Sin renunciar a nada

Laimie Scott

Fragmento

Creditos

1.ª edición: julio, 2017

© 2017 by Laimie Scott

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-781-8

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Contenido

Contenido

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Créditos

 

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Agradecimientos

Promoción

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1

La noche comenzaba a caer sobre los tejados de pizarra de la ciudad a pesar de que solo eran las cinco de la tarde. Una buena hora para pasear, tomar un café o realizar las compras antes de que la mayoría de las tiendas cerraran en una hora. Era por este motivo por el que casi no se veía gente por la calle. A estas horas esta se encontraba en algún café, donde resguardarse del frío que hacía. Algunos viandantes caminaban por las inmediaciones de los jardines de Princes Street, en dirección a esta artería de la vida comercial de la ciudad. Salían de sus trabajos hacia sus casas, aunque algunos todavía pararían a tomar algo con los compañeros o los amigos en alguna taberna.

Pero a ella le importaba bien poco o nada el frío que comenzaba a levantarse, que fuera de noche o que la ciudad comenzara a quedar desierta. Ella tenía que cumplir un objetivo, y dado lo que le iban a pagar, ya podía aparecer el mismísimo diablo en persona, que no iba a echarse atrás. Se apeó del taxi después de abonar la carrera y dejarle al conductor una generosa propina por la charla que le había dado. Este la miró con una sonrisa de agradecimiento para después bajar la ventanilla y asomar su cabeza y contemplarla caminar con estilo, marcando cada uno de sus pasos sobre el camino de la entrada a la casa. «Mueve el culo como pocas mujeres que yo recuerde», se dijo mientras arqueaba las cejas. E incluso no pudo evitar que se le escapara un silbido de aceptación ni que asintiera la cabeza en aprobación.

—¿Quiere que la espere? —La pregunta fue más el deseo de él a que le dijera que sí, a un mera formalidad con su clienta.

Aquella sugerencia dibujó una sonrisa cínica y sexi a la vez en la boca de ella. No se dignó en volverse hacia él ni en detenerse. Alzó su brazo en alto y agitó un dedo. No. Ya vería cómo regresaría.

El conductor resopló.

—¡Qué mujer! —exclamó subiendo la ventanilla. Hizo que su coche diera la vuelta de regreso al centro de la ciudad y que desapareciera en la oscuridad de la noche mientras chasqueaba la lengua decepcionado.

Ella caminó hacia la puerta de una casa de tres plantas iluminadas. Un estrecho y corto sendero de grava fina llevaba hasta los escalones de la entrada. La puerta era de madera maciza lacada con una gran aldaba de bronce, algo deslustrada por el paso del tiempo y por las inclemencias del clima de la ciudad. Pulsó el timbre y esperó con paciencia a que abrieran mientras rebuscaba en su bolso la invitación que le habían hecho llegar para que asistiera.

Un tipo alto, fuerte y de mirada penetrante apareció en el umbral. La escrutó con total descaro y le hizo un gesto con el mentón.

Ella le entregó la invitación, que el tipo leyó. Entonces se apartó a un lado dejando que pasara al recibidor.

—Bienvenida.

Ella asintió complacida. Sin mediar una sola palabra por su parte. Era parca en estas.

—Sígame.

El tipo la condujo hacia una sala amplia. Decorada de manera precisa, elegante pero no ostentosa, en la que la casi totalidad de las sillas estaban ya ocupadas. Un hombre entrado en años, vestido con un traje de corte clásico, se acercó a saludarla.

—Buenas noches. Soy el dueño de la casa y de la colección. Gracias por asistir. ¿Es usted pujadora o representa a un cliente? —El hombre le tendió la mano.

—Buenas noches. Vengo representando a un cliente. —Ella se la estrechó de manera educada, afectuosa, mientras sentía la suavidad de su piel apergaminada al tacto.

—Puede sentarse donde guste. La subasta comenzará en breve.

No hubo intercambio de nombres. Solo un respetuoso y cordial saludo. Luego se acomodó en una de las sillas libres y echó un vistazo a las personas que estaban allí. Sin duda que muchos eran simples curiosos que gustaban de asistir a esta clase de eventos. Una subasta privada para conseguir fondos. Según había leído en la prensa, el hombre que se había presentado fue en su tiempo una persona influyente y con poder en la ciudad. Pero el tiempo y el ritmo de vida le habían hecho llegar a esta situación. Ahora vendía parte de su colección de arte privada para poder seguir adelante. Esperaba sacar una buena tajada aquella noche.

Ella sonrió irónica. Se humedeció los labios y se dispuso a echar un vistazo al catálogo que acababa de recibir de manos de una mujer joven con mirada llena de vida. Buscó el objeto en cuestión, por el que debía pujar, según las órdenes recibidas. Allí estaba ella, observando un objeto de arte de valor incalculable cuando le sería más sencillo robarlo. Cuando recibió el encargo, no dio crédito. Un viejo amigo se lo había ofrecido. Solo tenía asistir a la subasta y asegurarse de que se marchaba con la pieza en cuestión. Algo que cualquier coleccionista pensaba que no existía. Muchos aseguraban que se trataba de una leyenda que circulaba en el mercado negro de las piezas de arte robadas. Entre los ladrones más afamados. Esa noche ella sería testigo de esa leyenda o de esa realidad. Lo bueno de todo aquello era la cantidad que recibiría por un simple trabajo. Lo cierto era que no lo necesitaba, porque había sabido ahorrar en tiempos de bonanza. Pero no era de las que decía que no al dinero si no entrañaba sobresaltos innecesarios. Ahora esperaba que la noche no fuera demasiado larga y sí muy productiva para sus propios intereses.

La subasta se abrió con varios objetos de escaso interés para los asistentes a juzgar por el poco movimiento de manos alzadas para pujar. Una especie de calentamiento hasta llegar a las piezas que de verdad importaban y que atraerían el interés de todos. Este breve interludio hasta que comenzara lo importarte le dio tiempo para recapitular la información que tenía y que Thomas le había facilitado. Lo que no llegaba a comprender era por qué ella. Ni cómo la había encontrado. Había desaparecido después del último golpe que habían dado junto a los demás. Entonces, se prometió dejarlo durante una larga temporada. Sí. Tenía dinero suficiente para vivir sin tener que preocuparse por este. Thomas le ofreció tres mil libras por asistir a la subasta y pujar por la pieza en cuestión; y otras tres mil a la entrega de la pieza: una matrioska de oro con incrustaciones de piedras preciosas. Tenía carta blanca para pujar, esto es, sin límite de fondos. Sin duda que su cliente era alguien con dinero para gastar. ¿Un mecenas del arte? ¿Alguien que se aburría y decidía gastar su dinero en subastas? Ese asunto quedaba en segundo plano. Lo que la traía de cabeza era que no le hubieran pedido que la robara, le habría salido más barato conociendo a Thomas. Ir de legal no le atraía demasiado, la verdad. No cuando habías vivido al margen de la ley durante tanto tiempo. Lo encontraba más… apetecible. El subidón por temor a ser atrapada en el último acto.

—Y ahora, señoras y señores, pasaremos al lote treinta y tres del catálogo —anunció el subastador mientras la gente pasaba las páginas en busca de dicha pieza. Pero ella sabía muy bien que era el motivo por el que estaba allí. Levantó la vista para comprobar la pieza que ahora mismo se exponía en la mesa. Dos personas las custodiaban. La mostraron en alto antes de abrirla y sacar las demás muñequitas rusas que contenía. «Toda una obra de arte», pensó ella mientras se mordisqueaba el labio y entrecerraba los ojos—. Un juego de matrioskas de oro con incrustaciones de piedras preciosas. En el catálogo disponen de la información adicional. La puja se abre con cincuenta mil libras, señoras y señores.

Durante unos segundos, el silencio se apoderó de la sala. La gente observaba con atención la pieza en el catálogo. Algunos sacudían la cabeza como si rechazaran la posibilidad de adquirirla. Otros murmuraban para sí mismos como si estuvieran rezando o tal vez hablando con otra persona al otro lado de la línea telefónica, ya que llevaban auriculares para comunicarse. Otros intercambiaban opiniones en voz baja con la persona sentada a su lado. Nadie parecía estar dispuesto a pujar, lo cual a ella le parecía algo inaudito. Sonrió al pensar que de ese modo le resultaría más sencillo. Levantó la mano para aceptar la primera oferta.

—Tenemos un comprador —dijo el director de la puja extendiendo su brazo hacia ella y asintiendo—. ¿Alguien ofrece cincuenta y cinco mil? —La pregunta se paseó por la sala como si se tratara de una ráfaga de aire fresco.

Ella levantó la mirada del catálogo para otear el horizonte, el bosque de cabezas que era la sala. De repente un brazo se alzó entre estas.

—El señor ofrece cincuenta y cinco mil. ¿Sesenta mil? —preguntó dirigiendo su atención hacia ella, que no vaciló en asentir—. La señorita ofrece sesenta mil.

Ella sonrió con ironía. El hombre que estaba pujando para hacerse con la matrioska no tenía nada que hacer, a menos que se tratara de un excéntrico filántropo dispuesto a quemar su dinero. Ella portaba un cheque en blanco. Podía gastar lo que necesitara, pero no podía salir de allí sin la pieza. Por eso se mostraba tranquila y confiada en que al final sería suya. Pero ver a otra persona pujar por la muñeca rusa le otorgaría un plus. Esa emoción que llevaba tiempo echando en falta. La sangre hirviendo en sus venas. La excitación.

—¿Tenemos sesenta y cinco mil?

La gente murmuraba, hacía gestos hacia ella y hacia el otro hombre de la puja. De repente su rival pareció emitir alguna señal de aceptar la oferta.

—El señor acepta la oferta. ¿Ofrece alguien setenta mil?

Ella se hizo la desinteresada por un momento. Tal vez pretendía dotar a la subasta de un poco de emoción. Sabía que, en ese momento, ella era el centro de las miradas de todos los allí presentes.

—Setenta mil a la una.

Ella no hizo ningún movimiento.

—Setenta mil a las…

—Cien mil —exclamó de repente, provocando el revuelo lógico en la sala. La gente la miró con atención a la espera de su próximo movimiento. Pero estaba claro que la pelota estaba en ese preciso instante en el tejado del hombre que había pujado hasta ahora. «¿Aceptará el envite?», se preguntaba mientras fruncía sus labios en un mohín irónico.

«Veamos hasta dónde estás dispuesto a llegar», pensó mientras dejaba que sus labios se curvaran.

—La señorita ofrece cien mil libras —anunció el hombre desde el atril mientras miraba al hombre que hasta ahora parecía haber aguantado la puja de ella—. ¿Tenemos ciento cincuenta mil?

Ella tuvo la ligera impresión de que la gente acababa de contener la respiración a la espera de si él aceptaba la propuesta. No sabía a ciencia cierta hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—¡Ciento cincuenta mil! ¡El señor ofrece ciento cincuenta mil! —exclamó lleno de júbilo porque aquello representaba un atractivo mayor a lo que venía siendo la noche hasta ese momento. La gente convirtió sus murmullos en conversaciones que cualquiera podía escuchar—. ¡Silencio! ¡Silencio, por favor!

Ella sonrió. Sin duda que estaba siendo un digno adversario que por ahora alegraba la noche. Jugaría con él un poco más; hasta que se aburriera.

—¿Doscientas mil libras? —preguntó mirándola con los ojos como platos por la expectación que suponía el hecho de que ella aceptara el envite.

El silencio volvió a la sala. Todas las miradas se centraron en ella. Muchos aguantaron la respiración hasta escucharla decir algo. ¿Rechazar la oferta o aceptarla y subirla?

—Doscientas mil.

El revuelo volvió a flotar en el ambiente al escucharla aceptar la puja.

—Tenemos una oferta por dos…

—Doscientas cincuenta mil. —No había terminado de lanzar la oferta el subastador, cuando ya había otra cantidad que provocó un nuevo revuelo y que las miradas oscilaran entre los dos contendientes.

Se hizo el silencio. La gente volvió a contener la respiración. No se escuchaba ni el paso de las páginas de la guía. Ella se humedeció los labios de manera lenta. Se tomó su tiempo antes de responder. Y tras inspirar, decidió que ya era hora de zanjar el asunto.

—Medio millón de libras.

El anuncio de aquella cantidad por parte de ella convirtió la sala de subastas en una marabunta de exclamaciones, risas, protestas y demás expresiones verbales. La gente se movió en sus asientos, elevó sus manos y la miraron como si estuviera loca por la cantidad que acababa de ofrecer.

—Ha dicho, ¿medio millón de libras? —El hombre no cabía en sí de felicidad. Que una pieza alcanzara aquella desorbitada cantidad era sin duda lo mejor que podía sucederle. Hasta ese instante, las pujas por los demás objetos habían sido más bien a la baja. La recaudación estaba en ese momento por debajo de los cálculos estimados por el tasador y el dueño de la colección. Por ese motivo, aquella mujer, con su oferta, compensaba con creces la noche.

El silencio volvió a apoderarse de los asistentes que permanecían inmóviles a la espera de la confirmación por parte de ella.

—Sí. Ofrezco medio millón de libras por la matrioska.

—Es mucho dinero, señorita.

—Lo sé. Pero el cliente al que represento me ha entregado un cheque en blanco para pujar por la pieza —declaró de forma abierta para dejarle claro a su oponente que, salvo que fuera muy rico, no tenía posibilidades de quedarse con la matrioska—. No me iré de aquí sin la pieza.

—Está bien. Si nadie supera su oferta y la figurita se vende por esa cantidad, el pago deberá hacerse de inmediato. No puede marcharse con ella sin haber recibido el pago.

—Bastará una llamada.

—En ese caso… Medio millón de libras. ¿Alguien ofrece más? —preguntó con los nervios propios al pronunciar esa cantidad. Miró al hombre que hasta ese momento había pujado por la figura para ver si subía la puja. Pero él sacudió la cabeza para dejar claro que se retiraba. Ella había sido muy explícita al revelar sus intenciones.

El dueño se frotaba las manos. «No es una mala cantidad después de todo», pensó el director de la subasta mientras volvía la mirada hacia los asistentes.

—¡Medio millón a la una!

Ella sonreía. Sabía que nadie igualaría y mucho menos estaría dispuesto a subir la puja.

—¡Medio millón a las dos! —El silencio imperaba en la sala mientras todos los asistentes daban por hecho que la matrioska ya tenía dueña—. ¡Medio millón a las tres! Adjudicado a la señorita por medio millón de libras —dejó claro con un golpe de mazo.

Ella sonrió. La misma mujer que le había entregado el catálogo se acercó a ella minutos después para que la acompañara a formalizar la transacción de la pieza.

Una vez que la subasta se dio por terminada, ella se encontró de nuevo con el dueño de la colección, que se mostraba sonriente.

—Un objeto exquisito.

—Sin duda —asintió ella mientras marcaba el número de contacto en su móvil.

—Necesitamos confirmación del ingreso del dinero —le recordó mientras trataba de controlar sus nervios por lo que esa cantidad suponía. Sin duda que aquella mujer acababa de salvar los muebles.

—Y yo necesito ver el juego completo —le dijo haciendo un gesto con el mentón hacia la matrioska.

—Claro. —El propio dueño de la casa y de la colección se puso unos guantes finos y procedió a abrirla para ir mostrándole el contenido hasta completar un juego de cinco.

Ella asintió complacida y se apartó de los dos hombres en busca de un poco de intimidad mientras ellos conversaban. Un tercero esperaba la orden para preparar la pieza para que se la llevara.

—Thomas. Tengo la pieza. Necesito un ingreso de medio millón. Un momento…

Los dos hombres la vieron acercarse.

—Necesito un número de cuenta al que realizar el pago.

El dueño de la colección asintió mientras tendía una tarjeta y ella volvía a alejarse.

—Thomas. Escucha. —Ella le facilitó la cuenta para hacer la transferencia—. De acuerdo. Espero.

Ella volvió hacia los dos hombres.

—En unos minutos realizará el pago. No hay problema.

—Bien, James lo verificará. Pensaba que a estas horas…

—El cliente lo tiene todo arreglado.

—Una pieza exquisita para alguien importante sin duda. —El dueño sonrió mientras sus diminutos ojos brillaban de excitación.

—Tal vez debería haberla conservado.

—No, sabía que era la pieza estrella de esta subasta y que su salida a la venta significaría una inyección monetaria a tener en cuenta.

El tal James le mostró un Ipad.

—Bien, al parecer la transacción ha sido un éxito —confirmó con una amplia sonrisa mientras hacia un gesto al otro hombre para que preparara la pieza—. Espero que su cliente la disfrute. Ha sido un verdadero placer, señorita…

—Lo mismo digo —le dijo ella sin mencionar su nombre, algo que el dueño de la colección entendió. Muchos de los asistentes preferían mantenerse en el anonimato para no ser relacionados con sus clientes.

Cuando el paquete que contenía la pieza estuvo listo, se lo entregaron. Ella se despidió de todos los presentes y salió de la casa con la satisfacción del trabajo bien hecho.

En ese momento, su móvil vibró dentro del bolsillo interior de su abrigo.

—Dime, Thomas.

—Te esperaran en los jardines de Princes Street. Junto al monumento de Scott. Ellos te harán entrega de las otras tres mil libras. Dales la pieza.

—¿Y tú?

—Tengo que hablar con el cliente. Todo está controlado. Haz lo que te digo.

—De acuerdo. —Se quedó pensativa mientras se detenía justo en la entrada de la casa. ¿La esperaba en los jardines para entregar la pieza? No tenía motivos para dudar de Thomas, ya que se conocían desde hacía años. Pero algo le olía mal. Tal vez fuera todo este tiempo que había permanecido alejada del trabajo. Sacudió la cabeza mientras caminaba y una alocada idea cruzaba su mente. ¿Y si no aparecía y se largaba con la pieza? Siempre podía venderla en el Este y desaparecer durante otra larga temporada. Sin embargo, desechó dicha proposición cuando pensó que en ese momento su vida estaba en paz. Tranquila y sosegada. Algo aburrida en ocasiones, pero le gustaba. «No había motivo para complicarme la vida», se dijo mientras sonreía y paraba un taxi para que la llevara al punto de encuentro.

Los jardines eran uno de los reclamos turísticos de Edimburgo, con caminos que los atraviesan o los bordean, sus bancos de madera erigidos en memoria de personas queridas ya fallecidas. Las luces diseminadas a lo largo y ancho de estos indicaban, al viandante, el camino hacia la salida. Y luego la propia iluminación de la vida nocturna que se atisbaba entre las frondosas copas de los árboles. El megalítico monumento erigido en memoria de sir Walter Scott aparecía iluminado. Un tributo bien merecido por parte de la ciudad a su más insigne escritor.

Se apresuró en su caminata mientras su abrigo, de color negro, rozaba el suelo bajo sus pies y apenas si permitía distinguirla cuando cruzaba una zona algo menos iluminada. Tenía prisa por alcanzar el otro extremo y localizar a las personas que la estaban esperando para realizar la entrega de la pieza. Recibiría el resto del pago y desaparecería. Estaba a escasos pasos de su objetivo cuando de repente comenzó a aminorar el paso. Justo al final del camino por el que pretendía salir habían aparecido dos sombras que, al igual que ella, vestían de oscuro y que ahora permanecían inmóviles. «¿Serán los contactos?», se preguntó mientras trataba de controlar la respiración que en ese instante se había agitado en su interior. Thomas le había comentado por teléfono que la esperaban en aquel preciso lugar: al pie del monumento a Scott. Pero la desconfianza era un rasgo muy común en su trabajo y que la había mantenido con vida en todo momento. Y ahora tenía ese pálpito que le advertía de que desconfiara precisamente de aquellos dos tipos mientras tensaba su cuerpo. No comprendía el motivo de su reacción, ya que a estas horas y en aquel lugar solo podría tratarse de su cita. Pero pese a su experiencia y su frialdad demostrada en otros momentos, su temor se vio acrecentado cuando escuchó el sonido de los pasos a su espalda. Lanzó una fugaz mirada por encima de su hombro para ver surgir de entre la agreste decoración otras dos sombras. «Bien, la cosa se pone interesante», pensó con una sonrisa llena de cinismo. ¿Tanta precaución por una pieza? De acuerdo que habían pagado medio millón de libras, pero al comprador no parecía importarle demasiado cuando a ella se le ofreció un cheque en blanco para pujar. ¿O se debía a que no se fiaban de ella después de todo? Apretó los puños y siguió avanzando con la mirada fija en el suelo. Tal vez debería haberse largado fuera de la ciudad en compañía de la matrioska y venderla después en el mercado negro. Apostaba a que habría sacado más de lo que el misterioso cliente había pagado. Al llegar al pie del monumento, uno de los hombres interceptó su avance. Levantó la mirada para fijarla en la persona que se erigía delante de ella con cierta autoridad. Y lo que vio no le dio muchas esperanzas. El tipo llevaba un pasamontañas y tan solo podía percibir sus dos ojos oscuros y una sonrisa cínica.

El extraño tendió la mano hacia ella con la palma abierta, como si le pidiera o exigiera algo.

—Te estábamos esperando.

Ella se mantuvo firme, con la mirada fija en aquel hombre, sin saber a qué se refería. Sacudió la cabeza sin comprenderlo, en un intento por hacerlo desistir. ¿Buscaba su cartera? ¿Su bolso? ¿O la matrioska? No estaba segura del todo de si aquellos cuatro hombres eran el contacto. «Pero ¿a qué viene camuflarse con pasamontañas?», se preguntó mientras se humedecía los labios y trataba de pensar con rapidez en las posibilidades que se abrían ante ella. A su espalda, el camino estaba flanqueado por otros dos tipos como los que permanecían delante de ella.

—Ya sabes por qué estamos aquí. —La voz del extraño se tornó fría y con algo de impaciencia—. La matrioska por la que tenías que pujar en la subasta. —El hombre volvió a tender la mano al frente, hacia ella, y después movió los dedos instándola a que se diera prisa en entregarle lo que pedía.

Ella sintió el escalofrío recorriendo su espalda, y no se debía a las bajas temperaturas. ¿Para quién trabajaban? Podían haberla seguido y ahora querer arrebatarle la pieza. No iba a entregársela sin una prueba.

—¿Quién os envía? ¿Thomas?

—Exacto. Nos ha llamado para decirnos que ya venías de camino con la pieza. Así que no perdamos el tiempo. Supongo que, al igual que nosotros, te apetece irte a casa —le urgió otro tipo mientras se situaba a su lado y la sujetaba por el brazo.

—No hay razón para ese comportamiento. —El que parecía ser el jefe apartó a otro tipo de ella con un ademán autoritario.

Luego se dirigió a ella con un tono más afable. Los otros tipos iban cubiertos con máscaras para que no le viera la cara, algo común cuando alguien importante estaba detrás. ¿Esperaba que ella pudiera reconocerlos y relacionarlos con alguien conocido en la ciudad? Ella solo quería recibir el pago por el trabajo de aquella noche, y se marcharía. Por un instante, llegó a pensar que incluso el propio cliente podría ser uno de ellos, pero que no estaba dispuesto a dar la cara.

—Solo queremos la pieza y nos marcharemos. Así de sencillo.

—De manera que sería conveniente que nos la entregues por las buenas. Sería una verdadera lástima estropear un rostro tan bonito, ¿no crees? —El otro tipo le susurró aquella recomendación en su oído. Ella sintió su aliento seco, cargado de alcohol, mientras su mano se aferraba a su brazo provocándole un dolor extremo.

No tendría sentido negarse a darle lo que pedían. De todas maneras, si ella no se lo daba, la matarían y se lo quitarían. De eso no le cabía la menor duda.

—No sé… —Ella seguía sin verlo claro. Había algo que no cuadraba—. Debería llamar a Thomas para confirmar tu versión —les advirtió mientras introducía su mano en el interior del abrigo ante la atenta y expectante mirada de los dos y el cañón de un silenciador apuntándole.

—Alto, cariño —le pidió el que parecía ser el jefe—. Yo también tengo mis dudas. En estos casos, toda precaución es poca. No nos pongamos nerviosos, ¿sí? —Ambos se mantuvieron las miradas mientras él le abría el abrigo y buscaba en sus bolsillos hasta dar con la matrioska.

Ella se revolvió bajo las manos de aquel hombre.

—Una cosa es que cachees y otra que te aproveches, ¿no crees? —le espetó con una voz fría y un tono irónico mientras se apartaba unos pasos de él.

Aquellas palabras dibujaron una sonrisa irónica en el extraño.

Ella había sentido sus manos recorriendo su cuerpo con sumo cuidado. Le había palpado los pechos, las caderas y el trasero buscando lo que ahora ya tenían.

—Se suponía que no era eso lo que buscaba, sino el móvil —le espetó haciendo un gesto con el mentón hacia la matrioska al tiempo que daba un paso al frente.

—Ya puestos…

El que parecía ser el jefe de los cuatro cogió el estuche forrado en piel con cierre metálico en el que la figurita había sido depositada. Levantó la tapa y apartó el paño en el que estaba envuelta. Una matrioska de oro macizo con pedrería incrustada quedó expuesta ante él. Sonrió complacido al comprobar su peso. La abrió y dentro encontró otra idéntica, y así hasta completar el juego de cinco figuritas.

—Quieta. —El otro tipo seguía encañonándola con un arma con silenciador, dando por sentado que ahora que tenían la figurita no vacilaría en dispararle.

Ella cerró los ojos, sacudió la cabeza y se maldijo por descuidada. Luego resopló enfurecida por su estupidez.

—¿A qué viene esto? Dadme el dinero y me largaré. —Ella entornó la mirada hacia ambos tipos, aguardando que le entregaran el dinero acordado por hacer ese trabajo.

—Thomas lo tiene. Quedamos en que él te lo entregaría —le refirió mientras esgrimía una sonrisa bajo el pasamontañas.

—Entonces no hay trato. Le entregaré la matrioska a él en persona. —En un movimiento rápido, ella se apoderó de la pieza. Hizo ademán de volverse para marcharse cuando sintió que la sujetaban y la volvían hacia ellos. Sintió el sabor metálico de la sangre. Acababan de propiciarle un fuerte puñetazo. Inesperado, directo y que la había tumbado sobre el camino con gran facilidad mientras la matrioska rodaba por el suelo sin sufrir ningún percance. Percibió el rostro del encapuchado acercarse hasta ella. Acuclillado, con el arma en la mano, le sonreía con malicia y diversión.

—No es nada personal como te puedes suponer. Pero tenemos que entregar el paquete a nuestro cliente. Tú ya no eres necesaria. No entiendo por qué te has revuelto de esa manera. Ya te he dicho que Thomas es quien te pagará por tu trabajo —le dijo señalando al otro hombre que ahora mismo volvía a envolver la pieza en el paño, la metía en la caja y después la guardaba en un maletín—. Además, conviene mantener a la reina de los ladrones lejos de una pieza de tanta calidad, ¿no crees? ¿Tal vez pensabas quedártela y venderla a otro postor, Zarina? —Pronunció aquella palabra con una mezcla de desdén y soberbia mientras sonreía.

—Mi dinero… —reiteró entre dientes mientras intentaba incorporarse.

La respuesta fue una patada que le cortó la respiración por un momento. Pensó que se ahogaba. Luego tuvo un acceso de tos hasta que recuperó el aliento a duras penas. Ella sonrió irónica ante la situación. Era la primera vez que la derrotaban. ¿Se había descuidado? Nunca lo había hecho, por eso siempre había tenido éxito. Pero esa noche… Y eso que en un principio sintió la desconfianza apoderarse de ella. Pero se relajó sin conocer el motivo. Y ahora se encontraba en el suelo, apoyada sobre las rodillas y las palmas de sus manos.

El jefe de ellos se levantó y se largó. Ella pensó que todo había terminado, pero cuando sintió un nuevo golpe, esta vez en la espalda, comprendió que el castigo había comenzado. Al parecer no iban a conformarse con la matrioska, querían darle una lección. Estaba claro que la habían reconocido cuando el que parecía ser el jefe de la cuadrilla se refirió a ella como «la reina de los ladrones». Ella. La mejor ladrona de guante blanco de Europa. La Zarina. «¿Por qué diablos acepté aquella mierda de trabajo?», se preguntaba mientras sentía como si acabaran de quebrarle las costillas y caía en una oscuridad que le trajo recuerdos de días lejanos en el tiempo y en su Serbia natal. Recuerdos cruentos de una guerra que no podría olvidar. Ahora mismo estaba a merced de cuatro hombres que podían hacer con ella lo que les viniera en gana. Incluso matarla. Lo había visto siendo una niña.

Los cuatro hombres desaparecieron en los jardines hasta salir por Lothian Road. Callejearon por las inmediaciones, donde se subieron a una monovolumen aparcado dos calles más abajo. Todo había resultado como esperaban, sobre todo el cabecilla que ahora sonreía divertido mientras conducía hacia las afueras de la ciudad.

—No hacía falta ser tan incisivo. Bastaba con que la dejaras inconsciente el tiempo necesario para alejarnos sin que ella nos siguiera —le recordó desviando la mirada del frente para centrarla en aquel animal.

—Reconozco que se me fue la mano un poco. Pero su impaciencia me estaba consumiendo por dentro —exclamó mientras lanzaba una mirada a los dos hombres que iban sentados en la parte de atrás—. ¿Y ahora?

—Le entregaré la figura a nuestro cliente y se acabó. Tenéis el dinero. Largaros de la ciudad una temporada.

—¿Y ella?

—¿Ella? —El tono de extrañeza por aquella pregunta le sorprendió—. ¿Qué coño va a hacer ella? No tiene ni idea de lo que ha sucedido. Ni tampoco para quién ha trabajado. Por mi parte, el asunto estará resuelto una vez que entregue la mercancía.

—¿Y el dinero? Me refiero a su parte.

—Ese tema también está zanjado. Debería darse por satisfecha con el hecho de que no la delatemos, ¿no? Todos aquí sabemos quién es ella.

Volvió la mirada al frente para seguir atento al poco tráfico que había a esas horas. Faltaban por atar un par de cabos que en breve lo estarían. Había organizado aquel plan de una manera meticulosa. Sin fisuras. Buscaba venganza y la había obtenido. La había engañado, derrotado y humillado. ¿Qué más podría pedir? No quería que muriera. No. No era para tanto, por eso había tenido que detener a su hombre cuando vio que se estaba extra limitando en sus funciones.

Llegaron a la casa donde abandonarían el monovolumen para coger otro coche. El jefe se bajó antes que los demás, ajustó el silenciador y apuntó a los tres según bajaban.

—¿Qué coño haces? ¿Te has vuelto…? —El disparo entró por el pecho y lo tumbó en el suelo con un sonido seco.

Luego se volvió hacia los otros dos y repitió de manera eficiente y rápida la acción. No les dio tiempo a reaccionar. Esa había sido la clave del éxito. Ninguno de los tres lo imaginaba. Así era como se debía actuar. Cuando menos lo esperan los demás. No podían quedar cabos sueltos, como le dejó claro su cliente. Por ese motivo solo él se subiría al coche e iría a verlo para entregarle su muñeca. Nadie haría preguntas sobre los tres cuerpos sin vida que quedaban allí. Y él ya tenía lo que quería. Roció con un bidón de gasolina la furgoneta para prenderle fuego y borrar su propio rastro. Dejó los cuerpos de los tres donde estaban y se marchó convencido de que alguien los encontraría. Cuando Scotland Yard investigara, pensarían que se trataba de algún ajuste de cuentas. Los identificarían, pero no podrían relacionarlos con él.

***

El estridente sonido del timbre obligó a Roy a salir de la cama. Echó un rápido vistazo al reloj de su teléfono móvil: las tres de la mañana. ¿Quién coño podría ser a esas horas? Se puso una camiseta y caminó por el suelo de parquet hasta la puerta, alerta ante lo que podría encontrarse. Tal vez alguien que pasaba por delante de su casa a esas horas de alguna fiesta y se había equivocado de piso.

—¡Maldita fuera la gracia! —exclamó enfurecido. Pero si no abría, Roy apostaba a que su intempestiva visita no quitaría el dedo del timbre. Se asomó por la mirilla y lo único que pudo ver fue una densa cabellera de color oscuro. Pero cuando la visita levantó la mirada… Aquella mirada le cortó la respiración por un segundo. Luego, apoyó la frente contra la puerta. Cerró los ojos e inspiró de manera profunda mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal. No podía ser. Pero una maraña de recuerdos inundaba su mente sin que él pudiera detenerlos. Sabía sin lugar a dudas quién estaba al otro lado de la puerta llamando al timbre de aquella manera tan escandalosa. Por ese motivo se apresuró a abrir. Lo que no esperaba era que cuando lo hizo, ella se derrumbara en sus brazos como una simple muñeca de trapo.

—Jelena —logró murmurar cuando sus sospechas iniciales se confirmaron, mientras la recogía y la levantaba del suelo entre la sorpresa

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