Pan con chocolate

Ana Castellar

Fragmento

Creditos

1.ª edición: octubre, 2017

© 2017, Ana Castellar

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-883-9

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A Encar y Jeni

Cita

 

 

 

 

 

«No te rindas, que la vida es eso,

continuar el viaje,

perseguir tus sueños, destrabar el tiempo,

correr los escombros y destapar el cielo».

Mario Benedetti

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 8

Agradecimientos

Promoción

pan_con_chocolate-4

Capítulo 1

Daniela terminaba de abrocharse la cremallera de la cazadora, parecía que el invierno ya estaba llegando. Salió del edificio de la universidad, estaba esperando que sus hermanas fueran a recogerla. Hoy había acabado antes de tiempo su turno de limpiadora en la universidad, a las afueras de Gijón, y la habían llamado para pasar a recogerla en coche e ir juntas a casa. Ellas también habían terminado pronto en el trabajo y así le evitaban la caminata hasta casa. Miró su móvil al salir, un mensaje de las chicas le avisaba que llegarían un poco tarde debido a un atasco en la autopista. Siguió caminando unos pasos; apenas había coches ya aparcados. Se fijó en los arbustos que se movían por el viento. Su corazón dio un vuelco cuando vio salir correteando de entre el ramaje a dos niñas pequeñas. Se asustó al sentirse observada por la más pequeña de las jóvenes, la cual avisó a la otra pequeña de la presencia de Daniela. Ambas, al verla, se apresuraron hacia una furgoneta que estaba aparcada en un lateral del aparcamiento. Daniela, asustada, llamó a sus hermanas para contarles lo que estaba viendo, sin saber por qué necesitaba tenerlas al otro lado del teléfono. Estaba en una situación desconocida y tenía miedo, no sabía qué hacer. Sus hermanas le pidieron que volviese al edificio, que esperase su llegada y que la acompañarían después a aquel vehículo. Daniela les dijo que ya era tarde, pues ya se estaba acercando. Si aquellas niñas se habían asustado solo al verla a ella, con más gente se pondrían más nerviosas. Al otro lado del teléfono, Laura y Alba esperaban, nerviosas, a que les diera noticias sobre lo que iba ocurriendo. Daniela susurraba. Aquella furgoneta llevaba días aparcada en ese mismo lugar, y aunque apenas se había fijado, no recordaba a nadie merodeando cerca de ella. Se acercó con miedo a la ventanilla trasera; estaba tapada. Entonces se arrimó a la de delante y apenas vio nada. Había bolsas, mantas; estaba sucia y desordenada. De repente, unas mantas se movieron. Daniela se asustó y dio unos pasos atrás, pero se volvió a aproximar y vio como estas volvían a agitarse. Daniela pudo ver la manita de una niña que sujetaba uno de los extremos.

—Hola —susurró Daniela en apenas un hilo de voz—. Hola —volvió a decir después de aclararse la garganta—. ¿Estáis solas? ¿Necesitáis algo? —Daniela no recibió ninguna respuesta, esperó unos segundos, mirando aquellas mantas que ahora permanecían inmóviles. Pensó en el miedo que quizás les estaba causando al estar allí, entonces decidió alejarse un poco. Mientras aguardaba la llegada de sus hermanas, iba contándoles cómo, a pesar de la quietud del interior del vehículo, estaba segura de que en él seguían las niñas. Ella se quedó unos metros alejada, tal y como sus hermanas le habían pedido, mirando la furgoneta.

Se volvió a acercar.

—No tengáis miedo, solo os quiero ayudar, ¿dónde están vuestros papás? ¿Habéis cenado? —Daniela no recibió repuesta. El viento azotaba fuerte y movía los arbustos. Daniela se giró al oír el motor de un coche; eran Alba y Laura. Lo aparcaron a unos pocos metros y se acercaron a Daniela.

—¿Te han dicho algo?

—No, y tampoco he visto a nadie cerca, pero estoy casi segura de que esta furgoneta lleva aquí al menos dos días, no recuerdo si más tiempo. Y si las han dejado abandonadas, ¿qué hacemos?

—No podemos marcharnos, la noche va a empeorar y está haciendo mucho viento.

—¿Llamamos a la policía? —Las tres se quedaron en silencio pensando que esa sería la mejor opción. La ventanilla del conductor se bajó unos centímetros y una de las niñas se asomó.

—No llaméis a la policía, por favor, mi papá va a venir, ahora está trabajando, no llaméis a la policía, por favor.

Daniela se acercó a la ventanilla.

—¿Dónde trabaja tu papá? ¿Y tu mamá?

—No tengo mamá, y papá vendrá ahora, no tardará.

—¿Tenéis hambre? —le preguntó Laura, acercándose un poco más. Recordó que había estado hablando con Alba del hambre que tenían y de qué prepararían de cena mientras hacían la compra en el supermercado, y al ver a aquella niña allí, pálida de frío, temblando, se dio cuenta de que quizás llevaban días sin comer nada.

—Sí —les respondió la niña.

Las tres se miraron.

—Buscaré en el coche —contestó Alba—, quizás encuentre algo que no haya que calentar ni cocinar. —Aunque hacía unas horas que habían hecho la compra antes de ir a buscar a Daniela, no recordaba qué habían comprado. Miró las bolsas, vio leche, pan y unas tabletas de chocolate, y en unos minutos improvisó unos bocadillos de chocolate.

Mientras aquella pequeña observaba a Alba y a Laura revisando en el coche, la otra niña salió, abrazando un peluche, de la parte de atrás de la furgoneta y se puso al lado de su hermana, que la miró como reprendiéndola por no obedecer y le agarró la mano. La mayor miraba a Daniela, estaba confusa, sentía miedo al tenerlas allí, no quería que llamasen a la policía, pero tampoco quería que se fuesen. Aquel viento y el movimiento de la furgoneta le estaban dando mucho miedo, aunque no lo reconocería.

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Lola. ¿Y tú?

—Me llamo Daniela.

—¿Nos vas a dar comida?

—Sí, mis hermanas están preparando algo de cena. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Sofía.

—¿Sois hermanas?

—Sí —le respondió Lola—, ella es mi hermana mayor, y yo soy la pequeña.

—¿Y dónde está mamá, está con papá trabajando?

—No tenemos mamá —contestó Sofía, seria.

Laura y Alba se acercaron con la comida y con unos bricks de leche.

—Baja un poco más la ventanilla, no entran los bocadillos. —Sofía la miró y tras observar a Lola, decidió hacerlo. Alba les dio el pan con chocolate y fue abriendo los bricks de leche para dárselos.

—¿Lleváis muchos días aquí? ¿Durmiendo en la furgoneta?

—Sí, esta es nuestra casa hasta que papá consiga otra —reveló Lola.

Las niñas comían y bebían. Daniela, Laura y Alba las observaban sin poder evitar la tristeza que les generaba el verlas allí, tan frágiles, tan desvalidas. Había pasado al menos una hora, ya se sentían cómodas con ellas, y Sofía les había pedido que esperasen hasta que llegase su papá. Las tres aceptaron. Lola le dijo a Sofía que tenía pis, antes no le había dado tiempo y después de beber, ahora no podía aguantarse. Daniela, al oírla, le dijo que ella la acompañaría, ya eran amigas y podían confiar en ellas. Sofía abrió la puerta de la furgoneta y Lola salió rápidamente. Sofía se debatía entre acompañar a Lola y dejar sola la furgoneta, su única casa.

—No os alejéis mucho —acertó a decir.

—Estamos aquí detrás, no te preocupes.

De vuelta a la furgoneta, Lola abrazaba a su peluche y cogía la mano de Daniela.

—¿Cómo se llama tu perrita?

—Fiala. —Lola se lo acercó un poco más—. El nombre se lo puso papá, es fía, de Sofía, y la, de Lola.

Daniela sonrió, ella también tenía perritos en su casa. Le contó que se llamaban Kas y Lichis.

—Me gustaría conocerlos —respondió Lola.

Desde lejos, Matías vio lo que estaba sucediendo: sus hijas estaban con unas mujeres, una de ellas ayudaba a Lola a subir a la furgoneta. No entendía qué podía estar ocurriendo. Sintió pánico, un pánico que durante unos segundos lo paralizó. Caminó rápidamente hacia la furgoneta, tenía que resolver aquella situación. Pensaba en cómo salir de allí, la furgoneta no tenía gasolina, había terminado rápido su trabajo para estar con sus hijas y al día siguiente iría a por la gasolina, en su mano agarraba con fuerza una bolsa de plástico con algo de comida que había comprado para cenar esa noche.

—Mira, ese es mi papá —grito Sofía al verlo acercarse.

—Sí, es papá, ya está aquí —confirmó Lola.

Las tres hermanas se giraron al escuchar a las niñas.

—Meteros dentro —les dijo Matías—. ¿Qué queréis? ¿Que hacéis aquí?

—Nos han dado la cena, papá, son nuestras amigas —respondió Lola.

—Sí, es verdad, papá, son nuestras amigas —le confirmó Sofía.

—Gracias por la cena. ¿Cuánto os debo? Nos tenemos que ir.

—Nada, solo han sido unos bocadillos.

—Gracias —les respondió Matías esperando que se fueran.

Las hermanas se despidieron de las niñas y caminaron hacia su coche. Antes de entrar al coche, Daniela se giró, lo vio fuera esperando a que ellas se fueran, «no tienen a donde ir», pensó Daniela, dio media vuelta y se dirigió a Matías; sus hermanas le siguieron.

—¿Qué quieres? —le preguntó Matías molesto y nervioso. Las niñas sonrieron al verlas de nuevo.

—Hace una noche horrible y va a empeorar, y si tú y ellas queréis… podéis pasar la noche en nuestra casa. —Daniela miró a sus hermanas, estaban sorprendidas de aquel ofrecimiento sin consultarles—. Vivimos lejos, pero será mejor que pasar la noche en este lugar, podréis tomar algo caliente y… no sé, daros un baño caliente…

—¿Qué quieres a cambio?

—Nada, no podría dormir sabiendo que estáis aquí. He visto esta furgoneta aparcada varios días y tu cara me suena, te he visto dentro del edificio, lleváis días así…

—Queremos ayudarte y ayudar a Sofía y Lola —terminó la frase Laura.

—Papá, vamos con ellas —intervino Sofía. Él las miró, Lola le sonreía mientras agarraba a su peluche. Matías le sonrió, y ella cogió su cazadora y bajó de la furgoneta.

—Lola, espera. No sabéis nada de mí, puedo ser peligroso, haceros daño o robaros cuando os quedéis dormidas, seré un desconocido en vuestra casa —les decía mientras agarraba la mano de Lola fuertemente para que no se fuera.

—Tú tampoco sabes nada de nosotras, no estás tan fuerte como crees

—Somos más… Soy Daniela.

—Matías.

—Ellas son Laura y Alba —las presentó Sofía

—De acuerdo, pasaremos esta noche en vuestra casa. —Lola se soltó de su mano y corrió a la de Daniela. Ella la cogió en brazos, y Lola se abrazó a ella.

—Yo duermo contigo y así conozco a tus perritos.

—Vale, nuestro coche es aquel, ¿vamos? —Sofía cogió su cazadora, bajó de la furgoneta y se agarró a la mano de Matías.

—Sí, vamos. —Matías cogió una bolsa de deporte de la furgoneta y la otra de plástico con la comida que había comprado. Cerró el vehículo y caminó hasta el coche de ellas.

Como Laura les había dicho, en unos minutos llegaron a su calle, aparcaron en una zona cercana y se dirigieron a la casa. Era un edificio viejo y se veía un portal sucio. «Da algo de miedo», pensó Matías, dudaba de su decisión. Era en un quinto piso, sin ascensor y las escaleras estaban descuidadas. Nada más entrar, se sintió tranquilo, se veía limpio, amplio y acogedor, y dos perritos salieron a recibirlos. Lola los saludó.

—¿Quién es Lichis y quién es Kas?

—Mira, esta es Kas, la negrita, y el rubito es Lichis. Ven, Sofía, acércate, no hacen nada, están así porque están contentos de que estéis aquí. —Daniela miró a Matías—. No hacen nada, tranquilo, son muy buenos.

Matías sonrió.

—Es que no soy muy de perros, nunca he convivido con ninguno.

—¿Y Fiala, papá?

—Sí, Fiala es lo más cerca que he estado de uno.

—Pasad, no os quedéis en la puerta.

Alba dejaba las bolsas de la compra en la cocina, ayudada por Laura; las dos desaparecieron por el pasillo después. Daniela les enseñó el baño, el salón y la cocina, y se disculpó, quería quitarse los zapatos y ponerse el pijama; el orbayu la había empapado. Matías dejaba la bolsa en el salón mientras ayudaba a Lola a quitarse la cazadora. Sofía entró en el baño, Laura entró en el salón con una pequeña estufa para que la casa se fuera calentando. Alba apareció con unas camisetas para ofrecérselas como pijamas, Matías las aceptó, sabía que en la maleta todo lo que había era ropa sucia.

—Si quieres, podemos poner una lavadora mañana —le dijo, bajito, Alba—. Aquí, con el viento que hace, la ropa se seca enseguida.

—Gracias —le dijo Matías.

—Voy a hacer café para calentarnos un poco. ¿Tenéis hambre? ¿Qué os apetece? ¿Quieres café, Matías?, le preguntó Daniela

—Sí, gracias, me vendrá bien —le contestó mientras la seguía a la cocina.

Alba entró después, buscaba algo de cena en la nevera, habían llegado muy tarde y no le apetecía cocinar.

—Podemos cenar unas tortillas francesas, es lo más rápido. A mí, las albóndigas y las lentejas no me apetecen nada.

—A mí tampoco —dijo Sofía mientras entraba en la cocina, contenta con su pijama improvisado, enseñándoselo a Matías—. ¿Tienes chocolate?

—Sí. Entonces hacemos unos bocadillos con chocolate y leche caliente, ¿vale? —le preguntó Daniela.

—Sí —respondieron Sofía y Alba.

—Matías, ¿tú también quieres pan con chocolate?

—Yo me comería las lentejas o las albóndigas, lo que me deis, estoy muerto de hambre —contestó mientras colocaba en la mesa las tazas que Alba le iba dando.

Daniela calentó las albóndigas y las lentejas, mientras Laura preparaba los bocadillos. Lo colocaron en la mesa y empezaron a cenar. Hablaban del frío que hacía, de los perros, de la cena. No querían preguntar por qué habían acabado en aquella furgoneta, querían que se sintiesen cómodos. Matías cenó todo lo que había calentado Daniela, no pudo evitarlo, había pasado mucha hambre y aquellos platos le reconfortaron el cuerpo y el alma. Miró a sus hijas, estaban sonrientes, cenaban y hablaban de lo que les gustaba el chocolate. Lola decidía si le gustaba más el blanco o el negro, y se reían cuando se metía un trocito de cada uno en la boca, y Sofía le decía que no hiciese eso. Laura y Alba se fueron a una de las habitaciones en compañía de las niñas. Daniela recogía los platos con la ayuda de Matías, que se ofreció a fregarlos.

—No hace falta, Matías, en unas horas estaremos en pie, si sigues queriendo fregarlos, lo puedes hacer mañana, ahora vamos a la habitación para que veas dónde vais a dormir esta noche.

—Mañana buscaré otro sitio, no os molestaremos. Gracias por dejarnos quedarnos aquí esta noche y por la cena.

—No es necesario que mañana os vayáis, os podéis quedar unos días, Matías, no hay prisa, y teniéndote aquí me creeré mejor cocinera de lo que soy, porque a Laura y a Alba no les hacían mucha gracia las albóndigas.

Matías sonrió.

—Todo estaba muy bueno, y gracias.

—Venga, vamos. —Daniela lo agarró de la mano y lo llevó hasta la habitación. Allí, las hermanas ponían sábanas limpias y mantas a un colchón grande.

—Espero que estéis cómodos aquí. Os dejo más mantas por si tenéis frío —les señaló Laura.

—El colchón está nuevo —interrumpió Daniela—. Es que ves así la habitación llena de cajas y puedes pensar que está sucio o viejo, pero apenas se usó.

—No os preocupéis, ayer pasamos la noche en la furgoneta, hoy dormiremos muy bien.

Sofía se sentó encima del colchón.

—Esto está mejor que la furgoneta —les dijo Sofía.

Lola corrió a su lado.

—Sí, está muy blandito.

Alba destapó la cama y, rápidamente, se metieron dentro.

—Buenas noches —les dijo Laura.

—Buenas noches —se despidió también Alba.

Sofía y Lola les dieron las buenas noches a la vez.

—Gracias por todo, que descanséis —les respondió Matías.

—Podéis dormir hasta la hora que queráis, no os preocupéis, descansad y tapaos bien. Buenas noches.

—Otra noche dormiré contigo —le dijo Lola incorporándose en la cama—. Hoy me quedo con papá.

—Me parece muy bien, cuando tú quieras. Buenas noches, princesas.

—Buenas noches, y gracias por todo.

Por unas horas, la casa se quedó en silencio. Solo el ruido del viento golpeando contra las persianas molestaba el sueño.

Matías se despertó por una llamada a su móvil. Concertó la cita que le pedían. Eran las doce del mediodía y no se escuchaban ruidos en la casa. Se levantó con cuidado de no despertar a sus hijas, que todavía dormían. Vio luz en una habitación del fondo que tenía la puerta entreabierta y, según se iba acercando, oyó el sonido de alguien tecleando en el ordenador.

—¿Se puede? —preguntó, tímidamente,

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