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Porque es un descarado, lo sabe y le gusta
Septiembre, Bilbao
Llegaba tarde. Muy tarde.
Era mi primer día de clase, el primer día de mi último año en el colegio, y llegaba tarde.
Inserté mi pase anual en una de las máquinas del metro y adelanté por la derecha a tres, cuatro, cinco, seis personas antes de llegar a las escaleras mecánicas. Di gracias porque el resto de los usuarios del metro de Bilbao, que no tenían que subirlas corriendo, como yo, se hubieran situado de manera ordenada en la parte derecha y me permitieran pasar.
Alcancé la ansiada salida y tuve que cerrar los ojos cuando los rayos del sol se proyectaron de pleno sobre mi rostro; a pesar de que eran las ocho y cincuenta y cinco minutos de la mañana, brillaban con intensidad.
Reparé en que la figura verde del semáforo parpadeaba a toda velocidad, lo que significaba que debía detenerme y esperar —era un paso de cebra de los largos—, pero lo crucé de igual forma. Eso sí, con la misma rapidez.
De ahí al colegio aún me quedaba un kilómetro.
Reconozco que solía llegar tarde a clase dos de cada tres días, pero no era culpa mía. No del todo. Vivir en un pueblo costero, a veinticinco kilómetros al norte de Bilbao, favorecía la causa. Y que solo partieran tres trenes a la hora, también, porque si lo perdías, malgastabas veinte minutos. ¿Y quién sale de casa con veinte minutos de margen?
Yo no, quedaba claro. Y el asunto es que el despertador sonaba con tiempo de sobra: yo lo escuchaba y me levantaba a la primera, pero, después, mientras desayunaba y me preparaba para salir de casa, el tiempo transcurría demasiado rápido, como si los segundos jugaran al parchís y comieran veinte cada dos por tres. Era una cosa muy rara.
Y no había más alternativas de transporte. Ir andando no era una posibilidad. Coche no tenía (ni tampoco carné de conducir, ya que estamos; solo tenía diecisiete años), y el autobús de línea era un misterio sin resolver: nadie sabía cuándo pasaba.
No perdí ni un segundo en mirar hacia la fuente de la plaza que hay cerca de la estación de metro, y que era donde había quedado con mis dos amigos; ya habrían tirado para el colegio. Y no los culpaba. ¡Era el primer día de clase! Y dada mi costumbre de llegar tarde... Pues eso, que no los culpaba.
Corrí durante minutos hasta que por fin distinguí el edificio al fondo. Para aquel momento, sudaba como un pollito: patinaban a placer por mi piel recién duchada gotas calientes en la espalda, la frente, las axilas y el cuello. Las medias de color azul marino —parte del uniforme escolar— también habían caído. Se encontraban a la altura de los tobillos, pero, por razones más que obvias, no me detuve para colocarlas en su sitio. Sí tuve que parar un segundo a causa del jersey —azul marino también— que llevaba atado a la cintura, y que habría aterrizado en el asfalto de no ser porque lo cogí al vuelo con la mano izquierda.
No dejaba de pensar que todo era mucho más sencillo cuando solo tenía que bajar a la calle desde mi casa y coger el autobús escolar. Pero en los últimos cuatro cursos de mi colegio no había autobús. De hecho, era otro colegio. Bueno, era el mismo, pero en otro edificio situado en otra zona de la ciudad.
Por fin llegué al lugar donde pasaba más de ocho horas al día, pero la puerta verde de la entrada principal me miró imperturbable, conocedora de que yo no podía cruzarla. Esa puerta permitía solo el acceso a los mayores, los de último curso, o a los familiares de los alumnos; el resto de los mortales debíamos subir una cuesta dantesca para acceder a las instalaciones del colegio por nuestra entrada habitual. Por la puerta de atrás, digamos.
Subí la pendiente a todo correr, los pulmones más fuera que dentro (y eso que era corredora habitual, pero no es lo mismo correr por deporte que correr porque llegas tarde y, además, cargando una mochila llena de libros nuevos que pesaban como cinco kilos), y giré a la derecha en cuanto llegué a la cima.
Y... sorpresa.
Se me encendió la luz al distinguir el portón de metal por donde llevaba entrando al colegio tres años: yo ya era oficialmente una estudiante de último curso, y la puerta verde que acababa de dejar atrás, la «puerta de los mayores», era mi nueva puerta. Ahogué un gemido sin detenerme. No iba a regresar sobre mis pasos; entraría con los pequeños.
Estaba a punto de llegar cuando vislumbré que se cerraba; serían las nueve de la mañana más que pasadas y por experiencia sabía que cuando esa puerta se cerraba, no volvía a abrirse hasta la hora de salida. Jamás de los jamases.
—¡Espera! ¡Espera, por favor! —grité para disuadir a la profesora en cuestión de que la cerrara del todo.
La hoja se detuvo a medio camino, y aproveché para colarme por el resquicio que había quedado y que me daba acceso, por fin, al colegio.
—¿Usune? —me preguntó ella extrañada. Se trataba de una de mis profesoras favoritas. Aunque ya no era profesora, puesto que hacía años que había dejado la enseñanza para ocuparse de funciones puramente administrativas, pero nos conocíamos desde que yo era una niña, cuando ambas estábamos en el otro edificio, y siempre habíamos tenido una conexión especial. Era una mujer mayor, con el pelo cano y los ojos muy verdes y rodeados de arruguitas.
Le di un beso rápido en la mejilla por dejarme entrar y desfilé por su lado como una exhalación para llegar a mi aula; no podía entretenerme más.
—¡Ya no tienes que venir por aquí! Ay, Usune, ¿dónde tienes la cabeza? ¡Los mayores entráis por abajo! —me gritó desde la distancia que yo ya había abierto entre nosotras.
—¿Dónde está el aula de D? —grité a mi vez, sin mirar atrás.
—¡En la planta baja! ¡La última del pasillo! ¡Por eso los alumnos de último curso entráis por abajo!
«Tiene todo el sentido, sí».
Entonces me tocaba bajar cuatro pisos. Uno, por escaleras estrechas de madera que resonaban bajo mis pisadas como si estuvieran a punto de quebrar, y otros tres, acabados en mármol. Aquel fue un maratón en toda regla. Para cuando llegué a la puerta de mi nueva aula, era un despojo humano.
Pasé sin llamar y sin detenerme a mirar la hora en mi reloj: eran más de las nueve, seguro. Y más de las nueve y diez, también.
—Hola. Perdón por el retraso —dije, nada más entrar, a todos en general.
Bien. Me encontraba en una clase nueva. Con compañeros nuevos (en su gran mayoría). Sudada. Con la respiración agitada. Muy agitada. La mochila colgaba de un asa a la altura de mi costado; se me había caído durante la carrera y, de nuevo, por razones obvias, no me había detenido a colocarla bien. Tenía la mirada desenfocada, no sabía ni hacia dónde mirar. Y todos fijaban su atención en mí. No soy una persona introvertida, pero aquello me hizo sentir un tanto avergonzada. Creo que hasta me encogí. A nadie le gusta ser el centro de atención.
—¡Piojo! —exclamó con sorpresa y en voz alta un alumno desde las últimas filas, junto a la pared. Sorpresa que le duró poco; enseguida recobró su desdén habitual—. Te has confundido de clase. Jamás pensé que te vería cometer un error de ese calibre.
Reformulo. A casi nadie le gusta ser el centro de atención. Porque a Paul Uribe, por ejemplo, le daba exactamente igual. También le encantaba que todos rieran sus observaciones en voz alta, como sucedió en aquella ocasión. Sabía que era él, a pesar de tener aún la vista algo nublada y de no distinguir su rostro del todo, porque era su voz, su entonación y su acento. Que me pongan a cien chicos con cien voces diferentes en una sala y que griten todos a la vez: reconocería la de Paul a la primera. Sin dudarlo.
No tuve tiempo de aniquilarlo con la mirada por dirigirse a mí como «piojo». Vale que me llamaba así desde que tenía uso de razón, pero eso no significaba que yo lo aprobara. O que dejara pasar sus pedanterías y provocaciones. Paul Uribe era...
El carraspeo de la profesora me apartó de mis cavilaciones. Dirigí a ella la mirada: estaba sentada a la mesa, al lado de la pizarra, encima de la tarima, y me pregunté si yo seguiría cayéndole regular. O si me recordaría. Me había dado clase dos años atrás y era la única profesora con la que nunca me había llevado totalmente bien. Y ese último año era mi tutora. Bravo.
—Usune, buenos días, querida. No sé cómo hacéis las cosas los de ciencias, pero los de letras llegamos a clase a la hora. Y aún más el primer día.
«Vale. Sigo sin caerle bien.»
Esa referencia a «los de ciencias» y «los de letras» era un ataque directo al curso de mis decisiones con el paso de los años.
Dos años atrás nos había tocado elegir el rumbo que tomarían nuestras vidas: o ciencias o letras. Yo en ese momento no sabía qué quería ser de mayor, así que elegí ciencias por aquello de no cerrarme puertas. Mi cabeza funcionaba de esa manera con quince años: si cursaba la rama de ciencias, podría estudiar cualquier carrera universitaria; sin embargo, si me decantaba por las letras, diría adiós a todo el linaje de las ciencias.
No fue una decisión fácil: mis dos mejores amigos habían optado por las letras y, aunque me llevaba bien con el resto de mi clase, no tenía demasiada confianza con nadie. Además, me juntaría con alumnos con los que nunca había coincidido, pero, a pesar de todo eso, tenía clarísimo que no me iría a letras solo por seguir los pasos de mis amigos. Por muy desabrigada que me sintiera sin ellos.
Después de un año de estudiar física, química, matemáticas y dibujo técnico, seguía sin saber qué quería ser de mayor, aunque sí sabía que, para empezar, me gustaría estudiar Filología Inglesa. Y luego ya vería. La química me encantaba y las matemáticas también, pero ganó la lengua: cosas locas de la vida. Lo había hablado con mi tutora (con la anterior, una a la que yo sí le caía bien) y ella me indicó que, haciendo una excepción, me permitían cambiarme a letras para mi último año.
Y ahí estaba.
—Sí, perdón —me excusé con la profesora de literatura. Las palabras «no volverá a pasar» estuvieron a punto de salir de mi boca, pero no consideré prudente mentirle de manera tan descarada.
—¿El metro se ha averiado? —me preguntó con sorna. Aquella mujer se pasaba media vida sumergida entre autores y escritos antiguos, contaba con un vocabulario un tanto envejecido y se le daban de maravilla el cinismo y la ironía. Y el metro era la excusa número uno de los alumnos.
—Mmm... no —respondí con sinceridad. No estaba dispuesta a empezar, o continuar, mi relación con ella con peor pie que con el que ya lo había hecho.
—Pasa y siéntate —me dijo a continuación, devolviendo la mirada a los papeles sobre su mesa—. Vas a tener que ponerte al día con mi asignatura; has perdido un curso entero.
«Vale. Me odia.»
—Si quieres, te puedo dar unas clases, piojo. Te las cobraré baratas.
Le saqué el dedo corazón a Paul Uribe mientras me alejaba de la puerta y me metía de lleno en el aula. Mis dos amigos levantaron la mano para señalarme su posición.
—Yo también me alegro de que volvamos a estar en la misma clase, va a ser un año interesante —me indicó Paul como respuesta a mi gesto a la vez que me guiñaba un ojo.
Su afirmación, una vez más, generó risitas en algunos y carcajadas en otros. Siempre lo hacían. Lo ignoré y me acerqué a la mesa de Maia y Unai, mis amigos, que estaba a la misma altura que la de Paul, pero en el otro extremo.
El aula se dividía en diez mesas largas e indivisibles con tres alumnos cada una (cinco filas a la derecha y otras cinco a la izquierda); en el medio, un estrecho pasillo por el que circulaba la profesora. Mis amigos ocupaban la penúltima a la derecha, o la cuarta, vista desde la panorámica del profesor. Bien, cuanto más lejos, mejor. Me habían dejado una silla libre al lado del pasillo.
—¿Dónde estabas? ¡Habíamos quedado a y media! Solo tú podías llegar tarde el primer día —me susurró Maia—. Te hemos esperado hasta menos diez. ¿Y tu móvil?
—En casa.
—Cómo no...
Me dejé caer derrotada en la silla (no me quité ni la mochila) sin contestar a su pregunta. «Luego», le dije con los ojos, y por fin respiré.
—Bien —comenzó la profesora—, ahora que Usune se ha dignado a venir a clase y que estamos todos —alcé los ojos hacia el techo—, os diré que este año vamos a seguir estudiando la generación del 27. Como estoy segura de que recordaréis, el año pasado vimos a Pedro Salinas, Rafael Alberti y Dámaso Alonso, entre otros. Hoy, vamos a comenzar por Federico García Lorca, y lo primero que quiero resaltar es que este último curso...
Desconecté. Lo reconozco. Solo durante unos segundos. Necesitaba estabilizar mi respiración, los latidos de mi corazón y el pulso, que resonaba como una campana enloquecida en mis sienes y en mis muñecas.
Alguien se aclaró la garganta y giré la cabeza por instinto. Por instinto de saber de quién procedía el carraspeo. Me crucé con la mirada azul de Paul; él, al verme, levantó la ceja derecha y señaló con los ojos el libro que tenía abierto encima de su mesa.
Entendí el mensaje:
«Atiende un poco, piojo. Lo vas a necesitar.»
El día empezaba movidito.
«Bienvenida a tu último curso en el colegio.»
Después de una primera mañana bastante severa, mientras regresaba a casa en el metro escuchando música en mis auriculares (los lunes no teníamos clase por la tarde), pensaba que, a pesar de compartir clase de nuevo con mis dos mejores amigos, me sentía... extraña, desubicada, fuera de mi hábitat. Supuse que sería cuestión de tiempo. Me adaptaba bastante bien a los cambios. Con rapidez. Práctica, supongo.
Mamá había fallecido cuando yo tenía diez años. Se la llevó esa enfermedad de nombre tan sombrío, feo, que me niego a reproducir. Fue inesperado. No para ella. Para nosotros. No nos dijo que estaba enferma y, cuando quisimos darnos cuenta, se encontraba en fase terminal en la cama de un hospital.
De aquellos días solo recuerdo que sentí miedo. No sé si por ella, por mí o por ese nuevo elemento llamado muerte que acababa de entrar en nuestra vida y que yo comenzaba a conocer. Fue duro. Me quedé sin madre de la noche a la mañana. Aunque, si tengo que ser sincera, hacía años que había dejado de ser mi madre para ser solo alguien al otro lado del teléfono.
Pocos meses después, me fui a vivir con mi padre.
Mi madre y mi padre no vivían juntos, ni siquiera se habían casado. Se quedaron embarazados cuando apenas habían cumplido los dieciocho y su relación no cuajó. Yo creo que no era su momento y no supieron entenderse. Me costó aceptar que no fueran pareja, y no me refiero a que no quisiera asumirlo, sino a que tardé en entenderlo. Cuando yo era pequeña, al menos en mi entorno, crecías con la creencia de que las familias estaban formadas por un padre y una madre casados y por unos hijos. Con ocho años me preguntaba por qué mi historia era diferente a la de los demás. Con diez años me preguntaba por qué mamá se había ido para siempre. Dos años más tarde, dejé de preguntarme nada.
Porque, dos años más tarde, nos dejó mi padre. Un conductor de autobús borracho que cubría la ruta San Ignacio-Bilbao fue el responsable. O que la muerte siempre gana. Nos gana a todos. Es algo que aprendí enseguida.
Me quedé sin padres.
Fue entonces cuando me fui a vivir con amama de manera permanente. Amama tampoco estaba casada. Lo había estado en su juventud, pero se divorció. A mi abuelo no llegué a conocerlo.
Amama siempre había sido testigo de primera línea de mi vida; me había criado. Mamá y yo vivimos con ella hasta que cumplí seis años y pudimos alquilar un pequeño y destartalado apartamento en el centro, que mejoró con los años y con el duro trabajo de mi madre. De hecho, cuando se marchó, me mudé con amama de nuevo, pero meses después de que mamá muriera decidí darle una oportunidad a papá. Es curioso que lo llame ahora de esa manera, papá, cuando en vida fui incapaz de hacerlo.
Se podría pensar que semejante panorama familiar, que semejante desarmonía entre mis padres y mi crianza, podría haber surtido efectos desastrosos en mi vida o mi personalidad.
Pero no.
Soy una persona abierta —aunque me muestre reservada, discreta, incluso tímida, en lo que importa de verdad—, sociable, comunicativa, extravertida, que transmite alegría de vivir y que aprecia los intercambios con los demás.
Una explicación plausible podría ser que mi personalidad voló por sí sola. Pero yo me inclino por otra alternativa: mi entorno familiar se encontraba en perfecto equilibrio, a pesar de las constantes pérdidas. Y todo gracias a amama. Ella era ese punto invariable en mi vida. El que hacía que no me volviera loca del todo. Que no me sintiera terriblemente vulnerable. O frágil. Abandonada.
—¡Amama! Ya estoy en casa —saludé al entrar. Siempre lo hacía así. Siempre repetía esas cinco palabras. Y nuestro perro, Conan, siempre me recibía igual: ladrando y moviendo la cola a toda velocidad—. ¿A qué huele?
Aspiré el aroma que desprendía toda la casa, el aroma que vincularía siempre a ella. Era la esencia de mi comida favorita: carne guisada.
—¿A qué crees que huele? —me respondió desde la cocina.
Me acerqué a los fogones y a ella.
—A mi comida favorita —le dije mientras le daba un beso en la mejilla.
—¿Qué tal la mañana?
Amama no se había olvidado de que no tenía clase por la tarde. «Olvidado.» Otra repugnante palabra de la que no quería saber nada. Tanto era así que la obviaba. A pesar de saber que no debería hacerlo. Oh, no, no debería haberlo hecho.
Pero lo hice. La saqué de mi sistema, ayudé a amama a poner la mesa y nos sentamos a comer juntas mientras charlábamos de cómo había pasado cada una la mañana. Amama siempre me contaba chismorreos de la gente del pueblo; era increíble que una localidad con solo tres mil habitantes diera tanto de que hablar a diario.
Al terminar, recogí los platos, los fregué y me senté junto a ella en el sofá para ver la telenovela de la sobremesa. No es que me gustaran especialmente, pero a ella le encantaba verlas, y yo solo quería quedarme adormilada a su lado.
Amama había sido enfermera la mayor parte de su vida. Trabajó durante su juventud en varios hospitales hasta que encontró un trabajo muy bien remunerado como enfermera particular de una señora que tenía mucho dinero, pero que vivía sola y necesitaba ayuda. Iba en silla de ruedas. Recuerdo deslizarme por los pasillos. Recuerdo coger velocidad. Así de grande era su casa.
Cuando la señora falleció, unos años atrás, amama era demasiado mayor para encontrar otro trabajo, así que vivíamos con su modesta pensión y, aunque no nos faltaba de nada, tampoco nos sobraba. Yo le insistía en que quería trabajar para ayudar en casa, pero ella nunca me lo permitió, me repetía una y otra vez que mi única obligación era estudiar.
Estuve a punto de dejar el colegio privado al que asistía: era demasiado caro y no nos lo podíamos permitir, pero amama solicitó una beca y nos la concedieron. Así que me tomé en serio lo de estudiar. Siempre había sido aplicada, pero desde entonces lo fui todavía más. Fui la mejor.
A las nueve de la noche me puse mis pantalones de chándal —eran de la marca Adidas, de color azul marino y con un par de rayas verdes en los laterales hasta la rodilla— y salí a correr. Siempre lo hacía a esa hora, cuando el resto de los habitantes del planeta Tierra ya se habían recogido en sus hogares. Creo que es de los pocos momentos en los que no escucho música en mi vida. Cuando corro. Me gusta oír el golpeteo de las zapatillas deportivas contra el asfalto y el sonido de mi respiración. Y tener la calle para mí sola. Y las luces. Y el susurro del viento. Y el olor del pueblo. Y el mar.
A escasos dos minutos de casa se encuentra el campo de rugby del pueblo. Es un pueblo pequeño, pero disponemos de un campo de rugby gigante. Aquel lunes, la tarde comenzaba a caer y los siete focos que alumbraban la hierba estaban encendidos. Los jugadores calentaban al ritmo de los gritos del entrenador. Y entre todos ellos... estaba él.
Paul Uribe.
2
Porque lo conozco mejor que nadie y mejor que a mí misma
¿Quién era Paul Uribe?
Creo que la definición de «amigo-enemigo» lo describe a la perfección. Sí, definitivamente.
Los dos vivíamos en el mismo pueblo y nos habíamos criado juntos. Muy juntos, pero separados al mismo tiempo. Incluso durante los dos años en que me mudé con mamá al centro de Bilbao, ambas pasábamos media vida en el pueblo. Conocía de sobra a toda la familia de Paul: a sus padres y a sus dos hermanos: el pequeño, Peio, y el mayor, Peru. Paul es el mediano.
Nos tocó compartir clase desde los dos años. Primero en la guardería y después, en el colegio. Por supuesto, no recuerdo la primera vez que lo vi, pero sí crecer junto a él. Sí verlo convertirse en el gobernante de la clase, en el papel de pistolero que todos querían desempeñar o el de antihéroe que todos querían imitar. Supongo que hay niños que nacen con carisma, otros que persiguen a estos primeros y otros, como yo, que van a lo suyo.
Paul y yo coincidíamos en la playa, en el parque, en los bares, en el astillero. En todas partes. A pesar de que nunca íbamos juntos a ninguna.
Ni él me invitaba a sus cumpleaños ni yo a él a jugar en casa. Ni él me apremiaba para que fuera con los demás niños al cine al aire libre ni yo le insinuaba que quería que me acompañara a visitar el faro.
Tampoco nos habíamos parado nunca a hablar de verdad. Ni cinco minutos. Interactuábamos lo mínimo con palabras, pero lo máximo con actos. Como cuando mamá murió. Paul se acercó a mí en el velatorio y me abrazó con fuerza. Sin palabras. Y lo mismo con papá. Eso sí, llevábamos toda la vida metiéndonos el uno con el otro. Era para lo poco que hablábamos. O, por lo menos, desde que yo recordaba.
Paul tiene muchísimo carácter, pero no es algo que se vea a simple vista, dado que en su personalidad conviven las contradicciones. Por un lado, es introvertido, reflexivo, reservado y desconfiado. Por otro, es extravertido, apasionado, independiente y tiene una capacidad innata para el liderazgo. Así pues, Paul es ambiguo, se pasea entre ambas tendencias a placer y nunca sabes qué esperar de él.
Y ¿cómo era posible que lo conociera tanto, más que a cualquiera de su entorno, más que a nadie del mío? ¿Cómo llegué a saber eso de él si lo único que habíamos hecho en la vida era enfrentarnos verbalmente?
No lo sé.
Jamás nos habíamos tocado.
Ni dicho nada bonito.
Solo esos abrazos en los picos bajos de mi vida.
De ahí lo de amigos-enemigos.
Y si yo cada día salía a correr, él cada día entrenaba en el campo de rugby a esa misma hora, tres veces a la semana: lunes, martes y viernes.
En verano, con la luminosidad estival, los veía a todos ellos desplazarse por el césped con claridad. Pero a medida que pasaban los meses, que acababa septiembre, octubre, y que los días se hacían más cortos, se me desfiguraban sus siluetas. Y llegaba un momento, a la vez que noviembre, que cuando pasaba al trote por ahí, lo único que era capaz de distinguir era aquello que alumbraban los focos. El resto no eran más que muchachos barriendo de un lado para el otro un campo de cien metros de largo y setenta de ancho. Excepto por un pequeño detalle: sus andares, sus piernas, su estatura por encima de muchos, su pelo castaño oscuro alborotado. Todo era demasiado familiar para mí.
Paul.
Siempre sabía quién era él.
Y él siempre cruzaba su mirada con la mía cuando pasaba corriendo por su lado.
Después ambos la apartábamos con rapidez.
El primer día del curso, recorrí mi camino habitual junto a Conan: primero atravesábamos el puente blanco que nos llevaba al centro del pueblo; de ahí, al puerto; de ahí, a la playa y, por último, al espigón. Algo más de siete kilómetros en total.
Cuando corría con el perro, me andaba con ojo de no tropezarme con él. Podía ser fatal para mí. Me encantaba Conan, lo adoraba, pero era enorme y debía tener cuidado. A los ocho años había cruzado la carretera en el mismo momento en que un coche venía hacia mí. Conan, que por aquel entonces aún era un cachorro, se lanzó y me derribó, estampando mi cara contra el asfalto. Me salvó la vida, pero también perdí dos dientes, las paletas de abajo. Menos mal que aún eran de leche.
Paul y yo también corríamos juntos, juntos en su significado más amplio, teniendo en cuenta que no nos dirigíamos la palabra. Los días en que él entrenaba coincidíamos cuando yo regresaba a casa, y el resto de los días corríamos uno al lado del otro. O uno detrás del otro. Él, casi siempre, delante.
Así que ese día me crucé con él. Yo regresaba a casa y él se dirigía al espigón con sus pantalones cortos negros y su camiseta de Guns N’ Roses de costumbre. Nos miramos a los ojos por una fracción de segundo y continuamos nuestros itinerarios en dirección contraria, excepto por un pequeño detalle. Conan se dio la vuelta y se fue con él. Conan adoraba a Paul. Y Paul, a Conan. Nunca entendí de dónde había nacido esa relación, pero lo cierto era que se veneraban el uno al otro. Y más de la mitad de los días, mi perro se marchaba con él. Después, Paul lo acompañaba hasta mi casa y yo solo los observaba llegar por la ventana. A veces. Quizá tres de cada tres veces. O cuatro de cada cuatro.
El segundo día del curso llegué puntual. Llegué puntual a la cita con mis amigos a la salida del metro y llegué puntual a clase. De camino al colegio, Maia sacó de su mochila un pequeño objeto electrónico de color verde claro y rosa y nos lo mostró a Unai y a mí.
—¿Qué narices es eso? —le preguntó nuestro amigo mirándolo con atención.
—Un Tamagotchi.
—¿Un qué?
—Un Tamagotchi. Ta-ma-got-chi —silabeó Maia—. No es tan difícil. He decidido que va a ser nuestra mascota este curso. Tenemos que cuidarla entre los tres.
—Pero ¿qué es un Tamagotchi? —insistí yo, contemplando el aparato con forma de huevo.
—¿En qué mundo vivís vosotros dos? Es una mascota virtual de los noventa. La he rescatado de casa de mi tía. ¿Veis? —nos dijo mostrándonos la pantalla frontal, donde se distinguía un huevo pixelado—. Ahora es solo un huevito, pero la criatura está a punto de nacer y entonces tendremos que darle de comer, de beber, llevarla al baño a hacer sus necesidades y a la cama por las noches y en la hora de la siesta, con estos tres botones de aquí.
—¿De dónde has sacado esta mierda? —Unai puso cara de desagrado y se lo arrebató de las manos para inspeccionarlo mejor.
—No es una mierda —contestó ella recuperándolo—. Era lo último en mascotas en aquella época. He tenido que pelearme con mi prima para conseguirlo.
—¿Tu prima la que tiene trece años?
—Sí.
—Vale, no hay más preguntas.
—Nos la turnaremos para cuidarla —continuó mi amiga sin hacer caso de nuestras renuencias—. Un día cada uno.
—¿Qué? Ni de coña. Yo no pienso llevármelo a casa —aseguró Unai—. Si mi hermano mayor me pilla con eso, tengo cachondeo para el resto de mi vida, y no estoy dispuesto a ponérselo tan fácil.
—Pues lo escondes bien. Es nuestro proyecto para este año y tenemos que participar los tres. No creo que nos quite muchas horas, solo hay que atenderlo de vez en cuando. Mi prima me ha dicho que la mayor parte del tiempo se la pasa durmiendo.
Entramos en el aula y apenas había tres alumnos más dentro. Nos sentamos a nuestra mesa y esperamos a que llegara el resto de la clase mientras contemplábamos cómo nacía nuestro primer Tamagotchi. La verdad es que el recién nacido era una monada. Una aventura más para recordar cuando fuéramos mayores.
Maia y yo éramos amigas desde primero, o lo que es lo mismo, desde los seis años; Unai se nos había unido cuatro años después. Me llevaba muy bien con ellos y los quería con toda el alma, ya desde entonces. Teníamos caracteres muy diferentes, pero nos complementábamos bastante bien. Estaba segura de que seríamos buenísimos amigos durante toda la vida; sin embargo, había algo en lo más recóndito de mi ser que me costaba mostrar ante ellos. Algo pequeñito pero molesto. Me encantaba pasar el rato en su compañía, compartir todo tipo de experiencias y charlar de todo excepto de... mí. De mi vida. De mis padres. Era un tema tabú. No sabía por qué. Pero lo era.
Me sentía incómoda cuando el resto del mundo hablaba de su madre o de su padre. Me sentía diferente. Fuera de lugar. Intimidada. Violenta. Avergonzada. Y lo odiaba. Odiaba sentirme así.
Creo que todavía lo hago.
A veces cuesta mucho hablar según qué cosas cara a cara. Para algunos, seguro que más que para otros. Supongo que dependerá de la personalidad de cada individuo. A mí me costaba horrores hacerlo y me sigue costando. Mis amigos sabían más o menos lo que sucedía en mi vida y... No. Miento. Mis amigos sabían cuál era mi situación familiar, pero ni de lejos sabían cómo me sentía yo respecto a ello porque nunca me había desahogado. Sin embargo, ellos siempre me han aceptado así, con mis pequeñas taras, con mi hermetismo para algunas cosas y mi espontaneidad y extraversión para otras.
La profesora de matemáticas llegó cinco minutos pasadas las nueve y comenzó con la clase. Al finalizar esta, y sin que me diera tiempo a levantarme y salir al baño antes de la siguiente clase, uno de los alumnos cerró la puerta y habló en voz alta:
—Bien, chicos. —Me sonaba la cara del chico en cuestión, pero no lo conocía. Decidí abstraerme de su discurso hasta que terminara y pudiera escaparme al baño—. Como todos sabéis, es tradición en este colegio que el delegado elegido para representarnos el último año sea alguien perspicaz, carismático y valiente. Y que lo demuestre. Para ello, debe someterse a un desafío. Y hemos pensado que este año, para probar su valía, queremos que se cuele en la sala de profesores a primera hora de la mañana y que...
