Hacia tu corazón

Ascen Núñez

Fragmento

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Capítulo I

Dejo toda mi anterior vida por ti, Sandra. Porque no podría entregar a otra mujer lo que es y será siempre tuyo, eran las palabras que seguían flotando en el aire, fuera donde fuese; las que le recordaban sus errores, sus pasos en falso, la miserable vida escondida tras la fachada del éxito que había construido como un gigante rascacielos al que el choque de una aeronave hubiera derribado en tan solo unas horas. Como el World Trade Center, el emblemático conjunto arquitectónico con el que había soñado en su juventud, cuando fantaseaba con vivir en Manhattan y convertirse en una exitosa ejecutiva, su existir acababa de derrumbarse para aplastarla.

Echó un último vistazo al apartamento antes de abandonarlo. Los muebles y la decoración exquisita permanecían intactos; no obstante, su toque personal había desaparecido por completo y en esos momentos se encontraba exactamente igual que el día en que lo vio por primera vez acompañada de Rose y del agente inmobiliario.

El coche esperaba abajo cargado a tope con cajas y maletas. Había cambiado el nuevo Ford Mustang por un GMC Sierra de 6 años y había ingresado en su cuenta la diferencia. También tenía señaladas en el mapa las ciudades con buenas casas de empeños que quedaban cerca de su ruta para vender sus caprichos decorativos, su equipo de fotografía y las joyas que ya no pensaba ponerse. Había decidido acabar con los lujos innecesarios que nada habían aportado a su vida; más tarde decidiría qué hacer con el líquido que obtendría tras la venta de lo que, para ella, ya solo eran trastos sin utilidad.

Con ilusión renovada vio desaparecer Manhattan, Nueva York, Nueva Jersey y Filadelfia antes de que el tórrido sol de finales de junio asomara por el horizonte. Le gustaba conducir de noche aunque, para su desgracia, no era algo que pudiera hacer a menudo, al menos en su anterior vida. La nueva comenzaba en aquel instante: dejaría de obsesionarse con el trabajo, disfrutaría de cada momento que le pudiera aportar una vida sencilla; como aquella de la que había huido en su adolescencia: la vida de sus padres, dos rancheros perdidos en una tierra inhóspita en medio del triángulo que formaban las grandes ciudades de Dallas, Austin y Houston.

Unos tímidos rayos anaranjados comenzaron a colarse por el horizonte y, con lentitud, fueron inundándolo todo: el negro cielo que, poco a poco, fue dibujando tonalidades de azul hasta fundirse con el naranja del horizonte; los centenarios robles con sus destellos rojizos que parecían mostrarle, a la orilla del asfalto, el camino a casa; el espejo retrovisor que, de vez en cuando, destellaba y le provocaba la visión de extraños dibujos amarillos y violáceos flotando por la carretera. Aún así, agradeció conducir hacia el suroeste y tener el bajo sol matutino a la espalda. Sería aún peor soportarlo cara a cara quemando sus retinas.

Faltarían menos de cien kilómetros para llegar a Baltimore cuando comenzó a tener pequeños lapsus de consciencia, aunque tardó aún diez kilómetros más en reconocer las inconfundibles señales de sueño. Después de todo, no había resultado tan buena idea la de levantarse a las tres de la madrugada. La ocurrencia podía haberle salido cara. Necesitaba con urgencia un café bien cargado y un contundente desayuno si quería llegar viva a su destino.

Paró en un motel donde se agolpaban camiones aparcados entre la gasolinera y la cafetería, se abrochó un botón más de la camisa y se puso las gafas de sol. No tenía ganas de soportar ordinarieces a horas tan tempranas.

Sintió decenas de ojos clavados en su trasero, pero prefirió ignorar las tórridas miradas de los desesperados camioneros y se sentó en una mesa apartada desde donde podría divisar la circulación de la concurrida interestatal y vigilar su coche. Una camarera de unos cincuenta años, vestida de un blanco impoluto y con el cabello largo y canoso recogido en una cofia, se acercó con una jarra de cristal que dejaba a la vista el oscuro líquido.

—Buenos días. ¿Desea un poco de café? —sugirió con una sonrisa amable.

—Sí, por favor —saludó Sandra con un bostezo—. Y tráigame tortitas con huevos y beicon.

La mujer dio la vuelta a la taza que reposaba boca abajo en la mesa, la llenó dejando unos milímetros hasta el borde y se acercó a ella para susurrarle al oído:

—Si alguno de esos bribones se mete con usted, no tiene más que decírmelo.

—Muchísimas gracias, Peggy —dijo fijándose en la placa con su nombre que llevaba clavada en el peto del delantal.

La camarera desapareció después de guiñarle el ojo.

A los pocos minutos apareció con unas tortitas en su punto justo: ni muy blancas ni muy hechas, tal como le gustaban. El beicon crujiente y los huevos con la yema cruda hicieron que devorase con una avidez insana el suculento manjar. No solía desayunar tan fuerte, sino que se limitaba a tomar un capuchino nada más llegar al trabajo y un sándwich vegetal a media mañana. Nunca había tenido complejo de estar gorda, pero le gustaba cuidarse. No obstante, aquella mañana el hambre le apretujaba las tripas con tanta fuerza que necesitó alimentarse de verdad, como los que había tomado durante años en el rancho de sus padres.

Una vez recuperada de su falta de sueño y del hambre que se había apoderado de su estómago de forma repentina, volvió a pasar por las mesas repletas de rudos camioneros que la arponeaban con sus lascivas miradas. Se dirigía a la barra para pagar cuando leyó el cartel ofreciendo trabajo en una de las paredes.

Sacudió la cabeza. ¿Estaba pensando en esconderse de no sabía qué en un perdido bar de carretera para que miles de camioneros devorasen sus curvas con la mirada? Absurdo.

Pagó la cuenta, salió del local que ya comenzaba a asfixiarla y entró en el coche. Por un momento, el rugido del motor consiguió disipar unos pensamientos que amenazaban con volverse más profundos, mas la sensación de mente en blanco le duró solo hasta que la monotonía de la carretera volvió a dejarle lugar a las cavilaciones. Y volvió a su recuerdo aquella fiesta organizada por Rose, su jefa hasta hacía solo unas semanas; uno de aquellos eventos que prometían el más cruel de los aburrimientos y que, de manera asombrosa, se convirtió en la noche que cambiaría su vida para siempre. Aún guardaba nítida la imagen del taxi, deteniéndose ante una verja de hierro forjado pintada de un blanco envejecido, que se abrió de forma automática nada más llegar a su altura. Un camino de piedra flanqueado por hermosos álamos llevaba a una hermosa mansión de estilo victoriano construida en piedra y madera, con dos plantas y una hermosa buhardilla cuyas ventanas salpicaban el tejado de un mágico encanto. Un pequeño torreón evocaba los cuentos que tantas veces había escuchado en boca de su madre, ya en la cama, donde su dulce voz se mezclaba con los sueños cuando, de forma involuntaria, se cerraban sus ojos mecida por un susurro.

Un ancho porche recorría la fachada principal de la mansión de Rose y daba paso a la casa a través de una robusta puerta de madera de roble. Conforme se acercaba a su destino, dos hileras paralelas de lujosos coches se arremolinaban en las inmediaciones del garaje. Respiró hondo y entró en la propiedad con andares majestuosos, como si la Cenicienta del cuento llegase por fin al castillo y cientos de ojos curiosos la observasen; aunque en realidad, a excepción del servicio, nadie se había percatado aún de su presencia.

La cocinera y la doncella la saludaron con la mano y le desearon suerte. Les hizo un gesto altivo con la cabeza para corresponder al saludo como una deidad que se apiada de los mortales y les concede el don de escucharlos. Al llegar a la puerta principal, Miguel, el viejo mayordomo de pelo cano y anchas espaldas, la recibió con una leve sonrisa sin perder un solo instante su porte estirado.

—Pase, señorita Stevens. Ha venido justo cuando vamos a servir la cena. Así se ahorrará el ritual de las presentaciones.

—Qué suerte —dijo soltando un suspiro de alivio—. Gracias, Manuel.

En efecto. Cuando llegó, los comensales se disponían a tomar asiento en la gran mesa del salón, vestida para la ocasión con un mantel del mismo color crema de las paredes. Centros de rosas rojas hacían juego con las molduras de escayola que remataban el techo, y con las esquinas adornadas con magníficas columnas de estilo jónico, tan embellecidas que hacía imposible imaginar que hubieran sido fabricadas en un material tan sencillo.

Los comensales se quedaron extasiados por su llegada, como si hubieran acudido solo por ella, para admirarla, adorarla y rendirle pleitesía. El vestido de color rojo burdeos le quedaba a la perfección: el corpiño palabra de honor, ceñido a la espalda con unos finos lazos a modo de corsé, dejaba parte de esta al descubierto; la falda, larga como mandaban los cánones de los vestidos de noche, a pesar de llevar vuelo, marcaba su figura y la estilizaba gracias a su suave caída; los zapatos, forrados en raso del mismo color del vestido, llevaban unas hebillas doradas que hacían juego con los adornos del bolso de mano y los pendientes; el cabello recogido hacia atrás, con varios mechones sueltos como si el azar hubiera querido dejarlos así por un descuido, le aportaban un toque a la vez elegante e informal que ensalzaba su natural belleza. Para rematar el conjunto, una hermosa gargantilla de oro salpicada de brillantes rubíes realzaba su cuello y un chal de hilo blanco bordado cubría la desnudez de sus hombros.

Parecía una princesa que acude al baile gracias al vestido confeccionado por la mágica varita de su hada madrina. ¡Qué sería de ella sin la inestimable ayuda de su amiga Louise! En contrapartida y, para romper con la magia de tan bello cuento, se encontraba la realidad: por muy hermoso que fuera el vestido, por lo mágico que pudiera resultar el momento, lo cierto era que solo se trataba de trabajo, de soportar una noche más las idioteces de su jefa, antes llorosa y ahora convertida en una viudita alegre, y a los viejos babosos a los que debería camelarse para que invirtieran en la empresa. Con mucha suerte, habría acudido algún ejecutivo joven, con buen aspecto exterior pero con el alma tan vieja como la de aquellos canosos accionistas que solían amenizar las cenas en la hermosa mansión de Long Island.

Ocupó la silla a la derecha de Rose y esta, presidiendo la mesa, brindó por la salud de los presentes antes de sentarse a comer. Los invitados, ya acostumbrados a las estrambóticas costumbres de la anfitriona, secundaron el brindis y tomaron asiento. Sandra aprovechó para echar un vistazo a los invitados. La mayoría eran caras conocidas; muchos de ellos entrados en años, acompañados de sus mujeres unos, de sus amantes otros. Solo tres o cuatro caras nuevas entre la veintena de invitados: una mujer joven que suponía sería la nueva novia de alguno de esos donjuanes maduros que ligaban a golpe de Visa, un hombre serio con una pronunciada alopecia aunque no demasiado mayor y dos hombres jóvenes bastante agradables de ver, sobre todo uno de ellos que llamó su atención desde el principio, con unos ojos negros que la escudriñaron hasta el punto de hacerla sentir incómoda.

Al acabar la cena y abandonar la mesa los invitados, pudo apreciar con más detalle la belleza masculina que, de forma increíble, se había interesado por ella. Alto, atlético, de anchas espaldas y piel bronceada; daba por hecho que se trataba de una persona que cuidaba su aspecto de manera minuciosa. Vestía un elegante traje gris antracita con la corbata en azul celeste que hacía destacar su tez morena; el cabello, de color oscuro sin llegar al negro, ligeramente ondulado y cortado a la perfección. Le habría parecido un típico metrosexual tan frío y estirado como ella; sin embargo, la mirada de sus ojos juguetones y la amplia sonrisa que regalaba a todo aquel que se acercaba a hablar con él mostraban a un hombre simpático de cálido trato.

Qué pena que estés tan ocupado, se lamentó mientras salía al exterior de la hermosa casa para respirar aire fresco y, de paso, desconectar del bullicio.

Desde el patio le llegaba el ruido apagado de la recepción, las risas de Rose, las obscenidades de algún que otro sesentón envalentonado por el alcohol y el tema principal de una hermosa banda sonora como música de fondo que en ese momento agradecía. Anduvo hasta el balancín que se hallaba junto a la piscina y se dejó caer sobre el mullido asiento apoyando la espalda en los cojines de colores que lo adornaban. Cerró los ojos. Bendita soledad. Cuánto le costaba arrancar al reloj unos simples minutos para ella misma, para pensar, para relajarse y escapar con su mente a miles de kilómetros de allí.

Los aromas del jardín llegaban a sus sentidos e impregnaban su alma de sensaciones placenteras: la humedad de la noche; el perfume de las plantas de floración nocturna que llegaba hasta ella mezclado con el sutil olor a mar; el sonido de un grillo solitario en la lejanía anunciando, en esa noche de marzo extrañamente cálida, la llegada del buen tiempo. El sopor que le producía el vino de la cena ayudaba en su momento de relax y, con mucha probabilidad, se habría quedado dormida allí mismo de no ser por la voz que la sacó con brusquedad de su particular isla desierta:

—Mucho jaleo, ¿verdad?

Abrió los ojos con desgana y lo vio. Aquellos ojos que la habían observado en la lejanía ahora le resultaban de una mirada intensa, casi fogosa, y no pudo evitar que el pulso se le acelerase. Vaya, nada mejor que no hacer caso al chico guapo de la fiesta para que venga en busca de una, se dijo mientras se erguía.

—Deseaba estar sola —protestó con una voz tan dulce que pareció afirmar lo contrario.

—Si quieres me voy —respondió él al tiempo que daba dos pasos hacia atrás en un amago de marcharse.

—No soy tan maleducada —apuntó con una fingida naturalidad—. Perdona, es que tengo que sacar el estrés de mi cuerpo de vez en cuando —se precipitó a disculparse ante la idea de que la única persona interesante de la fiesta huyera de ella.

—Rose es una negrera, ¿no?

—Es muy buena persona, pero incapaz de hacer algo sin que yo se lo supervise —se lamentó mientras se relajaba de nuevo en el asiento de una manera estudiada y coqueta.

—A mí me pasa igual. Necesito siempre que alguien vaya detrás de mí para confirmar mis pasos —declaró el moreno de ojos negros al tiempo que apartaba un mechón de pelo hacia atrás en un gesto nervioso—. Supongo que somos personas con problemas de autoestima.

Le pareció increíble que semejante bombón le hablara de falta de autoestima. ¿Qué podría provocar inseguridad en aquel hombre perfecto de modales refinados? Habría reventado si no hubiera hecho alusión a sus pensamientos. Él se defendió de su comentario con una fuerte risa que pareciera estar ahuyentando a los fantasmas que pululaban a su alrededor para quebrantar su espíritu.

—Las apariencias engañan, Sandra —observó el atractivo invitado para después mirarla con gesto interrogativo—. Porque tú eres Sandra, ¿verdad?

—La misma, ¿y tú?

—Puedes llamarme Johnny —fue su única y escueta contestación.

—¿Y se puede saber, Johnny, qué haces tú en esta aburrida fiesta?

—He venido a rescatarte, soy tu ángel de la guarda —bromeó a la vez que su risa ensordecedora volvía a apoderarse de él.

Sandra rio con él y no quiso insistir en el tema. Había aprendido a no volver a preguntar cuando le contestaban con evasivas; además, ¿qué narices le importaba quién fuera aquel macizo mientras le diera buena conversación? Sin embargo, y contra todo pronóstico, él mismo le confesó:

—He venido con Maggie.

Margarita Abad era dueña de una de las galerías de arte más conocidas. Española de origen y muy amiga de Rose, podía presumir de haber sacado del anonimato a varios genios de la pintura, la escultura y la fotografía. Decir que había venido acompañándola significaba que hablaba con un artista.

—¡¿En serio?! ¿Y a qué arte te dedicas con exactitud? —inquirió Sandra con gesto nervioso, impaciente por obtener respuesta.

—Soy pintor —aclaró él con una leve risa ante la expectación que había despertado.

Se levantó de un salto de su asiento con los ojos muy abiertos, brillantes de la emoción. No podía creerlo. Después de casi dos años de fiestas aburridas por fin tenía la suerte de haber encontrado a una persona interesante. Tenía que saber más, necesitaba saber más.

—¿Qué tipo de pintura? ¿Abstracta? ¿Impresionista?...

Johnny movió la cabeza hacia ambos lados con lentitud.

—Me gusta pintar las cosas tal como las veo, como los pintores clásicos.

Su respuesta la entusiasmó más aún. No se lo habría confesado de haber sido el caso, pero lo cierto era que no le hacían mucha gracia esos cuadros con formas geométricas, colores estrambóticos y trazos absurdos. En cuanto al arte, sus gustos eran de lo más clásico; como mucho, podía admirar a artistas como Picasso y Dalí, que, al menos para ella, tenían mucho que decir.

—Me encantan los pintores que son capaces de plasmar la realidad en el lienzo —aseguró con entusiasmo—. Desde el invento de la fotografía, los pintores se han dedicado a experimentar con el pincel, las pocas veces con éxito.

—Ese es tu parecer —observó su atractivo interlocutor notablemente en desacuerdo—. Yo admiro el impresionismo, aunque reconozco que no he llegado a ser capaz de plasmar las sensaciones de mi alma a través de los colores, por eso me dedico a la pintura clásica, porque par

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