Título original: Velvet Song
Traducción: Álex Lomónaco
1.ª edición: noviembre, 2015
© 2015 by Deveraux Inc.
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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Publicado por acuerdo con el editor original, Pocket Books, una división de Simon & Schuster, Inc..
Diseño de cubierta: MRH
Diseño de colección: Ignacio Ballesteros
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-253-0
Maquetación ebook: Caurina.com
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Contenido
Portadilla
Créditos
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
SEGUNDA PARTE
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
Saga montgomery
PRIMERA PARTE
1
El Sur de Inglaterra
Enero de 1502
La pequeña aldea de Moreton estaba rodeada por una alta muralla, y el gris de sus piedras proyectaba una larga sombra sobre las muchas casas apiñadas en su interior. Senderos muy gastados unían los edificios entre sí, abriéndose desde el centro mismo, donde se ubicaba la iglesia con su torre y el ayuntamiento blanco y elevado. Ahora, a la pálida luz de la mañana, unos pocos perros comenzaban a desperezarse, mujeres de ojos adormilados caminaban perezosamente hacia el pozo de agua del pueblo y cuatro hombres esperaban, con hachas sobre los hombros, mientras que los guardianes abrían las pesadas puertas de roble del muro de piedra.
Dentro de una casa sencilla angosta, de dos pisos y de un blanco lavado, Alyxandria Blackett escuchaba por cada poro de su piel el rechinar de los portones. Cuan-do lo percibió, tomó sus zapatos de delicado cuero y comenzó a caminar de puntillas hacia las escaleras que, desafortunadamente, se encontraban al otro lado del dormitorio de su padre. Hacía horas que estaba vestida, se había despertado mucho antes de que saliera el sol y se había puesto un sencillo vestido de lana, un tanto burdo, sobre su etérea figura. Y hoy, por una vez, no se miró el cuerpo con disgusto. Parecía que toda su vida había estado esperando crecer para ganar algo de peso y, sobre todo, adquirir algunas curvas. Pero a sus veinte años ya sabía que siempre habría de tener poco pecho y estrechas caderas. Al menos, pensó con un suspiro, no tenía necesidad de usar corsé. En el cuarto de su padre, lanzó a éste una rápida mirada para asegurarse de que estaba durmiendo, levantó su falda de lana, comenzó a bajar y evitó el cuarto escalón porque sabía que crujía sonoramente.
Una vez al pie de la escalera no se atrevió a abrir los postigos. El ruido podría despertar a su padre y él estaba muy necesitado de descanso. Sorteando una mesa cubierta con papeles y tinta y un testamento a medio terminar que su padre estaba redactando, fue hasta la pared más alejada, mirando con amor los dos instrumentos musicales que colgaban de ella. Todos los sentimientos de autocompasión por lo que Dios había olvidado darle fí-sicamente desaparecieron cuando pensó en su música. Una nueva tonada ya comenzaba a tomar forma en su cabeza, una melodía suave y envolvente. Obviamente era una canción de amor.
—¿No puedes decidirte? —la voz de su padre llegó desde el pie de la escalera.
Instantáneamente corrió hacia él, le rodeó la cintura con el brazo y le ayudó a sentarse a la mesa. Aun en la oscuridad de la habitación pudo ver los círculos azulados debajo de sus ojos.
—Deberías haberte quedado en la cama. Hay tiempo suficiente para hacer el trabajo de un día sin tener que empezar antes del amanecer.
Tomando su mano un instante, la miró y sonrió. Él sabía bien lo que su hija pensaba de su pequeño rostro de duende con rasgados ojos violetas, la ínfima nariz y la minúscula boca curva, la había oído lamentarse bastante al respecto, pero todo lo que tenía que ver con ella le era muy querido.
—Sigue —la urgió, empujándola suavemente—. A ver qué instrumento eliges antes de que alguien venga a quejarse por no tener una canción para su último amor.
—Quizás esta mañana sería mejor que me quedara contigo —susurró, la preocupación pintada en su rostro. En tres ocasiones durante el último año él había sufrido horribles dolores en el corazón.
—¡Alyx! —le advirtió—. No me desobedezcas. ¡Ahora reúne tus cosas y vete!
—Sí, milord —rió ella, con lo que para él era una sonrisa que derretía el corazón. Con soltura, tomó la cítara de la pared, dejando el salterio donde estaba. Volviéndose, miró a su padre.
—¿Estás seguro de que vas a estar bien? No tengo por qué salir esta mañana.
Ignorándola, le alcanzó su estuche escolar que contenía una pluma, tinta y papel.
—Prefiero tenerte creando música que prisionera en casa con un viejo enfermo. Alyx —le previno—. Ven aquí. —Con un gesto familiar comenzó a hacerle una gruesa trenza que le caía por la espalda. Su cabello era pesado, espeso y totalmente lacio, sin el más mínimo rastro de un rizo, y el color era, incluso para su padre, muy extraño. Casi parecía que una criatura hubiera entremezclado todos los colores de cabello posibles en una sola cabeza Había hebras de oro, amarillo brillante, rojo profundo, cobrizo, marrón y, según juraba Alyx, algo de gris. Cuando la trenza estuvo terminada, descolgó su abrigo de la pared, lo echó sobre sus hombros y se sujetó la capucha en la cabeza.
—No te concentres tanto como para olvidar que debes mantenerte abrigada —dijo burlándose, mientras la hacía girar—. Vete ahora, y cuando vuelvas quiero oír algo bello.
—Haré todo lo posible —respondió ella riendo mientras salía y cerraba la puerta tras de sí.
Desde la casa, detrás mismo del muro de la aldea, cruzando directamente las grandes puertas, Alyx podía ver casi todo el pueblo, con su gente que comenzaba a animarse y a prepararse para empezar la jornada. Entre las casas sólo había algunos centímetros, lo mismo que en el pasaje que corría a lo largo del muro. De madera y piedra, ladrillo y estuco, las casas estaban muy juntas entre sí, y su tamaño variaba desde la casa del alcalde hasta las más pequeñas de los artesanos y los abogados, como su padre. Un poco de brisa movía el aire y los carteles de las tiendas se agitaban.
—Buenos días —saludó a Alyx una mujer que barría la grava delante de su casa—. ¿Vas a hacer algún trabajo para la iglesia hoy?
Deslizando la cítara hacia su espalda, devolvió el saludo a su vecina.
—Sí... y no. ¡Todo! —rió, saludando y apresurándose hacia las puertas.
Se detuvo bruscamente, casi a punto de ser arrollada por un carretón. Con una sola mirada se dio cuenta de que John Thorpe había tratado de cerrarle el paso a propósito.
—Ea, veamos, pequeña Alyx, ¿no hay una sola palabra amable para mí? —Hizo una mueca mientras ella esquivaba al viejo caballo.
—¡Alyx! —llamó una voz desde la parte posterior de la carreta. La señora Burbage vaciaba bacines en el carretón que conducía John—. ¿Podrías entrar un momento? Mi hija menor está desolada y pensé que tal vez una nueva canción de amor la podría consolar.
—Ah, y para mí —agregó John desde lo alto del carro—. Yo también necesito una canción de amor —dijo, frotándose ostensiblemente el costado donde, dos noches antes, Alyx le había propinado un duro golpe cuando él había intentado besarla.
—Para ti, John —respondió ella muy dulcemente—, escribiré una canción tan dulce como la mercancía de tu carreta. —El estallido de su risa casi tapó la respuesta a la señora Burbage cuando le dijo que iría después de la misa vespertina.
Jadeando, comenzó a correr hacia las puertas. En pocos momentos quedaría atrapada y ya no podría disfrutar de su tiempo a solas, fuera de los muros, para trabajar en su música.
—Llegas tarde, Alyx —dijo el guarda de la puerta—, y no olvides una música arrulladora para mi niña enferma —le gritó mientras ella corría hacia los huertos fuera de las murallas.
Finalmente llegó al lugar donde se encontraba su manzano favorito, y con una sonrisa de total felicidad, abrió el pequeño escritorio transportable y comenzó a prepararse para registrar la música que ocupaba su cabeza. Se sentó, se recostó contra el árbol, puso la cítara sobre su falda y comenzó a rasguear la tonada que había creado esa mañana. Totalmente absorbida con el trabajo de las melodías y los poemas, no sentía el paso de las horas. Cuando se interrumpió para tomar un poco de aire, con los hombros rígidos y los dedos ardiendo, había escrito dos canciones y comenzado un nuevo salmo para la iglesia.
Estirándose largamente, puso a un lado la cítara, se levantó, la mano sobre una rama desnuda del manzano, y contempló los campos cultivados, más allá de los cuales se encontraban los pastizales bien delimitados para las ovejas del conde.
¡No!, no iba a permitirse pensar en el conde, que había echado a tantos campesinos de sus tierras subiéndoles la renta, para después cercarlas y llenarlas de provechosas ovejas. Piensa en algo agradable, se ordenó a sí misma, mirando hacia otro lado. Y, claro está, ¿qué otra cosa aparte de la música había de bello en la vida?
Desde niña había escuchado música en su cabeza. Mientras que el sacerdote zumbaba en latín durante la misa, ella ocupaba su mente creando una canción para los niños del coro. Durante el Festival de la Cosecha vagaba por ahí, preocupada con melodías que sólo ella podía escuchar. Su padre, viudo hacía años, se volvía loco tratando de encontrar a su niña perdida.
Un día, cuando tenía diez años, había ido hasta el pozo para recoger agua. Un trovador que visitaba la aldea estaba sentado en un banco junto a una joven mujer, y próximo al pozo, inadvertido, se encontraba su laúd. Alyx nunca antes se había acercado a un instrumento musical, pero había visto y oído lo suficiente como para saber básicamente cómo se tocaba un laúd. En un corto lapso había tocado una de los cientos de canciones que le rondaban en la cabeza. Iba por la cuarta canción cuando se dio cuenta de que el trovador estaba a su lado, olvidado completamente de su cortejo. Silenciosamente, sin intercambiar una sola palabra, usando sólo el lenguaje de la música, él le había mostrado cómo poner los dedos sobre el instrumento. El dolor de las afiladas cuerdas cortando sus pequeños y tiernos dedos no fue nada comparado con la alegría de poder escuchar la música surgida de su mente.
Tres horas más tarde, cuando su padre, con aire resignado, salió a buscar a su hija, la encontró rodeada por la mitad de los habitantes del pueblo; todos ellos susurrando que se hallaban frente a un milagro. El sacerdote, viendo una magnífica oportunidad, la llevó a la iglesia y la puso frente a los clavicordios. Después de algunos momentos de prueba, Alyx comenzó a tocar, mal al principio, un Magníficat, una canción de alabanza a la iglesia, diciendo suavemente las palabras mientras tocaba.
El padre de Alyx se sintió profundamente aliviado porque su única hija finalmente no era una cabeza hueca, sino que estaba tan llena de melodías que a veces ella no respondía a todo lo que se le decía. Después de ese día trascendental, el sacerdote se hizo cargo de la formación de Alyx, diciendo que su don venía de Dios y que, como su emisario, él se haría cargo de ella. No necesitó agregar que, como abogado, su padre estaba bien lejos de la santidad de Dios y que cuanto menos tuviera que ver ella con él, tanto mejor.
Siguieron cuatro años de rigurosa práctica, durante los cuales el sacerdote se las arregló para pedir prestados todos los instrumentos existentes para que Alyx pudiera aprender a tocar. Se entrenó con los teclados, los vientos, las cuerdas con y sin arco, tambores, címbalos y el enorme órgano que el sacerdote obligó al pueblo a comprar para honra del Señor (y según algunos, para él y para Alyx).
Cuando el sacerdote estuvo seguro de que ella estaba lista para interpretar, mandó buscar a un monje franciscano quien le enseñó a escribir música para registrar las canciones, baladas, misas, letanías, todo lo que pudiera componer.
Como estaba tan ocupada tocando instrumentos y transcribiendo notas musicales, no fue sino hasta que cumplió quince años cuando se hizo evidente que también podía cantar. El monje, que ya estaba casi listo para regresar a su abadía puesto que Alyx había aprendido todo lo que él podía enseñarle, entró en la iglesia muy temprano una mañana y se vio envuelto por una voz tan potente que pudo sentir cómo temblaban los botones de su hábito. Cuando llegó a darse cuenta de que ese magnífico sonido provenía de su pequeña alumna, cayó de rodillas y comenzó a dar gracias a Dios por permitirle estar en contacto con una criatura tan, bendita.
Alyx, cuando vio al anciano monje de rodillas en la parte posterior de la iglesia, apretando su cruz y con lágrimas rodando por sus mejillas, dejó de cantar instantáneamente y corrió hacía él, rogando que no estuviera enfermo o, como ella sospechaba, ofendido por su canto, que ella había interpretado en voz muy alta.
Después de ese episodio se le prestó tanta atención a su voz como a los instrumentos, y ella comenzó a preparar grupos corales usando todas las voces disponibles en la pequeña aldea amurallada.
Muy pronto cumplió veinte años y ella esperaba crecer y, sobre todo, desesperadamente, desarrollar su cuerpo. Pero siguió siendo pequeña y sin formas, y mientras que las otras muchachas de su edad se casaban y tenían hijos, Alyx tenía que contentarse con cantar canciones de cuna a niñitos desdentados.
¿Qué derecho tenía ella de estar disconforme, pensaba ahora, apoyada contra el árbol? Sólo porque todos los jóvenes la trataban con gran respeto, excepto, por supuesto, John Thorpe, quien con demasiada frecuencia olía a lo que transportaba, no era motivo para estar descontenta. Cuando tenía dieciséis años, en la edad de merecer y no tan mayor como ahora, cuatro hombres le habían propuesto matrimonio, pero el sacerdote había dicho que ella estaba predestinada para el servicio de Dios y no para la lujuria de ningún hombre, y se había negado a permitir ninguna boda. Alyx en aquellos tiempos se había sentido aliviada, pero cuanto más crecía, más le pesaba su soledad. Ella amaba su música y particularmente lo que hacía para la iglesia, pero a veces... como dos veranos atrás, cuando se había servido cuatro vasos de un vino muy fuerte en la boda de la primogénita del alcalde, había tomado la cítara y subida sobre una mesa había cantado una canción muy, pero muy impúdica, que fue inventando sobre la marcha. Por supuesto, el sacerdote debía haberla interrumpido, pero como tenía encima más vino que ningún otro de los presentes y rodaba por el suelo sosteniéndose el estómago de la risa por la canción de Alyx, no estaba en condiciones de ponerle freno a nadie. Esa había sido una velada maravillosa, cuando ella había formado parte de la gente que conocía de toda la vida y no fue dejada de lado por orden del sacerdote, como una reliquia sagrada de la calavera de San Pedro en la iglesia, muy inspiradora de respeto pero absolutamente intocable.
Ahora, como lo hacía siempre, comenzó a transformar sus pensamientos en canciones. Respirando profundamente, espaciando su respiración como le habían enseñado, empezó una balada sobre la soledad de la vida de una muchacha que buscaba el verdadero amor.
—Y heme aquí, pajarito cantor —una voz de hombre surgió detrás de ella.
Al concentrarse para empezar a cantar, verdaderamente su voz hubiera cubierto cualquier sonido, no había oído a los jóvenes jinetes acercarse. Eran tres, todos grandes, fuertes, saludables, vigorosos como, sólo podía serlo la nobleza, sus caras encendidas por lo que ella supuso una noche de jarana. Sus ropas, los suaves terciopelos y las pieles con joyas destellando aquí y allí, eran cosas que ella sólo había visto en el altar de la iglesia. Aturdida, se quedó mirándolos y ni siquiera se movió cuando un hombre rubio, el más corpulento, desmontó.
—Vamos, sierva —dijo, con un aliento pestilente—. ¿Ni siquiera conoces a tu propio señor? Permíteme que me presente. Pagnell, futuro conde de Waldenham.
El nombre devolvió a Alyx a la realidad. La poderosa familia Waldenham, rapaz y terrible, despojaba a los granjeros de cada centavo que poseían. Cuando ya nada les quedaba los echaban de sus tierras y los dejaban morir de hambre vagando por la comarca, mendigando su pan.
Alyx estaba a punto de abrir la boca para decirle a este detestable joven lo que pensaba cuando él la agarró violentamente, su fea boca acercándose a la suya, su lengua empujándola hasta hacerla callar.
—¡Puta! —jadeó, cuando ella cerró los dientes sobre su lengua—. Te enseñaré quién es el amo. —De un manotazo le arrancó la capa y en un instante sus manos estaban en el cuello de su vestido, rasgándolo con facilidad y dejando a la vista un hombro pequeño y vulnerable y la parte superior de sus pechos.
—¿Devolvemos al agua este pez tan insignificante? —gritó por encima de su hombro a sus amigos, que ya estaban desmontando.
La referencia a su falta de atributos físicos por encima de la cintura hizo que el miedo de Alyx se transformara en furia. Aunque había nacido en una posición socialmente inferior a la de este hombre, su talento le había valido no ser tratada como la inferior de nadie. Con un gesto que ninguno de los hombres pudo prever, Alyx se recogió las faldas, levantó una pierna y malignamente le dio una patada a Pagnell exactamente entre las piernas. Al instante se desató un gran estruendo. Pagnell se dobló en dos por el dolor, mientras sus compañeros trataban desesperadamente de oír lo que decía, ya que estaban demasiado borrachos como para comprender lo que estaba sucediendo.
Sin saber adónde iba o en qué dirección, Alyx echó a correr. Su capacidad pulmonar por los muchos años de ejercitar la respiración la ayudó. Corrió a campo a través tropezando dos veces, tratando de sostenerse las ropas desgarradas y con la falda levantada para tener sus pies en libertad.
A la altura de la segunda cerca, el odiado corral de las ovejas, se detuvo, aplastándose contra el poste, las lágrimas rodando por sus mejillas. Pero aun a través de las lágrimas podía ver a los tres hombres peinando el área para encontrarla.
—¡Por aquí! —oyó una voz a su izquierda—. ¡Por aquí!
Volviéndose en esa dirección, vio a un anciano a caballo, vestido con ropas tan ricas y lujosas como las de Pagnell. Con la mirada de un animal atrapado echó a correr nuevamente, lejos de este nuevo hombre que la perseguía.
Fácilmente él se le puso a la par con su caballo.
—Los muchachos no quieren hacerle daño —dijo—. Sólo están eufóricos y bebieron de más anoche. Si viene conmigo la alejaré de ellos, la esconderé en alguna parte.
Alyx no estaba segura de poder confiar en él. ¿Y qué pasaría si él la entregaba a esos nobles borrachos y lascivos?
—Vamos, muchacha —la apuró el hombre—. No quiero verte lastimada.
Sin pensarlo otra vez ella tomó la mano que le ofrecía. El hombre la alzó hasta ponerla delante de él en la silla y lanzó su cabalgadura al galope, hacia la distante línea de árboles.
—Los árboles del rey —jadeó Alyx aferrándose a la montura para no caer—. A ningún aldeano se le permitía penetrar en el bosque del rey, y ella había visto a muchos hombres colgados por haber cazado conejos allí.
—Dudo que Henry se moleste por esta vez —dijo el hombre.
Tan pronto estuvieron dentro del bosque, él la hizo descender del caballo.
—Ve ahora y ocúltate, y no abandones este lugar hasta que el sol esté bien alto. Espera hasta que veas a otros siervos ocupados en sus tareas, y entonces regresa a la protección de tus muros.
Retrocedió un momento mientras él le hablaba, sintiéndose una mujer libre, y se internó rápidamente en el bosque.
El mediodía tardó mucho en llegar, y mientras esperaba en el bosque oscuro y frío con el vestido destrozado y sin su capa, se dio cuenta con claridad de lo que habría podido ocurrirle a manos de los nobles. Tal vez fueran sus estudios con el sacerdote y el monje lo que la hacía creer que los nobles no tenían derecho a usar a la gente a su antojo. Ella tenía derecho a la paz y a la felicidad, tenía derecho a sentarse bajo un árbol y tocar su música, y Dios no le daba a nadie el derecho de quitarle tales cosas a otra persona.
Después de sólo una hora, la furia contribuyó a mantenerla caliente Por supuesto, sabía que el enfado venía en parte por algo que había sucedido el verano anterior. El sacerdote había hecho arreglos para que los niños del coro y Alyx, cantaran en la capilla privada del conde, el padre de Pagnell. Habían trabajado durante semanas, llegando al agotamiento de tanto ensayar. Cuando por fin llegó el momento, el conde, un hombre gordo afectado de gota, había gritado a voces que a él le gustaba que sus mujeres tuvieran más carne en el cuerpo y le dijo al sacerdote que la volviera a llevar cuando ella pudiera entretenerlo en algún otro lado que no fuera la iglesia. Y se había retirado antes de que se terminara el servicio.
Cuando el sol estuvo directamente sobre su cabeza, Alyx se arrastró hasta el límite del bosque y se tomo un buen rato para estudiar la campiña, buscando con la vista a cualquiera que pudiera parecerse a un noble. Cautelosamente regresó hasta el manzano; ya no más suyo, puesto que ahora estaba lleno de horribles recuerdos.
Allí Alyx sufrió un golpe mayor, pues rota en tiras y despojos yacía su citara, obviamente aplastada y pisoteada por los cascos de los caballos. Pronto, lágrimas ardientes de furia, odio, frustración e impotencia brotaron de su cuerpo, cayendo por sus mejillas descuidadamente. ¿Cómo habían podido hacer esto? se decía, recogiendo de rodillas un trozo de madera. Cuando su falda estuvo llena de astillas se dio cuenta de la inutilidad de lo que estaba haciendo y con toda su fuerza comenzó a arrojar los trozos contra el árbol.
Con los ojos secos, los hombros echados hacia atrás, comenzó a caminar hacia la seguridad de la aldea, su furia aplacada por el momento pero aún muy cerca de la superficie.
2
El gran salón de la mansión feudal estaba atestado de maravillosos tapices, los espacios vacíos cubiertos con armas de todo tipo. El mobiliario pesado, macizo, mostraba cicatrices de hojas de hachas y cortes de espadas. A la inmensa mesa se sentaban tres jóvenes, sus ojos muy enrojecidos por una corta vida de poco sueño y mucho vino.
—Fue más astuta que tú, Pagnell —rió uno de los hombres, llenando su copa de vino y salpicándose la sucia manga—. Te venció y desapareció como la bruja que es. Ya la oíste cantar. Esa no era una voz humana y sólo trataba de atraerte, y cuando te acercaste... —Se calló, se golpeó la palma de la mano con el puño y rió a carcajadas.
Pagnell apoyó un pie en la silla del hombre y la empujó, mandando hombre y silla al suelo.
—Es humana —gruñó—, y es indigna de mi tiempo.
—Bonitos ojos —agregó otro de los hombres—. Y esa voz. ¿No creíste cuando le metías la lengua que podía soltar una nota tal que los pelos de tus piernas se iban a rizar solos?
El primer hombre rió, enderezando su silla.
—¡Romántico! Yo habría hecho que me cantara una canción sobre lo que ella hubiera querido que yo le hiciera.
—Basta, vosotros dos —protestó Pagnell, bebiendo su vino—. Os digo que era humana y nada más.
Los otros hombres no dijeron nada y permanecieron silenciosos por un momento, pero cuando una muchacha de la servidumbre cruzó el salón, Pagnell la detuvo.
—En la aldea hay una joven que desde luego sabe cantar. ¿Quién es?
La sierva trató de desasirse de su doloroso apretón.
—Se llama Alyx —susurró.
—Deja de retorcerte o te rompo la mano —le ordenó Pagnell—. Y dime ahora exactamente dónde vive esta Alyx en ese miserable pueblecito vuestro.
Una hora después, en la oscura noche, Pagnell y sus tres compinches estaban en las afueras de la aldea amurallada de Moreton, lanzando ganchos dentados de acero por encima del muro. Después de tres intentos, dos ganchos quedaron bien sujetos y las cuerdas colgaban a lo largo del muro hasta tocar el suelo. Con mucha menos agilidad de la que tendrían si hubieran estado sobrios, los hombres treparon por las cuerdas hasta lo alto del paredón, deteniéndose un momento antes de retirar los ganchos y las cuerdas y deslizándose hasta el suelo por el angosto pasaje detrás de las apiñadas viviendas.
Pagnell hizo un gesto con el brazo ordenando a sus hombres que lo siguieran mientras él se dirigía lentamente hacia la parte delantera de las viviendas, buscando con sus ojos los nombres de las calles que colgaban sobre las silenciosas casas.
—¡Una bruja! —gruñó con furor—. Ya os voy a mostrar cómo es de mortal. La hija de un abogado, la hez de la tierra.
En la casa de Alyx hizo una pausa, deslizándose con rapidez hacia uno de sus laterales donde había un postigo con su aldaba. Con un fuerte golpe que provocó un sonido sordo, el postigo se abrió y él logró introducirse en el interior.
Arriba, el padre de Alyx yacía tranquilamente, sus, manos aferradas al pecho por el dolor que nuevamente se dejaba sentir. Al oír el ruido del postigo cediendo, se puso alerta, sin estar seguro del todo de lo que había escuchado. En la aldea no había habido robos desde hacía años.
Raspando con rapidez pedernal y yesca, encendió una vela y comenzó a bajar las escaleras.
—¿Qué es lo que están haciendo, granujas? —preguntó en voz alta mientras Pagnell ayudaba a sus amigos a entrar por la ventana.
Fueron sus últimas palabras, porque en un segundo Pagnell había cruzado la habitación, tomando al anciano por el cabello y hundiéndole profundamente una daga en la garganta. Sin mirar siquiera el cuerpo sin vida que se desplomaba en el suelo, volvió a la ventana para ayudar a sus amigos. Cuando todos hubieron entrado, se lanzó a subir las escaleras.
Alyx no había podido dormir después de la odisea de ese día. Cada vez que cerraba los ojos veía a Pagnell, olía su aliento fétido, sentía la lengua dentro de su boca. De alguna manera le había ocultado a su padre lo sucedido para no preocuparle, pero por primera vez en su vida había algo aparte de la música que ocupaba sus pensamientos.
Estaba tan alterada que al principio no oyó los ruidos en el piso inferior, cayendo en la cuenta de que algo sucedía cuando escuchó la voz enojada de su padre y el extraño sonido que percibió a continuación.
—¡Ladrones! —murmuró, deshaciéndose de las mantas de lana para quedar desnuda en medio de la habitación. Rápidamente alcanzó su vestido y se lo puso por la cabeza. ¿Por qué querría robarles alguien? Eran demasiado pobres para que valiera la pena asaltarlos. ¡El cinturón de Lyon! pensó, quizá se hayan enterado de eso. Corrió un pequeño panel en la pared, hábilmente levantó el falso fondo y retiró la única cosa de valor que poseía, un cinturón de oro, y lo ajustó a su cintura.
Un ruido en el cuarto de su padre la sobresaltó y oyó pisadas que se dirigían a su propia habitación. Se apoderó de un banquillo y de un pesado candelabro de hierro y se escondió detrás de la puerta, conteniendo el aliento.
La puerta se abrió muy lentamente girando sobre sus goznes de cuero y, cuando Alyx tuvo perfectamente a tiro la cabeza del desconocido, descargó sobre ella el candelabro, con todas sus fuerzas.
Pagnell cayó a sus pies encogido y mantuvo los ojos abiertos un solo instante para mirarla, antes de caer en la inconsciencia.
La vista del noble en su reducida vivienda le hizo revivir el terror de la tarde. Este no era un robo ordinario, y ¿dónde estaba su padre? Más ruidos de pisadas, sólidas, trepando las escaleras, la devolvieron a la realidad. Después de una mirada desesperada, supo que la ventana constituía su única vía de escape. Corriendo hacia ella, no se detuvo a pensar en lo alto que se encontraba cuando se deslizó hacia afuera y saltó.
En su caída se estrelló contra el suelo, donde rodó hasta el pie de la pared, atontada y sin aliento durante un horrible minuto. No había tiempo para permanecer en medio de la suciedad del suelo y trató de recomponerse. Renqueando por un dolor que le atenazaba un lado de la pierna izquierda, se arrastró hasta un lateral de su vivienda donde estaba entornado un postigo.
La luz de la luna no constituía una buena fuente de luz, pero junto a su padre había un candelabro con una vela encendida: todo lo que hacía falta para poder ver con claridad el enorme agujero en la garganta de su padre, cuya cabeza yacía en medio de un charco de su propia sangre.
Atontada, Alyx se retiró de la ventana y comenzó a alejarse de la casa. No sintió el aire helado en los brazos ni el frío penetrando a través de su vestido de lana toscamente tejido. Ya nada le importaba de Pagnell o de lo que éste pretendía hacer con ella o llevarse de la casa, porque ya la había despojado de lo más valioso que en ella había. Su padre, la única persona que la había amado no porque fuera una chica dotada para la música sino simplemente porque la quería, estaba muerto. ¿Qué más que la vida de su padre podía él tomar?
Caminando, sin ver adónde se dirigía, mitad cayó, mitad se desplomó frente a la iglesia, de rodillas y con las manos juntas, y comenzó a rezar por el alma de su padre para que fuera recibido en el paraíso como merecía.
Tal vez fueron los años de estudio de Alyx los que le permitieron concentrarse con tanta profundidad, o quizá fuera su dolor, porque no llegó a oír la algarabía que se formó a su alrededor, y no vio ni oyó tampoco las crepitantes llamaradas que consumían su hogar y quemaban el cuerpo sin vida de su padre. El constante miedo a que se declarara un incendio dentro del perímetro de la mur
