Mala influencia

@TeensSpirit

Fragmento

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—Señor Russell, ese niño es el mismo diablo, usted no lo entiende.

—Sigue siendo un niño. No se merece eso —contestó el señor Russell.

—No nos queda otra opción, ninguna familia de acogida lo quiere. Ha pasado por todas las familias de toda la ciudad. —Hizo una pausa—. ¿Qué digo de toda la ciudad? ¡De todo el país! —El pequeño esperaba fuera de la sala, sentado en una silla mientras jugueteaba con los pies, los cuales aún no le llegaban al suelo—. Ningún orfanato quiere acogerlo. Todos saben el rumor.

—Ese rumor es estúpido. ¡Un niño pequeño no puede matar a toda su familia!

El señor Russell comenzaba a perder los nervios.

Ese chaval lo había perdido todo. Su casa, sus padres, su hermana, sus cosas. Su vida cambiaría radicalmente si iba a aquel lugar. Más de lo que ya había cambiado.

—Óigame bien, Russell. Ese niño ha salido del mismo infierno. Es un ángel por fuera, pero no quiera conocerlo.

Se hizo el silencio en la sala. Ambos hombres pensaban en la peliaguda situación del crío.

—Bien, haga lo que quiera, pero páseme toda la información que tenga sobre el caso —cedió Russell.

—Pues no se hable más. Internaremos a ese pequeño demonio en un reformatorio. Así aprenderá cómo debe comportarse.

El señor Russell negó con la cabeza. No le gustaba aquella opción. Aquel niño le recordaba a su pequeña princesa, Reese. La misma edad, los mismos ojos inocentes y aquella aura misteriosa que le rodeaba. Se sentía mal dejándolo allí, pero quizá fuera lo mejor. Abandonó la sala y lo miró una vez más.

—Adiós, Eros Douglas —se despidió el señor Russell.

El niño no pestañeó. Pero cuando Russell dio media vuelta, sonrió. Una sonrisa maligna, una sonrisa de esas que te hacen querer apartar la mirada. Sabía que se volverían a ver.

Y aquella sonrisa prometía un futuro lleno de problemas.

Todos pagarían su furia.

1

Reese

Mis pies se deslizan por el escenario al ritmo de la música de Para Elisa, de Beethoven. Los focos me iluminan recreando mi sombra danzando en el suelo y el público guarda silencio. Siento la música entrar en mi cuerpo y dirigirlo como si de una marioneta se tratara. Hago al pie de la letra todos los pasos, concentrándome bien en no fallar ni en el más mínimo movimiento. Y por fin llega el momento del último salto, el cual he estado ensayando durante muchos meses. Me impulso sobre mi pie derecho y lo realizo con la máxima precisión, sintiendo el alivio inundarme el pecho al instante. El público se levanta de sus asientos para aplaudirme animadamente.

Tengo la respiración acelerada y aún sigo nerviosa, pero lo importante es que lo he conseguido. No puedo evitar dibujar una sonrisa en mi cara, a pesar de que aún esté temblando entera. Ha sido mi primer espectáculo delante de tanta gente y realmente me siento orgullosa de mí misma.

La música ya ha dejado de sonar. Me acerco al borde del escenario y hago una reverencia al público. Sonrío de nuevo.

Dios, no me lo puedo creer, ¡de verdad lo he hecho!

Alguien tira pétalos rojos y los veo revoloteando a mi alrededor mientras escucho los aplausos y las ovaciones. Todo es perfecto.

La verdad es que no me veía capaz de hacerlo, he bailado ballet desde que era una niña, pero nunca yo sola, siempre sin destacar, entre las demás chicas. Tengo pánico escénico, así que representar el papel principal de una de las funciones más grandes en el ballet ha sido un logro para mí.

Pero algo cambia de repente, la gente empieza a murmurar y a gritar, mirando hacia la parte superior del escenario, y el ambiente se vuelve tenso. Cuando menos me lo espero, alguien de la primera fila grita dejándome desconcertada.

—¡Cuidado!

Todos ahogan un grito y se escuchan exclamaciones de todo tipo.

No tengo ni idea de lo que está pasando. ¿Por qué está todo el mundo alarmado? La gente se levanta de sus asientos, mirándome. Supongo que es porque sigo aturdida, pero no sé cómo reaccionar.

Entonces dirijo mi mirada hacia arriba. Un foco está a punto de caer sobre mí y mi cuerpo no reacciona. No tengo escapatoria. La cuerda del foco se suelta sin darme tiempo a apartarme y cierro los ojos con fuerza, esperando lo peor.

De repente, siento algo chocar contra mí y unos brazos fuertes rodean mi pequeño cuerpo, tirándome al suelo. El hombro y la cadera frenan el impacto y me encojo, alguien está encima de mí. Mantengo los ojos apretados con fuerza mientras escucho un gran estruendo y un cristal estallando en miles de pedazos. El foco ha caído al suelo del escenario, justo donde yo estaba.

Casi muero.

Quien sea que me acaba de salvar la vida se levanta de encima de mí y me obligo a abrir los ojos. Desde el suelo, veo a un chico caminar de espaldas a mí, hacia el lado contrario del escenario.

—¡Espera! —le grito con la esperanza de verle la cara.

Quiero saber quién es. Pero no se gira.

Y de un momento a otro, me veo rodeada de un montón de gente que entorpece mi vista. Mis amigos, los profesores y gente que no conozco. Pero estoy tan aturdida que ni siquiera sé lo que me están preguntando, solo observo a ese joven desaparecer entre el telón del escenario mientras noto los párpados pesados y mis oídos pitar levemente.

—Todo el instituto está hablando de ti, Reese —dice una chica de primer curso que comenzó a ir con mi grupo hace poco. Ariadna creo que se llama.

Estamos sentadas en las mesas de fuera de la cafetería, en el patio. Hace un calor de muerte, ya que apenas corre el aire, pero por suerte el árbol que adorna el jardín nos brinda un poco de sombra. Siempre tenemos los mejores sitios en la hora del descanso.

—¿Es que no lo hacían ya antes? —digo con algo de sarcasmo. No me malinterpretéis, pero no es una novedad escuchar mi nombre en boca de la gente. Soy la hija del director, vengo de una familia bastante adinerada, soy bailarina, salí con el quarterback y tengo muchas amigas. No podría pedir más, pero si juntamos todos esos factores, el resultado te convierte en alguien popular. Muy a mi pesar.

—Pues ahora más. Eres una heroína para todos.

Frunzo el ceño, realmente confundida.

—¿Por qué?

—Porque has sobrevivido, nena —contesta Lily, mi mejor amiga. Ella es en la única en la que de verdad confío. En este sitio nunca se sabe si la gente quiere acercarse a ti por lo que se dice de ti o por lo que de verdad eres, y eso solo se demuestra con el tiempo. Sin embargo, me molesta que piense igual que el resto. A la mínima cosa que hago, todo el mundo le da más valor del que tiene, y aunque parezca difícil de creer, odio esa sensación. Me hace sentir inútil.

Una brisa de aire caliente nos golpea y todas comenzamos a hacernos una cola de caballo casi al mismo tiempo. Yo me la hago altísima, ya que tengo mucho pelo y, si no, se me acaba cayendo.

—Pero yo no he hecho nada. Alguien me ha salvado —digo, cansada de escuchar los estúpidos rumores.

Todas permanecen calladas, esperando a que continúe hablando y diga quién es. Pero no puedo hacerlo, porque ni siquiera lo vi.

—¿Quién fue? —pregunta Karol, otra de mis amigas, al ver que no digo nada. Me extraña que casi nadie viera a aquel chico. Es raro sabiendo que en ese momento todas las miradas estaban puestas sobre mí y que debió de ser alguien que viene a este instituto. Porque, si no, no me explico qué hacía allí.

—No lo sé —murmuro, levantándome de la mesa y tirando la manzana a la papelera—. Lo siento, chicas, pero estoy muy cansada, creo que me iré a casa.

Ellas asienten con la cabeza. Recojo mi mochila del suelo y me la cuelgo sobre un hombro, después me despido de todas con un beso y decido ir a avisar a mi padre.

Los pasillos están vacíos, al ser la hora del descanso todos los alumnos están almorzando en la cafetería o en el patio, y siento un vacío a mi alrededor poco habitual, pero me gusta. Observo los rayos del sol veraniego entrar a través de las cristaleras y disfruto del silencio. Necesitaba estar sola. Ha sido llegar de la enfermería y todo el mundo me ha bombardeado a preguntas.

Cuando llego a su despacho, toco dos veces a la puerta antes de entrar.

—¡Adelante! —contesta desde el otro lado.

Paso dentro de la sala y lo encuentro hablando por teléfono. Puedo notar enseguida que está de mal humor. Tiene el aire acondicionado puesto, lo que supone un gran alivio físico para mí, ya que fuera hace demasiado calor.

—No tienes ni currículum, no puedes pedir un trabajo así como así —dice enfadado—. Déjate de tonterías y ven ahora mismo a mi despacho —vuelve a hablar, bajando esta vez el tono de voz. Observo su mesa, está tan llena de papeles que apenas se ve el cartel donde pone Sr. Russell—. Espero que lo hagas, porque ya conoces las consecuencias.

A continuación, cuelga y suspira.

—¿Quién era? —pregunto intrigada, sentándome en el sofá de cuero negro que hay a la derecha del despacho.

—Nadie importante, cariño —contesta, y después se acerca a mí, dejándome con la duda—. ¿Cómo estás?

—Llevo un día muy duro —digo sinceramente. Normalmente, odio ser el centro de atención, y hoy ha sido el colmo.

—Hemos llamado a las autoridades para que vengan a investigar por qué se ha soltado el foco. Esta es una institución segura y estricta con el estado de las instalaciones. Me parece muy raro que se cayera así como así. —Hace una pausa en la que se ajusta las gafas—. Te has llevado un buen susto, ¿verdad?

—Sí, pero estoy más cansada por todas las preguntas de la gente que por eso, si te soy sincera. —Suspiro—. He salido hasta en el periódico escolar —murmuro con retintín. Él, mientras, arregla los documentos de la mesa—. Papá.

—Dime —contesta sin prestarme mucha atención. Parece que está dándole vueltas a algo.

—Alguien me salvó la vida —digo con orgullo—. Quienquiera que fuera se merece, como mínimo, que le dé las gracias. No cualquiera haría eso, podría haberle caído el foco a él también y, sin embargo, no se detuvo.

—Lo sé. Lo vi.

Una corazonada de esperanza me agita por dentro.

—¿Viste quién era?

—No —dice apartando la mirada. Frunzo el ceño. Siempre que miente no es capaz de mirarme a los ojos. Pero ¿por qué me miente en algo así?

—¿Seguro?

—Reese, tengo mucho trabajo y tú tienes que descansar. Será mejor que te vayas —contesta sin siquiera mirarme, rebuscando algo entre los papeles de la mesa.

Me levanto y después de colgarme la mochila, me quedo un momento observándolo. Sigue sin girar la cabeza.

—Está bien. Adiós —contesto, fría. Él no se despide. Sabe quién me salvó. Sé que lo sabe, y no quiere decírmelo. Pero ¿por qué?

Cierro la puerta del despacho y camino por los desiertos pasillos del instituto. ¿Por qué demonios mi padre no quiere decirme quién fue? Se supone que es una persona honorable y humilde; no lo entiendo...

Unos pasos a mis espaldas me sacan de mis pensamientos. Me giro para comprobar quién me está siguiendo, pero no veo a nadie.

Trago saliva. Extraño.

Sigo caminando y los vuelvo a escuchar. Los ignoro por un momento y acto seguido me giro a toda velocidad para pillar a quienquiera que sea. Pero sigue sin haber nadie. Entonces empiezo a sentir algo de miedo. Estoy a punto de girar la esquina del pasillo, pero sigo mirando hacia atrás... Tiene que salir de donde esté. Si alguien me está siguiendo, deberá salir para...

Me sobresalto cuando choco contra una persona. La mochila se me cae al suelo y yo ahogo un grito al tambalearme.

Recupero el equilibrio y me agacho, sin dejar de mirar atrás.

—Lo-lo siento mucho —tartamudeo recogiendo la mochila. Luego vuelvo a mirar hacia atrás y pestañeo varias veces al ver a alguien cruzar a lo lejos—. Pensaba que...

Mis palabras se quedan en el aire al ver con quién me he tropezado. Unos ojazos azules oscuros me observan desde una altura superior a la mía. Pertenecen a un chico que no había visto antes; sin embargo, me resulta muy familiar. Tiene el pelo castaño y unas facciones casi perfectas, como si hubieran sido esculpidas meticulosamente. Me mira fijamente, envolviéndome en una especie de universo paralelo. Al ver que estoy bien, retira su mano sobre mí, la cual descansaba en mi brazo.

—Iba distraída y no te he visto —intento explicarle con una sonrisa torpe, sin dejar de mirarlo. La verdad es que hacía mucho tiempo que no veía a alguien tan guapo por aquí.

Él está serio. Tiene la mandíbula apretada y mira un momento por detrás de mí. Va vestido con un pantalón de chándal y una camiseta negra con las mangas recortadas, dejando a la vista una cicatriz en uno de sus brazos, los cuales tienen unos músculos admirables. Sin decir nada, me rodea y comienza a caminar. Me quedo estática en mi lugar y observo su espalda mientras camina en dirección opuesta a mí.

La misma altura y el mismo cuerpo tonificado y musculoso.

—No puede ser... —digo en voz alta.

Gira hacia la esquina derecha del pasillo y lo pierdo de vista. Él es el chico que me salvó la vida esta mañana.

Estoy segura de que tiene que ser él.

Iría detrás de él, le daría las gracias y correría el riesgo de quedar en ridículo al comprobar que estaba equivocada. O quizá estoy en lo cierto y sí es él, pero en un supuesto caso me ignoraría, igual que había hecho momentos antes en el pasillo. Sin embargo, decido quedarme donde estoy y dar media vuelta, siguiendo mi camino y preparándome para salir a las calurosas calles de Miami Beach, con la sensación en el pecho de que lo volveré a ver, y puede que más pronto de lo que pienso.

Cuando llego a casa, estoy sudando y siento mis extremidades arder debido a las altas temperaturas, y eso que, en vez de ir caminando, he llamado a un taxi, por lo que he tardado no más de cinco minutos. Cierro la puerta y dejo las llaves en el recibidor. Solo quiero ponerme el bikini y darme un buen baño fresquito en la piscina.

A mi padre no le importa que me salte las clases siempre y cuando sea por algo importante. Y en este caso lo es. Además, sé que, aun así, sacaré las mejores notas de mi clase, ya que me esfuerzo mucho para conseguirlo, y cuando no voy, le pido los apuntes a alguna de mis amigas o a algún compañero. Pero lo importante es que mi padre sabe que doy lo mejor de mí para sacar buenas notas. Me gusta hacerlo y saber que se siente orgulloso de mí.

Subo las escaleras y tiro la mochila al lado de mi escritorio. Me deshago de la ropa y saco un bikini amarillo del cajón. Abro la puerta del armario, que es donde tengo el espejo y, cuando estoy a punto de quitarme la ropa interior, descubro algo que antes no estaba. Es un papel de tamaño mediano pegado en la esquina superior izquierda del espejo. Lo arranco y lo leo. Está escrito con letras recortadas de periódico y de revista de distintos tamaños.

Reese Russell, crees que lo tienes todo, ¿verdad? Crees que eres perfecta, pero nadie lo es, nadie puede serlo. Todo el mundo sufre, y tú no vas a ser la excepción. Me encargaré de que tengas lo que mereces. Abre bien los ojos, estoy en todas partes.

No está firmado. Trago saliva.

Me asusto al oír la melodía de mi teléfono resonar por todo mi cuarto. Suelto la nota con manos temblorosas y cojo el móvil antes de descolgar. Es mi padre.

—Reese, cariño, quiero que te quedes exactamente donde estés. Enciérrate y no te muevas.

Me sudan las manos y tengo la respiración acelerada. Me acerco a la puerta y hago lo que me pide, poniendo el seguro.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No fue un accidente. Alguien cortó la cuerda del foco para que te cayera encima. Estamos investigando quién ha podido ser, pero, mientras tanto, no quiero que corras peligro. Alguien va a por ti.

2

EROS

Por fin, después de siete años, puedo salir de aquí. Por fin puedo abandonar este puto infierno y hacer lo que llevo planeando desde el día en que algún hijo de puta me encerró en este lugar.

Un oficial de policía saca una pequeña llave para quitarme las esposas.

—Al primer parte negativo que tengamos de ti, no pienses que volverás aquí —dice apretando a posta mis muñecas—, irás a un sitio peor. Y no creas que nos vas a dar pena —murmura con mofa. Estoy a punto de quejarme cuando noto cómo las esposas se sueltan detrás de mi espalda.

—Chaval, esto es el paraíso comparado con la cárcel —añade el otro—. Así que más te vale que te comportes, lo digo por tu bien.

No contesto, no vale la pena. Miro hacia el patio interior, por detrás de las rejas metálicas que separan el vestíbulo de la zona comunitaria.

—¿Puedo despedirme? —pregunto a los oficiales.

Ellos se miran entre sí, debatiendo con la mirada si dejarme, temiendo que haga algo malo en ese corto periodo de tiempo. Finalmente asienten con la cabeza.

La respuesta es sí. Claro que puedo hacer algo. Pero ellos no se enterarán.

Me acerco a Diego, mi mejor amigo, que me observa apoyado, de brazos cruzados. Estamos separados por unas barras de hierro.

—Os sacaré de aquí —digo en el tono de voz más bajo posible, refiriéndome a él y a su hermano pequeño. Este último me mira con los ojos llenos de brillo y una mezcla de admiración y tristeza.

—¿Volverás? —me pregunta el pequeño Simon.

—Lo intentaré —respondo desordenándole el pelo rubio con la mano—. Pero primero tengo que hacer varias cosas.

Diego niega con la cabeza, con algo de resignación.

—Estaremos bien. No te arriesgues, por fin eres libre, hermano.

Simon tose. Está muy enfermo y nadie se preocupa por él, salvo su hermano Diego, el cual también es un hermano para mí. Él ya podría haber salido hace mucho tiempo, al igual que yo, al cumplir dieciocho años, pero decidió quedarse trabajando para poder cuidar de Simon. No hay recursos suficientes para pagar medicamentos, y el médico solo aparece por aquí una vez al año. La sanidad es una mierda en este puto antro, tanto que dudo mucho que sea legal. En este reformatorio solo existe una ley. La ley del más fuerte.

Y los motivos por los que yo no salí ya son otra historia.

—Os lo debo —respondo.

—¡Date prisa, chaval! —me grita uno de los oficiales.

Les partiría la cara en este mismo instante. Ya lo he hecho más de una vez, pero no ha sido para nada agradable el castigo de después.

No me queda mucho tiempo. Sin que se note, saco mi navaja de madera negra del bolsillo y se la paso a Diego entre las rejas. Está un poco oxidada, o quizá sea sangre seca, pero no importa. Él hace como que se cruza de brazos y la esconde en su axila asintiendo con la cabeza, dándome las gracias. Ahora que no estaré yo, alguien tendrá que poner orden entre el resto de los chavales.

No hace falta decir nada más. Me doy media vuelta metiéndome las manos en los bolsillos y camino hacia la salida.

—Con que Eros Douglas, la Leyenda, por fin se marcha —dice Margaret, la recepcionista. Es una señora mayor, de complexión ancha y bajita, el pelo blanco y una sonrisa amable. Cuando llegué aquí, sobreviví gracias a ella, ya que me guardaba comida cuando los más mayores me la quitaban. Así que, de este maldito sitio, es a la única que tolero, y por ello es la única en todo el establecimiento que no ha sufrido ningún maltrato por mi parte. Es más, le tengo cariño—. Echaré de menos verte en la sala de castigos.

—¿Acaso no era esa mi habitación? —respondo irónicamente.

Margaret se ríe.

—Adiós, Eros, cuídate.

Lo oficiales abren la puerta del reformatorio y bajo las escaleras con mi equipaje en la mano. Es una bolsa pequeña de piel marrón. Está medio vacía, pero lo poco que hay dentro quiero conservarlo. El sol de mediodía me da directamente en la cara y una brisa de aire caliente choca contra mí. El ambiente es asfixiante, sin embargo, comienzo a sentir la libertad.

—El señor Russell te está esperando en aquel coche —comenta el oficial. Señala un deportivo negro aparcado en la acera—. Deberás permanecer con él hasta que consigas una plaza fija en un trabajo y comiences a cobrar un salario permanente. Mientras tanto, obedece todo lo que él te diga. Estás a su cargo.

Lo sé. Me lo han repetido millones de veces durante estos últimos días.

—Empiezo a pensar que no me quieres decir adiós —le contesto.

—Tienes suerte de que te vas ya. De no ser así, te habría puesto un buen castigo —murmura cansado. Eso también lo sé. Aquí nadie tiene piedad. Y menos con los demonios como yo—. Adiós, Eros. Espero no volverte a ver más por aquí.

—No lo harás —miento, dándome media vuelta.

Respiro hondo, sintiendo la adrenalina crecer dentro de mí conforme me alejo del reformatorio. Aprieto con fuerza el asa de mi equipaje, intentando descargar la energía de alguna manera. Llego hasta el deportivo y abro la puerta del copiloto.

—Hueles fatal —dice Bruce Russell en cuanto subo. Él es quien se ha encargado durante todos estos años de que no me echaran del reformatorio. Porque, de no ser por él, estaría en otro reformatorio fuera del país, quizá en peores condiciones. Lleva encargándose de mí desde que era un crío y, por qué no decirlo, le he dado todos los problemas que he podido y más. Al fin y al cabo, él permitió que me metieran en este infierno, así que tampoco le compadezco.

—Yo también me alegro de verte —contesto.

Arranca el coche y comienza a conducir por la carretera.

Enciendo la radio y la subo a todo volumen. Es una vieja canción de rock, pero no sé cuál. El caso es que retumba por los altavoces y eso me gusta. Descubro a Bruce dejando de mirar a la carretera para bajar el volumen y dejarlo a uno considerable.

Observo las calles de mi alrededor. Las palmeras, la playa, la gente... No me puedo creer que por fin vaya a poder disfrutar de la libertad de ir a donde me salga de los huevos sin tener que estar preocupándome de que me vean las cámaras de seguridad o de que me vayan a poner un castigo cuando vuelva por haberme escapado.

Después de unos minutos, Bruce deja el coche en un aparcamiento y baja.

—¿Adónde coño vamos?

—No digas palabrotas cuando estés delante de mí, Douglas —se queja.

Aprieto la mandíbula. Odio que me hablen en ese tono.

—Pensaba que teníamos que hacer mi currículum.

Lo primero que quiero hacer es encontrar ya un puto trabajo para poder independizarme de una maldita vez y no tener que vivir con este muermo pegado a mí todo el jodido día. Tengo muchos planes por delante que no pueden esperar.

—Llego tarde al espectáculo de mi hija. Te agradecería mucho que esperaras aquí. —Está a punto de irse cuando se detiene en seco—. ¿Sabes qué? Mejor ven conmigo. No quiero que te escapes tan pronto. Acabo de recogerte del reformatorio, ¿no vas a volver ya? —dice como si tuviera alguna puta gracia.

No contesto. Así evito decirle algo no muy agradable. Y necesito su ayuda para salir de mi situación. Si algo me ha enseñado el reformatorio, ha sido a callar cuando toca. Aunque me costó mucho de aprender.

Le sigo hasta que nos topamos con un edificio con un letrero gigante: official high school of miami. Entramos por la puerta principal y avanzamos por unos pasillos relucientes. Me sorprendo al ver que todo está limpio: los suelos, las taquillas y hasta el techo. En el reformatorio nunca había nada limpio. Entramos por una doble puerta y accedemos a una habitación oscura con los techos altos y llenos de cables. Hay gente pasando con prisas de un lado a otro y con pinganillos en las orejas, y todos saludan a Bruce, mientras que a mí solo me miran de forma extraña. Si mal no recuerdo, aparte de ocuparse de los chicos problemáticos en el reformatorio, también es el director de este instituto.

Se escucha una suave música clásica que no sé de dónde proviene, pero pronto lo adivino. Nos encontramos en una especie de backstage. Desde un lado del escenario, Bruce contempla con brillo en sus ojos a una joven bailarina que no para de moverse, por lo que deduzco que tiene que ser su hija. Hay algo en su manera de mirarla que no logro descifrar. La chica baila delante de un montón de gente que mira el espectáculo sin decir nada. La mayoría del tiempo tiene los ojos cerrados, parece nerviosa. Me fijo en todo: en su pelo ondulado, largo y suelto, que flota por el aire, en cómo se le ciñen las mayas al culo cuando hace algún movimiento brusco, en cómo frunce el ceño para concentrarse y en la cara que pone la gente del público cuando la miran. No parecen aburrirse, no como yo, que quiero largarme ya.

El espectáculo acaba con un gran salto y ella esboza una sonrisa llena de luz. Hace una reverencia y algo me llama la atención. Alguien en concreto. Está arriba del escenario. No encima, si no más arriba, donde los focos. Va completamente de negro, con el rostro tapado, y está haciendo un movimiento extraño. En eso, la cuerda del foco se despliega, a punto de caer sobre la pequeña bailarina. Todo el mundo grita alarmado y yo no me lo pienso dos veces antes de ir y lanzarme encima de ella. Ambos caemos al suelo a la vez que suena un gran estruendo, el cual aprovecho para levantarme e irme corriendo. Ya sé que acabo de salvarle la vida, pero no quiero entretenerme. A mis espaldas, oigo que grita que me espere, pero no pienso dejar escapar la perfecta oportunidad para irme de aquí. Bruce estará demasiado ocupado encargándose de su hija como para preocuparse por mí.

Salgo justo por donde he entrado y comienzo a caminar por el aparcamiento a toda velocidad. Abro la puerta del coche de Bruce y me subo. Enciendo el motor y lo hago rugir antes de hacer un giro de ciento ochenta grados y arrancar a toda velocidad por la carretera. Bajo las ventanillas y subo el volumen de la música a tope, ya que ahora no hay nadie que me lo impida. Busco en la guantera del coche y saco unas gafas negras de marca que deben valer más que todas mis pertenencias juntas. Me las coloco y apoyo mi brazo en la ventanilla mientras sujeto el volante con la otra mano. Paro en un semáforo y miro a las chicas del coche de al lado. Van en un pequeño descapotable rojo y llevan las gafas de sol colocadas en la cabeza. Paso la lengua por mis labios antes de regalarles una sonrisa y ellas comienzan a reírse y a murmurar cosas. Arranco antes de que se vuelva a poner en verde y solo me detengo cuando encuentro un estanco.

Bajo del coche y entro en el local para comprar un paquete de cigarrillos con algo de dinero que había en la guantera. Cuando vuelvo a subir al coche, oigo una melodía proveniente de un teléfono, que no es el mío, porque, claramente, yo no tengo.

—Bruce Russell al habla —digo descolgando.

—¿Dónde coño estás? —pregunta Bruce al otro lado de la línea—. Te has llevado mi puto coche. ¿Tienes idea de cuánto vale? —grita.

Debe de ser su teléfono.

—Señor Russell, no diga palabrotas cuando esté delante de mí —contesto arrancando—. Voy a llamar a la policía.

—Relájate, solo he salido a buscar trabajo, así ahorramos tiempo —miento.

No sé si Bruce es tan estúpido como para creérselo, pero así consigo dominar un poco la situación.

—No tienes ni currículum, no puedes pedir un trabajo así como así —dice cabreado.

—Tengo encanto.

—Déjate de tonterías y ven ahora mismo a mi despacho —exige.

Me miro en el espejo retrovisor y me arreglo el pelo.

—En un minuto estoy ahí.

—Espero que lo hagas, porque ya conoces las consecuencias —murmura antes de colgar.

Y tanto que las conozco. Al mínimo movimiento en falso que haga, podrán acusarme de homicidio de segundo grado y podría pasarme el resto de mi vida en la cárcel. Pero no pienso dejarles ganar. No voy a volverme a sentir encerrado en toda mi vida; haré cualquier cosa para conseguirlo.

Arranco y conduzco por las calles repletas de coches y, para mi sorpresa, el instituto queda mucho más cerca de lo que pensaba. Dejo el vehículo en el aparcamiento y entro por las dobles puertas. Los pasillos siguen estando vacíos. ¿Es que nunca hay nadie aquí o qué?

Voy a girar la esquina del pasillo cuando una chica tropieza conmigo, poniéndome de mal humor al instante. Encima a la torpe se le cae la mochila al suelo mientras intenta disculparse y cuando va a recogerla se tambalea. La sujeto del brazo y ella recupera el equilibrio.

Y ambos nos miramos a los ojos. Va a decir algo, pero su frase se queda en el aire mientras me mira. Yo me maldigo mentalmente por haberme tenido que topar dos veces seguidas con la misma chica en un solo día. Lleva su pelo largo rubio oscuro y brillante recogido en una coleta alta, pero sé que es ella. La bailarina.

Le suelto el brazo y la chica habla.

—Iba distraída y no te he visto —intenta explicarse poniendo cara de culpabilidad.

Tiene las piernas largas, pero yo soy más alto que ella. Sus facciones son suaves y tiene los labios redondos. Un pequeño rubor enciende sus mejillas, supongo que a causa del calor. O quizá de la vergüenza por haberse tropezado conmigo. Sus ojos rasgados de color miel me miran con un brillo que me hace sentir incómodo, y reacciono. Es la hija de Bruce. Y Bruce me está esperando en su despacho.

Como me retrase mucho más, acabará presentándose aquí una patrulla de policía. Y no será una escena digna de recordar; es más, es una escena que ni siquiera quiero vivir. Rodeo a la chica sin vacilar y sigo mi camino por el pasillo, dejándola a mis espaldas. No tengo ni puta idea de dónde está el despacho, así que tardo mucho más de lo que me gustaría en encontrarlo.

Cuando lo hago, no me molesto ni en llamar a la puerta, y al entrar, los ojos de Bruce me miran con furia.

—No vuelvas a hacer algo así —me regaña. Por un momento, me viene a la cabeza la escena de un padre riñendo a su hijo, y por una milésima de segundo siento algo de empatía y nostalgia—. Que sepas que...

Dos golpes en la puerta nos interrumpen. Bruce deja la frase en el aire y suspira.

—¡Adelante! —contesta casi gritando.

Varios policías entran en el despacho y yo por instinto retrocedo un paso. Conozco a uno de ellos. ¿Vienen a por mí? Pensaba que las palabras de Bruce eran tan solo una amenaza.

—¿Señor Russell? —pregunta el más gordo. Bruce asiente. Mierda, que poco he tardado en volver al puto reformatorio—. Tenemos noticias sobre el foco. Al parecer, alguien cortó la cuerda, lo que significa que no fue un accidente. —Bruce hace una mueca de sorpresa y se va corriendo a buscar su móvil, supongo que para llamar a su hija. Yo, en cambio, suspiro aliviado—. No hemos encontrado huellas de ningún tipo, lo que nos lleva a pensar que todo fue planeado con antelación. Quienquiera que fuera, quería hacer daño a su hija.

—Está bien, muchas gracias, pueden marcharse —murmura Bruce, llevándose el teléfono a la oreja. El último policía, al cual conozco, me mira de pies a cabeza y yo le sonrío con aires de superioridad. Es la primera vez que nos vemos sin que tenga que arrestarme. Cierro la puerta del despacho a sus espaldas y Bruce cuelga al instante.

—Tengo noticias para ti —me dice mientras coge su maletín—. Ya tienes trabajo.

Frunzo el ceño.

—¿Dónde?

—Vas a ser el nuevo guardaespaldas de Reese —murmura abriendo la puerta.

—¿Qué? —vuelvo a preguntar—. ¿De tu hija? —Ambos salimos del despacho y le sigo por los pasillos mientras él camina a toda velocidad—. ¿Has pensado eso bien?

Se detiene en mitad del pasillo para mirarme.

—¿Acaso no le has salvado la vida esta mañana? —Trago saliva—. ¿Acaso no sabes utilizar un arma? ¿O es que no sabes defenderte, Douglas? —pregunta con ironía.

Él siempre estuvo al tanto de todo lo que me pasaba. Al fin y al cabo, es mi tutor legal, así que sabe en todos los líos que me he metido. Sigue caminando sin esperarme y me toca correr un poco para volverlo a alcanzar.

—¿Y si no quiero? —pregunto. La verdad es que no me apetece pasarme el resto de mi vida protegiendo a una adolescente inmadura de diecisiete años.

—No te quedan más opciones. Solo piensa que te pagaré bien. Tendrás más libertades de las que tendrías trabajando en cualquier cafetería... Eso si te cogen en algún sitio. Tienes el historial más penoso que he visto en toda mi vida, Eros Douglas.

Subimos al coche y Bruce lo pone en marcha. Tiene razón, la gente solo me verá como un puto asesino que se ha criado en un reformatorio y no como una persona normal. Y eso es una gran desventaja para pedir trabajo. Además, necesito el dinero lo antes posible para pirarme ya de aquí y poner en marcha mi plan.

—Está bien. Acepto.

—Y una cosa más —añade—. Ni se te ocurra acercarte a ella más de la cuenta o habrá consecuencias. Reese es lo que más quiero en mi vida y no dudaré en tomar represalias si alguien le hace daño, incluido tú. ¿Entendido?

Aprieta el volante con fuerza. Hemos excedido el límite de velocidad, pero se la suda. Supongo que podrá pagar cualquier multa que puedan ponerle.

—Entendido —contesto. Pero dentro de mí tengo una extraña sensación de culpabilidad. Esa que sientes cuando eres un crío y dices una pequeña mentira. Esa misma que luego acaba convirtiéndose en una muy grande. Y ya no hay forma de pararla.

3

REESE

Me abrazo a mí misma encima de la cama. Hace bastante rato que he colgado la llamada de mi padre, así que supongo que no tardará en venir. O eso espero. Antes de enterarme de que la caída del foco había sido planeada, lo primero que he pensado es que la nota se trataba de un tipo de broma, pero ahora debo reconocer que tengo miedo. Si esa nota no es ninguna broma, la ha debido escribir alguien lo suficientemente demente como para no querer conocerlo. Nunca.

Oigo unos pasos subir las escaleras a toda velocidad y me levanto de la cama para coger el bate de béisbol que tenía guardado en el armario y que dejé ahí por si algún día tenía que defenderme. Y parece que ese día es hoy.

—¡Tengo un bate de béisbol en la mano y no me da miedo usarlo! —grito poniéndome en posición de ataque, con el corazón a mil por hora.

—¡Reese! ¡Reese, cariño, soy yo! ¡Soy papá!

Suspiro aliviada y tiro el bate al suelo, apresurándome a abrir la puerta. Nada más verlo, me lanzo sobre él y le doy un abrazo. Siento sus brazos envolverme y, al instante, ya me siento más tranquila.

—¿Estás bien? —pregunta asustado al soltarme.

Asiento con la cabeza y exhalo el aire retenido.

—No entiendo nada —comento, pasándome las manos por el pelo—. ¿Quién puede querer hacerme daño? ¡No le he hecho nada a nadie!

—La policía lo está investigando —dice ajustándose las gafas.

No sé cómo he pasado de estar cumpliendo mi sueño de bailar delante de tantas personas a estar amenazada de muerte por alguien que ni siquiera sé quién es.

—Mira esto —digo cogiendo la nota del suelo y entregándosela. La lee.

Me siento mal por mi padre. Tengo la sensación de que solo le doy problemas. Él tiene tres trabajos para que yo pueda mantener el estilo de vida que he tenido siempre y pagarme unos buenos estudios en un futuro, y, sin embargo, yo no hago nada por él. Desde que murió mamá está muy solo, la casa es muy grande para dos personas y apenas nos vemos porque yo siempre estoy ocupada estudiando o saliendo con mis amigas, y él siempre está liado con los asuntos del Bufete Russell y la organización del instituto y del centro de menores.

—Llamaré a una patrulla —dice buscando su móvil.

—¿Y después qué pasará? ¿Qué pasa si no encuentran huellas? —pregunto angustiada—. No quiero tener que vivir el resto de mi vida con miedo.

—Reese, el resto de tu vida es mucho tiempo —farfulla, insinuando que exagero—. De hecho, ya tengo una posible solución.

—¿Cuál? —pregunto frunciendo el ceño.

—Yo —murmura una voz a mis espaldas.

Es una voz ronca y suave, de esas que hacen que se te pongan los pelos de punta y te den escalofríos.

Me giro. Es el chico de hoy. Con el que me tropecé en el pasillo. Está apoyado en el marco de la puerta de mi habitación y me observa con una expresión algo seductora (o quizá son imaginaciones mías).

Mi padre debe de ver la cara de confusión que tengo, ya que interviene.

—Te presento a Eros, tu nuevo guardaespaldas. —Vale, ahora sí que estoy flipando—. Disculpadme un momento, tengo que atender la llamada —dice a continuación, y sale al pasillo para hablar con la policía, dejándonos solos.

—Bonito cuarto —comenta entrando con los brazos cruzados y observándolo todo, cada detalle y cada rincón. Sus pasos resuenan contra el suelo de madera y yo me quedo estática. Hasta que reacciono.

—No sé de qué va todo esto, pero quiero que salgas ahora mismo de mi habitación —exijo.

Se sienta en mi cama y coge mi peluche jirafa para ponérselo encima del regazo.

—No toques eso, estúpido —digo, quitándoselo de las manos y tirándolo a un lado de la cama. No conozco de nada a este chico, y no quiero que entre así en mi cuarto, con esos aires de superioridad. Sus ojos me observan atentamente—. ¡He dicho que salgas! —le grito.

No me gusta que entren extraños en mi habitación, no me gusta que invadan mi intimidad, no me gusta que toquen mis cosas y no me gusta que no me hagan caso. Y, sin duda, él está incumpliendo todo eso a la vez.

Al levantarse del colchón, se queda frente a mí, muy cerca, mirándome desde arriba, desafiante y con un semblante serio. Me saca dos cabezas, seguramente sea mayor que yo.

—No me hables en ese tono —dice en apenas un susurro ronco. Algo seductor vibra en el aire.

Trago saliva.

—¿Crees que puedes amenazarme? Esta es mi casa y estás en mi habitación —contesto cruzándome de brazos. Pero ¿este quién se ha creído que es?

Puedo ver cómo aprieta la mandíbula. Parece que sus ojos cobran un color más oscuro, como si la rabia se acumulara en su iris azul marino. Sus músculos se tensan. Es como un felino a punto de atacar a su presa, pero no me corto ni un pelo y le sostengo la mirada.

—Un agente viene hacia aquí para recoger la nota y llevársela a comisaría a analizarla —nos interrumpe mi padre.

Doy un paso atrás, alejándome del tal Eros y giro sobre mis propios pies.

—Papá, necesito hablar contigo. —Él asiente—. A solas —añado mirando al chico intruso, que entorna los ojos y pasa por mi lado antes de salir al pasillo. Le sigo y cierro la puerta a sus espaldas, casi pillándole los talones.

¡Menudo capullo!

—¿Se puede saber por qué has hecho eso? —le pregunto a mi padre—. ¿Un guardaespaldas? —rio irónicamente.

—Necesitas protección —contesta mi padre.

—¡No necesito protección! ¡Puedo defenderme sola! —digo, indignada—. ¿Qué puede hacer él que no pueda hacer yo?

—Reese, tranquilízate —dice, serio. Me cruzo de brazos y me miro las uñas de manera despreocupada—. Eres la persona más fuerte que conozco, pero en estos casos no te va a servir de nada, no es una cosa que tú puedas controlar, y él está cualificado para hacer ese trabajo. Esta mañana casi mueres aplastada por un foco. Ya he perdido a una de las personas más importantes en mi vida por no hacer suficiente y no pienso perderte a ti también. —Hace una pausa en la que yo no digo nada—. Voy a darle una habitación y se quedará aquí hasta que encontremos al culpable de todo este asunto. Quiero que te comportes bien con él y no hagas de las tuyas.

—De acuerdo —suspiro, cediendo, aunque no del todo convencida—. ¿De dónde lo has sacado? —pregunto como si se tratara de un perro que se acabara de encontrar en la calle.

—Es una larga historia —dice abriendo la puerta, a punto de irse—. Solo debes saber una cosa: no te acerques a él más de lo debido.

—¿Por qué?

—Es una mala influencia —responde, y cierra tras él, dejándome con un sentimiento extraño en el estómago.

Suena el timbre de casa y salto de la cama corriendo para abrir. Debe de ser Lily. La llamé por teléfono para contarle todo lo que había pasado, y decidimos quedar para charlar un rato.

Abro la puerta y veo su melena rubia cortada a la altura de los hombros y sus ojos iluminados. Grito emocionada, al igual que ella, y nos lanzamos una a los brazos de la otra, en un superabrazo.

—¿Y bien? —pregunta alzando las cejas—. ¿Es guapo?

Me encojo de hombros. La verdad es que sí. Ahora que lo pienso, es guapísimo, pero no pienso admitirlo en voz alta, porque lo que le sobra de guapo lo tiene de imbécil. Por no añadir que es un maleducado. «Y por no añadir también que te salvó la vida en el escenario», me recuerda una voz en mi subconsciente.

—Juzga por ti misma —contesta una voz desde la cocina.

Dios, su voz...

Ambas nos giramos. Lo único que se puede ver desde aquí es una cabeza de pelo castaño rebuscando en el frigorífico, pero Lily no tarda en ponerse colorada y salir corriendo hacia allí. La sigo hasta la cocina y Eros sale de la nevera con una botella de zumo en la mano y la mueve en el aire.

—¿Queréis? —pregunta.

Lily se abanica con la mano.

—Sí, por favor, me muero de calor —dice, acercándose hasta él mientras mueve sus caderas al caminar.

Eros, coqueto, coge un vaso y le sirve sin dejar de mirarla a los ojos.

—Muchas gracias —le contesta ella con una sonrisa antes de beber.

Esto es indignante. Resoplo. Viene a mi casa, invade mi intimidad, se bebe mi zumo y, no solo eso, sino que ahora me quiere robar a mi mejor amiga.

—Lily —pronuncio con tono de amenaza—, tenemos cosas que hacer.

Ella frunce el ceño, sin entender. Eros, a su lado, la mira seductor.

—¿Cuáles?

—Ya sabes cuáles —respondo haciendo una mueca para que nos marchemos.

—Oh, sí, eso... —murmura al darse cuenta de que es una excusa que estoy utilizando para irme—. Enseguida voy —dice antes de extender la mano en el aire—. No nos habían presentado, soy Lily.

Él se la estrecha.

—Eros.

—Encantada —sonríe ella.

Ya basta.

Me acerco a ellos y le estiro del brazo, obligándola a dejar el vaso de zumo sobre el mármol. Ella se queja, pero eso no me impide seguir arrastrándola. Él nos mira indiferente.

—¿Estás celosa, Russell? —pregunta con una sonrisa.

Me resulta extraño que me llame por mi apellido y no por mi nombre, pero no digo nada al respecto.

—¿De ti? ¡Por favor! No seas egocéntrico, ¿quieres? —le contesto, empujando a Lily, la cual parece haber entrado en un trance invocado por Eros.

—Solo soy realista —dice él a mis espaldas antes de salir por la puerta.

¡No lo soporto!

—¿Qué crees que haces? —le pregunto a Lily una vez que estamos subiendo las escaleras.

—¿Ser educada?

—Hay una gran diferencia entre ser educada y ligar —digo empujándola hacia mi cuarto—. Y tú no estabas siendo educada.

—¿Por qué te molesta?

Cierro la puerta de la habitación, encendiendo el aire acondicionado y la miro incrédula.

—¡No me molesta! Solo que... ¿Con él, en serio? —refunfuño.

—¿Qué tiene de malo? —Hace una pausa—. Rectifico, ¿acaso ese chico tiene algo malo? ¿Tú lo has visto? —Ruedo los ojos—. Te envidio mucho, Reese.

—Bueno, es igual. No me apetece hablar de él, ya tengo suficiente drama en mi vida. —Me siento a su lado en la cama y pongo una playlist de música pop en mi móvil.

—¿Qué ha pasado al final con la nota? —pregunta cambiando de tema. Y ese es al drama al que yo me refería.

—Se la llevó la policía para buscar pruebas.

—¿Quién crees que puede haberla escrito?

Me encojo de hombros y suspiro.

—Sinceramente, no tengo ni idea, pero espero que esto no vaya demasiado lejos. No quiero tener que lidiar con ese chico durante mucho tiempo.

—Si quieres, puedes dejármelo a mí... —plantea levantando ambas cejas.

—Estúpida. —Le lanzo un cojín y ambas reímos.

Al cabo de un rato, llegan las demás chicas, excepto Ariadna. Pasamos la tarde hablando y riendo y luego ponemos algunas pelis y hacemos palomitas. Subimos una foto a Instagram en la que salimos comiendo palomitas y chucherías en mi cama y haciendo muecas graciosas. Al resto no les he contado lo de la nota ni que lo del foco no fue un accidente, y tampoco pienso hacerlo, no me gustaría que acabara enterándose todo el colegio y saliera publicado en el periódico escolar. Es algo demasiado privado. Eros no sale de su cuarto en toda la tarde, y si sale, desde luego no lo vemos. Pero así es mucho mejor.

Cuando se van todas, me ducho y bajo a la cocina para prepararme un sándwich de queso. Papá no volverá hasta tarde porque está liado con un caso, así que, más o menos, estoy sola. Ya es de noche y ya no hace el calor que hacía al mediodía. Subo a mi cuarto y decido estudiar un poco de biología. Los exámenes finales serán dentro de poco y debo asegurarme de conseguir la nota más alta de clase si no quiero bajar el listón. Enciendo el flexo y saco el libro y la libreta de la asignatura, junto con todos los apuntes. Comienzo a memorizar los tipos de células cuando una música espantosa me hace sobresaltarme.

—No puede ser... —murmuro escondiendo la cara entre mis manos y frotándome los ojos. Resoplo.

Una estridente canción de rock suena tan fuerte por toda la casa que tiemblan hasta los cuadros colgados de las paredes. Es el imbécil de mi guardaespaldas.

Intento taparme los oídos con los dedos, pero es absolutamente imposible. Arrastro la silla por el suelo de manera brusca y me levanto para ir a pedirle que baje el volumen. Cierro la puerta de mi cuarto de un portazo y camino pisando fuerte por el pasillo. Llego hasta su habitación y doy varios golpes en la puerta con el puño, pero dudo que me oiga.

—¡Eros! ¡Abre!

Nada. La puerta no se abre y el volumen no se baja, incluso me parece que ahora está más alto, si eso es posible. ¿De dónde habrá sacado un altavoz tan potente? Estoy segura de que se ha pasado la tarde robando ese artefacto del demonio.

Abro la puerta de golpe y lo veo sentado en el escritorio, de espaldas a mí, sin camiseta. Su cuarto está todo desordenado. Tiene la ropa por el suelo y las sábanas deshechas, unos calcetines agujereados en el suelo y el portátil encima de la cama, junto a unos altavoces. Este ya no parece el cuarto de invitados, parece una pocilga. Aún no se ha dado cuenta de que he entrado. Trago saliva antes de dirigir mi vista a los músculos de su espalda. Parece que está escribiendo algo en una libreta, pero no sé el qué. Me acerco hasta él y le toco el hombro. Cierra la libreta de golpe y se levanta bruscamente, arrastrando la silla. Intento no mirar más abajo de sus ojos para no distraerme, pero comienzo a notar los colores subir a mi cara.

—¿Podrías bajar la música? —pregunto alzando la voz y cruzándome de brazos.

—¿Qué? ¡No te oigo! ¡La música está muy alta! —contesta gesticulando.

—¡¿Que si podrías bajar la música?!

—¿Qué? —vuelve a preguntar—. ¿Puedes hablar más alto?

Comienzo a perder la paciencia. Le señalo los altavoces y luego me señalo la oreja y hago un gesto hacia abajo. Él niega con la cabeza y se encoge de hombros, como si no supiera de qué le estoy hablando.

—¿Podrías repetirlo? —pregunta alzando mucho la voz para que pueda oírle.

En eso, la música se para al mismo tiempo que yo grito a pleno pulmón:

—¡¡¡Que bajes la maldita música!!!

Una carcajada ronca sale de sus labios y yo lo observo intentando controlar mi temperamento. Pero no puedo. Todo ha sido una broma.

—¿Se puede saber por qué gritas tanto? —me pregunta pasando por mi lado para coger una camiseta de encima de la cama y ponérsela. Esto hace aumentar más aún mi enfado. Siento la rabia y la vergüenza crecer dentro de mí. Este chico sabe cómo agotar mi paciencia en menos de un segundo. ¡Y menudo pedazo de idiota! ¡Desde el primer momento me estaba entendiendo a la perfección y solo ha hecho que tomarme el pelo! ¿Cómo se puede ser tan capullo, engreído e infantil al mismo tiempo y a unos niveles tan altos?

No soy consciente de mis actos y levanto la mano para pegarle un buen guantazo, pero tiene buenos reflejos y lo evita sujetándome la muñeca en el aire con brusquedad. Sus pupilas se clavan en las mías.

—Ni se te ocurra volver a hacer eso —pronuncia amenazador.

Me suelto de un estirón y entrecierro los ojos. Esto no se va a quedar así. No voy a dejar que nadie, repito, absolutamente nadie pase por encima de mí, como que me llamo Reese Russell. Este chico se está buscando auténticos problemas. Y no sabe bien contra quién.

4

EROS

Dios, esa chica..., esa estúpida chica... ¿Cómo cojones voy a protegerla si tengo ganas de acabar con ella con mis propias manos? Además de ser absolutamente imprevisible, es una maldita cría impertinente. No me sorprende que sea así, es una niña rica y seguramente está acostumbrada a que todo el mundo le haga la pelota, pero eso conmigo no va a pasar. Aunque tampoco puedo negar la satisfacción que siento al saber que puedo hacer que sus mejillas se tiñan de rojo intenso solo con una simple broma. Puedo hacer que pierda los papeles rápidamente y eso me gusta. Pero dejando eso de lado, no puedo permitir que se comporte así conmigo. Cree que por tener un padre rico y una mansión enorme es superior a mí y tiene derecho a darme un bofetón, y eso me saca de quicio. Esa niñata no sabe con quién va a tener que convivir. No me conoce ni siquiera un poco. Pero lo hará. Y cuando lo haga, ella solita comprenderá en qué clase de problemas se va a meter si decide volver a hacer algo así.

El despertador suena a las siete, justo como Bruce me dijo. Cojo cualquier cosa del vestidor y me ducho antes de vestirme. Alucino con el cuarto de baño. Es casi más grande que los baños comunitarios del reformatorio. Pero a diferencia de aquellos, este tiene una ducha y una bañera de hidromasaje individual, el lavabo es de mármol y seguramente los azulejos a juego con los muebles cuesten más que todas mis putas cosas juntas.

Bajo a desayunar y veo a Reese y a Bruce sentados en la mesa. El sol entra por las rendijas de las ventanas e ilumina la sala tenuemente, haciéndola más acogedora. La mesa está llena de todo tipo de comida. Hay zumo, leche, café, chocolate, galletas, tostadas con todo tipo de cosas e incluso fruta.

—Buenos días, Eros —saluda Bruce, y yo le devuelvo el saludo.

»Reese, tus modales... —le regaña severo al ver que no dice nada.

Ella está de espaldas a mí, pero me la puedo imaginar rodando los ojos.

—Buenos días —murmura casi en un susurro despectivo.

Le sonrío asintiendo con la cabeza. Ella no puede verme, pero su padre sí, que es al que me conviene mantener contento.

Si soy sincero, en cuanto acepté este trabajo me imaginaba algo muchísimo peor, con más reglas y más estricto. Pero este es el mejor trabajo que existe en el puto mundo. Podría mejorar si cambiara la persona a la que debo proteger por otra, pero, respecto al resto, es una puta maravilla. Esto es mucho más de lo que podré conseguir yo trabajando el resto de mi vida. Tengo una habitación enorme con una cama para mí solo, un portátil, un teléfono móvil (que aún no sé cómo se utiliza) y hasta un puto vestidor. Además, la casa tiene otras habitaciones de las que puedo disfrutar, como el gimnasio, la sauna, la piscina y la cocina.

Me siento al lado de Bruce y cojo de todo lo que veo para echármelo a la boca. Dios, esto está buenísimo.

—Tienes hambre, ¿eh? —pregunta Bruce, y luego se ríe—. Seguro que en el reformatorio no había nada de esto. —Pillo a Reese mirándome, y ella instantáneamente pone una mueca de repugnancia.

Niego con la cabeza. Si en el reformatorio me hubieran dado esto para desayunar todos los días, no sería uno de los jóvenes más temidos de Estados Unidos. Ahora que lo pienso, no sé qué habría hecho sin Bruce Russell, sé que él permitió que me metieran en ese centro de menores, pero ha estado cuidando de mí durante todos estos años y ahora me ha ofrecido esta maravilla de trabajo que me permite vivir bajo su techo. No se merece ser parte de mi venganza. Lo tacharé de la lista.

—Reese entra en el instituto a las ocho en punto —me comenta—. Tienes que llevarla y traerla todos los días y asegurarte de que no le pase nada durante el horario escolar. Veré lo que puedo hacer para poder integrarte en el instituto, aunque no tengas q

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