1
Arriba y abajo. Una y otra vuelta. Aclarar y repetir. Esas eran nuestras pautas. Era nuestro mundo.
Con un tío como Jude Ryder a mi lado, los altibajos de la vida eran más drásticos. Esa era nuestra realidad, nuestra historia… nuestra historia de amor. Nos peleábamos y hacíamos las paces. La fastidiábamos, y nos disculpábamos. Vivíamos y aprendíamos. Jude y yo habíamos cometido un montón de errores en la historia de nuestra relación, pero ¿una sola cosa en la que parecíamos no equivocarnos? El amor ferviente que sentíamos el uno por el otro.
Esa era mi vida.
¿Y sabéis qué?
La vida me iba bastante bien, la verdad.
Incluso a pesar del hecho de que no tenía ni idea de dónde me encontraba.
—¿Qué estás tramando? —le susurré a Jude, que seguía conduciéndome hacia el interior de aquel agujero negro.
—Algo que te va a encantar —respondió, y me apretó los hombros mientras me guiaba.
Mis tacones empezaron a hacer eco a mi alrededor.
9
Así pues, estábamos en un túnel, aunque no tenía ni idea de qué túnel, porque Jude me había hecho cerrar los ojos en el momento en que le había abierto la puerta esa noche. Aparte de dar vueltas en su vieja y destartalada camioneta durante la mayor parte de un viernes por la noche, había perdido el rumbo en todos los sentidos en que una pueda perderlo.
Partiendo del hecho de que Jude Ryder era mi prometido, podría decirse que mi rumbo había estado una pizca desviado en los últimos años, pero esa noche se estaba descarriando de manera especial.
¿El túnel tenía final? Cuanto más avanzábamos, más resonaban mis pasos a nuestro alrededor.
—Lo que quiera que estés tramando ¿es ilegal? —pregunté, aunque no estaba segura de querer saberlo.
—¿Eso es una pregunta con trampa? —Jude parecía divertido. —¿Eso es una respuesta con trampa?
No contestó inmediatamente. En lugar de eso, sentí que la calidez de su boca me alcanzaba la nuca. Inhalé y exhalé profundamente, de forma lenta y sofocante, antes de que sus labios me rozaran la piel en el mismo punto.
Intenté no reaccionar como si su contacto tuviera propensión a volverme loca de los pies a la cabeza, pero, incluso después de años juntos, Jude todavía era capaz de hacer que me desmoronara con solo tocarme.
Se me puso la piel de gallina con un cosquilleo que descendió reptando hasta la parte baja de mi espalda cuando retiró la boca.
—No dudes de que esta noche habrá momentos que puedan clasificarse como ilegales en todos los estados del Cinturón Bíblico —dijo con la voz grave a causa del deseo. Aunque no tan grave como cuando me deseaba con urgencia; todavía sonaba lo bastante contenida como para saber que no iba a empujarme contra el muro más cercano para empezar a subirme la falda antes de dar un paso más—. ¿Contesta eso a tu pregunta?
—No —repuse, tratando de mostrar un gran dominio de mí misma. Tratando de que no sonase como si Jude hubiese hecho que se me encogiera el estómago de deseo con un solo beso—. No contesta mi pregunta. Así que volvamos a intentarlo… —Me aclaré la garganta, recordándome a mí misma que pretendía sonar inmutable—. Teniendo en cuenta el corredor por el que sea que me traes, y el lugar en el que sea que tienes pensado acabar, ¿alguna de estas entradas sin autorización podría considerarse ilegal ante un juez?
No emitió sonido alguno, pero noté claramente que estaba intentando contener la risa. Una de esas risas graves y vibrantes que reverberaban a través de mi cuerpo cuando se apretaba contra mí.
—Dicho así… —comenzó, y me detuvo de repente. Sus manos abandonaron mis hombros y me taparon los ojos—. Sí, podría ser. Sin embargo —añadió—, tendrían que pillarnos primero. Abre los ojos, cariño.
Parpadeé varias veces para asegurarme de que lo que estaba viendo era real.
Al cabo de otra media docena de parpadeos, estaba razonablemente segura de que lo que captaban mis ojos era, efectivamente, real.
Estábamos dentro del Carrier Dome, el estadio de la Universidad de Siracusa, justo en la boca de uno de los túneles. Había pasado los últimos tres años asistiendo a prácticamente todos los parti
dos en casa y, sin embargo, nunca había visto esa parte del estadio. En el centro del campo, justo en la línea de cincuenta yardas, había una manta extendida con lo que parecía una cesta de picnic en una esquina y salpicada de velas blancas en tarros de cristal. Reinaban la calma, el silencio y la tranquilidad.
No eran las tres primeras palabras que normalmente utilizarías para describir un campo de fútbol universitario.
Y ese no era el lugar al que una chica esperaba que la llevase su prometido en una gran cita sorpresa para la que le había pedido que se arreglase.
Sonreí de oreja a oreja.
No era lo que yo esperaba, pero era exactamente lo que quería. —¿Qué te parece? ¿Merece la pena lo de «ilegal»? —preguntó, y me rodeó la cintura con los brazos al tiempo que apoyaba la barbilla en mi hombro.
Yo era incapaz de apartar los ojos de la escena a la luz de las velas que tenía delante. Un picnic en la línea de las cincuenta yardas.
Sabía que probablemente no figuraría en la lista de las diez citas más deseadas por la mayoría de las chicas, pero ascendió inmediatamente al número uno para mí.
—Solo es ilegal si nos pillan —respondí, volviendo la cabeza para que Jude pudiera ver mi sonrisa, antes de liberarme de sus brazos y correr hasta la manta.
Era la primera vez que pisaba el campo desde que Jude y yo nos habíamos comprometido el primer año de universidad, pero lo cierto es que parecía que no hubiesen pasado más que unos días. Había descubierto otro de los clichés de la vida estando con Jude: cuanto más feliz eres, más rápido pasa. La vida era una maldita morbosa si
la gente feliz se veía recompensada con una vida que parecía más corta. Fuese larga o corta, no importaba: yo no tenía intención de dejar a Jude de ninguna manera.
En la línea de las veinticinco yardas, me volví y continué corriendo de espaldas. Jude todavía estaba en la boca del túnel, mirándome con una sonrisa, aparentemente igual de enamorado de mí que el día que me confesó su amor. Esa mirada, más que ninguna de las otras, me llegaba de todas las maneras en que se supone que la mirada de un tío debe llegar a su chica.
Examiné de nuevo las gradas para asegurarme de que estábamos solos. La sensación de exposición era enorme, lo cual resultaba perturbador, pero ¿cuántas veces podía decir una chica que había estado con el quarterback universitario número uno del país justo en la línea de cincuenta yardas?
Sí, aquello solo ocurría una vez en la vida, y yo no pensaba dejarlo pasar.
Inspiré lentamente, me cogí el dobladillo de la sudadera y empecé a levantármelo hasta el estómago.
La expresión de Jude cambió al instante. Las arrugas de su frente se hicieron más profundas, y frunció una de las comisuras de la boca.
Yo alcé una ceja, me quité la sudadera del todo y la arrojé al césped. La adrenalina bombeaba por mis venas. La expectativa de tener a Jude conmigo la había despertado, y la excitación de estar allí la estaba disparando hasta nuevas cotas.
Me llevé los brazos a la espalda y me desabroché el sujetador. Se liberó con un chasquido y descendió por mis brazos para unirse a la sudadera a mis pies.
Jude ya no me miraba a la cara.
Se humedeció los labios y echó a andar hacia mí.
Yo volví a caminar de espaldas, lanzándole una sonrisa coqueta. Iba a divertirme con él, a prolongar aquello. A desquitarme por lo que él me hacía a mí tan a menudo.
Se detuvo en cuanto empecé a alejarme, mirándome como si supiese exactamente a qué estaba jugando, y le encantó y odió a un tiempo ser mi marioneta.
Me paré lo indispensable para quitarme los zapatos, deslicé los pulgares por dentro de la cintura de mi falda y me la bajé hasta las caderas, frenando lo justo para tirar del tejido de mis braguitas al mismo tiempo. Dejé que la falda y mi ropa interior resbalaran hasta mis tobillos.
Los ojos de Jude descendieron inmediatamente, y su pecho subía y bajaba de forma visible incluso desde donde yo estaba, a treinta yardas. Cuando sus ojos ascendieron al fin hasta los míos, su mirada se había oscurecido y reflejaba una sola cosa.
Puro deseo.
Su cuerpo entró en acción lanzándose hacia el campo detrás de mí, corriendo a la misma velocidad a la que corría cuando jugaba un partido. Me volví y me reí con cada paso que daba para huir de él.
Huir de Jude era un esfuerzo inútil, tanto en ese momento como en la vida en general.
Jude siempre me alcanzaba. A veces me daba ventaja, pero nunca me dejaba llegar demasiado lejos.
En esa ocasión, apenas había recorrido diez yardas cuando sentí que sus fuertes brazos se ceñían a mi alrededor. Un grito de sorpresa interrumpió mi risa cuando me atrajo con fuerza hacia sí. No solo
había conseguido cubrir treinta yardas en el tiempo que yo había tardado en correr menos de la tercera parte, por el camino se había quitado la camiseta. El calor que desprendía su pecho me encendió la espalda, y el movimiento de sus músculos contra mí al respirar encendió todo lo demás.
—¿Vas a alguna parte? —dijo, empujándome el cuello hasta que le proporcioné mejor acceso.
—A cualquier parte —respondí, y dejé caer la cabeza contra él cuando su boca descendió por el arco de mi cuello—. Mientras estés conmigo.
Advertí su sonrisa contra mi piel. Sus manos se deslizaron un poco más y se detuvieron al llegar a mis caderas.
—¿Qué te parecería si ese «cualquier parte» fuese esa manta de ahí?
—Diría que, aunque yo no lo viese tan claro, seguirías tratando de persuadirme —contesté, le acaricié los antebrazos con las manos y entrelacé mis dedos con los suyos, que seguían apoyados en mis caderas.
Me estrechó contra sí con más fuerza.
—Y tendrías razón —replicó, ascendiendo con nuestras manos
por mi estómago al tiempo que me conducía hacia la manta. No se
detuvieron hasta que se deslizaron debajo de uno de mis pechos y lo
acariciaron.
Me mordisqueó el cuello y aceleró el paso hasta que zigzagueamos entre la luz de los tarros. Al borde de la manta, Jude me hizo darme la vuelta. Entreabrió la boca para inhalar de forma rápida y entrecortada. Esa era su expresión atormentada. Cuando no podía esperar para tenerme.
Una expresión que traté de saborear, porque nunca duraba. No podría contener mucho a Jude, antes de que él, o yo, o ambos dejáramos de intentar posponer lo inevitable.
—Maldita sea, Luce —jadeó, al tiempo que me acariciaba la mejilla con la mano—. Eres preciosa.
Sonreí. No tanto por lo que había dicho como por el modo en que lo había hecho. Jude expresaba sus emociones e intenciones con palabras y gestos que ejercían un efecto insano en el corazón de una chica.
—Si estás tratando de convencerme con algunos preliminares, te contaré un secreto. —Pasé mis brazos por su nuca—. Vas a tener suerte independientemente de lo que hagas o digas, así que puedes ahorrarte lo de susurrarme cosas bonitas para cuando me hayas cabreado y estés intentando conseguir un poco de sexo de reconciliación.
Se rió entre dientes. Sus ojos grises se oscurecían con cada caricia. —No creo recordar haber necesitado nunca susurrarte cosas bonitas para a
