sonrió.
Ni siquiera sabía qué habría hecho en aquellos meses de no estar con Gloria, de no haberla tenido cerca, compartiendo algo más que las paredes de un pisito lleno de libertad.
Dejó la chaqueta en el perchero de la entrada, las llaves en un platito de cerámica situado sobre la rinconera de madera adosada al ángulo de la pared, y se quitó los zapatos. Con ellos en la mano fue a su habitación, tan pequeña como lo era todo el piso en sí. No entró en ella. Los tiró al suelo desde la puerta y fue al baño. Mientras regresaba a su casa, a pie, le sobrevino la urgencia de orinar. Más o menos co
