45 minutos antes
Ya ha llegado la policía.
Junto a la entrada de urgencias hay un coche patrulla parado. Es posible que esté ahí por mí, pero no hay vuelta atrás. No puedo perder un segundo. Cojo el paquetito que he dejado en el asiento del copiloto y salgo del coche. Abro la caja y me meto el contenido en una zapatilla. Me dirijo a la puerta.
Debería haber salido antes.
Esta vez debería haber hecho cien cosas de forma diferente.
Empujo la puerta pensando «Entra en el ascensor y sube al cuarto piso», y me doy de bruces contra una pared de cemento. Como si me hubiera metido en medio de una carga policial con porras.
Ah, debe de ser el conductor.
Casi me caigo al suelo mojado, pero el policía me agarra por la camiseta.
—Lo tengo —murmura al walkie talkie que lleva en el hombro—. Sal —me ordena empujando la puerta y sujetando con la otra mano la empuñadura de su pistola—. Venga, chico. Nos vamos.
Se me pasan por la cabeza todo tipo de cosas, gestos de valentía y de coraje. Pienso en empujar al policía y correr hacia la escalera o meterme en el ascensor antes de que se cierre. Pero acabo con las piernas separadas y las manos esposadas detrás de la espalda.
Una parte de mí piensa, se pregunta y espera: quizá sea esto. Esta es la solución. Se supone que no debería estar aquí. Si no estoy aquí, ella vivirá.
Me recitan mis delitos, y tras el allanamiento de morada dejo de escuchar. No me molesto en intentar explicárselo, porque ¿cómo explicar que vienes del futuro?
—Has entendido tus derechos.
No es una pregunta. Es una afirmación.
Asiento, con el frío maletero de aluminio pegado a la mejilla.
—¿Llevas encima armas, drogas o algo por el estilo? —me pregunta el policía más alto.
—No —miento.
Porque no puedo decirles la verdad. Ahora no. Unas manos recorren bruscamente mi cuerpo. Mis llaves tintinean cuando el policía me las saca del bolsillo. Luego coge mi cartera.
—Nada interesante —dice el policía alto a su compañera.
—¿Le pedimos que se quite las zapatillas? —sugiere la mujer.
Y casi se me doblan las rodillas.
—Por favor —les suplico—, déjenme entrar. Mi novia está muriéndose. Pregúntenselo a los médicos o a las enfermeras. Por favor. Solo cinco minutos. Por favor. Tengan piedad. Déjenme verla cinco minutos y luego podrán llevarme a la cárcel, encerrarme y tirar la llave. Lo que quieran. Por favor. Piensen en sus hijos. ¿Tienen hijos? Si estuvieran muriéndose, ¿les gustaría que estuvieran solos? Por favor. Por favor.
Intento caer de rodillas para suplicárselo, pero es complicado cuando me lo impiden físicamente. El policía que me ha puesto las esposas mira a su compañera, una mujer de pelo rubio oscuro con los ojos inyectados en sangre, que suspira de ese modo tan estudiado que todas las madres deben de aprender el primer día que van a la escuela de madres. Pero luego asiente. Y el policía me quita las esposas.
No me lo puedo creer.
—No hagas tonterías, chico —me dice en un tono que me hace pensar que cree que voy a hacer una tontería.
—Cinco minutos —me dice la mujer—. Ni uno más.
Mientras avanzo con uno de ellos a cada lado por el grasiento suelo de linóleo y subimos en el ascensor, en el que han intentado eliminar con lejía el olor a meados, me aseguran que si hago algo sospechoso no dudarán en darme una paliza. Pero no voy a escaparme. Vuelvo a mirar el reloj. Puedo conseguirlo.
Pero la puerta del ascensor duda unos veinte segundos antes de abrirse por fin a trompicones. Y entonces tenemos que dirigirnos a otro pasillo, porque un hombre del servicio de limpieza está fregando el suelo y parece que se toma su trabajo muy en serio, ya que empieza a gritar y a pegar saltos. Los policías le piden disculpas, pero el hombre se limita a señalar muy enfadado un camino alternativo, es decir, el camino más largo del mundo.
Intento explicarles que no tenemos tiempo para rodeos, para ascensores destartalados ni para letreros que dicen que el suelo está mojado. Pero no me hacen caso. Y cuando llegamos, es casi demasiado tarde.
Kate está a punto de morir.
—Vaya, mira quién está aquí —dice Kate parpadeando.
En un rincón, la silla en la que suele sentarse su madre está vacía. Al lado, en el suelo, hay una manta arrugada. En el alféizar hay un vaso de plástico manchado de pintalabios.
—Hola —le digo.
Por un segundo me sorprende lo pequeña que parece. La habitación está en silencio. Solo se oye el silbido del oxígeno bombeando en su nariz y el zumbido de los líquidos intravenosos introduciéndose en su brazo.
—¿Qué hora es? —me pregunta entrecerrando los ojos.
Incluso a las tres de la mañana, metida en una cama de hospital, está guapa.
—No nos queda mucho tiempo.
Arruga la cara, confundida.
—¿De qué estás hablando? —Se inclina hacia delante, mira por encima de mi hombro y hace una mueca—. Y esta vez vienes con la policía. Interesante. Tú sí que sabes hacer una entrada, Jack King.
Miro a los policías.
—Siento llegar con ellos.
—Estás loco, ¿sabes?
—No entiendo cómo has llegado a esa conclusión —le contesto sonriendo.
—Cinco —me recuerda la mujer policía.
Kate mueve la cabeza.
—Jack, ¿por qué has venido? No lo entiendo, tío. ¿Qué pasa? Sientes una morbosa fascinación por los hospitales, ¿no? ¿O te ponen cachondo las chicas enfermas?
—He venido a decirte...
No termino la frase porque en realidad no he ido a decirle nada.
—¿Qué, Jack?
—Creo que sé lo que tengo que hacer ahora. Creo que lo he descubierto. Por fin.
—Vaaaale —me dice levantando las cejas.
Es evidente que solo estoy confundiéndola. Por supuesto. Porque nada de esto tiene sentido.
—Vas a curarte, Kate. Todo irá bien.
Se gira.
—Todos me lo dicen, pero mienten. No seas mentiroso, Jack. No seas como...
Se calla al ver lo que tengo en la mano.
Porque en los últimos veinte segundos he introducido sigilosamente los dedos en mi zapatilla. Y ahora la tengo.
—Jack —me dice levantando la voz—. Jack, ¿qué mierda...?
Pero antes de que haya terminado la frase le aparto la ropa de cama y le clavo la jeringuilla en el muslo. Kate cae hacia delante, como si le hubiera lanzado un millón de descargas eléctricas.
La policía salta sobre mí y me grita insultos al oído.
—¿Qué mierda...? ¿Qué mierda has hecho, chico? ¿Qué mierda era eso?
—¡Ayuda! —grita la mujer policía corriendo hacia el pasillo—. ¡Necesitamos a un médico! ¡Necesitamos a un médico!
El policía me aprieta la cara contra el suelo con tanta fuerza que me sorprende que no se me salga el cerebro por los ojos. Veo piernas y pies entrando corriendo en la habitación. Oigo gritos y más gritos, me zarandean y me preguntan qué le he inyectado, qué fármaco era, y lo cierto es que no sabría explicárselo aunque quisiera. Pero no quiero. Porque es lo único que podía hacer. Es la única manera.
Mientras los médicos intentan salvarle la vida, los policías me arrastran por el suelo mojado, cruzamos el vestíbulo y volvemos a salir a la noche.
Sé que si hago el más mínimo movimiento, incluso si respiro demasiado hondo, seguramente me dispararán. O al menos me darán una paliza. Pero no me importa. Porque al salir de la habitación de Kate he echado un vistazo al reloj. Y si las cosas suceden como hasta ahora, o bien Kate está viva, o en pocos segundos todo volverá a empezar.
Al policía le encanta aplastarme la cara, porque ahora vuelvo a tener la mejilla pegada al coche patrulla. Supongo que esta vez quiere registrarme más a fondo.
—Si la chica muere, voy a...
Pero siento que llega antes de que haya terminado la frase. Cierro los ojos. El aire me golpea y la gravedad me repele como a un paracaídas abierto. Esta vez los temblores son más desagradables. Apenas me mantengo en pie. Mi cuerpo es una larga y violenta vibración.
—Chico, ¿estás bien?
El policía grita una orden a su compañera, le dice que entre a pedir ayuda, y la mujer corre a toda velocidad, pero no importa. No llegará a tiempo. Si pudiera hablar, les diría que no se preocuparan. Que no estoy muriéndome. Que solo estoy desintegrándome. Que pretendía salvarla. Que no lo entenderían. Que yo no lo entiendo. La primera vez que sucedió, pensé que estaba en las últimas. Pero no.
No sé cómo describirlo, excepto que es como si mi cuerpo se preparara para despegar. Como si mi cuerpo fuera un transbordador espacial enormemente evolucionado, y los transbordadores espaciales viajaran por el tiempo en lugar de por el espacio.
—¡Chico, escúchame, dime algo! Creo que le está dando un ataque. ¡Chico! ¡Chico!
Oh, sí, lección número dos:
Viajar por el tiempo duele.
EMPECEMOS
POR EL
PRINCIPIO
La experiencia de tener cero
experiencias
A la gente le encanta decir eso de que «todo el mundo tiene su media naranja».
Es una de esas cosas que te dice tu madre para que te sientas mejor cuando tu relación amorosa se ha ido al traste o que tu padre, normalmente poco comunicativo, te murmura dándote palmaditas en la espalda y luego te dice que le ha gustado mucho hablar contigo. Pero es básicamente cierto. Si piensas en la cantidad de personas que hay en este planeta, tiene que haber alguien que encaje perfectamente contigo, ¿no? Una persona que consiga que tu corazón diga locuras como «Te amaré siempre», «Estoy impaciente por conocer a tus padres» y «Oh, sí, yo me tatúo tu nombre en el cuello, y tú te tatúas el mío». El problema es que pasamos la mayor parte de nuestras insignificantes vidas persiguiendo a otra persona, y, con suerte, acabamos con solo un tercio del tiempo que podríamos haber pasado con la persona que de verdad nos estaba destinada. Eso, si no acabamos dejándola escapar.
Como yo, por ejemplo.
Soy un experto en dejar escapar oportunidades: la chica de mis sueños, las mejores notas de mi clase y la posibilidad de formar parte de cualquier equipo deportivo. (Lo he intentado. En un momento de desesperación, me presenté a un casting para ser la mascota del colegio. Resulta que el peludo Larry Koviak da volteretas mucho más altas que las mías.) ¿Y clubs extraescolares? Sí, también lo intenté, pero no lo conseguí por poco. Y tiene gracia, porque siempre había pensado que cualquiera podía formar parte de un club escolar (añadidlo a la lista de cosas sobre las que Jack estaba total e inequívocamente equivocado). En fin, el caso es que he encontrado la manera de dejar escapar mi oportunidad, a menudo por un estrechísimo margen. A estas alturas soy una autoridad en el Casi, con unos dieciocho años de experiencia laboral en mi currículum.
Si quieres más pruebas, recorre conmigo nuestra buhardilla. Es prácticamente un santuario de «buenos intentos» o, como me gusta llamarla, «el increíble museo de los casi fue pero nunca será de Jack». Hay un monopatín en perfecto estado desde el verano en que casi me convertí en skater semiprofesional. Hay una máquina de coser que yo decía a todo el mundo que era de mi madre, pero en realidad era mía, de la época en la que me enganché al reality show Pasarela a la fama. Hay un juego de disc golf, la colección de canicas antiguas, una caja llena de diminutos circuitos sin terminar, una caja con todos los juegos Super Nintendo que existen, un contenedor del tamaño de un ataúd que fue mi primer (y único) intento de construir una máquina del tiempo (¡no preguntéis!) y un juego de estrellas ninja no coleccionables que nunca he utilizado (en serio, ¡no preguntéis!).
Casi, casi, casi, casi, ca...
Ya lo entendéis.
Suelo decir de broma que mis padres fueron unos visionarios cuando me llamaron Jack Ellison King. Me pusieron este nombre, como mi madre siempre me recuerda, por Jackie Robinson, el primer afroamericano que jugó en un equipo profesional, y Ralph Ellison, escritor y docente, más conocido por su obra fundamental El hombre invisible.
Y está claro que soy invisible.
Soy hijo único. Mis padres me tuvieron bastante tarde, tras haberlo intentado durante años, y, bueno, cuando ya habían perdido toda esperanza..., aparecí yo. Mi madre quería llamarme Milagro, pero mi padre (que no suele ser razonable, pero en este caso quiso hacer una excepción) intervino: «¿Pretendes que a Milagro le den palizas a diario, cariño?».
Así que me llamaron Jackie Ellison.
Y no puedo evitar pensar que es un excelente ejemplo de lo mejor y lo peor de ser padres.
Porque, por un lado, es asombroso saber que mis homónimos fueron hombres increíbles. Un honor. Un privilegio.
Pero, por el otro lado, es posible que mis padres no fueran conscientes del inmenso PESO que colocaban sobre mis hombros, extrañamente estrechos.
De modo que sí, también tiene su importancia.
En fin.
Soy Jack King. El tío sin afeitar y con una vieja chaqueta de franela en una fiesta llena de gente, sentado junto a la escalera de la sala de estar, con un vaso vacío, echando un vistazo a un partido de baloncesto en la televisión, pero sobre todo mirando hacia la cocina, mirando a...
Siempre es la misma chica.
Jillian.
Cuando nos apuntamos a una visita a esta universidad, imaginé que por fin Jillian y yo pasaríamos un tiempo a solas. Que pasaríamos el fin de semana juntos y que por fin ella se daría cuenta de lo (más o menos) encantador, (semi) guay y (relativamente) interesante que era yo. Que soy más que el típico tío del que las chicas se hacen amigas, y punto, ya sabéis.
Pero llevo media hora aquí sentado, solo, aunque, para ser exactos, no estoy totalmente solo; bastantes personas chocan conmigo cada vez que suben o bajan la escalera. Juro que normalmente no soy tan raro, tan antisocial.
Dejadme que os lo explique.
Breve historia de una fuerte
atracción
Jillian es mi mejor amiga.
Nos conocimos el primer año de instituto, chocamos el uno contra el otro, literalmente (qué horrible tópico, ¿verdad?), y lo que llevábamos en las mochilas se desparramó por el pasillo. La ayudé a recoger sus libros y conseguimos no pegarnos un cabezazo al levantarnos, pero, como soy idiota, pisé la correa de su mochila y provoqué que se cayera de culo. Si hubiera una pistola que disparara vergüenza, habríamos pasado por alto el disparo que te deja paralizado y habríamos disparado directamente a matar. Varios chicos se detuvieron a mirar y se rieron, y allí estaba yo, disparando un perdón tras otro a Jillian.
Pero ella se limitó a levantarse de un salto, ladró a nuestros espectadores que «circularan» y se presentó.
—Jack y Jill —dije uniendo su nombre al mío.
—Ja, como en la canción infantil. —Sonrió—. Supongo que era inevitable.
—Perdona que no me haya caído también yo.
Estaba tan encantado con mi inteligente respuesta que hasta unas horas después no me di cuenta de que en realidad, en la canción, es Jill la que cae después de Jack.
Pero a Jillian no pareció molestarle mi error.
—Podemos volver a intentarlo —me dijo. Y con una amplia sonrisa añadió—: Sí, podemos repetir la escena de la caída.
Entonces supe que teníamos la posibilidad de empezar algo increíble. Pero, en consonancia con mi eterno tema del «casi», no la tuvimos. Es decir, tres semanas después Jillian tenía novio.
Ahora quizá penséis: ¿a quién le importa que tenga novio, Jack? Cuéntale qué sientes. Que decida ella. Pero la frase «Tengo novio» me parecía una fortificación inexpugnable. Hablo de francotiradores en el tejado, láseres que se activan con el movimiento, dinosaurios entrenados para atacar y un foso lleno de lava fundida en ebullición... impenetrable.
Porque la historia da un giro inesperado: el novio de Jillian, Francisco Hogan (Franny), es mi otro mejor amigo.
Lo sé, lo sé.
Y ojalá pudiera deciros que esta historia trata de un novio horrible (Franny) que no valora lo que tiene, que trata a su novia (Jillian) como a una mierda y que no se la merece. O que me había apuñalado brutalmente por la espalda al perseguir a la chica de mis sueños. Pero Franny ni siquiera sabía que Jillian me gustaba.
La verdad es que Franny es un buen tío... Mierda, ¿qué digo? Es un tío genial. Si tuviera que elegir a alguien, aparte de mí, para Jillian —es decir, si Jillian y yo estuviéramos juntos y jugáramos a ese juego en el que eliges a un amigo para que ocupe tu lugar en caso de que mueras prematuramente—, siempre elegiría a Franny. Él la cuidaría. La amaría. (Es un juego morboso, ¿verdad? Mejor no juguemos a estas cosas.)
En fin, que son pareja. Una pareja increíble. Y me alegro por ellos. No se me ocurriría hacer nada para poner en peligro su relación. No, mi papel es mejorar la relación amorosa Jillian-Franny. El sujetavelas definitivo, el infravalorado undécimo dedo del pie, el superfluo tercer pezón.
Hasta esta noche.
Tal vez.
Quizá.
Seguramente no.
Nunca.
El problema de las escaleras es que
siempre hay gente subiendo y bajando
—Perdona, tío, pero estás bloqueando la escalera —dice una voz detrás de mí.
—¿Qué?
Me giro.
Es una chica con los ojos brillantes y una melena rizada hasta los hombros. Lleva un vestido de punto, aunque creo que es un jersey grande que se ha ajustado a la cintura con un cinturón estrecho. La reconozco. Es nuestra guía en la visita a la universidad.
—Estás bloqueando la escalera. Eres un dique humano perfecto.
—Perdón —murmuro.
Me aparto y ella aplaude.
—Oooh, un dique motorizado. Genial.
—Sorpresa, sorpresa —le digo.
Espero a que termine de bajar la escalera, pero no se mueve.
—Si tanto te gusta, deberías intentar hablar con ella.
—¿Cómo?
—Dicen que hablar con las personas suele advertirles de nuestra existencia. Ya sabes, en lugar de mirarlas como un asesino en serie desquiciado.
—Como un asesino en serie no desquiciado —le digo girándome.
Chasquea los dedos.
—Bingo.
Frunzo el ceño.
—No sé de qué estás hablando.
Sé exactamente de lo que está hablando, por supuesto, pero me cabrea ser tan transparente.
—Te has pasado toda la visita pegado a ella, tío.
—¿En serio?
—Como si fueras un percebe.
—Vaya, gracias.
Sonríe.
—Lo que digo es que entres en la cocina y hables con esa chica.
—No es necesario. Hablo con ella a todas horas. Es mi mejor amiga.
—¡Uau!, ¿así que es tu mejor amiga, pero no tiene ni idea de que estás enamorado de ella?
La chica habla demasiado alto. Sé que estamos en una fiesta, pero su tono es como los que anuncian que debemos evacuar inmediatamente la zona. Casi le pido que se calle, pero que no te hagan callar es un derecho inalienable, junto con la búsqueda de la felicidad.
—No estoy enamorado de ella, ¿vale? —susurro.
Se acerca a mí.
—¿Qué?
—No estoy enamorado de ella —le repito.
—No te oigo. ¿Por qué susurras?
Recupero el volumen normal.
—He dicho que no estoy enamorado de ella. Es una tía muy maja, nada más.
—Ese es tu problema, está claro. Eres demasiado majo. Estás esperando la ocasión perfecta para decirle a esa chica lo que sientes, y ya llevas esperando...
Hace una pausa para que yo termine la frase.
—Tres años.
Se da una palmada en la frente.
—¡Uau!, ¿tres años y no tiene ni idea de que quieres tirártela?
—Me gusta tomarme las cosas con calma.
—Sí, ya veo. A este paso, tendrás que esperar a que descubran cómo congelar nuestros cuerpos para que os descongelen dentro de doscientos años y puedas pedirle que salga contigo. Ya sabes, justo después de haber fingido que te desperezabas para pasarle el brazo por los hombros. Un movimiento tranquilo, por cierto. Cuidado, spoiler: ella no lo ve venir.
—Ja, ja, ja. Oye, te agradezco la charla, pero si no te importa...
Y en este momento, la chica, en lugar de seguir bajando la escalera, se coloca a mi lado. Ahora, gracias a la combinación de nuestras facultades, estamos bloqueando totalmente el único acceso al segundo piso. Nadie va a mear en nuestro turno de vigilancia.
—Me llamo Kate —me dice extendiéndome la mano.
Y resulta incómodo, porque la escalera es tan estrecha que no puedo girar el brazo para estrechársela.
—Jack —le contesto, logrando darle el estrechón de manos más blandengue de la historia de la humanidad—. Jack King.
—¿Siempre dices tu nombre y tu apellido cuando conoces a alguien?
—No. Solo me presento con mi apellido con las guías guays.
—Ja. —Sonríe—. Bueno, encantada de conocerte, Jack King.
—Encantado...
—Kate.
—¿Solo Kate?
—De momento.
—Ah.
—Tengo que mantener vivo el misterio, ¿no?
—No lo sé. Odio los misterios. Prefiero poner las cartas sobre la mesa.
—Pues un rey no es gran cosa.
—A ver si en la próxima mano me sale una dama —digo, e inmediatamente me arrepiento.
Se ríe a carcajadas.
Me arden las mejillas.
—Te prometo que es la primera vez que lo digo.
Asiente.
—Se te ha escapado de inmediato, así que...
—Lo digo en serio.
—No sé si creerte, Jack.
—Genial. Solo llevamos un cuarto de hora y ya hemos introducido desconfianza en nuestra relación. Normalmente prefiero reservarla para la segunda vez que hablo con alguien, pero en fin.
Se ríe.
—Mira, Jack King, no pretendo tocarte los huevos, ¿vale? Pero creo que te vendría bien la ayuda de alguien que entiende a las mujeres.
—¿Y puedes ponerme en contacto con esa persona?
—¡Eh!
Kate me da un golpe en el hombro. Me duele, pero finjo que no me he enterado.
—Muy bien, doctora Amor, ¿qué me sugieres?
Kate vuelve a reírse.
—Sinceramente, no tengo ni idea. Aún no he terminado la especialización.
—Bueno, aún no te he contado lo mejor —le digo.
A estas alturas, yo también estoy riéndome... En parte, porque una desconocida ha tenido que confirmar lo que yo ya sabía (que lo de Jillian y yo es muy complicado), y también porque si no me río, seguramente me echaré a llorar.
—¿Qué es lo mejor? —me pregunta Kate juntando las manos.
—Está saliendo con mi mejor amigo.
Kate se echa a reír y finge una mueca de horror.
—¡Eres un perfecto imbécil!
—Lo sé, ¿vale? ¡Soy el imbécil más perfecto del mundo!
—Tranquilo, chaval, no te lo creas tanto. Supongo que en el mejor de los casos eres un perfecto imbécil normalito.
—Es mi modus operandi.
—¿El qué?
No quiero decirlo, pero estoy de bajón, así que...
—Ser normalito en el mejor de los casos.
Kate abre la boca, pero no dice nada, y le agradezco ese pequeño milagro.
Vemos a un chico con el jersey de cuello en pico más escotado del mundo destrozando una canción pop mientras una chica con un tatuaje de Hello Kitty en el cuello lo acompaña al piano. Kate mueve los labios. Está tarareando la melodía. Mi teléfono vibra.
Un mensaje de Franny.
FRANNY: Espero que estés divirtiéndote, tío! Sé que no debería decírtelo, pero vigila a Jillian. No dejes que esos borrachos se acerquen a ella!
YO: Todo controlado
Me meto el móvil en el bolsillo. Kate deja de cantar. Intento pensar en algo que decir porque no quiero que deje de hablar.
—¿Me lo parece a mí o estos escalones huelen fatal? Creo que mucha gente ha vomitado y meado en la escalera.
Asiente.
—Aquí sentados, parece que estemos participando en una fiesta de la antigüedad.
Me río.
—Me gusta tu manera de pensar.
Esboza una sonrisa torcida increíble.
Quizá sea su sonrisa lo que me envalentona.
Quizá las temblorosas luces de la fiesta estén afectándome al cerebro.
O quizá sea que de repente por los altavoces suena un rasgueo de guitarra. Siempre he sido un fanático de la guitarra acústica.
Quizá sea que, por primera vez en tres años, me parece bien que Jillian y yo nunca vayamos a estar juntos. Que tras unos minutos en una escalera mugrienta de repente vea un futuro diferente. Un final alternativo, o dos.
Quizá sea porque ahora todo lo que nos rodea es un remolino irreconocible y lo único perfectamente enfocado es Kate. Retrato en tamaño natural.
Trago saliva, cosa que creo que nunca antes he hecho.
—Kate, ¿puedo hacerte una pregunta?
Sonríe y me contesta en un tono muy formal:
—Sí, Jack, puedes hacerme una pregunta.
—Pero debo advertirte que es una pregunta difícil.
—Considérame advertida.
Carraspeo. Suelo hacerlo cuando me siento incómodo y/o cuando estoy a punto de decir una tontería.
—¿Cómo sugerirías a un tío que pasara de hablar de una chica de la que está enamorado pero con la que no tiene nada que hacer y lo intentara con otra chica muy atractiva...? Vamos, que le tirara los tejos a esa otra chica tan atractiva, aunque, a estas alturas, tampoco tuviera nada que hacer con ella.
—Oooh, sí, es una pregunta difícil.
—¿Lo ves? Te lo he dicho.
—Estoy casi segura de que ese movimiento es totalmente imposible —me contesta.
—Lo suponía.
—Pero si tuviera que sugerirte una estrategia...
Sonríe como si estuviera a punto de revelar una táctica ultrasecreta.
Me acerco a ella.
—Te escucho.
—Te diría que empezaras por ir a buscarle una copa a esa chica, y cuando vuelvas, te contará que no está buscando nada serio porque tiene un millón de problemas que en estos momentos no tiene ningún interés en resolver y también porque acaba de salir de una relación desastrosa y ahora mismo básicamente odia a todos los seres humanos.
—Muy bien, pues sigue pensándolo, porque voy a buscarle una copa a esa chica, ¿vale?
Sonríe.
—Vale.
—No te muevas de aquí. Tienes que vigilar la escalera, aunque te cueste la vida.
—Mataré a todo el que intente subir estos escalones, señor —me dice.
—¿Qué tono es ese?
Le da vergüenza y se tapa la cara con las manos entre risas.
—Quería hablar con acento escocés.
—Ah, ¿era eso? Mmm —digo muy sonriente—. Sí, deberías trabajarlo. O mejor no vuelvas a hacerlo. Nunca.
—¿Tan mal lo he hecho?
Me encojo de hombros, de broma.
—Peor imposible.
Asiente.
—Me encanta fracasar totalmente, así que me siento genial.
—Ah, bueno, en ese caso, misión cumplida. Encantado de complacerte.
—Yo también —me contesta.
—En fin...
—En fin —repite sonriendo—. ¿Qué te parece si vas a buscar las copas y seguimos con este épico regodeo en la autocompasión en el porche trasero?
La miro fijamente un instante.
—Quizá de ahora en adelante deberías tomar todas las decisiones por mí.
Kate me tiende la mano, esta vez con mejores resultados.
—Trato hecho, Jack.
Me dirijo a la cocina intentando esquivar a la gente. El alcohol está esparcido por la gran encimera. Alguien me da un golpecito en el hombro.
—Hola.
Es Jillian.
—¿Estás divirtiéndote? —me pregunta.
Me encojo de hombros.
—¿Y tú?
—Está bien. En realidad estaba pensando en marcharme pronto.
—¿Sí?
—Quizá a comer una hamburguesa.
—Oh —digo—. Sí, podríamos ir... hum... Solo iba a...
Asiente al ver la botella de vino que tengo en la mano.
—¿Adónde vas con eso?
—Oh, ah, a ningún sitio.
—¿A ningún sitio?
—Bueno, a ningún sitio no. Sería una tontería. No, iba a ir al porche. Al porche... trasero.
—No deberías beber solo, Jack —me dice sonriendo.
—No era mi intención —contesto, y carraspeo—. He... he hecho una amiga, supongo.
Su rostro muestra algo que no descifro, pero desaparece antes de que pueda analizarlo mejor.
—Oh, ya veo —dice, y ahora su sonrisa es diferente—. Jack ha hecho una nueva amiga.
—No es para tanto.
—No, me alegro por ti.
—Gracias, J —le contesto. Suelo llamarla así—. Pero podemos ir a comer una hamburguesa, lo que quieras... Dame un...
—No. —Niega con la cabeza mientras retrocede—. Tú a lo tuyo. De todas formas, seguramente volveré a la residencia. Tengo que llamar a Franny.
—Oh, sí, vale, genial.
—Genial. —Asiente—. Diviértete, tío.
—Tú también. Saluda a Franny de mi parte —le digo, porque ¿qué otra cosa puedo decirle? Y es que, quizá por primera vez, no nos resulta fácil hablar.
A los cinco minutos, Kate y yo estamos bebiéndonos una botella de vino tinto asqueroso y arreglando el mundo en los torcidos escalones del porche. Ya tenemos algo nuestro. Los escalones. Solo que esta vez no nos movemos en toda la noche. Ni siquiera cuando acaba la fiesta, ni siquiera cuando las únicas luces que siguen encendidas son las de seguridad, ni siquiera cuando la luna es un rumor en un cielo cada vez más iluminado.
—Creo que somos los únicos que aún están despiertos en esta casa —dice Kate.
—Mierda, ¿qué hora es? —le pregunto, aunque en realidad no me preocupa.
—¿A quién le importa la hora? —contesta ella reprimiendo un bostezo.
No nos movemos por nada ni por nadie.
—Háblame de tu familia —le digo.
—¿Qué quieres saber?
—Lo que sea —le contesto—. Todo.
Se queda callada. Cruza las piernas y las descruza. Me pasa el vino y doy un trago. Sigue sin ser bueno, pero por alguna razón no es tan malo como antes.
—En los últimos tiempos mis padres son básicamente discutidores profesionales, y es sobre todo por mi culpa.
—Oh.
—No sé, es raro ver a personas que recuerdas que se querían tanto, que antes no se cansaban de estar juntos, y luego una mañana estás tumbada en la cama preguntándote cuánto falta para que empiecen a pelearse.
—¿Has dicho que discuten por ti?
—Sí.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—No se ponen de acuerdo sobre cómo cuidarme.
—Qué putada. Lo siento, Kate.
—¿Por qué lo sientes? —me pregunta. Se muerde el labio, coge la botella y se la lleva a la boca, pero no bebe. Baja la botella y la deja entre sus rodillas—. En todo caso, la que debería sentirlo soy yo.
No sé si debería preguntarle qué quiere decir, aunque me gustaría, así que me quedo callado para que
