Dímelo en secreto (Dímelo 2)

Mercedes Ron

Fragmento

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Prólogo

KAMI

De nuevo volvíamos a meternos en problemas, pero esta vez de la mano del más mayor y, supuestamente, del más responsable.

Que nos hubiese hecho venir aquí a altas horas de la noche y lo primero que hiciese fuera sacar de su mochila una especie de metal, un mechero y un botiquín de primeros auxilios no presagiaba nada bueno, pero era Thiago Di Bianco. A él siempre le hacíamos caso. Era un privilegio que se había ganado simplemente por sacarnos tres años. Era el mayor y, por lo tanto, era el que mandaba, así de simple.

Yo a veces tenía problemas para acatar esa norma no escrita, sobre todo porque significaba seguir las instrucciones de alguien que a la primera de cambio me tiraba de las trenzas o me hacía llorar, aunque debía de admitir que con Thiago me sentía segura incluso en la aventura más peligrosa. Era la figura paterna que necesitábamos para no sentir que la estábamos cagando.

Eso sí, desde la noche en la que nos metimos a robar chuches en la casa del vecino y Thiago me dio mi primer beso, su manera de tratarme parecía haber cambiado ligeramente: ya no me tiraba de las trenzas, por ejemplo, pero sí que se había vuelto más mandón, más autoritario y buscaba más mi atención.

—¿Qué piensas hacer con eso? —pregunté mirando el mechero.

Las ocurrencias de Thiago habían empezado a ser cada vez más peligrosas y exigían más y más coraje por nuestra parte. Yo estaba abierta a vivir aventuras, pero también tenía un límite... o una edad que me frenaba, más bien.

—Nada que no puedas soportar —me dijo levantándose y acercándose a la ventana donde había dejado su mochila.

Mis ojos se encontraron con Taylor, que miraba también nervioso a su hermano mayor.

Estábamos en la casita del árbol... o más bien en la cabaña de madera que Thiago había conseguido colocar de cualquier manera, aunque con mucho esfuerzo.

Para Taylor esa era la primera vez que subía y estaba bastante impresionado.

—No tengas miedo, Kami —me dijo cogiendo mi mano—. Yo estoy aquí.

Sonreí y entonces algo chocó contra nuestras manos unidas.

Thiago.

—Ni siquiera sabes qué vamos a hacer —le dijo sentándose entre los dos y cogiendo la caja de cerillas—. ¿Sabéis qué es esto? —nos preguntó enseñándonos el triángulo que ya nos había dejado entrever antes.

Ninguno de los dos contestó nada.

—Una prueba de amistad.

—¿Ese metal es una prueba de amistad? ¿Cómo? —pregunté mirando con curiosidad ambas cosas, las cerillas y el metal y preguntándome adónde quería llegar con eso.

Thiago se giró y me miró.

—No hay nada más duradero que un tatuaje, ¿verdad? —preguntó encendiendo la cerilla.

Nuestros rostros se iluminaron bajo la luz de la pequeña llama.

—Y, por tanto, no hay nada que mejor represente nuestra amistad que algo que nunca se va a poder borrar...

—¿Qué vas a hacer, Thiago? —le preguntó Taylor mirándolo inquieto.

Thiago no respondió.

Colocó el pequeño triángulo de metal sobre el fuego, tanto, que este brilló hasta volverse naranja, y luego, no sin antes lanzarme una mirada para asegurarse de que lo estaba observando, colocó el metal ardiendo sobre su muñeca izquierda, justo en el lado.

Apretó los labios con fuerza y cerró los ojos mientras el metal quemaba su piel.

—¡Thiago, para! —no pude evitar gritar, pero no lo hizo.

Aguantó unos segundos y después apartó el triángulo de su piel.

Taylor y yo nos inclinamos hacia delante para ver el resultado.

Estaba rojo... muy rojo y arrugado. ¡Se había quemado a sí mismo!

—¿Estás loco? —le pregunté sin dar crédito.

—¿Te ha dolido mucho? —le preguntó entonces Tay, mirándolo alucinado.

—No es para tanto... —dijo girando la muñeca para que lo pudiéramos ver bien. Debajo de la irritación de su piel se podía ver claramente el pequeño triangulito—. ¿Quién es el siguiente?

Taylor y yo nos miramos ambos con miedo y los ojos muy abiertos.

—¡No pienso quemarme la mano!

—La muñeca, no la mano —lo corrigió Thiago sin mirarlo. Solo me miraba a mí—. ¿Qué me dices, princesita? ¿Quieres un tatuaje para toda la vida o eres una cagona como este de aquí? —dijo sin importarle que su hermano se pudiera sentir ofendido.

—No soy ninguna princesita —dije muy seria y, armándome de valor, me senté sobre mis rodillas y tiré de la manga de mi jersey hacia arriba—. Adelante —dije sin apenas pestañear.

El orgullo en la cara de Thiago aún estaba bien guardado en mis recuerdos.

Eso y el dolor que me produjo su estúpida idea.

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1

KAMI

Hacía dos semanas que el frío se había instalado en Carsville, llevándose con él cualquier resto de verano y cualquier rayo cálido de sol para dejarnos lluvias torrenciales, amenazas de tornados y pocas posibilidades para salir y poder entretenernos. Aunque no es que tuviese dinero para poder hacer mucho. La situación de mi padre era cada vez peor, pero hubiera dado lo que fuera por poder acercarme al pueblo, ir a Mill’s y tomarme un batido de fresa o un café con un muffin de chocolate... Pero no podía hacer nada de eso porque, por culpa de la quiebra de mi padre, ya no tenía coche para ir hasta allí.

Por suerte, aún podía mirar por la ventana. Por suerte... o por desgracia. Mis ojos siguieron el movimiento de aquella chica que desde hacía media hora se encargaba de pasarle herramientas a Thiago al mismo tiempo que le dejaba entrever sus piernas largas en una minifalda que apenas le cubría el trasero.

¡Hacía ocho grados ahí fuera! ¿No tenía frío?

¿De dónde había salido esa chica? ¿Dónde la había conocido?

Tenía que admitir que era guapa a rabiar. Tenía el pelo oscuro y largo, y estaba segura de que sus ojos eran celestes. Aunque estaba bastante lejos, había habido un momento en que se había girado hacia mi casa y la poca luz que a veces se colaba por las nubes le había dado de lleno en los ojos, permitiéndome así entrever que, joder, era guapísima. Alta, esbelta y perfecta.

No pude evitar pensar en mí misma. En mi metro sesenta y cinco, en mi media melena a la altura de los hombros y de ese color rubio que ya empezaba a oscurecerse porque los rayos de sol del verano quedaban ya muy atrás... Joder, a su lado me sentí una maldita renacuaja.

Esas manos... Esas manos que ahora veía rodear la cintura de esa chica habían sido las mismas que dos semanas atrás, en medio de una tormenta, me habían acariciado dentro de un coche. Si cerraba los ojos y recordaba aquel momento, mi corazón se aceleraba casi al instante. Mi cuerpo se calentaba, mis muslos se apretaban inconscientemente y mi mente volaba a aquel instante en que nos comimos a besos. Volaba a aquel día e imaginaba cómo hubiese sido seguir más allá de los labios, cómo hubiese sido tener sus manos tocando mi piel, mis pechos, sus dedos dándome placer, su mirada fija en la mía y nuestros cuerpos unidos por...

Alguien llamó a mi puerta y me sacó de mi ensoñación.

—Kamila, tu padre y yo queremos hablar contigo —dijo mi madre asomándose a mi puerta—. Reúnete con nosotros en el salón.

No dijo nada más. Cerró la puerta y escuché sus pasos bajando las escaleras.

Miré una vez más por la ventana y vi a Thiago besándola...

Algo dentro de mí me dolió... No sé qué parte. No creo que el corazón sangre por desamor, por amor o como queráis llamarlo, pero algo en mi interior me dolió... y mucho.

Cerré las cortinas de mi ventana y me puse de pie.

¿Qué querrían mis padres ahora?

Las últimas semanas me las había pasado encerrada en mi habitación, con la música a todo volumen para no escuchar sus gritos y la mente intentando alejarse de allí lo máximo posible.

Taylor me había sacado de allí en varias ocasiones. Nos subíamos a su coche y nos marchábamos a Stony Creek. Íbamos al cine o nos quedábamos en el Starbucks tomando café y charlando durante horas. Nuestra relación avanzaba a pasos agigantados y yo cada día que pasaba me volvía más y más adicta a su compañía, su cariño, sus besos y su forma de hacerme reír.

No sabía cómo lo conseguía, pero cuando estaba con él, todos los problemas parecían desaparecer. Hasta me olvidaba de Thiago. Cuando estábamos solos, éramos Taylor y Kami otra vez, los mejores amigos de siempre... Aunque todo un poco más subido de tono.

Pero, cuando no estaba a su lado, no podía evitar sentirme dividida en dos. Mi corazón quería a un chico y deseaba a otro... y eso hacía que me sintiera la peor persona del mundo.

Bajé al piso inferior y entré en el salón. Mi madre estaba sentada en el sofá blanco de cara a la chimenea, que por el frío ya habíamos empezado a encender. Era de locos que en dos semanas el buen tiempo hubiera desaparecido y nos hubiera dejado con un otoño de lo más frío.

Mi hermano Cameron estaba sentado en el otro sofá, despatarrado, con su Nintendo Switch entre las manos y el ruido de Mario Bross llenando la estancia. Los últimos días había estado superarisco. No quería que nadie lo abrazase, no quería jugar en el jardín. Se pasaba las horas frente al televisor, jugando a videojuegos o mirando los dibujos... Apenas podía reconocer a ese renacuajo de seis años cuyos ataques de risa solían iluminarme incluso los peores momentos.

—¿Qué pasa? —pregunté acomodándome junto a Cam.

Mi padre, que había estado moviendo los troncos de la chimenea, se incorporó, dejó las pinzas de metal a un lado y miró a mi madre.

—Chicos... Vuestro padre y yo nos vamos a divorciar.

Mi mente se paró por unos instantes al igual que lo hicieron los ruidos provenientes de la consola de mi hermano.

—¿Cómo? —dije cuando me recuperé del impacto.

Mis padres se peleaban, sí. Mi madre era insoportable, sí. Pero se querían, ¿no? Joder, habían superado hasta un engaño. Mi madre le había puesto los cuernos a mi padre y este la había perdonado...

—Lo hemos estado hablando y no creemos que sea sano para vosotros vivir en un ambiente en el que estamos todo el día peleándonos...

—Tú no peleas, ella pelea —dije apuntando a mi madre con un dedo.

El miedo, la rabia, la impotencia estaban burbujeando en mi interior como una olla de agua a presión a punto de explotar.

—¡Kamila! —dijo mi madre indignada—. Esto no es un juego y tú no opinas en esto... Hay veces en que el amor se acaba y...

—¡Oh, por favor! —la corté indignada poniéndome de pie—. No me vengas con chorradas sobre el amor. No es el amor lo que se ha acabado, ¡sino el dinero!

Miré a mi padre y sus ojos evitaron los míos y miraron al suelo.

Dios mío... mi padre no quería eso.

—¿Cómo te atreves...?

—¿Que cómo me atrevo? —le solté fuera de mí—. ¡A la primera de cambio le has dado la espalda! En cuanto las cosas se han complicado, en cuanto te has quedado sin tu spa, sin tu coche descapotable y sin tus compras diarias, ¡le has pedido el puto divorcio!

—Kamila, basta —dijo esta vez mi padre, cortando mi discurso.

—No pienso tolerar que me hables así, niña malcriada... —dijo mi madre interrumpiendo a mi padre.

—¿Yo soy una malcriada? —espeté sin podérmelo creer.

Mi madre fue a abrir la boca otra vez, pero mi padre golpeó la mesa con fuerza.

—¡Basta! —dijo y todos nos callamos—. No vamos a discutir sobre este asunto. Está decidido, Kamila. Nos vamos a divorciar y entiendo perfectamente que esto te disguste. Tenemos que hablar sobre cómo van a ser las cosas a partir de ahora y sobre...

—Yo me voy contigo. —No lo dudé ni un instante—. No pienso vivir con ella. No pienso dejarte solo, papá...

—Os quedaréis con vuestra madre —zanjó mi padre mirándonos a ambos.

Me había olvidado de mi hermano.

Miré a Cam y vi que estaba callado, mirándonos a todos en silencio.

—Queremos llevar este asunto de la manera más civilizada posible. Os quedaréis aquí, en casa, y yo me mudaré a un piso que ya he alquilado en Stony Creek.

—¿Cómo? —dije notando cómo los ojos se me llenaban de lágrimas—. Papá..., yo no quiero que te vayas. —Me sentí una cría, pero sin poder hacer nada para evitar el desaliento que me invadía en ese instante.

—Nos veremos los fines de semana...

—Bueno, eso lo tendrá que decidir el juez, Roger. No le digas a la niña cosas que aún no sabemos...

Miré a mi madre con odio.

—No me llames «niña» y no me vengas con jueces ahora. Si quiero ver a mi padre, lo voy a ver, ¿te enteras?

—Nadie ha dicho que no lo vayas a ver —dijo mi madre apretando los labios—. Pero, mientras seas menor de edad, te quedarás donde yo te diga y harás lo que yo te diga.

Solté una risa que no tenía nada de alegre.

—Cumplo dieciocho años en enero —dije aliviada ante ese hecho—. Te quedan dos meses y medio para poder decirme lo que puedo o lo que no puedo hacer.

—Kamila... —volvió a reprenderme mi padre.

—¡No! —lo encaré molesta—. Cuando sea mayor de edad me iré contigo, no me importa lo que me digas.

Sin decir nada más, rodeé la mesa del salón y subí a mi habitación pisando fuerte.

No podía creerlo. No podía creerlo.

Cuando creía que mi madre no podía caer más bajo...

Lloré abrazada a mi almohada y sentí miedo ante la incertidumbre que se me ponía por delante. ¿Cómo se atrevía a dejar a mi padre? Ella había sido la infiel. Ella había sido quien nos había engañado a todos. Ella había sido quien había roto dos familias. Por su puta culpa la hermana de Taylor y Thiago había muerto. Por su culpa, Katia Di Bianco había perdido lo que más quería...

Era ella quien debería irse de casa. La casa era de mi padre, mi madre no había trabajado en su vida. Era una maldita mantenida, hija de ricos que lo único que había querido desde que era pequeña era seguir siendo mantenida para poder jugar a las casitas, irse de retiro espiritual y comprarse bolsos de Chanel rebajados.

Era patética.

Lloré hasta quedarme dormida y, al cabo de unas horas, abrí los ojos. Fuera ya se había hecho de noche y el viento rugía con fuerza contra el cristal de mi ventana.

Me senté sobre mis almohadas y alguien llamó a mi puerta.

No contesté y esta se abrió dejando entrar a la persona que más quería de esa casa.

—Kami... —dijo Cameron acercándose a mi cama—. ¿Qué es el divorcio?

Cerré los ojos y lo abracé.

Al día siguiente, mi padre fue quien nos llevó al colegio. A mí me dejó en la parte donde estaba el instituto y después giró para acercar a mi hermano a la zona infantil, que se unía al instituto por un largo pasillo donde los de arte solían exponer sus trabajos. Ahora que yo no tenía coche, o nos traían mis padres o yo me venía en bici. El que salía perjudicado era Cam, que entraba a las nueve y no a las ocho como yo. Pero, bueno..., los días que yo lo había traído, se quedaba sentado en el patio jugando con la consola.

Crucé el aparcamiento del instituto y seguí caminando hasta sumergirme en los abarrotados pasillos. Ya no me apetecía quedarme fuera, mientras mis amigos fumaban, charlaban, se reían y se creían los más guais del lugar. Además, Kate y yo seguíamos sin hablarnos y el resto de mis amigas parecían querer seguirla a ella a todas partes.

Llegué hasta mi taquilla y empecé a coger los libros que necesitaría para la siguiente clase. Estábamos a punto de entrar en el mes de noviembre, lo que significaba que los exámenes estaban al caer. Teníamos que terminar los trabajos, exponerlos y presentarlos, y eso sin contar con las actividades extracurriculares que necesitábamos la mayoría si queríamos entrar en una importante universidad.

Saber que no solo iba a tener que conseguir una plaza en Yale, sino que iba a necesitar una beca, me había cambiado todos los planes. No podía relajarme, me jugaba mi futuro, mi independencia... todo.

—Hola, preciosa —me susurraron al oído desde atrás.

Sonreí y me di la vuelta apoyando la espalda en las taquillas.

—Hola —dije sintiendo esa calidez que necesitaba aquel día más que nunca.

—Creía que hoy os traería yo al instituto —me dijo Taylor colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Mi padre ha insistido —dije—. Se me olvidó avisarte, lo siento —añadí cayendo, tarde, en que debería haberle dicho algo.

—No te preocupes —dijo y vi cómo sus ojos azules recorrían mis facciones y sus dedos acariciaban suavemente mis mejillas—. ¿Has llorado? —me preguntó entonces.

—No —dije automáticamente.

—Kami...

Me giré, cerré la taquilla y me alejé de él.

—Te veo en clase de biología —dije alejándome y preguntándome por qué no me veía capaz de contarle lo de mis padres.

Lo cierto era que no quería que nadie me compadeciera. No quería que nadie me mirara con lástima o con pena. Quería mantener en secreto lo que ocurría en mi casa la mayor parte del tiempo posible.

—¡Eh, Kami, espera! —escuché a Ellie gritarme desde la otra punta del pasillo. Esperé hasta que me alcanzó—. ¿Qué tal el finde? —me preguntó y vi claramente que se sentía un poco incómoda.

No la culpaba.

Aquellas dos últimas semanas había permanecido alejada de todo el mundo excepto de Taylor.

—Podría haber ido mejor —contesté caminando hacia la clase del profesor Gómez.

—¿Has oído lo de la fiesta de este viernes? —me preguntó ignorando mi tono sombrío—. Como Halloween cae entre semana, quieren celebrarlo este viernes en casa de Aron.

«Uf —pensé—. Fiesta en casa de Aron Martin...».

Solo de pensarlo me dolía la cabeza, pero Halloween me encantaba... Amaba disfrazarme, adornar mi casa, comer caramelos... Aquel año no pensaba hacer nada de esas cosas. Pensaba limitarme a llevar a mi hermano a recoger caramelos y mi disfraz iba a consistir en una sábana con dos agujeros por ojos. Ya podía imaginarme a Taylor carcajeándose de mí mientras recorríamos la urbanización con mi hermanito de la mano.

—Vas a venir, ¿no? —me preguntó Ellie con entusiasmo.

—No lo sé, Ellie... —dije mordiéndome el labio y entrando en clase.

Me senté en primera fila y Ellie se acomodó a mi lado.

—Venga ya —dijo decepcionada—. Llevas semanas como un esqueleto andando por estos pasillos, sin hablar apenas con nadie y con cara tristona. ¿Qué te pasa? ¡Cuéntamelo! Se supone que somos mejores amigas...

Y lo éramos. De todas mis amigas, Ellie era en quien más confiaba, a la que más quería y la que era más afín a mí, pero últimamente me sentía como pez fuera del agua con todo el mundo...

—Kate quiere que vayas —me dijo entonces, como si eso pudiese importarme lo más mínimo—. Ha dicho que le gustaría que todas nos disfrazásemos a juego, como hacíais en el colegio...

Ellie era la única que había entrado más tarde que el resto, la única que venía de una gran ciudad como Nueva York y, por lo tanto, la más abierta de mente. Por eso habíamos congeniado tan bien. Ellie no tenía prejuicios estúpidos.

—Si voy, pienso disfrazarme como a mí me dé la gana, no como Kate diga que debemos hacerlo.

A Ellie se le iluminó la cara.

—¿Eso significa que vas a venir?

Miré la alegría en sus ojos castaños y supe que no iba a ser capaz de decir que no.

—Si no hay más remedio...

Ellie me abrazó con fuerza justo en el instante en el que el profesor entraba en el aula.

—Bien, sacad boli y papel. Examen sorpresa sobre matrices...

Ellie y yo nos miramos con horror.

«¿Por qué me odias tanto, karma?».

El examen me salió regular. Las últimas semanas había estado estudiando, pero apenas había podido retener nada. Tenía tantas distracciones en la cabeza que me resultaba difícil concentrarme. Mis ojos pasaban por encima de las letras sin poder dejar de pensar en todos mis problemas: lo de mis padres, lo de mis supuestas amigas y su reciente odio, lo de Taylor y Thiago... Solo esperaba que todo eso no me hubiese impedido llegar al notable, no podía permitirme un simple aprobado.

Nada más salir de clase, noté la vibración de mi teléfono móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Lo sé, lo sé, no debería tener el móvil en el bolsillo trasero, pero todos cometemos ese error alguna vez.

Era mi madre.

Miré la pantalla y colgué.

No pensaba hablar con ella. No pensaba dirigirle la palabra durante todo

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