Se busca novio

Alexis Hall

Fragmento

novio-4

CAPÍTULO 1

Nunca le he encontrado el sentido a los bailes de disfraces: o te esfuerzas mucho y acabas quedando como un capullo o no te esfuerzas nada y acabas quedando como un capullo. Y, como siempre, mi problema era que no sabía qué clase de capullo quería ser.

Ya me había decantado bastante por la estrategia de no esforzarme, pero me entró el pánico en el último momento, hice un malhadado esfuerzo por encontrar un lugar donde vendieran disfraces y me vi en una de esas tiendas eróticas extrañamente populares que anuncian lencería roja y consoladores rosas para gente a la que no le interesan ninguna de las dos cosas.

Y fue así como, al aterrizar en una fiesta que ya se encontraba en una fase de su ciclo vital demasiado calurosa, ruidosa y abarrotada, llevaba unas orejas de conejo con encaje negro problemáticamente sexualizadas. Juro que antes se me daban bien esas cosas, pero me faltaba práctica, y parecer un chapero de segunda satisfaciendo un fetiche muy concreto no era la manera idónea de protagonizar un regreso triunfal a la escena. Y lo que era aún peor, había llegado tan tarde que el resto de los pringados solitarios habían tirado la toalla y se habían ido a casa.

En algún lugar de aquel agujero de luces parpadeantes, música estridente y sudor estaban mis amigos. Lo sabía porque nuestro grupo de WhatsApp —actualmente bautizado como El Guirigay— había degenerado en cien variaciones sobre el tema «¿Dónde coño está Luc?». Pero yo solo veía a gente que juraría que conocía a gente que juraría que conocía a gente que me conocía vagamente. Tras abrirme paso hasta la barra, entrecerré los ojos para leer la pizarra que anunciaba los cócteles especiales de la noche, y acabé pidiendo un Pacharán Conversación Distendida sobre Pronombres, ya que tenía pinta de estar bueno y de describir acertadamente mis posibilidades de ligar aquella noche. O en cualquier otro momento, a decir verdad.

Probablemente debería explicar por qué estaba tomando una copa no binaria a la vez que llevaba un complemento fetichista muy de clase media en un sótano de Shoreditch. Pero, sinceramente, yo también empezaba a preguntármelo. El resumen es que hay un tío llamado Malcom al que conozco porque todo el mundo conoce a Malcom. Estoy bastante convencido de que es corredor de bolsa, banquero o algo así, pero, por las noches —y con eso me refiero a algunas noches, con lo cual me refiero a una noche por semana— trabaja de DJ en una discoteca transgénero/género fluido llamada Surf ‘n’ Turf @ The Cellar. Y esta noche era su fiesta del Sombrerero Loco, porque Malcom es así.

Ahora mismo estaba al fondo de la sala con un sombrero de copa de color púrpura, un frac a rayas, unos pantalones de cuero y poco más, pinchando lo que creo que denominan «ritmos bestiales». O a lo mejor no. A lo mejor es algo que nadie ha dicho jamás. Cuando tuve mi época de discotequero, ni me molestaba en preguntarles el nombre a mis ligues, y menos aún en tomar notas sobre la terminología.

Suspiré y volví a concentrarme en mi Habitual Falta de un Polvete. Debería existir una palabra para cuando haces algo que no te apetece en especial con el fin de apoyar a alguien, pero entonces te das cuenta de que no te necesitaba y nadie se habría dado cuenta de que te has quedado en casa en pijama, comiendo Nutella directamente del tarro. En fin. Eso. Tenía esa sensación. Y sin duda debería haberme ido, pero entonces habría sido el gilipollas que apareció en la fiesta del Sombrerero Loco de Malcom, no se curró el disfraz, se bebió una octava parte de una copa y se largó de allí sin hablar con nadie.

Saqué el teléfono y envié al grupo un desolado Estoy aquí. ¿Dónde andáis?, pero al momento apareció junto al mensaje el maldito reloj. Quién iba a imaginar que en una sala subterránea de cemento habría mala cobertura.

—¿Te has dado cuenta de que esas orejas ni siquiera son blancas?

Noté un aliento cálido en la mejilla, y al darme la vuelta vi a un desconocido. Era bastante mono, con ese aspecto respingado y sexi que siempre me ha resultado extrañamente cautivador.

—Sí, pero llegaba tarde. Además, tú ni siquiera vas disfrazado.

El desconocido sonrió y pareció aún más respingado, aún más sexi y aún más cautivador. Entonces se levantó la solapa para mostrar una etiqueta que decía «Nadie».

—Supongo que es una referencia irritantemente desconocida.

—«¡Yo solo quisiera tener esos ojos —dijo el rey con pesar— para poder ver a Nadie!».

—Pedante de mierda.

Eso lo hizo reír.

—Las fiestas de disfraces sacan lo peor de mí.

No era la vez que había tardado más en cagarla con un tío, pero estaba escalando posiciones. Lo importante era no dejarme dominar por el pánico e intentar protegerme convirtiéndome en un gilipollas insufrible o en un zorrón colosal.

—Detesto imaginarme de quién sacan lo mejor.

—Sí, ese —otra sonrisa, otro destello de su dentadura— sería Malcom.

—Todo saca lo mejor de Malcom. Podría conseguir que la gente celebrara tener que pagar diez peniques por una bolsa de la compra.

—Por favor, no le des ideas. Por cierto —se acercó un poco más—, me llamo Cam, pero, como seguramente has oído mal, responderé a cualquier nombre de una sílaba con una vocal en medio.

—Encantado, Bob.

—Pedante de mierda.

A pesar de las luces estroboscópicas, vi el brillo en sus ojos y me pregunté de qué color serían lejos de las sombras y los arcoíris artificiales de la pista de baile. Era mala señal. Se acercaba peligrosamente a que me gustara alguien, y mira dónde me había llevado.

—Tú eres Luc Fleming, ¿verdad? —dijo.

Sabía yo que aquello no podía acabar bien, joder.

—En realidad —dije, como digo siempre— es Luc O’Donnell.

—Pero eres el hijo de Jon Fleming, ¿no?

—¿Y a ti qué te importa?

Me miró desconcertado.

—No me importa, pero cuando le pregunté a Angie —la novia de Malcom, que iba disfrazada de Alicia porque, por supuesto, era Alicia— quién era el tío guapo y malhumorado, me dijo: «Ah, es Luc, el hijo de Jon Fleming».

No me gustaba que la gente dijera eso de mí, pero, ¿qué alternativa había? ¿«Ese es Luc. Su carrera se ha ido al garete»? ¿«Ese es Luc. Hace cinco años que no tiene una relación estable»? ¿«Ese es Luc. En qué momento se torció todo»?

—Sí, ese soy yo.

Cam se acodó en la barra.

—Qué emocionante. Nunca había conocido a un famoso. ¿Debo fingir que me encanta tu padre o que lo odio profundamente?

—Ni siquiera lo conozco. —Una búsqueda somera en Google le habría brindado esa información, así que tampoco estaba dándole una gran primicia—. Me es bastante indiferente.

—Seguramente sea lo mejor, porque solo me acuerdo de una canción suya. Creo que iba de que llevaba una cinta verde en el sombrero.

—No, esa es de Steeleye Span.

—Sí, espera. Jon Fleming’s Rights of Man.

—Ya, pero entiendo que los confundas.

Me lanzó una mirada penetrante.

—No se parecen en nada, ¿verdad?

—Bueno, hay un par de diferencias sutiles. Steeleye es más folk rock, mien

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