La adivina

Barbara Wood

Fragmento

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Fue en busca de respuestas.

Ulrika, de diecinueve años, se había despertado esa mañana con la sensación de que algo no iba bien. La sensación se agudizó mientras se bañaba y vestía, mientras sus esclavas le recogían el pelo y le ataban las sandalias y le servían el desayuno de gachas de trigo y leche de cabra. En vista de que el inexplicable desasosiego no remitía, había decidido ir a la calle de los Adivinos, donde videntes y místicos, astrólogos y pitonisas prometían soluciones a los misterios de la vida.

Mientras era transportada por las bulliciosas calles de Roma en un palanquín con cortinas, se preguntó de dónde provenía su malestar. Nada extraordinario había sucedido el día anterior. Visitó a unas amigas, curioseó en librerías y dedicó un rato al telar, el típico día de una joven de su clase y educación. Pero luego tuvo un sueño extraño…

Justo pasada la medianoche soñó que se levantaba del lecho, se subía al alféizar de la ventana y aterrizaba descalza en un suelo nevado. En el sueño estaba rodeada de altos pinos en lugar de los árboles frutales que había detrás de la casa, de un bosque en lugar de un huerto, y las nubes se deslizaban sigilosas sobre el rostro de una luna invernal. Veía pisadas, huellas de grandes pezuñas que se adentraban en el bosque. Consciente de la caricia de la luna en sus hombros desnudos, las seguía hasta topar con un lobo grande y peludo de ojos amarillos. Se sentaba en la nieve y el lobo se acercaba, se tumbaba junto a ella y posaba la cabeza en su regazo. La noche era límpida como los ojos del lobo que la miraban desde el regazo y podía notar el latido regular de su potente corazón. Los ojos amarillos parpadeaban y parecían decir: «La confianza está aquí, el amor está aquí, tu hogar está aquí».

Ulrika se había despertado desorientada. «¿Por qué he soñado con un lobo? –se preguntó–. Mi padre se llamaba Wulf.* Falleció hace muchos años en la lejana Persia.»

¿Era el sueño una señal? Pero ¿una señal de qué?

Sus esclavos detuvieron el palanquín y Ulrika descendió, una muchacha alta, ataviada con un vestido de seda largo de color rosa pálido y una estola a juego que le cubría recatadamente la cabeza y los hombros, ocultando un cabello rubio rojizo y un cuello elegante. Caminaba con una desenvoltura y un aplomo que escondían una creciente inquietud.

La calle de los Adivinos era un callejón estrecho abrazado por la sombra de abarrotadas casas de vecinos. Pintados de vivos colores y adornados con objetos a cual más rutilante, los tenderetes y puestos de videntes y profetas, adivinos y pitonisas resultaban prometedores. El negocio iba viento en popa para los vendedores de talismanes, amuletos de la buena suerte y reliquias mágicas.

Conforme Ulrika se adentraba en el callejón, impaciente por descubrir el significado de su sueño con el lobo, los mercachifles la llamaban desde sus tenderetes y barracas afirmando ser «caldeos auténticos» que gozaban de canales directos con el futuro y poseían el tercer ojo. Se dirigió primero al individuo de las palomas enjauladas cuyas vísceras leía por unas pocas monedas. Con las manos embadurnadas de sangre, el hombre aseguró a Ulrika que encontraría un esposo antes de que finalizara el año. A renglón seguido se detuvo en el puesto del hombre que leía el humo, quien declaró que el incienso le auguraba cinco hijos sanos.

Recorridas tres cuartas partes del callejón vislumbró a una persona de aspecto humilde sentada en una estera raída, sin sombra ni barraca ni tenderete. La vidente, vestida con una túnica blanca que había conocido tiempos mejores, estaba sentada con las piernas cruzadas y las manos, largas y huesudas, sobre las rodillas. Mantenía la cabeza gacha, exhibiendo una melena, peinada con raya en medio y más negra que el azabache, que le caía sobre los hombros y la espalda. Ulrika ignoraba qué razones podía haber para elegir a una adivina tan pobre —tal vez a esa adivina le interesara más la verdad que el dinero— pero el caso es que se detuvo frente a ella y aguardó.

Al cabo la vidente levantó la cabeza y a Ulrika le sobresaltó el peculiar aspecto de su cara. Enmarcada por la negra melena, era estrecha y alargada, todo hueso y piel amarilla. Unos ojos negros y tristes coronados por dos cejas sumamente arqueadas se posaron en Ulrika. La mujer parecía casi inhumana y era imposible calcular su edad. ¿Tenía veinte años u ochenta? Un gato de pelaje marrón con motas negras dormía acurrucado a su lado. Ulrika reconoció la raza de los mau egipcios, de la cual se decía que era la más antigua de las razas felinas, puede que incluso la madre de todas las demás.

Devolvió su atención a esos ojos negros que rebosaban tristeza y sabiduría.

—Tienes una pregunta —dijo la adivina en un latín impecable, mirándola con calma desde las profundas cuencas de sus ojos.

El bullicio del callejón amainó. Ulrika quedó atrapada en esos ojos egipcios mientras el gato marrón dormitaba, ajeno a cuanto ocurría a su alrededor.

—Quieres preguntarme por el lobo —continuó la egipcia con una voz que sonaba más antigua que el Nilo.

—Se me apareció en un sueño, sabia. ¿Es una señal?

—¿Una señal de qué? Formula tu pregunta.

—No sé dónde está mi lugar, sabia. Mi madre es romana, mi padre germano. Yo nací en Persia y he pasado la mayor parte de mi vida viajando de un lado a otro con mi madre por causa de su profesión. Allí donde hemos ido me he sentido una extraña. Me preocupa, sabia, que si no descubro adónde pertenezco, nunca llegue a saber quién soy. ¿Era el sueño del lobo una señal de que mi lugar está en la Renania, con la gente de mi padre? ¿Es hora de que abandone Roma?

—Las señales están en todas partes, hija. Los dioses nos guían en todo momento y en todo lugar.

—Hablas en clave, sabia. ¿No podrías, al menos, leerme el futuro?

—Habrá un hombre —dijo la adivina— que te ofrecerá una llave. Cógela.

—¿Una llave? ¿De qué?

—Lo sabrás cuando llegue el momento.

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Cuando Ulrika entró en el jardín situado detrás del alto muro, en la colina del Esquilino, se llevó la mano al pecho y notó bajo la seda del vestido la cruz de Odín, un amuleto protector que la acompañaba desde niña. Sintió su contorno y dureza reconfortantes e intentó convencerse de que todo iba a ir bien. Pero el malestar con que despertara esa mañana había permanecido con ella todo el día, y ahora que el sol comenzaba a ponerse tras los monumentos marmóreos de Roma le costaba respirar. Quería que todo volviera a ser como antes. Esa tarde incluso habría aceptado cosas que tan solo un día atrás la irritaban. Por ejemplo, la esperanza que tenían muchos de que se casara con Druso Fidelio.

Ulrika no quería desobedecer. Roma educaba a sus hijas para ser esposas y madres. Todas sus amigas estaban casadas o prometidas (con excepción de la pobre Cassia, cuyo labio partido y deforme la condenaba a una vida de soltería). No se tenían en cuenta otras aspiraciones. Una joven sola, sin la protección de un hombre, constituía una rareza. Incluso las viudas eran acogidas por familiares varones. Ulrika había confesado a su mejor amiga su deseo de no casarse con Druso Fidelio ni con ningún otro hombre, a lo que esta había contestado: «¡Ninguna muchacha elige quedarse soltera! Ulrika, ¿qué sería de ti?». Ulrika solo alcanzó a responder que siempre había tenido la vaga sensación de que estaba destinada a hacer otra cosa en la vida, aunque no acertara a decir qué. Su madre la había iniciado en las artes curativas —la fabricación y el empleo de remedios, el conocimiento de la anatomía humana y el diagnóstico de enfermedades—, pero Ulrika no quería seguir sus pasos, no quería ser médico.

Mientras observaba en el jardín la llegada de los invitados a la cena pensó: los romanos reciben a sus hermanas e hijas con un beso en la mejilla no como señal de afecto, sino para comprobar si huelen a alcohol. Ella, sin embargo, había oído que en Germania los hombres trataban a las mujeres con más respeto y equidad.

Ulrika se había hecho mujer entre las villas, las calles y los templos de Roma. Había conocido ciudades grandes y bulliciosas y una vida de lujo en una bella casa del Esquilino. Pero ¿y los árboles alpinos envueltos de bruma y misterio? Desde el día en que aprendió a leer había devorado hasta el último libro acerca de los germanos, el pueblo de su padre, y absorbido su cultura y sus costumbres, sus creencias y su historia. Incluso había aprendido su lengua.

«¿Y con qué fin?», se preguntaba conforme iba reconociendo a los invitados que entraban en el patio de su tía Paulina, las damas con vestidos vaporosos, los caballeros con túnicas largas bajo magníficas togas. ¿Acaso todo ese estudio le había servido de preparación para viajar a la que era realmente su tierra? No sería un viaje fácil. Wulf, su padre, había muerto antes de nacer ella. Si dejó parientes, Ulrika no tendría forma de saber quiénes eran ni cómo dar con ellos. Solo sabía que su padre había sido príncipe y héroe de sus gentes de los bosques y que ella descendía de jefes tribales y de profetisas místicas de la Renania.

Un soplo de brisa recorrió el jardín agitando ramas y hojas y el delicado lino de su vestido. Ulrika iba a la última moda, la cual pedía muchas capas, efecto creado mediante un vestido hasta la rodilla y múltiples chales de diferentes longitudes y tonos de azul que iban desde el marino hasta el celeste. Llevaba la melena, trenzada y recogida en un moño, oculta bajo un vaporoso velo de color azafrán llamado palla que le cubría los brazos y le caía por debajo de la cintura. Pendientes y brazaletes de oro completaban su atuendo.

Notó un escalofrío. «Si mi destino es partir, ¿cuándo y cómo lo haré?»

—Estás aquí, cariño.

Ulrika se dio la vuelta y vio a su madre entrar en el jardín. A sus cuarenta años, Selene era una mujer elegante. De figura esbelta, llevaba un vestido de capas de delicado lino en diferentes tonos de rojo y naranja y el pelo, castaño oscuro, recogido en un modesto moño oculto bajo un velo encarnado.

—Paulina me dijo que te encontraría aquí —dijo acercándose a su hija con las manos extendidas.

Paulina era una viuda noble y aquella era su casa. Ulrika la llamaba «tía Paulina» porque era la mejor amiga de su madre, una mujer que se relacionaba con las más altas esferas de Roma. Paulina solo invitaba a su mesa a los ciudadanos más distinguidos, y Selene, la madre de Ulrika, siendo como era médico y buena amiga del emperador Claudio, estaba entre ellos.

Ulrika enlazó su brazo al de su madre; al acercarse a la casa coincidieron con tres hombres de rígido porte militar que estaban discutiendo una estrategia de combate. Vestían largas túnicas blancas y togas con el ribete morado. Al ver a las dos mujeres se interrumpieron para presentarse y saludarlas, y cuando uno de ellos, un hombre arrogantemente atractivo de dientes blancos y rostro bronceado, dijo llamarse Gaio Vatinio, Ulrika advirtió que su madre se ponía tensa.

—¿Comandante Vatinio? —dijo Selene—. ¿He oído hablar de ti?

Uno de los hombres rió.

—¡Si no es así, querida señora, le has arruinado el día! A Vatinio lo destrozaría descubrir que hay una mujer hermosa en Roma que ignora quién es.

Consciente de la voz tirante de su madre, Ulrika observó detenidamente al hombre al que Selene había llamado «comandante». De cuarenta y pocos años, era alto, de ojos hundidos y nariz prominente y recta. Su rostro poseía una belleza severa, como si estuviera cincelado en mármol, y su actitud arrogante se reflejaba en la sonrisa de suficiencia que jugaba en sus labios.

—¿No serás por casualidad el Gaio Vatinio que combatió hace unos años en el Rin? —oyó preguntar a su madre con la voz entrecortada.

La sonrisa del militar se ensanchó.

—Lo que quiere decir que sí has oído hablar de mí.

Gaio Vatinio miró a Ulrika y sus ojos se pasearon por su cuerpo con una parsimonia que la incomodó. Un instante después un esclavo anunció la cena y los tres individuos se disculparon y se dirigieron a la casa.

Ulrika se volvió hacia su madre y vio que había palidecido.

—Ese Gaio Vatinio te ha puesto nerviosa, madre. ¿Quién es?

Selene evitó la mirada de su hija cuando dijo:

—Hace años, antes de que tú nacieras, dirigió las legiones del Rin. Entremos.

Había cuatro mesas, cada una rodeada de divanes por tres de sus lados. La colocación de los invitados seguía un estricto protocolo, con los más importantes reclinados en el extremo izquierdo de cada diván. El cuarto lado de la mesa quedaba despejado para que los esclavos pudieran ir y venir con la comida y la bebida. En el centro de cada mesa había un faisán asado vestido con sus plumas y, a su alrededor, otras fuentes de las que los comensales podían servirse a su antojo. La conversación de treinta y seis personas llenó el comedor mientras se instalaban en sus divanes, ahogando prácticamente el sonido de la melodía de un músico que tocaba la zampoña.

Cuando Ulrika se disponía a ocupar su lugar junto a un abogado llamado Máximo, levantó la vista hacia Gaio Vatinio, al que tenía enfrente, y vio algo que la detuvo en seco.

Sentado en el suelo, a los pies del comandante, había un perro de gran tamaño.

Frunció el entrecejo. ¿Cómo osaba un invitado traer su perro a la cena? Miró a los demás comensales; estaban sirviéndose vino y manjares entre risas. ¿Nadie más lo encontraba extraño?

Ulrika devolvió la vista al perro y de repente se le cortó la respiración. No, no era un perro. ¡Era un lobo! Grande, gris y peludo, de ojos penetrantes y orejas puntiagudas. Como el de su sueño. Y la estaba mirando a ella mientras Gaio Vatinio conversaba con sus compañeros de mesa.

Ulrika no podía apartar los ojos de la bella criatura.

Pero mientras ella permanecía ahí clavada y con la mirada fija, el lobo empezó a desvanecerse lentamente, hasta que desapareció por completo. Ulrika parpadeó. El animal no se había levantado. No había salido del comedor. Simplemente se había evaporado delante de sus ojos.

Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se agarró al diván y se dejó caer en él. El miedo le cerró la garganta. Al fin comprendía el porqué del desasosiego que la había acompañado todo el día.

La enfermedad había vuelto.

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Ulrika pensaba que la enfermedad secreta que había empañado su infancia, y de la que no había hablado con nadie, ni siquiera con su madre, había desaparecido cuando tenía doce años.

No podía recordar la primera vez que había visto algo que los demás niños no podían ver o soñado algo antes de que ocurriera o acariciado la mano de una persona y sentido su sufrimiento interno. A los ocho años, en la carnicería, con su madre, el carnicero buscando un cuchillo mientras los clientes aguardaban impacientes, Ulrika diciendo «Se cayó debajo de la mesa de la trastienda», el carnicero entrando en la trastienda y regresando con el cuchillo en la mano y cara de extrañeza. Ulrika había visto suficientes caras como esa para saber que las cosas que veía y sentía, ya fuera en sueños ya fuera en visiones, no eran normales. Dado que se sentía como una extraña en cada ciudad en la que ella y su madre vivían temporalmente, había aprendido a callar y a dejar que la gente encontrara por sí sola sus cuchillos perdidos.

Entonces, siete años atrás, un día de verano, Ulrika estaba con su madre disfrutando de una merienda en el campo cuando, en el calor de la tarde, entre el zumbido de las abejas y el perfume embriagador de las flores, vio a una mujer joven que corría entre los árboles con la melena agitada, la boca abierta en un grito silencioso y los brazos manchados de sangre.

—Madre, ¿de qué huye esa mujer? —preguntó mientras pensaba que deberían acudir en su ayuda—. Parece muy asustada y tiene las manos cubiertas de sangre.

—¿Qué mujer? —preguntó Selene mirando a su alrededor.

Cuando la aterrada mujer se esfumó delante de sus ojos, Ulrika comprendió, asustada, que había tenido otra de sus visiones, si bien más intensa y vívida que todas las anteriores.

—Nadie, madre. Ya se ha ido.

De eso hacía siete años, y desde entonces no había vuelto a tener más alucinaciones ni sueños sobre acontecimientos futuros o lugares fantásticos, ni a sentir las emociones de otras personas, ni a conocer el paradero de objetos extraviados. Ulrika había entrado en la pubertad y al fin era una chica normal y sana como las demás. Pero en ese momento, en la casa de tía Paulina, acababa de tener una visión.

La voz del comandante Gaio Vatinio la arrancó de su ensimismamiento.

—Hay que someter a los germanos —estaba diciendo a sus compañeros de mesa—. Durante el reinado de Tiberio firmamos tratados de paz con los bárbaros, y ahora los están incumpliendo. Yo me encargaré de sofocar los disturbios de una vez por todas.

En el comedor de Paulina los invitados se reclinaban sobre los divanes apoyándose en el brazo izquierdo y cogiendo la comida con la mano derecha. El comandante Vatinio ocupaba el lugar de honor en la mesa de Ulrika. Selene, que hacía de anfitriona, yacía en el diván situado a su izquierda. Ulrika se hallaba enfrente. En medio había una pareja llamada Máximo y Juno, un contable retirado llamado Horacio, y Aurelia, una viuda de edad avanzada. Con la mano cogían champiñones fritos con ajo y cebolla, anchoas crujientes y orondos gorriones rellenos de piñones.

Al reparar en cómo lo miraba Ulrika, el comandante Gaio Vatinio, un soltero empedernido, calló y la miró a su vez. Y no pudo por menos que admirar su peculiar belleza, la piel de marfil, el cabello del color de la miel oscura. También sus ojos azules eran una rareza entre las mujeres romanas. Un raudo vistazo a su mano izquierda le indicó que no estaba casada, lo cual llamó su atención, pues parecía haber sobrepasado la edad casadera.

Esbozó una sonrisa encantadora y dijo:

—Te estoy aburriendo con mi charla militar.

—En absoluto, comandante —repuso Ulrika—. Siempre me ha interesado la Renania.

—¿Por qué no pueden sentar la cabeza y civilizarse? —dijo Aurelia con cara de fastidio—. No hay más que ver lo que nosotros hemos aportado al resto del mundo. Nuestros acueductos, nuestras calzadas.

Vatinio se volvió hacia la anciana.

—Lo que tiene tan disgustados a los bárbaros es que cuatro años atrás el emperador Claudio elevó una plaza fuerte del Rin a la categoría de colonia, a la que puso el nombre de Colonia Agrippinensis en honor a su esposa Agripina, nacida allí. Fue entonces cuando comenzaron realmente las incursiones. Por lo visto, la romanización de un viejo territorio germánico ha despertado rancios sentimientos de patriotismo tribal y orgullo racial. —Vatinio agitó sus largos dedos cargados de anillos—. Claudio ha depositado en mí la honrosa responsabilidad de hacer que Colonia sea defendida a cualquier precio.

Ulrika alcanzó su copa de vino, mas no pudo beber. Primero el lobo… y ahora Vatinio hablando de reanudar los combates en Germania.

—Los bárbaros llevaban mucho tiempo sin dar problemas —intervino Máximo, el abogado gordo y ricachón. Alzó una mano y su esclavo personal se acercó para limpiarle la grasa de los dedos—. He oído que las tribus están siendo incitadas por un cabecilla rebelde. ¿Sabéis quién es?

El atractivo rostro de Vatinio se ensombreció.

—No sabemos quién es, ni siquiera sabemos cómo se llama. Nunca lo hemos visto. Según nuestros informadores, apareció de repente, como salido de la nada, y ahora está dirigiendo tribus germánicas en nuevos levantamientos. Atacan cuando menos lo esperamos y luego se ocultan en el bosque.

Vatinio bebió un sorbo de vino, aguardó a que su esclavo le secara los labios y añadió en tono contundente:

—Pero yo encontraré a ese cabecilla, y entonces ordenaré que lo ejecuten públicamente como advertencia a otros germanos que estén pensando en rebelarse.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de tu éxito, comandante? —preguntó Ulrika—. He leído que los germanos son gente astuta. ¿Qué estás barajando en tu mente para tener la certeza de que vencerás?

—Un plan que no puede fallar —respondió el militar con una sonrisa firme—, porque se basa en el efecto sorpresa.

A Ulrika se le aceleró el corazón. Alcanzó una aceituna con mano temblorosa y dijo:

—Yo creo que a estas alturas los germanos están al corriente de todas las estrategias que utilizan las legiones, incluso las que pretenden sorprender.

—Este plan será diferente.

—¿En qué sentido?

El comandante meneó su atractiva cabeza.

—No lo entenderías.

Ulrika insistió.

—Los temas militares no me aburren, comandante. He leído las memorias de Julio César. Por ejemplo, ¿tienes intención de utilizar máquinas de guerra en tu campaña?

Vatinio la miró un instante, admirando sus cabellos color miel, su delicado rostro ovalado, su expresión franca —no podía decirse que la muchacha fuera tímida— y, halagado por su interés en el plan, además de impresionado por su capacidad para comprenderlo, no pudo resistir la tentación de contestar:

—Eso es precisamente lo que esperarán los bárbaros. Por lo tanto, tengo en mente un plan diferente. Esta vez les pagaré con la misma moneda.

Ulrika le lanzó una mirada inquisitiva.

—El emperador Claudio me ha concedido libertad plena en esta campaña. Gozo de autoridad para reclutar a cuantos legionarios y cuanta maquinaria de asedio precise. Y eso es lo que los bárbaros verán. Catapultas y torres móviles, tropas montadas y unidades de infantería. Todo muy organizado y muy romano. Lo que no verán —hizo una pausa para beber un sorbo de vino y prolongar la expectación de la encantadora joven— son las guerrillas, adiestradas y dirigidas por bárbaros y desplegadas por los bosques detrás de ellos.

Ulrika miró a Gaio Vatinio de hito en hito y sintió que un puño helado le estrujaba el corazón. Aquel hombre tenía intención de utilizar las estrategias de guerra germánicas contra los propios germanos.

Bajó la vista hacia sus manos, donde sintió el pulso latir con fuerza en sus dedos, y pensó: «Será una carnicería».

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Ulrika era incapaz de conciliar el sueño.

Se echó la capa de lana sobre el camisón y salió del dormitorio. La casa estaba a oscuras y en silencio, pero sabía que su madre no dormía. Selene aprovechaba esos momentos de calma para escribir en su diario, estudiar textos médicos y preparar remedios. Cuando llamó a la puerta de su habitación, Ulrika advirtió que su visita no la sorprendía.

—Te esperaba —dijo Selene cerrando la puerta. En el brasero ardía carbón, y dos sillas con sendos escabeles estaban dispuestas a su lado.

Ulrika se había marchado de la cena de tía Paulina presa de la preocupación, pero en aquella pequeña estancia donde su madre mezclaba pócimas, elixires, polvos y ungüentos se sintió algo más tranquila. La habitación estaba llena de pergaminos y libros, textos antiguos y hojas de papiro con hechizos, oraciones, conjuros y palabras mágicas para curar a los enfermos. Porque eso era lo que su madre hacía: curar a la gente.

Y ahora, por primera vez en su vida, Ulrika quería hablarle de las visiones, los sueños y las premoniciones de su infancia, contarle la visión del lobo en la cena, preguntarle qué significaba y si existía una cura para su enfermedad.

Pero en lugar de eso, tras tomar asiento dijo:

—Madre, en la cena apenas probaste bocado. Estabas pálida y taciturna. Y mirabas de una manera muy extraña al comandante Vatinio… ¿Por qué te altera de ese modo?

Selene ocupó la otra silla, asió un atizador negro y agitó las brasas.

—Fue Gaio Vatinio quien años atrás redujo a cenizas el pueblo de tu padre y se llevó a tu padre encadenado. Durante los años que estuvimos juntos, Wulf siempre hablaba de regresar a Germania y vengarse de Gaio Vatinio.

Selene soltó un largo suspiro. Siempre había sabido que ese día llegaría, siempre lo había temido. Y ahora que había llegado, sentía que el coraje la abandonaba. Recordó el día en que Ulrika, con nueve años, entró en casa llorando porque un matón del barrio le había llamado bastarda. «Dijo que los bastardos no tienen padre y que yo no tengo padre.» Selene la consoló diciendo: «No hagas caso de lo que dice la gente. Hablan sin conocimiento de causa. Tú tienes un padre, pero murió y ahora está con la diosa».

Ulrika empezó entonces a hacer preguntas, y Selene le enseñó lo que sabía del pueblo de Wulf. Le habló del Árbol del Mundo y de la Tierra de los Gigantes Helados y del Mundo Intermedio, donde moraba Odín. Le explicó que le habían puesto el nombre de su abuela germana, la profetisa de la tribu; según Wulf, Ulrika significaba «el poder del lobo». Le contó asimismo que su padre era un príncipe de su tribu, hijo del héroe Arminio. (Pero no le dijo que era hijo ilegítimo, porque ¿qué bien podía hacer eso?)

A partir de ahí Ulrika se creó un padre imaginario. Jugaba con cucharas de madera que hacían de pinos y con una zanja en el jardín que llenaba de agua para formar un perfecto río Rin. Elaboraba historias sobre el príncipe Wulf en las que, tras muchas aventuras, batallas y romances, su padre siempre salía airoso. «Vuelve a contarme cómo era mi padre, mamá», decía Ulrika, y Selene describía al guerrero Wulf, su larga cabellera rubia y su cuerpo bello y musculoso. Cuando cumplió doce años y dejó a un lado las muñecas y las fantasías, se volcó en los libros y devoró todos los tomos y textos sobre Germania a fin de conocer la historia del pueblo y la tierra de su padre.

Ulrika estudió ahora el rostro de su madre a la luz ambarina de los rescoldos.

—Hay algo más, ¿verdad, madre? Hay algo que no me has contado.

Selene levantó la vista y se quedó mirando a su hija, a esa criatura que había estado rodeada de magia y misterio desde el momento de su concepción en la lejana Persia. Pensó de nuevo en el don que sospechaba que Ulrika había heredado de sus antepasados germanos, un tipo de clarividencia que había observado en ella durante la infancia. De niña, Ulrika era capaz de encontrar objetos perdidos, se preparaba para sucesos imprevisibles como si hubiera sabido que se avecinaban y hablaba de la tristeza de alguien cuando ni la propia Selene la percibía. Sabía que Ulrika creía que había mantenido su don en secreto, y Selene se lo había respetado esperando que algún día acudiera a ella para pedirle una explicación, para hablar de las percepciones que tenía. Siete años atrás Selene pensó que ese día había llegado cuando estaban merendando en el campo y Ulrika dijo que veía a una mujer asustada corriendo entre los árboles. Pero no había ninguna mujer. Selene sabía que se trataba de otra de sus visiones. Y después de eso, curiosamente, el don pareció esfumarse, como si la pubescencia hubiese ahogado por completo su especial capacidad perceptiva.

Dejando ir otro suspiro, dijo:

—Es algo que debí contarte hace mucho tiempo. Quería hacerlo. No me parecía adecuado explicártelo cuando eras niña, siempre me decía «Cuando sea un poco mayor», y el momento adecuado nunca llegaba. Ulrika, te conté que tu padre pereció en un accidente de caza antes de que nacieras, en la época en que él y yo vivíamos en Persia. No es cierto. Tu padre abandonó Persia y regresó a Germania.

Ulrika miró atónita a su madre mientras sonidos lejanos flotaban en la noche: el chirrido de ruedas en el desierto callejón que transcurría paralelo al muro de la casa, el chacoloteo de cascos sobre los adoquines, la llamada solitaria de un ave nocturna.

—Se fue porque yo insistí —prosiguió quedamente Selene—. Llevábamos poco tiempo en Persia cuando oímos que Gaio Vatinio había estado allí antes que nosotros. Nos contaron que se dirigía a la Renania. Rogué a tu padre que se marchara, que fuera tras él mientras yo me quedaba en Persia.

—¿Y se marchó? ¿Sabiendo que estabas embarazada?

—Tu padre ignoraba que esperaba un hijo. No se lo conté. Sabía que se habría quedado conmigo, porque tu padre era un hombre de honor, y que una vez que hubiera tenido el bebé ya nunca nos dejaría. No tenía derecho a interferir en su vida, Ulrika.

—¿Que no tenías derecho? ¡Eras su esposa!

Selene negó con la cabeza.

—No lo era. No estábamos casados.

Ulrika la miró estupefacta.

—Wulf tenía esposa —prosiguió Selene con calma, evitando la mirada de su hija—. Tenía una esposa y un hijo en Germania. Oh, Ulrika, tu padre y yo no estábamos destinados a pasar juntos el resto de nuestra vida. Su sino estaba en la Renania, y sabes que yo tenía mi propia búsqueda personal. Debíamos tomar caminos diferentes.

—Se marchó de Persia —dijo lentamente Ulrika— sin saber que estabas embarazada. Sin saber nada de mí.

—Sí.

De repente Ulrika abrió mucho los ojos.

—¡Y tampoco sabe nada de mí ahora! ¡Mi padre no sabe que existo!

—Está muerto, Ulrika.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si tu padre hubiera llegado a Germania, habría encontrado a Gaio Vatinio y llevado a cabo su venganza.

El horror se reflejó en los ojos de la muchacha.

—Y Gaio Vatinio está vivo —dijo quedamente—. Lo que solo puede significar que mi padre está muerto.

Selene intentó cogerle la mano pero Ulrika la apartó bruscamente.

—¡No tenías derecho a ocultármelo! —gritó—. ¡Todos estos años han sido una mentira!

—Lo hice por tu bien, Ulrika. De niña no habrías sido capaz de entenderlo. No habrías comprendido por qué dejé que tu padre se marchara.

—Hace mucho que ya no soy una niña, madre —replicó Ulrika con voz tirante—. Pudiste contármelo antes en lugar de permitir que lo averiguara de este modo. —Se levantó—. Me privaste de mi padre. Y esta noche, madre, dejaste que compartiera mesa con ese monstruo.

—Ulrika…

Pero Ulrika ya había cruzado la puerta y desaparecido.

5

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Ulrika miraba el techo con el lejano rumor del tráfico nocturno que recorría las calles de la ciudad como ruido de fondo. Sentía que la cabeza le iba a estallar. Había llorado un rato y después se había puesto a pensar. Tendida en su lecho con los ojos fijos en la oscuridad, intentaba poner en orden sus emociones. Le remordía la terrible forma en que había tratado a su madre, marchándose de ese modo, faltándole al respeto.

«Me disculparé por la mañana, nada más levantarme. Y puede que entonces hablemos de mi padre, puede que eso nos ayude a reparar el distanciamiento que no tendría que haberse producido entre nosotras.

»Padre…»

¿Cómo podía su madre estar tan segura de que estaba muerto? ¿Hasta qué punto era Gaio Vatinio prueba suficiente de ello? Que el comandante estuviera vivo no significaba forzosamente que Wulf no hubiera regresado a la Renania.

Se levantó y caminó hasta la ventana, donde aspiró el perfume de esa noche de primavera. El suelo estaba blanco y se extendía colina arriba como un manto de nieve; pétalos de árboles frutales en flor, de color rosa y naranja, caían como copos de nieve y parecían blancos bajo la luna.

Pensó en la Renania nevada, imaginó a su padre guerrero tal como su madre se lo había descrito tantas veces: alto, musculoso, con una frente feroz, orgullosa. Si, como decía su madre, abandonó Persia veinte años atrás, habría llegado a Germania después de la firma de los tratados de paz, cuando la región ya no estaba en guerra con Roma y gozaba de estabilidad. Wulf habría tenido que establecerse, como muchos de sus compatriotas, y dedicarse a otras ocupaciones, como la crianza de animales. Fue el reciente decreto de Claudio que elevaba de categoría a Colonia y ordenaba la tala de los bosques circundantes para permitir el asentamiento lo que abrió viejas heridas, reavivó viejos rencores y reinició la contienda.

¿Era posible? ¿Podía estar su padre entre esos luchadores? ¿Podía ser el nuevo héroe de la rebelión de su pueblo?

Ahora comprendía el significado del sueño del lobo. Era, en efecto, una señal de que debía ir a la Renania.

Cuando, de adolescente, le dio por aprender todo sobre el pueblo de su padre, su madre fue a una de las muchas librerías de Roma y le compró el mapa más reciente de Germania. Juntas, madre e hija analizaron las características topográficas y, basándose en cómo había descrito Wulf su hogar a Selene, lo que incluía hasta el último meandro del afluente que alimentaba el Rin, fueron capaces de marcar el lugar donde vivía su clan. Allí, según palabras de Wulf, su madre era la cuidadora de un antiguo lugar sagrado.

Selene señaló con tinta el lugar, el bosque sagrado de la Diosa de las Lágrimas de Oro, al tiempo que explicaba a su hija: «Cuentan que Freya amaba tanto a su marido que siempre que este emprendía un largo viaje derramaba lágrimas de oro».

Ulrika corrió hasta el arcón de caoba que descansaba a los pies de su cama, cayó de rodillas frente a él y levantó la pesada tapa para hurgar entre las ropas de su infancia y los valiosos recuerdos de una vida itinerante. Halló el mapa y lo desenrolló con dedos temblorosos. Ahí estaba el lugar, todavía marcado, que indicaba dónde vivía el clan de Wulf.

Apretando el mapa contra su pecho, sintió que el coraje corría de repente por sus venas, y también una nueva razón de ser. Y apremio. Gaio Vatinio estaba reuniendo a sus legiones en ese preciso instante. Al día siguiente iniciarían su marcha hacia el norte.

Cogió su toga. «Debo contárselo a madre. Debo disculparme por mi comportamiento egoísta, pedirle perdón por faltarle al respeto y rogarle que me ayude a organizar mi viaje.»

Pero Ulrika no vio luz ni oyó ruido en los aposentos de su madre y no quiso despertarla. Selene trabajaba largas horas ayudando infatigablemente a los demás.

Regresaría por la mañana.

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Ulrika despertó cuando sus esclavas entraron con el desayuno y agua caliente para el baño, pero estaba impaciente por desagraviar a su madre y compartir con ella la maravillosa noticia.

«Necesitaré dinero —se dijo cuando se acercaba a su puerta—. Me llevaré pocos esclavos para poder viajar a buen ritmo. Madre sabrá qué ruta es la más rápida. Gaio Vatinio partirá hoy con una legión de sesenta centurias, esto es, seis mil hombres. He de llegar a Germania antes que él. Debo encontrar el campamento secreto de mi padre para ponerle sobre aviso.»

—Lo siento, señora —dijo Erasmo, el viejo sirviente, tras abrirle la puerta del dormitorio de Selene—. Tu madre no está. Tuvo que marcharse por una emergencia antes del alba. Un parto difícil… Podría ausentarse dos días.

¡Dos días! Ulrika se retorció las manos. No quería perder ni siquiera un día.

—¿Sabes adónde fue? ¿A casa de quién?

Pero el viejo sirviente lo ignoraba.

Ulrika se detuvo a reflexionar. Roma era una ciudad grande, con una población enorme. Su madre podría estar en cualquier lugar de ese interminable laberinto de callejuelas.

De regreso a sus aposentos cambió de planes. «Puedo hacerlo sola —se dijo—. Madre lo entenderá. ¿Cuántas veces nos hemos marchado inopinadamente de un pueblo o ciudad bajo la protección de la noche? ¿Cuántas veces hemos ido de aquí para allá debido a la búsqueda personal de madre?»

Cogió una hoja de papiro de su escritorio, humedeció una pastilla de tinta que ablandó con la punta de una varilla de carrizo y, tras meditarlo unos instantes, escribió: «Madre, me voy de Roma. Creo que mi padre sigue vivo y debo avisarle de la emboscada que Gaio Vatinio planea contra sus guerreros. Quiero contribuir a la lucha. Y luego quiero conocer a la gente de mi padre, a mi gente».

Se interrumpió para escuchar cómo la casa volvía a la vida conforme los esclavos se dirigían a sus tareas y la voz chirriante del viejo Erasmo gritaba órdenes. Observó las cortinas de sus ventanas mecidas por la brisa y se estremeció de emoción y de orgullo por su nueva razón de ser. Pensó en la gente a la que iba a conocer en los mágicos bosques con los que había soñado tantas veces. Y comprendió con sorpresa que tenía otras razones para querer llegar cuanto antes a la tierra de su padre, razones que tenían que ver con su enfermedad secreta, con las visiones y los sueños que tanto la habían asustado de niña y que parecían haber vuelto. Quizá por eso había soñado con el lobo la noche anterior, quizá la respuesta a su enfermedad —y el remedio— se hallara en el pueblo de su padre, en los bosques brumosos del lejano norte.

Siguió escribiendo. «Llevo diecinueve años sin un padre. Deseo recuperar el tiempo perdido. Y deseo darle algo al hombre que me dio la vida. Te quiero, madre. Me protegiste cuando no tenía plumas y mi nido era frágil. Dijiste que yo era un regalo de la Diosa, el milagro que te fue concedido en tu solitario exilio, y como tal siempre supiste que no te pertenecía del todo, que la Diosa me llamaría algún día para una misión especial. Creo que la llamada ha llegado. Creo que pronto descubriré dónde está mi lugar, y una vez allí, comprenderé quién soy.

»Querida madre, te querré y honraré siempre, y rezo para que algún día volvamos a estar juntas. Adondequiera que me lleve mi camino, madre, sea cual sea el destino que me aguarde, te llevaré siempre en mi corazón.»

Roció la tinta con polvo para secarla y afianzarla y, cuando estaba enrollando el papiro y sellándolo con lacre rojo, se le derramó una lágrima. La pequeña mancha se extendió sobre el papiro creando una curiosa figura en forma de estrella.

Encontró a Erasmo en el atrio, supervisando la limpieza de las pilas de mármol para los pájaros. Ulrika confiaba en él para que hiciera llegar la carta a su madre.

—Sí, sí, señora —dijo el hombre inclinando su calva cabeza y guardándose el papiro en uno de los muchos bolsillos secretos que contenía su vistosa túnica—. Se lo entregaré en cuanto regrese.

Mientras preparaba cuidadosamente su equipaje, la mente le daba vueltas. ¿Cómo llegaría al lejano norte? Colonia se hallaba prácticamente en la cima del mundo. ¿Debía llevarse esclavos o viajar sola? Barajó la posibilidad de pedir consejo a tía Paulina o a su padrastro o a su mejor amiga, pero enseguida lo descartó, pues sabía que intentarían hacerle desistir de su idea.

Guardó en un petate su ropa más resistente, unas sandalias, artículos de tocador, dinero y una capa de repuesto. Hecho esto, cogió algunas cosas de las reservas medicinales de su madre: tarros con remedios, bolsas de hierbas, moho de pan, vendajes, un escalpelo y sedal.

Salió de su casa sin despedirse y caminó resueltamente hasta el foro, en cuyo mercado compró víveres y un odre de agua. Tras doblar por la vía principal que atravesaba los muros de la ciudad en dirección norte, Ulrika apretó el paso mientras rogaba a la Diosa que la acompañara y rezaba para que la Madre de Todos le proporcionara fuerzas para dar la espalda a la única familia y el único mundo que conocía y hacer frente a un destino desconocido con aplomo y coraje.

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Sebastiano Gallo se paseaba inquieto, esperando noticias de su astrólogo personal. Tenían que salir de Roma ese mismo día.

El próspero jefe de la caravana, un hombre joven de espalda ancha, pelo broncíneo y barba muy corta, se detuvo delante de la tienda para observar a su viejo amigo.

El grueso griego estaba sentado al sol frente a una mesa baja, inclinado sobre cartas y mapas astrales y con instrumentos de su oficio de astrólogo en sus manos rollizas. Timónides llevaba toda la vida al servicio de la familia Gallo, por lo menos desde que a Sebastiano le alcanzaba la memoria, y el rico mercader jamás daba un paso sin consultarlo primero con el astrólogo. Esa mañana, sin embargo, algo iba mal, y Sebastiano estaba preocupado.

Timónides era un hombre voluminoso sin un solo día de enfermedad en su haber. Últimamente, no obstante, había contraído una dolencia que mermaba su capacidad para elaborar horóscopos precisos. Sebastiano lo había llevado a los mejores médicos de Roma, pero todos habían meneado la cabeza y asegurado que nada podía hacerse. Timónides estaba destinado a vivir con dolor el resto de sus días.

Mientras aguardaba a que el pobre astrólogo, ceniciento a causa de su tormento, hiciera el horóscopo del día, Sebastiano dio vueltas al grueso brazalete de oro que lucía en el brazo derecho y escudriñó la bruma de un centenar de fogatas matutinas. La escala para las caravanas que hacían la ruta norte-sur se encontraba extramuros, en la vía Flaminia.

Dicho enclave, situado al norte de la ciudad, donde Sebastiano Gallo se hallaba temporalmente acampado con un pequeño complejo de tiendas, mercancías y trabajadores, hervía con el ajetreo y el bullicio de las caravanas que llegaban de todos los rincones de la tierra con nuevos artículos o se preparaban para partir hacia lejanos destinos. En el caso del joven Gallo, su caravana, formada por carretas, carromatos, caballos, mulas y esclavos, se estaba demorando en su partida hacia la Baja Germania, en la cuenca norte del Rin, donde los asentamientos aguardaban nuevas remesas de vino procedente de Hispania, cereales egipcios, telas italianas y lujos varios que Sebastiano había comprado a comerciantes arribados de Egipto, África y la India.

Tendría que haber partido hacía dos días, pero Sebastiano no osaba levantar su campamento hasta que Timónides le asegurara que contaban con el permiso de las estrellas. Creía firmemente que los dioses desvelaban sus mensajes a través de los cielos y que bastaba que un astrólogo observase lo escrito en él por las estrellas, los planetas, la luna y los cometas para que supiera qué camino seguir. Pero no había previsto que su astrólogo se vería impedido por una misteriosa dolencia que obligaría a Sebastiano a ver con impotencia cómo otros mercaderes y comerciantes ordenaban a sus hombres que arrancaran las estacas a fin de partir hacia el norte, el este o el oeste.

—¡Por aquí, señorita! Ese individuo seguro que te engaña. Yo, en cambio, soy un hombre honrado. ¡Te llevaré a donde me pidas!

Sebastiano se volvió al reconocer la voz chirriante de Hashim al-Adnan, un árabe de tez oscura que se ganaba bien la vida llevando papiros egipcios a los fabricantes de libros del norte. De pie, bajo el toldo rayado de su tienda, daba la impresión de estar intentando robarle una clienta al jefe de otra caravana, un sirio fornido llamado Kaptah el Noveno (por ser el noveno de quince hermanos). Rodeado de ánforas repletas de aceite de oliva y listo para partir hacia los asentamientos alpinos del norte, Kaptah dirigió un gesto grosero a Hashim, tras lo cual se volvió hacia la potencial clienta y dijo:

—Ese hombre es un cerdo, querida dama. Te sacará hasta la última moneda y luego te abandonará en las montañas para que los cuervos te picoteen los ojos. Yo soy el hombre más honrado de por aquí, pregunta a quien quieras.

Las caravanas de mercancías aceptaban a viajeros independientes siempre y cuando pagaran bien y pudieran cuidar de sí mismos. Dada la protección que ofrecían, las caravanas grandes eran la forma de viajar más segura tanto si era por negocios como para visitar a familiares o simplemente por turismo. El propio Sebastiano había aceptado esa mañana a unos cuantos hermanos que se dirigían a Massilia para asistir a una boda. Tenían carro propio y pagaban bien por la escolta.

Sebastiano examinó el objeto de disputa entre el árabe y el sirio: una mujer. Joven, dedujo por el porte y la esbeltez de su cuerpo. Y rica, a juzgar por la tela del vestido y por la palla echada sobre la cabeza. Sin embargo, no parecía ir acompañada por esclavos ni por escolta. Es más, llevaba dos petates colgados a los hombros, además de un odre con agua y una bolsa con comida. ¿Una mujer joven viajando sola? Por fuerza no podía ir muy lejos, quizá al pueblo más cercano.

Mientras los avariciosos mercaderes se la disputaban como chuchos con un hueso, Sebastiano regresó a sus agitados pensamientos y a su impaciencia por partir, la cual nada tenía que ver con sus actividades comerciales a lo largo del Rin. Sebastiano Gallo estaba compitiendo por llegar a los extremos de la tierra, donde se decía que los barcos sobrepasaban el filo y los caballos se adentraban en brumas heladas para no regresar jamás.

Competía por el codiciado diploma imperial para conducir una caravana hasta la lejana China. Y lo que lo tenía tan inquieto esa mañana de primavera que rebosaba bullicio, humo y sol era que sus contrincantes eran cuatro mercaderes a los que conocía en persona y que sabía eran ciudadanos responsables que comerciaban limpiamente y merecían la ruta de la China tanto como él. Pero el emperador Claudio solo concedería el diploma a uno de ellos.

Cada mercader debía completar su ruta acostumbrada y destacar al mismo tiempo en algún empeño. Sebastiano sabía que sus cuatro rivales conseguirían sobresalir ante los ojos de Claudio. Badru el Egipcio había partido hacia África con fruslerías y ropas baratas para intercambiarlas por marfil y caparazones de tortuga, y Sebastiano sabía que tal vez conseguiría regresar con una bestia singular para la arena. Sahir el Hindú se dirigía al sudeste a fin de recoger perfumes e inciensos, y era probable que encontrara libros de inestimable valor para el emperador. Adon el Fenicio iba camino de Hispania con pimienta y clavo, y a buen seguro regresaría con un vino añejo que sería del agrado de Claudio. Y no dudaba de que Gaspar el Persa, cuya ruta comercial lo adentraba en los montes Zagros, hallaría una extraña flor con poderosas propiedades afrodisíacas (todo el mundo sabía lo desesperado que estaba Claudio por complacer a su joven esposa Agripina). Pero Sebastiano Gallo el Hispano se disponía a seguir su habitual ruta del norte para comerciar con ámbar y peltre, sal y pieles. ¿Qué podría encontrar él en la Renania que sorprendiera al emperador Claudio lo bastante para concederle el codiciado diploma?

Más le inquietaba aún el rumor de que las legiones romanas, comandadas por Gaio Vatinio, se dirigían al norte para entablar una cruenta batalla con los renegados bárbaros. Aunque la guerra podía beneficiar al negocio, en este caso también podía minar las oportunidades de Sebastiano de hacerse con el diploma.

Miró con impaciencia a Timónides, que estaba intentando, con poco éxito, aplicar un transportador de cobre a una carta zodiacal. Se preguntó si no debería buscarse los servicios de otro astrólogo. ¡El tiempo se le echaba encima!

Gallo ansiaba hacerse un nombre. Su padre, su abuelo y sus tíos habían abierto rutas comerciales nuevas, acrecentando con ello el prestigio de la ya conocida y respetada familia Gallo. Sebastiano deseaba demostrar su valía asegurando al emperador Claudio la ruta de la China. Era la última frontera conocida, la última oportunidad de abrir una nueva ruta y, simultáneamente, obtener la singular distinción de haber sido el primer hombre de Occidente en llegar al palacio imperial de la China.

—¡Yo te llevaré hasta la mismísima Colonia! ¡Este hombre se detiene en Lugdunum! ¡Seguro que te abandona allí! ¡Yo tengo un agradable carro donde solo viajan otros tres pasajeros!

Al oír los ladridos de Hashim, Sebastiano se volvió al instante. ¿La joven dama quería viajar hasta Colonia?

Vio a Kaptah trajinar con su ábaco, un instrumento de cálculo portátil hecho de cobre y cuentas utilizado por mercaderes, ingenieros, banqueros y recaudadores de impuestos. El corpulento sirio estaba calculando la tarifa de la muchacha por milla y comida, añadiendo extras aquí y allá por el agua, el uso de un asno y hasta un lugar junto a la fogata por las noches.

—¡Un robo! —gritó Hashim al tiempo que su rostro moreno adquiría una tonalidad púrpura—. Mi querida señora, conmigo no viajarás en asno sino en carro, y por ello solo te cobraré un precio una pizca más alto.

La joven miraba a uno y otro mercader con cara de desconcierto, y cuando Kaptah y Hashim la vieron dirigir la vista a la derecha para contemplar la hilera de campamentos congregados bajo un letrero polvoriento que rezaba BAJA GERMANIA, empezaron a parlotear al mismo tiempo, asegurando que todos los d

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