Todas mis amigas

Susana Rubio

Fragmento

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1

Dos meses antes

Lunes, 19.00 h Noa en el bar

—¿De quién fue la idea de poner a la Pedroche a la hora de las campanadas? —preguntó Edith mirando por encima de mi hombro.

Estábamos en el bar de la esquina, un lugar sin nombre de Madrid, no demasiado grande y decorado con réplicas de distintos pintores. Edith puede decirte todos los títulos de esos cuadros y de sus correspondientes autores porque cuando se aprende algo es capaz de recordarlo toda la vida. Es la más perfeccionista de todas y la que pone un poco de sano juicio entre nosotras cuando empezamos a discutir por tonterías.

(Personalidad concienzuda: su característica principal es su afición al trabajo arduo. Son correctos, respetuosos, detallistas, prudentes y ordenados.)

—Creo que fue Luna quien lo sugirió —respondió Penélope siguiendo la mirada de Edith.

Estaban las dos sentadas frente a mí y al lado tenía a Luna enganchada al móvil. ¿Y qué coño miraban aquellas dos con tanto interés?

Soy perceptiva, mucho, muchísimo. No se me escapa ni una. Me gusta más observar que hablar y supongo que he desarrollado un oído más fino de lo normal a base de callar y escuchar.

(Personalidad vigilante: su característica principal es su capacidad para captar todo lo que les envuelve. Advierten los mensajes confusos, las omisiones y las mínimas distorsiones de la verdad. Son independientes, combativos, buenos receptores y fieles.)

Edith y Penélope estaban en ese momento mirando algo que les interesaba de verdad, sus pupilas me indicaban que era algo digno de mirar y me volví de golpe sin pensar en ningún momento que me iba a encontrar a un tío mirándome directamente a los ojos.

«Tres, dos, uno. Gírate ya, Noa.»

—¿Qué cojones miráis? —preguntó Luna al darse cuenta de que estábamos demasiado calladas—. Bonitos pantalones, quedarían muy bien en el suelo de mi dormitorio.

—¡Luna! —exclamó Penélope abrumada, logrando que dejáramos de mirar a aquel tipo.

—¿Qué?

—¿Y tu propósito de año nuevo? —le preguntó Penélope en tono irónico.

—¿Cómo me llamo? ¡Ah, sí! Dory —soltó Luna con una risilla.

—Estás mirando a ese tío como si fuera un bollo y no sabes ni quién es. Así que no empieces el primer día del año haciendo una de las tuyas. Dijiste que te tomarías las cosas con más calma, ¿recuerdas? —insistió Penélope.

Nuestra amiga Penélope sale con Ricardo desde los dieciséis años y en este momento tenemos todas veinticuatro excepto Luna, que tiene dos más. Pero la cuestión no son esos ocho años juntos, la cuestión es que Penélope no es feliz con él, aunque su lado conformista, servicial, amable y demasiado diplomático no le deja plantar cara a su situación amorosa.

(Personalidad fiel: lo más importante en su vida es preocuparse por los demás. Son cariñosos, solícitos, atentos, aceptan bien las normas y no les gusta estar solos.)

—Algo me suena, ¿y tu propósito? —inquirió Luna—. Fíjate, del tuyo me acuerdo a la perfección: «Yo, Penélope, me propongo no ser tan cobarde y miedosa». No me pases tus complejos.

—Chicas, vale ya. Penélope, relájate. Luna no se va a ir a ninguna parte con ese tipo y tú, Luna, no le hables así, solo se preocupa por ti. —Edith las metió en vereda una vez más.

Luna tenía esos prontos. No le gusta nada que le digan qué debe o no debe hacer. Es caprichosa, divertida, desinhibida y tiene una necesidad física más que espiritual de mantener un vínculo romántico con el sexo opuesto. Vamos, dicho de otra manera, que necesita follar a menudo.

(Personalidad vivaz: anhelan experimentar, son intensos, apasionados, amantes de la diversión, enérgicos y cautivadores.)

Y mientras ellas retomaban aquella conversación sobre el modelito de la Pedroche de fin de año, yo seguí con disimulo los pasos de aquel tipo. Estaba charlando con Fer, el dueño del bar, y por sus gestos me dio la impresión de que aquel chico no me caería bien: demasiado guapo, demasiado seguro de sí mismo y con una mirada demasiado intensa.

Fer se colocó tras la barra y aquel tipo se volvió nuevamente hacia nosotras. Directo. Me miró de nuevo, serio, y yo le dirigí una de mis miradas de desprecio.

A veces me da la sensación de que sé trasmitir más con los ojos que con las palabras. Quizá era algo que también tenía muy aprendido. Y me salía solo, no era del todo consciente. En algunas ocasiones mis propias amigas me lo decían: «No mires con esa cara de asco, Noa».

—Tengo que irme, chicas —nos informó Penélope con cierta tristeza.

—¿Te espera Ricardo con la cena preparada? —preguntó Luna con ironía.

—Qué más quisiera yo —respondió ella sin hacer caso de la puyita de nuestra amiga.

—Dale un beso de nuestra parte —añadió Edith, siempre tan respetuosa.

(¿Ser correcto es algo con lo que se nace o se aprende? Tanto la genética como el entorno influyen en la formación de los rasgos de personalidad.)

—Nos vemos —le dije con una media sonrisa.

—Vaya, vaya, parece que Fer tiene un nuevo amiguito. —Luna señaló con la cabeza hacia la barra del bar, donde vimos al tipo aquel atendiendo las indicaciones que le iba dando su... ¿nuevo jefe?

«Joder, qué mierda.»

Hay pocos sitios en los que me siento a gusto y este bar es uno de ellos. La presencia de ese nuevo camarero me iba a fastidiar mi zona de confort.

Solía pasar bastantes horas allí acabando el trabajo del máster. Lo había empezado unos cuantos meses atrás y solo me quedaban ocho semanas para presentarlo. Me había dedicado a ir a la biblioteca a empaparme del tema para dominar con más soltura algunos términos. Y tenía claro que el bar era un sitio ideal para sacar mi portátil, mi bloc de notas y perderme en el mundo de la psicología. Como yo, otros estudiantes hacían lo mismo. Cada uno estaba centrado en lo suyo y apenas reparábamos en la presencia de otras personas. Pero ese tipo...

—Ahora que no está la mojigata aprovecho para decir que no me importaría hacerle un buen favor... —Luna habló en un susurro.

—Tú le harías un favor a cualquiera —le solté aburrida e intentando no mostrar que a mí también me parecía muy guapo.

Pelo castaño con reflejos rubios peinado a un lado, ojos rasgados de color marrón oscuro, cejas pobladas, nariz recta, labios bien perfilados y bigote y barba bien recortada. El conjunto de sus facciones mostraba un rostro casi perfecto. ¿Sería modelo? ¿Un modelo que debía hacer horas en un bar para subsistir? Fijo que era un cabeza hueca porque la naturaleza era sabia en el momento de repartir y no podía ser que un tío con esa cara y esa altura encima fuese inteligente y listo.

—Y tú, ya sabes —me dijo Luna riendo—. Tu propósito es no liarte con nadie hasta que tengas claro que es... ¿cómo lo dijiste?

—El amor de su vida —acabó la frase Edith riendo también.

Vale, sí, cogí una buena peana la noche anterior y dije gilipolleces. Pero mi propósito se basaba en dos premisas. Una, quería centrarme en el máster y pasar de salir cada fin de semana de fiesta con mis amigas. Y dos, estaba hasta los mismísimos ovarios de cruzarme con personas humanas masculinas gilipollas.

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