Título original: The Girl of Summer Hill
Traducción: Gema Moral Bartolomé
1.ª edición: septiembre 2016
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
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ISBN DIGITAL: 978-84-9069-529-6
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Había un hombre desnudo en el porche trasero de Casey. Seguro que Casey habría llamado a la policía o, por lo menos, habría chillado, de no haber sido él tan increíblemente guapo.
En lugar de eso, sin tan siquiera pestañear, agarró a tientas la tetera eléctrica y vertió agua hirviendo sobre las sueltas hojas de té que había en el colador plateado. Buena parte del agua cayó fuera del tazón, sobre la encimera de granito, y luego se escurrió hasta el suelo de baldosas, pero ella no se dio cuenta.
Era tan temprano que aún no se había hecho de día, y Casey no se había molestado en encender la luz de la cocina. Pero luego él había encendido la luz del porche y, en medio de la neblina matinal, mirándolo a través de la puerta con tela metálica, era casi como si estuviera en un escenario.
Él había dejado caer la camiseta y el pantalón del chándal en el sendero de piedra; luego, totalmente desnudo y de cara a Casey, había subido los tres peldaños con toda su gloriosa masculinidad a la vista. Fue directo hacia ella, como si tuviera intención de entrar en la casa.
Casey acababa de despertarse y, cuando lo vio, pensó que seguía dormida y que estaba teniendo el mejor sueño de su vida. No solo el cuerpo era atractivo, también la cara. Cabellos, ojos, barba incipiente, labios realmente voluptuosos. La piel de todo su cuerpo tenía un tono dorado oscuro, y era esbelto, pero atlético. Los cabellos los llevaba largos, hasta el cuello, y, bajo la luz del porche, eran tan negros que parecían tener un brillo casi azul.
Una vez en el porche, no abrió la puerta de tela metálica para entrar. Lo que hizo fue girarse y ofrecer a Casey una magnífica visión de perfil.
¡Dios! Pectorales. Abdominales. La curva de su trasero, muslos como los de un patinador olímpico.
Casey logró parpadear unas cuantas veces. Seguro que aún estaba dormida. Seguro que él no era real.
Él pareció hacerle algo a la pared, y segundos después empezó a llover. Eso tenía sentido. La deidad que controlaba los cielos debía parecerse a aquel hombre.
Pero no, era una ducha exterior que parecía sujeta a la pequeña casa de invitados. Casey no había reparado en ella; era invierno durante los pocos meses que llevaba en la ciudad. Pero el día anterior había sido tan cálido que había abierto todas las puertas y ventanas para refrescar la casa mientras cocinaba. Cuando por fin se había ido a la cama, hacía tanto calor que se había limitado a echar el pestillo a la puerta de tela metálica y a dejar abierta la puerta para que corriera la brisa.
Casey agarró la taza de té y le dio un sorbo mientras observaba cómo él se enjabonaba.
Tenía un taburete alto al lado. Casey lo encontró a tientas y se sentó en él sin apartar los ojos del hombre. Mientras él se pasaba las manos por todo el cuerpo, Casey estaba cada vez más segura de que soñaba. Y estaba igualmente segura de que se despertaría si le quitaba los ojos de encima.
Le vio enjabonarse las piernas y la entrepierna, luego continuar hacia arriba. Tenía tantos problemas para alcanzar toda la extensión de su espalda que a Casey le entraron ganas de quitarse el pijama y unirse a él.
«¿Puedo ayudarte?», le preguntaría. Él no diría una sola palabra. Se limitaría a tenderle el jabón y ella se pondría manos a la obra.
Desde luego, a ella tampoco le iría nada mal lavarse un poco, así que él le frotaría la espalda. O la delantera. O lo que le diera la gana.
Quizá fuera porque ella estaba sentada en una zona oscura y él estaba a plena luz por lo que todo parecía como una película. Casey bebía té y observaba la escena con una sonrisa soñadora en los labios.
Había estado trabajando en la cocina hasta la medianoche y ahora era muy temprano. Kit le había dicho que quería tener la comida en el teatro a las ocho, y ella había interpretado que la quería preparada y lista para servirse. Por la noche había llamado a su hermano Josh para preguntarle si, por favor, por favor, podía proporcionarle algunas mesas. «Hazlas con caballetes o con tocones de árbol, lo que sea que pueda encontrar un hombre fuerte y viril como tú», era el mensaje de voz que le había dejado en el contestador. «Es solo para tener un sitio donde poner toda la comida. Kit me dijo que seguramente la mitad del pueblo se presentaría a las pruebas. ¡Por favor, por favor! Te guardaré unos cuantos de esos buñuelos rellenos de crema que tanto te gustan.» Esto último lo dijo con la voz más zalamera que pudo. Teniendo en cuenta que había permanecido en pie más de catorce horas, se preguntó si no habría sonado más patética que persuasiva.
Pero la visión del hermoso hombre desnudo le compensaba por el día anterior. Ahora se iba a aclarar. Alargó la mano hacia la alcachofa de ducha de la pared para agarrarla, y empezó a rociarse con agua aquel cuerpo suyo tan espectacular.
Casey se llevó el tazón de té a los labios, completamente hipnotizada. No podía hacer más que mirar. Los largos cabellos de él estaban mojados, pegados al cráneo. De perfil sobresalían sus fuertes rasgos, que tenían algo de familiar.
Cerró el agua y luego miró en derredor buscando algo.
«Necesita una toalla», pensó ella, y se le pasó por la cabeza abrir la puerta y darle una.
Cuando él se dirigió hacia la puerta como si tuviera intención de entrar, a ella le pareció que se le paraba el corazón. Ahora estaba más despierta y era consciente de que había estado espiando a un hombre que se daba una ducha. No era muy educado que digamos. ¡Desde luego a ella no le habría gustado que se lo hicieran!
Cuando él colocó una mano sobre el pomo, a Casey se le aceleró el corazón. No se atrevió a moverse por miedo a que la viera.
Él dejó caer la mano y bajó los escalones del porche, recogió los pantalones del chándal y se los puso, y ella dejó escapar un suspiro de alivio. No se enteraría nunca. ¡Bien!
Pero cuando él iba a recoger también la camisa, sonó el móvil de Casey. Se había olvidado de que lo había dejado cargándose sobre la encimera. Siguió sonando mientras alargaba el brazo y luego le daba torpemente al botón de manos libres, justo cuando saltaba el contestador.
«Oye, hermanita, he usado un sable para talar un par de robles y tallar unas mesas. Pero también he pedido prestado otro par a la iglesia. Si quieres que te recoja y os lleve a ti y a tus teteras en mi camioneta, dímelo. Si no me dices nada, nos veremos a las ocho.» Colgó.
Casey no se había movido ni había apartado los ojos del hombre. Al sonar el móvil, él había dejado caer la camiseta y se había vuelto para mirar hacia la puerta.
Ella estaba casi segura de que la había visto. Llevaba puesto el pijama blanco, el del dibujo de un plato corriendo y la cuchara y la vaca saltando por encima de la luna, que le había regalado su madre. Demasiado infantil para ella, y se le ceñía demasiado a la curvilínea figura, pero, ay, era tan reconfortante.
Fuera empezaba a clarear y Casey sabía que seguramente era visible dentro de la cocina en penumbra. Pero tal vez no. Tal vez podría escabullirse escaleras arriba y fingir que no había visto a nadie.
Tan deprisa como pudo, dejó el tazón y se bajó del taburete.
Pero no fue lo bastante rápida. Él subió los escalones y alcanzó la puerta en segundos. Cuando intentó abrirla, el pestillo se lo impidió.
Pensando que disponía de una prórroga, Casey dio un paso hacia la sala de estar, pero un ruido hizo que se diera la vuelta.
El hombre, desnudo de la cintura para arriba, traspasó la tela metálica con el puño y levantó el pestillo.
Vale, ahora sí que estaba asustada. El hombre era fornido y parecía furioso. Casey miró en dirección al móvil, pero estaba en medio de los dos. Su encantadora casita estaba situada en medio de cuatro hectáreas de jardín y bosque. Si chillaba, no la oiría nadie.
—¿Qué? ¿Lo ha captado todo bien? —preguntó él, y dio un paso más hacia Casey.
Su voz era grave... y amenazadora. Quizá si Casey echaba a correr podría llegar a la puerta principal y salir de allí. Pero entonces ¿qué? Solo había una casa cerca, la mansión, y estaba vacía.
Así que puso los brazos en jarras, respiró hondo y se encaró con él. Unos minutos antes, le seducían la envergadura, los músculos y la virilidad de aquel hombre; ahora resultaban amenazadores. No creía que pudiera escapar de él, pero quizá si no se amedrentaba lograría que se fuera.
—Vivo aquí —dijo—. Ha forzado la entrada de mi casa.
Él se detuvo a tan solo un metro de ella.
—¡Y una mierda! ¿Para quién trabaja? ¿Dónde está?
Casey reculó un paso. ¡Menuda voz tenía! Grave y sonora. Y hacía unas preguntas absolutamente desconcertantes.
—Trabajo por mi cuenta. Tengo un servicio de comidas y me encargo del catering para fiestas privadas.
Él dio otro paso hacia delante.
—¿Y eso qué es, un negocio suplementario? ¿Dónde lo tiene escondido?
El miedo de Casey empezaba a convertirse en confusión.
—¿El qué? ¿Qué es lo que quiere?
Él se apoderó del móvil de Casey y el cable del cargador se soltó.
—¡Por favor, dígame que no ha usado esto! Creo que merezco algo mejor que un móvil. —Volvió a dejar el móvil sobre la encimera, luego se dio la vuelta y miró a Casey de arriba abajo.
Casey sabía que su aspecto dejaba mucho que desear. ¿Qué mujer querría que un tío bueno la viera con un pijama que era perfecto para una niña de cinco años? Y el pelo lo tenía tan enmarañado como un nido de pájaros y seguramente lleno de harina y mermelada de frambuesa. Se había desplomado en la cama la noche anterior sin molestarse en darse una ducha primero.
Tal vez fuera por orgullo, pero la sensación de miedo desapareció por completo. Echó los hombros hacia atrás.
—No sé quién es usted, ¡pero quiero que salga de mi casa ahora mismo! —Agarró su móvil—. Creo que al sheriff le gustaría enterarse de que un hombre se ha presentado medio desnudo en mi porche y que ha roto la tela metálica de mi puerta para meterse en mi casa y amenazarme. A menos que quiera acabar esposado, le sugiero que se marche inmediatamente.
Él se quedó allí plantado, mirándola fijamente sin decir nada, pero con expresión sorprendida. Abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla. Dio media vuelta y abandonó la casa, dando un portazo al salir.
Durante un rato Casey permaneció quieta, clavándose las uñas en las palmas de las manos, observando su partida. Él no se detuvo para recoger la camiseta, sino que siguió andando, giró a la derecha y desapareció de la vista.
De repente, Casey se sintió exhausta. Logró llegar a la sala de estar y se dejó caer en el sofá. Le zumbaban los oídos. Recostó la cabeza e intentó tranquilizarse mediante ejercicios de respiración.
¡Aquel hombre estaba tan furioso!
Cuando Kit le había dado su pequeña casa de invitados para vivir en ella, a Casey le había parecido perfecta. En otro tiempo había sido la cocina de una vieja plantación de Virginia, y la enorme chimenea que se utilizaba entonces para cocinar ocupaba la sala de estar. Años atrás alguien había ampliado la vivienda, añadiéndole una excelente cocina a un lado y un dormitorio y un cuarto de baño en el piso superior. Incluso había un huerto fuera, al lado de la casa.
Kit le había preguntado si no le importaba vivir tan aislada, y Casey le había respondido que no, que le encantaba. La mansión, que habían reformado y redecorado antes de que llegara ella, estaba vacía y cerrada a cal y canto. Durante seis años, antes de irse a vivir a Summer Hill, Casey había trabajado como chef principal de uno de los restaurantes más populares de Washington D.C. Después del ruido y el caos controlado de aquel lugar, la quietud de la vieja plantación era el paraíso.
Pero esta mañana se había vuelto alarmante.
Casey empezaba a recobrar el sosiego. Necesitaba pensar en qué debía hacer. Meditándolo bien, le pareció que debería llamar al sheriff y denunciar lo ocurrido, incluyendo su embarazoso voyeurismo.
Aún tenía el móvil en la mano y se dio cuenta de que tenía un mensaje de voz de Kit. Cuando tocó la pantalla, le temblaba la mano.
«Casey, querida —dijo la voz fuerte de Kit—, sé que es tarde y espero que te hayas acostado ya. Solo quería decirte que el dueño de Tattwell ha regresado. Sé que crees que yo soy el dueño de la casa, y me disculpo por el subterfugio, pero mi primo me hizo jurar que le guardaría el secreto. De todas formas me ha parecido que debía avisarte por si ves a un par de hombres desconocidos por ahí. El dueño es Tatton Landers y ha ido con su mejor amigo, Jack Worth. Son dos jóvenes muy agradables, así que espero que les des la bienvenida. Tengo que dejarte. Nos vemos en la audición.»
Casey escuchó el mensaje dos veces para intentar asimilar toda la información que contenía. «¿Jack Worth?», pensó. Ese era el nombre de un actor que le gustaba mucho. Su último novio era un fanático de sus películas y tenía todos los DVD. Nunca se habían perdido el estreno de una nueva película de Jack Worth.
Pero no era el hombre del porche.
Casey respiró hondo. ¡Todo aquello era ridículo! Jack Worth era un nombre muy corriente. Era imposible que Kit se refiriera al actor.
Siguiendo un impulso, introdujo el otro nombre, Tatton Landers, en el buscador de su móvil, y pronto apareció la información. Allí estaba. Había miles de fotos en internet del hombre al que había observado mientras se duchaba en su porche. En la mayoría de ellas aparecía con traje de época: un caballero con armadura, con apretados calzones de estilo Imperio, con un jubón de cuero como el que llevaría Robin Hood.
—Por supuesto —dijo en voz alta—. Tate Landers.
No había visto ninguna de sus películas, pero una amiga suya le había hablado de él, porque le gustaban las películas románticas e iba a verlas todas. A Casey nunca le habían interesado, así que solo había escuchado a medias lo que le contaba su amiga, y luego se había burlado de ella.
—Tienes un doctorado en psicología y se te cae la baba por un actor que dice: «Oh, Charity Goodheart, tus ojos son como esmeraldas. Tienes que ser mía.»
—No lo entiendes, ¿verdad? —le había dicho su amiga—. Vivimos en un mundo de metrosexuales. Tate no es así. Él echa a las mujeres sobre la silla de su caballo y les dice que cierren la boca.
Casey se horrorizó.
—¿Qué le dirías a una de tus pacientes si te dijera que su novio le hace algo así?
—Le daría el número de teléfono de un centro para mujeres maltratadas y me aseguraría de que fuera allí. Pero eso es la realidad; Tate es fantasía.
Casey meneó la cabeza mirando a su amiga.
—Ese tipo es un actor. En la vida real seguramente lleva camisas de color rosa y se depila las cejas.
—¡Tate no! He leído que...
Casey había levantado las manos al cielo. Su amiga había intentado convencerla para que fuera a ver películas románticas, pero ella se había negado. Tenía demasiado trabajo y muy poco tiempo libre, que no pensaba malgastar en una de esas sagas ñoñas.
Y al parecer ahora vivía en una casa cuyo dueño era una gran estrella de cine... que la detestaba.
«Y con razón», pensó Casey. Una cosa era mirar a un tipo medio desnudo cortando el césped, pero cuando la gente espiaba a figuras públicas, a menudo acababan ante un tribunal. Y luego iban a prisión.
¿Qué había dicho él? «¿Dónde está?» Y «¡por favor, dígame que no ha usado esto! Creo que merezco algo mejor que un móvil».
«Pensaba que le estaba fotografiando», pensó Casey en voz alta. Él creía que le había sacado fotos con un móvil y su ego se había sentido ofendido. A pesar de la gravedad de la situación, Casey no pudo reprimir una sonrisa. No era de extrañar que se hubiera esfumado ante la mención del sheriff. A la prensa sensacionalista le encantaría una foto del héroe romántico esposado.
—Tengo que arreglarlo —dijo en un susurro, poniéndose en pie. Necesitaba disculparse y explicarse, y luego volver a disculparse.
Miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea. Aún era temprano, así que podía tomarse una hora para hacer lo que mejor se le daba. Iba a cocinar algún plato delicioso y llevárselo a él. Utilizaría su voz más meliflua para conseguir que la perdonara. Y le aseguraría que acababa de entrar en la cocina al oír sonar el móvil, así que solo lo había visto sin la camiseta.
«Eso es», pensó. Unas cuantas mentiras, un poco de su pollo glaseado con miel y un buen cóctel mimosa, y quizás él no la echaría a patadas de su cómoda casita. Ni la enviaría a la cárcel.
Tenía un plan.
Una hora más tarde, Casey llegaba con comida a la mansión, como la llamaban todos en el pueblo. Había utilizado algunas de las cosas que ya tenía preparadas para el grupo de Kit, y luego había añadido algunas cosas más. En un recipiente hermético llevaba pollo glaseado con miel asado a fuego lento y puré de boniato con huevos fritos encima. También había untado con mantequilla pan casero recién hecho y lo había pasado por la plancha.
No le resultó fácil ensayar lo que iba a decir. Disculparse profusamente, explicar que no sabía que había una ducha en el porche y... ¡No! Se suponía que no sabía que él se había dado una ducha. Su historia era que estaba en la cama, había oído sonar el móvil y había bajado corriendo las escaleras.
Había un viejo sendero pavimentado de ladrillos que discurría desde la casa de invitados hasta la parte trasera de la mansión. La mayor parte del terreno estaba demasiado cubierto de maleza para atravesarlo, pero Casey había explorado la zona cubierta de nieve de alrededor de la mansión durante el invierno. Al final había acabado por gustarle la superficie irregular del sendero, e incluso había memorizado los lugares en los que sobresalían los ladrillos, para no tropezar con ellos.
Pero ahora mismo no le hacían ninguna gracia. El recipiente era pesado y ella estaba tan nerviosa que temía dejarlo caer. Si se le caía, estaba segura de que le pedirían que desalojara la casa de invitados. Y entonces ¿dónde iba a vivir? Los que tenían casa junto al lago empezaban a prepararla ya para el verano, lo que significaba que también estaba llegando el personal de servicio de restaurantes y tiendas. Los apartamentos de un dormitorio se llenarían de universitarios, por lo menos seis en cada uno, que trabajarían por turnos.
Casey se estremeció involuntariamente al pensarlo. No, le gustaba el sitio donde vivía y quería quedarse en él.
Nunca había estado dentro de la mansión, pero durante el invierno había intentado mirar por las ventanas. La mayoría tenían las persianas bajadas o las cortinas corridas, pero sabía dónde estaba la cocina y que al lado había una salita acristalada para el desayuno.
Vio la luz encendida en la salita. Al igual que ella, el señor Landers tenía todas las ventanas abiertas y solo estaban cerradas las puertas de tela metálica. Al acercarse, Casey lo vio sentado a una mesa blanca, con la cabeza gacha, y se detuvo. Landers vestía tejanos y camisa a cuadros y parecía... bueno, bastante triste.
Casey se apartó de la vista. «Por favor, dime que no he sido yo quien lo ha dejado así», pensó. El pobre tipo seguramente había ido al pequeño y aletargado pueblo de Summer Hill buscando algo de paz, y le había recibido lo que él creía que era una periodista que le hacía fotos al natural.
Casey echó un vistazo al pesado recipiente que llevaba. Tal vez, posiblemente, la comida serviría para animarlo y para hacer que la perdonara. Y después podría presentarle a algunas personas para que no se sintiera tan solo.
Poniendo una sonrisa en la cara, se volvió hacia la puerta. ¿Le daría la bienvenida o llamaría al sheriff?
Cambió el recipiente de posición para tener una mano libre con la que llamar a la puerta, pero se detuvo de repente. En la salita entraba en aquel instante el actor Jack Worth llevando únicamente unos pantalones de chándal de talle muy bajo.
Casey se aplastó contra la pared y, por segunda vez esa mañana, se le desbocó el corazón. Había visto a Jack Worth en la gran pantalla, elevado a proporciones épicas mientras recorría las calles velozmente en moto, saltaba de un edificio a otro, descendía montañas en rapel, al tiempo que salvaba a la chica. Sus películas eran acción pura y dura.
Todo lo que pudiera imaginarse, Jack Worth lo había hecho para la pantalla, y por lo general vistiendo el mínimo de ropa posible. ¡Y Casey era una de sus mayores fans! Siempre había soñado con conocerlo.
«Tengo que controlarme —pensó Casey—. Cálmate. Nada de hablar sin ton ni son ni de mirarlo embobada, haciendo el ridículo.»
Pero no consiguió tranquilizarse. Dos hombres guapísimos desnudos, o casi, en un solo día. Su ángel guardián qué era, ¿un encanto o un demonio sádico?
Respiró hondo, enderezó la espalda y se volvió de nuevo hacia la puerta.
Pero entonces Jack habló. Su voz le resultó tan familiar a Casey como la suya propia. No se parecía en nada a la del seductor James Bond. La voz de Jack era áspera y cavernosa, ruda. Evocaba el peligro.
Casey volvió a pegarse contra la pared. ¡Realmente hablaba así! No eran ajustes de sonido, era su voz real.
—¿Por qué estás tan gruñón? —Casey oyó la voz de Jack desvaneciéndose cuando él se dirigió a la cocina.
—Kit ha metido a una chica en mi casa de invitados.
Casey se quedó petrificada, conteniendo la respiración. Estaba a punto de conocer el destino que la aguardaba.
—Eso está bien —dijo Jack, regresando a la salita—. Necesitas a alguien que cuide de este sitio cuando tú no estás. La nevera está vacía.
—Eso es lo que ocurre cuando no te traes al cocinero de casa.
—¿Alguna posibilidad de que nos sirvan a domicilio?
—¿En la Virginia rural antes de que se haya hecho de día? —respondió Tate—. Ni lo sueñes. Hay café, tómate uno.
Jack se sirvió una taza de la cafetera que había sobre la mesa y bebió.
—Está bueno. ¿Quién lo ha hecho? —Miró a Tate—. ¿Qué tenemos para hoy?
—Yo he hecho el café. Kit quiere que... —Cuando Tate alzó la vista, sus ojos tenían una expresión sombría—. Va a producir obras de teatro, incluso ha comprado un edificio y ha construido un escenario. —Tate hizo una pausa—. Su primera producción será Orgullo y prejuicio y quiere que la lea con las mujeres que van a hacer la prueba para el papel de Elizabeth.
Jack se echó a reír.
—Teniendo en cuenta que eres el único Darcy que ha logrado derribar a Colin Firth de su pedestal, estoy seguro de que atraerás a un montón de aspirantes a Lizzys, Janes y todas las demás.
—Supongo. Kit dice que quiere levantar el ánimo de la comunidad y atraer de vuelta al pueblo a la gente que tiene casa en el lago. Al parecer han empezado a ir en coche a Richmond para hacer las compras, y las ventas locales se resienten. Los beneficios de la función se destinarán a obras benéficas, así que no he podido negarme.
Fuera, Casey se dio cuenta de repente de que estaba espiando de nuevo. ¿Pero qué le pasaba hoy? Hizo ademán de marcharse, pero entonces oyó decir a Jack:
—¿Crees que habrá comida en la audición?
—Sí, y creo que la va a cocinar la chica esa que está en mi casa de invitados.
A Casey le resultó entonces tan imposible alejarse como echar a volar.
Jack soltó un bufido.
—¿Qué demonios te ha ocurrido para que te hayas convertido en uno de tus personajes? Pareces a punto de ensartar a alguien con tu espada.
—Me estaba espiando.
A Casey se le subió el corazón a la boca.
—Oh, oh. Eso está mal —dijo Jack—. ¿Estaba oculta entre los arbustos? ¿Le has quitado la cámara?
—Nada de arbustos —contestó Tate—. Y no estaba escondida. No creo que haya hecho fotos. Pero sí creo que me ha estado observando mientras me duchaba.
Jack tomó aire, horrorizado.
—¿Se ha metido a hurtadillas en la casa? Tenemos que llamar a la policía. No puede...
—¡No! —exclamó Tate—. Ella estaba en la casa de invitados y yo he usado la ducha del porche. Pero no lo habría hecho si Kit me hubiera contado que había alguien viviendo allí.
Jack se tomó su tiempo antes de hablar.
—¿Está viviendo en una casa por la que seguramente paga un alquiler, tú estabas desnudo en su porche, y te ha visto? ¿Pues dime qué mal ha hecho?
El corazón de Casey se sosegó. ¡Tenía un defensor! «Te quiero, Jack Worth», pensó.
—Ha sido su forma de observarme lo que me ha cabreado, eso es todo —replicó Tate—. ¿Por qué no te vistes y vienes conmigo a esas audiciones?
—¿Para una obra local? No, gracias. Creo que me volveré a Los Ángeles mañana. Este es todo el ambiente rural que puedo soportar. Las neveras vacías no me llaman.
—Te estás volviendo blando. Pero creo que me volveré contigo mañana, después de esa maldita audición, claro.
—Bueno, ¿y cómo era la chica? ¿Y qué edad tiene?
Casey contuvo el aliento. ¿Qué diría de ella? ¿«Tenía mermelada en el pelo, pero estaba bien»? Sería agradable oír algo así.
—Veintitantos, supongo —respondió Tate—. Llevaba un pijama de niña, así que quién sabe cómo es. Estaba demasiado enfadado para fijarme.
—Una mujer con pijama. Me gusta —afirmó Jack—. ¿Y cocina?
—O eso, o se le da estupendamente dejar la cocina hecha un asco. Había cacharros y cuencos por todas partes. Y pan. Por el olor que hacía, lo había horneado ella.
Jack soltó un gemido.
—Creo que me estoy enamorando de ella. Con pijama y hornea pan. ¿Dónde está la casa de invitados y qué aspecto tiene ella? ¿Bonita de cara?
—Está bien, supongo. Bonitos ojos, pero no me ha seducido.
Una vez más Casey se sintió desanimada. Eso le pasaba por fisgar. Vale, tal vez podría perder unos pocos kilos, pero a otros hombres les gustaban sus curvas. Pero no a aquel altivo y famoso actor. Como muy bien había señalado Jack, Tate no tenía derecho a enfadarse con ella por estar en su propia casa, ¡pero eso a la supuesta celebridad le daba igual!
Casey se apartó de la pared. Pensó en dejar el recipiente en el escalón, pero no lo hizo. Con lo altanero que era Tate Landers, seguramente tiraría toda la comida. No sería lo bastante buena para alguien tan grandioso y de tanta categoría.
Jack estaba de pie junto a la mesa, mirando a su amigo con el ceño fruncido, cuando un movimiento en el exterior atrajo su atención. Fue hasta la puerta y miró.
Una mujer joven con un recipiente grande entre las manos se alejaba deprisa. Y por sus andares, no iba contenta.
Llevaba tejanos y una camiseta. A Jack le gustó su figura. Su trasero trazaba una redondeada curva, y cuando se volvió ligeramente, Jack reparó en que también tenía una buena delantera. Se alegró de ver a una mujer sana y normal. La mayoría de las jóvenes actrices con las que trabajaba estaban esqueléticas. Claro que la cámara añadía kilos, así que se veían presionadas para mantenerse muy delgadas.
La chica llevaba los cabellos recogidos en una cola de caballo que se agitaba de un lado a otro. El sol de la mañana se reflejaba en ellos. Jack no le veía la cara, pero si era la mitad de estupenda que el resto del cuerpo, le valdría. Pensándolo bien, tendría que hacer una visita a la casa de invitados.
Se volvió para mirar a Tate, que observaba su taza de café con el ceño fruncido. ¿Qué diablos le pasaba? En público, Tate era una persona muy reservada. Cuando tenía que asistir a algún acto, solía ir acompañado de su hermana.
Pero cuando estaba con sus amigos, casi siempre estaba relajado y reía. Jack sabía que Tate había planeado quedarse al menos un mes en Summer Hill. A Tate le gustaba la compañía de su primo Kit, que tenía edad suficiente para ser su padre, claro que quizá por eso le caía tan bien. Y a Jack le había contado que recientemente había contactado con otros parientes que también se habían mudado al pequeño pueblo de Virginia. Todo era perfecto.
Entonces ¿por qué estaba allí sentado con aire abatido? ¿Por qué no había salido a dar una vuelta por el lugar? ¿Y por qué temía ir a una audición local? A Tate se le daba muy bien tratar con las hordas de féminas chillonas que lo seguían a todas partes.
Jack vio a la joven desaparecer entre los árboles.
—¿De qué color tiene el pelo? —preguntó, evitando a propósito mencionar de quién era el pelo.
—Rojizo. Creo que era su color natural.
—¿Ah, sí? —comentó Jack—. ¿Algo más que tuviera natural?
El ceño de Tate se disipó y sonrió levemente.
—Por el modo en que se han movido cuando me ha echado de la casa, diría que sus pechos son muy naturales.
Jack arqueó una ceja.
—¿Cómo dices que era su pijama?
La sonrisa de Tate se hizo más amplia.
—Muy fino y a medio desabrochar. Y arrugado de estar en la cama. No llevaba nada debajo.
Jack tuvo que hacer esfuerzos para no sonreír.
—¿Estás seguro de que quieres irte de aquí mañana?
Tate sonrió de oreja a oreja, algo que solo sus amigos solían ver.
—Ve a vestirte. Tengo que leer un guion y Kit no quiere que vaya hasta después de comer.
—Creo que yo iré luego. Nos vemos allí. —Jack subió la escalera en dirección a su dormitorio riendo entre dientes—. Conque no te ha seducido, ¿eh?
—Hola —dijo Jack desde el otro lado de la puerta de Casey.
Casey estaba metiendo comida en bolsas y pequeñas neveras, preparándose para llevarlo todo al viejo almacén donde se estaba levantando el escenario. Por desgracia, aplicaba tanta fuerza que casi rompe un plato de plástico.
—Hola —repitió Jack más fuerte, dando unos golpes en el marco de la puerta con los nudillos.
Casey dio un respingo.
—Lo siento, yo... Oh. Eres tú. —Abrió los ojos como platos.
—¿Puedo entrar?
—Por supuesto, pero esto está hecho un asco.
—Cuando un lugar huele tan bien como este, para mí es perfecto.
—Tengo que... —empezó a decir ella, pero se interrumpió. Jack Worth, su estrella de cine predilecta, estaba en su cocina. Lo primero que pensó fue lo extraño que resultaba verlo al natural. Era guapo, pero también humano, normal. Y ese momento reconoció en él a una persona hambrienta, justo lo que a ella se le daba mejor solucionar—. ¿Te gustaría comer algo?
—Por favor —pidió él.
Minutos más tarde, Jack estaba sentado en el extremo más alejado de la isla de la cocina, delante de un festín. Casey había abierto todos los recipientes y le había servido un poco de cada. Calentó el puré de boniato y frio huevos frescos para ponerlos encima.
—Esto es fantástico. —Jack estaba comiendo un bollo con nueces y jarabe de arce mientras paseaba la mirada por las hileras de tarros de mermeladas caseras tapados con telas a cuadros blancos y rojos. En una pared lateral había sartenes colgadas de todos los tamaños, suficientes para alimentar a una multitud. Entre las grandes puertas que daban al exterior había tres estanterías altas y estrechas llenas de libros de cocina, carpetas y cajas de tarjetas. Junto a la gran cocina de acero inoxidable había estantes llenos de botellas de aceite de diferentes colores, la mayoría con hierbas y pimientos en el interior—. Lo digo en serio, hasta el último centímetro de este sitio es fantástico.
Casey sonrió, complacida por el cumplido. Si le hubieran dicho que iba a conocer a Jack Worth, habría dicho que se convertiría al instante en una fan enloquecida. Pero, mientras lo observaba comiendo, se dio cuenta de que se sentía igual que con su hermano.
—Disculpa, pero tengo que guardar todo esto.
—Adelante —dijo Jack—. ¿Cómo vas a transportarlo?
—Tengo que llamar a mi hermano para que venga con su camioneta.
—Tate tiene una camioneta grande en el garaje. Puedo ir a por ella y llevarte.
Ella lo miró pestañeando. ¿Ir en coche con Jack Worth? Por su cabeza pasaron todas sus escenas peligrosas con coches volando por los aires.
—Prometo mantener las cuatro ruedas en el suelo.
—Entonces prefiero ir con otra persona —le aseguró ella solemnemente.
Jack se echó a reír.
—Vale, la próxima vez iremos en el Jeep y buscaremos carreteras difíciles.
—Hecho. —Casey metió un guiso de calabaza en la nevera—. Pero será mejor que no le digas a... él, al dueño, a quién vas a llevar en la camioneta, porque a lo mejor no te deja usarla.
—El primer encuentro ha ido mal, ¿eh? —Jack mordió un bollo de manzana cubierto de caramelo salado.
—Depende de si te gusta la ira desatada.
Jack alzó el bollo.
—Esto es... ¡mmm! El caso es que eso no parece propio de Tate. No es el hombre furioso y amenazante de las pantallas. Yo no tengo más que conducir a toda pastilla para hacer feliz a la chica. Pero ¿qué hace Tate para impresionarla? ¿Derretirla con la mirada?
—¿Qué significa eso? —preguntó Casey—. Espera, no me lo digas. Mi amiga solía decirme que Tate Landers solo tenía que mirar a una mujer para que ella empezara a quitarse la ropa. Yo no he sentido eso. Me ha mirado como si fuera algo que se hubiera encontrado en el zapato.
—Eso no parece propio de Tate.
Casey agitó una mano.
—¿Por qué estamos hablando de él? Me encantó esa escena de tu última película en la que arrancas a la chica de la moto de nieve. Me la pongo una y otra vez en el DVD. ¿Qué vas a rodar a continuación?
—En septiembre empiezo una nueva película sobre un adolescente mimado de familia rica al que secuestran. Yo lo salvo y de paso lo convierto en un hombre. Por cierto, ¿para qué papel vas a hacer la prueba?
—Para ninguno. No soy actriz. Solo cocino.
—Este desayuno no es de alguien que solo cocina. Escucha, con tu talento podría conseguirte un trabajo en Los Ángeles en...
—Gracias, pero no. Todavía no. —Casey no pensaba decir nada más, pero no pudo evitar alardear un poco—. ¿Has oído hablar de Christie’s en D.C.? —Casey ya sabía que sí, porque le habían contado que estaba allí, solo que entonces estaba demasiado ocupada cocinando para ir a echarle un vistazo.
—Por supuesto. He comido allí. Era un restaurante magnífico que se echó a perder. ¿Tienes tú algo que ver con haberlo devuelto a la vida?
Ella no contestó, se limitó a encogerse de hombros con modestia. Su jefe la había contratado nada más salir de la escuela de cocina y había depositado sobre sus jóvenes hombros toda la carga de restituir la fama a aquel viejo restaurante de pasado esplendor. «Puedes hacerlo. Yo tengo fe en ti», era la respuesta de su jefe para cualquier problema catastrófico que les presentaba. Y siempre lo decía justo antes de marcharse corriendo.
—Estoy impresionado. —Jack sonrió igual que sonreía a las chicas ante las cámaras.
Casey le devolvió la sonrisa, pero pensó que no era lo mismo que verlo en la pantalla del cine. Parecía tan solo un hombre hambriento, guapo, pero no en exceso. Tal vez la vida real le quitaba algo de magia a una celebridad.
Se inclinó para meter utensilios en una caja.
—Ahora mismo necesito un descanso. Necesito pensar hacia dónde voy y lo que quiero hacer. Pero no hablemos más de mí. Prueba esto. —Le tendió lo que parecían buñuelos, pero en realidad eran bombolini italianos. Estaban rellenos de crema pastelera con un toque de licor de naranja.
—Delicioso —dijo Jack—. Pensándolo mejor, olvídate de trabajar en ningún restaurante. Vente a vivir conmigo y dame de comer cada día.
—Vaya, esa sí que es una oferta tentadora —dijo Casey sonriendo—. ¿Y el sexo también está incluido?
—Cielo, tú dame de comer así y tendrás cualquier parte de mi cuerpo que quieras a tu disposición.
Se miraron y se echaron a reír, porque comprendieron, porque se sabían esas cosas desde tiempos inmemoriales, que jamás habría nada parecido entre ellos. Él le había dedicado su mejor sonrisa y ella no había sentido nada. Tampoco él. Estaban destinados a ser amigos y nada más.
Jack condujo por las calles del pequeño y bonito pueblo de Summer Hill sin apartar los ojos de la carretera en ningún momento, y obedeció todas las señales de tráfico. Casey no sabía si se alegraba o se sentía decepcionada.
—Hice de Bingley en el instituto —dijo Jack, al detenerse en la primera señal de stop—. Eso fue lo que me impulsó a dedicarme a actuar.
Hasta entonces iba sentado de tal forma que parecía adueñarse de todo el asiento. Era la misma postura lánguida y confiada que Casey le había visto adoptar en las películas. Pero de pronto, cambió de actitud. Se enderezó, juntó brazos y piernas y declamó el papel de Bingley: «Cuando estoy en el campo, no deseo abandonarlo jamás; y cuando estoy en la ciudad, me ocurre lo mismo. Ambos tienen sus ventajas y yo soy feliz en ambos por igual.»
—Eso ha sid
